Matate, amor

Ariana Harwicz · Capítulo 6 de 44

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Matate, amor

¿Qué Querrías que Hiciéramos con Tus Cenizas?,…

¿QUÉ QUERRÍAS QUE HICIÉRAMOS CON TUS CENIZAS?, le preguntó al marido cuando sus pulmones no daban para mucho más. ¿Eh?, dijo perdiendo la audición. ¿Querés que te enterremos o que te esparzamos, papi?, tuvo que gritar. Me da lo mismo, contestó. Y no le interesó dejar dicho eso ni ninguna otra cosa. Algo como una segunda muerte diaria vivía mi suegra que seguía poniendo en el lavarropas los pantalones sucios de su marido. Su casa era un gran bloque de cemento macizo con vista al campo abierto de pastizales secos y maíz detrás de una hilera de árboles. El sendero de asfalto que llevaba a su casa estaba sucio, el aire teñido de humo cancerígeno. Alguien quemaba cables de cobre para revenderlos. Los topos hacían agujeros profundos también en su tierra transformándola en un campo minado. Mi suegro solía decir que había que tomar una solución final al problema poniéndoles botellas con gas a la salida de sus casas, la shoa de topos. Ella seguía cocinando para dos, cambiando la funda de las almohadas, cosiendo sus calzoncillos rotos en la entrepierna. Por la mañana, todavía despierta de la noche, yo pasaba con el cochecito y la veía sentada, aturdida como si tuviera la cabeza dentro de una campana. Vivía en su cuerpo como quien entra a una casa invadida e intenta atravesarla sin tocar el suelo. El único momento de paz, decía, era el sueño. Esa dispersión del espíritu. Pero tenía graves trastornos para dormir y era sonámbula. Una vez se paseó en camisola por el pueblo al grito de ¡fuego!, otra vez usó los zapatos de teléfono y habló con Dios; eso, cuando no pasaba la aspiradora a las cuatro de la mañana. Vi que desayunaba un pan blanco que llevaba días en la cocina. No miró la fecha de vencimiento de los remedios que empezó a tomar el día del entierro. No espantó las moscas ni sus huevos anidados dentro del frasco de mermelada casera de castañas. Miró sus dedos que llevaban el pan a la boca como si fueran de otro y se atragantó porque para el que queda el tiempo no pasa, siempre es el limbo. Como una camisa mojada, húmeda sobre el cuerpo, algo que no se va ni se despega. Y aunque su eterno compañero no pasara largas horas incrustado en ella, tardes enteras, veranos aferrado a ella ni días de campo entrándole, saciándola; aunque ni siquiera pensara que ella tenía calenturas, de tan ahuecada que andaba, era su compañero. Él pensó que su mujer, en vez de vagina, lo que tenía era como una piedra al fondo de una gruta. La pensaba siempre cubierta con esos chalcitos que bordaba. Se acostumbró a amarla como si hubiera nacido así. Y ella también. Y, cuando vio el cadáver despojado y limpio de su esposo, se impresionó, porque antes de ser cenizas tuvo la forma de un cuerpo nacido en la primavera de 1940. La pedantería, los monólogos que hacía sentado en la cabecera de la mesa, su risa sobre el tractor en marcha, terminaron encerrados en un cajón de pino. Y allí se fueron los secretitos, las escapadas al burdel de la zona, la vez que metió la mano pesada en la pollera de una colegiala en el bus del pueblo y lo comentaron todos. Ahí se fueron también sus proezas en la Armada, los muertos que anotaba en su ingle, el juego de cartas en un camarote de tren a los treinta y dos años, la vez que la hizo mearse de la risa y ella tuvo que correr a cambiarse. Fue un velatorio cualunque, una despedida algo corta. Excelente padre y esposo, dijeron los invitados. La gente se fue en procesión a comer al parador donde el difunto era cliente habitual. Allí pasaba los mediodías tomando sus cañitas y sus aperitivos, allí contaba con gracia sus anécdotas en el frente. El cortejo lo recordó entre sus camaradas. Su viuda lo deschavó diciendo que solía quedarse en la oscuridad total del living sentado horas frente al pino con sus luces de colores. Y no era tanto la muerte concreta de mi suegro lo que me impresionaba, sino la pérdida de sus palabras, «en mi puerca vida», sus calificativos, «soy un superdotado», el tono ensalivado y pastoso, su textura. Tanto clavarla acá y allá, tanto recuerdo osado de la guerra, tanto desenfreno, y ni siquiera daba para una oración que lo hiciera diferente de algo.