Los seres queridos

Berta Davila · Capítulo 9 de 12

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Los seres queridos

8 Primer día de invierno

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Primer día de invierno

 

El niño se levanta temprano y contento el primer día de invierno y me pregunta cuántos días quedan para la función escolar de Navidad y para el momento de abrir por fin los regalos bajo el árbol. Le digo que en casa de la abuela María no habrá árbol alguno, tal vez un niño Jesús de porcelana rodeado de una cinta de espumillón, y que faltan cuatro noches para eso. Lo del árbol lo decepciona un poco, pero trato de convencerlo de que será un día de fiesta, de que veremos a mis padres y a mis tíos, de que cantaremos canciones y de que podrá ayudar a mi hermana a preparar la bandeja de los postres y de los dulces. El niño ha pedido una muñeca que tenga la barriga blanda, un cuento en el que aparezcan dos osos que sean amigos y una bicicleta. Vuelve a repetir su lista de regalos y cuenta con los dedos el número de noches que tiene que esperar para recibirlos.

Las instrucciones sobre lo que debo hacer antes del aborto quirúrgico son precisas. No desayuno ni tomo ningún líquido. Es sencillo, porque llevo algunos días sintiendo una leve náusea al levantarme, un síntoma que no había tenido nunca antes, ni durante el embarazo de mi hijo ni en los anteriores. Me pongo ropa cómoda y procuro llenar cada silencio con una charla liviana. No quiero que nada de lo que diga durante el día resulte grave o conmovedor. Le comento a Carlos que prefiero conducir yo hasta la clínica y le parece bien, a ninguno de los dos nos apasiona la conducción y pienso que me lo agradece. Dejamos al niño en la escuela y me despido de él como siempre. «Pásalo bien», le digo. «Tú también», contesta. El niño tiene un rasgo de carácter que siempre me impresiona: es excesivamente cortés, sobre todo cuando saluda y cuando se despide. Algunas semanas antes, un domingo por la mañana, al dejarlo en casa de Miguel, el niño giró la cabeza en la sala de estar mientras yo me marchaba y se puso de pie para decirme: «Que tengas un día fabuloso».

Estoy abrigada en exceso y la calefacción del coche me molesta. Cuando afronto circunstancias difíciles, me cubro de ropa. Mónica me escribe un mensaje escueto: que le cuente cómo ha ido todo nada más terminar, y me conforta que no haya ninguna palabra de ánimo en esas líneas y tampoco ninguna expresión de pesar que le otorgue a la escena algún tipo de patetismo que no corresponde. No puedo alejar de mí la sensación de vergüenza. Por el error de cálculo, por la intimidad desvelada, por el descuido. Nunca por la culpa o por cualquier tipo de disyuntiva moral.

Había olvidado cómo se pierde el sentido de la privacidad en este tipo de procesos. Vestida con una bata de hospital que se ata con un lazo a la espalda, mi cuerpo deja de ser mío al atravesar el umbral de la atención médica. Temo escuchar el corazón del embrión en la ecografía previa y concebirlo entonces como un niño, pero no ocurre, me ahorran cualquier tipo de sentimentalismo superfluo. Escojo no estar despierta durante la intervención. A partir del momento en que me acuestan en la camilla para llevarme al pequeño quirófano de la clínica empiezo a ver todos los techos del recinto. El anestesista me pide que cuente desde cien hasta cero, y veo como introduce el líquido blanco de la sedación en los conductos de la vía que antes me ha colocado una enfermera, con una aguja delicada. No siento nada más hasta despertarme.

Abro los ojos con una agitación extraña en el pecho, en un lugar que ya no es el quirófano pero que tampoco es una habitación. A mi lado hay una doctora que usa diminutivos en exceso para referirse a mí y que me dice que ya está todo, y que a partir de ahora me recomienda descansar y pasar el tiempo con mis seres queridos. Al poco rato soy capaz de levantarme. No noto nada extraño en particular, a lo mejor una molestia en el abdomen atenuada por los fármacos, que se hará más intensa algunas horas más tarde. Me visto y paso a la sala de espera, con Carlos, que me aguarda simulando leer una novela policial. Luego él, o yo, o los dos juntos, comenzamos a hacer bromas idiotas que colocan cada cosa en su lugar.

Cuando el niño nació, yo no hacía nunca bromas idiotas. Las bromas idiotas son una llave que cierra un cuarto oscuro, son un umbral que atravieso para ir al otro lado. Empecé a hacerlas una tarde, en la terraza de mi casa. El niño y yo estábamos acostados en una toalla, al sol de febrero, jugando con uno de esos rompecabezas para bebés que tienen algunas piezas de formas geométricas que deben introducirse en algún tipo de estructura con huecos: la estrella dentro del agujero con forma de estrella, el triángulo en la abertura triangular. El niño es torpe pero obstinado y pretendía hacer caber una pieza circular en un agujero cuadrado. Luego vi llegar una araña repulsiva, con determinación, por la orilla de la toalla, a menos de un palmo de los pies de mi hijo. Las arañas me asustan. Mi madre las teme y yo las temo también, como una herencia de sus miedos primitivos. A pesar de todo, puse la mano sobre ella y la aplasté contra el suelo.

Aquel bicho terrible se convirtió en un amasijo de patas. Recogí los restos con un papel de cocina que fui a buscar dentro de la casa. Entretanto, el niño me perseguía de un lado a otro, gateando con confianza. Mientras me lavaba las manos, lo miré trepar por uno de los armarios de la cocina y le dije que podía perdonarlo por la episiotomía que me habían practicado por su culpa durante el parto pero no por aquel bicho espantoso. El niño aplaudió y sonrió como si comprendiera, mostrando algunos dientes arriba y abajo que le habían salido poco antes, y que le daban un aspecto amable, de dibujo animado. Después extendió las manos hacia mí para que lo cogiese y, una vez en mis brazos, señaló con el dedo el bote de galletas sobre la repisa. Sus manos extendidas, meses atrás, eran precisamente como patas de araña que se cernían sobre mí, amenazantes. Aquel día me parecieron consoladoras y alegres. Le di una galleta de avena y plátano y, después de morderla y lamerla por completo, me ofreció un bocado.

En cada libreta o en cada lugar donde anoté las cosas que algún día querría contar sobre el niño dejé constancia de ese momento concreto con una nota rápida pero suficiente: «Aquel día de la araña». Se lo conté también a la psicóloga que había comenzado a tratarme el mes anterior. Quise llamarla por teléfono para decirle que me había sentido por primera vez una madre tranquila y protectora, pero esperé a la consulta. Ella no le dio importancia. Atribuyó la mejoría a los nuevos fármacos, que me habían prescrito semanas antes, y dijo que aquello era un síntoma y no una causa. No desconfío de los fármacos ni de la terapia, pero son invisibles y necesito construir una narrativa de símbolos alrededor de mí para explicar la vida. Yo sé que fue una araña la que modificó el color y el aspecto de los días, y que el regreso de las bromas idiotas aflojó un poco el lazo que no me dejaba respirar.

Algún tiempo más tarde le regalaron a mi hijo una casita de muñecas de plástico, indicada para niños a partir de nueve meses. Incluía dos figuras de tamaño medio que hacían el papel de progenitores, un bebé algo más pequeño, un gato y distintos muebles —⁠de cocina, de dormitorio⁠—, que él colocaba de manera azarosa, construyendo escenas singulares: un lavabo al lado de un sofá, una cama en medio de la cocina. La figura que más le gustaba era la del bebé, que movía por todos los lugares sin control. Una tarde, jugando con él, acosté al bebé en una de las camas y metí uno de los muñecos que hacía de adulto dentro de la cuna. Él rio y se alteró, muy interesado, con una alegría que me recordó a la expectación de un perro delante de una pelota mordida que le van a lanzar muy lejos. El niño actuó como si un adulto dentro de una cuna fuese una transgresión altísima. Y, sobre todo —⁠y esto no lo olvidaré nunca⁠—, me miró con ojos de enamorado: yo era la persona más divertida que existe y que nunca va a existir, una mujer de otro mundo, capaz de sorprender a cualquiera con su talento y sus ocurrencias.

Poco antes de cumplir un año, el niño pronunció sus primeras palabras. Antes de ellas, balbuceaba algunas sílabas con insistencia, pero lo hacía igual que agarraba pequeños objetos a su alcance sobre la mesa para arrojarlos al suelo. Las sílabas eran una cuchara, una tapa de plástico o una pinza de la ropa, y el niño había descubierto el placer de hacerlas suyas y después lanzarlas para comprobar el ruido que provocaban. Las primeras palabras eran, en cambio, convencionales —⁠papá, pan⁠—, nada que ver con las sílabas, y Miguel las anotó todas, a medida que llegaban. Las palabras son importantes para mí y aquel registro era una escalera de peldaños torpes que mi hijo subía poco a poco para entenderse conmigo.

El día de su primer cumpleaños lo llevé a ver el mar por primera vez. Me pareció que era un regalo bonito. Estaba segura de que él no recordaría nada de aquello, pero yo podría contárselo durante años, sacar algunas fotografías y guardarlo para mí. Era una mañana soleada de primavera y Miguel se marchó al trabajo temprano y, antes de cerrar la puerta, me repitió algunos detalles de la fiesta que había preparado para la tarde. El niño durmió en el coche hasta la playa con la cabeza inclinada en su asiento infantil. No le molestó que lo despertase nada más llegar a la casa de verano de mis abuelos. Aparqué delante de ella y después caminé con mi hijo en brazos hasta el arenal. Allí nos sentamos sobre una toalla y le descalcé los pies. Nada más tocar la arena lloró desconsolado, con verdadero pánico por aquel material extraño y desconocido que se extendía alrededor de nosotros, y volvió a subir a mi regazo. Lo llevé a la orilla del mar y quiso bajarse enseguida. No protestó por la temperatura ni por las olas, las celebró con entusiasmo, le gustó la arena mojada, sólida y certera. Agarrándome la mano caminó un par de pasos frágiles, y dijo «agua», dijo «sí», dijo «mamá, agua», y también dijo «ven», «mamá, ven», haciéndome un gesto para que fuésemos más lejos. Y entonces yo supe que tenía, por primera vez, un sitio adonde ir.

Durante las horas posteriores al aborto quirúrgico me acuesto en mi cama con el ruido de la lluvia contra la ventana. Miguel recoge al niño en la escuela como cualquier otro lunes y recibo una nota de voz en la que ambos cantan un villancico terrible sobre un cordero y una campana. Me quedo dormida poco después, en el silencio de la casa sin hijo. Cuando se hace de noche, recojo un calcetín que él ha dejado sobre el sofá, y también un caballito de goma abandonado en el suelo, un cuento de elefantes abierto en la alfombra y un coche descapotable de juguete delante de la puerta de su cuarto. La casa sin hijo es el lugar adecuado para una arqueóloga, las marcas de su actividad se conservan siempre, aunque él no esté. Los objetos, y también su ropa, especialmente sus zapatos pequeños, son pistas de sus costumbres.

El niño y yo no siempre nos parecemos a los otros hijos y a las otras madres, si es que hay hijos y madres que se parecen unos a otros. Somos seres equivalentes, que no desean imponerse nada, aunque yo decida cuándo es la hora de dormir y escoja qué cosas es conveniente comer y cuáles no. Lo llevo conmigo a las librerías y él se entretiene mientras yo leo la primera página de una novela. Le enseño solamente las canciones que me gustan y casi no pasamos tiempo en parques infantiles. A cambio, compro vasos y platos con elefantes y avionetas y tengo dificultades para encontrar uno normal si invito a un adulto a cenar a mi casa. Y cuando él me pregunta si alguna vez he soñado con tener una bicicleta que vuela, no respondo cualquier cosa, me tomo un tiempo para pensar, y le digo después que me parece un sistema incómodo y que para volar por la ciudad preferiría ser dueña de un globo aerostático. Nuestro mundo lo construimos entre los dos, como una zona intermedia entre lo que él necesita y desea y lo que deseo y necesito yo. Las madres deben encargarse de formar un nido con trozos de madera y cartón para cuidar de los huevos y de las crías. Mi hijo y yo hemos hecho ese nido a nuestra medida para cuidar uno del otro.

El primer día de invierno, por la noche, mi madre me llama feliz para contarme que ha comprado un pequeño árbol de Navidad de plástico y que el niño podrá abrir sus regalos debajo de él, que es un deseo que repite una y otra vez desde hace algunas semanas. La bicicleta que ha elegido para mi hijo es más grande que el árbol, pero no le digo nada. Para qué.