Los seres queridos
7 El momento más oscuro
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El momento más oscuro
El momento más oscuro fue una noche de sábado, cuando el niño ya había cumplido nueve meses. Él jugaba con un submarino de plástico entre las manos, sentado en frágil equilibrio dentro de la bañera a medio llenar de agua tibia. Mientras aún salía agua del grifo, dejé caer un hilo de champú infantil para que se formasen burbujas. Quería sorprenderlo.
El niño recibió cada pompa de jabón con exclamaciones ininteligibles y se quedó también pasmado con las ondulaciones del agua. Había en su gesto asombrado una emoción que yo no era capaz de compartir. La alegría de mi hijo dejaba en mí un poso de soledad, que era distinta a cualquier otra clase de soledad que yo hubiese experimentado antes de ser madre. Me parecía todo dulcemente trivial y también, de alguna manera, terrible.
El niño era hermoso como cualquier bebé. Sin embargo, no era especial, ni tan hermoso como parece en las fotografías. Su pelo comenzó a caerse por partes al poco de nacer y se volvió difícil de acomodar. En varias zonas de su cabeza no había pelo en absoluto. Sus ruidos no siempre eran encantadores y su cara se congestionaba con cada esfuerzo. Tenía en todo momento ese aspecto de criatura, esa condición de animal, que me atemorizaba un poco. Su ánimo solía oscilar entre el desmedido entusiasmo por un acontecimiento absolutamente vulgar, como la sombra de sus propios pies, y el enfado ante casi cualquier circunstancia que, por causa desconocida, le resultase molesta. Muchas veces yo pensaba que aquel hecho trascendental de convertirme en madre no era nada extraordinario y que, a lo mejor, no era culpa mía. A lo mejor aquel hijo era incapaz de convocar en mí esas emociones primitivas, casi mágicas, que los otros hijos les provocaban a las otras madres.
Cualquier pequeño arañazo fortuito que el niño sufría al vestirlo, con el borde mal limado de una de mis uñas o al llevarse autónomamente un juguete con esquinas a su boca pequeña, me hacía sentir culpable, como si fuese responsable a todas horas de la preservación de un organismo vivo de milagro y, además, como si no fuese nada mío y por eso no tuviera derecho a estropearlo. Todo lo que mi hijo había modificado, no solamente las rutinas sino, en especial, los significados de las cosas triviales, actuaba sobre mí igual que una película delgada que me conservase prisionera en el interior de una pompa de jabón irrompible, no porque no pudiese romperse sino porque no debía, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera si la circunstancia era que yo así lo desease. Al mirar al niño en el agua, mojado y brillante, mientras sumergía el submarino de plástico hasta el fondo de la bañera para festejar que el juguete volviese a emerger de inmediato, imaginé que mis dedos eran finos como agujas y también agudos y punzantes, y que con ellos hacía estallar la quebradiza armonía de la nueva vida doméstica, que desaparecía en el aire con un estallido discreto como si fuese una ilusión que nunca hubiera existido.
La fragilidad del niño era incontestable. El niño era susceptible de sufrir cualquier tipo de accidente fortuito, cualquier enfermedad mortal. El niño no podía defenderse de nada, tampoco de mí. Lo saqué de la bañera y lo arropé con una toalla estampada con patitos amarillos de mirada perdida. Lo acaricié más que otros días. Le puse después crema hidratante por todo el cuerpo. Le pasé un peine de goma por la cabeza en vez de secarle el pelo con dos gestos rápidos con la propia toalla, como solía, y después, seco y lustroso, fragante a colonia infantil dentro de un pijama limpio, se lo di a Miguel como si fuera un paquete, y él se encargó de prepararle el último biberón del día y de acostarlo. Yo me acosté también, me cubrí la cabeza con el edredón, fingí que estaba enferma y que no quería cenar nada. Seguramente lo estaba, porque siempre sentía un leve dolor de estómago y otros síntomas de malestar parecidos. Apagué la luz y me quedé despierta durante varias horas, en silencio.
Esa noche tuve la impresión de no ser capaz de cerrar y abrir los ojos de manera involuntaria, y de tener que meditar cada pestañeo. También me pareció que, si los cerraba, podía perderme en una caída libre y oscura dentro de mi propia cabeza. Algunas veces, en aquel tiempo, estaba convencida de que mi cuerpo había perdido la capacidad para cualquier acción automática y, con frecuencia, sobre todo al final del día, no podía tragar alimentos sólidos sin percibir que me ahogaría con cada bocado, por pequeño que fuese. Acostada en la cama, imaginé que, si apretaba suficientemente los puños, sería posible, simplemente, desaparecer, y entonces los apreté hasta dejarme marcas de las uñas en la palma de las manos. Imaginé también que mi corazón dejaba de latir de un momento a otro, o que un coágulo de sangre se atascaba en mi cabeza, y sentí algo parecido al alivio al pensar todas esas cosas, algo parecido al consuelo.
El recuerdo de esos meses tiene para mí la impronta de un collage. No puedo relatarlo de manera precisa y mucho menos ordenada. Con frecuencia no recuerdo detalles de mi hijo que otras madres saben: si protestó cuando le salieron los dientes o no, qué alimentos prefería, si disfrutaba de los paseos o los detestaba. Las rutinas y los cambios de mi bebé en aquel tiempo aparecen, cuando los recuerdo, como una pintura cubista donde se mezclan escenarios y objetos que no se continúan naturalmente unos a otros: un árbol del que nace un reloj, un brazo que termina en una campana, un útero que contiene flores con raíces largas que flotan en el aire. Miguel solía encargarse de todo lo que era urgente y yo lo acompañaba en un mutismo tranquilo, confiando mi futuro a la ayuda profesional que, muy delicadamente, él había sugerido buscar y yo había aceptado.
Mi hijo tiene una fotografía de casi todos los días que ha vivido. Al menos tiene una o dos por semana, que documentan de manera detallada acontecimientos trascendentales, como el primer día de escuela o la fiesta de cuando cumplió cinco años, y también totalmente corrientes. Si reviso mi teléfono móvil, está decididamente invadido por sus gestos y sus ocurrencias: una construcción de piezas de madera, un dibujo de barcos, una sonrisa infantil a la que le falta un diente. Sin embargo, hay un agujero negro de fotografías entre el segundo o el tercer mes de vida y su primer cumpleaños. Desde el día que nació, las imágenes se van volviendo cada vez menos numerosas. Hay meses en los que no lo fotografié ni una sola vez.
Le pido a Miguel que comparta conmigo fotografías de aquel tiempo y me trae un disco duro portátil con más de quinientas instantáneas del niño. Cuando me veo en ellas, apenas me reconozco. En las fotografías actuales, mi hijo y yo aparecemos frecuentemente cogidos de la mano, o en un abrazo espontáneo, o acostados en el sofá, con las cabezas pegadas. En las fotografías del disco duro de Miguel, en cambio, casi siempre sostengo al bebé por la cintura. Procuro mantenerlo erguido, pero también separado de mi cuerpo. Detrás de mi sonrisa no hay nadie que se parezca a mí, pero nunca tengo otra expresión que no sea la sonrisa, que es tirante y esforzada. Me pregunto por qué me importaba tanto sonreír para la posteridad.
Sentía que estaba representando la función de una impostora y lo sentía de muchas formas distintas. Cuando sacaba al niño en el carro para ir al supermercado y agradecía los cumplidos de las mujeres mayores que me felicitaban por tan lindo bebé, lo sentía. Cuando visitaba la farmacia para comprar aquellos botes tan caros de leche de fórmula hipoalergénica y no me permitía torcer el gesto, lo sentía. Cuando pasaba por casualidad delante del cine y orgullosamente ni siquiera miraba la cartelería de las películas que no podría ver, lo sentía también. Participaba de la mentira. Y la mentira era un elefante rosa que ocupaba la casa sin que nadie se atreviese a señalarlo con el dedo, un elefante rosa que a todas horas decía en voz alta: nada es comparable al amor maternal.
Nunca he experimentado el amor maternal. He escrito esta frase muchas veces, de maneras distintas, y normalmente acompañada de un alegato sincero pero desmesurado a mi favor. Algunas veces creo que una frase así no puede decirse sola, y entonces añado a su lado unas pocas líneas más, y anticipo que las cosas fueron mejores después, que no hubo ninguna persona que le pusiera nombre a lo que me pasaba mientras me pasaba, ni que me ofreciese ayuda desde el principio, y que, a pesar de todo, ya no estoy en ese lugar. Lo cierto es que cuando reviso estas líneas, con frecuencia las retiro. Las recupero algunos días después. Si permanecerán aquí o no es para mí todavía una pregunta.
Nunca he experimentado el amor maternal porque no quiero a mi hijo por el hecho de ser su madre, sino por quién es él; porque no me pertenece, le pertenece al mundo; porque no lo instruyo ni lo dirijo, solo lo acompaño, como él me acompaña a mí. Me ha llevado mucho tiempo averiguar que el vínculo entre el niño y yo no era necesariamente un imán o una magia, aunque parezca ser así para otras madres y, en concreto, para la mayor parte de las madres de las ficciones. El descubrimiento fue revelador: si el vínculo no era hipnótico e instantáneo, entonces podía, igual que había hecho con cualquiera de las otras personas que amaba, construir el amor maternal, como quien construye un tejido de punto y le da forma a un jersey.
Cuando era niña le pedí a mi padre una muñeca como regalo de uno de sus viajes y él me trajo un tren de madera. Supongo que con un tren de madera es imposible entrenar el amor maternal, y he llegado a pensar que en esa carencia estaban las raíces de mi insuficiencia. Cuando el niño nació, pensaba todo tipo de cosas que hoy me avergüenzan. Aquello me había enfadado mucho. Yo quería una muñeca para poder apretarla por las noches y sentir que dormía con alguien. El tren era bonito y fingí que no tenía importancia, pero cuando lo miraba entre los otros juguetes de la habitación, ya adolescente, me recordaba a mi soledad infantil. A aquella soledad la llamaba «el agujero». Algunas veces, cuando me sentía triste, me pegaba a la falda de mi madre y, señalando mi propio abdomen, decía: «Mamá, el agujero está aquí, otra vez». Más tarde, cuando ya fui algo mayor, me compraron uno de esos juguetes electrónicos con una pequeña pantalla en la que aparecía un huevo o un muñeco pixelado que había que alimentar y cuidar. El juguete se presentaba como una mascota virtual y tenía pocas funciones además de esas dos, pero, dependiendo de los cuidados que le proporcionase, cambiaba de forma y expresaba algunas emociones primarias. Lo agarraba en la cama por las noches y lo que más me confortaba era meterlo dentro del pijama, cerca del pecho, apagado, y acariciarlo con los dedos hasta quedarme dormida.
Durante los primeros meses del niño, sentía el agujero continuamente. Durante el día previo al aborto quirúrgico, casi cinco años después, ese hueco no está localizado en mi abdomen sino en mi futuro inmediato. Que sea domingo lo estimula, sobre todo porque no es un domingo corriente sino el domingo inmediatamente anterior a Navidad. La mayor parte de las tiendas están abiertas el domingo anterior a Navidad y ese tipo de excepciones a la norma resultan confusas para las personas desempleadas y para las que marcamos nuestros propios días de descanso y de trabajo sin prestar atención al calendario. La sensación se parece a la de un eclipse de sol equivocando el reloj interior de los pájaros y me ha asaltado muchas veces antes, con efectos parecidos.
Por la mañana camino con pasos lentos hasta la tienda de ultramarinos donde habitualmente compro pan y fruta a diario, tratando de ocupar el mayor tiempo posible con cada actividad, para no presentir el día siguiente. En el mostrador hay una caja de cerezas llegadas de Chile y quiero comprar unas pocas, pero la dependienta me dice que no son cerezas para mí, que es mejor esperar a las cerezas del verano. Le cuento que las frutas de verano son mis favoritas y hablamos de fresas, de frambuesas, de variedades de cereza y de melocotón.
Hablamos también de los días en los que yo buscaba moras con mi abuela María detrás de la verja de la casa de verano, donde crecían las zarzas, enlazadas en el alambre. Ella me enseñó a escoger las más oscuras y a perdonar a las rojas y a las moteadas, con la esperanza de que en el curso de las semanas cambiasen de color y se volviesen dulces. Detrás de la casa había una fuente de agua que venía de la montaña; allí mi abuela lavaba las moras y descartaba algunas, después las mezclábamos con azúcar.
Una vez me dijo, no sé por qué razón, que los frutos rojos son el alimento de las criaturas mágicas que viven en el bosque. A mí me contrarió, porque siempre había entendido que las criaturas mágicas no necesitan alimentarse. Le cuento esto también a la dependienta de la tienda de ultramarinos y ella promete que me guardará la primera caja de cerezas que llegue en el mes de junio. Traigo manzanas a casa y también un pedazo de bizcocho de naranja, para alimentar la espera.