Mi gato Autícko

Bohumil Hrabal · Capítulo 3 de 9

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Mi gato Autícko

Capítulo 3

 

 

Después de que Svarcava había dado a luz y estaba con los gatitos en el comedero para pájaros, en aquel pesebre popular y conmovedor, yo tenía ganas de dejar de existir. Poco a poco me iba dando cuenta de que mi mujer tenía razón cuando decía ¿qué haremos con tantos gatos? Tenía razón, sí, pero ¿cuál era la solución?

La culpa de tener tantos gatos en la casa de campo era mía; nuestras estancias de fin de semana se habían convertido en cualquier cosa menos en idílicas; al contrario, desde la mañana temíamos que al abrir las puertas del jardín, la cocina y el pasillo quedarían inundados de gatos y temblábamos pensando qué pasaría cuando los diez gatitos pequeños se hicieran grandes. Mi mujer a menudo lloraba y repetía la letanía y la oración que disparaba contra mí… ¿Qué haremos con tantos gatos que además se multiplican? Los pies me llevaban automáticamente junto al arroyo donde me quedaba mirando aquel sauce llorón, el sauce en que, según el oráculo de Marenka, me acabaría colgando. Y he aquí que un día cogí un barreño grande que había encontrado en el cobertizo, y mientras los gatos en la cocina bebían la leche que les había vertido en los cuencos y mientras mi mujer estaba fuera, la había enviado a casa de los vecinos, en un estado febril saqué a tres de los gatitos pequeños del comedero para pájaros y los metí en el barreño, después entré en el cobertizo de donde saqué a otros tres gatitos y los coloqué junto a los pequeños del comedero, y maquinalmente abrí el saco de correos con una mancha seca en los márgenes y puse a tres gatitos y tres gatitos; corriendo me adentré en el bosque para, una y otra vez, golpear el saco contra el suelo, fuertemente… Necesitaba un respiro, del mismo modo que lo había necesitado aquella vez en invierno cuando ayudé a un enorme gato desconocido, todo él piel y huesos, a irse al otro barrio… Ya en aquella época, después de haber matado a aquel gato, tenía la misma sensación que ahora, después de haber matado a los seis pequeños. Después de haber liquidado a aquel gato sentía haber cometido un asesinato y sabía que aquella sensación no me abandonaría nunca más. Pero poco a poco me iba acostumbrando a aquel hecho, de forma que, al final, el gato se me aparecía sólo en los sueños de madrugada; en las pesadillas revivía lo que había pasado: el gato que maullaba lastimeramente diciéndome que lo ayudara, a lo cual yo me negaba, así que el gato continuaba maullando, ¡ayúdame, ayúdame! Para ayudarlo, pues, abrí el saco de correos y el gato, casi como si quisiera vengarse de que no le hubiera dado la bienvenida a casa con un cuenco de leche y una buena compañía, se introdujo él solo en el saco y yo lo maté, sí, lo maté para deshacerme de las noches cuando rondaba alrededor de mi casa, quejándose amargamente, llamando desde la profundidad del alma que alguien lo ayudara, y yo lo ayudé, sí, pero a retirarse al otro lado de las cosas y de la gente y de los animalitos: a la muerte. Después de haber matado a los seis gatitos todavía cieguitos, me sentía como si me hubiera molido una piedra, sin aire por lo que acababa de hacer. A pesar de que temblaba de terror, era consciente de que había que acabarlo, así que me agaché para palpar las cabecitas de los animales y con horror constaté que los gatitos todavía se morían, como aquel gato malnutrido aquel día invernal; así que, como ese día, ahora también cogí un hacha, la que me servía para partir leña… Y después cogí una pala y allí, entre los abedules, en un lugar apartado, cavé una fosa muy profunda, aboqué el contenido del saco, ese contenido que estaba todo mojado, no pude hacer otra cosa que recoger unas seis ramitas de geranio en flor de las ventanas de casa y depositarlas encima de los gatitos que yacían muertos en una mezcla escalofriante: no tenía que haberlos mirado porque los gatitos me hicieron pensar en las fosas comunes de los nazis… Amontoné mucha mucha tierra en la fosa, colocando una roca encima, y esparcí la superficie con hojas secas de roble para disimular las trazas. Dejé el saco de correos bien doblado en el cobertizo; una vez salí de las oscuridades del cobertizo a la luz del día, me fui tambaleándome y me entraron náuseas; corriendo me acerqué al comedero para pájaros vacío y, apoyándome, vomité una y otra vez…

Con lágrimas y todo pálido abrí la puerta de la casa y después estuve mucho rato plantado con la mano en el pomo de la puerta de la cocina, donde los gatos bebían leche. Cuando la abrí, salieron mis gatos y las dos gatas que tanto me querían; las acaricié guiándolas hacia el barreño; la primera en meterse fue Svarcava que enseguida aceptó a los cuatro pequeños como suyos y al cabo de un instante se metió la otra gata para introducirse en el barreño ella también, como la cosa más natural del mundo… Así, las dos gatas yacían en el barreño y los gatitos lamían la leche, como si fueran los recién nacidos de un solo gato o como si fueran comunes de las dos gatas… Y les acerqué la mano que las dos gatas se pusieron a lamer, cerrando los ojos, dichosas porque yo las acariciaba y porque hacía mimos a las dos parejas de gatitos, y a mí se me quitó un peso de encima, aunque sólo aparentemente… Las gatas dividieron sus papeles, siempre una de ellas se quedaba en el barreño mientras la otra hacía lo que necesitaba hacer, tomándose su tiempo: saltaba la valla del jardín para acudir a los lugares preferidos, donde seguramente se recuperaba del cuidado que había tenido de los gatitos; si una gata se ponía nostálgica, se acercaba al barreño que habíamos trasladado a la cocina, y se ponía en el lugar de la gata que había estado de guardia; mientras se intercambiaban, se besaban. Los gatos machos también venían a ver a los pequeños; a veces, cuando las gatas no estaban, se metían en el barreño para lamer, limpiar y calentar a sus sobrinos y sobrinas y yo entendí que, habiendo matado a seis gatitos, había prestado un buen servicio a toda la comunidad, pero esencialmente a mi mujer a quien le dije que había llevado a los gatitos al doctor Beník que los cloroformizó… Aquel mes parecía una época llena de bienaventuranza porque las dos gatas competían cuál de ellas me quería más y me lo demostraba con más ímpetu, cuál de ellas saltaba más a menudo sobre mi regazo y me ponía las patas en los hombros, mirándome a los ojos con toda la ternura. Y he aquí que mi siesta con los gatos le llamo la atención a uno de mis amigos fotógrafos que un día vino con la máquina para fotografiarme; me retrató sentado en el banco delante de mi casa con el barreño sobre las rodillas, con cuatro gatitos y dos gatas agachadas de tal manera que una colocaba la cabeza en los pies de la otra; yo tenía las manos dentro del barreño. Los gatitos, que ya veían, me lamían las manos, se apretaban contra ellas y me daban golpecitos con las cabezas mientras yo contemplaba mis manos en el barreño, acariciando a los pequeños; y entonces, de repente, como una centella me atravesó una visión escalofriante… Me vino la idea de que me dejaba fotografiar como los altos cargos de las SS con las fosas comunes llenas de muertos y fusilados… A continuación me vi como los turcos que, mientras llevaban a cabo el genocidio contra los armenios, se dejaban fotografiar con las cabezas cortadas de las víctimas: un día vi una foto de un militar turco con seis cabezas cortadas; los militares se llevaban las cabezas de las víctimas a la ciudad para hacerse fotos, del mismo modo como lo hacían algunos soldados norteamericanos con los vietnamitas: después de descabezar al ejército enemigo, se hacían fotos, y antes de hacerlas metían un cigarrillo en la boca de la cabeza acabada de cortar; como yo, pensé, cuando lancé a cada gatito una flor de geranio a la tumba. Mientras estaba sentado en el banco delante de casa, mi amigo hacía clic-clic con su máquina fotográfica para conseguir el retrato más hermoso de todos; y no podía adivinar, ni él ni nadie, las ideas que me pasaban por la cabeza, y no sólo por la cabeza, aquellas ideas me atravesaban todo el cuerpo. A partir de aquel momento sabía que no hacía falta ni ver el saco de correos manchado de sangre, que no hacía falta que agarrara el hacha para partir leña, que no hacía falta ni que me mirara las manos; no, no hacía falta nada de esto porque yo ya por siempre jamás tendría una sensación de culpa, que a partir de ahora no me visitaría sólo la vieja gata invernal sino que me vendrían a ver los gatitos pequeños, seis gatitos me visitarían por siempre jamás, los reproches de mi conciencia se me aparecerían cada madrugada antes de despuntar el día y no me dejarían dormir. El hecho de que Svarcava y la otra gata, la que no tenía nombre, la Sinnombre, me quisieran, no me ayudaba nada, al contrario, hacía crecer mi vergüenza, mi culpa. Es cierto que me daban la bienvenida de lejos, que sus ojos me transmitían ternura, que me querían todo entero, que cuando me inclinaba sobre el barreño, se deshacían de amor y la boca se les humedecía tiernamente, yo lo era todo para ellas, yo era lo más maravilloso que habían tenido en la vida. Es cierto también que, según me pareció, me querían más que a sus pequeñas pilas, como yo denominaba a aquellos cuatro gatitos de las dos familias que había juntado, así que las dos madres tenían la sensación, no, no la sensación sino la firme convicción de que todo estaba bien, que los pequeños eran de cada una de ellas. No podían pensar más allá, mientras que yo, yo lo pensaba todo hasta el final, pensaba en lo que no tenía que haber hecho pero que al fin y al cabo había hecho. De este modo yo, quien durante más de cuarenta años tenía unas reacciones hipersensibles a flor de piel, yo, a quien irritaba incluso el sonido de una hoja de árbol colgada de una telaraña en la ventana de la cocina, yo, con mi sensibilidad, me di el lujo de matar a una gata andrajosa en un bosque invernal y después a seis gatitos pequeños. Yo que sentía incluso el tictac de un reloj de mano envuelto en una bufanda, yo no había previsto lo que me esperaba después de haber llevado a cabo mi acción…