Los hebreos

Beatrice K. Rattey · Capítulo 5 de 26

Páginas del PDF

Los hebreos

III. Moisés

 

LA TRADICIÓN hebrea ha considerado siempre a Moisés como el libertador de su pueblo de la esclavitud en Egipto; es su profeta mayor y su primer legislador; fue él quien estableció los fundamentos tanto de la vida nacional como de la religiosa; ocupa pues un lugar de suprema importancia dentro de la religión hebrea. Pero, al mismo tiempo, es la primera figura histórica real de la historia hebrea, pues Abraham; Isaac y Jacob, sus supuestos antecesores, pertenecen a un periodo tan remoto que es completamente imposible que podamos comprobar los hechos relatados en las tradiciones acerca de ellos. Debemos recordar siempre que los anales escritos que se refieren a aquellos lejanos días pertenecen a un periodo muy posterior a los incidentes que relatan, y que muy frecuentemente contienen narraciones acerca de aquellos héroes nacionales que se contradicen unas a otras. Moisés mismo aparece en uno de estos anales como un guía de su pueblo; en otro, como un profeta semejante a Elías o a Amós; mientras que en el último relato es un legislador junto con Aarón, el sacerdote, siempre a su lado. Solamente después de un cuidadoso estudio empezamos a comprender los aspectos principales de su carácter y de su obra, y la influencia religiosa que ejerció sobre aquel indisciplinado cuerpo de esclavos a los cuales sacó de Egipto. No sabemos cuántos años transcurrieron entre este acontecimiento y la invasión de Canaán dirigida por Josué, mas hay buenas razones para creer que los

hebreos, en Egipto, estaban sometidos a Ramsés II (c. 1301-1234 a. C.),[1] y que

abandonaron Egipto durante su reinado, o el de su sucesor Merneptah.[2]

Aunque Moisés nació de padres hebreos de la tribu de Leví, llevaba un nombre egipcio y conocía toda la ciencia egipcia. Parece haber estado siempre en contacto con sus compatriotas y empezó a tomar parte prominente en su historia cuando salió a la defensa de un esclavo hebreo contra la violencia de un capataz egipcio y dio muerte a éste. Poco después intentó conciliar a dos hebreos, pero su mediación fue rechazada y se le recordó que todos sabían que había asesinado al egipcio. A consecuencia de esto, Moisés huyó a Madián, temeroso de las consecuencias de su acto. También allí su naturaleza caballerosa le impulsó a intervenir en defensa de las hijas de Jetro, sacerdote y jeque de una tribu del desierto, que eran maltratadas por

unos pastores junto a un pozo. Aquellos nómadas llamaban egipcio a Moisés.[3] Fue

bien recibido por Jetro y contrajo matrimonio en esta tribu.[*] Es evidente que pasó muchos años en Madián, pero nunca olvidó los sufrimientos de sus compatriotas, cuyo salvador debía ser.

Fue en el desierto donde oyó, como el pastor Amós y otros profetas, la clara

llamada de Yavé para ser el libertador de su pueblo.[4] Y en la visión de la zarza ardiendo supo Moisés que el Dios del desierto, Yavé, el Dios de su pueblo y de sus padres, era un poderoso libertador que liberaría a sus servidores, pero que en cambio les exigía obediencia a su voluntad.

Habiendo oído decir al paso de una caravana que el faraón opresor había muerto, y que su propia vida no estaba ya en peligro, Moisés pensó que había llegado el tiempo de libertar a su pueblo de sus opresores; de esta manera, tomando consigo a su

familia y acompañado por un hermano suyo llamado Aarón, volvió a Egipto.[5] El faraón no estaba dispuesto en modo alguno a acceder a la petición de Moisés: «Deja, pues, que vayamos al desierto, tres jornadas de camino y ofrezcamos sacrificios a Yavé»; y así aumentó él trabajo exigido a los hebreos e hizo su vida tan penosa que

éstos culparon a Moisés por su intervención a beneficio de ellos.[6]

Entonces, según la tradición hebrea, ocurrieron una serie de calamidades semejantes a otras que Egipto ya conocía, pero nunca con tal fuerza ni con tan rápida sucesión. El Nilo, al retirarse, dejó una gran cantidad de ranas y sus cadáveres infestaron la tierra; enjambres de moscas produjeron la peste en el ganado y ocasionaron enfermedades a los hombres; el granizo y la langosta destruyeron las cosechas, y una tempestad de arena de densidad desconocida aterrorizó a los egipcios. Era evidente para los hebreos que Yavé actuaba en su beneficio; a los egipcios les parecía que el Dios de los hebreos se había irritado al negársele a su pueblo el permiso para ir al desierto a fin de adorarle.

Finalmente, cuando la peste hubo cobrado su terrible tributo de vidas y habiendo muerto muchos jóvenes, entre ellos el propio hijo del faraón, los egipcios instaron al rey a que accediera a la petición de Moisés y dejara partir a los servidores de este

poderoso Dios antes de que ocurrieran cosas aún peores.[7] Aquél concedió el permiso de mala gana, pero los judíos aprovecharon rápidamente la concesión; recogieron a toda prisa sus tiendas, y sobre asnos y camellos abandonaron Egipto y emprendieron su marcha hacia el desierto de Madián.

Moisés, evitando prudentemente los caminos principales de las caravanas, por miedo a encontrarse con fuerzas egipcias, condujo a los fugitivos por un camino más al sur; probablemente por la parte meridional del Lago Timsah. Pero apenas habían llegado los hebreos a la Laguna de las Cañas, comarca pantanosa cubierta de cañaverales que podían cruzar con relativa facilidad, cuando oyó Moisés que el faraón y sus carros de guerra venían tras él y estaban ya muy próximos. Moisés, seguro por su fe en Dios, hizo acelerar la marcha a los hebreos; mas entretanto, los pesados carros egipcios se hundían profundamente hasta los ejes en el fango y hubo gran confusión entre los perseguidores; los guerreros hebreos dieron vuelta y cayeron sobre sus enemigos, muchos de los cuales se ahogaron o murieron a manos de los hebreos. Esta señalada liberación hizo gran impresión en los hebreos, y les dio una mayor confianza en Yavé y en Moisés, su servidor. Su gratitud a Yavé encontró dramática expresión en el canto siguiente:

 

Cantaré a Yavé, que se ha mostrado sobre modo glorioso: Él arrojó al mar al caballo y al caballero.[8]

 

Este canto fue enseñado oralmente durante muchas generaciones y después escrito;

hacia el siglo [9] VIII a. C., cuando era atribuido a Miriam, hermana de Moisés, fue

incluido en las Escrituras.

Las tribus hebreas que habían aceptado la dirección de Moisés y a favor de las cuales desarrolló éste los principios de orden social, se detuvieron algún tiempo en el oasis de Cades; desde allí se trasladaron a las proximidades de una montaña sagrada, el tradicional Monte Sinaí o Monte Horeb. No se sabe con certeza qué ruta siguieron ni podemos decir cuántos años transcurrieron antes de que llegaran a aquel lugar. Lo que sí es cierto es que sufrieron hambre y sed, los ataques de los beduinos del desierto, las enfermedades y todas aquellas calamidades que son experiencia común de los pueblos nómadas. Con frecuencia desearon volver a Egipto, y a pesar de que lograron escapar milagrosamente de la persecución del faraón y esto les hizo confiar en Moisés, a pesar de ello, decimos, le reprochaban a cada nuevo desastre. La narración de las andanzas de los hebreos bajo la guía de Moisés se encuentra en los libros del Éxodo y de los Números; pero debe recordarse que la primera narración escrita fue hecha alrededor de quinientos años después de ocurridos aquellos sucesos, como también que los escritores posteriores al Cautiverio añadieron su propia versión no histórica de aquellos hechos, lo mismo que largas descripciones del culto que,

según ellos, se ofrendaba en el desierto.[10] No es, por consiguiente, fácil, en manera alguna, saber qué es lo que realmente ocurrió durante aquellos años.

En el Monte Sinaí se celebró un pacto religioso, por iniciativa de Moisés, entre los hebreos y Yavé, su Dios libertador. Los pactos eran muy comunes entre los pueblos semíticos, y en el Génesis encontramos una vivida narración de un pacto

entre Dios y Abraham.[11] Así, pues, el principio de lo que habría de llegar a ser la religión nacional de los hebreos, tomó cuerpo en un pacto o convenio, en el cual se reconocía que Yavé era el único Dios y que toda la moralidad y todas las leyes de sus tribus expresaban su voluntad. A su vez, a los hebreos se les aseguraba su protección y su misericordia y, sobre todo, su presencia constante entre ellos. En aquella ocasión hubo una tremenda tempestad que convenció no sólo a los hebreos, sino aun al

mismo Moisés, de que Yavé tenía parte en aquel pacto.[12] Su vida como nación estaba colocada, en consecuencia, bajo la autoridad de Yavé, y los cimientos de la unidad nacional se establecieron sobre el culto a un Dios. Sin embargo, esto sólo se consiguió después de una lucha en la cual Moisés fue ayudado por Leví, su propia tribu, pues que un considerable número de hebreos secundados y apoyados por Aarón, querían adoptar el culto a la imagen de un becerro; culto que se encuentra en muchas formas tanto entre los pueblos semíticos como en la religión egipcia; este tipo de culto persistió en algunas de las tribus, incluso después de su entrada en Canaán, y

fue adoptado en el norte de Israel varios siglos más tarde por Jeroboam I.[13]

A fin de que los hebreos no pudieran olvidar jamás la presencia de Yavé y el que él podía enseñarles por su propia práctica a consultar a Dios por medio de la oración, Moisés estableció en un sitio apartado una tienda de piel de cabra negra, conocida

como la tienda de reunión o el Tabernáculo[14] donde Yavé hablaba con Moisés «como habla un hombre a su amigo». En esta tienda estaba el Arca, símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo. La elección que hizo Moisés del Arca tuvo una enorme importancia para el futuro de la religión hebrea, ya que nunca fue adorada, ni pudo nunca ser considerada como una imagen del propio Yavé. Todos los demás pueblos tenían imágenes de sus dioses en forma humana o animal o los representaban como un alado disco solar; pero Moisés, al prohibir toda imagen de Dios, lo apartó de la mirada de los hebreos y llevó asi a los mejores de ellos a pensar en Él como «alto y elevado», preparando de este modo el camino a la enseñanza de nuestro Señor: «Dios

es espíritu y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad».[15]

La sabiduría práctica de Moisés se reveló igualmente al haber establecido un método sencillo pero muy eficaz para administrar justicia. Moisés mismo decidía en los casos difíciles; pero todo asunto menos importante era juzgado por ancianos designados por él como gobernantes de pequeños grupos de hebreos o de tribus. La justicia se basaba en la obediencia a una ley divina expresada en las sencillas frases de los diez mandamientos, y los deberes para con su prójimo tenían su lugar al lado del deber para con Dios en la vida social y religiosa de todo hebreo. Vemos claramente cuán distinto era el código moral de otras naciones, si comparamos las

normas de Jezabel, la princesa de Tiro, con el elevado código moral de Elías.[16]

Moisés fue considerado con justicia por las generaciones posteriores de hebreos como el creador de su vida nacional y religiosa, porque fue él quien les dio los elementos de la ley basados en los deberes hacia Dios y hacia el hombre, y quien primero enunció los principios fundamentales de una religión que llevaba dentro de sí aquellas simientes de monoteísmo que llegaron a fructificar en las enseñanzas de Isaías y del gran profeta desconocido del Cautiverio. Así, en la transfiguración Moisés fue visto hablando con nuestro Señor como representante de aquella Ley que

Jesús mismo declaró que Él no había venido a destruir, sino a cumplir.[17]

 

[En relación con este capítulo deben leerse los siguientes pasajes: Éxodo 1-2:22; 3:1-18; 15:1-12; 18:3-27; 20:1-21; 32:17-35; 33:7-11. Salmos 18:7-15; 78:43-54; 105:25-38].

 

NOTA SOBRE EL ÉXODO

No es fácil decidir la fecha exacta del éxodo de Egipto y el establecimiento de los hebreos en Canaán. Se ha descartado generalmente la versión que considera a Tutmosis III como el faraón de la opresión y sitúa el éxodo en el año 1447 a. C. durante el reinado de su sucesor Amenhotep II. Muchos eruditos consideran que Ramsés II fue el opresor (Éxodo 1:11) y fijan la fecha del éxodo en el reinado de Memeptah (1225-1215 a. C.). La pérdida del dominio de los egipcios sobre Palestina a partir de 1167 a. C. proporcionó a las tribus del desierto, dirigidas por Josué, una oportunidad para entrar en el país y establecerse en grupos aislados entre los habitantes naturales, situación fielmente reflejada en el libro de los Jueces. Las historias de este libro se apoyan en antiguas tradiciones, pero el autor no hizo el menor intento de dar a los episodios un orden cronológico, e incluso insertó los nombres de jueces acerca de los que no tenía nada que decir, con objeto de hacer llegar el total a doce.

Desde luego, si pudiera determinarse con seguridad la fecha del éxodo, esto tendría gran interés para los

historiadores modernos; pero los escritores del Antiguo Testamento concedían poca importancia a la certeza de la fecha en relación con las lecciones religiosas que podían entresacarse de la historia. Para ellos tenía una enorme importancia el que la huida de la «mansión del cautiverio» tuviera lugar por medio de un libertador enviado por Dios. Los maestros religiosos posteriores llamaban la atención hacia el pacto del Sinaí, y todo lo que esto implicaba, más que hacia las fechas históricas precisas.