Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

Maurice Druon · Capítulo 12 de 30

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Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

Segunda Parte: Después de Flandes, el Artois

SEGUNDA PARTE

DESPUÉS DE FLANDES, EL ARTOIS

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Los aliados

De todas las actividades humanas, la de gobernar a los semejantes, aun siendo la más envidiada, es la más decepcionante, porque nunca tiene fin y no permite al espíritu reposo alguno. El panadero que ha sacado su hornada, el leñador ante la encina abatida, el juez que acaba de ordenar un arresto, el arquitecto que ve poner el remate a un edificio, el pintor una vez terminado su cuadro, pueden, al menos por una noche, gozar de esa tranquilidad relativa que produce el esfuerzo terminado. El gobernante, jamás. Apenas parece allanarse una dificultad política cuando otra, en gestación mientras se solucionaba la primera, exige atención inmediata. El general vencedor se beneficia largamente de los honores de su victoria; pero el gobernante ha de afrontar la nueva situación creada por esa misma victoria. Ningún problema puede quedar sin solución durante mucho tiempo, porque el que hoy parece secundario, adquirirá mañana trágica importancia.

El ejercicio del poder sólo es comparable al de la medicina, que conoce igualmente ese encadenamiento sin tregua, esa primacía de urgencias, esa constante vigilancia de los trastornos benignos que pueden ser síntomas de lesiones graves, en fin, ese perpetuo compromiso de la responsabilidad en terrenos donde la sanción depende de circunstancias futuras. El equilibrio de las sociedades, como la salud de los individuos, jamás tiene carácter definitivo y no puede constituir una labor acabada.

El oficio de rey, cuando los reyes mandaban, comportaba esa misma servidumbre ininterrumpida.

Cuando Luis X había logrado aplazar el asunto de Flandes, dejándolo apartado al no poder resolverlo, apenas había corrido a Reims a revestirse del místico prestigio que la coronación confería al soberano, estallaron otras revueltas en el norte de Francia.

Los barones del Artois, tal como habían prometido a Roberto, no se desarmaron al dejar el ejército embarrado. Recorrían el país con sus mesnadas, intentando ganar para su causa las poblaciones. Toda la nobleza se había puesto de su parte y, por consiguiente, también el campo. La burguesía de las ciudades estaba dividida. Arras, Boulogne y Thérouanne estaban de parte de la liga. Calais, Avesnes, Bapaume, Aire, Lens y Saint-Orner seguían fieles a la condesa Mahaut. El condado se hallaba en un estado de agitación muy próximo a la insurrección.

La alta nobleza estaba representada en la liga por Juan de Fiennes, cuñado del conde de Flandes, lo cual hacía particularmente inquietante aquel movimiento rebelde.

Para las actuaciones judiciales, los conjurados contaban con uno de los suyos, Gerardo Kiérez, hombre muy hábil en formular quejas, redactar peticiones y llevar las acciones jurídicas ante el Parlamento y el consejo del rey.

Los señores de Souastre y de Caumont dirigían las organizaciones militares.

Todos trabajaban para el conde y bajo la inspiración de Roberto de Artois. Sus reivindicaciones eran de dos clases. Por un lado, requerían la aplicación íntegra e inmediata de la carta que habían obtenido recientemente, que restauraba las «costumbres» de tiempos de san Luis; por otro lado, reclamaban cambios de personal en la administración del condado y, ante todo, la destitución del canciller de Mahaut, Thierry de Hirson, su bestia negra.

La aceptación de sus exigencias hubieran privado a la condesa Mahaut de toda autoridad en su territorio, cosa que esperaba firmemente Roberto.

Pero Mahaut no era mujer para dejarse despojar. Obrando con astucia, discutiendo, prometiendo sin cumplir, fingiendo ceder un día para reanudar la negociación al siguiente, intentaba ganar tiempo por el medio que fuera.

¿Las costumbres? Desde luego, concedería las costumbres. Pero antes tenía que hacer una investigación, con el fin de conocer exactamente las costumbres de cada señoría. ¿Los prebostes, los oficiales, el propio canciller? Si habían faltado o habían abusado en sus funciones, los castigaría sin piedad. Pero para eso había que hacer también una investigación... Y luego, llevaron el debate ante el rey, que no comprendió

nada y tenía otras preocupaciones. La condesa Mahaut escuchaba las quejas del maestro Kiérez y le testimoniaba su buena voluntad. Para ponerse de acuerdo en todo se reunirían próximamente en Bapaume. ¿Por qué en Bapaume? Porque allí estaban de parte de ella y allí tenía una guarnición...

Insistía que fuera Bapaume. Luego, el día convenido no acudió a Bapaume porque tenía que ir a Reims para la coronación... Pasada la coronación olvidó la entrevista prometida. Sin embargo, iría enseguida al Artois; debían tener paciencia. Las investigaciones seguían su curso, es decir, los sargentos recogían bajo amenaza de latigazos o de prisión testimonios favorables a la administración del canciller Thierry de Hirson.

A los barones se les encendió la sangre; se declararon en abierta rebelión y prohibieron a Thierry que volviera al Artois y lo daban por muerto si se dejaba ver. Luego enviaron a buscar al otro hermano Hirson, Denis, el tesorero, quien tuvo el poco tacto de comparecer; poniéndole una espada en la garganta, le obligaron a renegar de su hermano bajo juramento. 1

Las cosas tomaban tan peligroso cariz que Luis X determinó ir hasta Arras a restablecer el orden. Fue; pero no hubo resultado. ¿Qué podía hacer si había licenciado a su ejército y la única mesnada que estaba en pie era precisamente la que se rebelaba?

El 19 de septiembre, la gente de Mahaut creyó conveniente detener por sorpresa a los señores de Souastre y de Caumont, que parecían haber acaudillado el levantamiento, y decidieron arrojarlos a la prisión. Roberto de Artois abogó por ellos ante el rey de inmediato.

—Señor, primo mío, sabéis que no estoy metido en ese asunto en absoluto; eso incumbe a mi tía Mahaut, pues ella gobierna el condado, con el buen resultado que se ve. Pero si continúan encarcelados Souastre y Caumont, os digo que habrá guerra en el Artois. Os lo comunico por el bien del reino.

El conde de Poitiers tiraba por el otro lado:

—Tal vez ha sido poco acertado haber detenido a esos dos señores, pero sería torpeza más grave soltarlos ahora. Daría pie a cualquier rebelión en el reino; es vuestra autoridad, hermano, lo que está en juego.

Carlos de Valois se encolerizó.

—Ya basta, sobrino —dijo, dirigiéndose a Felipe de Poitiers—, con que os haya devuelto a vuestra mujer, que sale precisamente uno de estos días

de Dourdan; no queráis abogar ahora por la causa de su madre. No se puede pedir al rey que abra las prisiones para quienes os agraden y las cierre para los que os desagraden.

—No veo la relación, tío —respondió Felipe.

—Yo sí la veo. Se diría que la condesa Mahaut dirige vuestros pasos.

Finalmente, Luis ordenó a Mahaut poner en libertad a los dos señores.

En el clan de la condesa comenzó a circular este malicioso juego de palabras: «Nuestro señor Luis por ahora se inclina por la clemencia.»

Souastre y Caumont, dos buenos mozos que se complementaban de maravilla, uno deslenguado y el otro rudo en los golpes, salieron de su encierro de una semana con una aureola de mártires. El 26 de septiembre convocaron en Saint-Pol a todos sus partidarios, llamados ahora «aliados».

Souastre habló largo y tendido, y la grosería de su lenguaje, unida a la violencia de sus propuestas, arrebataron al auditorio. Había que negarse a pagar los impuestos y había que prender a los prebostes, recaudadores y a toda clase de agentes, sargentos o representantes de la condesa.

El rey había enviado a dos consejeros, Guillermo Flotte y Guillermo Paumier, para apaciguar los ánimos y negociar una nueva entrevista, esta vez en Compiègne. Los aliados aceptaron en principio esta entrevista, pero apenas salieron de la reunión los dos Guillermos llegó un emisario de Roberto de Artois, sudoroso y sin aliento por la larga galopada. Llevaba a los barones esta simple noticia: la condesa Mahaut, rodeado su desplazamiento del mayor secreto, se dirigía al Artois. Al día siguiente estaría en Vitz, en casa de Denis de Hirson.

Cuando Juan de Fiennes hizo pública esta noticia, Souastre exclamó:

—Mis señores, ahora ya sabemos lo que debemos hacer.

Aquella noche los caminos del Artois resonaron bajo los cascos de los caballos y el ruido de las armas.

NOTAS

1 Toda la familia Hirson ocupaba cargos y sinecuras en la administración del Artois o en la mansión de Mahaut. Además de Thierry, el canciller, y de las dos damas de compañía, llamadas Mahaut y Beatriz, Pedro de Hirson era baile de Arras. Guillermo de Hirson era panetero, llamado también intendente de la condesa, y había tres Hirson más, sobrinos de Thierry, con cargos en la corte del Artois.

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