Mujeres, graneros y capitales
Primera parte. La comunidad doméstica
La comunidad doméstica agrícola, por sus capacidades ordenadas de producción y de reproducción, representa una forma de organización social integral que persiste desde el neolítico y sobre la que aún descansa una parte importante de la reproducción de la fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo capitalista.
El estudio de esta formación social llamó la atención de los autores que se interesaron en la historia económica y en la teoría de las sociedades precapitalistas.
Marx y Engels se dedicaron a descubrir sus caracteres desde muy temprano.
En las [2] Formen, el pensamiento de Marx sobre este punto parece aún marcado por la ideología burguesa. Considera a la comunidad como constituida «espontáneamente» (1857-1858/1964:68 [1857-1858: I, 434]), a la familia o la comunidad tribal como algo «natural», a las relaciones de parentesco como «consanguinidad». Mediante esta formulación elude el examen de las condiciones históricas y materiales que contribuyeron a la aparición de esta forma específica de organización social: tiende a considerar la familia como un dato de orden extrasocial.
Sin embargo en otros textos se encuentran, así como en Engels, los elementos de una aproximación más pertinente y que pueden resumirse de esta manera: la comunidad está compuesta de individuos a] que practican una agricultura de autosubsistencia (self-sustaining;) b] producen y consumen en común sobre una tierra común cuyo acceso está subordinado a la pertenencia a dicha comunidad; c] ligados por relaciones desiguales de dependencia personal. En la comunidad sólo se
desarrolla el valor de uso[3].
Marx y Engels conceden una gran importancia a la «apropiación común» de la tierra, que oponen a la apropiación privada de los medios de producción que caracteriza al capitalismo. En otro lugar critiqué esta concepción retrospectiva de la historia (1972 a) que contribuye, por cierto, a la demostración de la evolución radical de las estructuras sociales, pero que no ofrece los conceptos apropiados para operar en el conjunto de las sociedades.
Señalemos que, en esta descripción, pocos rasgos se atribuyen al nivel de las fuerzas productivas, sino que lo hacen, más bien, a normas (división del trabajo, posesión común del suelo…) o a implicaciones de rasgos no especificados (autosubsistencia y valor de uso, por ejemplo) que son implicados, en este nivel de las fuerzas productivas, por el proceso de producción agrícola. La proposición según la cual la comunidad se basta a sí misma sólo es cierta en lo que concierne a la producción; mientras que su reproducción, por el contrario, depende de su inserción en un conjunto de comunidades semejantes.
El problema de la reproducción en las comunidades es reconocido por Marx en El capital como su «fin último», reproducción no sólo física de los individuos, sino
social: «en todas estas formas en las que la propiedad de la tierra[4]». la agricultura constituyen la base del orden económico […] el objetivo económico es la producción de valores de uso, la reproducción del individuo en aquellas relaciones determinadas con su comunidad en las que él constituye las bases de ésta […].
Así, en oposición con otras proposiciones tendientes a considerar la comunidad como «natural» y «espontánea». Marx señalaba, al igual que Engels en El origen de la familia,… el lugar que ocupan las relaciones de reproducción en su constitución.
Sin embargo no fue este camino el emprendido por los sociólogos alemanes y británicos de la segunda mitad del siglo XIX para definir la comunidad doméstica, sino el abierto por la distinción entre sociedades que comercian y que no comercian.
Rodbertus (1864) retoma la noción de comunidad de autosubsistencia bajo el término de oikos, célula productiva autónoma cuya principal característica es la de ignorar el intercambio mercantil en su seno. Vincula esta característica con una forma particular de comercio donde no operan las categorías de la economía política: no existe venta ni compra, ni transferencia del «dividendo nacional», ni de la propiedad. Las operaciones de la producción, del consumo, de la inversión, etc., se realizan sin ningún recurso a la circulación mercantil. Rodbertus, partiendo de las categorías de la economía liberal: producción, circulación, consumo, de las que comprueba sin embargo la inadecuación, permanece encerrado en una visión negativa de la comunidad doméstica a la que sólo puede caracterizar por lo que ella no es.
Esta concepción, que parte de una percepción a contrario de los fenómenos económicos, y, además, de una negación de los conceptos de la economía clásica, no sólo les quita a estos últimos su capacidad operatoria —cuando tienen alguna— sino que se reduce a una demostración de una perspectiva limitada, a saber: que esas sociedades precapitalistas sólo serian diferentes del capitalismo porque son su revés. Tal concepción no brinda los elementos de una clarificación positiva de las relaciones de producción o los medios para distinguir cualitativamente los sistemas sociales entre sí.
La escuela sociológica alemana y británica del siglo XIX percibió la distinción entre valor de uso y valor de cambio en sus implicaciones jurídicas, las que dividían a las sociedades en dos grandes categorías reconocidas sucesivamente bajo nombres diferentes. Henry Maine (1861) estableció una distinción entre las sociedades donde las relaciones sociales se establecen en función del estatus de las personas y aquellas donde prevalecen los contratos o acuerdos bilaterales. Lewis Morgan (1877) hace una distinción parecida entre la societas, donde dominan las relaciones entre personas, y la civitas, fundada sobre la pertenencia territorial y la propiedad, distinción cuyos términos servirán a Marx y Engels en su exploración de las sociedades primitivas (L. Krader, 1972). Tonnies (1887) denomina Gemeinschafl a las sociedades donde prevalecen las relaciones de parentesco y de vecindad, y Gesellschafl a aquellas donde los individuos se consideran, a través del intercambio, como extraños unos a otros. Estas distinciones, que serán retomadas por Max Weber, ofrecen elementos positivos de análisis. Su defecto radica en no ser sino jurídicas, o en proponer la distinción jurídica como determinante. No expresan lo que procede del movimiento social sino sólo las normas que las sociedades se dan como medio para conservarse.
Para Polanyi (1957/1968) y su escuela también el intercambio es el que representa el acontecimiento más importante, la «gran transformación» que separa a la economía antigua de la economía de mercado. En la primera dominan dos formas de circulación, indisociables del estatus de las partes, la reciprocidad entre iguales y la redistribución entre el poder central y sus subordinados; en la economía de mercado las mercancías se intercambian entre ellas. Pese al interés que merecen estas distinciones que hacen surgir una diferencia cualitativa entre la economía de mercado y las economías que la precedieron, ellas se sitúan aún al nivel estructural y descriptivo, sin desembocar sobre los problemas de producción. Pero es a partir de éstos que se anudan las relaciones observadas al nivel de la circulación.
Lo que descubre Polanyi es que, en las sociedades antiguas, la economía está sometida a un proyecto político unificado y no a las decisiones individuales y diversas de los empresarios. Descubre que, en una sociedad estatutaria, el movimiento de las riquezas está subordinado a las estructuras jerárquicas y a su renovación, que éstas forman los canales a través de los cuales los bienes deben deslizarse para que su circulación no perturbe las relaciones sociales establecidas, sino que, por el contrario, las refuercen. La economía le parece, por este hecho, integrada en el tejido social, y no, como ocurre en la sociedad de mercado, surgir de éste para ocupar un dominio que le sería propio y sometido a sus propias leyes.
En realidad la economía está integrada, en la sociedad capitalista, de igual modo que en las otras. Aquí Polanyi confunde la economía como disciplina, producto de una división del trabajo intelectual, y su objeto. Marx demostró que aquello que a los economistas liberales se les aparecía como puramente económico y material, por ejemplo la mercancía o el capital, era, de hecho, la cristalización de relaciones sociales, en particular del asalariado.
Al estudiar a los autores antiguos, Polanyi y sus colaboradores esclarecieron aspectos bastante enigmáticos del funcionamiento de las sociedades antiguas. Al mismo tiempo su investigación se desplazó hacia las sociedades mercantiles, esclavistas, que producían para la venta, o hacia la economía dominial. Polanyi estudia la economía antigua en general y no, como yo me propongo hacer aquí, la economía doméstica solamente.
Recientemente Marshall Sahlins (1972) se dedicó a calificar lo que llama el modo de producción doméstica, apoyándose no tanto sobre el intercambio como sobre las características de la producción.
Para este autor los principales aspectos del modo de producción doméstica serían los siguientes:
división sexual del trabajo, fundada sobre la familia mínima: un hombre y una mujer;
una relación entre el hombre y el útil procedente de la construcción individual del mismo;
una producción destinada a la satisfacción de las necesidades de base, de donde resulta una limitación de las capacidades productivas en virtud de la ley de
Chayanov (1925)[5];
un derecho sobre las cosas que se ejerce a través del derecho sobre las personas; una circulación «interna» de los productos domésticos y por lo tanto un predominio del valor de uso.
Esta economía doméstica sería sin embargo tan poco confiable como aparentemente es funcional. La irregularidad de la producción, los efectos de la «ley de Chayanov» (es decir, entre otros y según Sahlins, una productividad del trabajo variando a la inversa de los efectivos de la familia campesina), la subproducción y la subpoblación inherentes a este modo de producción, la ecología, todos estos factores exigen la reciprocidad entre las comunidades al mismo tiempo que explican el carácter a la vez anárquico y solidario de esta sociedad.
Con relación a Marx, Sahlins precisa el carácter individual de los medios de producción y reconoce una forma más sutil de apropiación mediante el establecimiento de relaciones personales. Se plantea el problema crítico del doble nivel de la organización social, el de la comunidad y el constituido por su asociación, organización contradictoria que según el autor se explicaría por el carácter particular de la producción.
Por el contrario, y a la inversa de Marx y Engels, el defecto de Sahlins y de casi todos los autores contemporáneos, consiste en no precisar el período histórico al cual se vincula este «modo de producción». Aun cuando algunos de los rasgos que propone sean relativos a las fuerzas productivas, no precisa el nivel de los conocimientos adquiridos, ni el de las técnicas productoras de energía, ni el modo de explotación de la tierra, etc.
Los rasgos que retiene se aplican tanto a la economía de los cazadores-recolectores como a la de los pescadores, pastores o agricultores. El título de su obra deja pensar, en efecto, que el conjunto de estas actividades muestra una misma
economía de la «edad de piedra»[6]. Estos estudios sobre la «economía doméstica» parecen concernir, sin que esto sea bien especificado, únicamente a las comunidades agrícolas. Esta confusión, yo mismo la he cometido (1960), y estas críticas, pueden no ser aplicadas legítimamente. Ellas provienen del hecho de no haber sabido distinguir hasta el presente lo que caracteriza el nivel de las fuerzas productivas y lo que resulta de ello. Pese al esfuerzo por un mayor rigor, el trabajo de Sahlins en gran parte permanece prisionero del empirismo. El modelo de los intercambios y la generalización de la noción de reciprocidad, que nos propone en la misma obra, muestran toda la debilidad de este análisis. Dicho modelo incorpora datos provenientes de toda suerte de sociedades, sin consideración por su especificidad histórica, a las que su método de análisis no permite, por otra parte, conocer. La generalización respecto de un conjunto de sociedades de diferente naturaleza sólo puede realizarse después del análisis y el conocimiento de cada uno de los sistemas en discusión. No puede realizarse sino sobre los elementos que explican el movimiento histórico y no sobre los rasgos dispersos pertenecientes a varios períodos.
Nuestra tarea previa consiste, por consiguiente, en descubrir cuáles son, entre las sociedades que se ofrecen a la observación, las que pertenecen a sistemas económicos semejantes y en qué medida éstos pueden ser eventualmente reducidos a modos de producción distintos, cuyo modelo nos servirá de señales y de jalones en la investigación.