Mujeres, graneros y capitales

Claude Meillassoux · Capítulo 5 de 36

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Mujeres, graneros y capitales

II. La horda y las relaciones de adhesión

reproducción[12]». Entre las dos etapas del agrupamiento, los actos de adquisición alimenticia señalan por su superioridad al grupo primario (pareja o familia doméstica), mientras que los actos de adquisición matrimonial son dominantes en el

grupo ampliado (parentesco, etnia)[13].

La unión de los grupos constitutivos y sus alianzas no están dirigidas sólo por las exigencias de la producción o del intercambio, sino por los imperativos de la reproducción. De manera tal que siempre existen, como lo señala Leroi-Gourhan, al menos dos niveles de organización social: el de la célula productiva y el del grupo de reproducción. Si existe un «modo de producción» se lo debe buscar al nivel de este conjunto de células productivas organizadas para la reproducción.

 

II. La horda y las relaciones de adhesión

Si se retoma una sugestión de Marx (1867,1: 181 s. [1867: I, 1, p. 217]) es posible distinguir dos tipos primarios de economía agreste, según que la tierra sea objeto de trabajo o medio de trabajo. Las implicaciones sociales de la utilización de la tierra como medio de trabajo, es decir de su modo de explotación en la agricultura, son estudiadas más adelante, en las páginas consagradas a la comunidad doméstica. Aquí examinaré brevemente la economía de recolección basada en la explotación de la tierra como objeto de trabajo, así como algunos casos intermediarios cuando corren el

riesgo de ser confundidos con la comunidad doméstica[14].

La tierra[15] es objeto de trabajo cuando es explotada directamente, sin recibir una inversión previa de energía humana. La actividad productiva consiste en separar de la tierra el producto formado o alimentado por ella, sin otra modificación del medio por parte del hombre. Las actividades de caza y de recolección son representativas de este

modo de explotación de la tierra[16].

A diferencia de la agricultura, que exige una inversión de trabajo en la tierra y cuyo rendimiento es diferido, la economía de recolección es de un rendimiento instantáneo: el acto de producción brinda, sin más demora que el tiempo de ejecución, un producto; los frutos, las larvas, la miel o la carne están disponibles a la acción de cada partida de recolección o de caza. Si el rendimiento es instantáneo no es, necesariamente, inmediato, pues la producción exige la utilización de instrumentos mediatos, de herramientas, en los cuales está invertida una parte de energía. Según el grado de inversión necesaria para esta tarea (fabricación de herramientas, de armas, de trampas) y según la naturaleza individual o colectiva de estas inversiones, la cooperación entre los productores es más o menos numerosa o más o menos durable. Algunas tareas pueden ser realizadas por un solo individuo (caza o entrampamiento de pequeños animales). Estos contribuyen, según parece, a una parte importante de la producción. Otras tareas exigen la cooperación de efectivos más amplios para asegurar el funcionamiento simultáneo de los instrumentos en uso (por ejemplo la caza con red) o para construir y después manipular obras más importantes (grandes trampas, despeñamiento de animales, etc.), o simplemente para proteger la seguridad mutua de los miembros del equipo, incluso cuando cada uno de sus miembros se dedica a actividades separadas o individuales (recolección).

Si bien la empresa colectiva sólo exige inversiones individuales (si, por ejemplo, es realizada por productores que disponen de sus herramientas o no disponen de ellas) se cierra mediante el reparto del producto entre cada productor. Este reparto desliga a cada uno de toda obligación hacia los otros. Nada exige, desde el punto de vista de la producción, que los mismos productores reconstituyan el mismo grupo posteriormente. Es cierto que otros lazos establecidos en la horda, al margen de las actividades productivas, pueden impulsar a la reconstitución de los mismos equipos, pero esta reconstitución no es necesaria para las condiciones materiales de la producción y de la distribución. Cada equipo se constituye sobre una base voluntaria. Si la empresa común ha exigido la fabricación de un medio de producción colectivo susceptible de ser utilizado repetidas veces, los miembros del equipo son impulsados a permanecer juntos durante todo el tiempo que se lo utilice. Sin embargo los vínculos creados de esta manera no son obligatorios. Pueden sólo durar el tiempo que dura la utilización del objeto colectivo. El productor, al abandonar el equipo antes de este término, no hace sino renunciar a una parte del trabajo invertido, pero no al producto de su trabajo inmediato. Esencialmente no rompe ningún ciclo de producción.

El ciclo de la reproducción de la fuerza de trabajo, de la energía humana, es corto. Las subsistencias, que no se prestan a la conservación, son consumidas a medida que se producen. No existe acumulación del producto. El ciclo de transformación de los alimentos en energía es cotidiano: cada día, o casi cada día, el productor pone en acción la energía adquirida por medio de las subsistencias que absorbió durante las horas pasadas para producir las subsistencias necesarias durante las horas siguientes. El producto es invertido como medio de producción de la energía humana sólo por una corta duración. De esta manera la duración del trabajo cotidiano es, en término medio, muy breve, alrededor de cuatro horas según las observaciones realizadas en varias sociedades (cf. Lee y Devore, 1968). Pero la distribución de las tareas productivas es casi diaria, períodos productivos e improductivos se suceden con algunas horas de intervalo. No existe ninguna estación muerta durante la cual cesarían las actividades de producción alimenticia.

Las relaciones sociales engendradas por este modo de producción a corto término son precarias. La debilidad de las inversiones y su duración pasajera, la mala conservación del producto, la repetición cotidiana de tareas disociadas, no favorecen la constitución de un grupo de producción susceptible de una cohesión orgánica permanente, ni la emergencia de una autoridad gestionaría. Las células de producción, las hordas, son reconocidas, de hecho, como inestables y de composición cambiante. La movilidad de los individuos, que se desplazan entre las hordas, es actualmente un hecho reconocido, aunque parece haberse concedido a esta

institución, hasta estos últimos años, una importancia accidental[17].

No existe una regla de virilocalidad o de ginecolocalidad. Hombres y mujeres púberes se desplazan libre y pacíficamente desde una horda a la otra, ya sea a causa de un desentendimiento, por mayor atracción de otro grupo o por tener un o una compañera. La unión entre hombres y mujeres es precaria. Los hijos, después del destete, y a veces antes, son adoptados por el conjunto de los miembros de la horda y no siguen necesariamente a sus progenitores en sus desplazamientos.

La reproducción social refleja este modo de producción ligado al presente. La reconstitución de los efectivos de cada horda, a diferencia de las sociedades agrícolas, se efectúa mediante la movilidad de los adultos entre varias de ellas que representan el conjunto de reproducción, conjunto cuya composición no es necesariamente constante. El productor es introducido en ellas por sus capacidades de producción presentes y no futuras. Las instituciones vinculadas a la reproducción social (acoplamientos, recepción de extranjeros) apuntan a atraer y a retener a los adultos dentro del grupo, más que a prever el destino de los hijos de sus miembros. Esta movilidad libre y voluntaria de los adultos de ambos sexos entre hordas es el mecanismo dominante de la reproducción social. El crecimiento biológico sólo es la materia. La distribución social de los individuos no es decidida en el momento del nacimiento, en función de vínculos de filiación previamente establecidos por el matrimonio, sino en el curso de la vida activa del individuo. En estas condiciones la procreación no da lugar a un control social estrecho, sino que es el subproducto de los acoplamientos. La distribución de las edades y los sexos tiende a realizarse de manera aleatoria. La reproducción social de la horda, el equilibrio necesario entre productores y no productores, dependerá así de sus capacidades para retener o atraer adultos de ambos sexos hacia ella.

En el caso de los Mbuti (Turnbull, 1965) la única institución que parece ligada a la reproducción de la horda es la breve ceremonia de recepción en el curso de la cual los recién venidos son aceptados, o, después de la ceremonia de la miel, cuando los viejos hacen votos para que la horda no se disperse. No existen, por el contrario, ni ceremonias matrimoniales, ni de funerales o de bautismo, salvo aquellas que fueron

introducidas por imitación de sus vecinos y explotadores Bantú[18].

Como lo señalan J. H. Steward (1968: 333-334) y otros autores, la guerra no

parece haber sido una actividad característica de los cazadores-recolectores en

sus relaciones entre sí. Los Guayaki, presentados por Clastre (1974: 89) como

cazadores-recolectores exclusivamente, constituirían la excepción. Al

practicar el infanticidio de las niñas, un déficit constante de mujeres los

impulsaría a la guerra como medio para procurarse esposas. De acuerdo con

ciertas características que se evidencian a través de esta literatura (culto a los

antepasados, sometimiento de las mujeres), pareciera, como piensa Clastre,

que se trata de una población de origen protoagrícola. Pero, contrariamente a

lo que piensa el mismo autor, habrían conservado la práctica de la guerra en

un medio ambiente sociohistórico (vecindad de poblaciones belicosas que la

favorecía, con el objeto de preservar una situación adquirida de dominación

masculina.

A causa de la inestabilidad de las células constitutivas y del modo de reproducción social, las relaciones sociales, en la horda, se definen ante todo en virtud de la adhesión presente de los individuos a la misma, adhesión que se manifiesta por la participación en las actividades comunes de producción y consumo. Los miembros de la horda no se ubican de acuerdo a un ancestro de referencia, no se clasifican según una genealogía formal. El hecho de que algunos o todos sus miembros estén vinculados biológicamente es un hecho secundario: esos lazos, en sí mismos, no crean obligaciones recíprocas permanentes, ni definen el estatus ni, incluso, el rango de los individuos.

En estas condiciones es improbable que los términos genéricos empleados por los miembros de un grupo determinado para designarse mutuamente, estén asociados a lazos eficaces de consanguinidad, que ocupan un lugar tan reducido frente a las relaciones de adhesión. Es improbable que se trate a priori de términos de parentesco, si se entiende por tales los que se establecen mediante la filiación. Más verosímilmente se sitúan en la intersección de categorías generales de edad y de sexo, y categorías funcionales, ligadas a la participación en las actividades de producción (niños no productores, adultos y viejos) y a los acoplamientos. Así pueden ser «hermanas» todas las mujeres núbiles de la banda, sin referencia a la filiación; «hermanos» los hombres de la horda de la misma generación activa; «padres» los ancianos que ya no participan en las cacerías colectivas. Pero el esquema de linajes es tan fuerte en el espíritu de los etnólogos que incluso los más sagaces consideran las

relaciones sociales ante todo a través de las categorías del parentesco[19]. Así sucede, por ejemplo, con Loma Marshall (1957). Incluso Turnbull (1965) menciona un matrimonio mediante el «intercambio de hermanas» entre los pigmeos mbuti, mientras que en la misma obra relata que los acoplamientos se realizan volteando los muchachos a las muchachas cuando las hordas se encuentran en oportunidad de ciertas fiestas. Obligado a explicarse, a causa de estas dos proposiciones contradictorias, Turnbull reconoció que «hermano» y «hermana» no significan otra cosa que hombres y mujeres de la misma generación y pertenecientes a la misma horda. Es evidente que las nociones de «matrimonio preferencial» o de «intercambio de hermanas» no tienen, en este contexto, ninguna pertinencia en términos de

parentesco[20].

La comprobación realizada por Steward (1968: 321 ss.) respecto de que los

grupos mínimos que componen las hordas de cazadores-recolectores están

compuestos de consanguíneos y de afines, no implica de ninguna manera que

las relaciones de parentesco dominen la relación social. Del mismo modo, en

la sociedad capitalista, aun cuando la familia constituya el lugar de la

reproducción social, aun cuando cada individuo esté inserto en relaciones

familiares, el principio dominante de la organización social no es el

parentesco sino el sistema contractual que liga a los individuos unos con otros

por intermedio de las mercancías y el dinero. Al sostener Wasburn y

Lancaster (1968 : 301), siguiendo la misma línea de pensamiento que

Steward, que la organización familiar se origina en el modo de vida cinegético

y que se continúa en la agricultura por cuanto los problemas son los mismos,

cometen, agravándolo, idéntico error. Es, también, el error de Moscovici

(1972).

Es flagrante la confusión entre dos relaciones distintas: la de adhesión y la de parentesco. En la horda la condición de un individuo depende de las relaciones voluntarias, precarias y reversibles, que contraiga en los límites temporales de su participación efectiva en las actividades comunes. Las relaciones de parentesco, por el contrario, son impuestas por el nacimiento, son de por vida, estatutarias e intangibles, y es a partir de ellas que se define la posición del individuo en las relaciones de producción y de reproducción en los diferentes momentos de su existencia. En el primer caso la sociedad se reconstruye incesantemente a partir del libre movimiento de los individuos entre las células constitutivas de la sociedad; en el segundo los individuos están sometidos a las normas establecidas de la reproducción social, en el límite de su grupo de origen. En uno la pertenencia social permanece individual, mientras que en el otro se comunica de generación en generación.

La confusión entre relaciones sociales tan distintas todavía domina la teoría del parentesco hasta un punto tal que, actualmente, la confusión llega al límite.

M. Needham lo comprueba con cierto desencanto: ninguna de las nociones

vehiculizadas por la teoría del parentesco tiene contenido. «The word 'kinship’

[…] does not denote a discriminable class of phenomena or a distinct type of

theory, […] it has an immense variety of uses. […] In other words, the term

"kinship" is […] an "odd-job" word and we only get in trouble when we

assume that it must have some specific function. […] The word has in fact no

analytical valué […] There is no such thing as kinship theory.» (1971 ; 5).

Más lejos Needham agrega: «Very similar considerations apply to the concept

of marriage» [21]. En su conjunto la obra es una comprobación del fracaso,

para la escuela funcionalista, de la teoría funcionalista (y estructuralista) del

parentesco.

Las conclusiones de F. Barth (en Goody, 1973 : 18) son del mismo orden:

«The very extensive debate on descent and filiation […] has not produced

adequate generalizations or a comparative understanding of descent systems.

… Attempts to clarify and refine the anthropological concept of descent as a

central analytical concept will hardly meet success, since it straddles so many

analytical levels and endoses so many feedback effects»[22].

Needham concluye comprobando que el comparativismo tal como fue

utilizado, vale decir no dejando surgir sino la noción de «clase» de fenómenos

(noción tomada en préstamo por analogía con las matemáticas), no dio

resultados; Bart exige la construcción de «modelos que capten más

profundamente las relaciones dialécticas entre conceptos y normas y realidad

social». Una crítica y un programa ya contenidos en el materialismo histórico,

hasta el presente soberbiamente ignorado por el funcionalismo y el

estructuralismo.

Mediante una aplicación abusiva del esquema parental a las sociedades de horda, los etnólogos han invertido así el sentido histórico de las transformaciones semánticas atribuyendo a poblaciones que no han desarrollado la noción de parentesco un

vocabulario tomado de otras sociedades avanzadas en este camino[23]. Con más razón se puede suponer que los términos que en la horda señalan la adhesión a una misma banda adquirieron, en las sociedades de linaje, el sentido más restringido de pertenencia a un mismo linaje. Lo que en el primer caso señala una relación entre grupos de edad funcionales, se convierte en una relación entre generaciones emparentadas en el segundo. Los etnólogos, tomando su referencia en la sociedad de linaje, han realizado un camino inverso y aplicaron la noción restrictiva a la