Los seres queridos
1 El segundo hijo
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El segundo hijo
Todos los días empiezan de manera parecida con el niño. Suele despertarse con un manto de lentitud que le cubre la cara y el pelo, y no sabría decir de qué se compone. A lo mejor porque no se compone de nada concreto o, al menos, de nada que sea posible apresar entre los dedos. Se le nota en la boca, que es torpe, y en las palabras, que parece que renacen con sus formas primitivas. Las palabras del niño, cuando despierta, no son urgentes como la noche anterior. Dice, por ejemplo, mamá, o farfulla cualquier tipo de saludo, y lo hace como si fuera un ruido fortuito desprovisto de significado. Se le nota también en la forma de agarrar con las manos el muñeco con el que duerme y en la manera de poner los pies en el suelo. Camina por el pasillo hasta la cocina como si descubriera el peso de su cuerpo y calculase por primera vez el tamaño de los muebles y la altura de los objetos que alcanza. Después bebe un vaso de leche que le doy y, algunas mañanas, pide otro.
Cuando el niño era un bebé, ese manto tenía una consistencia más espesa. Parecía, de hecho, algo material. De algún modo, la jornada le estropeaba parcialmente la frescura de la cara y le restaba excepcionalidad a sus gestos. Al final del día, dejaba de ser niño para ser deber. Al final del día yo pensaba en la ropa por recoger, en los platos que lavar, en la nevera que llenar y también en la obligación de cuidarlo, como si todas esas cosas fuesen parecidas, tareas domésticas anotadas en una lista. La noche lo restauraba como criatura singular y cada mañana era de nuevo especial por el hecho de estar vivo y por ninguna otra razón. Su piel era otra vez elástica y bien coloreada; su mirada, radiante. El niño tiene ahora cinco años y es mi hijo.
El niño comete algunos errores curiosos. Dice miestra tanton en lugar de «mientras tanto», deja las frases sin terminar y luego, cuando le apetece seguir, las retoma repitiendo la última sílaba que ha pronunciado. Dice, por ejemplo: «voy a jugar», y hace una pausa. Luego dice: «gar con el tren de madera». Se equivoca con las frases hechas y cuando quiere explicar que la niña del cuento de los tres osos miente como una bellaca, acaba diciendo que miente como una avellana. A mí me agradan los defectos del niño y nunca he considerado que tuviese que corregirlo, pero eso seguramente es porque no soy la madre que debería. El niño no se queja por dormir con el pantalón de un pijama de dinosaurios y con la camiseta de otro pijama de estrellas y naves espaciales, y no se queja porque no lo haya llevado a que le corten el pelo la semana pasada. Simplemente lo aparta si le cae sobre los ojos cuando dibuja o cuando come, con su mano de dedos gruesos, y pasa a otro asunto. El niño nunca se queja de mis defectos porque no conoce cómo tendrían que ser las cosas.
No se quejó, por ejemplo, de que llegase algunos minutos tarde a recogerlo a la escuela de música después de despedir a Lucía en el aeropuerto. Y cuando lo acompaño a la parada del autobús escolar a la mañana siguiente no se queja tampoco de que haya olvidado meter en su mochila la cantimplora llena de agua que habitualmente lleva a la escuela. Me lo dice delicadamente, eso sí, pero lo hace como restándole importancia. Entro con él en una cafetería y compro una botella de agua de plástico. Él me explica que el plástico es malo para el planeta porque termina en el mar y mata a los peces. Yo le aseguro que no volverá a ocurrir y me disculpo con él y con los peces. Me responde, compasivo, que no pasa nada. Poco después se sube al autobús y hace un gesto de adiós emocionado con la mano desde la ventana, como si yo fuese una madre por completo perfecta.
Cuando el niño se marcha, hago tiempo mientras no abre la farmacia, así que doy un rodeo considerable desde la parada de autobús hasta la calle en la que está, atravesando el campus universitario. No voy a la que hay en la calle donde vivo, sino que camino hasta un barrio donde nunca he vivido y donde nunca ha vivido nadie que yo conozca, y entro en una grande y casi vacía, de esas que parecen un supermercado. Puedo recordar el tipo de frío que sentí durante el trayecto, los colores concretos de ese cielo de otoño, cuál era la marca de caramelos para la tos de oferta, cómo era la ropa que llevaba la gente que esperaba en fila delante del mostrador y qué saludos y palabras triviales intercambiaron conmigo. Allí compro una prueba de embarazo y otra de ovulación.
Un acontecimiento determinante en la vida de una persona tiene el poder de fijar en su memoria los pequeños sucesos inapreciables que han ocurrido justo antes, como si resultasen el ecosistema natural donde lo imprevisto germina, y como si, a pesar de no guardar relación con el asunto, de alguna manera estuviesen ahí para precipitarlo, para indicar un contraste, para que entendamos: así era la normalidad que luego se rompió.
Estoy segura de que pueden suceder hechos singulares antes, por ejemplo, de un terremoto aterrador, pero en las crónicas sobre el momento exacto en que el suelo se partió en dos nadie recuerda que una pareja discutía a viva voz en la puerta de la oficina de correos o que un hombre, dos calles arriba, trataba de robar violentamente una motocicleta. Se cuentan siempre las mismas escenas. Alguien dice: «Estaba leyendo el periódico cuando pasó». O tal vez: «Caminaba hacia el trabajo como un día corriente y de pronto». Todos los días extraordinarios lo son porque, antes de serlo, anticipamos que formarían parte de una masa indiferenciable de días normales. La mayor parte de las veces somos incapaces de predecir que algo así va a ocurrir, y, cuando lo hacemos, la sospecha no iguala nunca el tamaño de la sorpresa. La sospecha puede, de hecho, amplificar la sorpresa, como pueden los preparativos para un viaje acrecentar la emoción por el descubrimiento de un nuevo lugar. Mi sospecha, aunque molesta, es también pequeña, fácil de manejar.
Si compro una prueba de embarazo y otra de ovulación no es porque necesite las dos, sino para que así la farmacéutica piense que yo deseo tener un hijo y, en concreto, un segundo hijo. Imagino que, si compro una prueba de embarazo y otra de ovulación, ella sospechará que yo estoy tratando de planificar un embarazo, averiguando cuáles son mis días fértiles para maximizar las posibilidades de conseguirlo, y que entonces no me mirará con censura. Lo cierto es que las farmacéuticas no tienen por costumbre mirar con censura a nadie que solicite una prueba de embarazo y que no es habitual que hagan comentarios al respecto, pero no quiero lidiar con la idea de que una desconocida opine, aunque sea interiormente, que detrás de mi compra hay algún tipo de error de cálculo que me atemoriza. La estrategia tiene éxito, en cualquier caso. La farmacéutica me explica cómo funciona una prueba de ovulación y me desea suerte.
Escucho con paciencia la retahíla de instrucciones, aunque yo ya sé cómo funciona una prueba de ovulación porque destiné mucho tiempo a investigar todas las circunstancias que propician un embarazo cuando trataba de ser madre por primera vez. Traer al niño al mundo no fue sencillo. No fue una travesía blanda y amorosa, sino un proyecto enormemente técnico. Durante aquel tiempo aprendí todo tipo de cosas sobre los cambios fisiológicos que se producen en mi cuerpo en un ciclo que nunca ha durado veintiocho días exactos, ni tampoco treinta, ni veintiséis. Soy capaz de adivinar lo que me pasa dentro del ovario izquierdo solo atendiendo a la textura de la piel de mis mejillas.
Abandono la farmacia y camino de vuelta a casa con la prueba de embarazo y la prueba de ovulación en una bolsa de papel. Recibo un mensaje de Lucía anunciándome su enfado por no sé qué cosas que a su madre le parecen disparatadas de los planes de boda, y pienso en los ritos de paso, en el hijo y en la boda, en el deseo de crecer haciendo nuestros los símbolos que nos diferencian de los adultos que conocemos, en el deseo de discutir con ellos sobre lo trivial para sentir que podemos ser como nuestras madres y a la vez ser distintas. En el deseo.
A mí, el deseo del primer hijo se me había presentado rotundo, como se supone que tiene que ser. Imaginaba la posibilidad del hijo como algo que podía proporcionarme una idea más perfecta de lo que es la felicidad. Pensaba en el hijo como un manantial. No es que ignorase que convertirme en madre sería una experiencia con aristas, o que no reparase en la dureza de la crianza ni en la magnitud del desafío. Mi deseo no era frívolo o desinformado, sino profundo, o eso pensaba; pero supe, a pesar de eso, y desde el principio, que la única manera de reunir la convicción suficiente para afrontar algo así es decidir escuchar una pequeña voz interior que dice: «A lo mejor no es para tanto». La escuchaba seguramente demasiado. La escuchaba yo y, desde luego, Miguel, que además de escucharla también la alimentaba con esa alegría franca que tienen las personas que siempre han hecho lo que hay que hacer y han caminado por donde hay que caminar con bastante éxito y sin excesivas consecuencias.
No es que pensase que el amor por el hijo sería suficiente para solventar cualquier dificultad que apareciese en el camino, sino que estaba segura de conocer bien esas dificultades y de aceptarlas. Las entendía como conflictos principalmente de tipo práctico: el cansancio, la adaptación a un nuevo ritmo doméstico, la entrega y la renuncia a placeres y tiempos que estaba por completo dispuesta a dejar atrás.
En la facultad había asistido una vez a una conferencia de una artista búlgara cuyas fotografías me interesaban mucho. Las fotografías seguramente fueran hermosas —aunque ya no las recuerdo en absoluto—, pero su discurso era un collar de clichés sobre la creación y la plenitud. Ella había puesto sobre la mesa, nada más comenzar, un bote alto de cristal, que abarrotó con piedras hasta arriba. Nos preguntó si estaba lleno. Todos dijimos que sí, interpretando con indulgencia el papel que nos correspondía. Después, cogió una jarra de agua y la volcó dentro del bote. Por supuesto el agua ocupó los espacios vacíos que quedaban entre las piedras, y la artista dijo entonces que la satisfacción completa es algo de lo que nunca se puede estar segura. Así es como yo pensaba en el hijo, como alguien que me cubriría de una felicidad que ocupase todos los espacios de desconsuelo y de tedio.
Alguna vez he tratado de contar el tiempo que siguió a aquel deseo del hijo, un tiempo alegre y despreocupado al inicio, acuciante después. Cada mes echaba cuentas y esperaba un embarazo que no llegaba. Después, cuando llegó, tuve que afrontar la pérdida y el fracaso, y un diagnóstico difuso —abortos de repetición— que parecía no poder sucederme a mí, porque tenía un cuerpo saludable y joven. En el primer intento de escribir aquella experiencia no fui capaz de distanciarme del sarcasmo y me observaba a mí misma abrazar la frivolidad en cada frase con la intención de degradarme, y que así, explicándole a un lector que fuma en pipa que yo también consideraba ridículo aquel trance, se compadeciese de mí. No de mí como madre sino de mí como madre que escribe, y que escribe como si fuese escrita por otra, y siempre como si esa otra opinase que no hay nada interesante o literario que contar sobre una madre pero no pudiese resistir la tentación de hacerlo.
Contradiciendo la intuición espontánea de vincular la escritura con la gestación —detesto por instinto a quien se refiere a un libro como a un hijo y a la escritura como a un parto—, yo nunca escribí tanto como después del primer y del segundo aborto, y nunca tan poco como después de parir. Meses antes de que el niño fuera algo suficiente como para que mi barriga abultase, hubo otro niño. Y antes de ese otro más. A pesar de que un feto de diez semanas tiene el tamaño de una uva, y un embrión de siete semanas ocupa el espacio de una semilla, a mí me pareció reconocer, de alguna manera, el momento exacto en que aquellas criaturas habían dejado de estar vivas dentro de mi vientre, aunque los síntomas tardasen en presentarse algunos días más.
Al volver de la farmacia, en el ascensor del edificio, me cruzo con la mujer mayor que vive en el octavo. Una vez me dijo que mi madre era afortunada porque yo le había dado un nieto, y que sus hijas solamente estaban interesadas en sí mismas. También me contó que su hijo mayor era médico, en concreto dermatólogo. Ignoro si ese hijo le ha dado nietos o no, pero parece evidente que mi vecina del octavo no censura que él esté interesado solamente en sí mismo. Hago la prueba de embarazo antes de quitarme las botas y el abrigo. La dejo sobre la mesa de la sala de estar y, unos pocos minutos después, aparecen dos líneas coloreadas.
El párrafo terminaba así, pero mi amigo Andrés me aconsejó que aclarase si dos líneas coloreadas significan que la prueba tuvo un resultado positivo o negativo. Quise escribir aquí que, tal vez, este libro no sea para quien no sepa lo que significan dos líneas coloreadas en una prueba de embarazo, pero no es cierto. Lo que sí es cierto es que este libro no es para quien considere que dos líneas coloreadas en una prueba de embarazo son un asunto menos sustancial que una herida de guerra, una bandera enterrada o un avión de combate, y tampoco para quien espere que cambie manzanas y plátanos por melocotones y grosellas.
A mediodía recojo al niño de nuevo en la parada de autobús. Las rutinas infantiles son círculos que encierran el tiempo de los adultos en segmentos de obligación. Está contento, despeinado y con las mejillas encendidas, como siempre que vuelve de la escuela.
Atravesamos el parque que hay junto a nuestra casa y le pregunto si tiene hambre. Él reclama la atención para sus pisadas sobre las hojas de los árboles, que aún invaden el camino a pesar de que ya es diciembre y de que los operarios municipales suelen pasar un par de veces por semana a recogerlas. El niño me dice que los ruidos de sus pasos son rugidos y que son rugidos bonitos de hojas.
El niño forma parte del territorio de la metáfora. Se entrega a ella, inventa el idioma y las propiedades de los objetos, que casi siempre están vivos cuando los nombra. El niño guarda todo eso arremolinado en los bolsillos del abrigo: las metáforas con las piedras de distintos tamaños que recoge del suelo, los nombres de las cosas con pequeñas bolas de plastilina que ha robado en la escuela y las palabras difíciles con los muñequitos de colores que colecciona, que son de plástico aunque, en este caso, no parece importarle.