Mujeres, graneros y capitales

Claude Meillassoux · Capítulo 1 de 36

Páginas del PDF

Mujeres, graneros y capitales

Introducción

Introducción [1]

Si la noción de parentesco ha invadido la etnología, es porque recubre un principio de organización social muy extendido —aun cuando no sea general, incluso entre las sociedades «primitivas»— que tiende a institucionalizar y a regularizar una función común a todas las sociedades —comprendida la nuestra—, la de reproducción de los individuos en tanto agentes productores y reproductores, y, especialmente en la economía doméstica, la reproducción social en general.

La etnología clásica sólo captó de la reproducción sus manifestaciones institucionales, sin aplicarse a comprender la función esencial. Es como consecuencia de esta falta de comprensión que, al no ser capaz de relacionar el parentesco con los otros datos de la organización económica y social, lo considera como un dato primero y de extensión universal, tratándolo principalmente bajo su aspecto formal y normativo.

«Según la concepción materialista, el factor determinante en última instancia, en la historia, es la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción tiene una doble naturaleza. Por una parte la producción de los medios de existencia, de objetos que sirven como alimentos, como vestido, como vivienda, y de los útiles que necesitan; por otra parte la producción de los hombres mismos, la propagación de la especie.» (F. Engels, 1884: 15 [1884:204]).

¿Cometió Engels un error al colocar en el mismo plano la producción de los medios de existencia y la producción de los hombres? Así lo considera la nota de la redacción en la edición publicada por las Ediciones Sociales, según la cual esta asimilación sería una «inexactitud». Es una solución fácil de una producción esencial entre todas, la de energía humana, o, en el sistema capitalista, la de fuerza de trabajo. La reproducción de los hombres es, en el plano económico, la reproducción de la fuerza de trabajo en todas sus formas. Pero el materialismo histórico, del cual se podría esperar que concediera una mayor importancia a este tema, y aun cuando haya sido el único en plantear el problema, sólo integra imperfectamente la reproducción de la fuerza de trabajo en su análisis.

Las circunstancias históricas y económicas de la aparición del capitalismo, no plantearon como primordial el problema de la reproducción de la fuerza de trabajo. En realidad esta reproducción, mediante el proceso de acumulación primitiva del que nació el capitalismo, se encontró resuelta de entrada. Ni Marx ni los economistas se preocuparon por ella como si fuera un problema fundamental.

Posteriormente la reproducción de la vida no dejó de pertenecer al dominio de la demografía, a una técnica estadística cuyas capacidades de extrapolación son fáciles de confundir con una teoría causal. Al rechazar con razón el determinismo demográfico y la explicación malthusiana de la miseria por medio de la proliferación de individuos incapaces de controlar sus instintos, el materialismo histórico rechazó también, pero equivocadamente, los problemas de la reproducción.

Marx ciertamente tenía razón en pensar que cada modo de producción posee su ley de población. Esta proposición, que no estableció explícitamente, significa ante todo que los problemas de población no pueden ser examinados al margen de las relaciones de producción dominantes. No existen, hablando con propiedad, «causas demográficas». El crecimiento de la población está gobernado por otras determinaciones, por otras fuerzas, distintas a la capacidad de fecundación de las mujeres. En todas las sociedades las capacidades biológicas de procreación siempre fueron un nivel que jamás se alcanzó; la miseria, la enfermedad, el hambre o, por el contrario, las constricciones materiales ligadas al «bienestar» de las sociedades industriales, siempre situaron la tasa de reproducción por debajo de la tasa de fertilidad.

En el análisis del capitalismo del siglo XIX, la ausencia de una teoría de la reproducción de la fuerza de trabajo no falseó de manera crítica el razonamiento de Marx. En el modelo de Marx todo sucede como si una parte no especificada de la fuerza de trabajo estuviese considerada implícitamente como reproduciéndose en el exterior del sistema capitalista, hipótesis que, por otra parte, es histórica y coyuntural mente justa para este período. La reintegración a este modelo de los datos de la reproducción de la fuerza de trabajo, sólo exige una adaptación del razonamiento, sin cuestionarlo fundamentalmente: los mecanismos que descubre Marx en relación con la nivelación del valor de los medios de producción capitalista, encuentran allí su aplicación (cf. segunda parte). Esta reintegración, sin embargo, otorga al materialismo histórico una nueva dimensión, ligada al problema de su expansión (ya planteado por R. Luxemburgo), y un campo de aplicación histórica mucho más vasto.

No es posible ignorar la reproducción si se quieren comprender los mecanismos y el funcionamiento de la sociedad doméstica. La comunidad doméstica es el único sistema económico y social que dirige la reproducción física de los individuos, la reproducción de los productores y la reproducción social en todas sus formas, mediante un conjunto de instituciones, y que la domina mediante la movilización ordenada de los medios de reproducción humana, vale decir de las mujeres. Ni el feudalismo, ni la esclavitud, ni el capitalismo contienen los mecanismos institucionales reguladores o correctores (fuera de la ley de los grandes números) de la reproducción física de los seres humanos. En última instancia todos los modos de producción modernos, todas las sociedades de clase, para proveerse de hombres, vale decir de fuerza de trabajo, descansan sobre la comunidad doméstica, y, en el caso del capitalismo, a la vez sobre ella y sobre su transformación moderna, la familia, la cual está despojada de funciones productivas pero conserva siempre sus funciones reproductivas (cf. segunda parte). Desde este punto de vista las relaciones domésticas constituyen la base orgánica del feudalismo, del capitalismo y del socialismo burocrático. Ninguna de estas formas de organización social puede pretender representar un modo de producción integral, que reposaría sobre normas de producción y de reproducción homogéneas. Por consiguiente no es rigurosamente exacto considerar «los modos de producción» que se desarrollaron a partir de la comunidad doméstica, que la dominaron y explotaron en sus capacidades productivas y o reproductivas, como superiores en todo a éstas. Son superiores en sus funciones productivas, pero son inferiores en sus funciones reproductivas. El razonamiento de Marx (1859:169 [1857-1858: I, 26-27]) según el cual la clave de las formas inferiores se encuentra en las más evolucionadas, no se aplica de manera estricta al estudio de la evolución de las sociedades humanas, y la analogía naturalista, con contenido evolucionista, que nos propone con la anatomía, es, como todas las analogías, errónea y perniciosa.

El conocimiento de los procesos de la economía capitalista, en tanto que permanece asociada con otras relaciones de producción aún vivas, aún persistentes y esenciales para su funcionamiento, no nos esclarece sobre la naturaleza de los procesos de la economía doméstica. Por el contrario, el reconocimiento del problema de la reproducción humana en estas últimas, plantea el de la reproducción en el capitalismo. Si es cierto, para retomar la proposición de Marx, que en la sociedad capitalista la jerarquía de las instituciones no refleja su orden de aparición en el tiempo, y que desde este punto de vista la familia sólo ocupa en ella, de derecho, un lugar subordinado, sin embargo su función permanece esencial como productora del trabajador libre que no existiría sin ella.

La persistencia de relaciones de producción específicas, en este caso domésticas, para asegurar la reproducción en las formas de organización social más evolucionadas, plantea el problema de la caracterización de esas formas, de su calificación en tanto que modos de producción: la historia no puede ser concebida como una sucesión de modos de producción distintos, exclusivos unos de otros. Ya no se trata sólo de comprobar que en cada período de la historia persisten las secuelas de «modos de producción» anteriores o aparecen las premisas de los futuros, unos y otros en contradicción con el modo de producción dominante. Se trata de reconocer que hasta el presente las relaciones domésticas y la familia han intervenido como relaciones necesarias al funcionamiento de todos los modos de producción históricos posteriores a la economía doméstica. El comunismo, el verdadero, puesto que suprimirá la mercancía, y por lo tanto la fuerza de trabajo en tanto que mercancía, es el único que entraña la promesa de un modo de producción verdaderamente nuevo, radicalmente desembarazado del arcaísmo familiar, pero renovador al mismo tiempo de las relaciones afectivas.