Matate, amor
Nunca Estás Cool, nunca estás zen. Todo…
NUNCA ESTÁS COOL, nunca estás zen. Todo el camino las mismas palabras. Nunca estás cool, nunca estás zen. Estoy atacada. Cruzo y descruzo las piernas. El pecho ni te cuento. Atrás está mi hijo en la sillita. A los costados, pueblitos y pueblitos, la colina mostrando el paisaje que podría ser bello. Sé normal, calmate, dice y baja, entra en la panadería. Yo bajo también, cruzo, miro el auto desde la calle. El hijo no pierde de vista al padre que compra masas, que elige detrás del vidrio, ¿de qué tipo de chocolate está hecha? ¿Y de crema pastelera hay? ¿Cuántas llevo, amor? La panadera con los ojos colgándole de la nariz espera con la pinza. Los dedos embadurnados en azúcar impalpable. Apenas echo un vistazo y voy de regreso a la basura. No sé qué digo. Voy y vengo por la calle. Mi marido sale con un paquete de cartón que pone sobre mis piernas. Cuidado con la caja. Compré seis. Tres y tres. Tengo la mano en el picaporte. Me tiembla. Me arde. Veo en un jardín un trío de animales, uno por atrás, el otro oliéndole el ano. Me saca la poca hambre que tenía. Se me revuelve el estómago, tener sexo con este frío. El auto gira en una curva. Se me cae la caja, hay crema en el asiento. Griterío. Salvo las masas como puedo, las acomodo. Mi marido las mira con desprecio, tienen marcas de tus dedos, dice. Trato de que no se note, se nota más. Nunca estás relajada, me dice. Nunca te veo cool. Destrozás todo. Y prende el pucho en el auto, cosa prohibida en la familia. Y lo dejo porque total. Qué familia ni familia. Y la ventanilla abierta dándole en la garganta al bebé bajo antibióticos. Y bueno. Llegamos a la casa de los amigos tosiendo los tres. Una gran alfombra beige, una puertita que da a las hojas de otoño y las bicicletas oxidadas de los chicos. Una carpa armada en medio del living, un perrito blanco dándoles besos en la boca a los nenes. Una tetera, las cajas con las masas de los otros, servilletas, cucharitas, susurros. Lindo ambiente. El de los otros. Tanta gente civilizada me sorprende. Están peinados, huelen rico. Hola, qué tal, hola, tanto tiempo, en qué andan, acá andamos. ¿Y ustedes? Abrazos, palmadas. Palmaditas. Abracitos. Todos alrededor de una mesa diciéndose feliz Año Nuevo aunque eso fue hace mucho, frente a nosotros un espejo. Nadie dolorido, nadie sacado. Guirnaldas del último cumple de uno de los chicos. Titi, no te metas eso en la boca, salí de ahí, ¡no! ¡Las escaleras! ¡Vengan a merendar los chicos! ¿Quién quiere lechita? ¡Vengan a la mesa los nenes! ¿Y ustedes? ¿Qué le dan? Nos miramos por primera vez con mi marido. ¿Qué le damos? Lo que sea. Lo mismo que a los otros chicos. No traje su merienda. La olvidé. Traje el óleo calcáreo, el cambiador, un pantalón de más, las gotas. Los niños meriendan juntos y parece un jardín de infantes, mi bebé ríe, no reconozco su risa. Bajan al patio, se trepan, se revuelcan en las hojas. Los adultos nos servimos varios platitos, mi marido tiene vergüenza de abrir nuestra caja y la deja a un costado. Nadie la toca. Las seis masas se derriten. La tarde va pasando y es un animal pesado, una foca gigante entrando al agua. Alguien pregunta qué hay en la caja. Nadie nota mis huellas digitales. Llantos, golpes. Los padres viendo si es el llanto de su hijo para ir a rescatarlo. Mi marido se descompone comiendo un bizcochuelo, una punzada en la costilla. Todos lo miran hasta que alguien dice ¡un médico! Salen a buscar uno entre burros y bodegas. Ah, los médicos. Miro la escena sentada, no me convocan. Un médico, gritan, un médico. El resto somos una manga de fracasados. Van de casa en casa, hay de todo, pero un médico es raro, para eso hay que estudiar en serio. Al final vuelven con un veterinario que encontraron pariendo a una vaca, brazos y manos con líquido amniótico. Lo acuestan sobre la alfombra. Deformación profesional, el veterinario se pone los guantes de látex. Los chicos hacen un círculo, esperan ver salir algo, piensan que es un número de magia. Yo también, un alumbramiento. No quiero que termine la escena, no quiero volver a casa. Chau, que estén bien, saludos a la familia. Chau, chau, hasta pronto. Mi marido me dice casi se me detuvo el corazón. ¿Es mi culpa?, pregunto. Es una alarma. ¿Y qué querés que haga con la alarma? Que escuches que suena. Bueno, bueno, digo, pero quiero sacarme el zapato y tirárselo. Nadie probó nuestras masas, las compré para tirarlas. Y quiero correr calle abajo rengueando. Sí, alguien comió, pensé, pero para qué discutir. No me respetás, lo de la caja es un ejemplo. ¿Vos te merecés mi respeto? Pero para qué discutir. Y dijo algo como que la caja representa la pareja, la familia, la dejo caer, intento arreglarla pero ya es tarde. No escucho bien. No entiendo sus metáforas, debe ser que no me da la cabeza. Estoy ausente pero como sobresaltada por una pesadilla. Quiero correr calle abajo sin frenar cuando llegue al río, quiero correr sobre las flores en una carrera amarilla contra mí misma. ¿Qué te pasa?, dice, y tengo un aire a hija sin padres. ¿Vos no lo podés criar solo?, pregunté. Yo me tiro del auto ya mismo. El bebé iba atrás sonriendo con sus tres dientes. El campo se veía venir con sus tiros de escopeta volando erráticos y sus aviones militares siempre boca abajo. Me tiro, le grité, me tiro y abrí la puerta y saqué una pierna. Llegamos a casa, ¿qué cenamos?, pregunta. Me pongo el delantal y corto cebollas, corto cebollas, corto cebollas bien finitas hasta rebanarme el dedo. Y me río. Más serio es, más ganas de reír me da. Me tiro al piso lleno de gotitas terrosas. Carcajadas me da toda esta historia de las masas. Tapate la boca cuando tosés. Tapate la boca al estornudar. Tapate la boca si fumás, me oigo decir. Lo vivo tapando. Soy tan sucia, tan necia, tan guacha, que da calambre. La casa es un vaho a cebollas.