Los seres queridos
3 Ese lugar
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Ese lugar
La recepcionista me explica el proceso a seguir, como si no tuviese que buscar las palabras mientras habla sino únicamente recordarlas. Solo cuando le hago preguntas logro una fractura en su discurso que hace posible diferenciar lo que me dice de una locución. El primer paso es acudir a la clínica para una primera consulta. Allí me harán una ecografía y datarán el embarazo. No debo preocuparme, porque todo indica que es muy reciente, seguramente de cinco semanas y unos pocos días.
Después, se trata de escoger una opción. Por debajo de siete semanas es posible que la interrupción de un embarazo sea un procedimiento exclusivamente farmacológico. Me entregarían la medicación necesaria, un comprimido oral, que puedo tomar en la propia clínica, y otro que tendría que introducirme como un tampón, un día más tarde, en casa. Es el método más sencillo, pero me advierte de las consecuencias: una hemorragia previsiblemente intensa, calambres en el abdomen y cólicos, que trataríamos con analgésicos. Ella no dice —estoy segura— la palabra consecuencias, sino alguna otra expresión menos comprometida, como efectos secundarios o algo así. Mi cuerpo haría todo el trabajo.
La otra opción es que ellos se encarguen: concertaríamos una cita para una intervención con anestesia local —dilatación del cuello del útero, introducción de una pequeña cánula y aspiración del tejido—. En ese caso debería permanecer un par de horas en la clínica recuperándome de la anestesia o de la sedación, y después, al regresar a mi casa, probablemente experimentaría molestias leves durante algunos días. Si me sintiese culpable, supongo que me parecería un castigo insuficiente.
Me dice la recepcionista que la mayor parte de las mujeres, si pueden, escogen la primera opción, porque es menos invasiva y ofrece más garantías en el caso de embarazos incipientes. A mí me parece que la escogen porque es más privada y porque, a lo mejor, imaginan a sus abuelas paseando casualmente por la calle donde está la clínica, entrando en ella porque han confundido el local con una lavandería, y también que, por supuesto, nadie les impide atravesar desorientadas el corredor hasta el quirófano en la búsqueda de un edredón o de un abrigo que tiene una mancha de café en la solapa y encontrar allí a sus nietas adormecidas con las piernas abiertas.
La recepcionista me dice también el precio de cada una de las opciones, que varía según el tipo de anestesia escogida, y, de nuevo, no usa la palabra precio, sino tarifa, igual que antes no ha dicho consecuencias sino efectos secundarios. Carlos y yo comenzamos a hablar de las opciones para la situación y de las tarifas y los efectos secundarios de cada una de ellas, adoptando el léxico propio, el que más eficazmente borra los hechos.
Decido que escogeré el segundo proceso, el que sea más rápido y el que requiera de menor participación por mi parte, si es posible. Cuando se lo digo a Carlos, asiente sin sorpresa. Me molesta no poder atribuirle ningún defecto a su conducta, ningún descuido. Asume el papel de alguien que sabe bien que no debe interferir en decisiones que atañen a un cuerpo ajeno, sino acompañarlas, y lo hace con un exceso de tacto, como si estuviera adiestrado, como si fuese un protocolo.
Me disgusta también que la cita para la primera consulta se retrase hasta el viernes, porque entiendo que eso significa que tendré que esperar aún hasta la siguiente semana para la intervención, pero me aseguran que procurarán que se produzca el lunes o el martes como muy tarde, para que todo termine cuanto antes. Calculo que, entre la intervención y la posterior revisión protocolaria, el proceso completo no finalizará hasta pasada la Navidad, y deseo que los días se hagan más breves de lo que son. Me parece ahora, tiempo después, que todo transcurrió de manera ágil y diligente, y que difícilmente puede pedirse más rapidez. Sin embargo, aquella semana fue una de las más largas que he vivido. Mi hijo retiraba cada mañana una chocolatina sorpresa de su calendario de Adviento y yo tenía la sensación de mirar el calendario con una impaciencia parecida a la de él.
Sueño con partos durante varias noches. Algunas veces los protagonizo yo, otras estoy presente por razones que no se explican. En dos de esos sueños, el niño llega al mundo dentro de la bolsa amniótica sin que la bolsa amniótica se rompa. El parto con manto es sumamente infrecuente, aunque suele aparecer como una rareza en los libros sobre el embarazo porque, de alguna manera, es también hermoso o especial. El mismo nombre resulta extraordinario: parto con manto o parto velado. Parece indicar algún tipo de protección o de secreto, una magia antigua. Sobre los niños que nacen dentro de la bolsa amniótica intacta se dice que traen consigo el signo de la buena fortuna, que su nacimiento los protege de morir ahogados en vida o que están dotados de poderes extraordinarios. Sin embargo, en no pocas ocasiones, alguien rompe la bolsa amniótica artificialmente con cierto tipo de instrumental médico en el curso de un parto hospitalario, para acelerar el proceso.
Cinco años antes, yo había notado la rotura impetuosa y espontánea de la bolsa del hijo que llevaba en el útero, algunas horas antes de parir, mientras cocinaba. Me sentí defraudada. El niño era todavía una idea sin concretar, a pesar de que se moviese apasionadamente dentro de mí y de que algunas veces hasta fuese posible adivinarle un pie o una mano a través de la piel deformada de la barriga. Después me metí en la ducha y el líquido amniótico, caliente y brillante, no dejaba de caer mezclado con el agua limpia, como si fuera infinito. Era un día de sol un poco esquivo. Me refiero con esto a que era un día de sol en un tiempo que no le corresponde, y que por eso una percibe que en cualquier momento desaparecerá el buen tiempo, o que es un regalo engañoso. En la casa donde vivía entonces con Miguel había una terraza luminosa, y por la ventana del cuarto de baño, a la izquierda de la ducha, toda la luz de esa terraza, y también los colores de las flores y de las plantas, atravesaban el cristal translúcido con alegría.
Miguel me dejó en la puerta del hospital mientras aparcaba nuestro coche y en el mostrador de admisión me preguntaron si estaba sola y si quería llamar a alguien. Yo pensé que nunca más volvería a estar sola, que a partir de entonces estaría siempre con mi hijo y él conmigo, y que no quería a nadie más a mi lado porque me bastaba con mi bebé. Casi olvidé que Miguel regresaría pocos minutos más tarde para romper aquella soledad rotunda y atrevida. No había espacio para ningún tipo de prevención o temor por el parto, solamente un poder radiante, un deseo audaz.
Recuerdo que pensé todas esas cosas como si fueran ciertas y también con una alegría sincera, que se consumió en pocas horas como una nieve que no llega a cuajar y, al mezclarse con la tierra o con la suciedad de la acera, pasa a ser otra cosa que nadie quiere mirar. Durante las horas que mi hijo tardó en nacer me pareció que las enfermeras y la ginecóloga simulaban que yo no existía. Comenzaron a referirse a mí sin usar mi nombre. Ni siquiera hablaban conmigo, pero cuando hablaban de mí, entre ellas, me llamaban siempre la madre. Así fue como, en el curso de un solo día, mi hijo no fue el único en salir de mi cuerpo sino, sobre todo, yo misma, que ya no era yo, porque era la madre. «La madre está colaborando bien», dijo la matrona cuando el niño asomaba ya la cabeza entre mis muslos. Como si la madre tuviera otra alternativa.
En el informe del ingreso hay una anotación que explica que fue un parto precipitado, pero nadie me lo explicó a mí. Las contracciones del útero comenzaron a las dos de la tarde, levemente molestas. Cuatro horas después mi hijo estaba ya sobre mi cuerpo y yo, aturdida, trataba de recuperar el movimiento de los pies, colocados en los estribos de la cama de partos. Me parecía sentir hormigas corriendo sobre ellos. Mi cuerpo era un territorio que no me pertenecía. Desde mi posición podía ver el techo y los ojos de quien me rodeaba, mi brazo estaba conectado a los tubos por los que me administraban una solución salina y sobre mis rodillas había una sábana estéril de hospital de color verde o azul. Traté de recordar o de ordenar en el tiempo algunos acontecimientos de las horas anteriores, por ejemplo la entrada del anestesista que me había inyectado la epidural en la habitación. Me había indicado apresuradamente que debía estar quieta porque era bueno para mí y que me ahorrase las quejas, como si yo fuese una niña caprichosa que él tuviese que poner en su sitio.
Cualquier tipo de alegría que yo hubiera sentido alguna vez antes, no solamente en el momento de llegar al hospital sino en toda mi vida anterior, se transformó con el nacimiento del niño en una extrañeza sutil, y fui incapaz de compartir la excitación del padre de mi hijo ni de interpretar las felicitaciones del personal médico como algo dirigido a mí.
En realidad no iban dirigidas a mí, sino a la madre, que era otra persona en la que me había convertido de un momento a otro. Aparentemente los meses de embarazo no habían sido una pista suficiente de que eso sucedería. Atendía perpleja cuando me llamaban así y, aunque al principio era algo que hacían los demás, enseguida acepté que resultaba inevitable y comencé a hacerlo yo también, disimulando un papel que no percibía como propio. Cuando alguien decía el nombre de mi hijo para llamarnos a los dos, por ejemplo en la sala de espera, antes de una revisión pediátrica, yo levantaba la mano. «¿Es usted la madre?», preguntaba un hombre o una mujer cualquiera, sin rostro, y entonces le respondía que sí. No decía «sí, soy yo», sino solamente «sí», porque yo ya no era yo. Era la madre.
Mi hijo no parecía distinto a cualquier otro pequeño mamífero no humano. Eso es una evidencia con la que no contaba en absoluto hasta el mismo instante del parto. Nació unas semanas antes de lo que le tocaba y, en las primeras horas, examiné con horror ese diminuto cuerpo de dos kilos cubierto de una pelusa fina y suave, que tardó algún tiempo en desaparecer por completo. Su piel era amarilla al principio, no como una yema de huevo, sino como un limón. La matrona me explicó que muchos bebés nacen con ictericia, que muchos bebés nacen también con pelo en el cuerpo, y que muchos bebés nacen, sobre todo, un poco antes de lo que les corresponde y están, por eso, a medio hacer. Los nombres técnicos no me proporcionaron ningún tipo de consuelo. «No se preocupe por él», comentó.
No me preocupaba. No por él. Dije que no quería amamantarlo. Sin hacer ningún tipo de pregunta al respecto me trajeron dos comprimidos blancos que debía tomar juntos para evitar que los pechos empezasen a producir la leche materna, y creo que me los tomé con esperanza.
No podría explicar por qué no quise amamantarlo. Fingía sentir lo que debía y hablaba con las visitas de toda la felicidad que me había traído aquel niño perfecto pero, a la vez, tenía la urgencia de separarme lo máximo posible de mi cuerpo de madre, con la expectativa de recuperar algo del anterior. Una enfermera del turno de noche me trajo un biberón que parecía de juguete, con leche de fórmula para el niño. Como si fuese una confidencia, o algo que no debía contarse pero que realmente era la verdad, me explicó que hacía muy bien, que dar el pecho era muy esclavo y que los niños se crían exactamente igual, contradiciendo cualquier tipo de evidencia científica. Caí justo después en un sueño profundo y Miguel se encargó de cuidar a mi hijo, de atenderlo cuando lloraba y de alimentarlo cuando correspondía. Desperté al amanecer. Entonces, la misma enfermera que me había hecho confidencias y había aprobado mis decisiones de madre por la noche me miró desde el fondo del pasillo con profunda censura, supongo que por la abnegación que no me había molestado en representar.
A pesar de las precauciones, dos días más tarde, ya en casa, noté unas gotas de leche aceitosa derramadas en el pezón de mi pecho izquierdo y la camiseta empapada. También noté un dolor que me recordaba a otros dolores pero no era como ellos. Sentí mis pechos endurecidos, en rebelión: mi cuerpo era tierra bombardeada. Me acostumbré a encontrar en la ropa interior grandes coágulos de sangre que parecían hígados de pollo y a envolver el torso con vendas de compresión, entre las que colocaba bolsas de verdura congelada que se ablandaban poco después.
Un niño tarda nueve meses en formarse dentro del útero y nacer, pero nadie sabe cuánto tarda en formarse y nacer una madre. No la madre que un niño concreto necesita, sino la madre que esa mujer quiere ser. Después de parir yo no estaba interesada en que las otras madres me hablasen de la alimentación de los niños, ni de los objetos de puericultura ni de los cursos de natación para bebés, sino de cómo habían perdonado a sus hijos por descomponer a la mujer que ya no eran. No me bastaba con saber que, de alguna manera enrarecida, yo amaba a mi bebé. Necesitaba entender por qué, tal vez para que las cosas cambiasen. Pero las mujeres de la sala de espera del pediatra nunca hablaban de sus hijos y yo tampoco hablaba del mío. No hablaba nunca.
Una madre reciente es una mujer de luto por esa otra mujer que deja atrás. Ese luto nunca se acompaña, se viste de fiesta, se adorna con vestidos nuevos y ropa pequeña atestada de lazos de satén. Ningún otro cambio exige tanto como contrapartida ni, sobre todo, tanto silencio. Cuando alguien abandona su país porque ha aceptado un trabajo nuevo y excitante en la otra punta del mundo, cualquiera entiende que la emoción o la alegría, si aparecen, vienen mezcladas con la incertidumbre y la nostalgia. En el caso de una madre reciente nunca es así. Una madre reciente es un lugar donde la controversia o el arrepentimiento no caben, porque todo debe ocuparlo la felicidad.
Y yo no quiero volver a ese lugar.