Nadie debería morir…

Frank G. Slaughter · Capítulo 11 de 44

Páginas del PDF

Nadie debería morir…

Capítulo X

La información secreta en un Hospital pasan a través de innumerables hilos misteriosos. Los doctores comparan notas y apuntes, las enfermeras charlan, los enfermos se transmiten entre sí los rumores de cama en cama; incluso las gentes de ordinario formales y metódicas, chismorrean. Antes de que el asunto llegase a las alturas, toda la estrecha comunidad de Lakeview tuvo conocimiento de la diferencia que había surgido entre el doctor Prather, importante y bien respaldado ayudante, y el doctor Warren, que no tenía otros apoyos que los derivados de su capacidad profesional, su duro trabajo y el respeto del Consejo. Ran conocía la vanidad de Prather y estaba seguro de que haría cuanto pudiera para perjudicarle; sin embargo, creía que su posición, técnicamente, era fuerte. Y esto le hacía considerar con cierto optimismo las posibles consecuencias de su error de diagnóstico, en contra de la opinión de su superior.

Había llegado a estas conclusiones cuando el altavoz comenzó a llamarle.

—El doctor Powers quiere verle en su despacho, doctor Warren —le explicó la telefonista.

Ran oyó el acre tono de la voz de Prather, en cuanto entró en la sala de espera del despacho de Powers. La secretaria le hizo pasar en seguida.

—¡Hola, Warren! —dijo el doctor Powers con una sonrisa.

—Buenos días, señor —respondió Ran—. Buenos días, doctor Prather. Prather contestó con un áspero movimiento de cabeza.

—El doctor Prather ha venido a comunicarme que en la noche última operó usted a un paciente que él había visto, en contra de su opinión.

—Sí, señor.

—Y sin consultarle.

—Esto no es exacto —contestó Ran con suavidad—. Intenté localizar al doctor Prather, pero la telefonista no logró hallarle. El paciente sentía agudos dolores y me pareció peligroso que pasara la noche en aquellas condiciones.

—A pesar de que yo le había puesto en guardia contra la fácil aceptación de los síntomas descritos por los niños —dijo Prather—. Esto no puede usted negarlo.

—No lo niego.

—No tenía fiebre, la radiografía era negativa, la fórmula leucocitaria normal —y Prather insistía sobre ello—; pero, sin embargo, usted tomó por sí y ante sí la decisión de operar, en contra de tales hechos respaldados por mi opinión.

—Las circunstancias cambian a veces rápidamente en estos casos —arguyó Ran —. Pensé que podía haberse presentado repentinamente una infección aguda. —Esto constituía una pobre defensa, pero era la mejor que podía presentar dado el cariz del asunto.

—¿Encontró usted la infección aguda? —preguntó formalmente el doctor Powers.

—No, señor.

—¿Puede darnos una explicación de su equivocación?

—El chiquillo estaba fingiendo; se acordaba de una antigua promesa mía de que la pierna le quedaría, después de operada, tan bien como antes de la enfermedad. De manera que fingía el dolor.

—¿Hizo usted una secuestrotomía?

—Sí, señor. Envolví la pierna con una gasa, a la que puse vaselina, y se la enyesé después.

Powers movió la cabeza con un gesto de aquiescencia.

—El tratamiento de Orr es probablemente el mejor de los que existen para los casos de osteomielitis crónica, ¿no está conforme, Prather?

—Indudablemente —dijo el otro—, lo cual no afecta, sin embargo, a la impropiedad profesional con que el doctor Warren ha actuado en este caso.

—¿Impropiedad? —exclamó el doctor Powers—. Es un término excesivamente fuerte. Hubo, sin duda alguna, un error de apreciación, como todos hemos tenido a veces.

Prather se levantó.

—Dejo el asunto en sus manos, doctor Powers —dijo. Y agregó—: Por el momento, naturalmente. —Esto fue dicho en aire significativo.

—Espere un poco, doctor Warren —le pidió el doctor Powers, al ver que Ran también se levantaba—. Tengo que hablar de otro asunto con usted.

Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta, volvió al tema planteado por Prather.

—Lamento que se haya cogido usted los dedos en este caso, Warren.

—Yo también, señor, pero seguramente volvería a hacer lo mismo si el caso se repitiese.

—Sí, sí; es probable. Pero la cosa es grave; temo perderle a usted.

—¿Hasta ese extremo puede llegar esto? —dijo Ran cambiando de color.

—Prather amenaza con plantear el asunto ante el Consejo directivo. El tío de la señora Prather es, como usted sabe, nuestro presidente. Yo podría dar la batalla, pero hemos tenido últimamente varios altercados bastante vivos por lo que se refiere a la marcha del hospital; y dudo antes de agriar más las relaciones, ya bastante tirantes.

—Comprendo, señor.

—Bien, ¿qué parte tuvo en esto el doctor Ward?

—Absolutamente ninguna. Obró siguiendo mis indicaciones.

—Me alegro por él; ha tenido suerte, ¿verdad? —y el viejo doctor se permitió hacer una mueca—. ¡Ah! La otra cuestión de que quería hablarle se relaciona con el doctor Laurence Wilson, el cual creo es amigo suyo.

—Sí, señor.

—¿Cómo cree usted que tomaría él una reprimenda suya?

—A Larry no le gusta mucho que critiquen su conducta; bueno, supongo que eso no le agrada a nadie.

—Está bebiendo demasiado —dijo Powers secamente—; y se acuesta muy tarde, y todo lo demás. Esto no es un pensionado de señoritas, pero todo tiene su límite. No quiero decir que esté borracho durante su trabajo —agregó al tiempo que paraba con un gesto a Ran, que intentaba decir algo—, pues, en ese caso, cortaría por lo sano; pero sospecho que opera en malas condiciones físicas. Y no me gusta que mis jóvenes cirujanos operen con manos vacilantes, Warren.

—No, señor.

—Bueno, ¿cree usted que puede llamarle la atención amistosamente? Diciéndole que la cosa procede de mí, si lo cree preferible.

—Haré lo que pueda. —Hablaba sin esperanza, puesto que estaba convencido de que se trataba de una ingrata e infructuosa misión.

—De acuerdo, yo también haré lo que pueda en lo que concierne a su asunto, pero no confíe mucho en ello. Acaso tenga usted algún horizonte fuera de aquí. Un ancla a barlovento no está nunca de más en este incierto mundo.

Ran regresó a su habitación medio atolondrado. ¿Podría aquello ser el fin? ¿Todo el duro trabajo que con la mayor devoción había realizado en Lakeview, iba a quedar reducido a la nada, solo porque había ofendido a un repugnante malévolo como Prather? ¿Qué era lo que había adquirido en aquellos años? Desde luego, experiencia; pero sus conocimientos técnicos quedarían oscurecidos por la mancha de la forzosa dimisión.

Probablemente encontrarían una fórmula para echarlo, dándole la oportunidad de que firmase una renuncia voluntaria, pero todo el mundo no estaría al cabo de la cuestión y, después, ¿qué? La vida no había sido nunca fácil para Ran desde los días del orfanato. Aquello constituía la primera amenaza real contra su carrera.

 

En el piso de arriba, en el lugar destinado a las enfermeras, las señoritas Robie y Trent estaban bebiendo una taza de té, mientras discutían las notas tomadas en una conferencia que acababa de terminar. Oyóse un golpe en la puerta y apareció la encantadora figura de la señorita Hermione Snyder, que sonreía un poco insinuante y misteriosa, indicando que deseaba pasar.

La señorita Robie se sintió hospitalaria.

—¿Conocéis la noticia del día? —preguntó la recién llegada—. Parece ser que Warren se encuentra en un apuro.

—¿Por el asunto de Prather? Es vergonzoso —declaró Mary Robie.

—¿Estás segura? —preguntó Ann con ansiedad—. Pero aún no ha sido anunciado en la tablilla, ¿verdad?

—No. Tan solo se sabe por la telegrafía sin hilos del Hospital.

—Nunca hubiera creído que fuera tu tipo, Snyder —dijo la señorita Robie con judicial austeridad.

—Eso era lo que él opinaba de mí —fue la alegre respuesta—. Tengo la terrible sospecha —agregó dirigiéndose a Ann— de que tú fuiste la mosca que me estropeó la crema.

Ann, desentendiéndose de las palabras de su compañera, dijo:

—Me gustaría jugarle una mala pasada a Prather.

La señorita Snyder colocó delicadamente en su sitio su taza de té. Y apareció en sus ojos una mirada ensoñadora, que dio a su belleza un aire casi místico.

—¿Prather? —dijo suavemente—, ¿ese tipo pequeño, untuoso y melifluo? Si Warren supiese todo lo que yo sé, nada tendría que temer.

—Pues venga, dilo —la animó ansiosamente la señorita Robie—. Todos somos amigos aquí. Apostaría a que se «coló» contigo, ¿no es así?

—¿Colarse? Se metió hasta el cuello, pero a mí no me interesan los Prather. Gracias.

—Pero ¿qué pruebas hay de lo que dices? —replicó la señorita Robie.

—¿Pruebas? ¿Quieres pruebas? Pues yo conservo entre espliego una notita que prueba algo. Se trata precisamente de un pequeño recuerdo.

—¿Qué quieres por ella? —intervino Ann—. Te doy mi reloj de pulsera.

—¡Vaya! ¿Qué es eso, muchacha? ¿Cuál es tu juego?

—Podría usarla; posiblemente saldría del paso con una simple copia.

—¿Y qué es lo que tienes tú contra Prather?

—Quiere tener un arma para impedirle que actúe —explicó la señorita Robie—. Y me parece que sería fácil conseguirlo. Vamos, Snyder, decídete.

La acosaban con argumentos apremiantes. Aquella era la única probabilidad que existía para detener a Prather en la realización de sus proyectos y salvar al mejor hombre de la casa; dejando la cuestión en manos de Ann y Mary, ella no tenía que intervenir en nada. La señorita Snyder sentía cierta aprensión, pero empezaba a dejarse convencer. La idea de desbaratar los planes de Prather, a quien despreciaba, y de ayudar a Ran, al que todavía admiraba, así como la tentación que le producía el verse ejerciendo una amplia influencia secreta en el Hospital, estaban minando su resistencia.

—Bueno —dijo capitulando finalmente—. Veo que soy más blanda que una babosa. Haced lo que queráis, pero a condición de que la nota vuelva a mí poder; pudiera ser que algún día tuviese necesidad de ponerla en un marco para que sirviese de testimonio.

Charles Ward se sorprendió al recibir la visita de la enfermera Trent. Tras un brevísimo preliminar, ella le entregó el billete amoroso de Prather-Snyder. Ward emitió un breve silbido.

—¿Quién es la sirena?

—No tiene usted necesidad de saberlo, ¿no es cierto, doctor Ward?

—No, es verdad. El doctor Prather sí tiene, como es natural, que estar bien enterado. ¿Cuál cree usted que debe ser el modo de utilizar este billete?

—Yo creo que no es justo que el doctor Prather trate de expulsar del Hospital al doctor Warren.

—De acuerdo, ¿qué más?

—Si se advirtiese al doctor Prather que se tiene noticia de la existencia de esa nota…

—Comprendo, se trata de un pequeño chantaje, ¿eh? No hay la menor duda de que poseemos un documento auténtico, ¿verdad?

—Ni la más ligera. —Al encontrar sus ojos la mirada de Ward, declaró con vehemencia—: Pero no soy yo la interesada.

—Si lo fuese, no podría censurar a Prather —dijo él con calor—. De manera que hace usted esto por Warren. ¿Por qué no le entrega la nota a él mismo?

—No querría utilizarla.

—Profesa principios muy elevados, ¿eh? —Ward hizo una mueca—. Y cree usted que yo no los tengo, ¿no es cierto?

—No es lo mismo —replicó Ann—. Él no puede usar la misiva para beneficiarse a sí mismo, pero un amigo puede usarla para evitarle un daño.

—Muchacha, usted debería estar en el servicio diplomático.

—Muchas gracias, doctor Ward —dijo Ann modestamente.

—Tendré que idear la manera de poner en práctica su idea, pero es bien seguro de que el doctor Prather va a sentir todos los horrores del infierno al tener conocimiento de esto. Cuando yo le diga a Ran…

—De ningún modo. No debe usted decirle nada. No le permitiría usarla.

—Otra vez tiene usted razón. Tenemos que realizar la faena sin que él lo note.

—Seguiré sus instrucciones, pero, por Dios, doctor Ward, que él no sepa que me he mezclado en esto.

—Bien, es usted el capitán de esta empresa.

—Y usted no permitirá que la nota salga de sus manos, ¿verdad?

—Buena idea; sacaré una copia, lo que será suficientemente eficaz; usted merece la medalla de este Hospital, Ann Trent, si le interesa conocer mi opinión.

Durante una semana, Ran vivió en constante zozobra. Y acogía con tal escepticismo la actitud de Charles Ward, quien le aseguraba:

—Abandona tus preocupaciones, Ran. Todo saldrá bien. No puedo decirte la razón ni lo que ocurrirá, pero Prather va a estar más blando que un eunuco cuando llegue el momento. Deja las inquietudes y piensa solo en tu trabajo.

Ran no le creía. Estaba cierto de lo que sucedería al final. Cada vez que sonaba el timbre del teléfono esperaba ser llamado al despacho del doctor Powers para oír su sentencia de muerte.

El timbre acababa de sonar con un matiz especialmente malévolo, al igual que un torno de dentista al acercarse a un nervio. Dejó a un lado la novela con la que intentaba distraerse. Era la tercera interrupción. No le parecía extraño que los médicos terminaran por ser adictos clientes de los sanatorios mentales o aficionados a las drogas. El efecto continuo de la llamada del teléfono, repetido mil veces, producía su huella en el sistema nervioso, siendo capaz de llevar a cualquiera hasta la locura. Igual que la tortura medieval de la gota de agua.

—¿Diga? —dijo sin hacer el menor esfuerzo por disimular su irritación.

—Ran, ¿eres tú? Soy yo, Larry Wilson. —Su voz denotaba gran inquietud.

—¿Qué pasa, Larry?

—Estoy en un apuro, ¿puedes venir? Al número cinco de obstetricia.

—Ahora voy. Espera tranquilo, hombre.

Tan pronto como vio a la mujer, apreció Ran la extensión del daño. Al ejecutar un aborto terapéutico, Larry había seguido el camino más fácil y empleado la herramienta aguda. El aborto se hacía necesario para salvar la vida a la mujer, pero el método usado era el de los cirujanos negligentes y descuidados. El instrumento había perforado el útero y la mujer corría el peligro de morir desangrada. Ran ordenó que la trasladaran al quirófano y llamó a Steinert.

Este se puso furioso.

—Lo haré por ti, Ran —dijo—. En otro caso hubiera dejado a Larry solo con su responsabilidad.

—Vete al diablo —gruñó Larry.

Estuvo con Ran en la galería, siguiendo el curso de la intervención y viendo cómo Steinert amputaba el órgano, dañado sin remedio. Después, Ran le siguió al cuarto donde se vestían los médicos.

—Estás temblando, Larry —dijo.

—Soy un idiota; si no, bajaría y le rompería los dientes a ese asqueroso. ¿Oíste lo que dijo de mí?

—Steinert no es ningún asqueroso. Se trata de uno de los mejores y tiene un carácter excelente. Y tú deberías darle las gracias por haberte sacado de este apuro.

—Tal vez tengas razón en esto —admitió Larry, con uno de aquellos extraños cambios de frente que constituían una de sus más notables características.

Ran estaba seguro de que lo haría y de una manera tan amable que el austero judío se sentiría desarmado.

—La verdad es que la noche última tuve demasiados tropezones.

Aquella declaración dio a Ran la oportunidad que estaba esperando.

—Larry, ¿por qué no te dedicas a tocar la flauta por las noches?

—Un hombre tiene que divertirse en la vida; tomar su parte de placer.

—Procura mantenerte en condiciones —le aconsejó Ran—. Powers me ha pedido que me entrevistase contigo y te lo advirtiera.

La bella cara se ensombreció.

—Ese viejo trasto. Tú eres uno de sus preferidos. Pues bien, no conseguirá hacer cambiar de rumbo mi vida.

Salieron juntos al vestíbulo y vieron a Ann Trent, que se dirigía hacia ellos, Larry la saludó.

—¡Hola, Ann! Supongo que los Roobs te habrán invitado para el fin de semana en el Club de Caza. Yo también iré.

—Sí. Me telefonearon. Trataré de conseguir permiso por una noche.

—Buena fiesta. Resérvame diez bailes. Larry se fue y Ann esperó a Ran.

—Deseo que las cosas salgan bien —dijo ella—. Me refiero al asunto de Prather —agregó.

—¿Qué sabe usted de eso?

—Todo el Hospital habla de ello.

—Si quiere usted conocer mi opinión, le diré que estoy perdido. «El que va a morir, os saluda». Súplica «in extremis»: la invito a una cena final, con las más escogidas tajadas de la carne cocida del funeral, y a una sesión de cine después. Venga, Ann. Lo pasaremos bien.

Ella exploraba la faz de Ran, con una mirada como envuelta en nubes y turbada al mismo tiempo.

—Sí —dijo por fin—. Me gustaría ir.

—¿El sábado por la noche, entonces?

—El sábado es el baile de Caza.

—En ese caso, naturalmente… —dijo él algo molesto.

—No. Prefiero salir con usted.

Ran atravesó el vestíbulo como andando por los aires. Al llegar al despacho de Steinert, oyó la voz de este, que decía:

—Ha venido Wilson para elogiarme y darme las gracias.

—Sabía que lo haría —replicó Ran—. Larry es en el fondo un gran chico.

Y al oírse decir esto le pareció que había ya pronunciado la misma frase en defensa de su amigo muchas veces.