Mi gato Autícko

Bohumil Hrabal · Capítulo 2 de 9

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Mi gato Autícko

Capítulo 2

 

 

Cuando hubimos pasado el invierno y llegó la primavera, se unió a nosotros una pequeña gata negra y blanca, que estaba esperando pequeños, como Svarcava; las dos gatas se llegaron a adorar y, puesto que las dos estaban embarazadas, me perseguían fuera donde fuera, no me dejaban solo, a veces andando las atropellaba pero les daba igual: lo esencial era mantenerse cerca de mí; me miraban con ojos enamorados y yo sabía que las dos gatas me pedían que las ayudara cuando llegara su momento. Mi vecino, Eliás, confeccionó para mí un comedero para pájaros; de hecho, era un comedero bastante absurdo; había vaciado una radio vieja que fijó en un palo; colocó el palo delante de las ventanas de mi casa, muy cerca del lugar donde la valla del jardín tenía un agujero. Cada día, cuando yo venía a ver a mis gatos y a escribir unas páginas, llenaba la radio convertida en comedero con copos de avena y migas de pan para los gorriones, los carboneros y los arrendajos, a pesar de que estos últimos se acercaban sólo de vez en cuando. Pensar que las dos gatas parirían me horrorizaba. Me daba miedo que dieran a luz en mi cama, como había hecho Máca; me asustaba imaginarme qué haría con todos aquellos gatos, sufría pensando qué pasaría si cada gata tenía cuatro gatitos; ¿los tendría que ahogar? A buen seguro que sí, aunque no a todos; a cada gata le dejaría un par de gatitos; tendría que hacer ese trabajo de verdugo como lo había hecho antes, cuando era joven y vivía en Nvmburk, donde nadie quería ahogar a los gatitos, de forma que me tocaba a mí hacerlo, a mí que, desde siempre, adoraba a los gatos, a mí, amante de los gatos, me tocaba liquidarlos… Y es que sólo una vez dejamos vivir a los cinco gatitos menudos que, una vez crecidos, nadie quería, así que teníamos tantos gatos en casa que tropezábamos con ellos; y después, mal rayo me parta, de los cinco gatos cuatro eran hembras que, después de un año, tuvieron más gatos y al final nos sentíamos tan desgraciados como mi mujer que, cada vez que llegaba a Kersko para pasar conmigo el fin de semana, se lamentaba… ¿Qué haremos con tantos gatos? Mientras estaba en Kersko, mi mujer se pasaba el día preparando comidas para los gatos y sirviéndoles la leche… Además, donde los gatos más preferían estar era en la cocina donde dejaban un mal olor que no veas; yo mismo estoy tan acostumbrado a los gatos que ya no lo sentía pero cualquier visita y cualquier persona que entraba hacía ¡Aj!, ¡qué mal huele!, y es que los gatos hacían sus necesidades no sólo en la palangana y el barreño con arena sino a menudo en un rincón de la cocina o en nuestra habitación, y cuando tenían diarrea, hacían caca allá donde les cogían las ganas; mi mujer parecía un reproche ambulante, no le apetecía pasarse el fin de semana lavando las sábanas o limpiando las alfombras, de modo que me tocaba a mí hacerlo; cada fin de semana limpiaba la porquería primero con el papel de cocina y después con un trapo húmedo, pero a veces estaba tan nervioso que no podía más, entonces soltaba gritos a los gatos, chillaba y los echaba, a todos; algunas veces llegué a pegar a alguno. Otras veces, mientras escribía, estaba preparado para oír maullar a un gato en la puerta, pero no, lo que me llegaba era ese sonido horroroso de las tripas que se vacían, me volvía rojo como un tomate de tanta rabia, cogía al gato y le endosaba una paliza como no había visto en su vida; a veces lo dejaba en el umbral y con un pie le endilgaba una patada que lo hacía volar hasta el bosque; el resto de los gatos no esperaban su turno sino que huían pies para qué os quiero y, una vez fuera, se avergonzaban, se sentían culpables, mientras yo dejaba de escribir, paralizado por la lástima que sentía, no podía continuar escribiendo porque los gatos me daban mucha, pero mucha pena, pensaba con tristeza que acababa de pegar a un gato, un bicho que en el fondo quería, había endosado un puntapié a un animalito que para mí lo era todo, uno del grupo que a veces me obligaba dejarlo todo en Praga y desplazarme a Kersko porque los echaba dolorosamente de menos; necesitaba cogerlos y ponérmelos en la frente para que apartaran de mñi el miedo y la melancolía… Tenía vergüenza, salía y me pasaba el día intentando hacer las paces con los animalitos, los imitaba a pasar adentro pero ellos se sentían tan humillados que no osaban atravesar el umbral del lugar de donde los habían echado a puntapiés, de donde los habían hecho huir, y es que los gatos son capaces de sentir escrúpulo y abochornamiento y al mismo tiempo no perdonan con tanta facilidad como yo les disculpaba a ellos… Al final dejé de quedarme a dormir en Kersko; acababa de escribir lo que quería, daba de comer a los gatos y me iba a la parada de autobús o me marchaba en coche. Después de salir de casa, cada vez me tumbaba, paraba el coche para ver que… Sí, sí, los gatos estaban entre los palos de la valla y sus cabecitas parecían tan tristes que me iba deprisa y corriendo y subía de un salto en el autobús. Prefería coger el autobús porque, después de haber dejado a los gatitos, tenía que estar muy atento mientras conducía el coche para no desviarme del camino o no meterme en dirección contraria, tanta era la emoción que me dominaba. Curiosamente, cuando venía a Kersko con el coche, con sólo entrar en el bosque y coger la avenida de los árboles, después de tomar la curva, ya veía que mis gatos salían corriendo de los jardines vecinos, así que cuando me paraba enfrente de la puerta del jardín de casa, todos estaban allí plantados, alegres y riendo porque yo venía a verlos, les daría la leche y la comida, los tomaría en las manos y los acariciaría a cada uno aparte, les infundiría alegría para continuar viviendo… y es que me parece que mis gatos sólo vivían de verdad en mi compañía. Después de haberles colmado de caricias y de halagos, si hacía buen tiempo, les aconsejaba que se quedaran al aire libre, que ventilaran su piel al sol, pero los tenía que sacar de mi habitación, porque solos no se habrían ido, porque cuando estaban conmigo era cuando mejor se lo pasaban… Si durante los días laborables no me quedaba a dormir en Kersko era porque no quería estar presente cuando los gatos tuvieran a sus pequeños. Y he aquí que un día llegué y eché de menos a la gata negra y blanca; al final la encontré en el cobertizo, yacía en un barreño para recoger patatas con cinco gatitos minúsculos; me lamió la mano y, a continuación, me la tomó con una pata para depositarla sobre sus hijos, que chupaban la leche de la madrecita, cada uno del tamaño de una pila de las que se ponen en un transistor… Acariciaba a los gatitos y al mismo tiempo temblaba de horror; cuanto más tiempo tenía la mano puesta sobre los cuerpecitos, más asustado estaba pensando que aquella misma mano cogería a unos cuantos de ese grupo para acabar con ellos. Me entró dolor de hígado y dolor de estómago, vertí, leche en el cuenco a los gatos y troceé carne para alimentarlos; pero cuando me senté enfrente de la máquina de escribir, no podía redactar ni una línea porque los dedos me temblaban y no me sentía capaz de teclear ni una sola frase con sentido. Andaba en círculos alrededor del cobertizo; Svarcava, la otra gata embarazada, me acompañaba, tenía una barriga enorme que en cualquier momento soltaría su contenido; me puse de cuclillas y ella se subió de un salto sobre mis rodillas, levantó las patas de delante para apretar su cuerpo contra mí, tenía ganas de que le insuflara coraje, ánimos, y es que me parecía ver que ella también estaba horrorizada de tener que dar a luz, ella solita, y sólo deseaba una cosa: que yo me quedara con ella… Yo estaba hecho polvo, empezaba a darme cuenta de que la casa de Kersko no era un buen lugar para mí, no era lo que los amigos me decían… que sería un lugar ideal para escribir, que ¡qué suerte!, tener una casa de campo y un piso en Praga… no, no, todo lo contrario, pensaba. En Praga me inquietaba pensando qué se había hecho de mis gatos y no podía escribir imaginándome que quizás tenían hambre, que se sentían solos… Y cuando llegaba a Kersko, me enfadaba diciéndome que más habría valido haberme quedado en Praga, que en la casa de campo tampoco podía escribir y que mi mujer seguramente tenía razón cuando decía… ¿Qué haremos con tantos gatos? Yo ya había tenido muchos gatos, después, además, una gata, la que me acababa de dar cinco gatitos; y sin duda Svarcava también pariría cinco más… A ratos deseaba tener un saco como el de correos, meter a las gatas y a todos los gatitos y matarlos y después meterme yo mismo y tirarme a un lago del bosque, o… De repente entendí por qué a mis gatos y gatitos les gustaba jugar sobre todo con una bolsa grande de esparto con dos asas redondas de color verde, y les gustaba meterse adentro y quedarse dormitando… Me lo había dejado la profetisa Marenka, que un día vino al bosque a buscar setas y me predijo no sólo que me convertiría en escritor sino que un día llegaría a un punto en que me colgaría en el sauce llorón cerca del arroyo… Mirando a los gatos se me apareció su predicción, la de Marenka, que había trabajado de enfermera antes de convertirse en profetisa con un turbante blanco adornado con una joya en forma de lágrima verde, que venía a caminar por nuestra pequeña ciudad y me dijo su oráculo que había leído en las cartas. Y me había dejado una bolsa enorme de esparto que no vino a buscar nunca más porque murió… Y yo ahora recordaba su oráculo que en su momento me había dado risa y del que me pitorreaba, más tarde la tomé más seriamente, tan seriamente que hice cortar las ramas del sauce, pero la primavera siguiente, el sauce se restableció con nuevos brotes muy potentes de donde crecieron unas ramas tan fuertes que en ellas se podrían colgar diez personas, tal como lo había dibujado y pintado Goya… Así que pensé en su oráculo, sumido en mis reflexiones bajé hasta el arroyo, el sauce estaba allí, preparado para recibirme, pero yo no, yo todavía no estaba listo para cumplir lo que predecía el oráculo, todavía no me veía con ánimo de colgarme… Pero antes de irme, llené los cuencos de leche y los platos de carne, por si acaso; cuando me marchaba, temblaba pensando qué podía pasar al día siguiente. Había llegado a tal automatismo que no podía estar ni en Praga ni en Kersko, o sea que si estaba en Praga, todo me impulsaba a salir de viaje hacia Kersko y hacia mis gatitos y viceversa. Al día siguiente aparqué enfrente de casa, salí, los gatos me vinieron corriendo al encuentro; agachado, los acaricié, pero sin cogerlos con la mano ni abrazarlos y colocármelos contra la cara; después me levanté y poco a poco penetraba entre los abedules, nervioso y asustado porque la gata que me quería más que las otras y la que yo adoraba hasta la locura, ese día, no se había presentado. Cuando entré en la casa, serví la leche en los cuencos y la carne en los platos, abrí la ventana y me quedé boquiabierto. Descubrí a Svarcava, acostada en el comedero para pájaros, en aquel comedero hecho de un viejo aparato de radio, sí, la gata yacía dentro del aparato y me enviaba unas miradas tan enamoradas que salí, obnubilado, me acerqué a la radio y comprobé que sí, sí, mi Svarcava tenía gatitos negros y moteados, bicolores; Svarcava se tumbaba de espaldas, como si fuera un barco de guerra que se hunde, me invitaba con los ojos llenos de amor a que fuera a contemplar la felicidad que había aportado a mi jardín, sus tesoritos, los cinco gatitos que me ofrecía desde su cama en el comedero para pájaros… Introduje la mano, Svarcava me la lamió con gratitud, después coloqué la cabeza sobre el margen de la parte baja de la vieja radio, como si escuchara noticias tristes sobre las catástrofes del mundo, respiraba y no podía volver en mí, estuve mucho rato así, con el corazón latiendo, y otra vez se me apareció esa frase con la cual mi mujer rellenaba nuestros fines de semana en Kersko… ¿Qué haremos con tantos gatos? Una vez un poco recuperado, primero pensé en la profecía de Marenka, según la cual me colgaría en mi propio jardín en el sauce que hay a la orilla del arroyo, pero a continuación me pregunté, Y si me cuelgo, ¿quién dará de comer y de beber a los gatos? De forma que me aparté del comedero para pájaros, miré los preciosos ojos enamorados, que ahora brillaban llenos de orgullo, de Svarcava, que se giraba buscando la posición en que sus pequeños podrían chupar mejor su leche, y yo estaba tan conmovido por sus ojos y por todos esos jugos invisibles que aportaban amor sólo a mí y a mis ojos que introduje la cabeza entera en la vieja radio, y Svarcava me besó y me lamió como si fuera uno de sus gatitos, y me besó otra vez y me cuchicheó al oído palabras dulces de un amor de gato y yo, entonces, decidí que pasara lo que pasara, me quedaría todos aquellos gatitos y daría quinientas coronas a cualquiera que acogiera a un gatito del grupo, quinientas coronas de dote para cada gato… Traje un cuenco de leche para Svarcava, que se apoyó en las patas delanteras para bebérsela toda, después llevé otro cuenco a la gata bicolor que estaba en el cobertizo. Luego paseé por el jardín y llegué hasta donde se cruzan los caminos, hasta la curva desde donde acostumbro a mirar los gatos cuando me dirijo a la estación de autobús, y contemplé mi casa escondida bajo los pinos y los abetos y los abedules altísimos; nadie habría dicho que allí vivía un hombre que estaba destrozado por tener tantos gatos, tan desafortunado y echado a perder porque tuvo que matar a una gata en un saco basto de correos, sobre el cual ahora estaba, en el cobertizo, un barreño de recoger patatas, lleno de gatitos que había dado a luz una gata descarriada, cinco gatitos, cinco, como los de Svarcava en el comedero para pájaros, aún lleno de migas de pan y copos de avena. Contemplo a distancia mi casa y sí, sí, quién habría creído que aquella casa con contraventanas verdes, escondida bajo árboles gigantescos, no estaba hecha para la alegría, las fiestas y la vida cómoda de un escritor que repartía su vida entre dos casas, una en el bosque, la otra en la capital, y podía elegir dónde quería estar según le apeteciera en cada momento. El domingo, justo cuando mi mujer repitió, llorando, su frase ¿qué haremos con tantos gatos?, enfrente de la puerta del jardín aparcó un coche y bajó un joven con un gato en brazos. El gato estaba hecho una piltrafa y el joven nos lo ofrecía diciendo, Mi madre os devuelve a vuestro Renda que no quiere ni comer hígado ni beber leche; últimamente se pasa el tiempo quejándose, así que, ¡va!, aquí lo tenéis, después de tres meses os lo devolvemos y muchas gracias. Y se fue. Mi maravilloso Renda, el que había sido el rey del mambo y el rey de los gatos, el guapetón, el que cuidaba de todo el grupo, ese mismo Renda-guaperas estaba allí hecho un guiñapo, con unos tics nerviosos que hacían resaltar su piel, antes reluciente, chispeante como la de una nutria, que ahora parecía un trapo desastrado, como si Renda acabara de salir de una alcantarilla. Tampoco andaba como antes; ahora arqueaba la espalda tanto que parecía un jorobado; entró en la casa, y después de dar un beso a su familia se sentó ante mí y fijó sus ojos en los míos, largamente, tanto rato que no lo pude soportar y tuve que bajar la mirada; entonces él saltó sobre mis rodillas y se sentó sobre mi regazo con las patas en mis hombros; no me miraba a mí sino dentro de mí; lo tenía que mirar también a él; tenía los ojos de Máca, aquella gata que se había ido al descampado y no volvió nunca más, prefirió morir sola en vaya usted a saber qué cobertizo que compartir mi vivienda con todo tipo de gatitos desconocidos. Mi precioso Renda, que ya no era nada precioso, después de hartarse de mirarme a los ojos, bajó para irse; yo recordaba cómo era antes, brillaba como si tuviera electricidad dentro, luda como una aureola, en cambio ahora se iba con su joroba y su tic; al cabo de un momento volvió, como si me quisiera decir una última cosa, como si quisiera añadir solo una cosa de las muchas que le habían pasado durante los tres meses de ausencia, pero se lo pensó mejor, hizo una señal con su cuello hecho polvo y se alejó de una manera que daría risa si no diera lástima, se alejó arrastrándose en dirección al arroyo…