Los privilegios
Capítulo 3
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
April se sentía orgullosa de que su casa tuviera tal fama de sitio tranquilo y estable que, en caso de necesidad, servía de refugio a sus amigas. Siempre había alguien que se quedaba a dormir en el apartamento, no por necesidad, sino por puro capricho. Las madres de las otras chicas intentaban ganarse su confianza haciéndose las jóvenes, como si lo comprendieran todo, y sólo resultaban patéticas. April, sin embargo, podía decir que sus amigas consideraban a su madre una de ellas, de verdad, mayor, pero sólo lo suficiente para parecer atractiva por saber más, igual que alguna de las maestras en prácticas del colegio. Le confesaban sus secretos, le pedían consejo, salían de compras juntas (en parte, quizá, por motivos mercenarios, pues siempre que Cynthia veía algo que les sentaba bien se lo regalaba). Incluso hablaban de chicos con ella, algo que en principio parecía horrible e inadmisible y sin embargo no lo era. El hecho de que la odiaran y se burlaran de ella todas las otras madres del colegio Dalton sólo aumentaba la credibilidad de Cynthia.
El círculo de April se había reducido al final de primaria, cuando diez o doce chicas se fueron a estudiar a internados. De pronto desaparecían de tu vida social, aunque de vez en cuando, entre clase y clase, alguien enseñaba con orgullo un mensaje o una foto recibida en el teléfono móvil de alguna compañera que ya no estaba. El traslado no siempre salía bien: continuamente circulaban historias de alguna que había conseguido que la expulsaran y había tenido que volver a casa, no al colegio Dalton, sino a uno de esos colegios de segunda fila que siguen disponiendo de matrículas libres a mitad de curso. Pero incluso a las expulsadas las envolvía un halo de sofisticación. April no deseaba en absoluto vivir en una institución sometida a reglas estrictas, en alguna pintoresca aldea de Nueva Inglaterra, donde no hay nada que hacer por las noches y está prohibido salir, pero, a pesar de todo, sentía un poco de envidia. Las que se habían ido tenían su misma edad y, sólo por haberse ido, parecían mayores.
Volvían en vacaciones, como es natural, relativamente triunfantes, para el día de Acción de Gracias y, más tiempo, para Navidad. La vuelta en vacaciones era pretexto suficiente para organizar unas cuantas fiestas. Y, en una de las primeras tardes de primavera que hizo verdadero calor, April fue a una de esas fiestas, entre las calles Cincuenta y Sesenta Este, organizada por una chica a la que ni siquiera conocía (había estudiado en el Spence y acababa de volver de Saint Paul’s), pero con un número suficiente de invitados del Dalton como para justificar su presencia. En la calle, a la entrada, incluso se encontró con Robin. La casa era fenomenal, un auténtico museo de dinero consistente, de toda la vida, y su reducción a ruinas parecía terrible e inevitable. Era como el régimen de Pol Pot, cuando armaron con carabinas a legiones de niños de diez años y les encomendaron la seguridad nacional. En la primera planta estaba la cocina y el salón, con altavoces ocultos en las paredes que bombardeaban con música de Jay-Z, donde cualquier superficie estaba ya pegajosa. April vio un Matisse en la pared, una de esas pinturas en las que las figuras danzan en círculo, y estaba a punto de preguntar si era auténtico cuando se dio cuenta de lo estúpida que era la pregunta. Hacía calor, incluso con todas las ventanas de par en par, y por todas partes había cuerpos. Una chica que se llamaba Julie y estaba con April en clase de español se había tumbado encima del piano. Abría la boca y un tipo con casaca de jockey vertía vodka y lima, procedentes de dos botellas que sostenía a treinta centímetros de distancia. Dejó las botellas, cogió la cabeza de Julie y la agitó. Cuando terminó, Julie se incorporó y abrió la boca para demostrar que se lo había bebido todo. Hizo una reverencia triunfal, pero nadie miraba.
April decidió limitarse por el momento a la cerveza. Robin buscaba con la mirada entre la multitud a un tal Calvin, que quizá había vuelto de Andover para las vacaciones, y con quien había estado una noche, cuando el día de Acción de Gracias. Sentada en las escaleras del vestíbulo, prometió quedarse allí si April le llevaba una cerveza. April le preguntó a una chica a quien no conocía dónde estaba el barril (nunca le preguntes algo así a un chico a quien no conoces, a menos que te lo quieras ligar, porque es lo que interpretará de todas formas), y lo encontró en la bañera, al lado del cuarto de la asistenta, detrás de la cocina. Vio que algunos habían abierto los cajones y se probaban la ropa de la asistenta, o de la cocinera, o de cualquiera que tuviera la noche libre. Increíble. Pero gilipolleces como ésa sucedían en todas las fiestas, aunque no tan pronto, por lo general. La gente seguía dando fiestas, a pesar de que siempre terminaban mal, siempre. Se colaban extraños, se montaban peleas, llegaba la policía, todo se iba a la mierda. Tenían permiso para hacer lo que les diera la gana.
Como es natural, cuando April volvió al vestíbulo, luchando para no derramarse las dos cervezas encima, Robin se había ido. Era imposible atravesar de nuevo aquella turba y April siguió hasta el porche, donde fumaban algunos chicos y no te asfixiabas de calor, incluso hacía un poco de fresco. No conocía a nadie, pero uno llevaba la sudadera de Andover. Le preguntó si conocía a Calvin. Asintió y sonrió generosamente, como si pensar en Calvin le diera risa. O estaba colocado o era de esos que parecen que siempre están colocados.
—Pero no lo he visto —dijo—. ¿Quieres un porro?
Se hubiera fumado un porro; aguantar esa fiesta estúpida donde no conocía de verdad a nadie hacía absolutamente necesario fumarse un porro, pero no le gustaba aquel tipo: el interés que mostraba por ella, con su cordialidad de borracho, era demasiado evidente. Empezó a sonarle el teléfono móvil en el bolsillo de atrás del pantalón vaquero. Vio quién era y sonrió y arrugó la frente a la vez.
—¿Dónde mierda estás? —dijo.
—Estoy en la fiesta —dijo Robin—. ¿Dónde mierda estás tú?
—Fuera, en el porche —dijo April, y se apartó unos pasos del chico del porro, que se encogió de hombros—. Te he buscado por todas partes.
—No me lo creo —dijo Robin, con una risilla tonta. Ya estaba borracha, y April sintió una punzada de rencor—. Estamos en la tercera planta.
—¿Hay tercera planta? —dijo April, mirando hacia arriba.
Acabó por subir, abriéndose paso entre un grupo de chicos que querían hacer surf escaleras abajo con una bandeja de plata. Robin tenía los ojos rojos y durante más de treinta segundos se abrazó a April, que entendió que había tomado éxtasis. Pero, al parecer, no había más éxtasis. Estaban en una especie de gabinete o de estudio o de algo por el estilo; aquella casa era un tripi: incluso a semejante turba le costaba creer que alguien conocido pudiera vivir allí. La habitación, por lo menos para pasar un rato, era tolerable —sólo había diez personas, y la música les llegaba en una especie de pulsación modulada—, pero lo malo era que estaban tan lejos de la cerveza que era imposible convencer a nadie para que hiciera el viaje. April se las arregló como pudo con una botella caliente de Grey Goose que alguien le pasó.
Dos chicos, sentados a tres metros de distancia uno del otro, se mandaban mensajes y se morían de risa, y otro había convertido en un gran espectáculo el examen de los libros de las estanterías. Robin hablaba con los ojos cerrados. No era el mejor síntoma. April estaba sentada en un sillón tan cómodo que se habría podido quedar dormida, aunque el sillón apestara a cerveza. ¿Quién había invitado a una casa así a gente que no conocía?, pensaba. ¿Quién era esa niña de Saint Paul’s, y dónde estaban sus padres? Había familias que le resultaban incomprensibles. La mayoría de las familias, para ser más exactos. Y entonces, precisamente en ese momento, el móvil volvió a vibrar en su bolsillo; era Cynthia. April intentó pensar rápido. Estaba un poco borracha, pero, si no contestaba, su madre seguiría llamando, y no era probable que estuviera menos borracha conforme avanzara la tarde. Salió al rellano de la escalera y contestó. Aprovechó el ruido para abreviar la conversación. Un minuto más tarde volvió y todos se quedaron mirándola.
—Tu madre, ¿verdad? —dijo Robin. Sus ojos parecían ranuras de buzón.
—¿Y tú contestas? —dijo uno de los chicos.
—Cállate —dijo Robin—. Su madre es estupenda. April, creo que es estupendo que tu madre sea estupenda.
—Ah —dijo el tipo—. La Madre Estupenda.
—Y además está estupenda —dijo Robin—. En serio. ¿Nunca la habéis visto?
—¡Yo la he visto! —dijo uno de los chicos—. ¡La vi en una revista! Una muñeca. Se parece a… Joder, ¿cómo se llama esa actriz? La que hace de madre en…
Tendría que sentirse incómoda, pensaba April, porque todos rozaban el límite de decir alguna inconveniencia sobre su madre, pero le daba lo mismo. Ni siquiera estaba segura de que todos hablaran de la misma persona. Y además su madre era maravillosa, y ella lo había descubierto mucho antes que ellos.
—Eh —se dirigió al chico que seguía intentando recordar el nombre de la actriz —. ¿Tú eres Calvin?
—No —le respondió de mal humor, como si hubiera interrumpido el curso de sus pensamientos—. Soy Tom. ¿Calvin qué? ¿Calvin Klein de los cojones?
Al cabo de un rato Robin dijo que no se sentía bien y, antes de que se dieran cuenta, se había dormido en el sillón, con la chaqueta de Tom encima.
—¿Creéis que está bien? —preguntó April.
—Claro —dijo Tom—. Ya la hemos visto así otras veces.
—Es que la quiero mucho —dijo April, y, para demostrar cuánto, miró intensamente a los ojos de Tom.
—No te preocupes —dijo Tom. Cuando estamos borrachos, los que están más sobrios siempre nos impresionan. April tuvo la sensación de que todos se habían ido —. No dejaremos que le pase nada. Le tenemos cariño.
—¿Crees que deberíamos buscar un teléfono? —dijo April. ¿Qué mierda estaba diciendo? No lo sabía. Para empezar, tenía un teléfono en el bolsillo, pegado al culo.
—Sí —dijo Tom muy serio—. Vamos a buscar un teléfono.
Siguió a April escaleras arriba, a la cuarta planta, que estaba a oscuras, y cuando ella se volvió en el rellano, empezaron a besarse. Sintió frío, se dio cuenta de que le había levantado la camisa hasta las axilas, y tuvo la claridad mental suficiente para dar unos pasos atrás antes de que los vieran desde abajo. No era una de esas guarras que se emborrachan y montan un espectáculo. Le tiró de la chaqueta. Intentaba comunicarse sin palabras, porque se había dado cuenta de que se le trababa la lengua. En el pasillo había dos puertas cerradas. Tom intentó abrirlas, pero tenían echada la llave. Al fondo del pasillo, increíble, había otro tramo de escaleras, más estrecho.
—Jesucristo —dijo Tom—, este sitio es inmenso.
Al final del último tramo había una habitación con la puerta entreabierta, de la que salía luz. Tom empujó la puerta e inmediatamente se detuvieron: era un ático que había sido convertido en estudio o despacho o algo parecido, con un gran escritorio y un ordenador, y había un hombre sentado. Se volvió lentamente en su silla giratoria, como el cadáver de la madre de Psicosis, pensó April, sólo que el tipo llevaba un cárdigan y leía el The Wall Street Journal.
—Hola —dijo.
April estaba demasiado alucinada para hablar.
—Hola, señor —dijo Tom—. Perdone que lo hayamos molestado. Estábamos buscando el cuarto de baño.
—En esta planta no hay ninguno —dijo el hombre amablemente. Dios mío, pensó April, ¡vive aquí! Sintió ganas de acercarse y tocarlo como si fuera un fantasma—. Hay uno exactamente debajo de donde estamos.
Debía de ser el padre de la chica que había montado la fiesta. Y era su casa la que estaban destrozando. April se sorprendió riendo mientras el hombre la miraba.
—Perdone que lo hayamos molestado —repitió Tom, y empujó a April hacia el pasillo, cerrando la puerta.
En la planta de abajo encontraron el baño; entraron y cerraron la puerta, y se besaron, y luego April se la chupó. Era la manera más rápida de terminar el asunto — rápida hasta el ridículo, es verdad— y también la mejor manera de impedir que las manos y la boca del chico fueran a donde ella no quería. Era increíble lo pasivos que resultaban los tíos, y lo rápidos, una vez que tomabas la iniciativa y aplicabas ese método. Era todo tan previsible. April no paró cuando sintió vibrar otra vez el teléfono móvil en el bolsillo.
Cuando bajó, se asomó al estudio, pero, como April había adivinado, Robin no estaba. Le pidió al taxista que la dejara en la calle Setenta y dos y, para despejarse un poco, hizo a pie el resto del camino a casa. Miró el teléfono y vio que tenía un mensaje de su madre: ¿Dónde estás? Compró un paquete de Juicy Fruit en un puesto de periódicos, para el aliento. Entró por la planta de abajo, pero subió a la cocina, a por una botella de agua, y vio las luces, como las de una piscina, que vibraban en la oscuridad del cuarto de la televisión. Su madre, acurrucada, apoyada en el brazo del sofá, le sonrió.
—¿Todo bien? —dijo, apenas un murmullo.
April asintió.
—¿Cómo ha ido la fiesta? ¿Con quién has estado?
—Estaba Robin —dijo April.
—¿Sí? ¿Cómo la has encontrado?
—Bien. Quizá se haya pasado un poco con la bebida.
—¿Ha llegado bien a casa?
April asintió.
—Yo misma la metí en un taxi.
Le mandó un beso a su madre y fue hacia la cocina, pero se paró.
—¿Qué estás viendo?
—El río de la vida. ¿La has visto?
La había visto, pero no importaba. Bajó a su cuarto, se puso el pijama y volvió. Se echó en el sofá con la cabeza en el regazo de su madre. Cynthia le acarició el pelo un momento y luego apartó la mano. En la pantalla aparecían apacibles paisajes montañosos y cielos sin fin, tan de ensueño que los actores, con la tópica y fetichista indumentaria del Oeste, parecían figuras de una pintura, y al cabo de unos minutos no pudo evitar que se le cerraran los ojos. Pero cada vez que se le cerraban, veía al hombre del ático. April alargó el brazo, cogió la mano de su madre y volvió a ponérsela en la cabeza, como cuando era pequeña, como nunca había dejado de hacer. Había gente con verdadera prisa en fingir que ya no necesitaban a sus madres, como si les urgiera dejar atrás las cosas extraordinarias de la infancia, cosas que seguían apreciando, aunque, por alguna razón, se creyeran obligados a avergonzarse de sus sentimientos. No entendía a esa gente.
Una tarde de mayo Adam recibió en la oficina una llamada de su hermano, que le
decía que iba a Nueva York con su mujer, Paige, para lo que llamaba los [4] upfronts.
Rechazó el ofrecimiento de Adam para que se quedaran en su casa —los guionistas, dijo, no cobraban demasiados extras en el mundo de la televisión y se había propuesto sacarle a la empresa los gastos de hotel, incluido todo lo que el servicio de habitaciones pudiera ofrecerle—, pero aceptó cenar juntos la primera noche que pasaran en la ciudad. Conrad no había estado nunca en el apartamento de Columbus. Los dos hermanos tenían menos contacto de lo que les gustaría, sobre todo por culpa de las distancias geográficas y de los compromisos de trabajo, pero también por Paige. Doce años más joven que Conrad, se sentía intimidada y excluida de las conversaciones que se remontaban a los años en que aún no conocía a su marido, cuando sólo era una niña; sospechaba, además, que no le caía simpática a Cynthia, y acertaba.
—¿Qué ha visto tu hermano en ésa? —le preguntaba a Adam después de cada encuentro. Adam se encogía de hombros, completamente de acuerdo, pero conocía la respuesta. Conrad vivía cómodamente en Los Ángeles, dedicado a escribir guiones de cine, aunque nada de lo que había escrito hubiera llegado a ser interpretado por actores ante las cámaras. Uno de sus guiones, sin embargo, le procuró un contrato en el equipo de una serie de televisión llamada Los lotófagos, sobre un grupo de estudiantes de un instituto de Hawái. Conrad viajaba a la isla dos veces al año, con el resto del equipo de producción, para documentarse, y en uno de esos viajes se había hecho amigo de Paige, una directora artística que en Los Ángeles trabajaba a dos puertas de su despacho. En aquellas escapadas a Hawái había algo que favorecía la intimidad. Adam conocía a su hermano menor lo suficiente para saber que el secreto no estaba en que Paige fuera atractiva, sino en que fuera atractiva de una manera un poco clásica, aséptica —rubia, muy delgada, menuda, impecable en todo momento—, que Conrad siempre había considerado fuera de su alcance. Era perfectamente lógico que terminara casándose con la primera mujer que le demostró que no era consciente de sus posibilidades. Ahora dedicaban el tiempo libre a discotecas, conciertos y bares, intentando absorber por ósmosis, como material para futuros guiones, los ritos y el sistema de valores de los privilegiados que tenían dieciocho años. En ese aspecto, Paige suponía una ayuda inmensa.
Los niños desaparecieron escaleras abajo después de la cena y Adam llevó cuatro whiskies a la terraza, donde Conrad le señalaba a su mujer, no siempre bien, los lugares emblemáticos de Nueva York. La luna flotaba sobre el parque y el planetario luminoso y azul, tan baja que la silueta de los aviones se recortaba en su superficie.
—No está nada mal —dijo Conrad—. ¿Quién iba a adivinar que los amos del universo ganaban tanto?
Paige olió su vaso, hizo una mueca y lo dejó en la mesa.
—Puede que todavía estés a tiempo —dijo, con voz musical, como para sugerir que bromeaba—. Quizá todavía puedas entrar en el negocio familiar.
—Lo haría —dijo Conrad—, si pudiera adivinar en qué diablos consiste.
—No hay problema —dijo Adam—. Para ti siempre hay sitio, Fredo [5].
Todos se rieron, Paige con menos ganas, porque no sabía quién era Fredo. En un esfuerzo para que la conversación no se le fuera definitivamente de las manos, dijo:
—¿Sabes a quién le encantaría este apartamento, Con? A Tracy.
—¿Quién es Tracy? —preguntó Cynthia.
—Tracy Cepeda es nuestra responsable de localizaciones —dijo Conrad—. Le daría un colapso si viera esta casa. Os ofrecería una fortuna por rodar aquí. Aunque probablemente habría que añadir imágenes electrónicas de playas y palmeras.
Adam sintió vibrar el teléfono; no le hizo caso. Era difícil dejar de mirar a Paige porque, sin la menor sexualidad, era irresistible, tan perfecta. Cuando abría la boca, se convertía en Paige, pero, callada e inmóvil, sus rasgos no poseían ninguna peculiaridad. Adam sabía por Conrad que había querido ser actriz, pero era preferible no hablar del resultado de la experiencia.
—Si os descuidáis os meterá en un guión —dijo Paige, dándole un codazo a Adam. Conrad puso mala cara.
—Por favor —dijo—. Pero es verdad que esta casa parece de película. Y quienes viven aquí. Vaya, no bromeo, pasamos semanas buscando a chicos como April y Jonas. Adam, ¿esto es bourbon? ¿Qué tipo de bourbon?
—De centeno.
—Magnífico —dijo Conrad. Levantó el vaso vacío y lo miró.
—Pero, Connie, tú también tendrás hijos maravillosos —dijo Cynthia—. Siempre que Paige encuentre un medio de reproducción sin que tú intervengas. ¿Cómo le llaman? ¿Reproducción sin sexo? Paige, ¿cómo se llama?
Adam la fulminó con la mirada, una señal de que estaba bordeando el límite.
—Si alguna vez andáis mal de dinero, llevaos la familia a Los Ángeles, y los chicos tendrán un agente antes de que hayáis recogido el equipaje —dijo Conrad—. Partenogénesis, ésa es la palabra. Pero lo digo en serio, no creo que yo sea pariente de esos chicos. —Miró con atención a Adam—. Ni tú —dijo, dándole un golpe en el estómago a su hermano—. De verdad, ¿qué pacto faustiano habéis hecho? No pareces ni un día más viejo que cuando estabas en la universidad. Es diabólico. ¿Cuál es el secreto?
Adam sonrió.
—Dedicación, mon frère —dijo—. Dedicación al propio cuerpo. Deberías probar.
—¿Dedicación? Mis cojones. Eres un vampiro de mierda.
Volvió a zumbar el teléfono móvil en el bolsillo de Adam. El número que llamaba era de Devon, algo imprevisto.
—Perdonadme un momento —dijo, y entró en la casa.
Los otros siguieron mirando la luna, apoyados en la baranda de la terraza. Conrad se sobresaltó.
—Dios mío, ha estado a punto de caérseme el vaso —dijo—. Partenogénesis. Bueno, todavía puedo pronunciar la palabra. Cyn, ¿dónde está el baño?
—Hay uno al lado de la cocina —dijo— y otro a la derecha de la puerta principal, según entras.
Cuando se fue, Paige y Cynthia, incómodas, intercambiaron una rápida sonrisa y siguieron mirando el agujero oscuro que era Central Park.
—Te pido disculpas por lo que he dicho de tener niños —dijo Cynthia—. Reconozco que no es asunto mío. Le estaba tomando el pelo a Conrad. Nos conocemos de toda la vida.
Paige inclinó la cabeza para señalar que no importaba.
—Tú tienes una familia estupenda —dijo. Sólo era una de esas frases amables que la gente usa cuando no se le ocurre qué decir o no quiere hablar más; pero, por alguna razón, esta vez le dolió a Cynthia. Sintió un ligero escozor en los ojos.
—Sí, claro —dijo, intentando frenarse sin conseguirlo—. Eso es lo que la gente empieza a decirte cuando envejeces. Tienes una familia estupenda. Es, sí, como decirte que alguna vez fuiste una belleza. Te habrás dado cuenta de que nadie me dice que sigo igual que hace veinte años.
Paige, por una vez, pareció pensar en algo.
—Tú y yo vemos el tiempo de distinta manera —dijo.
Adam volvió a la terraza, metiéndose el móvil en el bolsillo. Miró a Paige, miró a Cynthia.
—¿Qué? —dijo.
Era una vieja historia, el tiempo favorece a los hombres más que a las mujeres, pero, en el caso de Adam, pensaba Cynthia, era tal como Conrad había dicho: no se trataba de que ganara en distinción conforme envejecía, sino de que no envejecía en absoluto. Seguía teniendo la misma cintura que cuando se casaron, algo rarísimo aunque explicable, considerando su grado de fanatismo al respecto. Pero nunca le había dedicado atención a la cara, aparte de lavársela y afeitarse, y tampoco le había cambiado. No era la primera vez que alguien se lo confirmaba a Cynthia. Era verdad que no tenía muchos vicios, a menos que hacer demasiado ejercicio fuera un vicio, algo que Cynthia creía probable. Pasaba mucho tiempo en la oficina, no dormía lo suficiente, pero, por graves que pudieran ser las consecuencias de esa manera de vivir, su cara no lo revelaba. Y si se lo comentabas, ni siquiera sabía de qué le estabas hablando.
En eso Cynthia no podía competir con él. Seguía yendo al gimnasio tres o cuatro veces a la semana, pero lo consideraba desde hacía tiempo una tarea rutinaria y, con tal de por lo menos divertirse, se encaprichaba temporalmente con el último trasto tecnológico, moda o filosofía que llegaran. Iban a gimnasios distintos: a Cynthia jamás se le hubiera ocurrido hacer ejercicio juntos, porque en ese campo Adam no demostraba el menor sentido del humor. Pero Cynthia, como su marido, tenía interés en mantener la forma física todo el tiempo que pudieran, indefinidamente, a decir verdad. Y los dos obtenían sus frutos. Y había algo en lo que Cynthia —aunque nunca lo había hablado con él— estaba dispuesta a ir más lejos que Adam. Tenían tres amigas que ya se habían retocado; Cynthia le habló a Adam de las dos primeras, pero no le dijo nada cuando Marietta se retocó los párpados y el cuello, para ver si se daba cuenta, cosa que no sucedió. Como Marietta no se había agrandado las tetas, ni nada por el estilo, sólo reafirmaba la idea que Adam siempre había tenido de ella. Envejecer debía ser más llamativo. El aspecto de Cynthia seguía siendo fantástico — lo decía todo el mundo, y ella sabía que lo decían en serio—, pero le resultaba difícil mirarse a sí misma con ojos nuevos. Era lo terrible de los efectos del tiempo: van siempre a más. Hasta entonces, muy bien, pensaba Cynthia, pero cuando llegara el momento, no había recurso al que no estuviera dispuesta a acudir.
Bajo la niebla fría de la mañana, equipado con pantalones cortos, camiseta, un ligero gorro de esquí y mitones, Adam apoyó las palmas de las manos en la fachada del edificio e hizo presión hasta que desapareció la tensión de las pantorrillas. Adelantó las caderas y llevó despacio un talón hasta la acera, y luego el otro, y cuando los tendones de Aquiles se relajaron, se sintió listo. Saltó un par de veces sobre la punta de los pies, tomó aire con fuerza como si se preparara para salir a escena, puso un dedo en el reloj y empezó a correr.
Aunque no abandonaba la parte sur de la calle Ochenta y una, en el perímetro del museo, donde las aceras eran más anchas, debía avanzar a trompicones, frenando y reanudando la marcha, abriéndose camino, esquivando o atravesando grupos de turistas y parejas de niños que paseaban mientras sus cuidadoras los seguían sin dejar de charlar. Era algo inevitable hasta que cruzaba la transversal que desemboca en Central Park West y cruzaba la puerta de piedra del parque, para por fin coger el ritmo. Rodeó los campos de softball, adelantando a todos —gordos con cintas en la frente y pelos que sobresalían del cuello de la camiseta, mujeres con mallas de licra y sudaderas atadas tímidamente a la cintura, corredores serios y musculosos de zancada perfecta y mirada fija—, sintiendo una vez más cómo el calor y las pulsaciones de la sangre irradiaban desde el corazón hasta alcanzar todos los puntos de su cuerpo. Nunca había estado en los jardines del Conservatorio, pero más o menos sabía dónde quedaban, no lejos de su antiguo apartamento, donde April y Jonas compartían habitación. Podía haber atajado por el North Meadow, pero lo cerraba una de esas barreras provisionales, color naranja pálido, que indican que están sembrando, y salió del parque por el este para doblar hacia el norte por la Quinta Avenida, hasta divisar la teatral escalinata de piedra que baja a los jardines. Tenía forma de cruz, con rosas trepadoras y estanques que brillaban como espejos a derecha e izquierda; al final, al pie de un sendero de losas, otras escaleras conducían a un arco con columnas de piedra, ancho y curvo, y allí, sentado en el último peldaño, abrazado a sus rodillas y con un traje color caqui, estaba Devon.
Se levantó despacio y aturdido mientras Adam subía la escalera esprintando, tocaba otra vez el reloj, recorría los jardines con la mirada y las manos entrelazadas sobre la cabeza, a la espera de que bajara el ritmo del corazón.
—Multitarea —dijo Devon, con cierta amargura—. Estupendo. No hay razones para que nuestra cita interfiera en tu régimen de ejercicios. No tendrás que volver a casa a cambiarte para ir al trabajo, ¿no? ¿O los martes vais de sport?
Adam negó con la cabeza.
—No voy a trabajar esta mañana —dijo—. El jefe y yo salimos para Minneapolis dentro de unas horas.
Estaban bajo el arco, mirando hacia la Quinta Avenida, que se elevaba al fondo, sobre los jardines. Con aquel frío, impropio de la estación, los senderos estaban casi vacíos, pero no del todo; el estrafalario diseño de los jardines, propio de un terrateniente inglés, los había convertido en popular escenario para las fotos de boda, y un grupo de invitados se aglomeraba junto a uno de los estanques, reflectante como un espejo, calentándose las manos con el aliento, mientras dos niños de no más de seis años se perseguían vestidos de gala alrededor del agua quieta. Adam era el único, en todo el jardín, que iba sin traje. Pero el que tenía la sensación de llamar la atención era Devon.
—Bueno —dijo Adam—, ¿damos un paseo por la rosaleda?
—¿Por qué no? —dijo Devon—. Estoy seguro de que todos piensan que somos maricas.
Bajaron la escalera y, a la izquierda, siguieron el sendero de losas hacia el estanque en el que no había nadie.
—Miguel nos deja —dijo Devon.
—Sin nombres, por favor.
—Como quieras. Uno de mis colaboradores me ha dicho que nos deja. El que trabaja en Schwab. Se casa. Dice que ya ha ganado demasiado y que no quiere seguir viviendo con esta amenaza encima.
—Muy bien —dijo Adam—. ¿Crees que dice la verdad? ¿No hay ninguna otra cosa, problemas, deudas o algo por el estilo?
—¿Por qué? —dijo Devon. Quería sonar sarcástico, pero sólo pareció irritado—. ¿Estás pensando en matarlo?
Adam puso los ojos en blanco.
—Sólo me estoy preguntando por qué consideras esto una emergencia. Ya ha pasado otras veces. Quiero decir que sabes perfectamente que no es una buena idea que nos veamos. No es que no aprecie tu compañía.
Cuando terminaron el primer paseo, Devon levantó la mirada y vio a un hombre calvo, en esmoquin, que intentaba apoyar en un trípode una cámara muy cara. Estaba al otro lado del jardín, donde se reunían los invitados a la boda, pero la cámara parecía apuntar hacia él. Se tragó el sabor a miedo que le subía por la garganta.
—Es lo que yo veo: que pasó lo mismo hace dos meses. Y no podemos poner un anuncio para sustituir a estos tíos. Pronto sólo quedaremos tú y yo, y el negocio será insostenible. Sería imposible borrar la pista de todas las operaciones.
—Bueno —dijo Adam—, tú conoces a muchos más colegas que yo. ¿No se te ocurre nadie a quien meter en esto?
Devon hizo una mueca.
—Sí, probablemente sí —dijo—, pero ésa no es la cuestión. No podemos seguir arriesgándonos una y otra vez y esperar que nunca nos abandone la suerte. No lo sé. Sinceramente, me estoy preguntando si no ha llegado el momento de dejarlo. Me gustaría hacer lo más inteligente. Quiero decir: ¿sólo a mí me preocupan estas cosas? ¿Tú no las piensas? Y, cojones, ¿no te estás helando?
Adam, por supuesto, pensaba en el asunto, no porque fuera propenso al miedo o a la paranoia, sino planteándoselo como un problema de gestión de riesgos. Veía con absoluta claridad que todo el plan dependía en aquel momento de su capacidad para dirigir, para inspirar confianza a gente a la que, si acaso, acababa de conocer. Cualquiera de aquellos brokers, Devon incluido, si cometía un error y lo descubrían, podía salvarse delatando al primer eslabón de la cadena, y el primer eslabón era Adam. Así que no comprendía por qué Devon se angustiaba tanto. Debía admitir que su primera valoración de aquel chico, a bordo del Intrepid, hacía muchos años, se había demostrado equivocada en algunos aspectos, aunque evidentemente no en el fundamental.
—Dices que te gustaría actuar de modo inteligente —dijo, mirando a Devon a los ojos—. Pero decir que no podemos tener éxito hoy porque tuvimos éxito ayer no es inteligente: sólo es una superstición. Empiezas a pensar en cosas como la suerte, el destino, el karma o lo que sea, y estás jodido. No existe el destino. ¿Todo lo que tú y yo hemos montado en estos últimos años? No ha sucedido nunca. Pasó. No existe. Lo único que existe, el único riesgo que debemos analizar, es lo que hoy tenemos delante.
—Lo sé —dijo Devon de mal humor. Bajó los ojos y Adam supo que lo tenía controlado.
—Tomamos las máximas precauciones. Siempre lo hemos hecho. No pasamos toda la información a toda la cadena. Y estoy seguro de que te diste cuenta hace tiempo de que algunas de las informaciones que te doy son falsas, para que a nadie le llame la atención una racha ininterrumpida de éxitos.
—No discuto lo que me estás diciendo. Pero esto no es lo que yo pensaba. El dinero es casi un estorbo, un peso, porque me pone paranoico pensar en gastármelo. ¿Y cómo puedes no mirar atrás? No lo entiendo, y quizá por eso nunca seré multimillonario. No estoy hecho de piedra como tú. Mira, ésta es otra cosa que no entiendo: por lo poco que te conozco, sé que eres uno de esos tipos que han perdido una parte del cerebro o algo parecido. Sin conciencia. Sin el menor recuerdo de una derrota. No necesitas todo esto. Seguirías ganando aunque lo dejaras. ¿Por qué continúas entonces? ¿No has pensado en parar?
Las damas de honor de la novia se habían resguardado del frío en el coche y el fotógrafo guardaba su equipo en un par de bolsas de lona. ¿Sin conciencia?, pensaba Adam. No es que sea incapaz de recordar; es que recordar no es nada constructivo. Pero cuando pensaba en la vida de su familia en aquel momento, una vida en la que literalmente nada resultaba imposible y todos los deseos eran alcanzables, en la que no desaprovechaban ninguna oportunidad, en la que habían visto ya gran parte del mundo; cuando volvía a pensar en el momento en que había decidido arriesgarse, en su valor ante la amenaza de que las personas a quienes quería sufrieran, en la facilidad con que había superado ese obstáculo que pocos hombres hubieran tenido la fortaleza de afrontar; cuando pensaba que todo lo habían conseguido porque él, solo, había asumido todos los riesgos, sin que nadie sospechara la existencia de riesgos, sentía que la única conclusión razonable era que se trataba de la cosa más noble que había hecho en su vida. Era la humildad, sí, lo que lo hacía sentirse incómodo cuando pensaba en esas cosas.
Pero también era verdad que hacía tiempo que había superado ese obstáculo, y que había otros motivos por los que se resistía a poner fin a aquella vida de riesgos secretos, a aquel mundo dentro del mundo.
—Devon, hoy vas a trabajar, ¿verdad?
Devon se señaló el traje.
—Algunos tenemos que ir —dijo.
—Pues cuando llegues fíjate un momento en tus compañeros de oficina, en aquellos para los que trabajas y en los que trabajan para ti. Todos cruzando los dedos, todos tan asustados que, si para obtener alguna información reservada tuvieran que prescindir de ti, lo harían en un abrir y cerrar de ojos. Creo saber lo que piensas de esa gente. Pero tú no eres como ellos. Tú eres Superman. Tú eres un gángster, joder. El día que volvamos a sentirnos libres de todo riesgo será el día que ya no podrás mirarlos y decirte que entre ellos y tú hay una gran diferencia. ¿Estás dispuesto a volver a ese punto? ¿De verdad estás dispuesto a volver a leer informes trimestrales de mierda para intentar descubrir cómo funciona el mundo? Dejar tu futuro en manos de fuerzas que no tienen nada que ver contigo y llamarle a eso destino, o suerte, o lo que sea, no es vivir. Y ésta es la única vida que existe, tío. No me quiero poner místico contigo, pero ésta es la única vida que tenemos, y o le imprimes tu huella o es como si jamás hubieras estado aquí.
Habían dejado de andar. El jardín estaba desierto. Devon, cabizbajo, asentía enfurruñado, como un niño. Adam apoyó las manos en los hombros del que era más joven de los dos.
—Nadie —dijo Adam, suavemente— sabe las cosas que tú y yo sabemos. Bien. Hablemos de precaución, entonces. Es hora de que cambiemos los números del teléfono móvil, ¿de acuerdo? ¿Has memorizado el tuyo?
Devon asintió y recitó el número.
—Vale —dijo Adam, y otra vez saltaba sobre la punta de los pies—. Ahora relájate, diviértete por ahí. Te llamaré.
Subió a la carrera la escalinata del jardín, se dirigió hacia el sur, volvió a dejar atrás el muro de piedra y veinte minutos después estaba en casa. Se duchó, se puso un traje, cogió el maletín, pidió un taxi y se reunió con Sanford en la sala para clase preferente de la terminal Delta del aeropuerto de La Guardia. Sanford estaba sentado en un sillón demasiado bajo, frente a un televisor sin sonido, con un vaso de vino en la mano y un profundo aire de tristeza.
—No te he dicho nunca lo insoportable que me resulta viajar en avión en estos tiempos —dijo—, sobre todo en vuelos comerciales. Cada vez son peores. Fíjate en lo que ahora llaman clase preferente.
Parecía cansado, con la cara enrojecida, a pesar de que el vaso de vino era el primero. Iban a Minneapolis a cerrar un trato con el sindicato de maestros del estado, que había decidido confiar a Perini su fondo de pensiones.
—Incluso estoy empezando a preguntarme por qué tenemos que ir —dijo Sanford mientras subían al avión, unos cuantos vasos de vino después—. Ya está todo hecho. Pero necesitan un poco de contacto visual antes de confiarle sus pensiones a una pareja de tiburones de Nueva York. Puede que quieran asegurarse de que no somos príncipes nigerianos.
Adam ocupó el asiento de pasillo y tuvo que aguantar las miradas resentidas de quienes iban subiendo a bordo y debían esperar de pie mientras otros pasajeros intentaban meter como podían sus equipajes de mano en los minúsculos compartimentos de la clase turística.
—Sabes —dijo Sanford, ya en el aire—, les he hablado mucho de ti, y uno del sindicato me planteó una duda extraña. «Si ese tipo es un superclase de tales dimensiones», me preguntó, «¿cómo sabemos que no se va a largar para especular con su propio fondo o algo por el estilo?».
Adam sonrió.
—Y usted respondió: «Sí, tiene razón. Será mejor que le adelante inmediatamente una bonificación monumental por los resultados del semestre».
Sanford le dio una palmada cariñosa en la rodilla.
—Buena salida —dijo—. No, le dije que todavía eres joven. Y que lo mejor de ti es que con todos los egocéntricos que hay en este negocio, tú no tienes la obsesión de figurar. Sinceramente, si me lo hubieras preguntado hace diez años, habría apostado a que ya no seguirías conmigo. Pero tú eres un tipo de la vieja escuela, un salto atrás en muchos aspectos. Bajas la cabeza, haces tu trabajo, respetas las tradiciones, y al final todo el mundo se hace rico. Así era Lazard cuando yo trabajaba con él, hace un siglo. Y no sabes cómo me conforta eso.
Miró por la ventanilla la tierra lejana, las venas iluminadas de las calles vacías, los campos de béisbol bajo los focos, los aparcamientos.
—Es curioso cómo he llegado a aborrecer lo que antes me parecía normal: aviones y aeropuertos. Pero últimamente lo único que me gusta es salir con el barco. Es casi en lo único que pienso.
Al cabo de unos minutos se durmió, la mejilla aplastada contra el hombro, el labio inferior caído. No es una imagen favorecedora, pensó Adam, y cerró los ojos.
Para todo existía en algún sitio una plantilla, la fuente originaria y cubierta de malas hierbas de lo original y sin precedentes, y podías pasarte la vida buscándola a machetazos, sin encontrarla jamás. O sí, quizá la encontraras. Jonas no soportaba que descubrieran su ignorancia. En el autobús M79, de vuelta del colegio, un gordo que usaba pantalones cortos de patinador, aunque fuera la temperatura no llegaba a cinco grados, trataba de ver por encima de su hombro qué estaba oyendo en el iPod. Jonas le enseñó la pantalla. El gordo hizo un gesto de condescendencia.
—Joy Division de segunda mano —dijo, y Jonas asintió, como dándole la razón, como diciendo «Es lo que hay», pero estaba deseando llegar a casa, encender el ordenador y ver quiénes eran Joy Division. Y, un par de horas más tarde, debía reconocer que el gordo tenía razón. Principalmente por el simple hecho de ser mayor que él. Cuanto más averiguabas sobre algo que te parecía bueno, más lagunas descubrías como ésa. Las obsesiones de Jonas lo transportaban al pasado y le hacían llegar a la conclusión, triste pero empírica, de que la música popular de su tiempo era una mierda.
En el primer curso de secundaria no era ésa la opinión dominante. Si querías convertirte en un esnob musical, estupendo, pero entonces tenías que ser un fanático repugnante de algún grupo del que nadie había oído hablar porque se había formado hacía tres semanas y sólo había dado un concierto. Jonas conocía a tipos así, gente mayor que él, que controlaban la radio del instituto, una emisora que no oía nadie, y que jamás aprobaban lengua y literatura, porque desperdiciaban el tiempo intercambiándose comentarios en sus blogs, y aunque no quería cuentas con ellos, debía admitir que eran sus almas gemelas, que se volvían locos por las mismas cosas: lo incontaminado, lo incorruptible, la pureza de intenciones. Pero ellos buscaban en el sitio equivocado. Y luego, claro, estaban todos los niñatos que seguían felices la última moda e iban con sus madres al Nassau Coliseum a ver a algún grupo de chicos que bailaban y cantaban en playback canciones nostálgicas de eficacia probada en niñas de diez años. Esa basura era inaceptable. Costaba mucho creer que a la gente le diera lo mismo, que no se molestara en distinguir entre el valor de la simulación y el valor de lo auténtico.
Había algo sacerdotal en la actitud de Jonas cuando hablaba de música, y, como pasa con los sacerdotes, unos respetaban su visión y otros la consideraban una fantasmada. Aquello, por supuesto, lo apartaba de todo lo que podía interesarles a las chicas. Y tener un oído tan exigente entrañaba otra gran desventaja: la tortura de saber lo mediocre que era su propio grupo, lo vulgar que sonaba, sin exceptuarlo a él. Jamás serían buenos. Pero Jonas ensayaba y ensayaba. Los otros demostraban un optimismo feliz, que a Jonas le parecía admirable y benéfico. Tocaban una versión decente de «Sweet Jane», porque ¿qué esperanza te queda si eres incapaz de tocar «Sweet Jane»? Se reunían a tocar una o dos veces a la semana cerca de la autovía FDR, en un cobertizo para barcos que el padre del cantante había comprado, aunque seguía esperando la licencia de obras para reformarlo. Era difícil encontrar locales para ensayar en la ciudad, pero seguramente más fácil que encontrar locales donde actuar, el punto en el que, por desgracia, solían concentrarse las fantasías de sus compañeros de grupo.
Alguna vez, sin embargo, iban chicas a los ensayos. Incluso chicas mayores como la absolutamente inalcanzable Tori Barbosa. El hecho de que incluso un grupo de mierda, tan malo como el suyo, atrajera a las chicas demostraba de modo taxativo las formidables propiedades mágicas del rock and roll, pensaba Jonas. Siendo el más joven de la banda, tenía la reputación de ser el mejor músico, pero sólo porque era el único que se molestaba en practicar con la guitarra fuera de los ensayos. Una de las más deprimentes manifestaciones de su insignificancia era la cantidad de tiempo que perdían buscando un nombre para el grupo. Haskell, el cantante, veía conveniente un poco de ironía preventiva y quería que se llamaran The Privileged, o The Privileges. A Jonas la noción de ironía preventiva lo ponía al borde del suicidio. Puesto que intentaba acercar al grupo a las raíces, seguía proponiendo que se llamaran The Headwaters, para sugerir la búsqueda de las fuentes, y no como una de esas típicas bandas de bar que copian al número uno del mes. Pero siempre que escribían el nombre y lo miraban, alguno decía: «¿The Headwaters?» Siempre. Entonces Alex, el batería, tuvo una revelación mientras veía una película en la clase de historia de los Estados Unidos en el siglo XX y, por lo menos hasta la próxima ocasión en que decidieran discutir el asunto, se llamaron Run Bobby Run.
Con el fragor de los coches en la autovía FDR a la puerta del cobertizo, alcanzaron el grado de concentración suficiente para tocar una versión aceptable de «People Who Died». El solo de Jonas impresionó a todo el mundo, e incluso un par de espectadoras se lo dijeron, pero al final del ensayo las chicas, como es natural, se fueron con los chicos mayores y Jonas llamó a un taxi para volver a casa. Tenía que estudiar, y necesitaba dormir, aunque el exceso de adrenalina no le iba a permitir ninguna de las dos cosas, así que puso el tocadiscos y cogió los auriculares. Últimamente le había dado por el bluegrass. Era un material inagotable: no acababas nunca de encontrar viejos y extraordinarios discos de 78 revoluciones por minuto, o grabaciones de campo que la primera vez que las oías te estallaban en la cabeza como bombas en miniatura. Jonas creía que tal o cual intérprete eran un descubrimiento suyo y siempre terminaba enterándose de que para los verdaderos aficionados a la música se trataba de alguien como Shakespeare o Tolstói. A veces tenía la impresión de que su ignorancia no tenía límites.
Vio, bajo la puerta de su dormitorio, que una sombra cruzaba la línea de luz procedente del pasillo. Sabía que era su madre, asegurándose de que había vuelto a casa. Ni siquiera tuvo que quitarse los auriculares: se movió para que la silla chirriara, y la sombra desapareció. Siempre había alguien despierto en aquella casa. Abrió el teléfono móvil y comprobó la hora: 1.52. Y miró las luces azules del planetario, al otro lado de la ventana.
I used to think my daddy was a black man
With script enough to buy the company store
Now he goes downtown with empty pockets
And his face is white as a February snow [6].
¿Qué diablos le había pasado a la música country? En una época era tan acojonantemente triste que te cortaba la respiración. Unos días más de cansancio y luego emprenderé el vuelo… Ahora era un museo de sí misma, una fábrica de rufianes llena de reaccionarios al estilo de Las Vegas, con sombreros de mil dólares. Lo bueno jamás volvería. Jonas subió el volumen y apoyó los pies en el alféizar de la ventana hasta que vio cómo el sol empezaba a iluminar el planetario y sus planetas.
This world is not my home, I’m just a passing through My treasures are laid up somewhere beyond the blue
The angels beckon me from heaven’s open door
And I can’t feel at home in this world anymore [7].
Por la mañana subió a desayunar y, después de ducharse, se sintió momentáneamente perfecto y se bebió las sobras de una especie de batido que su hermana había dejado en el frigorífico la noche anterior. Al salir, April pasó a su lado. April formaba parte del universo colegial, del universo de Tori Barbosa, y los amigos (pero también chicos a los que no conocía, y a veces de otros colegios) le preguntaban por April de una forma patética y obsesiva. Su hermana era para él casi una extraña, pero no hasta el punto de verla como, al parecer, todos la veían.
—Tienes una pinta asquerosa —le dijo April, y le acarició la cabeza.
Adam llegó entonces de correr, empapado en sudor. A Jonas también le gustaba correr (detestaba los deportes en general, pero correr tenía algo ascético, monacal), aunque era imposible seguir a su padre, que registraba sus tiempos y hablaba de inscribirse en la maratón del próximo año. Adam se sentó con él y le preguntó cómo iba todo, y cuando acabó la conversación, Jonas había conseguido permiso para comprarse un banjo en Sam Ash. Cynthia seguía durmiendo y no se levantaría hasta que todos se fueran.
Parecía hipócrita, y Jonas lo sabía, obsesionarse con la originalidad y la autenticidad y tocar en un grupo que sólo hacía versiones; pero la elección había dependido menos de la estética que del descubrimiento de lo terrible y difícil que era componer una canción. Todos lo habían intentado alguna vez y los resultados habían sido uniformemente deplorables, con sentimientos heridos que luego había que restañar. Así que volvieron a las versiones, aunque Jonas seguía pensando que por lo menos deberían versionar temas que su público no se supiera ya de memoria. Así, por lo menos, podías alegar que prestabas un servicio a la música. Una noche fue al ensayo con el banjo y un CD en el que había hecho una copia de «You Don’t Know My Mind», de Jimmy Martin, una de las canciones más espeluznantes que había oído en su vida. Incluso buscó la partitura en Internet, aunque los únicos que leían música eran Alex y él. Les puso el CD y sintió cómo lo fulminaban las miradas de sus compañeros, aunque, en cierta medida, ésa era exactamente la reacción que esperaba.
—Es interesante —dijo Haskell—, pero no creo que podamos tocar blues. Y tú menos que nadie.
—No es un blues —dijo Jonas. Se sentía indefenso, como cuando uno confiesa un enamoramiento imposible, y no quiere empeorar las cosas metiéndose en discusiones. Pero ya era inevitable—. Por lo menos entérate de lo que hablas antes de rechazarlo. Este tipo fue un pobre borracho de las montañas de Tennessee. Y no buscaba aparecer en la MTV ni ponerle música a un anuncio de Verizon. Lo único que tenía era lo que le salía de dentro. Y vosotros, tíos, os emocionáis con The Strokes y toda esa gente, que sólo son mierda prefabricada.
Se miraron unos a otros de un modo que le recordó cruelmente lo joven que era.
—Mira —le dijo Haskell, muy amable—, ¿quieres que hablemos de autenticidad? ¿Sería muy auténtico si me pusiera a cantar sobre mi triste vida de granjero en Tennessee y cosas por el estilo? No es lo que soy.
—¿Y qué eres? —dijo Jonas.
Algo había en la expresión de su cara, algo de lo que no era consciente, porque Alex dijo: