Mi gato Autícko

Bohumil Hrabal · Capítulo 6 de 9

Páginas del PDF

Mi gato Autícko

Capítulo 6

 

Aquel año no fue feliz para mí, a pesar de que mis amigos, todos, afirmaban que sí lo sería porque yo vivía en Kersko, en un bosque, respirando el aire saludable, rodeado de gatos y escribiendo lo que me apetecía, mientras mis amigos tenían que quedarse en Praga con sus pequeñas preocupaciones banales. Y he aquí que una gata nueva apareció un día y que, con la mala suerte que acostumbro a tener, se enamoró de mí. Era una gatita blanca y negra que tenía la piel enferma, cubierta de granos; le apliqué una pomada que la curó, pero, al cabo de poco, los hongos volvieron a surgir. Al final la piel se le curó, no gracias a las cremas sino porque la gata se había arrancado los pelos en la parte enferma, cosa que la convirtió en un animal no muy agraciado o guapo, más bien tengo que decir que era un animalito más feo que un pecado, cubierto de clapas sin pelos. Por eso le llamábamos Fea o Feíta. Pero era una gata agradable y ella lo sabía, era consciente de que se me había ganado y no se movía de mi lado lanzándome miradas enamoradas, tan honrada se sentía de que la hubiera aceptado. Y después, como no pudo ser de otra manera, tuvo hijitos, dos gatitos; solté un suspiro de alivio porque sólo eran dos y no hacía falta que fuera a buscar el saco de correos con manchas de sangre y costras. Uno de los gatitos se parecía a la gata y el otro, una gatita, al gato pelirrojo que pertenecía a la familia Chládek; ese gato solía frecuentar nuestro jardín. Aquella gatita tenía calcetinitos blancos y el pecho blanco y el lomo era bicolor, pero blanco y pelirrojo. Durante aquella época, yo conducía un Renault 5, un pequeño coche con los asientos de color pelirrojo, y mi mujer y yo llamábamos al vehículo Autícko, cochecito. Y he aquí que aquella gatita, a quien habíamos puesto también de nombre Autícko, fue para mí una recompensa por todos los gatos que había tenido y ya no tenía; nunca me cansaba de mirar sus ojos preciosos y, como su madrecita, la hijita también se enamoró de mí; dormía en mi cama junto con la madrecita y con el otro gatito, el más bonito de todos que nunca habíamos tenido en la casa de Kersko. Parecía un gatito de los que retratan en las barras de chocolate o en las cajas de bombones; también era bicolor, blanco y no exactamente negro, de un tono un poquito más claro, con un pelo largo que parecía las preciosas plumas de un búho. La señora Dása adoptó aquel gatito y después nos escribía largas cartas llenas de entusiasmo sobre la belleza del animalito que tenía en casa, describía que el gatito había aprendido a bajar al patio de su edificio de pisos en Praga y la ilusión que le hacía al bicho cuando su ama lo cogía para llevarlo a Kersko para pasar el fin de semana. Y yo, gracias a la gata bicolor con la piel enferma y a su hija, Autícko, llegué a olvidar a Renda. Feíta y su hijita sobrevivieron al invierno. Tengo que decir que temía qué podía haber pasado cada vez que llegaba a la casa de campo con el R5 blanco porque estábamos a veinte grados bajo cero, pero cada vez me venía a recibir tanto Autícko como su madre; yo hacía fuego en la estufa y las gatitas no tenían nunca bastante calor, no podía sacarlas de allí; al lado de la estufa al rojo vivo se calentaban las frentes y, una vez calentitas, se iban a beber leche caliente y a comer pescado de mar… y las gatas se lamían los dedos, o mejor dicho, las patas. Los fines de semana, y a veces incluso entre semana, me gustaba pasar un par de días con ellas; cada vez que veían mis preparativos para marcharme, se quedaban mustias, sacaban las cabecitas en medio de los palos de la valla del jardín para observar cómo me iba, tristes, hasta que el coche giraba desde la avenida de árboles a la carretera. Una vez en Praga, se me comía la mala conciencia de haber abandonado a las gatitas en medio del frío intenso, en la madrugada me aparecían sus cabecitas que me miraban desde la cerca, y cuando los remordimientos no me dejaban ni escribir ni rondar por las cervecerías, subía de un salto en el primer autobús que iba a Kersko, preocupado durante todo el viaje. ¿Estarán vivas todavía? ¿No se habrán congelado? Pero cada vez los animalitos bajaban corriendo desde el balcón donde había una pequeña buhardilla con paja que había colocado para que pudieran dormir; y si alguna vez las gatitas no venían corriendo a recibirme, me quedaba sudado de horror pensando que habían volado al cielo, que alguien las había fusilado o que las había atropellado un coche cuando tenían hambre e iban a buscarme, a mí, el portador de los alimentos; yo miraba el balcón y el agujero que daba a la buhardilla y me imaginaba lo peor, y entonces se levantaban dos pares de orejas como los picos de altas montañas, aparecían las cabecitas y las gatas venían a mí, con alegría de verme; y yo, fundiéndome de felicidad, encendía leña en la estufa, calentaba la leche, cogía a una gata tras otra en las manos y me las apretaba bajo la barbilla y ellas me devolvían la misma caricia. Así sobrevivimos aquel invierno. Llegó la primavera, y fue entonces cuando descubrí que las dos gatas estaban embarazadas, tanto la madre como la hija, Autícko, y ellas lo sabían. Los últimos días del embarazo se mantenían cerca de mí, como mi mujer que no paraba de repetir… ¿Qué haremos con tantos gatos? ¿No tendríamos que llamar al doctor Beník para dar cloroformo a los recién nacidos? Yo me reía y me hacía el desentendido, como si nada me preocupara, para ocultar el hecho de que en el fondo palidecía de horror preguntándome… ¿Qué es lo que me espera cuando las dos gatas tengan gatitos? He aquí que, un día, Feíta se presentó delante de nosotros sin aquella barriga; yo veía que se alejaba hacia el jardín de unos vecinos donde saltaba a una buhardilla, de forma que los gatitos debían de estar escondiditos detrás de las vigas, las mismas detrás de las cuales ya varias gatas habían tenido diferentes series de hijos; fue allí donde había vivido aquel gato enorme, cinco kilos pesaba aquel gato manchado que aterrorizaba a todas nuestras gatas y gatitos; un día se había atrevido con Renda, cuando todavía era grande y fuerte, haciéndolo caer de una viga; el espanto que le había provocado un gato de cinco kilos le duró a Renda toda una semana. Fue detrás de aquellas vigas de la casa de los Soldát, pues, que nuestra gata, Feíta, había dado a luz; venía a casa sólo para beber leche y dar un bocado, pero antes de alimentarse, cada vez daba un beso a Autícko. Las dos gatas se querían tanto que no podían pasar la una junto a la otra sin darse un besito; antes de dar a luz dormían juntas y se respetaban y se querían tanto que, al verlas, nosotros también nos emocionábamos. Pero vino una noche en que pasó lo inevitable… Autícko, en mi cama, acostada a mis pies, dio a luz cinco gatitos; no fue enseguida sino paulatinamente, primero salieron tres y después dos más; yo estaba medio dormido cuando esto empezó, pero el terror por lo que tenía que venir me desveló del todo; mi mujer continuaba en su litera, exclamando enrabiada… ¿Qué haremos con todos estos gatos? Me llevé los gatitos al cobertizo y los coloqué sobre el famoso saco de correos y Autícko se hizo una bola y lamió a uno de sus pequeños para, a continuación, acercárselo todavía más con una patita; yo estaba plantado a oscuras, con la mano alargada hacia Autícko, para darle coraje, y sentí que la gata me guió la mano con la patita para que palpara con los dedos los primeros movimientos de los gatitos, y de vez en cuando nuestra preciosa gata, la que llamábamos Autícko, me lamía la mano… Los gatitos iban creciendo hasta que llegaron a tener la primera impresión del mundo, o sea de nuestro cobertizo; Feíta continuaba viniendo a casa a alimentarse, y cada vez que aquellas dos gatas, aquellas dos madrecitas, se cruzaban, se daban besos y más besos y se lamían los cuellos mutuamente; un mes después de parir, aquellas dos madres ya tenían más tiempo una para otra, así que volvían a yacer juntas y limpiarse, soltaban el aliento bajo la barbilla la una de la otra y se querían como antes. Un día, sin embargo, llegué a casa y mi mujer lloraba, ya no se quejaba diciendo ¿qué haremos con tantos gatos?, sino que lloraba a moco tendido, sin palabras. Yo estaba seguro, sabía qué había pasado y efectivamente, cuando abrí la puerta de la habitación, descubrí a cuatro gatitos, peludos y llenos de polvo; mi mujer me contó que los vecinos, la familia Soldát, para traernos a los pequeños, tenían que ponerse guantes gruesos, sólo así habían llegado a coger a aquellos cuatro gatitos, tan salvajes eran; pero no se los podían quedar más tiempo detrás de las vigas porque los gatitos orinaban en un rincón de su buhardilla, todos en el mismo lugar, y su río mojó el techo de la sala de abajo. Mientras yo daba las gracias al cielo de que sólo había cuatro, vino la señora Soldátová para recordarnos que uno de los pequeños se había quedado; era un gatito muy negro que no se dejaba coger de ninguna forma, pero que no me preocupara porque Feíta lo traería pronto. Entonces recordé a la bella Svarcava, que había tenido los pequeños en un comedero para pájaros, y, simultáneamente, nuestra Máca había dado a luz, y yo había colocado a los hijitos en el mismo barreño donde las dos gatas habían establecido un hogar común, un parvulario de gatos donde las dos madres hacían tumos para amamantar a los gatitos y, a veces, las dos madres se metían en el barreño para compartir su fortuna de madres de gatitos. Y pensando en esto, llevé a los pequeños salvajes, nacidos detrás de las vigas de la casa de los Soldát, hacia los gatitos de Autícko y, curiosamente, los gatitos se mezclaron, y ahora también Feíta hacía turnos con Autícko para amamantar a los hijos mientras las dos gatas continuaban adorándose y compartiendo la dicha de ser madres de un grupo de gatitos pequeños. Poco después, los hijos intentaron dar los primeros pasitos, con tambaleos se alejaban de su barreño hacia la paja; después salían por la puerta abierta para jugar, en el jardín, bajo los árboles, con unos trozos de carbón; entonces la señora Soldátová me vino a buscar explicándome que el gatito negro se había caído de la buhardilla y me pidió que viniera a llevármelo. Cogí a Feíta y me la llevé hacia el cobertizo de los Soldát, un espacio lleno de estantes y troncos y escaleras; en el techo, había un agujero que daba a la buhardilla y fue allí donde hallé a un gatito negro que no paraba de maullar lastimosamente; Feíta emitió un sonido que debía de ser una señal entre ellos dos, un sonido que parecía una queja y, a continuación, el gatito se soltó y se deslizó en el polvo hacia abajo; quería cogerlo, pero, efectivamente, el negrito era un pequeño salvaje, tenía miedo y estaba nervioso, así que a cada intento mío daba un salto bajo aquellas vigas y estantes, y sólo cuando su madre emitió aquellos sonidos, aquella orden decidida, el hijito se estiró en el polvo cerrando los ojos y yo lo cogí de un arañazo; acto seguido, el gatito se estrechó contra mí; mientras lo llevaba hacia casa, sentía los latidos de su corazón y pensé que aquel gatito negro, aquel betún, se quedaría conmigo porque yo era la primera persona que había conocido, por eso yo debía ayudarlo y quererlo porque durante aquellos cinco minutos en los que me lo llevaba sentía que yo había revivido y que ese gatito me quitaría toda la culpa por todos aquellos otros gatos y gatitos que había matado y los que todavía tendría que liquidar. Coloqué al negrito bajo la bola que formaban todos los demás gatitos y me paré junto al cobertizo para escuchar; el negrito se introdujo en las profundidades de los cuerpos de gatitos; las gatas venían para amamantar a los pequeños, el negrito incluido, que durante los tres días siguientes disfrutaba de una madriguera caliente bajo los cuerpos de los hermanitos y primitos. Aquellas dos gatas madres se turnaban para cuidar de los pequeños y continuaban dándose besos cada vez que se cruzaban; los gatitos crecían, aprendían a beber leche y a comer pescado de mar hervido; nuestros vecinos habían pedido cinco de los gatitos y parecía que todo iría bien y que las cosas quedarían como antes. Pero he aquí que, un día, las dos gatas madres se pelearon a arañazos; se perseguían por todo el jardín silbando como unas serpientes, peleándose y chillando, con las orejas tiradas hacia atrás; cada vez que se cruzaban, gruñían y se regañaban; nosotros preferíamos que no entraran en la cocina porque una vez que toparon, no sólo se arañaron corriendo una detrás de la otra sino que en sus rifirrafes hicieron caer las cortinas y tumbaron todo lo que encontraron por el camino, las tazas y los tiestos y jardineras con las plantas y los botes con las especias; las dos gatas continuaron peleándose; mientras tanto, mi mujer se mantuvo fuera de la casa llorando repitiendo una y otra vez… ¿Qué haremos con todos estos gatos? Yo me sentí como sí me hubieran endosado un golpe entre los ojos, estuve plantado junto a ella, pálido y tembloroso, pensé qué cruz me había preparado a mí mismo con todos aquellos gatos, porque mi casa y mi jardín se habían convertido en un infierno, todo lo contrario de lo que me decían los amigos que se imaginaban que escribiría muy a gusto en plena naturaleza rodeado de gatitos; yo, en cambio, ya no podía escribir ni una línea porque a mi alrededor se arañaban los mismos gatos que antes se habían querido con locura. Un día desaparecieron todos los gatitos de Feíta, y entonces vino la señora Soldátová y, riendo a carcajadas, me comunicó la buena nueva… que mi gata había llevado a los cinco pequeños a su casa y que los tenía debajo de la carrocería de un coche y que, de momento, ella, o sea, la señora Soldátová, los alimentaba con leche, pero me pedía que me los llevara a mi casa. Mientras tanto las dos gatas madres continuaron peleándose a muerte cada vez que se toparon; llevé a los cinco gatitos al cobertizo, juntándolos con los pequeños de Autícko, pero por la noche Feíta, que ya empezaba a llamar Feota, se los volvió a llevar debajo de la carrocería y siguió arañando a mi Autícko; cada una entraba en casa pensando que le volveríamos a dar la bienvenida con sus pequeños, pero con sólo verse en la cocina, se empezaban a pelear y a chillar, no sólo la una con la otra sino también conmigo, como sí me dijeran que yo tenía la culpa de todo, que yo tenía que haber decidido qué quería hacer, de forma que cuando me veían me soltaban un silbato horroroso, así que yo cogí el saco de correos, lo sopesé, tuve que abrirlo a la fuerza porque la sangre seca lo había sellado, y amenacé a los gatos con aquel saco. Las gatas lo entendieron, su sistema nervioso comprendió que, en aquel instante, se estaban jugando la vida, así que, al menos de momento, parecía como si las dos gatas hubieran hecho las paces. Un día, cuando ya me había restablecido un poco y me acerqué al cobertizo donde los gatitos jugaban enfrente de una pila de carbón, aparecieron las dos madres y una de ellas llevaba un pequeño conejo, paralizado de horror; el conejito temblaba y chilaba de miedo, pero las dos gatas se mantuvieron a su lado y cuando el conejito quería escaparse, Feota lo hizo caer, de forma que el animalito continuó temblando mientras las dos madres lo vigilaban y lo acechaban con tanta severidad como si fuera un asesino ante un tribunal cruel. Yo me sentía como aquel conejito, porque a mí también muchas veces en la vida me habían juzgado por cosas que no había hecho, me habían juzgado por el solo hecho de existir y de disfrutar riendo; esto, el hecho de reír a mandíbula batiente, la gente no me lo perdonaba nunca, y no me perdonaron ni el hecho de tener buena salud y estar de buen humor; tampoco me perdonaron que me gustara la cerveza y que me tomara la vida del mismo modo como se la habían tomado Charlot y Harold Lloyd; por todo ello eran muchos los que se afanaron en juzgarme. El conejito chilló de horror, pensé en una escena que había visto en el jardín, cuando un perro negro con los ojos dorados mordió a un cervatillo que chillaba aterrado, no por el hecho de que le sangrara el cuello sino porque el perro era repugnante y tenía unos ojos dorados y sanguíneos. El conejito seguía chillando y yo no sabía qué hacer, si hubiera tenido un fusil en la mano, habría matado de un disparo a aquellas dos gatas sin enterrarlas en mi cementerio de gatos sino que las habría tirado en un vertedero de basura donde antes se tiraban los suicidas, por la noche, en un lugar remoto, sin hacer ruido. Desgraciado como me sentía por todo aquello que mis queridas gatas hacían ante mis ojos, antes de que osara moverme, el conejito se estiró, soltó un largo suspiro, relajándose entero y ya no se movió más, murió de horror, por el hecho de que a él, que no quería nada más que comer hierba y beberse el rodo, que a él lo habían encontrado culpable de un crimen que no había cometido. Me volví y vi a mi mujer que lloraba y repetía su canción… ¿Qué haremos con todos estos gatos? Son cosas de la naturaleza, dije, pero no estaba nada convencido de tener razón. Y he aquí que, al cabo de un tiempo, cuando las gatas madres aparentemente habían hecho las paces entre ellas y se habían repartido los hijos que los vecinos empezaban a adoptar y se los llevaban a sus casas, mientras yo lloraba por cada uno de ellos y los días que un gatito se iba a ver un mundo nuevo yo no podía dormir en toda la noche, a la vez que me iba tranquilizando poco a poco, porque ya sólo nos quedaban cinco gatitos, pues al cabo de un tiempo pasó lo que yo ya había vivido con la gata Máca y que ya había olvidado. Del mismo modo que Máca, de repente, había empezado a odiar a sus hijos y me abandonaba una y otra vez hasta que, al final, no volvió nunca más, Feota y Autícko, que antes habían sido como gato y perro entre ellas, empezaron a enseñar las zarpas y los dientes a sus pequeños, que quedaban paralizados de horror pensando ¿qué hemos hecho para que la madrecita esté enfadada con nosotros? Y los pequeñitos intentaban dar besos a la madrecita y deseaban dormir junto a ella como antes. Pero las madres gargajeaban con rabia y les escupían saliva y silbaban como serpientes, y nuestra casa con jardín se iba convirtiendo en un lugar de terror, de humillación y de sonidos violentos escupidos con malicia y execración. La cosa no paró ahí: las gatas madres, que trataban con fobia y malicia a sus gatitos, empezaron a tratarme a mí con el mismo odio; si me venían a ver no era para nada más que para manifestarme desdén y rencor; sólo entrar me demostraban toda una gama de hostilidades, mientras yo me quedaba de piedra, como fulminado por un rayo, sin saber entender la animadversión que me lanzaban encima ni la violencia con la cual trataban a los pequeños. En aquella época tenía que ir con mucho cuidado con todo lo que hacía porque empezaba a equivocarme: los sonidos violentos de los gatos me resonaban en la cabeza, además tenía migraña y sentía continuamente que algo me retumbaba en la cabeza, como si en lugar de cabeza tuviera un palo telegráfico; así que pensé que hacía falta que me cuidara para no volverme loco por mi propia culpa. Entonces huía hacia Praga donde vagaba por las calles y me dejaba caer en las tascas donde los amigos me repetían lo que ya había oído tantas veces, que qué suerte poder vivir en Kersko con mis gatos y gatitas y poder escribir lo que me apetecía, que de hecho ahora, cuando tenía un poco de dinero y un ambiente agradable, tendría que escribir una prosa muy contemporánea, porque no me faltaba de nada y todo dependía de mí y a ver qué haría después de tanta preparación; ahora que, según ellos, tenía el ambiente adecuado y no me faltaban los medios, había que poner en marcha todo lo que había discutido durante las tertulias con mis lectores. Después, cuando volvía a Kersko, tenía la sensación de que el cielo se oscurecía aunque hiciera sol y yo me sentía como un ternero que llegaba al matadero. Los únicos que venían a verme eran los gatitos, ya bastante crecidos, mientras que Autícko y Feota me escupían como siempre, a mí y a sus hijos, y yo me alejaba bajando hacia el arroyo, hacia el sauce donde elegí la rama adecuada en que colgarme para que se cumpliera el oráculo de Marenka. Los gatitos ya venían solos a la cocina y dormían en la cama, pero Feota y Autícko entraban sólo para arañar a sus hijos y salir al jardín y gruñir y silbar con furia, y quedarse guardando la casa con rencor. Y, en el summum del horror, al cabo de un par de meses de sufrimiento descubrí que las dos volvían a estar embarazadas, que tenían unas barrigas escalofriantes y mi mujer, que también se había fijado en ello, cantó su vieja lamentación… ¿Qué haremos con más y más gatos? Al fondo de mi desesperación me apareció la imagen del saco de correos, aquel saco ensangrentado que había dejado en el cobertizo; un día en que mi mujer se había ido en la bici a comprar, como en un impulso cogí el saco, salí al jardín acercándome a Feota, me agaché y la gata parecía como si me diera su visto bueno; totalmente en un pronto abrí el saco y Feota se deslizó dentro; di unas vueltas al saco con la mano y después, como un loco, corrí y lo golpeé contra el tronco de un gran pino, una y otra vez, venga, dale que dale, y algo se movió en el saco, sentí una especie de gran suspiro, un suspiro como si se hubiera relajado alguna cosa, pero aun así, yo sufría pensando, ¿qué pasaría si sacara el contenido del saco y la gata continuara viva? De forma que cogí el hacha y con la parte no afilada golpeé el saco allí donde estaba la cabeza del animal; después lo palpé y descubrí que la cabeza estaba despedazada, o sea, que la gata estaba muerta. En el cementerio de gatos, con una pala cavé una fosa donde trasladé a la gata muerta; su cuerpo inerme se deslizó solo; traje una rama de geranio del balcón y cubrí la fosa con el cuerpo muerto. Todo el cuerpo me temblaba, intentaba pensar en aquel juicio que la gata le había hecho al conejito indefenso que murió de terror, pero nada, nada me ayudó, era perfectamente consciente de ser culpable de un crimen parecido al de Raskolnikov, que había matado a una anciana para poner en práctica la idea de matar impunemente. Durante los próximos días, se me hinchó la glándula tiroides, que hizo que tuviera el cuello inflado: esto me pasó porque estaba bajo de moral y me faltaba coraje, todo lo contrario de los millones de soldados en las guerras mundiales; en pocas palabras, todo lo que había pasado me superaba. Al cabo de pocos días, sin embargo, todavía tuve suficiente valor para acercarme con el mismo saco a Autícko, la gata que, tiempo atrás, tanto me había querido; cuando abrí el saco, Autícko no quiso entrar; no compartía mi decisión, así que se fue corriendo a la cocina para sentarse sobre una silla y cuando entré, me sonrió después de tanto tiempo, y empezó a ronronear dulcemente, pero yo estaba firmemente decidido, y trastornado; abrí el saco y lo que pasó a continuación no lo habría dicho nunca; Autícko, por propia voluntad, se deslizó dentro del saco, de forma que pude hacer lo que había hecho con su madre, Feota: maté a Autícko a golpes de saco contra el tronco del pino y, por si las moscas, incluso le endosé unos golpes con la parte no afilada del hacha, para romperle y desmenuzarle la cabeza. Con una pala cavé una fosa justo junto a aquella donde estaba enterrada su madre y lo trasladé allí; y, ¡gran error!, no pude dejar de volverme a mirarla muerta que tenía su cabecita preciosa entre las patitas de delante, blancas, aquellos calcetinitos; le tiré una flor roja del geranio y tapé la fosa; después hice lo mismo que había hecho con las tumbas de su madre y las de los otros gatos; a modo de lápida, coloqué sobre la tumba de Autícko una pesada roca de gres…