Médico, El
El Largo Viaje
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
El invierno llegó a Tryavna tres días después que Rob. Comenzó a nevar durante la noche, y los dos días siguientes alternaron entre una amarga cellisca empujada por el viento y gordos copos que flotaban, semejantes a dulces caídos del cielo. Cuando dejó de nevar, le dieron una gran pala de madera y ayudó a quitar los montones de nieve acumulada ante todas las puertas. Se había puesto un sombrero judío de cuero, que encontró en una percha del establo. Por encima de él, las acechantes montañas brillaban blancas bajo el sol, y el ejercicio en medio del aire frío le infundió optimismo. Cuando terminó de quitar la nieve, no tenía otro trabajo y estaba autorizado a ir a la casa de estudios, un edificio de madera en el que se colaba el frío, combatido por un lamentable fuego simbólico tan inadecuado que no era raro que se olvidaran de alimentarlo. Los judíos estaban sentados alrededor de unas mesas rústicas y estudiaban hora tras hora, discutiendo en voz alta, a veces ásperamente.
Llamaban la Lengua a su idioma. Simon le explicó que era una mezcla de hebreo y latín, además de algunas expresiones de los países por los que pasaban o en los que vivían. Un idioma apto para las controversias: cuando estudiaban juntos se lanzaban constantemente palabras los unos a los otros.
—¿Sobre qué discuten? —preguntó Rob a Meir, sorprendido.
—Puntos de la ley.
—¿Dónde están sus libros?
—No usan libros. Quienes conocen las leyes las han memorizado de tanto oírlas en labios de sus maestros. Quienes aún no las han memorizado, las aprenden prestando mucha atención. Siempre ha sido así. Existe la Ley escrita, por supuesto, pero sólo para ser consultada. Todo hombre que conoce la Ley Oral es un maestro de interpretaciones legales según se las haya enseñado su maestro, y hay una multitud de interpretaciones porque hay una multitud de maestros. Por eso discuten. Cada vez que debaten, aprenden un poco más acerca de la ley.
Desde el primer momento, en Tryavna lo llamaron Mar Reuven, traducción hebrea de Master Robert. Mar Reuven, el Cirujano Barbero. El tratamiento de Mar lo apartaba de ellos tanto como todo lo demás, pues entre sí se decían Reb, en señal de respeto y de que se tenían por eruditos, aunque en rango inferior al rabbenu. En Tryavna sólo había un rabbenu.
Eran gentes extrañas, diferentes de él tanto en su aspecto como en sus costumbres.
—¿Qué le pasa a su pelo? —preguntó a Meir un hombre al que llamaban Reb Joel Levski el Vaquero. Rob era el único de la casa de estudios que no llevaba peoth, los bucles ceremoniales rizados sobre las orejas.
—Porque no sabe cómo hacerlo. Es un goy, un Otro —explicó Meir.
—Pero Simon me ha dicho que ese Otro está circuncidado. ¿Cómo es posible? —indagó Reb Pinhas ben Simeon el Lechero.
Meir se encogió de hombros.
—Un accidente —dijo—. Lo he hablado con él. No tiene nada que ver con el contrato de Abraham.
Durante unos días, todos miraban a Mar Reuven. A su vez, él los miraba, porque le parecían más que extraños con sus sombreros, sus bucles, sus barbas tupidas, su ropa oscura y sus costumbres paganas. Estaba fascinado por sus hábitos durante la oración. Entonces los veía muy individualizados.
Meir se ponía el taled pudorosa y discretamente. Reb Pinhas desplegaba su tallit y lo sacudía casi arrogantemente, sosteniéndolo frente a sí por dos esquinas, y levantando los brazos y con un movimiento de muñecas lo hacía ondular sobre su cabeza, para echárselo por último a los hombros con la suavidad de una bendición.
Cuando Reb Pinhas oraba, oscilaba atrás y adelante con el apremio de su deseo de enviar sus suplicas al Todopoderoso. Meir se balanceaba suavemente cuando recitaba las oraciones. Simon se mecía a un ritmo intermedio concluyendo cada movimiento hacia adelante con un leve estremecimiento y una ligera sacudida de cabeza.
Rob leía y estudiaba su libro y a los judíos, comportándose de manera muy semejante al resto de ellos como para seguir siendo una novedad.
Durante seis horas diarias —tres horas después de los maitines, que llamaban shaharit, y tres después de las vísperas, que llamaban ma'ariv—, la casa de estudios estaba atestada, pues casi todos estudiaban antes y después de concluir la jornada de trabajo con la que se ganaban la vida.
Entre esos dos períodos, sin embargo, la sala permanecía relativamente tranquila, con una o dos mesas ocupadas por estudiosos de dedicación plena. Poco después de su llegada se sentaba entre ellos, cómodo y sin llamar la atención, ajeno al barboteo judío mientras trabajaba en el Corán parsi, empezando a hacer auténticos progresos.
Cuando llegó el sábado, se ocupó de atender los fuegos. Ése fue su día de trabajo más pesado desde que había estado quitando la nieve, aunque le resultó tan fácil que logró estudiar durante una parte de la tarde. Dos días después ayudó a Reb Elia el Carpintero a poner travesaños nuevos en unas sillas. No realizó otras tareas y pudo entregarse al estudió del parsi, hasta que, hacia el final de su segunda semana en Tryavna, la nieta del rabbenu Rohel, le enseñó a ordeñar. La chica tenía la piel blanca y largos cabellos negros que llevaba trenzados alrededor de su cara en forma de corazón, su
boca era pequeña, con un abultamiento muy femenino del labio inferior.
Una minúscula marca de nacimiento adornaba su cuello, y sus grandes ojos pardos siempre parecían posados en Rob.
Mientras estaban en la vaquería, una vaca muy torpe que, al parecer creía ser un toro, montó sobre otra y comenzó a moverse como si tuviese pene y la hubiese penetrado.
A Rohel se le subieron los colores a la cara, pero sonrió y soltó una risilla.
Sin dejar de sonreír, se inclinó hacia adelante en su taburete, apoyó la cabeza contra el tibio flanco de una vaca lechera y cerró los ojos. Con la falda tensa, se estiró con las rodillas separadas y aferró los gruesos pezones, que pendían debajo de las hinchadas ubres. Presionó suavemente los dedos uno a uno. Cuando la leche tamborileó en el cubo, Rohel respiró hondo y suspiró. Asomó su lengua sonrosada entre sus labios húmedos, abrió los ojos y miró a Rob.
Rob estaba a solas en la sombreada tiniebla del establo, sosteniendo una manta que olía penetrantemente a Caballo y era apenas un poco mayor que un taled. Con un veloz movimiento envió la manta por encima de su cabeza y la echó sobre sus hombros tan elegantemente como si del tallit de Reb Pinhas se tratara. Con la repetición, adquirió soltura suficiente como para acomodarse el taled. El ganado mugía mientras practicaba el balanceo de la oración, tranquilo pero resuelto. Para orar prefería emular a Meir y no a devotos más enérgicos, como Reb Pinhas.
Ésa era la parte más fácil. Le llevaría más tiempo dominar su idioma, complejo y de sonidos extraños, sobre todo porque estaba haciendo un esfuerzo extraordinario para aprender el persa.
Eran gentes de amuletos. En el tercio superior de la jamba derecha de las puertas de todas las casas había clavado un tubito de madera al que daban el nombre de mezuzah. Simon le explicó que cada tubo contenía un diminuto pergamino arrollado en cuya cara delantera aparecían trazadas, en letras asirias cuadradas, veintidós líneas del Deuteronomio, 6 : 4-9 y 11 : 13-21; en el dorso figuraba la palabra Shaddai, que quería decir «Todopoderoso».
Como Rob había observado durante el trayecto, todas las mañanas, excepto la del sábado, los adultos de sexo masculino se ataban dos
pequeñas cajas de cuero, una en el brazo y otra en la cabeza. Dichas cajas se llamaban tefillin y contenían fragmentos de su libro sagrado, la Torá; la caja de la frente estaba destinada a la mente y la otra, sujeta al brazo, al corazón.
—Lo hacemos para obedecer las instrucciones del Deuteronomio—dijo Simon—: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu Corazón... Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos.»
La dificultad consistía en que Rob no podía saber, mediante la simple observación, cómo se ponían los judíos el tefillin. Tampoco podía pedirle a Simon que se lo enseñara, pues habría llamado la atención que un cristiano quisiera aprender un rito de la fe judía. Logró contar diez vueltas del cuero alrededor de los brazos, pero lo que hacían en la mano era complicado, pues pasaban la tira de cuero entre los dedos de una manera especial que nunca logró dilucidar.
De pie en el frío establo penetrado de olor dulzón, envolvió su brazo izquierdo con un trozo de cuerda vieja, pero lo que hacía con la cuerda en la mano y los dedos nunca adquirió el menor sentido.
No obstante, los judíos eran maestros naturales y aprendía algo nuevo todos los días. En la escuela parroquial de St. Botolph, los sacerdotes le habían enseñado que el Dios del Antiguo Testamento era Jehová. Pero cuando él lo nombró, Meir meneó la cabeza.
—Debes saber que para nosotros, Dios nuestro Señor, bendito sea, tiene siete nombres. Éste es el más sagrado. —Con un trozo de carbón de leña de chimenea dibujó en el suelo de madera, escribiendo la palabra en parsi y la Lengua: Yahvé—. Nunca debe pronunciarse, porque la identidad del Altísimo es inefable. Los cristianos lo pronuncian mal, como has hecho tú.
O sea que el nombre no es Jehová, ¿entendido?
Rob asintió.
De noche, en su lecho de paja, repasaba palabras y costumbres nuevas, y antes de que el sueño lo venciera recordaba una frase, un fragmento de una bendición, un gesto, una pronunciación, una expresión de éxtasis en un rostro durante la oración, y lo almacenaba en su mente para cuando llegara el día en que lo necesitara.
—Debes mantenerte apartado de la nieta del rabbenu —dijo Meir, ceñudo.
—No tengo interés por ella.
Habían transcurrido unos días desde que hablaran en la vaquería, y no había vuelto a acercarse a ella. En verdad, la noche anterior había soñado con Mary Cullen, y al alba despertó con los ojos ardientes, atónitos, tratando de recordar los detalles del sueño.
Meir asintió y desarrugó la cara.
—Bien. Una de las mujeres notó que ella te observaba con mucho interés y se lo dijo al rabbenu. Él me pidió que hablara contigo. —Meir se apoyó el índice en la nariz—. Una palabra serena a un hombre sensato vale más que un año de súplicas a un tonto.
Rob estaba alarmado, perturbado, pues debía permanecer en Tryavna para estudiar las costumbres de los judíos y el parsi.
—Yo no quiero tener problemas por una mujer.
—Claro que no. —Meir suspiró—. El problema es la chica, que ya debería estar casada. Desde la infancia ha estado prometida a Reb Meshullum ben Moses, el nieto de Reb Baruch ben David. ¿Conoces a Reb Baruch? ¿Un hombre alto y delgado? ¿De cara larga? ¿De nariz angosta y puntiaguda? ¿Que se sienta más allá del fuego en la casa de estudios?
—Ah, sí. Un anciano de ojos feroces.
—Ojos feroces porque es un feroz erudito. Si el rabbenu no fuese el rabbenu, Reb Baruch ocuparía su puesto. Siempre fueron estudiosos rivales e íntimos amigos. Cuando sus nietos eran bebés, acordaron su matrimonio con gran júbilo, para unir a las dos familias. Luego tuvieron una terrible disputa que puso fin a su amistad.
—¿Por qué disputaron? —preguntó Rob, que empezaba a sentirse tan cómodo en Tryavna como para gozar de algún chismorreo.
—Sacrificaron un toro joven en sociedad. Ahora bien; debes comprender que nuestras leyes del kashruth son antiguas y complicadas, con reglas e interpretaciones acerca de cómo deben y no deben ser las cosas. En el pulmón de la res se descubrió una mancha insignificante. El rabbenu citó precedentes según los cuales esa mancha podía pasarse por alto, pues en
modo alguno estropeaba la carne. Reb Baruch citó otros precedentes indicativos de que la carne estaba echada a perder por causa de la mancha, y que no podía comerse. Insistió en que a él le asistía la razón y se ofendió con el rabbenu por haber puesto en duda sus conocimientos.
»Discutieron hasta que el rabbenu perdió la paciencia. «Cortemos al animal por la mitad —propuso—. Yo cogeré mi porción y que Baruch haga lo que quiera con la suya.»
»Cuando llevó la mitad del toro a casa, tenía la intención de comérselo.
Pero después de meditar, se lamentó: “¿Cómo puedo comer la carne de este animal? ¿Una mitad está en la basura de Baruch y yo debo comerme la otra mitad?” A continuación, también arrojó su mitad de la res a la basura.
»Después de lo ocurrido, se oponían constantemente. Si Reb Baruch decía blanco, el rabbenu decía negro; si el rabbenu decía carne, Reb Baruch decía leche. Cuando Rohel tenía doce años y medio, la edad en que sus mayores debían haber empezado a hablar seriamente sobre la boda, las familias no movieron un dedo porque sabían que cualquier reunión culminaría con una rencilla entre ambos ancianos. Entonces el joven Reb Meshullum, el novio en ciernes, hizo su primer viaje de negocios al extranjero con su padre y otros hombres de la familia. Viajaron a Marsella con un surtido de teteras de cobre y allí permanecieron casi un año, traficando y obteniendo buenos beneficios. Contando el tiempo que tardaron en los viajes, estuvieron fuera dos años, hasta que regresaron el verano pasado, trayendo un cargamento de finísima ropa francesa bien confeccionada. Y todavía las dos familias, distanciadas por los abuelos, siguen sin concretar el matrimonio.
»Ahora es del dominio público que la infortunada Rohel puede considerarse una agunah, una esposa abandonada. Tiene pechos pero no da de mamar a ningún bebé; es una mujer pero no tiene marido, y todo esto se ha convertido en un escándalo mayúsculo.
Coincidieron en que sería mejor que Rob evitara la vaquería durante las horas de ordeño.
Estaba bien que Meir le hubiese hablado, pues no sabía qué podría haber ocurrido si no le hubiese hecho ver claramente que la hospitalidad incondicional de los judíos no incluía el disfrute de sus mujeres. Por la
noche sufrió torturadas y voluptuosas visiones de muslos largos y plenos, cabellos rojos y pechos pálidos con pezones como bayas. Estaba seguro de que los judíos tenían una oración para pedir perdón por la simiente derramada —tenían una para todas las cosas—, pero él no sabía ninguna y ocultó la evidencia de sus poluciones debajo de paja fresca, e intentó dedicar todas sus energías al trabajo.
Era difícil. A su alrededor reinaba una hormigueante sexualidad estimulada por la religión. Consideraban una bendición especial hacer el amor la víspera del sábado, por ejemplo, lo que tal vez explicaba por que les gustaba tanto el final de la semana. Los jóvenes hablaban libremente de esos temas; así, murmuraban acerca de si una esposa era intocable. A los matrimonios judíos se les prohibía copular durante doce días después del inició de la menstruación, o siete días después de su término. La abstinencia no terminaba hasta que la esposa se purificaba mediante la inmersión en el pozo ritual, que se llamaba mikva.
Se trataba de un aljibe bordeado de ladrillos, en una caseta de baños levantada sobre un manantial. Simon le contó a Rob que para que fuese ritualmente correcta, el agua del mikva debía provenir de una fuente natural o del río. El mikva era para la purificación simbólica, no para la higiene.
Los judíos se bañaban en casa, pero todas las semanas, antes del sábado, Rob se sumaba a los varones en la caseta de baño, que sólo contenía el aljibe y un gran fuego rugiente, en un hogar redondo sobre el que colgaban calderos de agua hirviendo. Bañándose desnudos entre vapores y con el ambiente caldeado, competían por el privilegio de volcar agua sobre el rabbenu, mientras lo interrogaban sin parar.
—Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah! ¡Una pregunta, una pregunta!
La respuesta del Shlomo ben Elaiahu a cada cuestión era deliberada y reflexiva, llena de citas y precedentes eruditos, a veces traducidas por Simon Meir para Rob con excesivo detalle.
—Rabbenu, ¿está de verdad escrito en el Libro de los Consejos que todo hombre debe consagrar a su hijo mayor a siete años de estudios avanzados?
El rabbenu, en cueros, exploró meditativamente su ombligo, se tiró de una oreja, y enredó sus dedos largos y pálidos en su nívea barba.
—No está así escrito, hijos míos. Por un lado —dejó asomar el pulgar derecho—, Reb Hananel ben Ashi, de Leipzig, era de esa opinión. Por otro
—dejó asomar el pulgar izquierdo—, de acuerdo con el rabbenu Joseph ben Eliakim, de Jaffa, esto sólo se aplica a los primogénitos varones de sacerdotes y levitas. Pero —empujó hacia ellos el vapor con ambas palmas
— esos dos sabios vivieron hace cientos de años. Hoy somos hombres modernos, entendemos que el aprendizaje no sólo corresponde al primer nacido, porque eso equivaldría a tratar a los demás hijos varones como mujeres. Hoy estamos acostumbrados a que todos los jóvenes dediquen su decimocuarto, decimoquinto y decimosexto año al estudio avanzado del Talmud, de doce a quince horas diarias. Después, los pocos que sean llamados pueden dedicar su vida a los estudios, en tanto los demás pueden entrar en los negocios y estudiar sólo seis horas diarias a partir de entonces.
Bien. La mayoría de las preguntas que le eran traducidas al Otro, no correspondían a la índole que hacía palpitar su corazón y ni siquiera, en realidad, mantenían su atención constante. Sin embargo, Rob disfrutaba del viernes por la tarde en la caseta de baños, y nunca en su vida se había sentido tan cómodo entre hombres desnudos. Quizá esto tuviera algo que ver con su miembro circunciso. Si hubiese estado entre sus paisanos, esa particularidad habría dado lugar a groseras miradas, burlas, preguntas y especulaciones obscenas. Una flor exótica que crece sola es una cuestión, pero otra muy distinta cuando está rodeada por todo un campo de flores de configuración similar.
En la caseta de baños, los judíos eran pródigos a la hora de alimentar el fuego, y a Rob le gustaba la combinación de humo de madera y humedad vaporosa, la picazón del fuerte jabón amarillo cuya manufactura era supervisada por la hija del rabbenu, y la cuidadosa mezcla de agua hirviendo con agua fría del manantial, a fin de crear una agradable tibieza para el baño.
Nunca iba al mikva, a fin de respetar la prohibición. Se contentaba con remolonear en la caseta llena de vapores, observando cómo cobraban ánimo los judíos para entrar en el aljibe. Musitando la bendición que acompañaba el acto, o cantándola en voz alta, según su personalidad, bajaban los seis
húmedos peldaños que llevaban a las aguas, que eran profundas. Cuándo éstas les cubrían la cara, soplaban vigorosamente o contenían el aliento, porque el acto de purificación exigía que se sumergieran totalmente, hasta que el último pelo de su cabeza estuviese mojado.
Aunque lo hubiesen invitado, nada habría convencido a Rob de que entrara en el gélido y oscuro misterio del agua, un espacio de la religión judía.
Si el Dios al que llamaban Yahvé existía verdaderamente, quizá sabía que Rob Cole tenía pensado hacerse pasar por uno de sus hijos.
Sentía que si entraba en las inescrutables aguas, algo tironearía de él hacia un mundo que estaba más allá, donde se conocían todos los pecados de su infame plan, y donde las serpientes hebreas roerían su carne, y donde tal vez se viera personalmente castigado por Jesús.
30
EL INVIERNO EN LA CASA DE LOS ESTUDIOS
Esa Navidad fue la más extraña de sus veintiún años de vida. Barber no lo había educado como un auténtico creyente, pero el ganso y el budín, el mordisqueo al queso con manteca de cerdo, las canciones, el brindis, la palmada festiva en la espalda... eran parte integrante de él, y aquel año sintió una profunda soledad. Los judíos no pasaron por alto ese día por mala fe: Jesús no pertenecía a su mundo, sencillamente. Sin duda Rob podría haber encontrado una iglesia, pero no la buscó. Curiosamente, el hecho de que nadie le deseara feliz Navidad, le infundió un sentimiento cristiano como jamás lo había experimentado.
Una semana después, en el amanecer del año de Nuestro Señor 1032, tumbado en su lecho de paja pensó en qué se había convertido, y a dónde lo llevaría eso. En sus andanzas por la Isla Británica se había creído un gran viajero pero ya había recorrido una distancia mayor que la que abarcaba todo su suelo natal, y aún se extendía ante él un interminable mundo desconocido.
¡Los judíos celebraron ese día, pero porque había luna nueva, no porque comenzase un nuevo año! Se enteró, perplejo, que según su impío
calendario promediaba el año 4792.
Aquél era un país de nieves. Dio la bienvenida a cada nevada, y en breve fue un hecho aceptado que después de cada tormenta el robusto cristiano, con su gran pala de madera, realizara el trabajo de varios hombres corrientes. Aquella era su única actividad física. Cuando no estaba quitando nieve aprendía parsi. Ya se hallaba lo bastante adelantado como para poder pensar lentamente en la lengua de los persas. Algunos judíos de Tryavna habían visitado Persia, y siempre que pescaba a alguno, Rob le hablaba en parsi.
—El acento, Simon. ¿Cómo va mi acento? —preguntó, irritando a su profesor.
—El persa que quiera reírse, se reirá —le espetó Simon—, porque para ellos tú serás un extranjero. ¿O esperas un milagro?
Los judíos presentes en la casa de estudios intercambiaron sonrisas por lo bobo que era aquel goy gigantesco. «Que sonrían», pensó; él los consideraba un objeto de estudio más interesante que él para ellos. Por ejemplo, en seguida supo que Meir y su grupo no eran los únicos forasteros en Tryavna. Muchos de los que iban a la casa de estudios eran viajeros que esperaban a que amainaran los rigores del invierno balcánico. Para su sorpresa, Meir le dijo que ninguno pagaba una sola moneda a cambio de más de tres meses de comida y albergue.
—Éste es el sistema que permite a mi pueblo comerciar entre una y otra nación —explicó—. Ya has visto lo difícil y peligroso que es viajar por el mundo, pero todas las comunidades judías envían mercaderes al exterior. Y
en cualquier población judía de cualquier tierra, cristiana o musulmana todo viajero judío es recibido por los judíos, que le dan comida y vino, un lugar en la sinagoga, un establo para su caballo. Todas las comunidades tienen hombres en lugares del extranjero, sustentados por otros judíos. Y el año venidero, el anfitrión será huésped.
Los forasteros encajaban rápidamente en la vida de la comunidad, hasta el punto de disfrutar con las comidillas locales. Así fue como una tarde, en la casa de estudios, mientras conversaba en lengua persa con un judío de Anatolia llamado Ezra el Herrador —¡cotilleos en parsi!—, Rob se enteró
de que a la mañana siguiente tendría lugar una dramática confrontación. El rabbenu hacía las veces de shohet, matarife de la comunidad. En efecto, sacrificaría dos bestias jóvenes de su ganado mayor. Un reducido grupo de los más prestigiosos sabios de la comunidad harían de mashgiot, o inspectores rituales, que se ocupaban de que durante la matanza se observara hasta el último detalle de su compleja ley. Y como mashgiah, durante el sacrificio, presidiría el antaño amigo y hogaño antagonista del rabbenu, Reb Baruch ben David.
Aquella noche Meir dio a Rob una lección sobre el Levítico. Estos era los animales que los judíos podían comer de entre todos los que habitaba la tierra: cualquiera que rumia y tiene la pezuña hendida, incluyendo oveja, vaca, cabra y venado. Entre los animales treif —no kasher— estaban los caballos, burros, camellos y cerdos.
De las aves, estaban autorizados a comer palominos, gallinas, palomas domésticas, patos domésticos y gansos domésticos. Entre los seres alados prohibidos estaban las águilas, avestruces, buitres, milanos, cuclillos, cisnes, cigüeñas, búhos, pelícanos, avefrías y murciélagos.
—En mi vida he paladeado una carne tan sabrosa como la de un polluelo de cisne primorosamente mechado, envuelto en cerdo salado y luego asado lentamente al fuego.
Meir parecía ligeramente asqueado.
—Aquí no lo comerás —dijo.
El día siguiente amaneció claro y frío. La casa de estudios estaba casi desierta después del shaharit, la primera oración ritual, por la mañana, pues muchos se acercaron al corral del rabbenu para presenciar la shehitah, la matanza ritual. El aliento de los asistentes formaba pequeñas nubes que flotaban en el aire quieto y helado.
Rob estaba con Simon. Se produjo una leve agitación cuando llegó Reb Aruch ben David con el otro mashgiah, un anciano encorvado, de nombre Reb Samson ben Zanvil, cuyo rostro era adusto y resuelto.
—Es mayor que Reb Baruch y que el rabbenu, aunque no tan docto susurró Simon—. Ahora teme quedarse atrapado entre ambos si se plantea
una disidencia.
Los cuatro hijos del rabbenu condujeron al primer animal desde el establo: un toro negro de lomo oscuro y pesados cuartos traseros.
Mugiendo, el toro agitó la cabeza y pateó el suelo. Tuvieron que pedir ayuda a los mirones para dominarlo con cuerdas, mientras los inspectores examinaban cada milímetro de su cuerpo.
—La más mínima herida o rasguño en la piel lo descalificará como animal de carne —dijo Simon.
—¿Por qué?
Simon lo miró, fastidiado.
—Porque lo dice la ley —respondió.
Finalmente satisfechos, condujeron al toro a un pesebre lleno de dulce heno. El rabbenu cogió una larga cuchilla.
—Fíjate en el extremo romo y cuadrado de la cuchilla —dijo Simon—.
No tiene punta, para evitar la posibilidad de que rasgue el pellejo del animal. Pero la cuchilla está afilada como una navaja.
Seguían observando en medio del frío, pero nada ocurría.
—¿Qué están esperando? —susurró Rob.
—El momento exacto, porque el animal tiene que estar inmóvil en el instante del corte mortal —explicó Simon—, pues de lo contrario no sería kasher.
Y mientras lo decía, la cuchilla centelleó. Un solo golpe limpio cercenó el gaznate y, con él, la traquea y las arterias carótidas. A continuación brotó un chorro rojo y el toro perdió el conocimiento cuando se cortó el suministro de sangre en el cerebro. Los ojos se empañaron y el animal cayó de rodillas; al cabo de un instante, estaba muerto.
Se oyó un murmullo de complacencia entre los observadores, murmullo que se silenció de inmediato porque Reb Baruch había cogido la cuchilla y la estaba examinando.
Rob notó en su expresión un debate que tensó sus finos rasgos de anciano.
Baruch se volvió hacia su también anciano rival.
—¿Ocurre algo? —preguntó fríamente el rabbenu.
—Eso temo —dijo Reb Baruch, y procedió a mostrar, en mitad del borde cortante de la hoja, una imperfección, una ínfima muesca en el acero esmeradamente afilado.
Viejo y nudoso, con el rostro demudado, Reb Samson ben Zanvil esperó, seguro de que como segundo mashgiah sería solicitado su juicio, un juicio que no deseaba pronunciar.
Reb Daniel, padre de Rohel e hijo mayor del rabbenu, comenzó a vociferar:
—¿Qué clase de bobada es ésta? Todos saben con cuánto cuidado son afiladas las cuchillas rituales del rabbenu —dijo, pero su padre levantó la mano, exigiéndole silencio.
El rabbenu sostuvo la cuchilla a la luz y pasó un dedo experto por debajo mismo del filo. Suspiró, porque la muesca existía: un error humano que volvía ritualmente inadecuada la carne del animal.
—Es una bendición que tu mirada sea más afilada que la de esta hoja y continúe protegiéndonos, viejo amigo mío —se apresuró a decir, y todos se relajaron, como si liberaran el aliento largo tiempo contenido.
Reb Baruch sonrió. Se estiró y palmeó la mano del rabbenu. Ambos se miraron a los ojos un buen rato.
Luego, el rabbenu se volvió y llamó a Mar Reuven el Cirujano Barbero.
Rob y Simon dieron un paso al frente y escucharon atentamente.
—El rabbenu te pide que entregues esta res treif al carnicero cristiano de Gabrovo —dijo Simon.
Rob cogió su yegua, que estaba muy necesitada de ejercicios, y la ató al trineo chato sobre el que una serie de manos dispuestas cargaron al toro sacrificado. El rabbenu había utilizado una cuchilla aprobada para el segundo animal, que fue declarado kosher, y los judíos ya lo estaban desmembrando cuando Rob agitó las riendas y azuzó a Caballo para salir de Tryavna.
Fue a Gabrovo lentamente, experimentando un gran placer. La carnicería estaba donde le habían dicho: tres casas más abajo del edificio más
destacado de la ciudad, una posada. El carnicero era un hombre fornido y pesado, que con su cuerpo hacía honor a su oficio. La lengua no significó un obstáculo.
—Tryavna —dijo Rob, señalando el toro muerto.
La cara coloradota se deshizo en sonrisas.
—Ah, rabbenu —dijo el carnicero y asintió vivazmente.
Descargar el animal resultó difícil, pero el carnicero fue a una taberna y volvió con un par de ayudantes. Con cuerdas y esforzándose lograron descargar el toro.
Simon le había dicho a Rob que el precio era fijo y no habría regateo.
Cuando el carnicero le entregó una cantidad ínfima de monedas, Rob comprendió por qué sonreía entusiasmado, pues prácticamente había robado una excelente res, sólo porque en la cuchilla de la matanza había una insignificante muesca. Rob nunca entendería a la gente que, sin buenas razones, era capaz de tratar una carne estupenda como si fuese basura. La estupidez de aquel episodio lo cubrió de una especie de vergüenza; le habría gustado explicarle al carnicero que él era cristiano y no estaba emparentado con quienes se comportaban tan tontamente. Pero no pudo hacer otra cosa que aceptar las monedas en nombre de los hebreos y guardarlas en el bolsillo que llevaba a ese efecto, para salvaguardarlas.
Cerrado el negocio, fue directamente a la taberna de la posada cercana. El oscuro bodegón era largo y estrecho, más semejante a un túnel que a un salón, con su techo bajo ennegrecido por el humo del fuego, a cuyo alrededor holgazaneaban nueve o diez hombres, bebiendo. Una mesita estaba ocupada por tres mujeres que aguardaban, atentas. Rob las observó mientras bebía un aguardiente moreno sin refinar, que no fue de su agrado.
Las mujeres eran, obviamente, prostitutas de la taberna. Dos habían pasado la flor de la vida, pero la tercera era una rubia joven de expresión maliciosa y al mismo tiempo inocente. Captó el propósito de Rob en su mirada y le sonrió. Rob terminó la bebida y se acercó a la mesa.
—Supongo que no sabéis inglés—murmuró, acertadamente.
Una de las mayores dijo algo y las otras dos rieron. Pero Rob sacó una moneda y se la dio a la joven. Era toda la comunicación que necesitaban.
Ella se la embolsó y, sin decir palabra a sus compañeras, fue a buscar su capa, que colgaba de una percha.
Rob la siguió afuera, y en la calle nevada se encontró cara a cara con Mary Cullen.
—¡Hola! ¿Estáis pasando un buen invierno vos y vuestro padre?
—Estamos pasando un invierno espantoso —dijo Mary, y Rob observó que se le notaba. Tenía la nariz roja y una llaga fría en la tierna plenitud de su labio inferior—. La posada siempre está helada y la comida es pésima.
¿Es verdad que vivís con los judíos?
—Sí.
—¿Cómo podéis? —preguntó ella con una vocecilla suave.
Rob había olvidado el color de sus ojos y el efecto de su mirada lo desarmó, como si hubiera tropezado con unos aleteantes azulejos en la nieve.
—Duermo en un establo muy abrigado. La comida es excelente —
contestó, con enorme satisfacción.
—Mi padre me ha dicho que los judíos despiden un hedor particular que se llama foetor judaicus. Porque frotaron el cuerpo de Cristo con ajo después de matarlo.
—A veces todos olemos. Pero sumergirse de la cabeza a los pies todos los viernes es una de las costumbres de los judíos. Sospecho que se bañan con más frecuencia que el resto de los humanos.
Ella se ruborizó, y Rob comprendió que debía de ser difícil y raro obtener agua para bañarse en una posada como la de Gabrovo. Mary observó a la mujer que, pacientemente, esperaba a corta distancia.
—Mi padre dice que el que se aviene a vivir con judíos no puede ser un hombre cabal.
—Vuestro padre parecía simpático, pero quizá —dijo Rob reflexivamente
— sea un asno.
En ese mismo momento, cada uno echó a andar por su lado. Rob siguió a la rubia hasta una habitación cercana. Estaba desordenada y llena de ropa sucia de mujeres, y tuvo la sospecha de que convivía con las otras dos.
Mientras la mujer se desnudaba, Rob la observaba.
—Es una crueldad mirar tu cuerpo después de haber visto a la otra —dijo, sabiendo que ella no entendería una sola palabra de lo que decía—. Su lengua no siempre expresa mieles, pero... No es una beldad, exactamente, pero muy pocas mujeres pueden compararse a Mary Cullen en su porte.
La mujer le sonrió.
—Tú eres una puta joven pero ya pareces vieja —le dijo.
Hacía mucho frío y la mujer se despojó de su ropa y se metió rápidamente entre las mugrientas mantas de piel, no sin que antes él hubiera visto más de lo que hubiera preferido. Era un hombre que sabía apreciar el aroma a almizcle de las mujeres, pero de ella emanaba un hedor agrio. El vello de su cuerpo tenía aspecto duro y pegoteado, como si sus jugos se hubiesen secado y resecado incontables veces sin sentir la simple y honrada humedad del agua. La abstinencia había provocado tales ardores en Rob que se habría echado encima de ella, pero el breve vislumbre de su cuerpo azulado le permitió descubrir una carne ajada y apelmazada que no quería tocar.
—¡Maldita sea esa bruja pelirroja! —refunfuñó.
La mujer lo miró, desconcertada.
—Tú no tienes la culpa, muñeca —le dijo, mientras metía la mano en la bolsa.
Le dio más de lo que habría valido aunque hubiese intentado extraerle algún valor. La mujer metió las monedas bajo las pieles y las apretó contra su cuerpo. Rob ni siquiera había empezado a desvestirse; estiró su ropa, inclinó la cabeza ante ella y salió a tomar aire fresco.
A medida que avanzaba febrero, pasaba cada vez más tiempo en la casa de estudios, desentrañando detenidamente el Corán persa. Siempre lo asombraba la inexorable hostilidad del Corán hacia los cristianos y su amargo aborrecimiento de los judíos. Simon se lo explicó.
—Los primeros maestros de Mahoma fueron judíos y monjes siríacos cristianos. Cuando él informó por vez primera de que el arcángel Gabriel le había visitado, que Dios le había nombrado su profeta y le había dado instrucciones de fundar una religión nueva y perfecta, esperaba que sus viejos amigos lo siguieran en tropel, dando gritos de alegría. Pero los cristianos prefirieron su propia religión y los judíos, sobrecogidos y amenazados, se sumaron activamente a los que rechazaban las prédicas de Mahoma. No los perdonó en toda su vida, y habló y escribió sobre ellos injuriosamente.
Los conocimientos de Simon hacían que el Corán cobrara vida para Rob.
Ya iba por la mitad del libro y se afanaba en los estudios, sabedor de que en breve reanudarían el viaje. Al llegar a Constantinopla, él y el grupo de Meir seguirían caminos diferentes, lo que, además de separarlo de su maestro Simon, lo privaría del libro, y esto era más importante. El Corán desprendía insinuaciones de una cultura remota, y los judíos de Tryavna le daban a entender que iba a descubrir un estilo de vida diferente. De niño creía que Inglaterra era el mundo, pero ahora sabía que existían otros pueblos. En algunos rasgos eran semejantes, pero diferían en cuestiones importantes.
El encuentro en la matanza ritual había reconciliado a rabbenu con Reb Baruch ben David, y sus familias comenzaron de inmediato a planear la boda de Rohel con el joven Res Meshullum ben Nathan. El barrio judío era un hervidero de bulliciosa actividad. Los dos ancianos iban de un lado a otro, de buen humor, a menudo juntos.
El rabbenu regaló a Rob el viejo sombrero de cuero y le dejó para que estudiara, un artículo del Talmud. El libro hebreo de las leyes había sido traducido al parsi. Aunque Rob agradeció la posibilidad de ver la lengua persa en otro documento, el significado de ese texto estaba fuera de su alcance. El documento se ocupaba de una ley llamada shaatnez: aunque se permitía a los judíos usar lino y lana, no se les permitía mezclar ambas fibras, y Rob no podía entender por qué.
Cada vez que lo preguntó, su interlocutor manifestaba ignorarlo o se encogía de hombros y decía que era la ley.
Ese viernes, desnudo en la vaporosa caseta de baños, Rob reunió valor mientras los hombres rodeaban al sabio.
—Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah —gritó. («¡Una pregunta, una pregunta!») El rabbenu dejó de enjabonar la prominencia de su barriga, sonrió al joven extranjero y luego habló.
—Ha dicho: «Pregunta, hijo mío»—dijo Simon.
—Tenéis prohibido comer carne con leche. Tenéis prohibido usar lino con lana. La mitad del tiempo tenéis prohibido tocar a vuestras mujeres. ¿Por qué hay tantas cosas prohibidas?
—Para alimentar la fe —respondió el rabbenu.
—¿Por qué Dios impone exigencias tan extrañas a los judíos?
—Para separarnos de vosotros —dijo el rabbenu, pero sus ojos chispearon y no había malicia en sus palabras.
Rob bufó cuando Simon le echó agua en la cabeza.
Todos participaron cuando Rohel, nieta del rabbenu, contrajo matrimonio con Meshullum, nieto de Reb Baruch, el segundo viernes del mes de Adar.
Esa mañana, muy temprano, todos se reunieron a las puertas de la casa de Daniel ben Shlomo, padre de la novia. En el interior, Meshullum pagó por la novia el digno precio de quince piezas de oro. Se firmó el ketubah o contrato matrimonial, y Reb Daniel presentó una abultada dote, regalando el precio de la novia a la pareja y añadiendo otras quince piezas de oro, un carro y una yunta de caballos. Nathan, el padre del novio, dio a la afortunada pareja un par de vacas lecheras. Al salir de la casa, una radiante Rohel pasó junto a Rob como si éste fuera invisible.
Toda la comunidad escoltó a la pareja a la sinagoga, donde recitaron siete bendiciones bajo un toldo. Meshullum pisoteó un frágil cristal para ilustrar que la felicidad es transitoria y que los judíos no deben olvidar la destrucción del Templo. Después fueron marido y mujer y se inició un largo día de celebraciones. Un flautista, un pifanista y un tamborilero interpretaron música, y los judíos cantaron vigorosamente: Mi amado descendió a su huerto, a las eras de los aromas, para apacentar en los huertos y para coger los lirios. Simon le dijo a Rob que era un párrafo de las
Escrituras. Los dos abuelos extendieron sus brazos jubilosos, chasquearon los dedos, cerraron los ojos, echaron las cabezas hacia atrás y danzaron. Las celebraciones de la boda duraron hasta las primeras horas de la madrugada.
Rob comió demasiada carne y sabrosos pasteles, y bebió en exceso.
Aquella noche dio vueltas y vueltas en su camastro de paja, en la oscura calidez del establo, con la gata a sus pies. Recordó a la rubia de Gabrovo cada vez con menos asco, y se obligó a quitarse de la cabeza a Mary Cullen.
Pensó con resentimiento en el flacucho Meshullum, que en ese momento yacía con Rohel, y abrigó la esperanza de que sus prodigiosos conocimientos le permitieran apreciar tan buena fortuna.
Despertó mucho antes del alba y sintió, más que oyó, los cambios operados en su mundo. Después de volver a dormir y despertar y levantarse de la cama, los sonidos eran claramente audibles: un goteo, un tintineo, un torrente, un bramido que crecía de volumen a medida que el hielo y la nieve cedían y se unían a las aguas de la tierra abierta, barriendo las laderas montañosas y anunciando la llegada de la primavera.
31
EL TRIGAL
Cuando murió la madre de Mary Cullen, su padre le dijo que él guardaría luto a Jura Cullen por el resto de sus días. Mary dijo, de buena gana, que también ella llevaría luto riguroso y evitaría los placeres públicos, pero cuando el dieciocho de marzo se cumplió un año, comunicó a su padre que había llegado la hora de que volvieran a la rutina de la vida corriente.
—Yo seguiré yendo de negro—dijo James Cullen.
—Yo no —contestó ella, y él asintió.
Mary había llevado consigo todo el tiempo una pieza de paño de lana ligero, hilado con sus propios vellones, y averiguó infatigablemente hasta encontrar una costurera fina en Gabrovo. La mujer aceptó el trabajo cuando le transmitió qué quería, pero indicó que convenía teñir el paño —de un color natural indescriptible— antes de cortarlo. Las raíces de la planta rubia darían matices rojos, pero con sus cabellos la haría destacarse como un faro.
El centro de la madera de roble daría gris, pero después de su dieta de negro
el gris le parecía deprimente. La corteza de arce o de zumaque virarían al amarillo o el naranja, colores muy frívolos. Tendría que ser marrón.
—Toda mi vida he usado marrón cáscara de avellana —se quejó a su padre.
Al día siguiente él le llevó un pequeño bote con una pasta amarillenta, de tono semejante al de la mantequilla rancia.
—Es tintura, y escandalosamente cara.
—No es un color que yo admire —dijo ella prudentemente.
James Cullen sonrió.
—Ese color se llama añil o índigo. Se disuelve en agua y debes cuidar que no te toque las manos. Cuando se saca el paño húmedo del agua amarillenta, cambia de color en el aire y, a partir de ese momento, el tinte es rápido.
Produjo un paño azul marino, tan espléndido como nunca había visto otro; la costurera cortó y cosió un vestido y una capa. Mary estaba contenta con su nueva indumentaria, pero la dobló y la apartó hasta la mañana del diez de abril, día en que los cazadores volvieron a Gabrovo con la noticia de que ya estaba abierto el camino de la montaña.
A primera hora de la tarde, la gente que estaba esperando el deshielo en el campo comenzó a acudir deprisa a Gabrovo, el punto de partida hacia el gran desfiladero conocido como Portal de los Balcanes. Los proveedores instalaron sus mercancías y comenzaron a llegar las multitudes, vociferando su derecho a comprar provisiones.
Mary tuvo que darle dinero a la mujer del posadero para convencerla de que calentara agua al fuego en un momento tan ajetreado, y la subiera a las cámaras donde dormían las mujeres. Primero Mary se arrodilló, metió la cabeza en la cuba de madera y se lavó el pelo, ahora largo y recio como la lluvia invernal; luego se metió en cuclillas en la cuba y se frotó hasta quedar brillante.
Se vistió con la ropa recién hecha y fue a sentarse afuera. Mientras se pasaba un peine de madera por los cabellos, para que se secaran dulcemente bajo el sol, vio que la calle principal de Gabrovo estaba llena de carros y
caballos. Poco después, una numerosa partida de jinetes delirantemente borrachos atravesó la ciudad al galope, haciendo caso omiso de los estragos causados por los atronadores cascos de sus cabalgaduras. Un carro volcó cuando los caballos se espantaron, con los ojos blancos de terror. Mientras los hombres maldecían y luchaban para contener las riendas, y los caballos piafaban acobardados, Mary entró corriendo, antes de que se le secara el pelo.
Tenía sus pertenencias preparadas cuando apareció su padre con el sirviente Seredy.
—¿Quiénes eran esos hombres que pasaron tempestuosamente? —
preguntó.
—Se dan el nombre de caballeros cristianos —replicó fríamente su padre
—. Eran cerca de ochenta, franceses de Normandía que van en peregrinaje a Palestina.
—Son muy peligrosos, señora —dijo Seredy—. Usan cotas de malla pero llevan carros repletos de armaduras. Siempre están embriagados y —desvió la vista— abusan de las mujeres. No debéis moveros de nuestro lado, señora.
Mary le dio las gracias seriamente, pero la idea de tener que depender de Seredy y de su padre para que la protegieran de ochenta caballeros beodos y brutales, de no ser tan siniestra, le habría provocado una sonrisa.
La protección mutua era la mejor razón para viajar en una caravana numerosa, y en un abrir y cerrar de ojos cargaron los animales y los condujeron a un gran campo del límite este de la ciudad, donde se estaba reuniendo la caravana. Al pasar junto al carro de Kerl Fritta, Mary vio que éste ya había montado una mesa y hacía buenos negocios de reclutamiento.
Fue una especie de regreso al hogar, pues se acercaron a saludarlos muchas personas que habían conocido en la etapa anterior del viaje. Los Cullen encontraron su lugar hacia la mitad de la línea de marcha, pues muchos viajeros nuevos formaban fila detrás.
Todo el tiempo vigiló atentamente, pero era casi de noche cuando divisó al grupo que estaba esperando. Los mismos cinco judíos con quienes había
dejado la caravana, volvieron a caballo. Detrás vio a la pequeña yegua marrón. Rob J. Cole condujo el estrafalario carromato hacia ella, que repentinamente notó que el corazón se le saltaba del pecho.
Él tenía tan buen aspecto como siempre, y parecía contento de estar de vuelta. Saludó a los Cullen tan alegremente como si él y ella no se hubieran separado enfadados la última vez que se encontraron.
Cuando Rob terminó de atender a su yegua y entró en su campamento, Mary consideró un gesto de buena vecindad mencionar que a los mercaderes locales les quedaba muy poco para vender, por si anduviera escaso de provisiones.
Rob le dio las gracias amablemente, pero dijo que había comprado todo lo que necesitaba en Tryavna, sin la menor dificultad.
—¿Vos tenéis lo suficiente?
—Sí, porque mi padre fue de los primeros en comprar.
Le fastidiaba que él no hubiese mencionado todavía la capa y el vestido nuevos, aunque la estudió durante largo tiempo.
—Tienen el matiz exacto de vuestros ojos —dijo, finalmente.
Ella no estaba segura, pero lo interpretó como un cumplido.
—Gracias —dijo gravemente, y como su padre se aproximaba, se obligó a dar media vuelta para supervisar cómo montaba la tienda Seredy.
Transcurrió otro día sin que la caravana partiera, y en toda la línea de marcha se oían protestas. Su padre fue a ver a Fritta, y al volver dijo que el conductor de la caravana estaba esperando que partieran los caballeros normandos.
—Ya han causado muchos desmanes y Fritta prefiere, sensatamente, tenerlos delante para que no nos acosen por la retaguardia.
Pero a la mañana siguiente los caballeros seguían allí y Fritta decidió que ya habían esperado demasiado. Dio la señal de partida de la caravana hacia la larga y última etapa que los llevaría a Constantinopla; más tarde, la ola de movimiento llegó a los Cullen. El otoño anterior habían seguido a un joven matrimonio franco con dos hijos pequeños. La familia había pasado el invierno fuera de la ciudad de Gabrovo y tenía la declarada intención de
sumarse de nuevo a la caravana, pero no apareció. Mary sabía que algo terrible tenía que haberle ocurrido, y rogó a Cristo que protegiera a aquellas gentes. Ahora cabalgaba detrás de dos hermanos franceses obesos, que habían dicho a su padre que abrigaban la esperanza de hacer fortuna comprando alfombras turcas y otros tesoros. Mascaban ajo por razones de salud y, con frecuencia, se volvían en la silla para contemplar estúpidamente su cuerpo. A Mary se le ocurrió que, conduciendo su carro detrás, el joven cirujano barbero también debía de observarles, y de vez en cuando era lo bastante pícara para mover las caderas más de lo que exigían los movimientos del caballo.
La gigantesca culebra de viajeros se acercó sinuosamente al desfiladero que llevaba a través de las altas montañas. La escarpada ladera se perdía bajo la tortuosa huella hasta el centelleante río, hinchado por la fusión de las nieves aprisionadas durante todo el invierno.
Al otro lado del gran desfiladero se alzaban estribaciones que, gradualmente se transformaban en colinas onduladas. Esa noche durmieron en una vasta llanura de vegetación arbustiva. Al día siguiente, viajaron rumbo al sur y resultó evidente que el Portal de los Balcanes separaba dos climas singulares, porque una vez traspuesto el desfiladero, el aire era más suave y se volvía más cálido a medida que avanzaban.
Por la noche hicieron alto en las afueras de Gornya. Acamparon en una plantación de ciruelos, con permiso de los campesinos, que vendieron a algunos hombres un ardiente licor de ciruelas, además de cebollas tiernas y una bebida de leche fermentada, tan espesa que había que tomarla con cuchara. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mary oyó retumbar un trueno distante que, rápidamente, aumentó de volumen, y en breve los gritos salvajes de unos hombres se integraron en el estruendo.
Cuando salió de la tienda, vio que la gata blanca había salido del carromato del cirujano barbero y estaba paralizada en el camino. Los caballeros franceses pasaron como demonios en una pesadilla, y la gata se perdió en una nube de polvo, aunque no antes de que Mary viera lo que habían hecho los primeros cascos. No tuvo conciencia de haber gritado,
pero supo que corrió a toda velocidad hacia el camino antes de que se asentara el polvo.
Señora Buffington ya no era blanca. La gata yacía pisoteada en el polvo, y Mary levantó su pobre cuerpecillo quebrado. En ese momento se dio cuenta de que él había bajado del carromato y estaba a su lado.