Los que sobraban
Investigar con vivos y muertos
NUEVOS SERES HUMANOS PARA UNA NUEVA ERA
Animados por la utopía de una nación sana y eficiente, los psiquiatras trabajaron sobre cuestiones de futuro que quisieron resolver rápidamente con la ayuda de los asesinatos por eutanasia. El entorno vital y las pretensiones de estos hombres contrastaban de forma grotesca y —por qué no decirlo— demente con la realidad bélica del año 1942. Esto sólo se entiende si tenemos en cuenta que los médicos, altos funcionarios y propagandistas de la eutanasia excusaban sus crímenes pensando que así construían un mañana mejor y basaban sus actos en la creencia de que el supuesto buen fin justificaba los medios. En 1943, el catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Heidelberg Carl Schneider describió este fin con especial grandilocuencia: «La época de la desesperante inacción ha pasado definitivamente para la psiquiatría, tanto más cuanto que cada vez hay más terapeutas activos y críticos dispuestos a formar parte de ella». En 1933, Schneider ya había celebrado la legalización de las esterilizaciones forzadas como medio «para dotar una nueva era
de nuevos seres humanos».[1]
Schneider, que desde el principio formó parte de las cabezas pensantes de la Acción T4, inspiró a todo un equipo de ayudantes jóvenes y comprometidos. El 11 de diciembre de 1946, mientras él se ahorcaba estando bajo arresto en los Estados Unidos, los ayudantes de su unidad de investigación directamente relacionada con los asesinatos por eutanasia desarrollaban notables carreras profesionales. Todos se convirtieron en reputados especialistas en psiquiatría y neurología, tres de ellos profesores universitarios.
Nacido en 1891, Carl Schneider creció y estudió en Sajonia. Tras un paréntesis como director médico de la Institución Von Bodelschwingh Bethel, respondió en octubre de 1933 a la llamada de la cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Heidelberg. Al mismo tiempo, trabajó para el Sicherheitsdienst de las SS y dirigió el departamento de política racial del NSDAP en el Gau de Baden. Su orientación científica era absolutamente estricta, como lo demuestra el hecho de que en 1937 y 1938, con todas sus fuerzas y contra resistencias de todo tipo, echó de su clínica a
médicos nazis políticamente aplicados pero profesionalmente mediocres.[2] El 1 de abril de 1940 aceptó la oferta de trabajar como experto de la Acción T4 y, tres semanas después, su jefe médico, Konrad Zucker, accedió también a desempeñar la
misma actividad paralela.[3] Schneider unió los intereses de la ciencia y el Estado sin verse obligado a compartir la cosmovisión nazi y combinó el asesinato en masa de inútiles y perjudicados con la intensificación de cuidados terapéuticos para aquellos a los que él consideraba curables.
En su «Informe sobre el estado, posibilidades y objetivos de la investigación de idiotas y epilépticos en el marco de la acción» —refiriéndose a la Acción T4—, Schneider resumió en 1944 su posición entre la medicina de calidad y el utilitarismo moralmente irreflexivo, entre curación y exterminio: «Ya al principio de la acción (T4), los médicamente implicados tenían claro que no debían dejar pasar la oportunidad de utilizarla para investigar las enfermedades mentales, combatirlas y, por encima de todo, curarlas y prevenirlas». Si damos crédito al informe, numerosos profesores universitarios habrían estado de acuerdo con la idea de combinar el
asesinato con la investigación sistemática.[4] Schneider tenía la intención de «seguir clarificando las causas del origen de las formas de demencia no hereditarias» y, una vez dilucidadas, aparecerían «los medios y vías necesarios para intervenir de forma preventiva también en el embarazo o en los primeros momentos de la expulsión placentaria». Schneider tenía sus esperanzas puestas en un futuro en el que cada vez nacerían menos seres humanos discapacitados, porque con la ayuda de los diagnósticos prenatales se podría interrumpir a tiempo su nacimiento o impedir la procreación a padres proclives a tener hijos enfermos.
Como científico, Schneider aspiraba a disponer de una herramienta científica metodológicamente contundente. Así lo expuso también Hans Hefelmann. En la década de 1960, en uno de los interrogatorios a los que fue sometido, manifestó que «inmediatamente después de comenzar la acción en los establecimientos de curación» se había determinado que «el personal hospitalario, medicamentos y posibilidades terapéuticas ahorrados mediante la eutanasia» redundarían en beneficio del «80 por 100 de residentes restantes según las previsiones», y que, por ello, «el Grupo de Trabajo del Reich» había nombrado «a una eminencia de la psiquiatría, el profesor Schneider, de la Universidad de Heidelberg, para desarrollar la terapia y la investigación». En esencia, se trataba de dos cuestiones: por un lado, había que encontrar terapias causales para enfermedades mentales y, por otro, distinguir con la mayor claridad posible las causas patológicas hereditarias de las no hereditarias. La combinación de asesinato y progreso científico daba importantes argumentos de legitimación a los implicados. Hefelmann lo expresó así: «Esta circunstancia subraya
la legitimación moral para implementar medidas eutanásicas».[5]
La combinación de «curar» y «cuidar» en el tratamiento hospitalario fue uno de
los logros reformistas de la Alemania de principios del siglo [6] XIX. Sin embargo, los activistas de la T4 desterraron el humanitario y —a la vista de las posibilidades de curación constantemente coartadas— sumiso concepto de «cuidados» y dieron a los «establecimientos de curación y cuidados» el hasta hoy corriente nombre de «clínica neurológica» (Nervenklinik) u «hospital regional psiquiátrico» (psychiatrisches Landeskrankenhaus) El director del establecimiento de Stadtroda, Gerhard Kloos, justificó de la siguiente manera su solicitud de cambio de denominación en 1942: «En amplios sectores de la población reina el sentir de que el ingreso en un “establecimiento” es sinónimo de “entierro en vida” o “final cercano”». Por tales motivos, a finales de 1941, el establecimiento psiquiátrico de Bernburg, que todavía disponía de crematorio y cámara de gas, se revalorizó con el eufónico título de «Clínica Neurológica de Anhalt». Kloos propuso la denominación «hospital regional», mientras que su colega del establecimiento de curación y cuidados de Hildburghausen abogó por «clínica neurológica regional» y lo justificó aludiendo a su
«moderno procedimiento de terapia activa».[7] En este mismo sentido, el director del establecimiento de curación y cuidados de Múnich-Haar escribió estas palabras a un superior influyente en 1942: «Sin embargo, con la actitud positiva ante el exterminio de la vida indigna de ser vivida de personas inferiores como un objetivo de la psiquiatría digno de alcanzar, quizás se esté imponiendo la idea de que el espíritu investigador serio y la voluntad de ayuda médica lograrán en un futuro cambiar de raíz la imagen de nuestros establecimientos de curación y cuidados y estos podrán
llevar orgullosos el nombre de “establecimiento de curación”».[8]
Lo mismo ocurre con el concepto «behindert» (impedido), hoy considerado neutro en Alemania. Por lo que sé, apareció por primera vez en un texto legal en 1938, concretamente en la ley de homogeneización de la enseñanza obligatoria para todo el país. Su artículo sexto llevaba por título «La enseñanza obligatoria de niños mental y corporalmente impedidos». La génesis de la palabra es obvia: los legisladores de la época buscaron un nombre colectivo para referirse a los deficientes mentales, lisiados, ciegos y sordomudos, quienes, según dicha ley, ya no recibirían su educación en Hilfsschulen (escuelas de ayuda) sino en Sonderschulen (escuelas
especiales)[9] —un nombre que, por otro lado, no deja de ser llamativo, porque así es como se rebautizaron las Hilfsschulen después de la guerra—. Por consiguiente, se equivocan los que dicen cosas como: «la expresión “impedido” proviene de la década de 1960, cuando, en la primera versión de la ley federal de ayuda social de la época
se dijo por primera vez “ayuda a la integración de impedidos”».[10]
Pero volvamos al afán terapéutico de aquellos que querían que se matara a los enfermos supuestamente incurables y se concediera toda la ayuda imaginable a los pacientes considerados curables, siempre que dicha ayuda fuera lo más eficaz y rentable posible. Entre los procedimientos considerados entonces útiles estaban las terapias de shock insulínico y electroshock desarrolladas e impulsadas por el doctor Anton Edle von Braunmühl. Este médico trabajó en el establecimiento psiquiátrico de Múnich-Haar y, en la posguerra, se convirtió en un teórico de la terapia de shocks tras publicar en 1947 el libro de texto Insulinschock und Heilkrampf in der Psychiatrie
(«El shock insulínico y el calambre terapéutico en psiquiatría»).[11] Cuando, en 1945, lo interrogó el oficial estadounidense Leo Alexander, que también investigó los casos en Múnich, Braunmühl se hizo pasar por militante de la resistencia, le entregó algunos informes secretos de su superior Hermann Pfannmüller y pudo presenciar cómo Alexander contribuyó después a la irrupción del tratamiento con electroshocks
en los Estados Unidos.[12]
En mayo de 1942, Braunmühl había diseñado un plan para los médicos de la Acción T4 del que sólo se ha conservado el epígrafe: «Borrador sobre la organización de nuevos métodos de tratamiento de ciertas psicosis para el momento presente». Su jefe, Pfannmüller, adoptó el esbozo cambiando ligeramente el título —«Aspectos organizativos sobre los nuevos métodos de tratamiento en la psiquiatría para el momento presente»— y envió el recién encontrado documento firmándolo con su nombre. El plan consistía en la introducción exhaustiva de la terapia de electroshock, ya que, debido a la guerra, la insulina necesaria para provocar artificialmente espasmos cerebrales (es decir, ataques epilépticos) escaseaba y sólo se podía utilizar en enfermos diabéticos. Además, el tratamiento eufemísticamente denominado «de espasmos eléctricos» requería menos personal médico y de enfermería que otras terapias de choque. Braunmühl y Pfannmüller esperaban que los shocks propiciarían un «aumento ostensible en los porcentajes de curación de episodios», unas «duraciones de episodios» inferiores y, por consiguiente, estancias hospitalarias más breves, así como «curación social», es decir, el funcionamiento más o menos normal de aquellos pacientes que padecían «psicosis endógenas». Por ello, reclamaron lo siguiente: «En el marco del programa de aplicación inmediata se puede finalmente invitar u ordenar a otros establecimientos que cedan casos recientes de esquizofrenia u otras psicosis a lugares donde hoy todavía se puede practicar el tratamiento combinado de espasmos y shocks». Pfannmüller quería, como mínimo, eliminar los síntomas en cada uno de los enfermos tratables para que estos, previa esterilización, pudieran «ser devueltos de nuevo a su vida familiar y laboral».
Los organizadores de la Acción T4 retomaron los consejos de Braunmühl y Pfannmüller, calificaron la adquisición de aparatos de electroshock como «especialmente estratégica en tiempos de guerra» y consiguieron que entre 1942 y 1943 casi todas las clínicas psiquiátricas del Reich alemán estuvieran equipadas con tales máquinas. El encargado de aprovisionar y distribuir los aparatos en la cancillería del Führer fue Richard von Hegener. Hegener también dirigió la burocracia de la
eutanasia infantil.[13]
Como director del establecimiento de Múnich-Haar, Pfannmüller fue uno de los expertos, asesinos y homicidas más comprometidos de la Acción T4. «Usted sabe», confesó una vez a Herbert Linden, «que desde siempre he mantenido una actitud positiva con respecto a la cuestión de eliminar del establecimiento a todos aquellos casos que hayan dejado de ser seres humanos para convertirse en esqueletos sin espíritu.» Al mismo tiempo, y no en contradicción con lo anterior, Pfannmüller era «del parecer que hay que recurrir a todo lo posible para ayudar a los que padecen una psicosis recién declarada». Ya a principios de 1942 había solicitado más dosis de insulina para el tratamiento de shock, pero se vio obligado aceptar que no podía ganar esa batalla. Merece la pena reproducir aquí el argumento que adujo para arrebatar a los diabéticos graves su vital insulina. Para Pfannmüller, «un diabético hereditario que contrae diabetes mellitus grave a la edad de veinte años y que, con un poco de suerte, podría ir tirando cinco años más a base de inyecciones diarias de insulina, tiempo en el que todavía podría tener descendencia», no era «genéticamente más inofensivo para la comunidad étnica nacional» que un caso de esquizofrenia «que aparece esporádicamente en un clan».
Según el plan esbozado por Pfannmüller y Braunmühl, esta clase de terapia también incluía una alimentación especial para los enfermos sometidos a tal tratamiento: «La experiencia de años con los nuevos métodos de tratamiento demuestran claramente que los enfermos en fase de remisión necesitan una alimentación suficiente y de calidad. En este punto, todos los casos recientes deberán
ser objeto de consideración especial».[14] También por este motivo, el Ministerio de Interior del estado de Baviera ordenó el 30 de noviembre de 1942 dejar morir intencionadamente de inanición a pacientes no aptos para tratamiento ni para trabajar. Tras unas referencias generales a la falta de alimentos, el decreto decía lo siguiente: «Por ello se ordena que aquellos internos de los establecimientos de curación y cuidados que, tanto cuantitativa como cualitativamente, realicen un trabajo provechoso o se hallen en tratamiento terapéutico —aparte de los niños todavía educables, los perjudicados de guerra y los que sufren psicosis senil— en lo sucesivo
sean mejor alimentados en detrimento del resto de internos».[15] En el capítulo «Noticias desde los edificios de la muerte» documento las consecuencias de este decreto (véanse páginas 271-279).
EL «ORDEN EN QUE DEBEN MORIR LOS IDIOTAS» EN HEIDELBERG
A principios de 1941, Carl Schneider presentó un detallado «Plan de investigación psiquiátrica». El encargo lo había recibido del profesor universitario Walter Schultze.
[16] Schultze formaba parte del grupo de dirigentes nacionalsocialistas pluriempleados: dirigió el departamento de Salud Pública del Ministerio de Interior bávaro, había redactado el citado decreto del hambre, apoyó desde el principio los asesinatos por eutanasia y, como líder político nazi de los profesores universitarios, ejerció una enorme influencia sobre la política de personal de las escuelas superiores. La conversación entre Schneider y Schultze pudo haber tenido lugar en el Instituto Alemán de Investigación Psiquiátrica de Múnich (de la ya mencionada red de institutos de la Sociedad Emperador Guillermo). En cualquier caso, el diálogo se desarrolló en torno a los procedimientos que ayudarían a descubrir las causas de la esquizofrenia, la demencia y la epilepsia. Según los interlocutores, para conseguirlo había que analizar, a partir de exámenes practicados en cantidades masivas de enfermos, la composición sanguínea, la fisioquímica cerebral y las particularidades metabólicas, cromosómicas y de estructura molecular, así como la química del envejecimiento. Al final de cada serie analítica, el programa definía dos puntos de investigación: por un lado, el «examen clínico completo» del paciente vivo y, por otro, la «disección» del cadáver o, más exactamente, del paciente asesinado a petición
de los médicos investigadores.[17]
Para no dejar que el proyecto, esencialmente letal para los sujetos investigados, se malograra en los establecimientos mortíferos a causa de la ignorancia de los jóvenes doctores —denominados «médicos ejecutores»—, el profesor Paul Nitsche, director médico de la Acción T4, hizo pública en mayo de 1941 la siguiente instrucción: «Pido a los directores que, durante el congreso de Hadamar, hagan hincapié en que para conservar los cerebros se debe utilizar una disolución de formaldehído al cuatro o cinco por 100; que la disolución se debe reponer una vez cada tres días y que los cerebros se deben dejar colgando de la arteria basilar para que la parte convexa no
quede pegada al suelo».[18]
En este mismo contexto, en septiembre de 1941 se publicó una «guía para el examen fisiológico de cerebros y cráneos en cadáveres» profusamente ilustrada y de corte práctico en la Zeitschrift für die gesamte Neurologie und Psychiatrie («Revista de ciencias neurológicas y psiquiátricas»). El autor de este compendio de técnicas para lectores presurosos fue Arnold Dohmen, ayudante de Werner Heyde en Würzburg, y en él describió de forma sencilla y concisa procedimientos como la «medición del tamaño corporal» de los cadáveres, la «apertura de cráneos con sierra»
y el pesaje profesional de cerebros.[19]
Con las bases organizativas y profesionales asentadas y la red de científicos ambiciosos establecida, Schneider se marcó el objetivo de informar a la opinión pública especializada sobre el nuevo megaproyecto. Para ello elaboró una ponencia de principios pensada para la sexta asamblea anual de la Sociedad de Neurólogos y Psiquiatras Alemanes que debía celebrarse del 5 al 7 de octubre de 1941 en Würzburg, pero que se suspendió repentinamente. Debido a la cada vez más cruenta guerra en el frente ruso y a la oposición —principalmente católica— a la acción eutanásica, a los dirigentes políticos no les pareció oportuno hablar demasiado abiertamente de las prácticas asesinas. Sin embargo, el manuscrito que redactó Schneider para la conferencia prevista se ha conservado. Especialmente en el fragmento final llama la atención la autoconvicción moral y la energía subversiva con la que el autor celebraba la matanza y la consideraba un acto necesario y justificado al servicio del pueblo, de la ciencia y de un futuro mejor.
La conferencia de Schneider llevaba el inofensivo título de «Los procedimientos de tratamiento modernos en la terapia de las psicosis endógenas», tal como se puede leer en el programa impreso del congreso para la apertura matinal del segundo día de
sesiones.[20] Schneider situó en el centro de sus consideraciones la suposición optimista de que el arte de la psiquiatría estaba a punto de superar un «nihilismo terapéutico» que los futuros historiadores considerarían, según él, «un tardío eslabón final y una reliquia de la ancestral creencia en el alma y el demonio». Schneider soñaba con una nueva era en la que los médicos liberarían a sus enfermos «tanto de la postración como del internamiento de por vida en establecimientos psiquiátricos».
Inmediatamente después, pasaba a abordar los asesinatos por eutanasia de una forma sutilmente encubierta: «Todas las medidas tomadas actualmente para aliviar económicamente a nuestro pueblo de la carga de unos gastos destinados a los inútiles ocupantes de los establecimientos psiquiátricos y todas la medidas eugenésicas en el más amplio sentido, son medidas a largo plazo. Todavía pasarán siglos hasta que se consiga reducir realmente el número de casos de psicosis endógenas en la nación a una cantidad que, también en una población hereditariamente sana por completo, sólo esté determinada por los siempre presentes índices de mutación de las psicosis. Sólo entonces los manicomios quedarán realmente vacíos y lo seguirán estando. En este largo periodo, es humanamente justo y económicamente adecuado evitar, en la medida de lo posible y mediante tratamiento intensivo, el ingreso en establecimientos y la postración psíquica a muchos enfermos con psicosis endógenas». Por ello, según Schneider, había que «aliviar de otra manera» al pueblo «del lastre que supone una gran cantidad de casos de postración psíquica, ya sean de origen congénito, hereditario o adquirido».
Schneider quería debatir un hecho largamente discutido entre los higienistas raciales más relevantes pero no comentado públicamente en la comunidad científica, a saber, que las esterilizaciones en masa (si se practicaran) harían retroceder significativamente el avance de las enfermedades psíquicas sólo a largo plazo. Pero, sobre todo, el esperanzado texto de la conferencia documenta lo abiertamente que se hablaba de ello en la época. Con la expresión «otras medidas estatales», Schneider estaba parafraseando de forma reconocible para todos y cada uno de sus compañeros de profesión los asesinatos masivos de enfermos. Lo mismo sucedía con formulaciones como «alivio económico de nuestro pueblo mediante medidas eugenésicas en el sentido más amplio» o aquella «otra manera» de «aliviar al pueblo del lastre».
La voluntad incondicional, toscamente formulada por Schneider, de revolucionar el repertorio terapéutico era lo que legitimaba la actuación médica: «Sólo si ahora, en la gran encrucijada en la que por fin se halla la psiquiatría en el marco de la ciencia médica real, se dedican suficientes recursos financieros, alcanzaremos nuestro anhelo de aliviar al pueblo de la presión de las psicosis incurables por la única vía imaginable». Con estas palabras, Schneider daba a entender algo que ya consideraba sabido, pero para afrontar cualquier malentendido y, probablemente, cualquier evasiva interna de algunos colegas, utilizó la palabra «eutanasia» en su texto dirigido a la opinión pública: «Estas medidas organizativas están también condicionadas por el hecho de que la eutanasia sólo se puede implementar correctamente en términos de psicología nacional si se tiene la seguridad de que se ha podido tratar suficientemente al enfermo no sólo médicamente, sino también socialmente, es decir, que se le ha podido clasificar suficientemente en términos de valor a través del trabajo».
Con estos argumentos, Schneider exigía una mayor inyección de recursos para la investigación. Dicho de un modo menos neutro, su objetivo era sacar tajada, reclamar su parte de los fondos liberados a través de los asesinatos en masa: «Para lograr el alivio definitivo no hay que ahorrar, sino destinar los medios ahorrables a través de las medidas actuales a los fines de investigación científica de la psiquiatría». Naturalmente, los complejos de inferioridad con respecto a colegas de otras disciplinas médicas también eran un asunto relevante para Schneider. Por ello, reclamó insistentemente «el reconocimiento moral del trabajo que debe llevar a cabo el psiquiatra para el conjunto de la nación».
En su opinión, quedaba reservado a la psiquiatría el derecho de poner la última piedra en el edificio de la educación, informar al ser humano de su propia naturaleza psíquica y, con ello, arrojar luz sobre una esfera todavía harto desconocida: «Ha llegado la hora de que una disciplina curativa para el ser humano intervenga por fin en el curso de la historia de las ideas de la humanidad: porque, de la misma manera que la astronomía a través de Copérnico, llegará un día en que la psicología, a través de uno de sus investigadores, desenterrará del ser y de la mente la superstición todavía amparada por ideas y dogmas religiosos y, de este modo, allanará el camino para que nuestra nación, con sus propias fuerzas y dotes, alcance una vida más
interior y más rica».[21]
Schneider no llegó exponer estas consideraciones finales en la asamblea anual de los neurólogos y psiquiatras alemanes, pero sí pudo empezar sus investigaciones. Tras años de disputas financieras con las roñicas administraciones universitarias y de la Fundación Alemana de Investigación (Deutsche Forschungsgemeinschaft), vio que había llegado el momento para un megaproyecto dotado de fondos de terceros a largo plazo. La psiquiatría tenía que dejar de ser el convidado de piedra de las ciencias médicas y convertirse en una disciplina autónoma, basada en hechos irrefutables y responsable de la psicohigiene social.
Schneider solicitó cinco puestos para médicos, cinco para personal de laboratorio y cinco secretarias. Como tampoco podía renunciar a superar los limitados horizontes de la especialización, exigió además la contratación de un psicólogo y varios filólogos destinados a «amplios trabajos previos de orden histórico-científico y de
problemática histórica».[22] «Con todo incluido», calculó el solicitante, «la retribución del personal indicado y el funcionamiento real del conjunto de la empresa costarán aproximadamente un millón de marcos del Reich anuales.» El éxito del proyecto dependía de tres elementos: interdisciplinariedad, financiación a largo plazo y una gran cantidad de cifras estadísticas con datos precisos que se pudieran cruzar. Por ello, Schneider se refirió a su proyecto vinculado desde el principio al asesinato como «investigación de desarrollo comparativo». El solicitante, que entonces contaba con 45 años de edad, estimó finalmente el tiempo de ejecución del plan en 15 años, durante los cuales se originarían unos gastos totales de 15 millones de marcos del Reich que, actualmente, equivaldrían a 150 millones de euros para fondos de
proyectos.[23]
Schneider tenía la intención de «transformar» su lugar de trabajo «en un instituto de antropología biológica» al finalizar el proyecto. Para acelerar la investigación sistemática —y tras una hipotética victoria en la guerra—, Hans Heinze, el director del establecimiento psiquiátrico de Brandeburgo-Görden, debía asumir la dirección del establecimiento de Wiesloch, cercano a Heidelberg. Por el momento, Heinze todavía llevaba a cabo sus investigaciones en Görden y, en este sentido, estaba subordinado a Schneider. Por otro lado, Schneider pensó en publicar un nuevo libro de texto de psiquiatría, lo cual para él era «obviamente una tarea especial» que habría que patrocinar con aportaciones específicas. Una vez en marcha, propuso en el otoño de 1942 «sacar a la luz a una serie de revistas científicas para el Grupo de Trabajo del Reich destinadas a fijar los resultados de la investigación y hacerlos accesibles para la
opinión pública».[24] No olvidemos que el Grupo de Trabajo del Reich (para los Establecimientos de Curación y Cuidados) era uno de los membretes utilizados por la Acción T4. Por ello, a efectos científicos prácticos, también había que «fijar el orden
en que deben morir los idiotas».[25]
Según el plan de Schneider, el enfermo era objeto de cuidados terapéuticos hasta el momento de su sentencia de muerte facultativa, y lo era no como individuo enfermo, con todo su bagaje vital y de padecimiento, sino como miembro disfuncional del colectivo nacional que había que volver a poner en funcionamiento. Los recursos que se gastasen para un único enfermo se consideraban justificados única y exclusivamente porque beneficiaban a la mayoría que funcionaba bien. Y viceversa, el mismo principio político-económico legitimaba el hecho de «liberar» a la parte sana de la nación del lastre social y material que suponían los enfermos crónicos. Visto así, el asesinato en masa era, para Carl Schneider y sus colegas afines, una intervención quirúrgica vital en el organismo social de la nación.
LA INVESTIGACIÓN BÁSICA, UNA TAREA DE LA ACCIÓN T4
La propuesta de proyecto de Schneider contenía un apéndice titulado «Medidas de
emergencia y desviaciones de la norma ocasionadas por la guerra».[26] Ya a finales de 1941, la cancillería del Führer había permitido a Schneider eximir a su ayudante Rauch del servicio militar —inmediatamente después de una cena privada en casa del
jefe de la Oficina Segunda de la Cancillería, Viktor Brack—.[27] Schneider también consiguió lo mismo para los ayudantes Schmieder y Wendt. Por ello indicó en su plan de trabajo que la Wehrmacht estaba de acuerdo con «dejar ir» a sus tres asistentes «mientras dure la misión especial». En lo sucesivo, estas tres promesas de la investigación desempeñaron su labor durante algunas horas a la semana en la clínica neurológica universitaria de Heidelberg, si bien su empleador real era «una nueva oficina» que se mostraba «de puertas afuera bajo el nombre de Grupo de Trabajo del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados, Departamento de Investigación de Heidelberg». Esto significaba que los ayudantes de investigación de Heidelberg recibían de la Acción T4 sobresueldos mensuales por valor de 150 marcos
del Reich,[28] lo cual se correspondía con un suplemento de aproximadamente el 30 por 100 del sueldo normal. A los ayudantes Rauch, Schmieder y Wendt se sumaron otros dos, el Dr. Johannes Suckow, de Leipzig-Dösen, y el Dr. Ernst-Adolf Schmorl (1906-1964), a quien Hans Heinze trasladó como delegado suyo de Görden a Heidelberg. Posteriormente, Schmorl se convirtió en psiquiatra juvenil y alto consejero regional de Salud Pública en Hesse.
En 1985, cuando la fiscalía de Heidelberg instruyó el caso contra los exayudantes de Schneider Hans-Joachim Rauch (1909-1997), Carl-Friedrich Wendt (1912-1989) y Fritz Schmieder (1911-1988), Johannes Suckow (1896-1994) se hallaba presuntamente en paradero desconocido. Vivía en Dresde y gozaba de muy buena reputación. De 1959 a 1956 había dado clases de psiquiatría y neurología en Leipzig como profesor universitario y, de 1954 a 1962, en Dresde como director de la clínica de neurología y psiquiatría de la Academia Médica. Suckow se hizo un nombre precisamente entre los psiquiatras reformistas de la extinta RDA. Nunca se abrió ningún sumario contra él y el de sus colegas de Heidelberg quedó en agua de
borrajas.[29]
Las investigaciones científicas comenzaron en la primavera de 1942 bajo las limitadas condiciones de la clínica neurológica universitaria de Heidelberg. Sin embargo, estaba previsto, como se ha mencionado, crear un departamento de investigación propio en el cercano establecimiento de Wiesloch. Tras finalizar las negociaciones contractuales y las reformas arquitectónicas, y «una vez evacuados ochenta enfermos de Wiesloch» para hacer sitio, el departamento de investigación inició «el trabajo a pleno rendimiento en diciembre de 1942», mientras que «los departamentos de Histología (Rauch) y Fotografía (Schmieder) tuvieron que quedarse
en Heidelberg».[30] A pesar de ello, la unidad de nueva creación incluía igualmente dos subunidades cuyas actividades resumió Schneider en un informe posterior:
«Cada (sub) unidad estaba ocupada por una veintena de pacientes, sobre todo deficientes mentales e idiotas, pero también algunos epilépticos. La observación clínica y de terapia laboral y la exploración genética se efectuaban a pleno rendimiento; igualmente, era posible trabajar en la morfología constitucional de la mayor parte de los pacientes. No se pusieron en marcha los análisis metabólicos ni el tratamiento fílmico de una serie de trastornos excepcionales, de modo que, en conjunto, la investigación no fue del todo completa. Naturalmente, tampoco había que reunir la totalidad del material genético. Los resultados se custodiaban; sólo se podían utilizar los análisis del Dr. Schmorl sobre estados de ataques (con diferenciación entre ataques espontáneos y provocados en un mismo paciente). En la unidad de Anatomía se analizó la mayor parte de los cerebros que nos envió el establecimiento de Eichberg. Cada vez se obtenían resultados nuevos y sorprendentes, incluidos también algunos trastornos apenas descritos con anterioridad. Sólo la continuación de estos estudios puede aportarnos nuevas claves y, por ello, deseamos imperiosamente recibir cerebros de idiotas y deficientes mentales
graves en mayor escala.»[31]
A las pocas semanas de iniciar su proyecto, Schneider anunció las primeras peticiones de asesinato de pacientes suficientemente explorados desde el punto de vista clínico. «Ahora queremos presentar las primeras solicitudes al Comité del Reich», escribió a Nitsche. «Solamente puedo esperar que también nos apoyen al respecto. En tal caso, los traslados se efectuarán preferiblemente a Eichberg con la
correspondiente orden detallada de entregarnos los cerebros.»[32] Utilizando otras palabras, Schneider hablaba aquí de asesinatos en masa por encargo y, evitando términos como «niño», «paciente» y «matar», conseguía hacer desaparecer los hechos centrales en un mar de imprecisiones. (En el establecimiento de Eichberg, situado en el Rheingau, los médicos Friedrich Mennecke y Walter Schmidt asesinaron como mínimo a 450 niños hasta 1945.)
Schneider estipulaba imaginativamente las condiciones del crimen utilizando una retórica hueca. Sin embargo, cuando se trataba de pedir material o aparatos, era muy directo: «No puedo trabajar sin química, y si me vedan la posibilidad de montar un laboratorio químico en condiciones, (…) debo decir que la totalidad de la empresa
sucumbirá como si fuera víctima una enfermedad incurable».[33] Schneider exageraba. En realidad, estaba convencido de que superaría todos los obstáculos ocasionados por la guerra u otras contingencias. Así, el plan de trabajo que envió el 21 de enero de 1943 a la Acción T4 con el membrete de la Universidad de Heidelberg rebosaba optimismo, empeño científico y anhelo de resultados. En particular, el escrito describía los siguientes pasos:
«Actualmente, con excepción de la colección de material sobre idiocia que se está procesando con la mayor celeridad, nos ocupamos de los siguientes problemas científicos: Por parte del Sr. Dr. Suckow, primero, el desarrollo de la motilidad a partir de experiencias con idiotas; segundo, la especial indicación de las terapias de insulina y shock en distintos estados patológicos psíquicos. Por parte del Sr. Dr. Schmorl, primero, las prácticas experimentales sobre las diferencias entre espasmo provocado y espontáneo; segundo, la prueba del hidrógeno en enfermos espasmódicos, incluidos los idiotas. Por parte del Sr. Dr. Schmieder, primero, las tipologías constitucionales de las patologías espasmódicas exógenas, incluidos los heridos de guerra con lesiones cerebrales; segundo, la prevención de fracturas vertebrales en la terapia convulsiva. Por parte del Sr. Dr. Rauch, la histopatología cerebral de los idiotas. Por parte del Sr. Dr. Wendt, una recopilación de material sobre los trastornos funcionales endocrinos en el marco de displasias corporales causadas
por el crecimiento, principalmente a partir de experiencias con idiotas.»[34]
Schneider y sus ayudantes vinculaban las «prácticas con idiotas», todas ellas en seres humanos vivos, con la «histopatología cerebral de los idiotas». El análisis concienzudo de los vivos y su posterior asesinato formaban parte de este diseño de investigación. Paul Nitsche ya había expresado en 1941 lo íntimamente relacionadas que estaban ambas cosas al lamentarse indirectamente del asesinato precipitado de «casos» científicamente interesantes. Nitsche advirtió entonces que, «antes de la desinfección», había que pasar a «investigar exhaustivamente los casos de demencia y epilepsia congénitas todavía existentes». Los destinatarios ya sabían a qué se refería Nitsche con «desinfección»: la cámara de gas. «La cuestión», proseguía Nitsche más adelante, «iría de la siguiente manera: se trasladan al establecimiento intermedio de Görden los casos de demencia congénita desde los establecimientos de entrega que no estén demasiado alejados y, entonces, después de realizar los exámenes
necesarios, se transfieren a uno de nuestros establecimientos.»[35]
A pesar del cese temporal de la eutanasia decretado por Hitler el 23 de agosto de 1941, el consejero responsable en la cancillería del Führer, Werner Blankenburg, había dado el visto bueno a la excepción de que los profesionales del homicidio ampliaran deprisa y corriendo sus conocimientos de anatomía. Por ello, en septiembre de 1941 se planeó que cada establecimiento mortífero delegara un médico «a un
instituto anatómico-patológico, posiblemente el del profesor Wätjen en Halle».[36]
Antes de 1939 no se había podido investigar en el paciente vivo, matarlo y seguir investigándolo ya muerto. Así, «la asignación de las imágenes anatómicas con los correspondientes estados clínicos» era algo que hasta entonces había quedado «pendiente», ya que, «obviamente, los idiotas no morían al momento», como constataría Schneider posteriormente. Tuvieron, pues, que juntarse la Acción T4 y una desinhibida voluntad de saber para que, «aquí, más allá de los otros debates y trabajos científicos en el campo de la psiquiatría, por fin se pudieran tratar de una vez por todas aquellas cuestionas prácticas y cruciales que afectaban a la salud nacional y que abordaban una solución lo más amplia posible, porque, gracias a la acción, era
posible una aclaración anatómica e histológica rápida».[37]
Poco después de inaugurar, en noviembre de 1942, su unidad de investigación en Wiesloch, Schneider tuvo que cerrarla el 31 de marzo de 1943 debido a la «desgracia de Stalingrado». Para «no dejar que el trabajo quede estancado», habilitó de tres a cuatro camas en la clínica universitaria y esperó que de esta manera se pudieran
«examinar mensualmente de diez a doce idiotas».[38] En nombre de la Acción T4, Nitsche comunicó amablemente que, «tras la disolución de nuestra unidad de investigación local —es decir, a partir del 1 de abril—, los cuatro médicos, Dr. Suckow, Dr. Rauch, Dr. Schmieder y Dr. Wendt, recibirán una remuneración a cambio de su ayuda en asuntos de investigación cuyo montante se deberá estipular de
nuevo».[39]
Después del 31 de marzo de 1943, los pacientes ingresados en Wiesloch para fines científicos fueron «trasladados en su mayoría a otros establecimientos», pero Schneider solicitó «la devolución de los cerebros en caso de defunción de los pacientes». Por lo tanto, esperaba «aprovechar para la investigación por lo menos una
parte de los exámenes realizados en Wiesloch».[40] A pesar de que las dificultades aumentaban día a día, Schneider no cejaba en su empeño. En agosto de 1944 propuso a Nitsche dejar de pagarle su sobresueldo, ya que sólo podía dedicarse a las investigaciones a pequeña escala, «mandando traer cada mes de uno a dos idiotas de Eichberg». Según Schneider, a partir de entonces sería «prácticamente imposible» obtener resultados metabólicos precisos, pero sí se podrían realizar «exámenes clínicos, morfológicos y radiológicos». A pesar de que la unidad de investigación se tuvo que clausurar «formalmente» debido a la «generalización de la guerra»,
Schneider quiso continuar las investigaciones en su clínica.[41]
En aquel momento, cuando menos se lo esperaba, le asignaron a Julius Deussen, un médico formado en el Instituto Alemán de Investigación Psiquiátrica, que podría «dedicarse exclusivamente a trabajar». Ello dio a Schneider nuevos ánimos: «Con el señor Deussen a nuestra entera disposición, la observación psicológica y la exploración completa de los niños mejoraría considerablemente si pudiéramos instalar un pequeño barracón en el jardín de la clínica. Si tuviera sólo dos o tres salas, podríamos instalar un dormitorio, una zona de espera y una sala de experimentación
para los niños».[42] Con el circunloquio «sala de experimentación para los niños» se refería Schneider a una habitación destinada a la práctica de dolorosos experimentos científicos con desenlace mortal.
Como corresponde a un proyecto de investigación orientado a los resultados, Schneider fundó una especie de escuela de postgrado y asignó tesis doctorales a los alumnos. A dos doctorandos les encargó «realizar pruebas de inteligencia de distinta
índole en los niños» y a su nuera le dejó experimentar con discapacitados.[43] Esta estudiante de doctorado se llamaba Monika Schneider, de apellido de soltera Jörgen. En 1946, cinco semanas antes de que su suegro se quitara la vida, se doctoró en Leipzig con el trabajo «Pruebas de carga metabólica en niños deficientes mentales».
[44]
La tesis comienza aludiendo a la ya entonces conocida estrecha relación entre el sistema nervioso y las glándulas secretoras internas, lo cual servía de punto de partida para desarrollar el argumento del estudio: «Hemos realizado una serie de ensayos con niños mayormente idiotas, pero corporalmente sanos, consistentes en pruebas de carga sobre las funciones endocrinas». Con este fin, los niños fueron sometidos a la «prueba de agua de Volhard» y a una «sobrecarga de glucosa, insulina y adrenalina».
[45] Treinta niños mentalmente discapacitados de 3 a 13 años de edad fueron los objetos experimentales de la tesis de Monika Schneider. Los niños fueron previamente diagnosticados y, de la mano de tests muy precisos, se determinó su desarrollo intelectual con respecto a su edad cronológica. La prueba de agua consistía en administrar de 300 a 1.000 centímetros cúbicos de té suave a los niños en ayunas. En el caso de niños con lesiones cerebrales, «una parte del fluido se tenía que sondar», algo que la doctoranda Schneider calificaba de «condición experimental difícil». Acto seguido analizaba durante cuatro horas las secreciones de orina y, durante ese tiempo, extraía sangre a los niños cada treinta minutos.
Schneider explicaba que había observado una inhibición de la secreción de orina «tras la inyección de insulina», así como «en los casos donde falta la glándula sexual masculina», y que la relación entre el equilibrio hídrico y la función hipofisaria se había descubierto en 1883, cuando dos médicos «vieron un intenso flujo de orina tras la extirpación del órgano». A modo de resumen, Monika Schneider reivindicaba en su
estudio la necesidad de realizar «aún más experimentos en este terreno».[46] Esto se correspondía con el método de obligada demostración experimental de su suegro Carl Schneider, quien en su propuesta de proyecto de marzo de 1942 había argumentado: «Si antes no se ha examinado sistemáticamente un mínimo de 300 idiotas, será
imposible presentar un resultado general».[47]
Monika Schneider (1921) empezó a estudiar medicina en el segundo semestre del curso 1939/1940, primero en Würzburg y, después, en Heidelberg. En noviembre de 1946 obtuvo el título en Leipzig, donde se doctoró con el citado trabajo. Eligió a Carl Schneider como director de tesis y a Carl-Friedrich Wendt como tutor. El motivo por el que finalmente se doctoró en Leipzig y no en Heidelberg lo expuso declarando bajo juramento que «en Heidelberg no podía localizar a Schneider porque», tal como consta escrito a lápiz en la declaración, «está detenido». Los dictámenes positivos emitidos en Leipzig corrieron a cargo del investigador del cerebro Richard Arwed Pfeifer y el patólogo Alexander Bittorf.
A finales de 1944, Julius Deussen había escrito lo siguiente al director del establecimiento mortífero de Eichberg: «Por encargo del Sr. Prof. Schneider desearía obtener información sobre el estado de Dietmar Krumm, recientemente trasladado por sus padres desde el establecimiento de Kork a su unidad de investigación. (…) En caso de que el niño llegue a la disección, el Sr. Prof. Schneider valoraría positivamente que no sólo se practique una autopsia general, sino que, aparte del cerebro, también se envíen aquí secciones de todo el sistema glandular interno para
su examen».[48] Esta era la segunda parte del trabajo científico correspondiente a la tesis doctoral de Monika Schneider sobre la secreción interna en niños deficientes mentales.