Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

Maurice Druon · Capítulo 10 de 30

Páginas del PDF

Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

7. El Filtro

7

El filtro

Una litera ligera, llevada por dos mulas y conducida por escuderos, entró en el gran patio de la casa de Artois, en la calle Mauconseil. Beatriz de Hirson, sobrina del canciller de Artois y dama de compañía de la condesa Mahaut, se apeó de ella. Nadie hubiese dicho que aquella hermosa joven morena acababa de recorrer casi cuarenta leguas en dos días. Su vestido apenas estaba arrugado, y tenía el rostro terso y fresco como si acabara de despertar. Además, había dormido con el balanceo de la litera, bajo buenas mantas, durante parte de la ruta. Con el pecho alto y sus largas piernas, a un paso que parecía lento porque era amplio y uniforme, se dirigió directamente al aposento de su dueña. La condesa estaba sentada a la mesa dando fin a su segunda comida, que solía tomar hacia las tres.

—Ya está, señora —dijo Beatriz, tendiendo a la condesa una minúscula caja de asta.

—¿Cómo se encuentra mi hija Juana?

Con voz nasal, lánguida y siempre teñida de ironía aunque no hubiera motivo para ironizar, la dama de compañía, marcando las pausas, respondió:

—La condesa de Poitiers está todo lo bien que cabe, señora. La estancia en Dourdan no le resulta demasiado penosa y se ha ganado la confianza de los guardianes. Está pálida y ha adelgazado un poco; la sostienen la

esperanza y los cuidados que le dispensáis*.

—¿Y sus cabellos? —preguntó la condesa.

—Sus cabellos son de un año, señora, todavía no tan largos como los de un hombre; pero le crecen más espesos que antes.

—En fin, ¿está presentable?

—Con una toca alrededor del rostro, seguramente. Y además, puede ponerse trenzas postizas.

—Los postizos se quitan para ir a la cama —dijo Mahaut.

Consumió su potaje de guisantes con tocino a grandes cucharadas y, para aclararse el paladar, se bebió un cubilete de vino de Artois. Luego abrió la caja de asta y observó el polvo gris que contenía.

—¿Cuánto ha costado esto?

—Veintidós libras.

—¡Qué barbaridad! Los magos cobran cara su ciencia.

—Se arriesgan mucho.

—¿Cuánto te has guardado para ti?

—Casi nada, señora. Sólo lo necesario para comprarme el vestido escarlata que vos me prometisteis y no me habéis dado.

La condesa Mahaut no pudo contener la risa; la joven sabía cómo tratarla.

—Debes de tener el estómago vacío; prueba un poco de este pastel de pato —dijo, sirviéndose una enorme porción.

Luego, volviendo a la caja de asta, agregó:

—Creo en la virtud de los venenos para desembarazarse de un enemigo, pero no en los filtros para poner fin a una enemistad. Eso es idea tuya, no mía.

—Y sin embargo, señora, os aseguro que se ha de creer en ellos —

respondió Beatriz—. Éste es muy bueno; no está hecho con cerebro de carnero, sino solamente con hierbas y lo prepararon delante de mí. Fui a Dourdan y saqué un poco de sangre del brazo derecho de doña Juana.

Luego llevé esa sangre a la persona que os dije, Isabel de Fériennes, quien la mezcló con mimosa, angélica y verbena; pronunció el conjuro, colocó la mezcla sobre un ladrillo nuevo y la quemó con madera de fresno para obtener el polvo que os traigo. Ahora sólo hay que mezclarlo con alguna bebida, hacérsela beber al conde de Poitiers, y enseguida veréis cómo el amor hacia su esposa renace en él con una fuerza arrolladora. ¿No ha de venir a visitaros esta mañana?

—Lo espero. Volvió del ejército ayer tarde y le pedí que pasara a verme.

—Entonces voy a mezclar el filtro con el hipocrás que le ofrecéis para beber. El hipocrás, que es muy especiado y de color oscuro, disimulará bien el polvo. Pero os aconsejo, señora, que volváis al lecho y os finjáis enferma,

para tener la excusa de no beber. Pues sólo faltaría que al tomar este brebaje os enamorarais de vuestra señora hija.

—Es una buena idea la de recibirlo acostada —respondió la condesa de Artois— y aparentar que estoy enferma. Así se pueden decir las cosas más directamente.

Ordenó levantar la mesa, pidió ropa de noche y se volvió al lecho. Luego hizo entrar a su canciller, Thierry de Hirson, y a su primo hermano, Enrique de Sully, que vivía con ella, y trabajó con ambos en los asuntos referentes a su condado.

Poco después le anunciaron la llegada del conde de Poitiers. Éste entró vestido de oscuro, como de costumbre, calzadas sus largas piernas de garza con botas flexibles y cubierta la cabeza por el bonete con cimera y un poco ladeada.

—¡Ay, yerno! ¡Cuánto me alegra que hayáis venido! ¿Sabéis en qué me ocupaba? Me estaba haciendo leer el estado de mis bienes para dictar mi última voluntad. He pasado la peor noche de mi vida, roída hasta las entrañas por la angustia de la muerte, y tenía gran temor de irme al otro mundo sin haberos mostrado mi pensamiento, porque os amo, a pesar de todo, con corazón de madre.

Para prevenirse contra la sarta de mentiras que acababa de soltar, sacó el pequeño relicario en forma de medallón que siempre llevaba en el seno, sujeto a una cadena de oro, y lo besó devotamente.

—Que san Druon me proteja —dijo, deslizando el medallón bajo su corpiño. 1

Mahaut, bien instalada entre cojines de brocado, con las mejillas llenas y coloreadas, ancha de hombros y de carnosos brazos, tenía el aspecto de gozar de una excelente salud. Tal vez lo que necesitaba era hacerse extraer un cuarto de litro de sangre.

«Bueno, dejémosle representar su comedia —pensó Felipe de Poitiers—.

Tanto por su naturaleza como por su aspecto es el vivo retrato de Roberto.

Se odian por lo iguales que son. Seguro que va a hablarme de él.»

No se equivocó. Mahaut comenzó enseguida a echar pestes de su malvado sobrino. De sus maniobras e intrigas y de la liga que instigaba contra ella. Tanto para Mahaut como para Roberto, todos los asuntos

pasaban por el Artois, que se disputaban desde hacía tres años. Sus pensamientos, diligencias, amistades, alianzas, e incluso sus amores se relacionaban siempre, de algún modo, con esta lucha. Uno entraba en un clan solamente porque el otro pertenecía al clan contrario; Roberto apoyaba una ordenanza real porque Mahaut la desaprobaba; Mahaut era de antemano hostil a Clemencia de Hungría porque Roberto había apoyado esa boda.

Este odio que excluía todo acuerdo, toda transacción, sobrepasaba su motivo, y cabía preguntarse si entre gigante y gigante no había una pasión oculta, desconocida por ellos mismos, que se hubiera aplacado mejor con el incesto que con la guerra.

—Todas sus maldades precipitarán mi muerte —dijo Mahaut—. He sabido que mis vasallos, reunidos por Roberto, se han juramentado en mi contra . Ello me ha trastornado y reducido al estado en que me encuentro.

—Han jurado matarme, mi señor —intervino Thierry de Hirson.

Felipe de Poitiers se volvió hacia el canónigo-canciller y se dio cuenta de que él, y no Mahaut, estaba enfermo de miedo.

—Iba a reunirme con el ejército para poner orden en mi mesnada —

prosiguió Mahaut—; había hecho sacar, como veis, mis vestidos de guerra...

Señaló hacia un rincón de la pieza en el que se veía un imponente maniquí que soportaba una larga túnica de malla de acero y una sobretúnica de seda bordada con las armas del Artois; al lado se hallaban los guanteletes y el yelmo.

Mahaut suspiró. Lamentaba la ocasión perdida, pues le gustaba vestirse de caballero, como un hombre.

—Después me he enterado del fin de esa gloriosa cabalgada que ha costado al reino dinero y honra. ¡Ah! Se puede decir que vuestro pobre hermano no es muy afortunado y que cuanto emprende le sale al revés. La verdad es que, y os lo digo como lo siento, hubierais sido mejor rey que él, y es una gran pena para todos, yerno mío, que nacierais el segundo. Vuestro padre, que Dios tenga en su seno, suspiraba frecuentemente por ello.

Desde el escándalo de la torre de Nesle y de la prisión de Juana en Dourdan, el conde de Poitiers sólo había visto a su suegra en las ceremonias públicas, como los funerales de Felipe el Hermoso , o en las sesiones de la Cámara de los Pares, pero nunca en privado. Se trataban con la mayor frialdad. Para reanudar la relación, aquello era demasiado. Mahaut no se

quedaba corta en el cumplido. Invitó a su yerno a sentarse más cerca de su lecho. Hirson y Sully se apartaron hacia la puerta.

—No, mis buenos amigos, no estáis de más, pues bien sabéis que no tengo secretos para vosotros —les dijo. Al mismo tiempo, les hizo una seña para que salieran de la estancia.

Porque en aquella época, los grandes señores raramente recibían visitas a solas. Sus habitaciones y salas estaban continuamente ocupadas por parientes, familiares, vasallos y sirvientes. Las entrevistas se celebraban generalmente a la vista de todos o, por lo menos, en presencia de un hidalgo de cámara o de una dama de compañía. De ahí la necesidad de las alusiones y las medias palabras. Cuando dos interlocutores principales se retiraban al hueco de una ventana a hablar en voz baja, los asistentes fingían indiferencia, pero se sentían vejados e inquietos. Cualquier conversación a puerta cerrada parecía una confabulación, y ésa era la apariencia que Mahaut quería dar a su entrevista con el conde de Poitiers; aunque sólo fuera para comprometerlo un poco y hacerlo entrar en su juego.

En cuanto se quedaron solos, Mahaut le preguntó:

—¿Cuáles son vuestros sentimientos hacia mi hija Juana?

Como tardaba en responder, Mahaut empezó su defensa. Verdad era que Juana de Borgoña había obrado mal, incluso muy mal, al no advertir a su marido de las intrigas de alcoba que deshonraban a la casa real, haciéndose cómplice... voluntaria, involuntariamente, ¿quién podía decirlo?, del escándalo. Pero ella no había pecado con su cuerpo, ni había traicionado el matrimonio. Todo el mundo lo reconoció, y el propio rey Felipe, a pesar de su enojo, así lo había creído, puesto que asignó a Juana una residencia particular, sin dar a entender jamás que su reclusión fuera a perpetuidad.

—Lo sé, pues estuve en el consejo de Pontoise —dijo el conde de Poitiers, que quería cortar aquellos amargos recuerdos.

—¿Cómo iba Juana a traicionaros, Felipe? Os ama. Sólo os ama a vos.

Basta que recordéis sus gritos cuando la llevaban en aquella carreta negra:

«¡Decid a mi señor Felipe que soy inocente!» Yo, su madre, tengo todavía el corazón partido por haber tenido que presenciar aquello. Y en los quince meses que dura su reclusión en Dourdan, y lo sé por su confesor, jamás ha salido de su boca una palabra en contra de vos; sólo frases de amor y plegarias a Dios para recuperar vuestro corazón. Os aseguro que tenéis en

ella una esposa más fiel y rendida que muchas, y que ha sido duramente castigada.

Echaba tranquilamente toda la culpa a Margarita de Borgoña, puesto que no era de su familia y, además, estaba muerta. Margarita era la pecadora, la desvergonzada y la zorra; Margarita había arrastrado a Blanca, pobre niña inconsciente, y había abusado de la amistad de Juana. Por otra parte, incluso Margarita tenía disculpa. La esperanza de ser reina no lo llena todo, ¡y qué mujer no se hubiera entristecido con el marido que le habían dado! En una palabra, Mahaut consideraba a Luis el Obstinado como el principal responsable de su propio infortunio.

—Parece que vuestro hermano, como hombre, no está muy bien dotado...

—Siempre me han asegurado, por el contrario, que es normal en ese aspecto; quizás un poco asustadizo, pero en modo alguno impotente —

respondió el conde de Poitiers.

—Vos no recibís, como yo, las confidencias de mujeres —replicó Mahaut.

Se incorporó apoyándose en las almohadas y miró a su yerno fijamente a los ojos.

—Felipe, hablemos claro —dijo—. ¿Creéis que la heredera del trono, la pequeña Juana de Navarra, es de Luis o del galán de Margarita?

Felipe de Poitiers se frotó la barbilla un instante.

—Mi tío Carlos de Valois afirma que es bastarda —respondió—, y el propio Luis, por su forma de alejarla de su lado, parece confirmarlo. Otros, como mi tío el conde de Evreux o el duque de Borgoña, la creen legítima.

—Si le sucediera alguna desgracia a Luis, cuya salud no es muy robusta, vos ocupáis el segundo puesto en la línea de sucesión. Pero si la pequeña Juana de Navarra es declarada bastarda, como nosotros creemos que es, entonces vos ocuparíais el primer puesto y seríais rey. Vos estáis hecho para reinar, Felipe.

—Quizá la nueva esposa que llega de Nápoles le dé un heredero a mi hermano.

—Si él es capaz de procrear. O si Dios le da tiempo... —dijo Mahaut, recalcando las últimas palabras.

En este momento entró Beatriz de Hirson llevando una bandeja que contenía un jarro cincelado, cubiletes de plata sobredorada y almendras garrapiñadas. Mahaut tuvo un gesto de impaciencia. ¡En buen momento venían a molestarla! Pero, sin inmutarse ni apresurarse, la dama de compañía llenó los cubiletes y ofreció al conde de Poitiers el hipocrás y las almendras. Mahaut tendió maquinalmente la mano hacia el otro cubilete.

Pero Beatriz la miró de tal forma que se contuvo, y dijo:

—No, estoy demasiado enferma; me palpita el corazón.

Poitiers reflexionaba. Durante los últimos meses no había dejado de pensar también en la eventualidad de su sucesión. En resumidas cuentas, Mahaut le ofrecía su alianza y su apoyo para el caso de que Luis X muriera.

Beatriz de Hirson había salido.

—¡Ah, Felipe, salvad a mi hija Juana de la muerte, os ruego que lo hagáis! —exclamó Mahaut patéticamente—. No merece tal suerte.

—Pero ¿quién la amenaza? —preguntó el de Poitiers.

—Roberto, siempre él. He sabido que estaba de acuerdo con vuestra hermana Isabel para maquinar la perdición de mis hijas y de Margarita.

Aquí mismo vi a ese gran zorro, donde vos estáis sentado, que, con semblante compungido, vino a comunicarme mi desgracia. Yo le creí sincero. ¡Cómo se relamía, el cerdo! Pero eso no le traerá felicidad, como no se la trajo a Isabel. Su marido ha perdido Escocia y continúa revolcándose en el vicio con los cargadores. —Mahaut calló un instante porque Poitiers acercó el cubilete a sus ojos miopes para examinar el cincelado; enseguida se apresuró a añadir—: Pero ese diablo de Roberto aún hizo más. ¿Sabéis que el día en que encontraron muerta a Margarita en su calabozo estuvo Roberto en Château-Gaillard de madrugada?

—¿De verdad? —dijo Poitiers sin mostrarse excesivamente sorprendido.

Él también tenía sus fuentes de información. Bebió un trago y pareció que apreciaba la bebida.

—Blanca, encerrada en la misma torre, lo oyó todo. La pobre niña, que desde entonces está como loca, me hizo llegar un mensaje el otro día...

Creedme, Felipe, va a matarlas una tras otra. Su juego está claro. En este momento puede obrar a su gusto y obtenerlo todo del rey; son cómplices del mismo crimen. Basta que Roberto hable para que Luis apruebe. Ahora va a atacar a mi descendencia. Estoy sola, viuda, con un hijo demasiado joven

para apoyarme en él y por cuya vida tiemblo como por la de mis hijas.2

Tantos temores y penas, ¿no han de precipitar la muerte de una mujer? —

De nuevo tocó el relicario del pecho—. Dios es testigo de que no quisiera morir dejando a mis hijos a merced de ese chacal. Os suplico que llevéis a vuestra esposa junto a vos para protegerla y demostrar al mismo tiempo que no estoy sin aliado. Porque si Juana desapareciera, o siguiera recluida, y me quitaran el Artois, en lo cual están fuertemente empeñados, entonces me vería obligada a pedir para mi hijo la devolución del palatinado de Borgoña, que fue la dote de Juana.

Poitiers no pudo menos de admirar la destreza con que su suegra acababa de plantar su última lanza. De esta forma el negocio quedaba claramente planteado: «O bien os reconciliáis con Juana y os empujo al trono si queda vacante, con el fin de que mi hija sea reina de Francia, o bien rechazáis la reconciliación conyugal; pero entonces cambio mi postura y negocio la recuperación del condado de Borgoña a cambio del de Artois.»

Ahora bien, el condado de Borgoña era no solamente una inmensa posesión, sino también, por su condición de palatinado, el posible acceso a la Corona del Imperio alemán.

Poitiers contempló un instante a Mahaut, monumental entre los grandes cortinajes de brocado que pendían alrededor de su lecho.

«Es astuta como la zorra y obstinada como el jabalí; sin duda se ha ensuciado las manos de sangre, pero nada podrá impedirme sentir cierta amistad por ella... Tanto en su violencia como en sus mentiras hay siempre algo de candidez.»

Para disimular la sonrisa que tenía a flor de labios, bebió del cubilete dorado.

No prometió nada, no aseguró nada, porque era de naturaleza reflexiva y no consideraba urgente decidir. Pero al menos veía ya el medio de compensar en el Consejo de los Pares la influencia de Carlos de Valois, que consideraba funesta.

Bebió un último trago y dijo:

—Volveremos a hablar de todo esto en la coronación, donde nos veremos dentro de poco, madre mía.

Y por ese «madre mía» que oía por primera vez desde hacía quince meses, Mahaut comprendió que había ganado.

Tan pronto como desapareció Poitiers, entró Beatriz y examinó el cubilete.

—Lo ha vaciado casi hasta el fondo —dijo con satisfacción—. Ya veréis, señora, como monseñor de Poitiers irá bien pronto a Dourdan.

—Lo que veo —respondió Mahaut— es que sería un buen rey... si perdiéramos al nuestro.

NOTAS

1 San Druon, nacido en 1118 en la aldea de Epinoy, dependiente entonces de la diócesis de Tournay, luego de la de Arras, era venerado especialmente en el Artois. Vino al mundo gracias a la cesárea practicada a su madre ya muerta. Desde muy joven sintió gran inclinación a la piedad y fue el blanco de la crueldad de los niños de su edad, que lo acusaban de haber matado a su madre. Creyéndose culpable, se entregó a toda clase de prácticas religiosas con el fin de expiar este crimen involuntario. A los diecisiete años renunció a la vida señorial, distribuyó los considerables bienes que había heredado y entró de pastor en casa de una viuda llamada Isabel Lehaire, en el pueblo de Sebourg, condado de Hainaut, a trece kilómetros de Valenciennes. Tenía tanto cariño a los animales y los cuidaba tan bien que todos los habitantes del pueblo le pidieron que guardara sus ovejas al mismo tiempo que las de la viuda Lehaire. Fue entonces cuando los ángeles empezaron a cuidar de su rebaño mientras él iba a oír misa...

Luego emprendió peregrinación a Roma, y tanto lo satisfizo que la repitió nueve veces. Pero tuvo que renunciar a los viajes al verse atacado por «rotura de intestinos», mal que, al parecer, sufrió durante cuarenta años sin dejarse curar. A pesar del mal olor que despedía, sus virtudes atrajeron a numerosos penitentes de la región. Pidió que le construyeran, junto a la iglesia de Sebourg, una barraca desde donde pudiera ver el tabernáculo, y prometió no salir de ella hasta el fin de su vida. Cumplió fielmente su

promesa, incluso el día en que se incendió la iglesia y con ella la barraca. El fuego lo respetó, y entonces comprendieron que era santo.

Murió el 16 de abril de 1189. De muchas leguas a la redonda, llegó la gente deshecha en llanto para besarle los pies y llevarse algún trozo del miserable vestido que lo cubría. Sus parientes, los señores de Epinoy, quisieron trasladar su cuerpo al pueblo natal, pero el carro donde habían depositado el cadáver se encalló a la salida de Sebourg, y todos los caballos que se agregaron no pudieron hacerlo avanzar. Se vieron obligados a dejar el cuerpo del santo en el lugar de su muerte.

Su fama se acrecentó extraordinariamente con la curación del conde de Hainaut y de Holanda, que sufría horriblemente de mal de piedra, el cual, en cuanto se arrodilló ante la tumba de san Druon para decir una plegaria, expulsó «tres piedras del tamaño de una nuez».

La fiesta del santo todavía se celebra, tradicionalmente, el lunes de Pentecostés, en la iglesia parroquial y en el pozo de san Druon, en Carvin-Epinoy.

2 El último hijo y único varón de Mahaut, llamado Roberto como su primo, no tenía entonces más que dieciséis años. No tuvo tiempo de hacer nada notable para los acontecimientos de la época porque murió en 1317, antes de los dieciocho años. Fue enterrado en los franciscanos de París y trasladado posteriormente a Saint-Denis. La estatua yacente de Roberto de Artois que se encuentra en Saint-Denis no es pues la de nuestro héroe —que fue enterrado en Londres— sino la del hijo de Mahaut.

* Recordamos (véase El Rey de Hierro) que Juana de Borgoña, condesa de Poitiers, no fue condenada por adulterio, sino por complicidad en el de su prima Margarita y su hermana Blanca. Mientras estas fueron encerradas en Château Gaillard, Juana de Poitiers fue confinada en el castillo de Dourdan por un tiempo no determinado y con un trato mucho menos severo. En términos modernos podríamos decir que la colocaron en régimen de delito político, mientras Margarita y Blanca estaban en régimen de delito común.

OceanofPDF.com