Médico, El
El Ayudante del Barbero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
A partir de entonces la viuda apareció con menos frecuencia y apenas le dirigió la palabra. Al final dejó de visitarlos. Quizás Barber estaba menos interesado en los placeres, ya que se tornó más irritable.
—¡Bobo! —gritó cuando Rob J. dejó caer las pelotas por enésima vez—.
Esta vez sólo utilizarás tres pelotas pero las lanzarás alto, como harías si tuvieras cinco. Cuando la tercera pelota esté en el aire, bate palmas.
Rob obedeció y después del golpe aún tuvo tiempo para recoger las tres pelotas.
—¿Has visto? —preguntó Barber, satisfecho—. En el tiempo que dedicaste a batir palmas, habrías podido echar al aire las otras dos pelotas.
Cuando lo intentó, las cinco pelotas chocaron en el aire y una vez más volvió a reinar el caos, las maldiciones del barbero y las pelotas rodando por todas partes.
De repente, sólo faltaban unas pocas semanas para la primavera.
Una noche, convencido de que Rob estaba dormido, Barber se acercó al lecho y acomodó las pieles para que estuviera abrigado. Se inclinó sobre la
cama y miró largo rato a Rob. Luego suspiró y se alejó.
Por la mañana Barber, sacó una fusta del carromato.
—No te concentras en lo que haces —dijo.
Rob nunca lo había visto azotar al caballo, pero cuando se le cayeron las pelotas la fusta silbó y le hirió las piernas.
Dolía mucho. Gritó y se puso a sollozar.
—Recoge las pelotas.
Las recuperó y volvió a lanzarlas con el mismo resultado lamentable. La fusta le laceró las piernas.
Aunque su padre lo había golpeado en infinitas ocasiones, jamás empleó la fusta.
Recobró una y otra vez las cinco pelotas e intentó hacer malabarismos pero no lo logró. Cada vez que fallaba, la fusta azotaba sus piernas y lo hacía gritar de dolor.
—Recoge las pelotas.
—¡Por favor, Barber!
El rostro del hombre era severo.
—Es por tu propio bien. Usa la cabeza. Piensa.
Aunque el día era frío, Rob sudaba a raudales. El dolor lo empujó a concentrarse en lo que hacía, pero temblaba, presa de frenéticos sollozos, y sus músculos parecían pertenecer a otra persona. Lo hizo peor que nunca.
Se irguió tembloroso, con el rostro surcado de lágrimas y los mocos resbalando hasta su boca mientras Barber lo vapuleaba. «Soy un romano —
se dijo—. Cuando sea adulto, buscaré a este hombre y lo mataré.»
Barber lo golpeó hasta que la sangre empañó las perneras de los pantalones nuevos que Editha había cosido. Entonces soltó la fusta y abandonó la casa con paso decidido.
Aquella noche el cirujano barbero regresó tarde y, borracho como una cuba, se dejó caer en la cama.
Al despertar por la mañana, su mirada era serena, pero apretó los labios al ver las piernas de Rob. Calentó agua y, con ayuda de un trapo, limpió la
sangre seca. Fue a buscar un tarro de grasa de oso y dijo:
—Frótala bien.
La certeza de que había perdido la oportunidad, hería a Rob más que los cortes y los verdugones.
Barber consultó sus mapas.
—Partiré el Jueves Santo y te llevaré a Bristol. Es un puerto próspero y tal vez allí encuentres colocación.
—Sí, Barber —respondió en voz baja.
Barber dedicó largo rato a preparar el desayuno, y cuando lo tuvo listo repartió generosamente gachas, tostadas con queso y huevos con tocino entreverado.
—Come, come —dijo roncamente.
Se quedó mirando a Rob, que comía a regañadientes.
—Lo lamento —añadió el barbero—. Yo mismo fui un trotamundos y sé que la vida puede resultar dura.
Durante el resto de la mañana, Barber sólo le dirigió la palabra una vez para decir:
—Puedes quedarte con el traje.
Guardaron las pelotas de colores y Rob ya no practicó. Faltaban casi dos semanas para el Jueves Santo, y Barber lo hizo trabajar mucho, encargándole que fregara los suelos astillosos de ambas estancias.
En primavera, mamá también lavaba las paredes de casa, así que ahora Rob hizo lo propio. Aunque en aquella casa había menos humos que en la de mamá, tuvo la sospecha de que las paredes jamás fueron lavadas, y al concluir, la diferencia era bien visible.
Una tarde el sol reapareció mágicamente, volviendo el mar azul y brillante y suavizando el aire salobre. Por primera vez Rob entendió los motivos por los cuales algunas personas preferían vivir en Exmouth. En el bosque detrás de la casa, pequeñas cosas verdes se movían entre el moho de las hojas húmedas. Llenó una perola de brotes de espárragos e hirvieron las primeras verduras con tocino entreverado. Los pescadores se habían
internado en la mar serena, y Barber salió al encuentro de una embarcación que regresaba. Compró un horrible bacalao y media docena de cabezas de pescado.
Encomendó a Rob que cortara cuadrados de cerdo salado y derritió lentamente la carne grasa en la sartén hasta que quedó crujiente.
A continuación, preparó una sopa mezclando carne y pescado, rodajas de nabo, grasa derretida, buena leche y un ramillete de tomillo. La disfrutaron en silencio, acompañada de pan tostado y caliente, sabiendo que muy pronto Rob ya no comería tan bien.
Parte del cordero colgado se había puesto verde, de modo que Barber cortó la parte estropeada y la llevó al bosque. Del tonel de manzanas emanaba un hedor espantoso, ya que sólo se conservaba una parte de la fruta originalmente almacenada. Rob inclinó el tonel y lo vació, estudiando cada reineta y separando las sanas.
Las manzanas eran sólidas y fuertes al tacto.
Recordó que Barber le había dado manzanas para que aprendiera a cogerlas suavemente y lanzo tres: «¡Va-va-va!»
Las cogió. Volvió a lanzarlas a gran altura y batió palmas antes de que descendieran.
Seleccionó otras dos manzanas y lanzó las cinco al aire, pero...,
¡sorpresa!, chocaron y cayeron al suelo, donde quedaron algo ablandadas.
Rob quedó paralizado, pues no sabía dónde estaba Barber, que seguramente volvería a azotarlo si lo pescaba desperdiciando comida.
En la habitación contigua no sonó ninguna protesta.
Se dedicó a guardar las manzanas sanas en el tonel. El intento no estuvo tan mal, se dijo; parecía que esta vez había calculado mejor los tiempos.
Escogió otras cinco manzanas del tamaño adecuado y las lanzó al aire.
Aunque esta vez estuvo a punto de funcionar, le fallaron los nervios y la fruta cayó en picado como arrancada del árbol por un vendaval de otoño.
Recobró las manzanas y volvió a lanzarlas. Recorrió toda la estancia y fue algo espasmódico en lugar de agradable y hermoso, pero ahora los cinco
objetos subían y bajaban en sus manos y volvían a subir por los aires como si sólo fueran tres.
Arriba y abajo y arriba y abajo. Una y otra vez.
«Oh, mamá» —murmuró emocionado, si bien años después discutiría consigo mismo si su madre había tenido algo que ver.
«¡Va-va-va-va-va!»
—Barber —lo llamó en voz alta, temeroso de gritar.
Se abrió la puerta. Segundos después, perdió el equilibrio y las manzanas rodaron por todas partes.
Al alzar la mirada se encogió porque Barber corría hacia él con una mano en alto.
—¡Lo he visto! —exclamó Barber, y Rob se vio envuelto en un gozoso abrazo que no tenía nada que envidiar a los mejores intentos del oso Bartram.
8
EL ARTISTA
El Jueves Santo llegó y pasó, y continuaron en Exmouth, ya que Rob tenía que aprender todas las facetas del espectáculo. Practicaron juegos malabares a dúo, actividad que disfrutó desde el principio y que pronto llegó a dominar extremadamente bien. Luego se concentraron en los juegos de manos, magia tan difícil como la prestidigitación con cuatro pelotas.
—El demonio no influye en los magos —dijo Barber—. La magia es un arte humano que ha de dominarse del mismo modo que conquistaste la prestidigitación. Pero es mucho más fácil —se apresuró a añadir al ver la expresión de Rob.
Barber le transmitió los sencillos secretos de la magia blanca.
—Debes tener un espíritu intrépido y audaz y mostrar expresión decidida en todo lo que haces. Necesitas dedos ágiles y un modo de trabajar limpio, y debes ocultarte detrás de la cháchara, empleando palabras exóticas para adornar tus actos.
»La última regla es, como mucho, la más importante. Debes contar con artilugios, gestos del cuerpo y otras distracciones que llevan a los espectadores a mirar a cualquier parte menos a aquello que realmente estás haciendo.
La mejor desviación de que disponían eran ellos mismos, explicó Barber, y lo demostró con el truco de las cintas.
—Para este juego de manos necesito cintas de color azul, rojo, negro amarillo, verde y marrón. Al final de cada yarda hago un nudo corredizo y luego enrollo apretadamente la cinta anudada, preparando pequeños rollos que distribuyo por mi vestimenta. El mismo color siempre se guarda en el mismo bolsillo.
»”¿Quién quiere una cinta?”, pregunto.
»”¡Oh, señor, yo! Una cinta azul de dos yardas de largo.” Rara vez las quieren más largas. Al fin y al cabo, no usan cintas para atar a la vaca.
»Finjo olvidarme de la petición y me ocupo de otros asuntos. En ese momento, tú creas un punto de atención, por ejemplo haciendo juegos malabares. Mientras están concentrados en ti, me llevo la mano al bolsillo izquierdo de la túnica, donde siempre guardo la cinta azul. Creo la sensación de que me tapo la boca para toser y el rollo de cinta acaba en mi boca. Segundos más tarde, cuando he recuperado la atención del público, asomo la punta de la cinta entre los labios y la extraigo poco a poco. El primer nudo se deshace en cuanto toca mis dientes. Cuando aparece el segundo nudo, sé que tengo dos metros, así que corto la cinta y la entrego.
A Rob le entusiasmó aprender el truco, aunque se sintió defraudado por la manipulación, engañado por la magia.
Barber siguió desilusionándolo. Poco tiempo después, aunque aún no daba la talla como mago, prestaba grandes servicios como ayudante del mago. Aprendió pequeños bailes, himnos y canciones, chistes y anécdotas que no entendió. Por fin logró cotorrear los discursos que acompañaban la venta de la Panacea Universal. Barber le aseguró que aprendía con rapidez.
Mucho antes de que el chico lo considerara posible, el cirujano barbero declaró que ya estaba preparado.
Partieron una brumosa mañana de abril, y durante dos días atravesaron los montes Blackdown, bajo una tenue llovizna primaveral. La tercera tarde, bajo un cielo diáfano y renovado, llegaron a la aldea de Bridgeton. Barber frenó el caballo junto al puente que daba nombre a la población y estudió a su ayudante.
—Entonces, ¿estás preparado?
Rob no estaba muy seguro, pero asintió.
—Eres un buen chico. No es una gran ciudad: putañeros y furcias, una taberna siempre llena y muchos clientes que llegan de todas partes para joder y beber. De manera que todo vale, ¿entiendes?
Aunque Rob no tenía la menor idea de a qué se refería su maestro, volvió a asentir. Incitatus respondió a la tensión de las riendas y cruzó el puente al trote de paseo. Al principio todo fue como antes. El caballo hizo sus cabriolas y Rob tocó el tambor mientras desfilaban por la calle principal.
Montó la tarima en la plaza de la aldea y apoyó en ésta tres cestos de astillas de roble llenos de panacea.
Esta vez, cuando comenzó el espectáculo, subió a la tarima con Barber.
—Buen día y mejor mañana —saludó Barber. Ambos hacían juegos malabares con dos pelotas—. Nos alegra estar en Bridgeton.
Simultáneamente, cada uno extrajo la tercera pelota del bolsillo, luego la cuarta y, por último, la quinta. Las de Rob eran rojas y las de Barber, azules.
Ascendían desde sus manos por el centro y caían en cascada por afuera como el agua de dos fuentes. Aunque sólo movían unos centímetros las manos, lograron que las pelotas de madera bailaran.
Al rato se volvieron y quedaron frente a frente en los extremos de la tarima mientras continuaban los malabarismos. Sin perder el ritmo, Rob le envió una pelota a Barber y recogió la azul que le fue lanzada. Primero enviaba una de cada tres pelotas a Barber y recibía una de cada tres.
Después una sí y otra no, en un constante torrente en dos sentidos de proyectiles rojos y azules. Tras un gesto casi imperceptible de Barber, cada vez que una pelota llegaba a la mano derecha de Rob, éste la devolvía con fuerza y velocidad, recobrando con la misma destreza con que lanzaba.
Fueron los aplausos más ruidosos y acogedores que oyó en su vida.
Al terminar, recogió diez de las doce pelotas y abandonó la escena, refugiándose detrás de la cortina del carromato. Necesitaba aire, y su corazón palpitaba enérgicamente. Oyó que Barber, que no estaba sin resuello, se refería a las alegrías de los juegos malabares mientras lanzaba dos pelotas.
—Señora, ¿sabéis qué tiene uno cuando en la mano sostiene objetos como éstos?
—¿Qué se tiene, señor? —preguntó una perendeca.
—Vuestra atención absoluta y total —respondió Barber.
La deleitada concurrencia silbó y gritó.
Dentro del carromato, Rob preparó los elementos para varios trucos de magia y se reunió con Barber, que a renglón seguido logró que una cesta vacía se llenara de rosas de papel, convirtió un oscuro pañuelo en una serie de banderas de colores, recogió monedas del aire e hizo desaparecer primero una jarra de cerveza y en seguida un huevo de gallina.
Rob entonó Los galanteos de la viuda rica en medio de silbidos de regocijo, y Barber vendió rápidamente su Panacea Universal, vaciando los tres cestos y enviando a Rob al carromato en busca de más frascos. A continuación, una larga hilera de pacientes esperaron para ser tratados de diversos achaques, y Rob notó que aunque el gentío suelto tenía la risa y la broma rápidas, se ponía extremadamente serio cuando se trataba de buscar cura a las enfermedades de sus cuerpos.
Acabada la asistencia, abandonaron Bridgeton porque Barber dijo que era un pozo en el que después de la caída del sol se cortaban pescuezos. El maestro estaba sumamente satisfecho con los ingresos, y esa noche Rob se durmió feliz de saber que se había asegurado un lugar en el mundo.
Al día siguiente, en Yeoville, se sintió mortificado cuando, durante el espectáculo, se le cayeron tres pelotas, pero Barber lo reconfortó:
—Al principio suele ocurrir de vez en cuando. Te pasará cada vez con menos frecuencia y, al final, nunca.
Esa misma semana, en Taunton, una ciudad de comerciantes laboriosos, y en Bridgwater, habitada por campesinos conservadores, presentaron su espectáculo sin incidencias. Glastonbury fue la siguiente parada. Se trataba de un lugar habitado por gentes beatas que habían construido sus hogares en torno a la enorme y hermosa iglesia de San Miguel.
—Tenemos que ser discretos —aconsejó Barber—. Glastonbury está en manos de sacerdotes y éstos miran con desdén todo tipo de práctica médica, porque creen que Dios les ha encomendado no sólo la cura de almas, sino también de los cuerpos.
Llegaron la mañana siguiente al domingo de Pentecostés, día que señalaba el final de la gozosa temporada de Pascua y conmemoraba la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, fortaleciéndolos tras los nueve días de oración posteriores a la ascensión de Jesús al Cielo.
Rob vio entre los espectadores a no menos de cinco curas con cara de pocos amigos.
Barber y él hicieron juegos malabares con pelotas rojas que, con tono solemne, el cirujano barbero comparó con las lenguas de fuego que representaban el Espíritu Santo en los Hechos 2:3. Los asistentes se mostraron encantados con la prestidigitación y aplaudieron vigorosamente, pero guardaron silencio cuando Rob entonó Pura gloria, alabanzas y honor.
Siempre le había gustado cantar. Aunque se le quebró la voz en la estrofa sobre los niños que hacían «sonar dulces hosannas» y le tembló en las notas muy agudas, lo hizo bien en cuanto sus piernas cesaron de estremecerse.
Barber extrajo reliquias sagradas de un destartalado baúl de fresno.
—Prestad atención, queridos amigos —dijo con lo que, según explicó más tarde a Rob, era su voz de monje.
Les mostró tierra y arena traídas a Inglaterra desde los montes Sinaí y de los Olivos; exhibió una astilla de la Vera Cruz y un trozo de la viga que había sustentado el sagrado pesebre; mostró agua del Jordán, un terrón de tierra de Getsemaní y restos de huesos que pertenecían a innumerables santos. En seguida Rob lo reemplazó en la tarima y se quedó solo. Elevó la mirada al cielo, tal como le había indicado Barber, y entonó otro himno:
Creador de las estrellas de la noche, luz eterna de tu pueblo,
Jesús, Redentor, sálvanos a todos,
y oye la llamada de tus siervos.
Tú, dolido de que la antigua maldición
condene a muerte un universo,
has encontrado la medicina, llena de gracia,
para salvar y curar una raza asolada.
Los congregados se emocionaron. Mientras aún suspiraban, Barber les mostró un frasco de la Panacea Universal.
—Amigos míos, del mismo modo que el Señor ha encontrado solaz para vuestro espíritu, yo he hallado la medicina para vuestro cuerpo.
Les contó la historia de vitalia, la hierba de la vida, que al parecer funcionaba igualmente bien para beatos y pecadores, ya que compraron vorazmente la Panacea e hicieron cola junto al biombo del cirujano barbero para consultas y tratamientos. Los atentos sacerdotes miraban furibundos, pero ya habían sido aplacados con regalos y apaciguados por el alarde religioso. Sólo un clérigo viejecito planteó objeciones.
—No harás sangrías —ordenó severamente—. El arzobispo Teodoro ha escrito que resulta peligroso practicarlas cuando aumentan la luz de la luna y el influjo de las mareas.
Barber accedió prestamente a su petición.
Esa noche acamparon dominados por el júbilo. Barber hirvió en vino trozos de ternera de un tamaño digno de llevarse a la boca, hasta que quedaron blandos; añadió cebolla, un viejo nabo arrugado pero sano y judías y guisantes tiernos, condimentando el guiso con tomillo y una pizca de menta. Aún quedaba un triángulo de un extraordinario queso de color claro comprado en Bridgwater, y después el cirujano barbero se sentó junto a la hoguera y, con gran satisfacción, contó el contenido de su caja.
Tal vez había llegado el momento de abordar un tema que pesaba constantemente en el espíritu de Rob.
—Barber —dijo.
—¿Hmmm?
—Barber, ¿cuándo iremos a Londres?
Concentrado en apilar las monedas, Barber lo apartó con un ademán, ya que no quería equivocarse en las cuentas.
—Más tarde —murmuró—. Dentro de un tiempo.
9
EL DON
En Kingswood se le escaparon cuatro pelotas a Rob. Dejó caer otra en Mangotsfield, pero esa fue la última vez, y después de que mediado junio ofrecieran diversión y tratamiento a los aldeanos de Redditch, ya no pasó varias horas diarias practicando malabarismos, pues los frecuentes espectáculos mantenían ágiles sus dedos y encendido su sentido del ritmo.
Rápidamente se convirtió en un prestidigitador seguro de sí mismo.
Sospechaba que con el tiempo aprendería a manipular seis pelotas, pero Barber no quiso saber nada de eso y prefirió que empleara el tiempo en ayudarle en el oficio de cirujano barbero.
Como aves migratorias viajaron hacia el Norte, pero en lugar de volar dirigieron lentamente sus pasos a través de las montañas que se alzan entre Inglaterra y Gales. Se encontraban en la población de Abergavenny, una hilera de casas destartaladas apoyadas en la ladera de una tétrica arista de esquisto, cuando ayudó por primera vez a Barber en los reconocimientos y tratamientos.
Rob J. estaba asustado. Se temía a sí mismo más de lo que le habían atemorizado las pelotas de madera.
Los motivos por los que las personas sufrían eran realmente un misterio.
Parecía imposible que un simple mortal comprendiera y ofreciera milagros provechosos. Sabía que, puesto que era capaz de hacerlo, Barber era el hombre más listo de cuantos había conocido.
La gente formó cola delante del biombo, y Rob los acompañaba de uno a uno en cuanto Barber acababa con el paciente anterior, guiándolos hasta la relativa intimidad que proporcionaba la delgada barrera. El primer hombre
al que Rob acompañó hasta su maestro era corpulento y encorvado, con restos de mugre en el cuello y adherido a los nudillos y bajo las uñas.
—No te vendría nada mal un baño —sugirió Barber sin perder la amabilidad.
—Verás: es por culpa del carbón —dijo el hombre—. El polvo se pega al extraerlo.
—¿Sacas carbón? —preguntó Barber—. Por lo que he oído, quemarlo es venenoso. He comprobado directamente que produce mal olor y un humo denso que no sale fácilmente por el agujero del techo. ¿Es posible ganarse la vida con una materia tan pobre?
—Lo es, señor, y nosotros somos pobres. Últimamente siento dolores en las articulaciones, que se me hinchan, y al cavar me duelen.
Barber tocó las muñecas y los dedos mugrientos y apoyó la regordeta yema de un dedo en la hinchazón del codo.
—Procede de inhalar los humores de la tierra. Debes ponerte al sol siempre que puedas. Lávate a menudo con agua tibia, pero no caliente, ya que los baños calientes provocan la debilidad del corazón y de los miembros. Frótate las articulaciones hinchadas y doloridas con mi Panacea Universal, que también te resultará beneficiosa si la bebes.
Le cobró seis peniques por tres frascos pequeños y dos más por la consulta, pero no miró a Rob.
Se presentó una mujer fornida y de labios apretados con su hija de trece años, prometida en matrimonio.
—Su flujo mensual se ha detenido dentro de su cuerpo y nunca lo expulsa
—dijo la madre.
Barber le preguntó si había tenido el menstruo alguna vez.
—Durante más de un año llegaba todos los meses —respondió la madre
—. Pero desde hace cinco meses no pasa nada.
—¿Has yacido con un hombre?—preguntó amablemente Barber a la joven.
—No —respondió la madre.
Barber miró a la muchacha. Era esbelta y atractiva, de larga cabellera rubia y ojos vivarachos.
—¿Tienes vómitos?
—No —susurró la joven.
El barbero la estudió, estiró la mano y le tensó la túnica. Cogió la palma de la mano de la madre y la apretó contra el vientre pequeño y redondo.
—No —repitió la chica.
Meneó la cabeza. Sus mejillas se encendieron y se deshizo en un mar de lágrimas. La mano de la madre abandonó el vientre y la abofeteó. Aunque la mujer se llevó a la hija sin pagar, Barber las dejó partir.
En rápida sucesión, trató a un hombre al que ocho años atrás le habían encajado mal la pierna y arrastraba el pie izquierdo al andar; a una mujer acosada por dolores de cabeza; a un hombre con sarna en el cuero cabelludo; y a una chica estúpida y sonriente, con una espantosa llaga en el pecho. Les contó que había rogado a Dios para que a su población llegara un cirujano barbero. Barber vendió la Panacea Universal a todos salvo al sarnoso, que no la adquirió pese a que le fue firmemente recomendada. Tal vez no tenía los dos peniques.
Se internaron por las colinas más benignas de los Midlands occidentales.
En las afueras del pueblo de Hereford, Incitatus tuvo que esperar junto al río Wye mientras las ovejas cruzaban el vado, un torrente aparentemente infinito de lanas que balaban y que intimidaron profundamente a Rob. Le habría gustado sentirse más cómodo con los animales, pero, a pesar de que su madre procedía del campo, él era un chico de ciudad. Tatus era el único caballo que había tratado. Un vecino lejano de la calle de los Carpinteros tuvo una vaca lechera, pero ninguno de los Cole había pasado mucho tiempo junto a las ovejas.
Hereford era una comunidad próspera. Todas las casas de labranza por las que pasaron contaban con revolcaderos para cerdos y prados verdes y ondulantes salpicados de ganado vacuno y lanar. Las casas de piedra y los graneros eran grandes y sólidos y, en un sentido general, la gente se mostraba más animada que los serranos galeses, agobiados por la pobreza,
que se encontraban a pocos días de distancia. En el ejido de la población, su espectáculo atrajo a una voluminosa multitud y las ventas se sucedieron rápidas.
El primer paciente que Barber recibió detrás del biombo tenía aproximadamente la edad de Rob, aunque era mucho más pequeño.
—Se cayó del tejado hace menos de seis días y mire cómo está —dijo el padre del chiquillo, un tonelero.
La duela astillada de un tonel que estaba en el suelo le había atravesado la palma de la mano izquierda y ahora la carne estaba inflamada como un lucio hinchado.
Barber indicó a Rob cómo sujetar las manos del muchacho y al padre el modo de cogerlo por las piernas. Luego sacó de su maletín un cuchillo corto y afilado.
—Sujetadlo con firmeza —pidió.
Rob notó que le temblaban las manos. El chiquillo gritó cuando su carne se abrió al contacto con la hoja. Salió un chorro de pus amarillo verdoso, seguido de hedor y de una sustancia roja. Barber limpió con un tapón la corrupción de la herida y se dedicó a tantearla con delicada eficacia, utilizando una pinza de hierro para extraer minúsculas astillas.
—Son fragmentos de la pieza que lo hirió, ¿los ves? —preguntó al padre y se los enseñó.
El muchacho gimió. Rob estaba mareado, pero se dominó mientras Barber seguía trabajando lenta y esmeradamente.
—Tenemos que extraerlas todas, pues contienen humores culpables que volverán a gangrenar la mano —explicó.
Cuando llegó a la conclusión de que la herida estaba libre de astillas, la limpió con un chorro de medicina y la cubrió con un trapo. Bebió lo que quedaba en el frasco. El sollozante paciente se retiró, feliz de abandonarlos mientras su padre pagaba.
A continuación esperaba un anciano encorvado, de tos seca. Rob lo acompañó detrás del biombo.
—¡Oh, señor, tengo mucha flema matinal!
Jadeaba al hablar. Barber pasó pensativamente la mano por el pecho flaco.
—De acuerdo; te aplicaré ventosas. —Miró a Rob—. Ayúdalo a desvestirse para que pueda aplicarle las ventosas en el pecho.
Rob retiró primorosamente la camisa del cuerpo del anciano, que tenía un aspecto muy frágil. Cuando giró al paciente hacia el barbero y cirujano tuvo que cogerle las dos manos.
Fue como sujetar un par de pajarillos temblorosos. Los dedos como palillos se posaron en los suyos y de ellos recibió un mensaje.
Barber los miró y vio que su ayudante se ponía rígido.
—Venga ya —dijo impaciente—. No podemos tardar todo el día.
Pareció que Rob no lo oía.
Ya en dos ocasiones Rob había percibido esa conciencia extraña y desagradable que se colaba en su propio ser procedente del cuerpo de otro.
Al igual que en las ocasiones anteriores, ahora se sintió abrumado por un terror absoluto, soltó las manos del paciente y huyó.
Lanzando maldiciones, Barber buscó a su aprendiz hasta que lo encontró agazapado detrás de un árbol.
—Quiero una explicación. ¡Y ahora mismo!
—El... el anciano va a morir.
Barber lo miró.
—¿Qué significa eso?
Su aprendiz estaba llorando.
—Para de una vez —exigió Barber—. ¿Cómo lo sabes?
Rob intentó hablar, pero no pudo. Barber lo abofeteó y el chico quedó boquiabierto. Cuando empezó a hablar las palabras manaron como un torrente, pues habían deambulado por su mente incluso desde antes de que dejaran Londres. Explicó que había presentido la muerte inminente de su madre y que se había producido. Después supo que su padre se iría y su padre había muerto.
—¡Oh, Jesús mío! —murmuró Barber asqueado, pero le prestó toda su atención y no dejó de observar a Rob—. ¿Me estás diciendo que realmente
percibiste la muerte en el anciano?
—Sí.
No esperaba que su maestro le creyera.
—¿Cuándo?
Rob J. se encogió de hombros.
—¿Pronto?
Asintió con la cabeza. Desesperado, sólo podía responder la verdad.
Vio en los ojos de Barber el reconocimiento de que estaba diciendo la verdad.
Barber titubeó, y luego tomó una decisión.
—Prepara el carro mientras me quito de encima a la gente —dijo.
Abandonaron lentamente la aldea, pero, en cuanto estuvieron más allá de la vista de los lugareños, se alejaron a toda prisa por el carril pedregoso.
Incitatus vadeó el río con un ruidoso chapoteo y, una vez del otro lado, espantó a las ovejas, cuyos asustados balidos estuvieron a punto de anular las quejas del pastor agraviado.
Por primera vez Rob vio que Barber azuzaba al caballo con la fusta.
—¿Por qué corremos? —preguntó, sin dejar de sujetarse.
—¿Sabes lo que les hacen a los brujos?
Barber tuvo que gritar para hacerse oír en medio del tamborileo de los cascos y el estrépito de las cosas que viajaban en el carromato.
Rob meneó la cabeza.
—Los cuelgan de un árbol o de una cruz. A veces sumergen a los sospechosos en tu condenado Támesis, y si se ahogan los declaran inocentes. Si el viejo muere, dirán que ha fallecido porque somos brujos —
vociferó, golpeando una y otra vez con la fusta el lomo del aterrado Tatus.
No se detuvieron para comer ni para hacer sus necesidades. Cuando permitieron que Tatus aminorara el paso, Hereford ya estaba muy lejos, pero apremiaron a la pobre bestia hasta que cayó la noche. Agotados, acamparon y tomaron en silencio una pobre comida.
—Cuéntamelo de nuevo —pidió Barber al final—. No excluyas ni un sólo comentario.
Escuchó con suma atención, y sólo interrumpió una vez a Rob para pedirle que hablara más alto. Cuando conoció la historia completa, asintió con la cabeza y dijo:
—Durante mi propio aprendizaje, vi cómo mi maestro era injustamente asesinado por brujo. —Rob lo miró fijamente, demasiado asustado para hacer preguntas—. A lo largo de mi vida, en varias ocasiones los pacientes han muerto mientras los trataba. Una vez, en Durham, una vieja falleció y llegué la conclusión de que un tribunal eclesiástico ordenaría el tormento por inmersión o por el asimiento de una barra de hierro candente. Sólo me permitieron partir después del interrogatorio más receloso que quepa imaginar, el ayuno y las limosnas. En otra ocasión, en Eddisbury, un hombre murió mientras estaba detrás de mi biombo. Era joven y aparentemente había gozado de buena salud. Los alborotadores habrían encontrado el terreno abonado, pero tuve suerte y nadie me cortó el paso cuando abandoné el pueblo.
Rob logró hablar.
—¿Crees que he sido... tocado por el diablo?
Esa pregunta lo había atormentado todo el día. Barber bufó.
—Si eso crees, eres majadero y corto de entendederas. Y sé que no eres ninguna de las dos cosas. —Subió al carromato, llenó el cuerno con hidromiel y bebió hasta la última gota antes de volver a hablar—. Las madres y los padres mueren. Los viejos mueren. Así es la naturaleza de las cosas. ¿Estás seguro de haber percibido algo?
—Sí, Barber.
—¿No es posible que sea una equivocación o las imaginaciones de un mozuelo?
Rob negó tercamente con la cabeza.
—Yo digo que no es más que una impresión —declaró Barber—. Ya está bien de huir y de hablar. Será mejor que descansemos.
Prepararon los lechos a ambos lados de la hoguera. Estuvieron varias horas sin conciliar el sueño. Barber estuvo dando vueltas y finalmente se levantó y abrió otro frasco de licor, lo llevó hasta la hoguera en que se hallaba Rob y se acuclilló.
—Supongamos... —dijo, y bebió un trago—, simplemente supongamos que todas las demás personas del mundo han nacido sin ojos y que tú naciste con ojos.
—En ese caso, yo vería lo que nadie más puede ver.
Barber bebió y asintió.
—Así es. O imaginemos que nosotros no tenemos orejas y tú sí.
Supongamos que nosotros carecemos de algún otro sentido. Por alguna razón procedente de Dios, de la naturaleza o de lo que quieras, se te ha concedido un..., un don especial. Pero supongamos que puedes decir cuando morirá alguien.
Rob guardó silencio, pues volvía a estar muy asustado.
—Ambos sabemos que es una tontería —agregó Barber—. Coincidimos en que fue producto de tu imaginación. Pero supongamos...
Bebió pensativo del frasco, moviendo la nuez, y la mortecina luz de la hoguera iluminó cálidamente sus ojos esperanzados mientras observaba a Rob J.
—Sería un pecado no explotar semejante don —declaró.
En Chipping Norton compraron hidromiel y prepararon otra serie de Panacea, reponiendo la lucrativa provisión.
—Cuando muera y haga cola ante las puertas —dijo Barber—, San Pedro preguntara: «¿Cómo te ganaste el pan?» «Yo fui campesino», podrá decir un hombre o «Fabriqué botas a partir de pieles». Pero yo responderé:
«Fumum vendidi» —dijo jovialmente el antiguo monje, y Rob se sintió con fuerzas para traducir del latín:
—«Vendía humo.»
El hombre gordo era mucho más que el pregonero de un dudoso medicamento. Cuando atendía detrás del biombo, se mostraba hábil y a
menudo tierno. Aquello que Barber sabía hacer, lo sabía y lo hacía a la perfección, y transmitió a Rob el toque seguro y la mano experta.
En Buckingham, Barber le enseñó a arrancar dientes, ya que tuvieron la buena fortuna de toparse con un boyero aquejado de una infección en la boca. El paciente era tan grueso como Barber; un quejica de ojos saltones que no hacía más que despotricar contra las mujeres. Cambió de idea en mitad del trabajo.
—¡Basta, basta, basta! ¡Dejadme ir! —ceceó con la boca llena de sangre, pero no cabían dudas de que era imprescindible arrancar los dientes y perseveraron: fue una magnífica lección.
En Clavering, Barber alquiló la herrería por un día, y Rob aprendió a fabricar los hierros y las puntas para lancear. Fue una tarea que tendría que repetir en media docena de herrerías de toda Inglaterra a lo largo de los años siguientes, hasta que su maestro consideró que lo hacía correctamente.
Aunque la mayor parte de su trabajo en Clavering fue rechazada, a regañadientes Barber le permitió conservar una pequeña lanceta de dos filos como primer instrumento de su propio equipo de herramientas quirúrgicas; un principio importante. Al salir de los Midlands y adentrarse en los Fens, Barber le enseñó qué venas se abrían para las sangrías, lo que le trajo desagradables recuerdos de los últimos días de su padre.
A veces su padre se colaba en su mente, porque su propia voz comenzaba a semejarse a la de su progenitor: el timbre se tornó más grave y le estaba creciendo el vello corporal. Sabía que los mechones no eran tan espesos como se volverían más adelante, ya que, como asistía a Barber, conocía bastante bien el cuerpo del macho desnudo. Las hembras eran más misteriosas, pues Barber utilizaba una muñeca voluptuosa y de enigmática sonrisa a la que llamaban Thelma, en cuya desnuda forma de yeso las mujeres señalaban modestamente las zonas de su propio mal, volviendo superfluo el reconocimiento. Aunque a Rob aún le resultaba incómodo entrometerse en la intimidad de los desconocidos, se acostumbró a las preguntas acerca de las funciones corporales: «Maestro, ¿cuándo exonerásteis el vientre por última vez?» «Señora, ¿cuándo os toca menstruar?»
Por sugerencia de Barber, Rob cogía las manos de cada paciente entre las suyas cuando los acompañaba hasta detrás del biombo.
—¿Qué sientes al cogerles los dedos? —le preguntó Barber un día en Tisbury, mientras Rob desmontaba la tarima.
—A veces no siento nada.
Barber asintió. Cogió uno de los maderos de manos de Rob, lo metió en el carromato y regresó con el ceño fruncido.
—Pero a veces... ¿hay algo?
Rob asintió.
—Bueno, ¿qué es? —quiso saber Barber irritado—. Chico, ¿qué es lo que sientes?
Rob no fue capaz de definirlo ni de describirlo con palabras. Era una intuición acerca de la vitalidad de la persona, como asomarse a un pozo oscuro y percibir cuánta vida contenía.
Barber consideró el silencio de Rob como prueba de que se trataba de una sensación imaginaria.
—Creo que regresaremos a Hereford y comprobaremos si el viejo sigue rebosando salud —dijo con malicia. Se molestó cuando Rob estuvo de acuerdo—. ¡Bobo, no podemos volver! —exclamó—. Si el viejo ha muerto,
¿no estaríamos metiendo la cabeza en el lazo del verdugo?
Con frecuencia y estentóreamente, siguió burlándose del «don».
Empero, cuando Rob empezó a olvidarse de coger las manos de los pacientes, le ordenó que siguiera haciéndolo.
—¿Por qué no? ¿Acaso no soy un prudente hombre de negocios? ¿Qué nos cuesta entregarnos a esta fantasía?
En Peterborough, a pocas millas pero a una vida de distancia de la abadía de la que había huido de niño, una interminable y lluviosa noche de agosto Barber se sentó a solas en la taberna y bebió lenta pero copiosamente.
A medianoche el aprendiz fue a buscarlo. Rob lo encontró haciendo eses por el camino y lo ayudó a regresar junto a la lumbre.
—Por favor —susurró Barber temeroso.
Rob J. se sorprendió al ver que el borracho alzaba ambas manos y se las ofrecía.
—¡Ah, por favor, en nombre de Cristo! —repitió Barber.
Finalmente, Rob entendió. Cogió las manos de Barber y lo miró a los ojos.
Segundos después, Rob asintió con la cabeza.
Barber se dejó caer en el lecho. Eructó, se puso de lado y durmió sin preocupaciones.
10
EL NORTE
Aquel año Barber no consiguió regresar a tiempo a Exmouth para pasar invierno, pues habían empezado tarde y las hojas caídas del otoño los sorprendieron en la aldea de Gate Fulford, en la zona ondulada de York. Los brezales fueron pródigos en plantas que perfumaban el aire frío con sus aromas. Rob y Barber se guiaron por la Estrella Polar, haciendo un alto en las aldeas del camino para realizar jugosos negocios, y condujeron el carromato por la interminable alfombra de brezo morado hasta llegar a la ciudad de Carlisle.
—Nunca voy más al norte de aquí —declaró Barber—. A pocas horas acaba la Northumbria y empieza la frontera. Más allá está Escocia, que como todo el mundo sabe es una tierra de follaovejas, peligrosa para los ingleses honrados.
Acamparon una semana en Carlisle y acudieron todas las noches a la taberna, donde el alcohol sensatamente comprado pronto permitió que Barber averiguara de qué refugios podría disponer. Alquiló una casa en el páramo, provista de tres pequeñas habitaciones. No se diferenciaba mucho de la casita que poseía en la costa sur, pero, para su disgusto, la de Carlisle carecía de chimenea de piedra. Acomodaron los lechos a ambos lados del hogar como si se tratara de la hoguera del campamento, y a poca distancia encontraron una cuadra dispuesta para alojar a Incitatus. Barber volvió a comprar pródigamente provisiones para el invierno, lo que le resultó fácil
gracias al dinero, que nunca dejaba de producir en Rob una asombrosa sensación de bienestar.
Barber se abasteció de ternera y cerdo. Había pensado adquirir un pernil de venado, pero ese verano tres cazadores del mercado fueron ahorcados en Carlisle por matar los ciervos del rey, reservados para las cacerías de los nobles. Cambió de idea y compró quince gallinas gordas y un saco de forraje.
—Las gallinas son tu dominio —comunicó Barber a Rob—. Debes ocuparte de alimentarlas, sacrificarlas cuando te lo pida, aderezarlas, desplumarlas y prepararlas para mi olla.
Rob pensó que las gallinas eran unos seres impresionantes, grandes y de color amarillo, con patas sin plumas, crestas rojas, barbas y orejas con lóbulo. No pusieron reparos cuando por las mañanas robaba de sus nidos cuatro o cinco huevos blancos.
—Te consideran un puñetero gallo —comentó Barber.
—¿Por qué no les compramos un gallo?
Barber, a quien en las frías mañanas de invierno le gustaba dormir hasta tarde y, consecuentemente, detestaba los cacareos, se limitó a gruñir.
Rob tenía pelos castaños en el rostro, pelos que no podían considerarse una barba. Barber dijo que sólo los daneses se afeitaban, pero el chico sabía que no era cierto, porque su padre siempre se había rasurado el rostro. El equipo quirúrgico de Barber contenía una navaja, y el hombre gordo asintió de mala gana cuando Rob le preguntó si podía usarla. Aunque se cortó la cara, el hecho de afeitarse lo ayudó a sentirse mayor.
La primera vez que Barber le ordenó que sacrificara una gallina se sintió muy joven. Las aves lo contemplaban con sus ojillos como pequeños abalorios negros, como dándole a entender que podían ser amigos. Al final rodeo con dedos fuertes el cogote más próximo y, estremeciéndose, cerró los ojos. Un giro enérgico y convulsivo, y todo acabó. Pero la gallina lo castigó después de muerta, porque no soltó amablemente las plumas. Tardó horas en arrancarlas, y cuando le entregó a Barber el cadáver grisáceo, lo miró con desdén.
La segunda vez que hizo falta una gallina, Barber le enseñó magia de verdad. Abrió el pico de la gallina y hundió un delgado cuchillo por el cielo de la boca hasta llegar al cerebro.
La gallina se relajó de inmediato en la muerte y entregó sus plumas: salieron a grandes manojos ante el más leve tirón.
—Te daré una lección —dijo Barber—. Es igual de fácil llevar a un hombre a la muerte, y lo he hecho. Resulta más difícil mantener asida la vida y aún más difícil aferrarse a la salud. Esas son las tareas a que debemos dirigir nuestras mentes.
El clima de finales de otoño era perfecto para recolectar hierbas, así que recorrieron bosques y brezales. Barber se mostraba especialmente deseoso de recoger verdolaga. Empapada de panacea, producía un agente que llevaba a que la fiebre bajara y se disipara. Para gran decepción por su parte, no la encontraron. Había otras cosas más fáciles de recoger, como pétalos de rosas rojas para cataplasmas y tomillo y bellotas que se molían, se mezclaban con grasa y se extendían sobre las pústulas del cuello. Otros vegetales requerían laboriosos esfuerzos, como extraer la raíz del tejo, que ayudaba a las embarazadas a retener el feto. Recogieron hierbaluisa y eneldo para combatir afecciones urinarias; cálamo aromático de los pantanos para evitar el deterioro de la memoria provocado por los humores húmedos y fríos; bayas de enebro que se hervían, para despejar los conductos nasales taponados; altramuz para preparar paños calientes a fin de abrir abscesos, y mirto y malva para aliviar las erupciones que escuecen.
—Has crecido más rápidamente que estas hierbas —observó Barber con picardía, y decía la verdad.
Ya era casi tan alto como Barber y hacía mucho tiempo que había dejado atrás el traje que Editha le cosiera en Exmouth. Cuando Barber lo llevó a un sastre de Carlisle y encargó «nuevas ropas de invierno que le sirvan una larga temporada», el sastre meneó la cabeza.
—El chico seguirá creciendo, ¿no? ¿Qué tiene? ¿Quince, dieciséis años?
Un muchacho de esa edad crece mucho más rápido de lo que le puede durar la ropa.
—¡Dieciséis! ¡Aún no ha cumplido los once!
El sastre miró a Rob con regocijo no exento de respeto.
—¡Será un hombre fornido! A decir verdad, dará la sensación de que mis vestimentas encogen. ¿Se me permite proponer que arreglemos un traje viejo?
Otro de los trajes de Barber, de tela gris casi buena, fue recortado y cosido. En medio de la hilaridad general, resultó que cuando Rob se lo probó era ancho en exceso y demasiado corto de mangas y perneras. El sastre aprovechó la tela sobrante del ancho para alargarlas, escondiendo las costuras con garbosas bandas de tela azul. Rob había andado descalzo casi todo el verano pero pronto comenzarían las nevadas y se sintió agradecido cuando Barber le compró botas de cuero. Caminó con ellas, cruzó la plaza de Carlisle hasta la iglesia de San Marcos y golpeó el aldabón de las inmensas puertas de madera, que al final abrió un coadjutor anciano de ojos legañosos.
—Padre, si es tan amable, busco al sacerdote Ranald Lovell.
El coadjutor parpadeó.
—Conocí a un cura de ese nombre que ayudaba a misa con Lyfing, en los tiempos en que Lyfing era obispo de Wells. La próxima Pascua hará diez años que ha muerto.
Rob negó con la cabeza.
—No se trata del mismo sacerdote. Hace pocos años vi al padre Ranald Lovell con mis propios ojos.
—Tal vez el hombre al que conocí se llamaba Hugh Lovell en lugar de Ranald.
—Ranald Lovell fue trasladado de Londres a una iglesia del norte. Tiene a mi hermano, William Steward Cole, que es tres años más joven que yo.
—Hijo mío, es posible que ahora tu hermano tenga otro nombre en Cristo.
A veces los sacerdotes llevan a sus chicos a una abadía para que se conviertan en acólitos. Tendrás que preguntar a otros por todas partes. La Santa Madre Iglesia es una mar grande e infinita y yo no soy más que un ínfimo pez.
El viejo cura inclinó amablemente la cabeza, y Rob lo ayudó a cerrar las puertas.
Una piel de cristales opacaba la superficie de la pequeña charca que había detrás de la taberna del pueblo. Barber señaló los patines sujetos a una viga de su minúscula casa.
—Es una pena que tengan ese tamaño. No te cabrán porque tienes los pies extraordinariamente grandes.
El hielo se espesó diariamente hasta que una mañana devolvió un firme golpe seco cuando Rob se encaminó al centro de la charca y pateo. Cogió los patines demasiado pequeños. Eran de cornamenta de ciervo tallada y casi idénticos al par que su padre le había fabricado cuando tenía seis años.
Aunque pronto le quedaron pequeños, los usó tres inviernos y ahora se llevó hasta la charca los que cogió de la casa y se los ató a los pies. Al principio los usó encantado, pero los bordes estaban mellados y embotados, y su tamaño y estado lo dejaron en la estacada cuando intentó girar. Agitó los brazos, cayó pesadamente y se deslizó un buen trecho.
Reparó en que alguien reía.
La chica tenía unos quince años y su risa demostraba verdadera alegría.
—¿Sabes hacerlo mejor? —preguntó acalorado, al tiempo que reconocía para sus adentros que era una muñeca bonita, demasiado delgada y desproporcionada, pero con cabellos negros como los de Editha.
—¿Yo? —inquirió—. ¡Vamos! Ni sé si jamás me atrevería a intentarlo.
El malhumor de Rob se esfumó como por encantamiento.
—Son más adecuados para tus pies que para los míos —dijo. Se quitó los patines y los llevó a la orilla, donde estaba la chica—. No es nada difícil. Te enseñaré.
Muy pronto superó las objeciones de la chica, y poco después le ataba los patines a los pies. La muchacha no sabía mantener el equilibrio sobre la poco habitual superficie resbaladiza del hielo y se aferró a Rob, con expresión de alarma en sus ojos pardos y dilatando las ventanas de la nariz.
—No temas; yo te sujeto —aseguró Rob.
Sustentó el peso de la chica y la empujó por el hielo desde atrás, reparando en sus nalgas tibias.
Ahora la muchacha reía y gritaba mientras él la hacía dar vueltas alrededor de la charca. Dijo llamarse Garwine Talbott, y añadió que su padre, Aelfric Talbott, poseía una granja en las afueras.
—¿Cómo te llamas?
—Rob J.
La chica parloteó, revelando que tenía infinita información sobre él, ya que Carlisle era un villorio. Estaba enterada de cuándo habían llegado Barber y él, de su profesión, de las provisiones que habían comprado y de quién era el dueño de la casa que habían alquilado.
Más tarde, deslizarse por el hielo le resultó divertido. Sus ojos brillaban de contento y el frío tiñó de rojo sus mejillas. Su pelo voló hacia atrás, dejando al descubierto un lóbulo pequeño y rosado. Tenía el labio superior delgado y el inferior tan lleno que parecía hinchado. Rob vio un cardenal desteñido en su pómulo. Cuando la chica sonrió, notó que uno de los dientes de abajo estaba torcido.
—Entonces, ¿reconoces a la gente?
—Sí, por supuesto.
—¿También a las muñecas?
—Tenemos una muñeca. Las mujeres señalan las zonas que les duelen.
—Es una pena usar una muñeca —dijo. Rob se quedó estupefacto ante su mirada de reojo—. ¿Tiene buen aspecto?
«No tanto como el tuyo», quiso decir, pero no se atrevió. Se encogió de hombros.
—Se llama Thelma.
—¡Thelma! —La chica tenía una risa intensa e irregular que lo obligó a sonreír—. ¡Eh! —exclamó, y alzó la mirada para ver dónde se encontraba el sol—. Debo regresar para el ordeñe de última hora —explicó, y su suave plenitud se apoyó en el brazo de Rob.