Mi gato Autícko
Capítulo 8
En aquella época en que todos los gatos y gatas me tenían desesperado, siempre, antes de despuntar el día, venían a mi cama en un ensueño justo en el momento en que yo, bañado en sudor, debilitado, pensaba en la no existencia; justo en ese instante se presentaban; no me acusaban de nada, sólo se sentaban y me observaban, y en ese entresueño yo era incapaz de apartar la mirada de ellos que, sólo con sus ojos fijos en mí, me llevaban a la muerte. En aquella época me llegó una notificación para presentarme en Hradistko, en el consejo de administración donde pertenecía mi casa de campo; me habían citado como testigo: uno de mis vecinos, el señor Polách, demandaba a nuestra vecina, la señora Soldátová, por haber matado a tiros, desde una pequeña ventana de su casa, pájaros cantores y ardillas. Según el demandante, esto sucedía desde hacía más de quince años. Sobre todo había matado a muchos pájaros cantores, dijo el señor Polách, añadiendo que su hijo lo podía testimoniar, pero el gran testigo, según él, era yo, un escritor que vivía justo delante; yo tenía que testimoniar que no habría montones de esos pájaros asesinados, sino carretadas enteras. Aquella tarde en el consejo de administración, el presidente, el camarada Cerny, leyó la queja del señor Polách que, debido a los miles de pájaros cantores matados a tiros, había tenido que hacer dos tratamientos psiquiátricos, tanta pena le daban los pájaros, según nos contaba, y de tanta pena enfermó psíquicamente; yo veía que el señor Polách decía la verdad porque no paraba de sudar, tenía los ojos muy rojos y tomaba pastillas porque, de madrugada, se le aparecían todos esos pajaritos cantores, todos esos carboneros y pinzones, todos esos pájaros carpinteros, picapuercos, trepa árboles y verderones venían hacia él gorjeando para explicar y quejarse al señor Polách del destino tan amargo que les había tocado, el de caer, de repente, de las ramas de los nogales y los fruteros al jardín de la señora Soldátová; y los pájaros y pajaritos hacían un vocerío tan fuerte que, por culpa de él, el señor Polách había enfermado de la cabeza y por eso presentaba una queja y pedía que el ayuntamiento hiciera algo; como ya no despertaría a aquellas carretadas de pájaros de la muerte, lo único que pedía era que la señora Soldátová le entregara esas dos escopetas de aire comprimido para que él personalmente las pudiera destruir, que incluso le pagaría aquellas armas terroríficas, haría todo esto para asegurarse de que la señora no dispararía nunca más desde la pequeña ventana, para que el señor Polách pudiera descansar y para que nunca más le hubieran de ingresar en un hospital psiquiátrico, y los pajaritos dejasen de visitarlo de madrugada lamentándose de su sufrimiento. El presidente del consejo de administración me pidió que dijera lo que sabía sobre ese caso. Dije que sí que, de vez en cuando, encontraba algún pajarito fusilado, que algunas veces había oído disparos, que algún que otro perdigón había ido a parar debajo de una rama o debajo de un tronco de algún árbol en mi jardín, pero que nunca había visto que la señora Soldátová disparara ni la había visto con un arma al hombro. Y observé que el señor Polách, el demandante, se iba poniendo rojo, los ojos se le volvían sangrientos y se secaba el rostro bañado en sudor con la mano y depositaba puñados de sudor sobre el pantalón o en la gorra. Entonces empezó diciendo que era verdad, que la señora Soldátová disparaba contra los pájaros desde una minúscula ventana de un pequeño cuchitril, de forma que él tampoco la había visto, pero que tenía una queja también contra mí porque yo tenía permanentemente unos cuantos gatos, a veces llegaban a ser ocho, y que mis gatos habían matado miles de pajaritos, de hecho más de miles, y si esto continuaba, pronto, en Kersko, no quedaría ni un solo pájaro. Sólo pensar, decía, que en cada jardín de Chequia hubiera dos gatos, todos los pájaros cantores se irían a freír espárragos. Y añadía que del mismo modo que a la señora Soldátová había que castigarla, porque no podía ser que el propietario de cada casa con jardín fuera disparando contra los maravillosos cantores, yo y mis gatos representábamos el mismo peligro para los pájaros que las dos escopetas de la señora Soldátová. Al oír esa queja se me iluminó la cara; después de mucho tiempo tuve una sensación de bienestar. Y pensaba que, efectivamente, cuando liquidaba a mis gatos y gatitos, ayudaba a que no se mataran tantos pajaritos pequeños en los nidos y pájaros en las ramas, y mentalmente daba las gracias a que me hubieran llamado al consejo de administración como testigo de la hecatombe de pajaritos cantores porque, al fin y al cabo, me acababa de dar cuenta de que mis asesinatos tenían sentido y que, bien mirado, yo no era nada más ni nada menos que un protector de la naturaleza. Tomé la palabra para decir que las observaciones del señor Polách eran correctas, que admitía que los gatos eran enemigos no sólo de los pájaros cantores sino también de los faisanes, y que cuando las gatas tienen pequeños o están hambrientas, se atreven incluso con las liebres o los conejos salvajes. Y sí, dije, sin que nadie me hubiera obligado a ello, yo sabía cuál era mi obligación ciudadana y maté a los gatos y gatitos que sobraban y por eso, ahora mismo, no tengo más de tres gatitos ya crecidos, unos gatitos que ya había prometido a diferentes personas, de forma que no hace falta que pida permiso a los vecinos; sé qué dice la ley sobre tener gatos y perros en los jardines y en las casas que tienen vecinos. El hecho de que el señor Polách hubiera acusado a mis gatos muertos hizo que me fuera abandonando la sensación de culpabilidad, y yo quería echarla del todo, así que me decía, Qué lástima que los bosques ya no los vigilan los guardas militares, que habían existido cuando el barón Hiross y el príncipe Hohenlohe mandaban que mataran a tiros a los gatos y los perros para conservar los animales del bosque y los pájaros cantores. Acabé de contar lo que sabía como testigo y, después, empecé a hablar como si fuera un fiscal, solté todo un discurso y mi voz resonaba por la sala como unos truenos, mis ojos lanzaban relámpagos mientras explicaba que, una vez en casa, en nombre de los pájaros cantores liquidaría a los tres gatitos que me quedaban; el presidente del consejo de administración me dio las gracias, a mí y al señor Polách, que estaba tragándose pastillas y más pastillas porque mi discurso había agravado su estado mental: el señor Polách se imaginaba no carretadas de pájaros muertos sino cestos enormes llenos de carboneros y pinzones preciosos, de verderones y garzas y otras aves desgraciadas, asesinadas todas. El señor Polách me dijo que todos esos pájaros volverían a quejarse ante él de madrugada y que él no tendría ningún otro remedio que consumir más calmantes y ansiolíticos y visitar las clínicas psiquiátricas con más frecuencia. Puesto que no se había presentado la señora Soldátová, aquella tiradora contra la cual el señor Polách había presentado la queja y la demanda, el presidente del consejo de administración leyó el acta y después dio la reunión por acabada. El señor Polách y su hijo, que habían venido a Hradistko en coche, me llevaron a Kersko; durante el tiempo que tardaron en hacer por carretera los tres kilómetros que separan Hradistko de Kersko y después durante el tiempo que estuvieron conversando conmigo en el coche parado bajo la farola cerca de mi casa, tuve que escuchar lo que el señor Polách me decía: que yo era un hombre horroroso, indigno de ser un escritor, por haber dicho que no había visto a la señora Soldátová disparar desde la ventana, que, en el fondo, había hecho todo lo posible para exculpar a la señora Soldátová, cosa que hacía el caso del señor Polách más difícil de ganar; y se quejaba de mis gatos que liquidaban y continuarían liquidando todas las aves inocentes que con sus gorjeos alegraban la vida del pueblo trabajador cuando estaba de vacaciones en el campo y cuando los obreros abrían las ventanas de sus edificios en los barrios periféricos y también en el centro de la ciudad, lleno de parques que se engalanan con los cantos de los pájaros que tanto ayudan a construir el socialismo y el futuro radiante, mientras él, el señor Polách, tenía que presentar una demanda ante el consejo de administración sobre un asunto tan evidente como éste: que se tendría que evitar que cada año murieran bandazos de pájaros por culpa de las escopetas de aire comprimido, además de los gatos. Cuando el señor Polách acabó su discurso, brillaba en la luz que la farola de la calle lanzaba dentro del coche; le deseé mucho éxito en su lucha por la salvación de las aves cantoras y añadí que era un hombre valiente. En aquel momento, una cabeza llena de rizos se acercó desde el asiento de atrás hacia mí, los labios se colocaron muy cerca de mi oreja; me aparté para ver al joven alto, el hijo del señor Polách, y cuando giré la cabeza en una posición de perfil, el joven volvió a acercar los labios hacia mi oreja para cuchichear… ¿Y qué me dice de las vacas, señor Hrabal? ¿Las pobres vacas, las vacas de Chagall? Tenemos que luchar a favor de un trato más humano con el ganado destinado al matadero… ¡Oh, las pobres vacas de Chagall! Y continuaba diciéndome al oído… En algunos mataderos, en las ciudades donde las universidades tienen estudios de veterinaria, los profesores llevan a sus clases ante el ganado que espera que lo ejecuten, y bajo la mirada del profesor, los alumnos abren el cuerpo de las vacas vivas para que los futuros veterinarios vean cómo es un corazón vivo, unos pulmones vivos, un hígado vivo, un bazo vivo, un estómago vivo; el profesor enseña y explica todo esto, pero… Señor Hrabal, nadie, nadie se fija en los ojos vivos de las vacas… Nadie ve esos ojos de los que los poetas de la Grecia antigua decían que se parecían a los ojos de las diosas, a los ojos de Afrodita, la de los ojos de vaca, la de los ojos más bonitos del mundo… Señor Hrabal, los griegos y otros pueblos de la antigüedad sabían que matar una vaca era un crimen, por eso compartían la culpa con los dioses, sacrificaban esas bellas criaturas a los dioses y compartían la culpa por el derramamiento de sangre con sus dioses, mientras que nosotros asesinamos a las pobres bestias en los mataderos… Y como si con esto no hubiera bastante, antes de que el asesinato se lleve a cabo, los futuros veterinarios se meten en las entrañas del animal vivo para aprender lo que en las aulas universitarias sólo pueden conocer en teoría… Señor Hrabal, hay que hacer algo porque… escúcheme bien: los ojos indefensos de las vacas, de las pobres vacas de Chagall, me inculpan de asesinato no sólo a mí y no sólo a usted sino a toda la humanidad, y yo, señor Hrabal, a veces tengo la sensación de que las pinturas de Chagall me matarán… Esto me decía el joven con los labios muy cerca de mi oreja… Y yo, mientras tanto, me imaginaba los ojos de mis gatos y gatas que había matado, aquellos ojos llenos de reproches, los ojos que no se imaginaban que los acabaría matando, en cambio sabían perfectamente que me querían, que en mi cama habían dado a luz sus gatitos, que me tenían una confianza ilimitada y sabían que sólo conmigo podían ser felices, en cambio yo los maté metidos en un saco de correos como si fueran unas comadrejas que hacen daño; si me traían unas codornices, unos pequeños faisanes o unos conejitos, no era para hacer daño a aquellos animalitos sino para honrarme a mí con su botín; y deben de haber pensado que, puesto que los tenía que matar, ¿por qué no dejárselo hacer a un guardabosques?, estaban convencidos de que algún otro y no yo tenía que matarlos, de forma que la culpa era mía, porque yo había matado el amor. Por eso yo era culpable ante mí mismo, por eso, al amanecer, mis garitas volverían a presentarse; de hecho soy yo quien viene a quejarse y lamentarse de sí mismo, porque mis remordimientos me acompañarán mientras viva… Del mismo modo que al señor Polách, una persona inocente, cada mañana le venían imágenes ardientes de pájaros que alguien había matado de un disparo de escopeta de aire comprimido o que mis gatos habían cazado: cada madrugada, aquellos pájaros bordarían las sábanas de su cama con su bellísimo gorjear… Del mismo modo que el joven que cada mañana también estaba a punto de morir cuando se le aparecían los ojos llenos de acusaciones silenciosas de las pobres vacas de Chagall… Solté un pequeño grito lastimoso y bajé del coche, endosando un golpe a la puerta; el vehículo se puso en marcha y yo caminé, rociado por la luz amarillenta de una farola, avanzando por la avenida de árboles y a lo largo de los palos blancos de nuestra valla. Después me abrí camino a oscuras a través del jardín y tres gatitos crecidos me vinieron a recibir, me acariciaron las piernas y los pies con los cuerpos y las cabecitas, después daban tres saltos largos hacia adelante para, después, volver a mis pies que rozaban y volvían a alejarse, mis animalitos, mis bichitos que necesitaban demostrarme su amor incondicional, como me lo habían demostrado sus madres que también me querían y, aun así, yo las maté.