Matate, amor
Estoy en la Sobremesa. No queda más…
ESTOY EN LA SOBREMESA. No queda más que mi vaso, ya se levantó todo. Los platos están lavados en el escurridor, la sal en su lugar, mi esposo se fue a acostar. El perro se mea. Sé que tengo que levantarme, pero no lo hago. Estiro las piernas sobre la otra silla. Me adormezco chupando un escarbadientes. Va a mear debajo de la mesa pero no me levanto. Mi pantalón está desabrochado. Desde acá disfruto del horizonte que se abre al final del campo con sus fardos redondos de heno y los gatos cazadores a punto de dar el arañazo, o será que tengo vista de lince. Puedo ver no solo la sombra de los árboles, su figura, también los parásitos que se pegan a los troncos. Puedo ver esa colección de alimañas bajo tierra que vive cuando nosotros dormimos. A esta hora en el río pasan vacas flotando con las patas duras hacia arriba, vacas sorprendidas por la corriente en el momento de beber. Esos cadáveres vacunos que vistos desde el puente colgante son piedras u hombres. El perro todavía sin nombre tironea del mantel y rompe mi vaso de vidrio. Ahora se mea y tiene rojo el hocico. Habrá que bautizarlo, para mí con decirle perro alcanza, pero mi marido insiste en llamarlo de otra manera, en integrarlo a la familia. Yo también me hago pis, pero sigo sin moverme y tengo calambres. Algo que detesté siempre de la vida campestre y que hoy saboreo es que uno se pasa el día asesinando. Con el café matutino aparecen las arañas en la pileta, ahogadas ni bien abro la canilla. Algunas más vivarachas se repliegan un buen rato, resisten cerraditas en flor, son las que me animan a abrir la caliente y terminar de reventarlas. En el momento de untar el membrillo llega el turno de las moscas, que nos vienen siguiendo desde la prehistoria y ya es momento de que se extingan. Las encierro en el frasco con un movimiento ágil sobre la tapa a rosca. Después me siento con el bebé en las rodillas a verlas patinarse en el dulce. Tirada en la hamaca electrocuto a las abejas y alecciono a la avispa que osa querer probar de mi carne. Con mi hijo agolpamos grupos enteros de hormigas dentro de cajas de fósforos que después prendemos. Al parecer largan rico olor porque el bebé aspira. Yo no siento nada. Después salgo a pisar lombrices y saltamontes. Pero el mejor momento es el de las tacitas con cerveza que pongo en la terraza, no muy llenas, para que tengan que agacharse a beber las babosas marrones. Cuando paseo por las noches encuentro toda una reunión de babosas borrachinas dentro del líquido, en los alrededores e incluso debajo del recipiente. En el baño, sentada en el inodoro, me gusta tomar el escobillón y barrer de un saque las telas de araña del techo. Se meó. No pienso pasar un trapo, yo nunca quise adoptarlo, es mi marido al que le dio lástima cuando, volviendo del supermercado, lo vimos acostado en medio del camino. El charquito se extiende hasta la puerta y pasa por debajo. El perro va lamiendo hasta que se topa con las pantuflas de su jefe, recién despierto. Perro obsecuente lamedor. Perro adoctrinado. ¿Qué hay?, pregunta azorado el dorima al ver pis y vidrios. No es para menos, yo si fuera él también me azoraría, pero soy yo y sigo sin levantarme. Él da una vueltita a la mesa, echa un vistazo y me interroga. Ya sé, digo. ¿Qué sabés? No me hagas decirlo, si digo que ya sé, es suficiente. Y, la verdad que no. Qué hacés ahí sentada, no ves que el perrito, ¡estoy harto de llamarlo perrito!, se está meando, pobre criatura. ¿No ves que estás pisando vidrios? ¿Por qué tenés el pantalón desabrochado? Sentí lástima por él, casado con alguien con el pantalón desabrochado. ¿No puedo?, pregunto. ¡Sabés bien que no se trata del pantalón! ¡Quiero poder estar con el pantalón desabrochado si quiero! Vení, dice abriendo los brazos. No. Vení. No. ¿Por qué no? Porque sí, no. ¿Qué hago, barro? Hacé lo quieras. ¿Vos te quedás ahí? Sí. ¡Podrías empezar a cuidar mejor la casa! ¿Sabés lo que encontré en la cocina detrás de la garrafa? Una rata disecada y lombrices, ¿hace cuánto que nuestro bebé come de ahí? ¿Y vos?, retruco. Deja de tirar tu ceniza en las tazas, en los platitos, por ejemplo, hace cuánto que nuestro hijo come de ahí. ¡Comprá ceniceros entonces! ¡O vos dejá de alimentarte de tabaco! Entonces se va afuera, el sumiso lo sigue y oigo que el rope descarga el resto del chorro que le quedó atravesado en su vejiga. Él toma el escobillón y vuelve y barre intentando no lastimarme, pegando patadas suaves para espantar al perro. Yo sigo mirando la mesa vacía. Ni rastros de la cena. Ese momento del día, en cualquier lugar, cuando la luz cambia, cuando hay una declinación, los objetos se rompen o se los llevan. ¿Vamos afuera, amor? ¿Para qué salir, amor? Está muy encerrado acá, amor. Afuera también está encerrado. Él me mira y sale. Sé que tengo que pararme, que esta vez no hay opción. Pero, como cuando me clavo la uña en la encía para que se hinche, me quedo acalambrada en esa silla frente a algo que se desintegró. Esa cena, ese tiempo en que comimos hace menos de una hora, como una foto de familia de varias generaciones, siete hermanos parados en una escalera sonrientes, ahora todos muertos. Me quedo atrancada ahí, me quedo como detrás de una puerta, esperando a que abran. Escuché que el motor dio un bufido y supe que era el ultimátum. Mis manos hicieron movimientos violentos como si fueran a despedazar algo y todavía seguí ahí el tiempo suficiente como para que se recalentara el motor y mi esposo dijera ¡…cha de tu madre! Me levanté rígida. El auto en marcha, con el perro en el asiento trasero, me hizo luces. Dejé la puerta abierta. Me asomé por la ventanilla. ¡Tiene las patas mugrosas sobre la sillita del bebé, decile algo! Bueno, ya las va a sacar, subite. No me hagas ir de paseo. ¡No estoy jodiendo ahora! Vamos a charlar, esto no puede seguir así, vos no te das cuenta de nada, creo que dijo o quiso decir. Yo tampoco tenía lucidez para discutir. Hacía el frío que hace cuando ya no son las dos/tres sino las cuatro/cinco. El bebé, dije. El bebé está perfecto, yo estoy mal. Cuando él decía eso era porque estaba furioso. Bajé el copete y entré. El perro manchaba la casita del bebé, su cucha dentro del auto. Y después, ya en otro pueblo, oímos el rock mal captado de la radio municipal. La bruma borrando los tejados, los establos, las bodegas. La bruma de madrugada como un velo lechoso cubriendo animales dormidos, tambos y parroquias. Mi esposo se pone a tararear y silbar un tema en inglés. Temazo, dice y sube el volumen. The Smiths. Para él soy una extraterrestre porque no los conozco. Porque me parece de retrasado mental escuchar rock. Porque no me emociona la guitarra. El perro duerme con el hocico entre las patas. En el estribillo, And when a train goes by, it’s such a sad sound. No…, it’s such a sad thing, se le fueron las manos y apenas alcanzó a pisar el freno. Un ciervo adulto se vino contra el parabrisas. Cabeza primero y cuerpo después salieron como un bicho volador hacia la izquierda, la marca del golpe quedó sobre el capó. El perro gritó. Yo me doblé en dos, sin el cinturón porque siempre me olvido de ponerlo. A pesar de ir despacio, me di la frente contra la guantera y quedé aturdida. ¡Podrías haberte descerebrado! ¡El cinturón, te lo dije mil veces! ¿Todos están bien?, y giró para ver el perro que, excitado y jadeante, empañaba las ventanillas. Pero, luego, pudo ver que el rope tenía una pata díscola que se movía al ritmo del limpiaparabrisas como si se rascara la cadera. Bajamos, mi marido con la bestia en brazos. La música seguía. El perro se lamió el cuerpo magullado. El ciervo huyó como pudo, rengueando, como si no entendiera que había sobrevivido. Mi marido miró los destrozos del radiador; después, se acordó y me abrazó. El humo pesado que salía del auto nos dejó ciegos y por un segundo él besó al perro en la boca y yo el tronco de un árbol caído. Hay que empujar, dijo, pero antes se apartó unos metros y se bajó el jogging. Tengo un marido obsceno. ¿Cómo podés sacarla ahora? ¡Y ahora qué querés!, dijo como los que mascan chicle en un entierro. El animal hizo el trabajo sucio lamiendo los restos del capó. Después se puso a agitar la cabeza de dolor. Lo bautizamos Blood pero le dijimos Bloodie. Lo envolvimos en lo que encontramos y lo atamos con el cinturón de seguridad en el asiento trasero. Empujé mientras él aceleraba y después corrí al auto en marcha. Tanto corrí que pensé que se fugaban. En casa lo encontré parado con las manos a través de los barrotes de la cuna gritándole al guardiacárcel. Mi esposo ya enjuagaba su auto a manguerazos. Bloodie lo seguía, pero con una cara de sufrimiento que no se aguantaba, lagrimeaba, arrastraba la pata, se retorcía en la tierra haciendo agujeros. Nos fuimos a dormir. El iiiiiiii iiiiiiii de Bloodie retumbaba en toda la casa. Me levanté desquiciada, cacé la linternita del cajón de herramientas y fui hasta el garaje. Revolví todo, había tanta mugre acumulada sobre las maderas, los muebles en desuso, las sillas con rueditas, solo brillaba el telescopio, enfundado en plástico transparente. No me iba a quedar con las ganas. Salí dejando la puerta entreabierta, el aire helado no tardaría en enfriar la casa. Fui en botas de goma y semidesnuda hasta lo de mi suegra. No estaba en el campo sino en un spaghetti western. Tomé la llavecita con llavero de pata de conejo, escondida en una maceta al lado de la puerta, y abrí. Si mi suegro hubiese vivido, habría tirado, a cualquier parte, pero se habría dado el gusto. Las camisas planchadas apiladas, los libros en orden en la biblioteca, nada hacía pensar que alguien había muerto tan poco tiempo antes. Subí por la escalera colgante tomada de las sogas. Ella dormía con la lengua empastillada. Mi suegra era una tabla, los ojos cubiertos con un antifaz y dos algodones en los oídos, sin pechos, un cuerpo asexuado como una mesa envuelta entre sábanas. A su lado, un piano y un dibujo japonés de un islote. Su habitación era nieve. Hice ruido tropezando con sus zapatos de cordones largos, pero ni parpadeó. Encendí una vela. Volví a mirar el piano, quise tocar una tecla. Busqué. Hay gente que necesita ver el mar. Yo necesito ver un arma, aunque esté quieta, sucia, descargada. Cuando mi esposo abrió un ojo yo le estaba apuntando. Se asustó tanto que no pudo soltar palabra. Matalo, dije. ¿Qué, a quién? Iiiiiiii, iiiiiiii. Matá al perro. ¿Por qué lo voy a matar? Porque está sufriendo. ¿Y?, dejalo en paz. ¿Vos me hablás en serio? Iiii, iiii. Mañana llamamos al veterinario, dijo y se puso de costado. ¿Llamar a quién? Matalo ahora, dale, dije, sacada. Pero ni se movió y roncó casi tan fuerte como los quejidos de Bloodie. Me quedé mirándolo dormir maravillada ante su enorme cobardía. Escopeta en mano recorrí la casa hasta el rincón de la cocina donde, torcido sobre un trapo roñoso, sollozaba de dolor. Apunté y sin pensar en nada, pero con actitud de soldado israelí, escuché en mi cabeza que me daban la orden. ¡Fuego! ¡Fuego, carajo!, y disparé el primer tiro de mi vida. LOS DÍAS DE LLUVIA en la ciudad la gente consume cine, teatro, restaurantes; en el campo, se cuentan anécdotas, creen que así combaten el sonido de hospital hhhh del calefactor en sus hogares. Tras la boda, iban sentados en el primer piso de un micro coche-cama. Viajaban vestidos como en la fiesta, con brillantina en el pelo y restos de papel picado en la ropa. Se habían sacado los zapatos, los de ella dentro de los de él. Iban de luna de miel al Sur, a una cabaña al borde de un lago. En el folleto decía «frente a un espejo». Ella dormía apoyada levemente en el hombro de su flamante esposo. Él miraba cómo la ruta se le venía encima. Y las marcas de las ruedas en el asfalto. Y las manchas de combustible. Y los animales aplastados hasta que sus cuerpos y el pelaje se funden con el pavimento. Y veía las nubes ya no rosadas sino grises. Hacía frío por el excesivo aire acondicionado, su esposa iba cubierta con su saco, el chofer tosía. La miró y se miró después en el reflejo de la ventanilla con el fondo de la noche rutera. En la estación de alguna ciudad bajó y la dejó dormida. Le pidió fuego al chofer que fumaba apoyado contra el capó caliente y se quedó soplando humo entre los pasajeros. Caminó por la estación mugrienta y vio que, apartados entre los micros, una familia entera comía agachada. Y que varios viejos dormían en una fila de bancos; quizá se preguntó si los viejos se conocían entre ellos. Y que toda una parte de la estación estaba a oscuras. No se lo habían dicho a nadie y el vestido con volados lo disimuló bien, pero estaba embarazada, embarazados, decía ella. En ese vientre iba mi futuro marido. Después vio que el cigarrillo del chofer ya pasaba la mitad y se alejó para que la vuelta fuera más larga. Llegó hasta una casilla de madera entre yuyos, pasó por detrás y abrió la bragueta, pero no salió nada. Estaba seco. Vio que más allá de la estación había un pueblo como fantasma. El chofer pisoteó la colilla, se sonó la espalda y él ahí corrió. Los micros no esperan. Subió la escalerita caracol con un hombre que debía tener su edad, pero que a él le pareció mucho más joven. Buscó su asiento ayudándose con las manos en el techo. Ella dormía como en una cama, la boca entreabierta, el hilo de baba tibia. Reproducía el gesto exagerado de toda embarazada, las manos sobre el vientre. Él se acomodó y otra vez se le vino la ruta encima. Y las cruces con los nombres de los muertos sobre la banquina. Y los basurales con sus cernícalos. Y los cables electrificados llevando y trayendo la luz. Y lloró todo el viaje. Primero, frente a la tierra revuelta de un descampado. Después, en una curva que daba al mar. Más tarde, al oír el galope del granizo sobre el techo. Lloró y lloró. Cuando el micro entró en el destino final, él miraba todavía el paisaje ahora diurno, sin haber dormido casi ni un solo segundo. Ella se desperezó, sonrió plena y dijo buen día, amor, sin soltar su vientre que contenía ya el germen del mío. Este es el relato que escuché del viaje de luna de miel de mis suegros. Esto es lo que quedará para su hijo y los hijos de sus hijos. Un perro que hace caca en un paraje y así, inclinado, mira un micro iluminar su mierda y dentro un hombre contra el vidrio, llorando.