Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

Maurice Druon · Capítulo 24 de 30

Páginas del PDF

Los venenos de la corona (Los Reyes Malditos 3)

7. "Pongo al Artois Bajo Mi Mano"

7

«Pongo el Artois bajo mi gobierno»

Al día siguiente, Felipe de Poitiers visitó a su suegra para anunciarle su próxima partida. La condesa Mahaut residía entonces en su nuevo castillo de Conflans, llamado así porque estaba situado exactamente en la confluencia del Sena y del Marne, en Charenton; el mobiliario y la decoración no estaban terminados todavía.

Beatriz de Hirson asistía a la entrevista. Cuando el conde de Poitiers refirió el interrogatorio del templario, las dos mujeres tuvieron el mismo pensamiento e intercambiaron una breve mirada. El hombre del cardenal Caetani tenía una sorprendente semejanza con el falso fabricante de cirios que las había ayudado, dos años antes, a envenenar a Guillermo de Nogaret.

«Sería muy extraño que hubiera dos antiguos templarios del mismo nombre y ambos versados en brujería. La muerte de Nogaret fue una buena recomendación ante el sobrino de Bonifacio. Fue a hacerse pagar por aquel lado. ¡Oh, mal asunto!», se decía Mahaut.

—¿Qué aspecto tenía ese Everardo? —preguntó.

—Delgado, moreno, con aspecto de loco, y cojea.

Mahaut miró a Beatriz; ésta le hizo un signo afirmativo con los párpados.

La condesa de Artois sintió la desgracia cernirse sobre ella. Sin duda, iban a seguir interrogando a Everardo, y esta vez emplearían los instrumentos adecuados para refrescar su memoria... Y si hablaba... No es que las personas que rodeaban a Luis X lamentaran mucho la muerte de Nogaret, pero sin duda verían con satisfacción cualquier posibilidad de servirse de aquel asesinato para procesarla. ¡Qué partido sacaría de eso Roberto! Podía temerse cualquier cosa si Everardo hablaba, si es que no lo había hecho ya...

Mahaut maquinaba planes: «Hacer matar a un prisionero en una prisión real no es cosa fácil... ¿Quién podría ayudarme, si es que todavía hay tiempo?

Felipe, nadie más que Felipe; es necesario que se lo confiese. Pero ¿cómo se lo tomará? Si se niega a ayudarme, no tengo salvación...»

—¿Lo han torturado? —preguntó.

También Beatriz tenía un nudo en la garganta.

—No ha habido tiempo... —respondió Poitiers, que se había agachado para atarse el zapato—, pero...

«Alabado sea Dios —pensó la condesa Mahaut—, aún no hay nada perdido. ¡Vamos, digámoslo de una vez!»

—Hijo mío... —empezó.

—Es una verdadera lástima —continuó el conde de Poitiers, todavía agachado—, porque ahora ya no se sabrá nada. Everardo se ha colgado esta noche en su calabozo del Petit-Châtelet. Sin duda por temor a ser torturado de nuevo.

Oyó dos profundos suspiros y se levantó, un poco sorprendido de que las dos mujeres mostraran tanto pesar por la muerte de un desconocido de tan baja ralea.

—Ibais a decirme algo, madre, y os he interrumpido...

Instintivamente, la condesa tocó a través de su vestido la reliquia que llevaba sobre el pecho.

—Quería deciros... ¿Qué quería deciros? ¡Ah, sí! Quería hablaros de Juana. Veamos... ¿la llevaréis en vuestro viaje?

Se había recobrado, y ahora su tono era normal. ¡Pero, Señor, qué susto!

—No, su estado lo impide —respondió Felipe—. Precisamente de eso quería hablaros. Le faltan tres meses para dar a luz y sería una imprudencia llevarla por malos caminos. Tendré que desplazarme mucho...

Beatriz de Hirson, mientras, vagaba por el mundo de los recuerdos.

Volvía a ver la trastienda de la calle Bourdonnais; respiraba el olor a cera, sebo y velas; sentía de nuevo el contacto de las duras manos de Everardo sobre su piel y la extraña impresión que le había causado unirse con el diablo. Y he aquí que el diablo se había colgado...

—¿Por qué sonreís, Beatriz? —le preguntó el conde de Poitiers.

—Por nada, señor... Porque siempre me place veros y escucharos.

—Me gustaría que durante mi ausencia, madre —prosiguió Felipe—, Juana viviese aquí con vos. Podréis rodearla de los cuidados que necesita, e

incluso estará más protegida. Porque he de decir que desconfío bastante de las intenciones de nuestro primo Roberto, quien, cuando no puede acabar con los hombres, ataca a las mujeres.

—Lo que significa, hijo mío, que me colocáis entre los hombres. Si es un cumplido, no me disgusta en absoluto.

—En verdad, es un cumplido —dijo Felipe.

—¿Estaréis de regreso para el parto de Juana? —preguntó Mahaut.

—Lo deseo fervientemente, pero no puedo asegurar nada. Este cónclave parece una madeja tan enredada que tardaré tiempo en deshacerla.

—Me inquieta mucho que os alejéis por tanto tiempo, Felipe, ya que seguramente mis enemigos aprovecharán vuestra ausencia para ganar terreno en el asunto del Artois.

—Pues bien, poned por excusa mi ausencia y no cedáis en nada —dijo Felipe, despidiéndose.

Días después, el conde de Poitiers salía hacia el mediodía, y Juana fue a instalarse en Conflans.

Tal como había previsto Mahaut, la situación en el Artois empeoró inmediatamente. La primavera incitaba a los aliados a salir de sus castillos.

Sabiendo que la condesa estaba aislada y caída en desgracia, decidieron administrar la provincia por su cuenta, cosa que hacían mal. Pero les gustaba bastante el estado de anarquía, y era de temer que su ejemplo fuera seguido por los condados vecinos.

Luis X, que había vuelto a Vincennes, resolvió acabar con aquello de una vez por todas. Su tesorero lo animaba a ello, ya que habían dejado de percibirse los impuestos del Artois. Mahaut se disculpaba diciendo que estaba incapacitada para recaudar tasas, y los barones alegaban otro tanto.

Era el único punto en el que estaban de acuerdo los adversarios.

—No quiero más reuniones del consejo ni compromisos de enviados parlamentarios; todos se mienten mutuamente y no se adelanta nada —

había declarado Luis X—. Esta vez voy a proceder de manera directa y haré ceder a la condesa Mahaut.

Durante aquellas semanas, el rey daba muestras de encontrarse en perfecto estado de salud. Apenas sentía molestias y ya casi no tenía tos ni dolores de vientre; los piadosos ayunos impuestos por Clemencia le habían

sido beneficiosos. Así que se persuadió de que el hechizo practicado contra él había sido ineficaz. No obstante, por precaución, comulgaba varias veces a la semana.

Rodeó a la reina no sólo de las matronas más famosas del reino, sino también de los más competentes santos del Paraíso: san León, san Norberto, santa Coleta, santa Juliana, san Druon, santa Margarita y santa Felicidad, esta última para que únicamente tuviera varones. Cada día llegaban nuevas reliquias: tibias y premolares se acumulaban en la capilla real.

La perspectiva de un hijo, con la seguridad de que sería suyo, había completado la transfiguración del rey y lo había convertido en un hombre medio, casi normal.

El día que convocó a Mahaut estaba aparentemente sosegado, tranquilo y cortés. De Charenton a Vincennes no había más que un paso. Para dar a la entrevista un carácter familiar, recibió a Mahaut en el pabellón de Clemencia. Ésta bordaba. Luis habló en tono conciliador.

—Firmad el arbitraje que he dictado, prima —dijo—, ya que al parecer sólo podremos lograr la paz a este precio. ¡Y luego ya veremos! Después de todo, esas costumbres del tiempo de san Luis no están bien definidas, y siempre encontraréis la manera de recuperar con una mano lo que hayáis fingido dar con la otra. Es lo mismo que yo hice con los habitantes de Champaña cuando su conde y el señor de Saint-Phalle vinieron a reclamarme su carta. Hice añadir: «Aparte de los casos que, por costumbre inveterada, atañen al príncipe soberano y a nadie más...» Ahora, cuando se presenta un litigio, siempre atañe al príncipe soberano.

Al mismo tiempo le acercó con un gesto amistoso la copa de la que iba tomando almendras garrapiñadas.

Mahaut se abstuvo de apuntar que la ingeniosa fórmula de la que Luis se enorgullecía ahora se debía a Enguerrando de Marigny.

—Sin embargo, alteza, primo y señor mío, el caso no es el mismo —

respondió ella—, porque yo no soy príncipe soberano.

—¡No importa! Puesto que yo ejerzo la soberanía por encima de vos. Si hay alguna queja, me la presentarán a mí y yo fallaré a favor vuestro.

Mahaut tomó un puñado de almendras garrapiñadas de la copa.

—Muy buenas, muy buenas —dijo con la boca llena, intentando ganar tiempo—. No soy aficionada a las golosinas y, sin embargo, debo decir que son muy buenas.

—Mi bien amada Clemencia sabe que me gusta picar a todas horas, y se cuida de que no me falten —dijo Luis volviéndose hacia la reina con el aire de un esposo que quiere proclamar su felicidad.

Clemencia levantó la vista de su bordado y le dedicó una sonrisa.

—Entonces, prima —prosiguió el rey—, ¿vais a firmar?

Mahaut acababa de triturar una almendra bañada en azúcar.

—¡Pues bien! No, alteza, primo y señor mío, no puedo firmar —dijo—.

Hoy tenemos en vos un rey muy bueno; no dudo que actuaríais según los sentimientos que me decís. Pero vos no duraréis siempre, y yo menos todavía. Después de vos pueden venir... quiera Dios que lo más tarde posible, reyes que no juzguen con la misma equidad. Tengo la obligación de pensar en mis herederos, y no puedo dejarlos a merced del poder real, por más que le debamos.

Aunque la forma era muy cuidada, la negativa no era por ello menos categórica. Luis, que había afirmado a la gente de su confianza que convencería a la condesa con su diplomacia personal mejor que con grandes audiencias públicas, perdió rápidamente la paciencia; su vanidad estaba en juego. Comenzó a recorrer la habitación, alzó la voz, dio un puñetazo sobre un mueble. Al encontrarse con la mirada de Clemencia, sin embargo, se contuvo, turbado, e hizo un esfuerzo por recobrar su majestad.

Sin duda alguna, Mahaut era más fuerte que él en la argumentación.

—Poneos en mi lugar, primo —decía ella—. Vais a tener un heredero;

¿consentiríais en legarle un poder disminuido?

—Exactamente, señora, no le dejaré un poder disminuido, ni el recuerdo de un padre débil. Y ya que os obstináis en hacerme frente, pongo el Artois bajo mi gobierno. ¡Ya está dicho! Y podéis arremangaros, no me dais miedo. En adelante, vuestro condado será gobernado directamente en nombre mío por uno de mis señores, que yo designaré. En cuanto a vos, no tendréis derecho a alejaros más de dos leguas de las residencias que os he señalado. Y no os presentéis ante mí, porque no tendré ningún placer en veros.

El golpe era fuerte y Mahaut no se lo esperaba. Decididamente, Luis había cambiado.

Las desgracias nunca vienen solas. Mahaut había sido despedida tan bruscamente que, al salir de la habitación de la reina, llevaba todavía en la mano una almendra garrapiñada. Se la puso maquinalmente en la boca, y la mordió con tanta fuerza que se le partió un diente.

Durante una semana Mahaut permaneció en Conflans como una pantera enjaulada. Con sus andares masculinos iba de las habitaciones que dominaban el Sena al patio principal, rodeado de galerías. Desde allí, por encima de la fronda del bosque de Vincennes, distinguía los estandartes de la residencia real. Su rabia no tuvo límites cuando, el 15 de mayo, Luis X, poniendo en práctica su proyecto, nombró gobernador del Artois al mariscal de Champaña, Hugo de Conflans. Mahaut consideró la elección de este gobernador una burla y un supremo ultraje.

—¡Conflans! ¡Conflans! —repetía—. ¡Me encierra en Conflans y nombra a un Conflans para robarme mis tierras!

Descargaba su cólera en las personas que tenía junto a sí; abofeteó a maese Renier porque le falló la voz durante un oficio; su enano se escondía por los rincones en cuanto la veía llegar; increpaba a Thierry de Hirson, a quien acusaba de ser la causa de sus disgustos; incluso reprochaba a su hija Juana no haber sabido retener a su marido y haberlo dejado ir al cónclave.

—¡Qué nos importa un Papa —gritaba— cuando estamos a punto de ser despojados! El Papa no nos devolverá el Artois.

Una mañana gritó a Beatriz:

—Y tú, ¿no puedes hacer nada? ¡No sabes más que echar mano de mi dinero, enfundarte en buenos vestidos e irte con el primer perro que pasa!

¿Has decidido no serme de ninguna utilidad?

—¿Cómo, señora? —dijo suavemente Beatriz—. ¿No os han aliviado el dolor las especias que os he traído?

—No me refiero al diente. Tengo que arrancarme otro mayor y tú sabes su nombre. ¡Ah! Cuando hay que fabricar filtros de amor te mueves, te preocupas, encuentras magos, pero cuando necesito un verdadero servicio...

—Sois injusta, señora; habéis olvidado muy pronto cómo hice envenenar a Nogaret y el peligro que corrí por vos.

—No lo olvido, no lo olvido; pero ahora Nogaret me parece una pieza menor...

Aunque Mahaut no retrocedía ante la idea del crimen, le desagradaba tener que hablar de él. Beatriz, que la conocía bien, se complacía pérfidamente en obligarla a ello. Mirando a través de sus largas pestañas negras, la dama de compañía, con su voz lenta y vagamente irónica que arrastraba al final de las palabras, preguntó:

—¿De verdad, señora? ¿Tan alta es la muerte que deseáis?

—¿En qué crees que pienso desde hace una semana, tonta de remate?

¿Qué otra cosa puedo hacer sino rogar a Dios de la mañana a la noche y de la noche a la mañana para que Luis se caiga del caballo y se rompa la cabeza, o que se ahogue al tragarse una nuez?

—Tal vez haya medios más rápidos, señora...

—Encuéntramelos, pues, si eres tan lista. ¡Oh! De todos modos, ese rey no está destinado a llegar a viejo; no hay más que oírlo toser para saberlo.

Pero es ahora cuando me convendría que reventara... No tendré paz hasta que lo empuje a Saint-Denis.

—Porque así, mi señor de Poitiers tal vez fuera regente del reino... y os devolvería el Artois.

—¡Eso es! Tú me comprendes de maravilla, mi pequeña Beatriz; pero también sabes que no es fácil. ¡Ah! Te aseguro que si alguien me diera una buena fórmula para despacharlo no le escatimaría el oro, te lo aseguro.

—La señora de Fériennes conoce algunas fórmulas...

—¿Magia, cera y fórmulas de hechicería? Al parecer, Luis ya ha sido hechizado, y míralo. Nunca ha tenido mejor aspecto que esta primavera.

Diríase que ha firmado un pacto con el diablo.

—Si ha firmado un pacto con el diablo, quizá no sea gran pecado enviarlo al infierno... mediante un alimento convenientemente preparado.

—¿Y cómo te las arreglarás? ¿Qué vas a decirle: «Tomad esta preciosa tarta de grosellas que os envía vuestra prima Mahaut, que tanto os quiere»?

¿Y esperas que se la coma con los ojos cerrados? Has de saber que, desde este invierno, por algún repentino miedo que ha tenido, hace probar tres veces los platos que le sirven, y dos escuderos armados acompañan su comida desde la cocina hasta la mesa. ¡Ah, es tan miedoso como malvado!

Beatriz miró al vacío y se acarició la garganta con la yema de los dedos.

—Me han dicho que comulga con frecuencia, y la hostia se toma confiadamente...

—Eso se le ocurre a cualquiera, por ello recelan. El capellán está vigilado y Mateo de Trye, el primer chambelán, lleva siempre en su escarcela la llave del sagrario. ¿Irás a buscarla allá?

—¡Bah! Nunca se sabe —dijo Beatriz—. La escarcela se lleva en la cintura... De todas formas, es un método arriesgado.

—Si hemos de dar el golpe, ha de ser seguro y sin que nadie pueda saber nunca de dónde ha venido.

Permanecieron un momento silenciosas...

—El otro día os quejabais —dijo de pronto Beatriz— de que los ciervos infestaban vuestros bosques y se comían los retoños. No me parece mala idea pedir a la señora de Fériennes un buen veneno para empapar las flechas con que se cazan los ciervos... El rey es bastante aficionado a la carne de venado.

—¡Claro, y reventará toda la corte! Por mi parte no corro ningún peligro, ya que no me invitan. Pero te lo repito: los criados prueban todos los platos antes de servirlos y, además, los tocan con el unicornio.1 Enseguida descubrirían de qué bosque provenía el ciervo... En fin... tener el veneno es una cosa y, administrarlo, otra. Pide un veneno de acción rápida y que no deje rastro. Beatriz, me parece que aquel manto de tejido jaspeado que llevé en el viaje para la coronación te gustaba mucho... ¡Pues bien! Es tuyo.

—¡Oh, señora, señora! ¡Qué buen corazón tenéis!

Y Beatriz se echó al cuello de Mahaut y la abrazó.

—¡Ay, mi diente! —exclamó la condesa, llevándose la mano a la mejilla

—. ¡Y pensar que me lo partí con una almendra garrapiñada que me ofreció Luis!

Se interrumpió de golpe, y sus ojos grises adquirieron un extraño brillo.

—Las almendras... —murmuró—. Eso es, Beatriz; procúrate ese veneno diciendo que es para mis ciervos. Creo que nos será útil.

NOTAS

1 El unicornio es un animal legendario que sólo ha existido en blasones, frescos y tapicerías. No obstante, su único cuerno tenía fama de ser un antídoto universal. En realidad, lo que se vendía, a precio muy elevado, como cuerno de unicornio, era la defensa del narval, o unicornio de mar, con la cual se «tocaban» los alimentos para descubrir la presencia de sustancias venenosas.

OceanofPDF.com