Matate, amor
Apática y en Short Amarillo en el…
APÁTICA Y EN SHORT AMARILLO en el asiento trasero, bolso de viaje en mano, cara de maniática para ir practicando, subía y bajaba las cejas. Actuar normal y, de pronto, sin razón, quedarme estática mirando fijo. Aprender también a mirar a los ojos con absoluta atención, pero que se note que en realidad estoy transcurriendo una realidad paralela. Tengo que dar con el perfil de Zelda Fitzgerald camino a Suiza, no precisamente a comer chocolates ni probar relojes. O no. Con las rodillas en alto devoro la ruta, el camino sinuoso. Muerdo la ventanilla. Mi marido me hace el gesto de que pare por el espejo retrovisor. Hace el gesto de que ayer ya lo discutimos y estuvimos de acuerdo en que era lo mejor. Para los tres. Mi cura se aproxima, la veo venir. Un espeso espejo nos separa, ella y yo, la que seré al salir. Largo una risotada, mi hijo se da vuelta y me mira intrigado. Sí, es su madre la que ríe. Flor de imbéciles. Hijo y padre. Al unísono. Paridos por la misma mujer. Estoy rota y descosida. Llevo zapatillas sin cordones y el shorcito se me cae. En mi bolso hay un anotadorcito de colores, ¿qué podría anotar ahí más que imágenes sin moraleja? La ruta está despejada, el servicio meteorológico anuncia buen tiempo para el fin de semana, dice mi marido, vas a poder descansar al sol. El auto sube sin problema las colinas. Le hizo el control técnico para poder llevarme, debería haberme escapado con una aguja y pinchado las gomas por la noche. Tenemos gasolina para ir hasta Rusia, ida y vuelta por la nieve sucia concentrada en las banquinas. La novela empieza así. El personaje que va detrás es llevado lejos, parece sumisa en su short y su pelo recogido, casi una colegiala, pero en realidad ahuyenta perros y tiene los ojos heridos de bala. Pero, en realidad, ve los árboles girar acelerados por el movimiento del auto. Se imbrican, se entrelazan, todos son uno. No árboles sino un sentimiento exaltado, la boca mareada, en falta. Arriba, bajo la tierra, por todos lados, en el aire. Algo falta. La mirada de mis hombres son patadas en las costillas, los dos canturrean love me, love me, say that you love me, yo los tapo con Mozart K. 334. ¡Llegamos!, dice. Un bloque de piedras irregulares con chimenea será mi hogar. Voy a desayunar tostaditas con mermelada casera de ciruela hecha por una banda de alterados. Como yo. Voy a trabajar en la huerta y en talleres de manualidades y voy a dormir en un colchón estrecho, mis vecinos de cama van a tener pesadillas. Como yo. Voy a caminar entre colillas no terminadas. En pleno auge de mi vida, caída libre. Voy a revivir muertos, en eso voy a ocupar mi mente, los haré saltar la valla como ovejitas. Adiós a la morbosa ansiedad sexual. Bajamos del auto los tres con aspecto de turistas abombados. Pienso que nos van a mostrar las instalaciones, piscina, sala de juegos, comedor. Pienso que estoy de luna de miel, como las otras. En cambio, alguien me estira los brazos, me aprieta fuerte. Bienvenida, y me empuja con suavidad. Y veo cómo mi hijo y mi marido, hasta hace nada junto a mí, dicen chau chau linda, con la mano. Y todo pasa tan rápido, escucho el motor, ya ruedan por las colinas, ya cantan otro tema. Giro. Un pasillo de puertas cerradas, alguien me hace avanzar y me interna.