Los privilegios
Capítulo 3
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—¿Quién quiere una cerveza?
Pero ya era tarde.
—Te diré lo que no soy —dijo Haskell—. No soy hijo de ningún multimillonario, un tío que no se soporta a sí mismo. No soy ningún figurón hipócrita que se cree superior. Así que tu banjo y tú os podéis ir a tomar por culo. Coge tu Gibson de mierda y acompáñame en algún tema que trate de emborracharse y follar, que es lo que voy a hacer en cuanto salgamos de aquí. ¿Te parece lo bastante auténtico?
Tori Barbosa estaba allí y no se perdió ni una palabra. Era algo demasiado humillante para irse. Con la cara encendida, Jonas cogió la guitarra y miró a Alex, que se golpeó el corazón con el puño un par de veces y marcó el compás para empezar «Sweet Emotion».
En Navidad, como siempre, Adam y Cynthia le preguntaron a Jonas qué quería; dijo que quería los doce volúmenes de las grabaciones de Alan Lomax para la Biblioteca del Congreso, en vinilo, y, dado que no tenían la menor idea de cómo conseguir una cosa así, él mismo se compró los discos por Internet y los cargó en la tarjeta de crédito de sus padres. Durante el invierno tuvo gripe y se perdió algunos ensayos, y cuando descubrió que lo habían sustituido por un chico del Collegiate, le mandó un mensaje a Haskell y le dijo que dejaba el grupo. Pasaba las tardes en su habitación con los auriculares puestos, leyendo las notas que acompañaban a los discos de Lomax, que había deambulado literalmente a trancas y barrancas por el campo con un micrófono en la mano y un enorme magnetófono a la espalda, grabando cosas que nadie había grabado jamás. Las guitarras y el banjo descansaban en sus soportes, en un rincón. Los años cuarenta, los treinta, los veinte: ésos sí que eran tiempos en los que valía la pena vivir.
En mayo, apenas a una semana del final de curso, murió Warren, el marido de Ruth. Quince días antes le habían extirpado un pulmón, pero no llegó a salir del hospital. Aunque hacía dos años que le habían diagnosticado el cáncer, Cynthia se sorprendió tanto como si la noticia no tuviera precedentes; la inigualable propensión de su madre al pesimismo la había convencido, hasta la histérica llamada final, de que Ruth probablemente exageraba.
A la mañana siguiente los cuatro se fueron a Pittsburgh en avión. Adam le preguntó a Cynthia si tenía planes de quedarse algunos días después del funeral «para echar una mano» y Cynthia dijo que no lo sabía, que no lo había pensado. La muerte, por supuesto, provocaba en la vida cotidiana un aluvión de consecuencias en las que nunca había reparado. Ruth salió a recibirlos a la puerta en lo que, tratándose de ella, podía considerarse un excelente estado de ánimo; celebró lo mejor que pudo lo altos y guapos que estaban sus nietos, que llevaban años sin verla y que no sabían muy bien cómo comportarse, aunque instintivamente decidieron pecar de comedidos.
—Os encantará ver a vuestros primos —les dijo Ruth, y Cynthia percibió cómo intercambiaban una indiscreta mirada de asombro al oír la palabra «primos».
Faltaban tres días para el funeral. Ruth no dejaba de subrayar cuánto necesitaba la ayuda de Cynthia para tomar determinadas decisiones, aunque siempre resultaba que las decisiones ya habían sido tomadas, algunas con tanta anticipación que la cosa bordeaba lo macabro. Cynthia, en cualquier caso, no tenía muchos consejos que ofrecer. No tenía experiencia en funerales, y sólo podía aportar sugerencias genéricas sobre la manera de honrar la memoria de Warren. Había sido una especie de máquina de seriedad y formalidad. También había sido uno de los principales abogados del bufete Reed Smith, y una parte sorprendente de la ceremonia la decidió ese hecho, algo útil pero también un poco perverso, como si el bufete fuera una rama de las fuerzas armadas con sus propios arcanos y ritos incuestionables. Ruth quiso que el ataúd estuviera cerrado porque al final Warren no parecía él mismo. Podían maquillarlo, pero no devolverle los kilos perdidos. Prefirió que colocaran sobre el ataúd una gran foto enmarcada, un antiguo retrato encargado cuando se convirtió en uno de los socios principales del bufete: con la cara redonda y una discreta sonrisa, gafas y pelo plateado, proyectaba una especie de autoridad bien alimentada.
No había espacio para que todos durmieran en la casa; pasaron el día allí, intentando sobreponerse a la angustia mientras extraños que parecían salidos de un geriátrico los consolaban con un surtido de recipientes Tupperware, y de noche huyeron al Hilton, en el centro de la ciudad, donde derrocharon el dinero en lo más tonto y lo más caro para eliminar del organismo las horas de solemnidad tóxica. Las propinas de Adam desataron una guerra entre el personal del hotel, todos pendientes de atenderlo. Ruth nunca le había caído simpática: le costaba tratar con la gente negativa. Esta vez era distinto, obviamente, y Adam estaba más que dispuesto a hacer concesiones; pero no sabía cómo reaccionar cuando Ruth se comportaba como si fuesen madre e hijo, no sólo delante de los demás, sino incluso en los raros momentos en que se quedaban solos. Ruth no parecía estar interpretando un papel, como tantas veces hacía. Cuando le sonrió y se apartó en la puerta de la cocina para dejarla pasar, ella apoyó la frente en su hombro y cerró los ojos, y Adam se sintió como si una mujer en una ciudad extranjera lo hubiera confundido con otro.
No sabía qué decirles a sus hijos sobre qué debían hacer en aquella casa enlutada, así que se limitó a decirles lo que no debían hacer: nada de pasarse el día mandando mensajes desde casa de la abuela, nada de auriculares bajo ningún concepto. Que esperaran a llegar al hotel. Los llevó con Cynthia a la iglesia donde se casaron, e incluso cenaron los cuatro en el Athletic Club, en el salón donde se celebró la boda; Jonas y April fueron muy indulgentes. Ni siquiera se rieron demasiado cuando conocieron a sus «primos», término que, como descubrieron por fin, se refería a los hijos gemelos de Deborah, la hermanastra de Cynthia. Las dos mujeres no habían tenido ocasión de hablar desde hacía años. April había oído a su madre murmurar algo sobre una felicitación navideña con la foto de los gemelos, pero ni ella ni Jonas habían visto la tarjeta. Los niños tenían cinco años y, April no pudo evitar pensarlo, eran absolutamente lamentables. El único modo de mantenerlos callados era darles algo de comer. Por lo menos habían conocido a su abuelo Warren mucho mejor que Jonas y que ella, y se ponían muy graciosos cuando hablaban de su desaparición con aire triste.
Deborah estaba muy cambiada. Estaba gorda, para empezar, sin el menor rastro del vago perfil gótico y crispado que cultivaba de estudiante, por no hablar de la noche que pasó en Bellevue; enseñaba historia del siglo XX en la Universidad de Boston, como el marido, que era mucho mayor que ella y había presidido, como Cynthia descubrió divertida, la comisión que la había contratado. Cuando Deborah, sin la menor ostentación, se echó a llorar en el funeral, Cynthia sintió que, sin saber bien por qué, no podía dejar de mirarla. Había escrito un elogio fúnebre para su padre, pero prefirió que lo leyera su marido, como si no confiara en poder leerlo hasta el final. Y cuando los últimos asistentes a la ceremonia acabaron de darle el pésame a la familia en la sacristía, Cynthia y Deborah se abrazaron.
Pero tal afinidad no duró mucho. Una vez que el último invitado dejó la casa de Ruth, Cynthia oyó voces en la terraza y, cuando salió a investigar, descubrió a Deborah y a Jonas, apoyados en la baranda, en plena conversación. Intentó disimular la sorpresa, pero no pudo, y al verla allí, plantada en la puerta, los dos se echaron a reír.
—Estamos hablando de Andy Warhol —dijo Deborah—. Era de Pittsburgh. Es como si volviera a defender mi tesis.
A menos que Andy Warhol tocara el banjo de los cojones, pensó Cynthia, jamás hubiera sospechado que Jonas supiera o se preocupara por quién era Warhol, pero antes de que llegara a hablar, Jonas dijo:
—Mamá, ¿a qué hora nos vamos mañana?
—Yo, al final, no me voy mañana, pero creo que vuestro avión sale a las tres y media.
Jonas levantó el puño en señal de triunfo y Deborah dijo:
—¿Te importa entonces que lleve a Jonas al Museo Warhol? Uno de los encargados fue compañero mío de curso. Es un buen museo. A lo mejor también te apetece venir.
A Cynthia no se le escapó la cara que puso su hijo al oír la última sugerencia de Deborah.
—No —dijo—, estoy segura de que es una de esas experiencias que te cambian la vida, pero tengo cosas que hacer. Id vosotros. Pasadlo bien. Acordaos de estar en el hotel, no sé, a la una.
Con una sonrisa tan forzada que parecía de su madre, entró otra vez en la casa y cerró la puerta. En la cocina había mil platos que lavar, y por un momento estudió los pros y los contras de tirarlos directamente a la basura. Jamás volvería a reunirse en aquella casa una multitud semejante. Andy Warhol, pensó de pronto. Una cosa era obsesionarte con esa mierda absurda cuando estabas en secundaria, pero dedicarle por completo tu vida…
Adam y los chicos tomaron el avión al día siguiente, y lo mismo hizo la familia de Deborah; pero Deborah se quedó. Cynthia pensó que, hija única o no, se alegraría de no tener que soportar sola las cargas de esos días: horas y horas al teléfono sin perder la paciencia para hablar con la compañía de seguros o los imbéciles de la Seguridad Social. Pero la desconcertó un poco el grado de intimidad que habían alcanzado en los últimos años Deborah y Ruth sin que Cynthia lo supiera. En algún momento, pensaba, Deborah debía haber asumido eso de la familia ampliada y en armonía, algo, desde luego, por lo que no pasaba cuando se conocieron, hacía ya más de quince años.
A Ruth, por su parte, tener a las dos en casa la ayudaba a mantener la extraña ecuanimidad que la había caracterizado durante toda la semana. Lloró un poco durante el funeral, aunque sin especiales demostraciones de dolor. Cynthia creía que se trataba de una forma de negarse a aceptar la realidad. O quizá sólo se trataba de alivio. O quizá lo único que pasaba es que era vieja y estaba sola y no necesitaba ya recurrir a sus exageraciones de siempre sobre lo mal que iba todo. Daba vueltas por la casa, se quedaba dormida, contestaba cartas de pésame y discutía amablemente con las dos cuando se empeñaban en prepararle algo de comer. Tenía sesenta y siete años y nada sugería que no pudiera seguir igual dos o tres décadas más.
Se cansaba con facilidad, sin embargo, y se acostó temprano, y, minutos después, Cynthia ya estaba sentada en la cocina, aturdida, mirando un interruptor de la luz en forma de gallo, cuando Deborah entró muy contenta con una botella de bourbon Knob Creek que había encontrado en el mueble bar. Aleluya, pensó Cynthia.
—Entonces, ¿cuándo te vas? —dijo Deborah, después del primer vaso.
—Pasado mañana, creo. Tengo una reunión, y luego nos vamos a la casa que alquilamos en Anguila. Nos iremos cuando termine el colegio, el día… ¿Qué día es hoy? Bueno, la semana que viene.
Deborah asintió, pero no pudo reprimir una risilla ambigua.
—Habéis triunfado, chicos —fue lo que dijo.
Cynthia no sabía muy bien cómo contestar.
—Es todo por Adam —dijo por fin—. Hay quien tiene talento para las inversiones.
—Siempre os ha rodeado a los dos una especie de aura. Y ahora tus hijos también la tienen.
—Los tuyos son adorables —dijo Cynthia, cogiendo la botella.
—Gracias. Y lo raro es que tengo dos más. O algo así. Sebastian tiene dos hijas de su primer matrimonio. Van a la universidad. Así que ahora, al cabo de los años, la madrastra soy yo.
—Supongo que lo dices irónicamente —sugirió Cynthia.
—Hay que reconocérselo a mi padre —dijo Deborah, levantando la botella—. Sabía que la vida es demasiado corta para conformarse con alcohol barato.
—Tengo curiosidad —dijo Cynthia. Se había dado cuenta de que Deborah no aguantaba demasiado la bebida y aquélla podía ser, quién sabe, la última vez que hablaran—. ¿Qué te ha pasado? Me refiero a que lo único que creo que compartíamos era la convicción de que todo eso de la armonía familiar, o como la gente lo llame, era una tontería y una mierda. Y tú parecías detestar ese cuento más que yo. Y ahora te portas con Jonas como la perfecta tía Deborah, y tratas a Ruth como si fuera de verdad tu madre. ¿Vive tu madre todavía? Parece una cosa que debería saber, creo, pero no tengo ni idea.
Deborah la miró con ojos pícaros.
—Vive con nosotros —dijo—. En Boston.
—No digas gilipolleces.
Asintió, muy divertida.
—No sé exactamente cuándo fue, pero, conforme cumplía años, me iba sintiendo vulnerable, y empecé a verle sentido a la idea de familia. Ahora la necesito. Mi teoría es que está relacionado con el hecho de ser hija única, con el miedo que implica a la soledad, pero seguramente no sea así. A ti no te ha pasado.
—Así que es eso. ¿Y por eso vienes a ver y a ayudar a Ruth y todas esas cosas? Siempre me he preguntado qué significa ser hijastra de alguien. ¿Sigue funcionando cuando eres adulta? ¿No termina con el matrimonio que provocó la situación?
Deborah se quedó pensándolo. Apoyó el mentón en la mesa y miró la botella.
—El tiempo te baja los humos —dijo—. Me irritaba lo falso que era todo. Incluso me sentía una imbécil cuando tuve que ir a tu boda. Pero si esperas lo suficiente, los vínculos falsos se convierten en algo real, te guste o no. Ahora pienso en Ruth como en una madre. Y no creo que la muerte de papá acabe con eso.
—¿Qué le pasará ahora? —dijo Cynthia de pronto—. Sabes que en cuanto nos vayamos se derrumbará. Envejecer debe de ser una mierda. Debe de ser una mierda que se muera tu marido. Pero ¿qué podemos hacer? La única manera de evitar que se venga abajo sería quedarnos aquí. Y no existe la menor posibilidad de que se venga a vivir con nosotros; vaya, me descubro ante ti y todas esas cosas, pero para mí sería algo imposible.
—Ella nunca se iría a vivir contigo, aunque se lo pidieras. Ni conmigo. Jamás se abriría tanto como para depender de nosotras hasta ese punto. Creo que se las arreglará sola. Mejor que muchos. Lo único preocupante, si te quieres preocupar por algo, es que su salud vaya a peor, como le pasó a papá. Entonces tendrás que tomar decisiones difíciles.
Cuando empleaba la segunda persona del singular, ¿lo hacía en sentido impersonal o se refería a «Cynthia»? Pero no podía preguntárselo, porque se sentía mezquina y egoísta sólo de pensarlo. De todas formas, quedaba mucho tiempo por delante.
—No ha estado enferma en su vida —dijo Cynthia.
Oyeron ruido en el cuarto de estar y las dos prestaron atención por si Ruth se había levantado, pero la casa seguía en silencio. El parpadeo del televisor, mudo, seguía reflejándose en las paredes al otro lado de la puerta de la cocina.
—¿Sabes? —dijo Deborah—. Mi padre fue un hombre excelente. No era muy expresivo, pero sí muy cariñoso. Siempre sintió debilidad por ti. Creo que porque tú tenías algo que yo no tengo. Le dolía que no lo consideraras un padre. Nunca le diste la menor oportunidad.
Miraba como una borracha. O llevaba mucho tiempo sin emborracharse o se emborrachaba a menudo. Cynthia, de pronto, perdió interés en la conversación. Empiezas a cargar con el pesar ajeno y ya no te lo puedes quitar de encima. Ella no era hermana de nadie, ni Deborah tampoco. Una cosa era conspirar sobre el futuro, pero no pensaba volver al pasado.
—Ya tengo padre —dijo.
Los alumnos de todos los cursos, superiores e inferiores, del Dalton seguían entrando y saliendo del dúplex de los Morey como si se tratara de un programa de actividades extraescolares; pero, aunque hacía meses que su amiga Robin no vivía allí y había vuelto a su casa, mucho más turbia, April seguía echándola de menos. Y era irónico, pensaba, porque en los últimos tiempos la conducta de Robin había empezado a fastidiarle un poco, más por su madre que por ella. Robin llevaba drogas a casa, se aprovechaba de que tenía llave para salir de noche y tonteaba con el portero para que no la delatara, e incluso llevaba clandestinamente chicos al piso donde tenían el dormitorio, y aunque eran cosas que la propia April ya había hecho alguna vez, ahora pensaba: mi madre te acoge y te da total libertad ¿y tú se lo pagas así?
Cuando en el Dalton corrió la voz de que prácticamente se había fugado de casa y de que su madre le había pegado (el chisme quizá lo difundiera la propia April), la imagen de Robin en el colegio sufrió un cambio radical y dramático. Pasó de un estado de normalidad cultivada con esmero a otro de extravagancia exagerada. Empezó a interpretar su nuevo personaje con malas contestaciones a las profesoras (quienes, como Cynthia, se lo permitían todo), a sus compañeras, al personal del Starbucks que había cerca del colegio, donde pasaban los ratos libres. Algunos viernes por la tarde estaba tan borracha que se quedaba dormida en clase. A los demás aquello podía parecerles patético, pero April lo consideraba puro teatro. Sólo ella sabía cuántas posibilidades había de que aquella chica dura y supuestamente marcada, terminara el día en pijama y en el sofá de April con la cabeza en el regazo de la madre de April mientras las tres veían películas y compartían una bolsa de regaliz rojo. Pero ahora eso se había terminado y Robin y ella, aunque seguían siendo amigas, ya no compartían nada parecido.
Algunas veces, cuando Robin aún vivía en casa de April, y no podían dormirse, se echaban juntas en la cama con los ordenadores portátiles y chateaban con hombres evidentemente mayores que ellas. Era muy divertido, porque podías decirles cualquier cosa sin la menor repercusión: esos tipos podían estar en cualquier parte del mundo, como las chicas, por otra parte. Seguramente se alegraban de que no fueras de la policía. Se masturbaban patéticamente mientras April y Robin, boca arriba, con el ordenador sobre el estómago, tecleaban pornografía ridícula y se enseñaban las pantallas, a ver quién superaba a quién, hasta que se reían tanto que les dolía. Aquello terminaba siempre con que el desgraciado te pedía una cita. No le importaba dónde estuvieras; viajaría a cualquier parte para conocer a Bobbi o Sammi, o como se llamaran esa noche. Estaban a salvo porque mentían en todo. Aunque ya no era lo mismo, April seguía conectándose alguna vez, cuando se aburría.
Ahora casi todos los fines de semana los pasaban solos los cuatro. Un viernes la madre de April anunció que a la mañana siguiente irían a los Hamptons a ver casas. Fue una sorpresa; aunque iban con frecuencia a visitar a gente que vivía allí, su padre, en particular, se había mostrado reacio durante años a sumarse a la migración general, alegando que los Hamptons serían siempre lo mismo y que tenía que haber en el mundo sitios más interesantes. En caso de que fuera necesario, ya buscarían en el East End en los próximos fines de semana, dijo Cynthia, y April y Jonas se miraron y pusieron los ojos en blanco, porque una vez que a su madre se le metía en la cabeza comprar algo, lo normal era que al momento fuera suyo. A la mañana siguiente su padre los llevó en coche a Amagansett, y en efecto, más o menos a la tercera casa, su madre picó. Era una casa preciosa, April tenía que admitirlo, a unos treinta metros de la playa; y allí pasaría los fines de semana cerca de muchas de sus amigas. Otra casa que llenar de cosas. Su madre se sentiría en la gloria durante los próximos meses.
Noches después, de vuelta en la ciudad, cuando sola en el dormitorio le respondía a uno de los perturbados con los que chateaba, a la pregunta de cómo se llamaba, sin pensarlo tecleó April. Por un instante sintió un pánico total hasta que recordó que en el mundo había un millón de personas que se llamaban April. Pero a partir de esa noche, cuando se conectaba, en medio de todas las mentiras y las tonterías de porno star, en la pantalla aparecía alguna vez esa voz que repetía: April, ¿eres tú? Se llamaba, o eso decía, Neil, y vivía en Connecticut. ¿Lejos de la ciudad?, escribió ella, y él dijo: No, ¿por qué? Él le pidió una foto, y ella le dijo que no. Él le mandó una foto. Un poco viejo, quizá, pero no un desastre absoluto, si era de verdad su foto. No había forma de saberlo o, mejor, sólo había una forma de saberlo. Eso era Internet, un disparate de mentiras, y acababas volviéndote loca si intentabas racionalizarlo.
Era muy listo. No decía: ¿Quieres que nos veamos? Decía: Estaré en el Starbucks del cruce de las calles Cuarenta y una y Séptima el miércoles 18 de junio a las dos de la tarde. Espero que tengas el valor suficiente para estar allí. Me reconocerás por la foto.
April no le dijo una palabra a Robin ni a nadie. Por otra parte, aunque fuera un secreto, no había duda de que lo hacía para un público, aunque se tratara de un público imaginario, eso era lo raro. Si quienes la conocían se enteraran, la mirarían con una mezcla de asombro y respeto; aunque le dijeran que, a su juicio, había cometido una estupidez increíble, los impresionaría su temeridad, al margen de que el asunto entrañara o no entrañara peligro. La chica dura sería ella, la chica marcada. Si en cualquier actividad había que dar un paso más —lanzarse al agua desde una roca más alta, probar drogas de mayor pureza, robar algo más grande y más difícil de esconder—, alguien, en cierto momento y como por ley natural, daría aquel paso; así que ya podía constar en acta que esa persona era ella.
Lo vio inmediatamente, y él le sonrió, pero ella pidió con gran aparato un café americano antes de acercársele. «No puedo creer», fue lo primero que él dijo, «que seas tan maravillosa», y ella se dio cuenta de que la misma frase que parece desesperada y patética cuando la ves escrita en la pantalla del ordenador, en circunstancias más directas, oída, puede causar verdadera impresión. No reveló ningún dato, ni su apellido, ni el colegio al que iba, ni su dirección, ni a qué se dedicaban sus padres; él, sin embargo, parecía comprender lo difícil que le resultaba la situación, y se anticipaba, y la ayudaba a relajarse hablándole de sí mismo sin parar. Era, dijo, inversionista («Como mi padre», estuvo a punto de responderle, pero no lo hizo) y, trabajando desde casa, había conseguido ganar bastante dinero —«aunque apostaría que no tanto como tienes tú», añadió. April se preguntó cómo podía saber eso, en qué se basaba. Había crecido en Greenwich y, a la muerte de sus padres, había heredado la casa donde vivía. Vivir en tu propia ciudad era estupendo, pero era complicado conocer a gente nueva. April quería preguntarle cuántos años tenía —no apreciaba diferencias entre los hombres de treinta y de cincuenta años, a su edad le parecían lo mismo—, pero temía demostrar demasiado interés. Apenas se movía, si no era para llevarse el café a los labios.
—No te preguntaré dónde vives, April —dijo, sonriéndole, como si respetara la timidez que la mantenía en silencio—, pero ¿cómo has venido? ¿En el metro?
Había tomado un taxi, pero asintió. Cualquier mentira, aunque fuera absurda, parecía una buena idea. Luego, tras aclararse la garganta, dijo:
—¿Y tú? ¿Has cogido el tren?
La sonrisa del hombre se ensanchó.
—He venido en coche —dijo—. Es un paseo. Te encantaría mi coche. Es un descapotable. Pero si te ves en un atasco, o llueve, o algo por el estilo, pones el techo y… Tengo un equipo de sonido bestial. Conectas el iPod y subes el volumen al máximo. Tienes iPod, ¿verdad? Ya tiene todo el mundo. Si quieres, te dejo que lo conduzcas. ¿O eres demasiado joven todavía para tener carnet?
April lo miró. Se preguntaba cómo no llamaban más la atención una colegiala y un tipo mayor en un Starbucks y a mediodía. Pero quizá fuera algo que no le extrañaba a la gente.
—Bueno —dijo Neil—, aunque todavía no tengas edad para conducir, compartiremos ese pequeño secreto.
Entonces April se dio cuenta de que, al margen del objetivo que persiguiera — superar a Robin, recuperar la atención de su madre, o cualquier deseo inconsciente que, en opinión de algún psiquiatra, intentara satisfacer—, todo dependía de la idea de que la viera alguien, de que la descubrieran. La idea de que no la descubrieran no se le había ocurrido hasta ese momento.
—¿Quieres salir y ver el coche? —dijo Neil.
Al final fue hasta donde estaba el coche, pero no se subió. Neil no se enfadó. Sabía ser paciente. Le escribió en un papel el número del teléfono móvil, dijo que esperaba volver a verla y le dio un largo abrazo.
Nueve días después el teléfono sonó en casa de los Morey; era Robin, que, por alguna razón, quería hablar con Cynthia. Cynthia se acercó el auricular al oído y, durante treinta segundos, no dijo nada; permanecía impasible. Luego colgó, se levantó, se fue a su dormitorio y cerró la puerta, pero seguía llorando cuando se cruzó con April en el pasillo. La madre de Robin se había cortado las venas en la bañera la noche antes y había muerto. Adam estaba en el extranjero en viaje de negocios, y Cynthia, lamentablemente, era incapaz de calmarse y, aunque sólo fuera por Robin, fingir entereza; así que la única Morey que asistió al funeral fue April. Estaba toda la clase. Se sentaron todos juntos en los últimos bancos, desde donde podían ver a Robin y a su padre en la primera fila. Pero ¿qué más daba? April se dio cuenta de que Robin estaba a un millón de kilómetros de distancia. Era como si la vieran por televisión. El abismo era tan terrible que todos temían decir o hacer algo que pudiera salvarlo.
En otoño Robin no fue al Dalton, pero el director de secundaria dijo que esperaba que volviera en enero. April tiró el número de teléfono de Neil y dejó de chatear, aunque no fuera demasiado tranquilizador saber que Neil andaba por alguna parte y sabía su verdadero nombre.
El colegio Dalton organizaba una liga de baloncesto para los padres en la que Adam seguía jugando un par de veces al mes. No era el típico campeonato informal. Reconocías a los abogados por la manera en que cada vez que pitaban una falta paraban el juego dos minutos para discutir. Había jugadores tan competitivos — especialmente entre los que se dedicaban a las finanzas— que se peleaban y tenías que separarlos; no era algo que sucediera a menudo, pero sí con la suficiente frecuencia como para que unos años antes se votara que los miembros del claustro de profesores no participaran: la idea de perder los nervios y pegarle un codazo al profesor de historia de tu hijo era demasiado peligrosa. El nivel de competición era desigual, como es obvio, pero había algún que otro atleta. Y cuando sus hijos crecieron y se sumaron a la liga los padres de los nuevos alumnos del parvulario, Adam se vio marcado por contrarios que tenían su edad. Una noche saltó para coger un rebote y una carga con el hombro, directa a la cadera, lo desequilibró: cayó sobre un pie y sintió que se le rompía la rodilla. Recordaba que se apoyó con los brazos en los hombros de dos compañeros de equipo y que veía la parte inferior de la pierna derecha oscilar cómo un péndulo. Al cabo de tres días en el hospital y de una semana en casa, trabajando en la cama, volvió a Perini con muletas y una férula descomunal que iba del tobillo a la cadera y le mantenía la pierna rígida como un lápiz.
En la oficina no se cansaban de gastarle bromas, escondiéndole las muletas, imitando a los piratas cuando cojeaba por el despacho, mandándole por correo electrónico vídeos de deportistas famosos que se destrozaban la rodilla. Era el humor que se basa en la supervivencia del más fuerte: se reían de su debilidad en vez de matarlo y comérselo, pero no le importaba; no esperaba menos. Lo que más temía era engordar en los meses de convalecencia. Tardó en recuperarse dos semanas más de lo previsto, o eso le dijo el médico, por intentar duplicar los ejercicios que le mandó el fisioterapeuta.
Aunque la mayoría de los analistas de Perini eran veinteañeros, disfrutaban cuando salían con Adam y sentían verdadera admiración por su excelencia en todo lo que emprendía —veía el futuro de una empresa al instante, instinto que la ausencia de titulación académica en una escuela de negocios elevaba a niveles místicos y heroicos —; no se explicaban qué hacía todavía allí. Indefectiblemente se le acercaban en privado, casi siempre en un bar, y le decían que cuando llegara el momento de largarse de Perini y crear su propio fondo de inversiones, podía contar con su total lealtad. Todos, como un solo hombre, pensaban que Sanford era demasiado reacio a correr riesgos, y que, de no ser por Adam, el dinero de sus clientes no hubiera rendido más que una cuenta de ahorros.
—Ya llegará el momento —era la respuesta habitual de Adam—. No olvidaré lo que hemos hablado.
La verdad era que dejar Perini y establecerse por su cuenta habría planteado problemas de uso de información privilegiada y hubiera llamado la atención de forma poco deseable. Algo que lo mantenía a salvo de sospechas era que nunca aparecía, por lo menos fuera de Perini, como responsable de las decisiones. Nadie que revisara los libros de contabilidad podía saber que a estas alturas Barry hacía literalmente todo lo que Adam le aconsejaba. Adam no quería que nadie estudiara demasiado a fondo alguno de los asuntos en los que había estado envuelto en los últimos ocho o diez años, porque, aunque no supieran exactamente lo que buscaban, siempre existía la posibilidad de que encontraran algo. Desde ese punto de vista la situación más favorable era que las cosas siguieran como estaban.
Perini conservaba la misma dirección postal, la misma estructura. Aunque Sanford aparecía mucho menos, desde donde estuviera llamaba a Adam cuatro o cinco veces al día. Adam tenía su propio despacho, pero pasaba la mayor parte del tiempo con los demás, que trabajaban en un espacio único. Hacía cuatro años que nadie le ganaba al futbolín.
Era normal que Sanford te invitara a comer cuando quería decirte algo personal y muy importante. Pero una mañana, en febrero, cuando Adam volvía a andar con normalidad, semanas después de que le quitaran la férula maldita, el jefe se presentó a las diez —temprano para sus costumbres—, llamó a Adam a su despacho y le dijo que había decidido retirarse en el plazo de dos semanas y cederle su puesto de socio principal de Perini Capital, deduciendo a plazos una cantidad por jubilación.
—Es, sobre todo, un problema fiscal —dijo el anciano, pero tenía los ojos llenos de lágrimas—. He rehecho el testamento y me han aconsejado que aclare algunas cosas.
Adam no estaba preparado en absoluto. No se lo esperaba; le parecía inimaginable que el viejo, a pesar de sus muestras de sentimentalismo, renunciara en vida y por propia voluntad a algo valioso.
—Barry —dijo—, no tienes necesidad de hacer esto ahora.
—¿Y a qué voy a esperar? —dijo Sanford—. Hay que mirar al futuro. Perini es una institución magnífica y quiero que siga adelante.
—Pero no… Quiero decir… Sé que tienes hijos.
—Los tendré en cuenta —dijo— de acuerdo con sus méritos. Éste es un asunto aparte.
Adam intentó dominar el miedo, un miedo que no conocía.
—Esta casa no puede existir sin ti —dijo—. Es un monumento en tu honor.
—Bueno, eso me recuerda que hay una condición: el fondo de inversiones debe conservar su nombre. Incluso después de que yo me vaya. Un hombre quiere dejar herencia. Quiere ser recordado. No sé muy bien qué diferencia entraña ese detalle, pero alguna supone. En cualquier caso, así estará estipulado en alguno de los diez mil papeles que los dos tendremos que firmar.
Adam acabó respondiendo que tenía que consultar el asunto con su mujer. Sanford entendió que estaba demasiado emocionado para aceptar en el acto y, muy digno, accedió a su aplazamiento. Cuando llegó a casa esa noche, sumó en los márgenes de un periódico todas las cantidades de dinero que tenía en el extranjero. Era raro que pusiera algo por escrito: llevaba las cuentas en la cabeza. Había dinero suficiente para que vivieran los cuatro el resto de sus vidas; pero ¿qué significaba eso? Le inquietaba pensar en el dinero si no era para aumentarlo o emplearlo en ganar más dinero. Percibía en todo aquello cierto olor a muerte, y no sabía por qué.
Al día siguiente fue y le dijo a Sanford que declinaba su oferta. Le parecía prematura, dijo, porque Sanford era y seguiría siendo por muchos años un titán del mercado de valores; en cualquier caso, Perini Capital resultaba literalmente impensable sin su fundador al timón, y con toda seguridad cualquiera en la oficina habría dicho lo mismo. Añadió que se iba a tomar una semana de vacaciones. Menos de una hora tardaron la estupefacción y el dolor de Sanford en transformarse en rabia. Pero, por extraño que parezca, era una rabia feliz, como si acabara de descubrir que los médicos habían cometido un increíble error de diagnóstico y que iba a vivir eternamente. Se fue hecho una furia y sin decir una palabra poco antes de las tres, y cuando los demás le preguntaron a Adam qué cojones había pasado, Adam respondió, en un tono que los dejó aterrorizados, que nada de lo que tuvieran que preocuparse.
Quizá hubiera debido ir inmediatamente a Anguila, pero esa noche, en la cena, les dijo a Jonas y April que tenían que faltar al colegio una semana porque se iban a Londres los cuatro. Cynthia y los chicos lo miraron como si se hubiera vuelto loco, pero se habían educado en el respeto a la espontaneidad y la oferta era demasiado buena para rechazarla. En el último momento y en temporada alta todo era insultantemente caro, pero aunque siguieran mencionando esos detalles, la verdad es que para ellos no significaban nada. Encontraron un apartamento en Mayfair, y cuando April se enteró de que una antigua amiga del colegio tenía una sesión de modelo en Surrey, Adam los llevó a Battersea y contrató un helicóptero para ir a verla.
La amiga modelo les preguntó a April y Jonas si les apetecía ir a ver a los Strokes esa noche al Hammersmith Palais; había quedado allí con alguna gente y era tan monstruosamente maravillosa que sólo pensar en cómo serían sus amigas bastó para que Jonas superara su desprecio hacia los Strokes. Cynthia y Adam fueron a cenar a Kensington y se bebieron dos botellas de vino. Allí le contó Adam que Sanford le había propuesto retirarse y legarle prácticamente el fondo de inversiones, pero que había declinado el ofrecimiento.
—Jesús —dijo Cynthia—. Se ha debido de quedar destrozado. ¿Qué te ha dicho?
En lugar de responder a la pregunta, Adam dijo:
—Temía haberte decepcionado. —Y le sorprendió sentir un ligero nudo en la garganta.
Cynthia le cogió la mano, un indicio infalible de que estaba borracha.
—Escucha —dijo—, eres acojonantemente genial. Todo lo que has hecho, hasta lo más mínimo, nos ha ido bien. Mira dónde estamos. Todo ha sucedido tal como tú habías previsto. ¿Qué clase de idiota sería si no confiara en ti?
Adam se llevó los dedos de Cynthia a los labios y cerró los ojos. Los clientes del restaurante empezaban a mirarlos.
—Mira —dijo Cynthia en voz baja, con los ojos fijos en él—. Esas putas viejas quisieran verse en mi lugar.
Esa noche Adam le dijo que deberían comprarse el apartamento en el que estaban y así podrían ir a Londres cuando quisieran.
—El año ha sido bueno —dijo.
Cynthia lo miró como si se hubiera vuelto loco, pero entonces percibió una chispa de entusiasmo en sus ojos, levantó las manos y dijo:
—¿Por qué no?
Era eso: todo estaba a su alcance. ¿No era ésa la meta de la vida? Adam intuía que debía retirar todo el dinero que pudiera y cerrar las cuentas de Anguila, pero lo que más deseaba era gastárselo todo en Cynthia y los chicos, como en una orgía, si era posible, desafiándolos a que expresaran deseos que ni siquiera se les habían ocurrido hasta entonces, y convertir los deseos en realidad. Ésta es, a fin de cuentas, la única vida que tenemos. Los días se iban volando. Había bebido demasiada ginebra. La verdad es que le gustaría ser como Sanford y regalarlo todo: quería sacrificarse en nombre del amor que sentía por su mujer y sus hijos, un amor que superaba todas las efusiones convencionales.
Cuando volvieron a Nueva York, se había desinflado un poco. Fue a trabajar el lunes por la mañana y, antes de que se quitara el abrigo, Sanford lo llamó a su despacho y lo despidió. No fue una escena cordial.
—No te veía tan joven desde hace años —le dijo Adam.
Sanford le dio hasta las diez menos diez para que limpiara su mesa.
—No sé qué planeas —dijo Sanford, temblando—, pero lo descubriré. Te vas a enterar de que a mí no me jode nadie. Te he hecho yo.
Tenía gracia lo que decía, no sólo porque Adam llevaba jodiéndolo años con gran éxito, sino porque el plan minucioso que Sanford imaginaba detrás de su decisión (crear su propio fondo, forzar su salida de Perini, lo que fuera) no existía. Adam no tenía ni idea de qué iba a hacer ahora.
Llegó a casa antes de las once y no encontró a nadie en el apartamento. Se sentó a ver la televisión, zapeando todo el rato. Había sido tan precavido durante tanto tiempo que le apetecía hacer algo verdaderamente estúpido, algo que acabara de hundirlo. Pero no lo hizo. Recordó que había otras personas implicadas a las que tenía el deber de proteger. Sanford estaba lo suficientemente furioso para hacer cualquier cosa y llegar a donde quisiera. Fue al cuarto de baño que había en el dormitorio y cogió el teléfono móvil que escondía dentro de una zapatilla de deporte.
—Creía que habíamos dicho que en horas de trabajo no… —dijo Devon.
—Se acabó —dijo Adam—. Tenemos que echar el cierre.
—¿Cómo?
—A partir de ahora, se acabó. ¿De acuerdo? No tienes que preocuparte de nada.
—¿Que no tengo que preocuparme de nada? —La voz era un murmullo estrangulado—. ¿De qué coño hablas? ¿Nos han descubierto?
Había algo en su voz. Tendría que haber sido sencillo, pensaba Adam: el pasado es pasado, nunca ha sucedido, mañana volvemos a empezar, pero oía la voz rota de Devon y adivinaba que se estaba imaginando lo peor.
—Escúchame —dijo Adam—. Es el momento oportuno. No ha pasado nada. Nadie sabe nada. Todo irá bien. Te tendré en cuenta siempre. No olvidaré lo que hemos arriesgado juntos. ¿Entiendes? No recibirás noticias mías durante algún tiempo, bastante quizá, porque debemos ser cautos. Te doy mi palabra de que no te dejaré colgado. Seguimos compartiendo el futuro. Nos podemos buscar la ruina mutuamente, pero es preferible que ninguno de los dos acabe arruinado. Es preferible y es lo honorable. Lo que hemos conseguido juntos es extraordinario. Nunca, jamás, bajo ningún concepto, te abandonaré. Y sé que yo también puedo contar con tu lealtad. ¿De acuerdo?
Incluso en aquel silencio que no era silencio —el ruido de fondo era excesivo: teléfonos que sonaban, teclados frenéticos, vendedores que gritaban o murmuraban —, Adam percibió que lo estaba convenciendo.
—De acuerdo —asintió Devon, y se lo decía a sí mismo tanto como a Adam—. Silencio absoluto. Si dices que todo irá bien, irá bien.
—Nos irá mejor que bien. El futuro será espléndido y te prometo que habrá un sitio para ti. No te dejaré colgado. Ahora deshazte del teléfono, deshazte de todo. Por seguridad. No pienses en el pasado y, cuando llegue el momento, volverás a saber de mí. ¿Entendido? Mira hacia delante. Confía en mí.
Asunto resuelto, pensó. Pero aunque siempre había sabido actuar con energía en el momento adecuado, conforme se le iba el día sin hacer nada, la idea de su propio pasado le pareció algo amenazador y sorprendentemente imposible de erradicar. No podías anularlo, ya no te pertenecía y sin embargo seguía estando allí. Aquello era nuevo. Era tan real como el presente, más real incluso, a medida que se sucedían los días de inactividad, y a la vez era algo intocable, como si estuviera detrás de un cristal, donde, aunque quisieras librarte de él, no podrías.
La primera semana, en cuanto empezó a extenderse la noticia de que lo habían despedido, recibió tres ofertas de trabajo, pero rechazó las tres y las ofertas dejaron de llegar, sin duda porque todos imaginaron, como Sanford, que Adam ya tenía sus propios planes. No quería trabajar por cuenta ajena. Pero tampoco soportaba la soledad de la casa, a pesar de su despacho lleno de luz, de techos altísimos, con el cielo sobre Central Park como un marco alrededor de la pantalla del ordenador. Entendió por fin que lo único que lo hacía sentirse él mismo, por lo menos temporalmente, era el riesgo. Apostaba por empresas que podían estar infravaloradas en el mercado y luego, con pasión de jugador, comprobaba si su instinto lo había engañado. Una tarde memorable, cuando Cynthia volvió de una reunión de la junta directiva de la Children’s Aid Society y dijo «¿Cómo te ha ido el día?», había perdido doscientos treinta mil dólares. Y ahora el dinero era suyo. Le contestó que había ido al gimnasio, y a Cynthia la respuesta le pareció suficiente. Se dio cuenta, como nunca desde hacía años, de lo que significaba que te quisieran. Tuvo la intuición poderosa de que sin ella se moriría, que, igual que un descenso en el ritmo de sus ejercicios diarios lo conduciría a una rápida y fulminante decadencia física, cada minuto pasado sin la confianza total que Cynthia había depositado en él acabaría apartándolo de su condición de hombre civilizado.
Vio que la revista Barron’s recomendaba con vehemencia vender las acciones de una empresa farmacéutica llamada Amity. Hacía tiempo que le achacaba a Barron’s una mortal falta de imaginación y decidió que sería divertido demostrar que la revista se equivocaba. Compró diez mil acciones y una semana más tarde las revendió con una pérdida neta de cuatrocientos ocho mil dólares.
Cynthia no sabía nada y, de saberlo, se hubiera preocupado de una manera desproporcionada porque no tenía la menor idea de la cantidad de dinero que Adam había acumulado en cuentas de las que ni siquiera conocía la existencia. A menos de un mes de las vacaciones de primavera, Adam no encontraba el modo de justificar un viaje a Anguila, así que sólo le quedaba aguantar y esperar. Dejó caer la idea de que quizá ése sería el último viaje. Dijo que estaba harto, que había oído hablar de otros sitios que le gustaría probar, quizá el Pacífico Sur. Cynthia lo creyó. Todo lo había hecho por ella, recordó Adam, y el plan había funcionado según lo previsto: había visto a Cynthia agobiada e infeliz y no había podido soportarlo; imaginaba la vida que quería para los cuatro, pero esa vida no se hacía realidad a la velocidad esperada, así que había hecho lo necesario para acelerar las cosas, para alcanzar juntos e intactos ese lugar sin límites de ninguna clase que Cynthia se merecía y que él siempre había confiado ocupar. No se trataba del hecho de ser ricos. Se trataba de vivir una vida plena, una vida más grande que la vida. El dinero sólo era un medio. Adam pensó en llamar a Perini para ver si había alguna novedad, una visita de la comisión de control del mercado de valores, por ejemplo, pero decidió que no era una buena idea.
Había días en que le costaba mantener el ánimo. Vendió al descubierto acciones de Wisconsin Cryogenics International, su antiguo coto privado, pensando que quizá la ironía pudiera protegerlo. Hacía tiempo que ya no estaba Guy Farbar: gracias al trabajo de Adam se había convertido en muchas veces millonario antes de que su propio consejo de administración lo despidiera por dejar embarazada a su secretaria. Las acciones empezaron a subir vertiginosamente en cuanto Adam vendió, tal como había previsto. Adam se dijo que, en ese caso, perder era una operación inteligente, porque semejante error de cálculo despistaría a cualquiera que investigara su pasado.
Cynthia dijo que tenía que comentarle algo importante. Una vez que los chicos llegaron a casa, cenaron y bajaron a su cuarto, entró en el despacho y se sentó frente a él, al otro lado de la mesa. Era increíble, pero quería hablar del cuarenta cumpleaños de Adam, algo inimaginable, no porque se negara a aceptar el paso del tiempo, sino porque había cumplido los cuarenta hacía diez meses.
—Apenas lo celebramos —dijo Cynthia—, pero todavía hay tiempo. Técnicamente sigue siendo el Año del Jubileo. Quiero que vayamos a algún sitio. Algún sitio fantástico, donde no hayamos estado nunca. Pensaba darte una sorpresa, pero he decidido que lo que de verdad quiero es que la sorpresa me la des tú. ¿Adónde irías si pudieras ir a cualquier parte?
Estaba entusiasmada. Parecía haber envejecido, era verdad, y esa injusticia lo entristeció un poco. Abrió la boca para hablar, pero un nudo en la garganta lo obligó a volver a cerrarla. Sonrió, como disculpándose. Esperaba que se figurara que tanto interés en hablar lo había dejado sin palabras. Esperaba que creyera que se estaba tomando unos segundos para pensar una respuesta, dónde le gustaría ir si pudiera ir a cualquier sitio. O que estaba pensando lo mucho que la quería.
Pero la vio levantarse y cerrar la puerta del despacho.
—¿Qué pasa? —dijo Cynthia.
Se lo contó todo. Incluso mientras hablaba, no podía dejar de pensar en no contárselo, en algún modo de mantenerla a oscuras. Cynthia abría mucho los ojos. Se echó a llorar cuando Adam dijo todo lo que creía que debía decir.
—¿Lo van a descubrir? —dijo Cynthia—. ¿Te van a detener o algo por el estilo?
Adam dijo que en Wall Street lo apreciaba mucha gente y que, a su juicio, ya se habría enterado si a alguien se le hubiera ocurrido investigarlo, alguien de la comisión de control del mercado de valores o de la fiscalía federal, o alguien contratado por Sanford. Pero existía la posibilidad, y probablemente existiría siempre. Y ella tenía que saber que si alguna vez llegaban a acusarlo de algo, sus perseguidores dispondrían de amplísimos poderes. Podrían detenerlo o requisarle el dinero, lo que en cierto sentido era peor, porque podrían requisar todo en lo que supusieran que había sido destinado el dinero, incluyendo el apartamento en el que estaban en ese momento. Cynthia negó con la cabeza.
—Me importa una mierda el dinero —dijo.
—¿No te importa?
—No. Quiero preguntarte otra cosa. ¿Me has sido infiel alguna vez?
Y lo más increíble fue que Adam entendió al instante que la pregunta era coherente con lo que estaban hablando. Se levantó, pero mantuvo entre los dos la mesa de despacho.
—No —dijo con toda la solemnidad que le era posible. Se llevó la mano al corazón, que le latía de un modo peligroso—. Nunca te he sido infiel, nunca te seré infiel. Si te perdiera, todo terminaría para mí. No me importa si me quitan todo lo demás. De verdad, no me importa.
Cynthia rodeó la mesa, le echó los brazos al cuello, lo abrazó. Adam estaba temblando.
—Gracias por no haberme contado nada —dijo—. En todo este tiempo, quiero decir. Qué peso habrás tenido que soportar. Sé por qué lo has hecho. Lo has hecho por nosotros. Y si quieres saber la verdad, estoy orgullosa de ti. Eres un hombre, Adam. Eres un hombre excepcional, por encima de todos. Que vengan a por nosotros. No pueden ni tocarnos.
Siguieron abrazados hasta que oscureció. Adam se sentía invencible, como un mártir, como un santo guerrero. Para él sólo era malo lo que era malo a ojos de Cynthia.