Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

Maurice Druon · Capítulo 26 de 30

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Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

9. El Monje Ha Muerto

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El monje ha muerto

El mismo acontecimiento natural que en la corte de Francia hacía tan felices a la reina y a la condesa de Poitiers iba a sembrar el drama y el desastre en una pequeña mansión a diez leguas de París.

Desde hacía varias semanas, María de Cressay tenía el rostro demudado por la angustia y la pena. Casi no respondía a las preguntas que le hacían.

Sus ojos, de un color azul oscuro, se habían agrandado con un cerco malva y una pequeña vena se dibujaba en su sien transparente. Su actitud era de extravío.

—¿No habrá recaído en su languidez, como el año pasado? —preguntaba su hermano Pedro.

—No, ahora no adelgaza —respondía la señora Eliabel—. Es pena de amor, creo que tiene demasiado metido en la cabeza a ese Guccio. Es hora de casarla.

Pero el primo de Saint-Venant en el que habían pensado los Cressay había contestado que, por el momento, estaba demasiado ocupado en los asuntos del Artois para pensar en el matrimonio.

—Se habrá informado sobre el estado de nuestra fortuna —decía Pedro de Cressay—. Ya veréis, madre, ya veréis como tal vez un día lamentaremos haber desdeñado a Guccio.

El joven lombardo continuaba siendo bien recibido en la mansión, donde fingían tratarlo como amigo, igual que antes. El préstamo de trescientas libras seguía vigente, así como sus intereses. Por otra parte, la penuria no había terminado aún, y los Cressay no habían dejado de reparar en que la agencia de Neauphle sólo estaba provista de víveres los días en que María iba a buscarlos. Juan de Cressay, por dignidad, pedía a veces a Guccio la cuenta de la deuda; pero una vez la nota en su poder, se olvidaba de pagar siquiera una pequeña parte. Y la señora Eliabel continuaba dejando ir a su

hija a Neauphle una vez por semana, aunque acompañada por una sirvienta y con el tiempo cuidadosamente medido.

Las entrevistas clandestinas de los dos esposos eran pues, raras. Pero la joven sirvienta se mostraba sensible a la generosidad de Guccio. Y además, Ricardo, el primer empleado, no le era indiferente. Soñaba con tener una posición burguesa y se entretenía de buen grado entre los cofres y los registros, escuchando el agradable tintineo de la plata en las balanzas, mientras el primer piso albergaba precipitados amores.

Esos minutos robados a la vigilancia de la familia Cressay y a las prohibiciones del mundo, eran como retazos de luz para aquel extraño matrimonio que no contaba ni con diez horas de vida en común. Guccio y María vivían toda la semana del recuerdo de esos instantes; el encanto de su noche de bodas no se había desvanecido. Sin embargo, en los últimos encuentros, Guccio observó un cambio en el semblante de su joven esposa.

También él, como la señora Eliabel, había notado en María la ansiedad en su mirada, su tristeza y la nueva sombra bajo sus ojos que le comía las mejillas.

Atribuyó aquellos signos a las dificultades y amenazas que pesaban sobre su situación, realmente falsa. La felicidad, dispensada en mínimas dosis y envuelta siempre en el disimulo, pronto se convierte en tortura. «Es ella la que no quiere revelar nuestro secreto —se decía—. Pretende que su familia jamás querrá reconocer nuestro matrimonio y que me hará perseguir. Y mi tío es del mismo parecer. ¿Qué hacer pues?»

—¿Qué os inquieta, mi bien amada? —le preguntó el tercer día de junio

—. En estos últimos encuentros, cada vez os veo menos feliz. ¿Qué teméis?

Ya sabéis que estoy aquí para defenderos de todo.

Ante la ventana tendía sus ramas un cerezo en flor, rumoroso de pájaros y avispas. María se volvió con los ojos húmedos.

—De lo que me llega, mi dulce amado —dijo—, ni vos mismo podéis defenderme.

—¿Qué os llega, pues?

—Nada más que lo que debe venir de vos —respondió María, bajando la cabeza.

Guccio quiso asegurarse de haber comprendido bien.

—¿Un hijo? —murmuró.

—Temía confesarlo. Tengo miedo de que ahora me améis menos.

Guccio permaneció unos segundos incapaz de pronunciar palabra, ya que no se le ocurría ninguna. Luego le tomó la cara entre las manos y la obligó a mirarlo.

Como casi todos los seres destinados a la locura de la pasión, María tenía un ojo ligeramente menor que el otro; esta pequeña diferencia, que en nada perjudicaba la belleza de su rostro, se acentuaba con la preocupación que sentía y hacía su expresión más emotiva.

—María, ¿no os hace eso feliz? —inquirió Guccio.

—¡Oh, sí, seré feliz si vos lo sois también!

—¡Pero si es maravillo, María! —exclamó él—. ¡Ahora deberán pregonarse nuestros esponsales a los cuatro vientos! Ahora vuestra familia se verá obligada a ceder. ¡Un hijo! ¡Un hijo!

La miró de arriba abajo, deslumbrado. Se sintió hombre, se sintió fuerte.

Poco faltó para que se asomara a la ventana y gritara la noticia a los cuatro vientos.

Siempre que le ocurría algo, aquel joven veía el lado bueno. Sólo al día siguiente se daba cuenta de los trastornos que podían acarrearle sus actos.

Desde abajo llegó la voz de la sirvienta, recordándoles la hora que era.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? —dijo María—. Nunca me atreveré a confesarlo a mi madre.

—Soy yo quien irá a decírselo —respondió Guccio.

—Esperad, esperad todavía una semana.

La precedió por la estrecha escalera de madera, tendiéndole las manos, para ayudarla a bajar, peldaño a peldaño, como si se hubiera vuelto frágil y tuviera que sostenerla a cada paso que daba.

—Pero si todavía no siento ninguna molestia... —dijo ella.

Guccio se dio cuenta de su cómica actitud y soltó una carcajada de felicidad. Luego la estrechó en sus brazos y se dieron un beso tan largo que ella quedó sin respiración.

—Tengo que irme, tengo que irme —musitó.

Pero la alegría de Guccio, sin embargo, era contagiosa, y María se marchó más tranquila. Volvía a sentir confianza sencillamente porque

Guccio compartía su secreto.

—¡Ya veréis, ya veréis cuán hermosa será nuestra vida! —le dijo mientras la acompañaba hasta la puerta del jardín. Es un gran acto de sabiduría y piedad, por parte del Creador, habernos impedido conocer el porvenir al tiempo que nos ha otorgado las delicias del recuerdo y la ilusión de la esperanza. Pocas personas querrían sobrevivir si supieran lo que les espera. ¿Qué hubieran hecho aquellos dos esposos, esos dos amantes, si hubieran sabido aquella mañana que no volverían a verse en toda su vida?

María regresó cantando todo el camino, flanqueado de prados y árboles en flor. Quiso detenerse a orillas del Mauldre para recoger lirios.

—Son para adornar la capilla —dijo.

—Señora, daos prisa —le respondió la sirvienta—; os van a reñir.

María entró en la mansión, subió directamente a su habitación y, al abrir la puerta, creyó que el suelo se hundía bajo sus pies. La señora Eliabel se hallaba en el centro de la estancia observando una sobrevesta descosida por el talle. María vio extendida sobre la cama toda su escasa ropa, que ella había ensanchado de la misma manera.

—¿De dónde vienes tan tarde? —preguntó la señora Eliabel fríamente.

María no dijo palabra, y dejó caer los lirios que todavía llevaba en la mano.

—No necesito que hables para saberlo —continuó la señora Eliabel—.

Desnúdate.

—¡Madre! —gimió María con voz entrecortada.

—¡Te ordeno que te desnudes!

—Jamás —replicó María.

Una sonora bofetada respondió a su negativa.

—Y ahora, ¿vas a someterte? ¿Vas a confesar tu pecado?

—¡No he pecado! —respondió María violentamente.

—¿Y de dónde te viene esa gordura? —preguntó la señora Eliabel, mostrando los vestidos.

Su cólera creció al ver ante ella, no una niña dócil a la voluntad materna sino, de repente, una mujer que se enfrentaba a ella.

—Pues bien, sí, voy a ser madre; sí, es de Guccio —exclamó María—, y no me avergüenzo, ya que no he pecado. Guccio es mi marido.

La señora Eliabel no dio ningún crédito al relato de la boda a medianoche y, aunque lo hubiera admitido como cierto, nada habría cambiado. María había obrado contra la voluntad familiar, contra la autoridad paterna, ejercida, en nombre del padre muerto, por la madre y el hermano mayor. Una hija no tenía derecho a disponer de sí misma. Y luego, aquel monje italiano podía muy bien ser un monje falso. No, decididamente no creía en aquel matrimonio.

—¡En la hora de mi muerte, madre, no confesaré otra cosa distinta de la que os he dicho! —repetía María.

La tormenta duró una larga hora; finalmente la señora Eliabel encerró a su hija con doble cerrojo.

—¡Al convento! ¡Irás al convento de jóvenes arrepentidas! —le gritó a través de la puerta.

Y María se deshizo en sollozos entre su ropa esparcida.

La señora Eliabel tuvo que esperar hasta la noche para poner a sus hijos al corriente de la noticia. El consejo de familia fue breve. La cólera se apoderó de los dos jóvenes, y Pedro, sintiéndose casi culpable por haber defendido a Guccio, se mostró el más exaltado, el más dispuesto a la venganza. ¡Habían deshonrado a su hermana! ¡Los habían traicionado abominablemente bajo su propio techo! ¡Un lombardo! ¡Un usurero! Iban a clavarlo por el vientre en la puerta de su banca.

Volvieron a ensillar los caballos y, armados de sus jabalinas de caza, partieron al galope hacia Neauphle.

Pero aquella noche, Guccio, demasiado agitado para poder dormir, había salido a pasear por el jardín. La noche estaba constelada de estrellas, impregnada de aromas; la primavera de Île-de-France en su apogeo, inundaba el aire de un perfume fresco de savia y de rocío.

En medio del silencio del campo, Guccio escuchaba complacido el sonido de sus zapatos... un paso fuerte... un paso débil sobre la grava, y la alegría no le cabía en el pecho.

«Y pensar que hace seis meses yacía en una triste cama de hospital...

¡Qué hermoso es vivir!», pensaba.

Soñaba. Su suerte estaba echada, pero él soñaba en su futura felicidad.

Veía ya crecer en torno a él a una numerosa prole nacida de un amor

maravilloso, en cuyas venas se mezclaría la sangre libre de Siena con la noble sangre de Francia. Iba a ser el gran Baglioni, jefe de una poderosa dinastía. Pensaba afrancesar su nombre; sería Balion, de Neauphle. El rey le concedería un señorío, y el hijo que llevaba María, porque no tenía la menor duda de que nacería varón, sería un día armado caballero.

No lo sacó de su ensueño más que el ruido de unos galopes sobre el empedrado de Neauphle, que se detuvieron ante la banca. La aldaba de la puerta sonó con violencia.

—¿Dónde está ese bribón, ese granuja, ese judío? —gritó una voz que Guccio reconoció enseguida como la de Pedro de Cressay.

Como no abrieron de inmediato, los dos hermanos empezaron a aporrear la puerta con el mango de las jabalinas. Guccio se llevó la mano a la cintura. No llevaba la daga. Oyó a Ricardo bajar las escaleras pesadamente.

—¡Ya va, ya va! ¡Ahora voy! —decía el primer empleado con voz de hombre molesto por haber sido sacado de la cama.

Luego se oyó el ruido de los cerrojos al descorrerse y, poco después, el estallido de una furiosa discusión, de la que Guccio sólo percibía fragmentos.

—¿Dónde está tu dueño? ¡Queremos verlo inmediatamente!

—¡Ese perro, ese usurero ha deshonrado a nuestra hermana! ¡No nos iremos hasta que le hayamos arrancado la piel!

La discusión terminó con un gran grito. Seguramente habían golpeado a Ricardo.

—¡Danos luz! —gritó Juan de Cressay. Y Guccio oyó la misma voz, que gritaba a través de la casa—: ¡Guccio! ¿Dónde te escondes? ¡Sólo tienes valor con las muchachas! ¡Atrévete a salir, sucio cobarde!

Los postigos se habían entreabierto en las casas de la plaza. Los lugareños escuchaban, susurraban, sonreían burlonamente; pero ninguno se asomó. Un escándalo siempre es divertido. Y además, la jugada hecha a sus señores, a aquellos dos jóvenes que los trataban con tanta altivez y continuamente los requerían para trabajar gratuitamente, los complacía bastante. De poder elegir, se hubieran puesto de parte del lombardo, aunque sin arriesgarse a recibir una paliza por él.

A Guccio no le faltaba valor, pero le quedaba un poco de cerebro; de nada le hubiera servido, no teniendo a mano ni siquiera un cuchillo, enfrentarse con dos hombres furiosos y armados.

Mientras los hermanos Cressay registraban la casa y descargaban su cólera sobre los muebles, Guccio corrió hacia la cuadra. Hasta allí le llegó la voz de Ricardo, que gemía:

—¡Mis libros! ¡Mis libros!

«Da lo mismo —pensó Guccio—; no lograrán abrir los cofres.»

La luna daba suficiente claridad para permitirle pasar rápidamente la brida a su caballo y echarle una silla al lomo; lo cinchó a ciegas, se agarró a la crin para ayudarse a montar y escapó por la puerta del jardín. Así salió de la banca.

Al oír el galope, los hermanos de Cressay se precipitaron a la ventana.

—¡Huye, huye el muy cobarde! ¡Toma el camino de París! ¡A él, a él!

¡Cortadle el camino, villanos!

Naturalmente, nadie se movió. Entonces los dos hermanos salieron de la banca y se lanzaron en persecución de Guccio.

Pero la montura del joven lombardo era de buena casta y salía fresca del establo. Los caballos de Cressay eran poco más que jacas, y tenían sobre sus lomos toda una jornada. Hacia Rennemoulins, uno de ellos empezó a cojear tanto que fue necesario abandonarlo, y los dos hermanos tuvieron que compartir la otra montura, que, por añadidura, padecía de huélfago y al respirar producía por las narices un ruido como de cepillo para la madera.

Por ello Guccio les tomó mucha delantera. Llegó a la calle Lombards al amanecer, y sacó a su tío de la cama.

—¡El monje! ¿Dónde está el monje? —preguntó.

—¿Qué monje, Guccio? ¿Qué te ocurre? ¿Quieres ahora tomar los hábitos?

—No, tío Spinello, no os burléis. Tengo que encontrar al monje que me casó. ¡Me persiguen y mi vida corre peligro!

Contó de un tirón su historia: le era indispensable obtener el testimonio del monje.

Tolomei lo escuchaba con un ojo abierto y el otro cerrado. Bostezó dos veces, lo que exasperó a Guccio.

—No te excites tanto. Tu monje ha muerto —dijo al fin Tolomei.

—¿Muerto? —exclamó Guccio.

—¡Sí, muerto! Tu estúpido matrimonio te ha evitado al menos su misma suerte, porque si hubieras ido, como quería Roberto de Artois, a llevar su mensaje a los aliados, seguramente no tendrías que inquietarte por los sobrinos-nietos que me das sin que yo te los haya pedido. Fray Vicenzo fue asesinado cerca de Saint-Pol por la gente de Thierry de Hirson. Llevaba consigo cien libras mías. ¡Ah, me cuesta caro ese Roberto!

Tolomei llamó a un criado para que le trajera una palangana de agua templada y su ropa.

—Pero ¿qué voy a hacer, tío Spinello? ¿Cómo puedo demostrar que verdaderamente soy el esposo de María?

—Eso no es lo más importante —dijo Tolomei—. Aunque tu apellido y el de tu doncella estuvieran inscritos en un registro, nada cambiaría. No por eso dejarías de estar casado con una hija de la nobleza sin consentimiento de los suyos. Los mozos que te persiguen pueden sacarte tranquilamente la sangre del cuerpo sin ningún temor. Son nobles, y esa gente puede asesinar impunemente. Como mucho, tendrían que pagar la multa impuesta por matar a un lombardo, que no es muy elevada. Y hasta quizá los felicitarían.

—¡En buen lío me he metido!

—Bien puedes decirlo —asintió Tolomei, hundiendo la cabeza en el agua.

Resopló unos segundos y se secó con un lienzo.

—Bien, me parece que hoy tampoco tendré tiempo de hacerme afeitar.

¡Ah, he sido tan necio como tú! —Estaba visiblemente preocupado—. Lo primero que hay que hacer es ponerte a salvo —continuó—. Nada de esconderse en casa de un lombardo. Si tus perseguidores han alborotado el pueblo, también llamarán al preboste de París y, si no te encuentran aquí, enviarán a la ronda a registrar las casas de todos nosotros. ¡Ah, menudo papel voy a hacer ante las otras compañías! Déjame pensar... ¡Ah, sí! ¿Y

Boccaccio, el viajante de los Bardi?

—Pero tío, Boccaccio es lombardo como nosotros y, además, ahora se encuentra fuera de Francia.

—Sí, pero es del agrado de una dama que pertenece a la burguesía de París, con la cual ha tenido un hijo sin estar casado. Es buena persona, lo sé.

Y al menos ella comprenderá tu problema. Irás a pedirle refugio... Yo me encargo de tus queridos cuñados cuando se presenten, a menos que ellos se encarguen de mí y esta noche te quedes sin tío.

—¡Oh, no, no temáis! Son violentos pero nobles. Os respetarán por vuestra edad.

—¡Buena armadura es tener las piernas débiles!

—Tal vez se hayan cansado por el camino y no vengan.

Tolomei sacó la cabeza de la túnica que acababa de pasarse por encima de la camisa de día.

—Eso me extrañaría mucho —respondió—. De todas formas, querrán demandarnos y procesarnos. Tendré que poner sobre aviso a alguna persona de categoría para que tape el asunto antes de que se desate el escándalo.

Podría dirigirme a mi señor de Valois; mas él promete pero no cumple. ¿Mi señor Roberto? Sería como encargar a los heraldos de la ciudad que proclamaran la noticia a los cuatro vientos.

—¡La reina Clemencia! —exclamó Guccio—. Ella me tomó mucho cariño durante el viaje...

—¡Ya te respondí acerca de eso en otra ocasión! La reina se lo dirá al rey, que se lo dirá al canciller..., que alborotará a todo el Parlamento.

¡Bonita causa íbamos a tener!

—¿Y por qué no a Hugo de Bouville?

—¡Ah! Ésa es una buena idea —dijo Tolomei—. Tal vez la primera que tienes desde hace seis meses. Hugo de Bouville... Claro que sí... No brilla por su inteligencia, pero conserva su influencia por haber sido chambelán del rey Felipe. No está comprometido en intrigas y tiene cara de hombre honrado...

—Y además me aprecia mucho —dijo Guccio.

—¡Sí, ya lo sabemos! Decididamente, todo el mundo te aprecia. Un poco menos de amor nos iría muy bien. Anda, ve a esconderte en casa de esa dama de tu amigo Boccaccio y... por favor, que no se ponga a amarte también. Yo voy corriendo a Vincennes para hablar con el señor de

Bouville. Probablemente es el único hombre que no me debe nada, y a él precisamente he de ir a pedirle algo, ya ves tú.

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