Matate, amor
Mi Último Recuerdo del Embarazo es en…
MI ÚLTIMO RECUERDO DEL EMBARAZO es en Navidad, con toda la familia de mi marido presente venida de pueblos todavía más perdidos que este. Se me revolvía el estómago, mi bebé se movía a una velocidad poco normal, la gente cruzaba los dedos para no tener que salir corriendo a la maternidad y poder terminar de comer el pavo relleno con manzana. Yo estaba en el salón frente al fuego, no recuerdo haber hecho nada extraño que delatase mi desesperación. Hacía rato que contenía todo en un, yo pensé, progresivo pero sutil balanceo cuando, repentinamente, fui invitada a sentarme y «tomar algo fresco». No sé en qué momento el deseo de morir se ve amenazado por sentar el culo en la silla y tomar agua. Gracias, abuela, no se moleste; pero igual me sentaron e igual me trajeron el vaso con «agüita fresca». Este grupo de gente que vive a mi alrededor terminará por provocarme un ataque. Me gustaría tener de vecinos a Egon Schiele, Lucien Freud y Francis Bacon, así mi hijo podría crecer y desarrollarse intelectualmente viendo que el mundo al que lo traje es algo más interesante que este montón de casitas para nada. Apenas todo el resto se escapó a deshincharse a los cuartos y dormir la siesta, escucho a mi suegro pasear sobre la nieve con su nuevo tractor verde; pienso que, si pudiera linchar a toda mi familia para estar a solas un minuto con Glenn Gould, lo haría. Después lo vi sentado en su escritorio controlando los tickets de supermercado del mes. Releyó el precio de cada producto y verificó con la calculadora si eran correctos. Cuando terminó de hacer sus cómputos en su cuaderno de gastos mensuales, el velador ya no le servía para leer. Cenamos otra vez todos juntos; recuerdo ahora haberlo visto a contraluz, la imagen cansada de un hombre normal, creyéndose excepcional; después se lavó la prótesis de los dientes y se fue a acostar. ¿Y eso es un día vivido? ¿Eso es un ser humano viviendo un día de su vida? En su habitación hay un rifle y varios cartuchos en la mesita de luz. Yo siempre digo que no me van a matar en mi cama, comentaba. Si escucho ruidos, armo el fusil y bajo. Y si se hacen los malos, tiro. A los pies, no soy asesino, decía aspirando la saliva que siempre le quedaba atascada. Mi suegra me miró durante todo el día con aire afligido. Ya no sabía qué más hacer por mí cuando golpeó a la puerta de madrugada y entró tímida con otro vaso con agua y una pastillita verde y blanca. Gracias, dije, y apenas salió la tiré al fuego. No me gustan los efectos secundarios. No me gusta el concepto de antidepresión. Lo único que podía hacer en esos casos era abrazar mi vientre y esperar. El bebé dormía adentro envuelto entre mis tripas, ajeno a mí. Tampoco él me ayudaba en esos días. Ni bien terminó el ritual de las copitas alzadas y los buenos deseos, traté de huir de la vista de mi esposo que ya tiraba dardos al blanco en la terraza. Cada vez que erraba el tiro decía ¡uuuh! Después de atravesar el salón plagado de papeles de regalo, moñitos y cucharas, me acerqué a la pila de ropa para el nonato pero no llegué a acomodar nada. En cambio, caminé al bosque agotada por las contracciones. El dolor vuelve ahora y se me echa encima como un perro. Las preguntas de aquella Navidad me perforan con más fuerza que las descargas eufóricas de los cazadores. ¿Estuviste viendo ofertas de trabajo? ¿Piensan poner al chico en la guardería? ¿Están pudiendo pagar los impuestos? ¿Y el seguro médico? ¿Necesitan ayuda? Ya llegué. Solo en casos de emergencia bajo hasta acá de noche. Cómo puede mi suegro haber pasado la tarde de un 24 de diciembre releyendo los tickets y tener un fusil bajo la almohada. Cómo puede mi suegra hablar tan bajito, caminar con pasos tan cortos, ser tan modosita y ofrecerle un Prozac a una futura madre. Cómo pueden mi suegro y mi suegra dormir entre las mismas sábanas, acolchado y cubrecamas, entre las mismas paredes durante cincuenta años. Mi marido dejó las flechas y salió a buscarme en el terreno boscoso. Avanzo y me interno en el enjambre de troncos y hojas. Soy una, en mi cuerpo soy dos. Entre hileras de humo veo a un grupito de marginales o gitanos que acampa en el estanque nevado con una casa rodante tan precaria como la nuestra. Ahí los veo fumar y reír en otro idioma sobre la escarcha helada. Por la mañana, mis suegros se quejarán de las latas de cerveza y de las jeringas tiradas. Más allá están los panales de avispas de miel salvaje y un camino que lleva a la autopista. Después del diluvio aparecen enormes cantidades de hongos que ahora veo pudrirse. Quisiera que la primera palabra que diga mi hijo sea una palabra bella. Me importa más eso que su seguro médico. Y si no, que no hable. Que diga magnolia, que diga piedad, no mamá o papá, no agua. Que diga devaneo. Mi esposo me encontró saltando sobre un charco. Me dio vergüenza, dije que estaba lo más bien y volví al trote al hogar. MI PRIMER RECUERDO, ya con el bebé fuera de mí, es en la galería de mi casa. Cae la noche y empieza el declive, la agitación, un estado alterado. Me da miedo el daño que le pueda hacer al recién nacido y por eso me quedo en la silla de mimbre contando luciérnagas o la cantidad de veces que se oye el grito de algún animal. Sin ir a sentarme a la mesa cuando me llaman para comer, todavía restos del festejo navideño, ni frente a la chimenea cuando la familia se reúne como ahora. Oigo los tenedores entrando en las bocas, los escucho tragar mientras voy perdiendo la cabeza, pero ni siquiera sé si es así. Nadie lo sabe. Ni yo, ni mi hombre, menos un médico. Mi suegra es adicta, estornudo y ya quiere llamarlos. Los ama, los idolatra. Creo que dice médico y se moja. No sé qué cree que puede hacer frente a un páncreas destruido. La cabeza se me hunde, se pierde en la orilla. Cuando me digne a entrar la comida estará fría en la mesada y habrá una nota de puño y letra: «Que cenes rico, te amo». Al final de la noche tengo tanta rabia acumulada que podría beber hasta el paro cardíaco o cometer un crimen. Eso me digo, pero no es verdad. No podría bajarme ni media botella. Esto son mis días, un atascamiento continuo. Una lenta perdición. Ahora mi suegra está sirviendo el postre, la cuchara raspa el fondo del bol. Peras al coñac, o al chocolate. La gente ya no se pregunta por qué no me siento con ellos. Por qué ya no comparto la cama, ni la mesa, ni el baño. A veces salgo a dar patadas al aire; seguiría aunque descubriera que mis suegros me espían desde la ventana. Ya conté tres luciérnagas y debe haber más. Desde acá fuera me doy cuenta y por eso no entro. La muerte está presente en el fuego, en la alfombra, en las cortinas, en el aire encerrado de los muebles de campo y en la vajilla de plata. En el jarrón sin flores. La muerte exuda de los paraguas apilados cerca de la puerta. Me acuesto y me levanto tantas veces que no sé cuándo ocurrió cada una. El bebé es tan chiquito que se pierde entre las sábanas, como un pez diminuto. Todos vestirán de negro, incluso los niños. Esta noche me asusta, pondría a Glenn Gould de fondo pero a mi esposo la música clásica lo duerme, me palma, amor, dice. Que mi suegro haya muerto mientras dormía no hizo más que agravar mi suerte. Siento el cielo como un telón de pana que no me deja ver. Yo lo intento miles de veces y cada vez se cierra más. Y su última frase antes de acostarse, «mi nieto seguirá mis pasos», de intrascendente espíritu épico, tampoco me ayuda mucho. Frente a su tumba vi con extrema nitidez sus dientes. Siempre le dolían o se los estaba limpiando con cepillito mientras te hablaba. Algunos pocos lagrimeaban detrás. Otros se sentían en la obligación de respetar una distancia prudente con la fosa. Ya está. Ya es un hombre que pasó. Listo. Como un caballo por un pueblo donde nadie recuerda el retumbar del animal. Ya está. Ya fue. Ahora a intentar vender a buen precio su hermosa colección de rifles. Yo abrazo a mi hombre mientras el bebé recién nacido le sonríe a las tumbas. Pensé en mi suegra mientras abría la casa para airearla. Tirando los anteojos. Oliendo a su querido en el respaldo de la silla mecedora donde dormitaba. Mi suegrita. Cocinando de ahora en más en las mismas sartenes donde le hacía sus huevos fritos y su arroz. Regalando las medias de su esposo entre los vecinos. Mientras lo bajan en su ataúd la veo yendo del baño a la cama, escuchándolo hablar, toser, roncar. Su camisón deja ver sus pezones azules, oscuros, sus tobillos abultados. Mi suegra con la mano en la boca, abrazada al orinal de su marido. Y después mi suegra en cámara lenta, una anciana agitada al abrir una puerta corrediza o al cerrar una ventana. Ella le cuenta a la familia que antes de morirse su amor la agarró muy fuerte de la mano, pero que después el médico le dijo que fue solo un acto reflejo. Ahí fue que me sentí cerca de ella por primera vez.