Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)
5. El Tenedor y el Reclinatorio
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El tenedor y el reclinatorio
Con la barbilla levantada, la sonrisa a flor de labios y vestido con un manto forrado de piel sobre su camisa de noche, Luis X entró en la habitación.
Durante la cena había encontrado a la reina extrañamente taciturna, distante, casi ausente; había seguido la conversación tardíamente y apenas había respondido a las palabras que se le dirigían; pero Luis no se había inquietado. «Las mujeres están sujetas a cambios de humor —se decía—, y el regalo que le traigo le devolverá la alegría.» Era de esos maridos sin imaginación que tienen una pobre idea de sus esposas y creen que todo se arregla con un regalo. Entró haciéndose el gracioso y llevando un pequeño estuche de forma alargada.
Apenas se sorprendió al encontrar a Clemencia arrodillada en el reclinatorio. La reina, por lo general, terminaba sus oraciones de la noche antes de que él entrara. Le hizo una señal con la mano que significaba: «No os preocupéis por mí, acabad en paz», y se situó en el otro extremo de la habitación, haciendo girar el estuche entre las manos.
Pasaban los minutos; el rey tomó una almendra garrapiñada de una copa que había cerca del lecho y se puso a masticar. Clemencia seguía arrodillada. Luis se le acercó y advirtió que ella no rezaba, sino que estaba mirándolo.
—Ved, amiga mía —dijo—, ved la sorpresa que os traigo. ¡Oh! No es una joya, es más bien una rareza, un capricho de orfebrería. Mirad...
Abrió el estuche y sacó un objeto largo y brillante con dos puntas en un extremo. En su reclinatorio, Clemencia dio un respingo.
—¡Eh!, amiga mía —exclamó Luis entre risas—, no tengáis miedo, que esto no se ha hecho para herir; se llama tenedor y sirve, por ejemplo, para comer las peras. Mirad qué bien trabajado está.
Colocó sobre el reclinatorio un tenedor de dos púas de acero muy agudas, sujetas a un mango de marfil y oro cincelados.
La reina no parecía demasiado interesada por el regalo, ni siquiera apreció su novedad. Luis se sintió decepcionado.
—Lo he hecho fabricar —contestó— por mediación de maese Tolomei, quien lo encargó especialmente a un orfebre de Florencia. Parece ser que sólo existen cinco tenedores como éste en el mundo, y he querido que tuvierais uno para que no os ensuciéis vuestros hermosos dedos cuando comáis fruta. Es un objeto propio para damas; los hombres nunca se atreverían a utilizarlo, excepto ese afeminado de Eduardo, mi cuñado de Inglaterra, quien según me han dicho se sirve de él en la mesa sin temor a las burlas.
Confiaba en que sus palabras hubiesen sonado amables y hasta graciosas, y esperaba una sonrisa. Pero Clemencia no se había movido del reclinatorio y no dejaba de mirar a su marido fijamente. Nunca había estado más hermosa; sus largos cabellos dorados le caían hasta la cintura.
—¡Ah! —prosiguió Luis—, maese Tolomei me ha informado de que su sobrino, a quien envié con Hugo de Bouville a Nápoles para recogeros, está curado; pronto emprenderá el camino hacia París, y en cada carta habla a su tío de las delicadezas que tuvisteis con él.
No obtuvo respuesta. «¿Pero qué le ocurre? —se preguntó Luis—; al menos podría darme las gracias.» Con cualquier otra persona que no fuera Clemencia ya habría montado en cólera, pero no se resignaba a ver enturbiada tan pronto su felicidad por una escena matrimonial. Se dominó, e hizo un nuevo intento.
—Esta vez creo que el asunto del Artois se va a arreglar —dijo—. Las cosas se presentan bien. La entrevista en Compiègne, a la que tan dulcemente me acompañasteis, ha dado los resultados que esperaba y muy pronto voy a pronunciar mi arbitraje. Todo se apacigua desde que estáis conmigo.
—Luis —dijo de repente Clemencia—, ¿de qué murió vuestra primera esposa?
Luis se inclinó hacia delante, como si hubiera recibido un golpe en el vientre, y la contempló por un instante, estupefacto.
—Margarita murió..., murió —respondió agitando las manos—, de una fiebre en el pecho que la ahogó, según me dijeron.
—Luis, ¿podéis jurarlo ante Dios?
—¿Qué queréis que jure? —dijo Luis el Obstinado alzando la voz—. No tengo nada que jurar. ¿Adónde pretendéis ir a parar? ¿Qué queréis saber?
Os he dicho lo que os he dicho, y os ruego que os contentéis con ello; no tenéis por qué saber más. —Se puso a recorrer la habitación. A la altura del escote de su camisa de noche, la base del cuello había enrojecido; sus grandes ojos pálidos habían adquirido un inquietante centelleo—. ¡No quiero que me hablen de ella! —gritó—. ¡Jamás! Y vos menos que nadie.
Os prohíbo, Clemencia, pronunciar ante mí el nombre de Margarita... —Se interrumpió por un exceso de tos.
—¿Podéis jurarme ante Dios —repitió Clemencia con determinación—
que vuestra voluntad no tuvo nada que ver con su muerte?
La cólera nublaba enseguida el juicio de Luis. En lugar de negar simplemente y fingir reír, como si se tratara de una suposición absurda y ofensiva, replicó:
—¡Y aunque hubiera sido así! Vos seríais la última en tener derecho a reprochármelo. Es a vuestra abuela a quien deberíais echárselo en cara.
—¿A mi abuela? —murmuró Clemencia—. ¿Qué tiene que ver mi abuela con esto?
Luis comprendió enseguida que acababa de decir una tontería, lo cual no hizo más que aumentar su furia; pero era demasiado tarde para volverse atrás.
—¡Sí, la culpa fue de María de Hungría! —repitió—. Exigió que vuestra boda se celebrara antes del verano. Entonces deseé (entendedlo bien, solamente deseé) que Margarita muriera antes de este tiempo. ¡Expresé mi deseo en voz alta y fue atendido, nada más! Si no lo hubiera hecho, vos no seríais reina de Francia. No os hagáis, pues, la inocente, y no vengáis a censurarme por lo que os ha ido tan bien y os ha situado más arriba que toda vuestra parentela.
—Si hubiera sabido que ése era el precio, jamás hubiese aceptado —
exclamó Clemencia—. ¡Por este crimen, Luis, es por lo que Dios no nos da un hijo!
Luis dio media vuelta y se quedó inmóvil, estupefacto.
—Sí, debido a este crimen y a todos los otros que habéis cometido —
continuó la reina, levantándose del reclinatorio—. ¡Hicisteis asesinar a vuestra esposa! Hicisteis detener con falsas pruebas al señor de Marigny.
Mantenéis en prisión a los legistas de vuestro padre. Hicisteis atormentar a vuestros propios servidores. Atentasteis contra la vida y la libertad de las criaturas de Dios. Por esto, ahora Dios os castiga impidiéndoos engendrar nuevas criaturas.
Luis, estupefacto, la veía avanzar hacia sí. Había, pues, una tercera persona que no se inmutaba con sus arrebatos, en quien no hacía mella su furor y que se le imponía. Su padre, Felipe el Hermoso, lo había dominado por la autoridad; su hermano, el conde de Poitiers, lo dominaba por la inteligencia, y ahora su segunda esposa lo dominaba por la fe. Nunca hubiese imaginado que su juez se le presentaría en la cámara nupcial y bajo la apariencia de aquella mujer tan hermosa, cuyos cabellos rubios volaban como un cometa.
Luis contrajo el rostro en una mueca; parecía un niño a punto de echarse a llorar.
—¿Y qué queréis que haga ahora? —preguntó con voz aguda—. No puedo resucitar a los muertos. ¡No sabéis lo que es ser rey! Absolutamente nada se hace por voluntad mía y vos me culpáis de todo. ¿Qué queréis conseguir? ¿Para qué sirve reprocharme lo que no tiene remedio? Separaos pues de mí, regresad a Nápoles si no podéis tolerar mi presencia. Y esperad que haya Papa para pedirle que anule nuestra unión... ¡Ah, ese Papa! Ese Papa que nunca consiguen elegir —agregó apretando los puños—. ¡No sabéis lo mucho que me ha preocupado esa elección! Nada de esto hubiera ocurrido si hubiera habido un Papa.
Clemencia le puso las manos en los hombros. Era un poco más alta que el rey.
—No puedo pensar en separarme de vos —dijo—. Soy vuestra esposa para compartir vuestra vida, y eso incluye tanto vuestras miserias como vuestras alegrías. Lo que quiero es salvar vuestra alma y moveros al arrepentimiento, sin el cual no hay perdón.
Luis la miró a los ojos, y no vio en ellos más que bondad y compasión.
Respiro más tranquilo y la atrajo hacia sí.
—Amiga mía, amiga mía —murmuró—, sois mejor que yo, sí, mucho mejor, y no sabría vivir sin vos. Os prometo enmendarme y lamentar el mal que he podido causar. —Mientras hablaba, hundió la cabeza en el hombro de la reina y le besó el nacimiento del cuello—. Ah, amiga —continúo—,
¡qué buena sois! ¡Qué hermoso es amaros! Os prometo ser como vos queréis. ¡Sí, tengo remordimientos que me causan a menudo grandes terrores! Sólo olvido cuando estoy en vuestros brazos. Venid, amiga mía, venid a que nos amemos.
Intentaba llevarla hacia la cama, pero ella permanecía inmóvil; la sentía crisparse, resistirse.
—No, Luis, no —dijo muy bajo—. Tenemos que hacer penitencia.
—Ya haremos penitencia, amiga; ayunaremos tres veces por semana, si queréis. ¡Venid, que estoy deseoso de vos!
La reina se apartó y, como él no la soltaba, cedió una costura de su vestido. El ruido del desgarrón asustó a la reina, que se cubrió con la mano su hombro desnudo y corrió a refugiarse detrás del reclinatorio.
Este movimiento de temor originó en Luis un nuevo acceso de cólera.
—Decidme, de una vez, qué tenéis y qué hay que hacer para complaceros —exclamó.
—No quiero perteneceros antes de ir en peregrinación. Iremos a pie, luego sabremos si Dios nos perdona concediéndonos un hijo.
—¡El mejor peregrinaje para lograr un hijo se hace aquí! —dijo Luis señalando el lecho.
—¡Ah, no os burléis de las cosas de la religión! —respondió Clemencia
—. No es así como podéis convencerme.
—Es muy extraña vuestra religión, que os ordena rechazar a vuestro esposo. ¿No os han instruido sobre un deber al que no podéis negaros?
—Comprended...
—¡Sí, os comprendo! —gritó—. Comprendo que me rechazáis.
Comprendo que no os plazco, que hacéis conmigo como Margarita...
Y avanzó con los ojos fijos en el tenedor de las aceradas puntas que seguía todavía sobre el reclinatorio. Ella adelantó la mano para recoger el objeto antes de que lo hiciera el rey. Por fortuna, él ni siquiera reparó en ese
gesto; no prestaba atención más que al pánico y la desesperación que lo dominaban.
Luis sólo se sentía seguro de sus facultades viriles junto a un cuerpo dócil. Pensar que era rechazado lo dejaba indefenso; el drama de su primer matrimonio no tenía otro origen. ¿Y si aquella inhibición volvía a presentarse? No hay mayor dolor que verse incapacitado de poseer lo que más se desea. ¿Cómo podía explicar a Clemencia que, para él, el castigo había precedido al crimen? Le aterraba pensar que pudiera ponerse en marcha nuevamente el horrible engranaje de negativas, impotencia y odio.
Dijo como para sí:
—¿Será verdad que estoy maldito y condenado a no ser amado por quien amo?
Con los ojos cerrados, temblorosa todavía, Clemencia pensaba: «Y yo he creído que me quería matar.»
Entonces, cediendo a una vaga vergüenza tanto como a la compasión, se apartó del reclinatorio y dijo:
—Está bien, haré lo que os plazca.
Y fue a apagar las velas.
—Dejad encendidos los cirios —dijo Luis.
—¿De verdad, Luis, queréis?
—Dejad caer vuestro vestido.
Decidida ahora a toda sumisión, Clemencia se desnudó por completo, con la sensación de que obedecía al diablo. Si Luis estaba condenado, ella participaría en su condenación. Él llevó hacia el lecho aquel hermoso cuerpo de modeladas formas sobre el cual tenía de nuevo pleno poder. Para dar las gracias a Clemencia murmuró:
—Os prometo, amiga mía, os prometo poner en libertad a Raúl de Presles y a todos los legistas de mi padre. ¡En el fondo, siempre queréis las mismas cosas que mi hermano Felipe!
Clemencia pensó que su complacencia sería motivo de algún bien y que, a falta de penitencia, serían puestos en libertad algunos prisioneros.
Pero aquella noche un gran grito se estrelló contra el techo de la cámara nupcial. Después de cinco meses de casada, la reina Clemencia acababa de
descubrir que no era reina sólo para ser desdichada y que las puertas del matrimonio podían abrirse a deslumbramientos desconocidos.
Permaneció largos minutos extenuada, jadeante, maravillada, ausente de sí misma, como si el mar de su costa natal la hubiera depositado en una playa dorada. Y fue ella quien buscó el hombro del rey para adormecerse, mientras Luis, loco de agradecimiento por el placer que ella acababa de dispensarle, y sintiéndose más rey que el día de su coronación, conocía la primera noche de insomnio sin sentir la obsesión de la muerte.
Pero ésa fue una felicidad fugaz. Desde el día siguiente, sin el auxilio de su confesor, asoció indisolublemente el placer al pecado. Sin duda era de naturaleza más nerviosa de lo que parecía, porque a partir de entonces la proximidad de su esposo le causaba intolerables dolores que la incapacitaban para aceptar el homenaje real, no por negativa de su voluntad, sino por intolerancia de su cuerpo. Sinceramente se entristecía, se excusaba por ello y hacía vanos esfuerzos para saciar los insistentes ardores de Luis.
—Os aseguro, mi dulce señor —le decía—, que no podré mientras no vayamos en peregrinación.
—Pues bien, iremos, amiga mía; iremos pronto y tan lejos como queráis, y con una cuerda al cuello si os place; pero antes dejadme arreglar el asunto del Artois.
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