Mi gato Autícko
Capítulo 5
El gato blanco y negro, Renda, desapareció. No me cansaba de deambular por las avenidas de árboles, a lo largo del arroyo y por la carretera buscándolo en la cuneta, pero no había manera. Incluso llegué a desear que lo hubiera encontrado un cazador o que hubiera acabado bajo las ruedas de un coche. Pero no era así; Renda se fue, como en su momento lo había hecho su madre, una gata de los mismos colores que el hijo, que había dado a luz en mi cama, sí, fue allí donde nació Renda y los otros gatos; aquella gata me quería tanto que cuando sus pequeños habían crecido, ella venía a controlarme, a ver si estaba solo sin ningún gato cerca y menudo escándalo me montaba si comprobaba que llegaban sus hijitos liderados por Renda; sí, en aquellos momentos era capaz de montar un cristo, soltaba silbidos como una serpiente hacia los hijos y las miradas de odio que me lanzaba me quitaban el sueño; después desapareció para volver un día y otro y después ya no volvió nunca más, me dejó destrozado y sumido en unos remordimientos que no se acababan nunca; estuviera donde estuviera, en el bosque, en Praga y sobre todo en la cama, me despertaba de madrugada una nube oscura que poco a poco iba tomando la forma de la gatita que me acusaba de serle infiel con sus propios hijos, cosa que ella no soportó y murió en el bosque, al lado de la casa de los Mícek. El hijo de la gata, el guapote, me hizo la vida imposible todavía más que ella. Es cierto que lo regalé a la pareja que acababa de perder a su gato de dos colores, parecido al mío, pero lo hice sólo después de haber oído sus promesas de que llevarían el gato al campo y que viviría con ellos como un rey. Cuando su hijo llegó, tres meses más tarde, para devolverme al gato —la señora ni siquiera se dignó presentarse—, enseguida presentí, con Renda en los brazos, que ese gato me haría sufrir, y mucho. No me dejó abrazarlo, no se apretujó contra mí, como antes acostumbraba hacer, tirando la cabecita hacia atrás y casi desfalleciendo de dicha al sentir mi aliento en su cuellecito, tan feliz que su felicidad se me contagiaba y yo también estaba a punto de desfallecer. En la cocina lo solté para que sus hermanos le dieran la bienvenida, pero ellos lo miraban como un recién llegado que nunca había sido uno de ellos, como si no hubiera nacido en aquella casa con todos los demás, como si nunca hubiera sido el gato más maravilloso y más listo y sabio de la casa, como si no fuera el gato Renda que limpiaba a todos sus hermanitos y hermanitas, el que decidía el programa exacto de la meshuge stunde, punto por punto, que guiaba a toda la hermandad cuando había que atravesar un pontón sobre el arroyo para esparcirse en los campos, aquel que, cuando alguno de los otros se excedía en un rifirrafe o en un juego, intervenía y castigaba al culpable, el cual aceptaba el castigo humildemente porque Renda era una cabeza más alto que el resto. Tres meses más tarde, cuando lo habían venido a devolver, el joven que lo trajo dijo que durante el último mes no había hecho nada más que quejarse y la última semana se había mantenido en silencio, como si hubiera decidido morir de hambre, así lo expresó el joven. En mi casa sí comió, pero esperó que los otros gatos acabaran primero y después se puso él a ello; yo esperaba ver cómo levantaba la cabecita para mirarme y volver a beber a continuación; era así como antes acostumbraba darme las gracias. Pero ahora, a pesar de que sabía que yo lo observaba, sí, era perfectamente consciente, no levantó la cabecita ni una sola vez; después de comer, salió fuera mirando nuestras ventanas…
Desde que lo devolvieron hecho un guiñapo, mientras el resto de los gatos soltaban dulces suspiros, acostados en el sofá, Renda se sentaba en un rincón como un huerfanito, me miraba sin interés, a veces parecía que quería decirme algo, esbozar una sonrisa como antes, pero cualquier intento se le helaba en su rostro blanco y negro; así se podía pasar toda la tarde, dirigiéndome la mirada, pero si lo acariciaba, él cerraba los ojos y se apartaba, como si cualquier contacto conmigo le resultara desagradable; se parecía a su madre cuando venía a controlar la situación, a ver si yo ya estaba solo en casa sin aquellos hijos suyos que no quería ver ni en pintura. Durante un mes, cada día Renda se sentaba en su rinconcito y me observaba; yo no podía hacer nada, ni pensar en escribir; habría sido incapaz de redactar ni una sola línea; durante todo aquel mes intenté captar una de aquellas miradas suyas de antes, cuando se deshacía de dicha, se le hacía la boca agua de emoción porque yo lo contemplaba y le hablaba y lo acariciaba… Pero desde que hace un mes me lo habían traído hecho un trapo, no pude conectar con él, nuestra historia de amor se había acabado, no podía perdonarme, seguramente a sus ojos había cometido algo tan horroroso que, de hecho, no había perdón posible… Y yo, cada día que pasaba, me sentía más y más culpable, cogía a Renda en brazos, ofrecí a Renda el privilegio de dormir al lado de mi cabeza mientras los demás gatos tenían que colocarse a mis pies, pero ni eso lo conmovió; saltó de la cama para sentarse en el rinconcito de siempre, para tirarme desde allá miradas llenas de reproche, para torturarme con el recuerdo del horror que le había causado con su estancia de tres meses en un piso de Praga…
Y he aquí que un buen día Renda no volvió a casa. ¡Qué descanso, Dios mío! Durante varios días me sentí dichoso en ausencia de aquellos ojos acusadores, sentados en un rincón de la cocina, pero no estaba seguro del todo de que Renda ya no estuviera. Para asegurarme rondaba por los prados y los bosques y a lo largo de las carreteras buscando el cadáver del gato. Pero no había huellas de que se lo hubieran cargado ni los cazadores ni un coche; iba preguntando si los vecinos de las casas alejadas habían encontrado el cadáver de un gato bicolor en sus jardines, indagaba incluso en los pueblos vecinos porque a veces a los cazadores les gustaba dejarse caer, tranquilamente pero bien alerta, en los bosques distantes, y no dejaba de interrogarles sobre si no habían matado de un tiro a un gatito blanco y negro, ¿quizás junto a los pueblos de Loskoty, en la orilla del arroyo de Olsiny, en el Camino de la Rectoría, en la Bóvila? Escrutaba a los cazadores con la mirada cuando hacía esa pregunta en las cervecerías de los pueblos, pero no cabía ninguna duda de que me decían la verdad cuando contestaban que no, no se habían cargado a ningún gato blanco y negro, y si lo hubieran hecho, me lo habrían dicho. Esto significaba que Renda había desaparecido y que yo podía descansar. Aun así al cabo de una semana el gato me empezó a aparecer del mismo modo como había pasado con su madre: antes de que despuntara el día; mi sueño es quebradizo, en general tengo dificultades para dormir, en la cama voy envolviéndome nerviosamente en la sábana deseando ver rayar el alba, la luz, hacia las cinco… Renda me visitaba no en forma de una nube, o un nubarrñon del cual, paulatinamente, fuera discerniendo el rostro del gato. No: Renda llegaba como una centella; de repente se me iluminaba la cabeza con su imagen, parecía que la cabeza se me iba ensanchando hasta tener la dimensión de la cocina, y continuaba ensanchándose hasta llegar a ser tan grande como todo mi jardín con los pinos y los abedules y el arroyo… En aquel rayo estaba Renda, escrutándome de tal manera como si no hubiera nada más en el mundo, y entonces yo presentaba una denuncia contra mí mismo, yo mismo describía mi propia culpa, la cual Renda no me había perdonado nunca, y poco a poco iba dándome cuenta de que ni yo era capaz de perdonarme… Señor Hrabal, durante tres meses, unos tres meses que parecían toda una eternidad, estaba en aquel piso de Praga detrás de una cortina, le juro que no me zampé ni hígado ni riñones, ni ternera hervida ni pescado de mar, cosas que tanto me gustaban en su casa, sentado detrás de la cortina me comía el coco, no me cabía en la cabeza cómo usted, sí, usted, había sido capaz de darme a aquella mala gente, ¿por qué, señor Hrabal, no les regaló mi hermanita?, la pequeñita, ¿sabe?, a quien le encantaría pasarse los días aquí, detrás de la cortina. Pero yo pensaba en usted, como sabe bastante bien, en usted a quien había querido, del mismo modo que usted me había querido a mí, le adoraba tanto que habría estado de acuerdo si me hubiera metido en aquel saco de correos y me hubiera matado como había matado a aquella gata, mi madre, durante los días de frío intenso, me habría introducido por voluntad propia en aquel saco para que usted me matara a golpes como a aquellos gatitos acabados de nacer, y yo, de usted, lo habría aceptado, señor Hrabal, porque yo a usted lo quería, sí, señor… Usted me habría matado a golpes contra los troncos de los abedules que yo utilizaba para limar mis garritas. Sé perfectamente que aquel saco, el de correos, que tiene manchas de sangre y está muy plegado en el cobertizo, servía para eso, para matar más gatitos y gatos, todos los que sobraban en su casa. Pero dígame, ¿por qué me dio a unos desconocidos si me quería?, de todos los gatos que tenía me quería más a mí, y yo lo quería a usted con locura. Señor Hrabal, con el corazón en la mano, ¿verdad que podía alimentar a un gato más? Yo no quería que me mantuviera gratis, no quería la leche y la carne gratis, usted sabe muy bien que cada ratón que cazaba lo depositaba en la ventana para que usted viera que no me alimentaba gratis, le traía pájaros pequeños y perdices y faisanes, un día le llevé una liebre y otro día un conejo muy grande y aún vivo, con quien libré una lucha feroz sólo para demostrarle que no me alimentaba gratis, que yo le era útil; todo esto lo hacía porque había nacido en su cama, dormía con usted y lo acompañaba en sus paseos nocturnos; cuando nevaba, atravesaba la nieve profunda del bosque con usted hasta llegar a la cervecería Casa del Guardabosques, donde tantas veces lo esperé para dar unos cuantos saltitos y acompañarlo devuelta a nuestra casa, hacia la estufa al rojo vivo, para después acostarme con usted y dormir a su lado como el único gato, el privilegiado, sí, usted me hacía creer que yo era el privilegiado de entre todos los gatos, y yo estaba orgulloso, y también estaba orgulloso de todos sus pinos y abedules, de su arroyo; llegué a aprender cuándo usted volvería a nuestra casa en el bosque; a veces hacía mucho que su coche no aparecía, pero yo me sentaba en el balcón y desde mi atalaya escuchaba y sabía y reconocía el sonido de su coche ya en el momento en que todavía corría por la carretera, entonces bajaba corriendo y llegaba a su encuentro; cuando paraba su coche, ya estaba derecho delante y reía de felicidad pues ya le tenía aquí, y usted sabía todo esto, sé perfectamente que si a veces usted corría demasiado con el coche, yo le hacía una señal a través del aire diciendo ¡Más despacio! No quería que se matara o que tuviera un accidente grave, señor Hrabal, porque… ¿Qué sería de mí sin usted? ¿Qué sería de mí si a usted lo hubieran ingresado en el hospital o si lo colocaran en un ataúd? Yo lo quería tanto, señor Hrabal, tanto quería sus árboles y su césped y todos los senderos por donde paseaba y bajaba hacia el arroyo, tanto que cuando usted no estaba, yo deambulaba por aquellos senderos y caminos y veredas que usted tomaba cuando yo lo acompañaba a su lado, y cuando usted se paraba, se inclinaba hacia mí, yo daba un saltito y usted me cogía en brazos, me colocaba bajo su barbilla, cerraba los ojos y entonces yo también los cerraba, así éramos felices, señor Hrabal, esto lo era todo para mí, no el hecho de que usted me daba leche y pescado de mar, sino el hecho de que usted me cogía en las manos y apretaba la cara contra el pelo que tengo bajo la barbilla, y yo sentía que era suyo y usted era mío… Señor Hrabal, ¿por qué no abrió aquel saco de correos? Si no me quería, ¿por qué no me dejó meterme en aquel saco y no me mató a golpes contra el tronco de un abedul, por qué después no me hendió la cabeza con el hacha, por si las moscas? ¿Por qué, por Dios, preparó para mí un futuro tan horroroso, el de hacerme sentar detrás de una cortina en un piso, mientras yo lo añoraba tanto, pero tanto?, y ¿por qué, al final, cuando yo ya había perdido toda esperanza, cuando ya me había quedado destrozado, por qué me devolvieron a su casa, y por qué usted me adoptó, un colgajo sin alma y sin amor? Y es que, señor Hrabal, después de todo aquello, yo había dejado de quererle, no podía quererle más porque lo único que quedó en mí fue un reproche, una acusación, nada más que una queja, el luto por el hecho de que, tres meses atrás, usted me había regalado, y yo me dejé de buen grado porque no me esperaba una crueldad parecida de usted, no podía esperarme de ninguna forma que sería capaz de darme a unos extraños y que usted, señor Hrabal, podría continuar viviendo sin mí… Esto es lo que el gato Renda venía a reprocharme antes de que amaneciera, y entonces yo empezaba a envolverme en la sábana una y otra vez porque había perdido el sueño por todas aquellas acusaciones que contra mí presentaba el testigo principal, Renda. Bañado de sudor me levantaba todo ese año a esa hora, tambaleándome me ensartaba unas piezas de ropa necesarias y salía en la oscuridad antes del amanecer, daba vueltas y más vueltas y por poco que no cometía lo que me había predicho Marenka, la profetisa que, antes de morir, me había dejado una bolsa de esparto con dos asas verdes, Marenka, que me había predicho que un día me colgaría en el sauce al lado del arroyo… Pero yo no tenía ganas de colgarme, yo quería continuar viviendo en este mundo, tenía ganas de escribir más libros, por ejemplo este documento que testimoniaría mi traición al gato Renda, tal como antes había traicionado a su madrecita, y por eso ahora sufría la mala conciencia y la sensación de una culpa escalofriante por el crimen cometido contra los gatos. Y a aquella hora, cuando canta el gallo, totalmente destrozado por los remordimientos, me imaginaba que aquellos mismos remordimientos los debían de sufrir todos aquellos que habían participado en las guerras, todos aquellos que habían sacado a millones de personas de sus casas y de sus campos y paisajes; me preguntaba, yo que me hundía por haber matado a unos cuantos gatos y por el hecho de que otros gatos me habían abandonado, ¿cómo habría sufrido si hubiera matado a un hombre? Estas preguntas y estas imágenes eran las que me acompañaban durante aquellas madrugadas empapadas de sudor y, antes de que amaneciera y de que saliera el sol, mi sensación de culpa aumentaba porque me reprochaba haber comparado la vida y la muerte de un gato con la de una persona… ¡Uf, qué cara más dura tenía! Aquellas reflexiones no alejaban de mí la culpabilidad que sentía por la muerte de los gatos y de los gatitos, porque, para colmo, me venía a la mente la idea de que no se puede matar a un gato y menos todavía a una persona y no se puede echar a una persona pero tampoco a un gato, y quien la hace la paga, sí, seguro que lo acabará pagando…