Nadie debería morir…
Capítulo XI
Mirando hacia el pasado, hacia los cuatro años transcurridos desde el día en que se sentó en el amplio paraninfo, para escuchar a Paddy Ryan, Ran se maravillaba de que hubiesen pasado tan rápidamente y estuviesen al mismo tiempo, sin embargo, tan llenos de cosas importantes. Estaba en el segundo año de sus prácticas como residente, durante cuya etapa había ido adquiriendo la experiencia quirúrgica que necesitaba para poder convertirse en un eficiente cirujano, capaz de actuar sin que nadie le respaldase. Su vigor físico y su firme determinación le habían permitido atravesar con éxito unas pruebas en las que muchos otros cayeron vencidos. Hacía el recuento de aquellos que habían sido demasiado débiles para llegar al final; dos tuberculosos, uno a quien se le rompió la resistencia nerviosa, y tres dimisiones, una de las cuales fue impuesta.
Hacía falta algo más que un cerebro y dinero para llegar a convertirse en médico.
Durante esos años había seguido todo el proceso que había convertido a Ann Trent, de incitante capullo de muchacha, en una seductora y atrayente mujer. Todos sus proyectos la incluían a ella con una tenaz esperanza. Pero el futuro aparecía comprometido en la actualidad. Si Prather se empeñaba en seguir su camino contra él, estaba perdido; sería la primera batalla en la que saldría derrotado. Siempre había tenido que abrir sus propias vías. Se encontraba aún lleno de fuerza y de vigor combativo. Pero aquella espera en la incertidumbre resultaba dura para los nervios. ¿Por qué no le dirían nada?
Surgió una distracción acompañada de su primera recompensa exterior. Carson Wright era el nombre que figuraba en la nota que recibió. Ran tardó unos momentos en identificar al firmante con el marido de aquella joven histérica a la que había tratado una noche en casa de Francés Libby. Le pedía que hiciese el favor de telefonearle a su despacho. Ran le llamó y Wright le dijo que su mujer se encontraba a la sazón embarazada y en alarmante estado de excitación nerviosa, y terminó pidiéndole que fuera a visitarla.
—Pero yo soy cirujano —le objetó Ran—, no neurólogo ni ginecólogo.
—Si, efectivamente, pero usted conoce muy bien a las mujeres… ¿Cuál es su respuesta?
—Iré —contestó Ran, quien se decía que todo aquello parecía llovido del cielo—. Iré esta misma noche.
Ran dio a la hermosa e intranquila mujer una conferencia nada comprometedora, en la que se mezclaban apreciaciones personales con consejos de sentido común, que ella aceptó con dócil facilidad. Poco después, frente a unas copas, le preguntó el marido:
—¿Cuánto le debo, doctor? Incluido el otro tratamiento.
—Aquello no fue, en realidad, una visita profesional. Además, a nosotros no nos está permitido cobrar honorarios —respondió Ran.
—¿Es que acaso no es usted médico? ¿No tiene licencia para ejercer y todo lo que sea preciso para ello?
—Sí, desde luego; pero a nosotros nos paga el Hospital.
—Comprendo. Pero supongamos que yo deseo ofrecerle a usted un microscopio, o cualquier otro instrumento, y le entrego un cheque. Eso no sería abonarle honorarios, ¿verdad?
—No —admitió Ran—. Supongo que no.
En realidad no existía ninguna razón para que rechazase el dinero. Era completamente correcto que los pacientes acomodados hiciesen regalos a los miembros del Hospital, cuyo parecer solicitaban porque les merecía confianza.
Su huésped hizo un signo de asentimiento con la cabeza.
—Echemos otro trago. ¿Ha visto usted últimamente a Frances Libby?
—No.
—Acaba de regresar de California, después de haber andado por ahí una temporada. Sabe usted ya, naturalmente, que se va a casar con Mayfield a principios de invierno.
—Ya —replicó vagamente.
El correo le llevó el cheque de Wright. Era de cincuenta dólares.
En su exaltación, ideó Ran una docena de maneras distintas de gastar el dinero. La última idea fue la mejor; en realidad era una inspiración. Le mostraría a Ann un nuevo Ran Warren. Al final de una jornada intensiva a través de las tiendas había logrado reunir una chaqueta de smoking bien cortada y los correspondientes pantalones, por cuarenta dólares; el chaleco, por ocho; un par de zapatos de charol, por otros ocho, más una camisa y una corbata de lazo negro, por la cifra total de sesenta dólares y cincuenta centavos. Era la ocasión en que había gastado más dinero de una vez en toda su vida, pero se trataba de una buena causa. Si conservaba sus cincuenta dólares mensuales podía permitirse ese gasto. Y si se encontraba en la calle, no podía negarse que aquello constituía un galante gesto final. Estaba probándose sus compras cuando le interrumpió Charles Ward.
—Muy bien, Ran.
—¿Qué pasa? ¿Tengo el aire de un palomino atontado? —le preguntó ansiosamente Ran, que había mantenido una terrible batalla con el lazo de la corbata.
—No. Precisamente estaba pensando en el buen porte que tienes con esos trapos.
Ran pensó que, efectivamente, el traje debía sentarle bastante bien. Lo de «usted conoce muy bien a las mujeres», de Carson Wright, y el «buen porte», dictaminado por Charles Ward, que era normalmente una persona brusca y poco aduladora, le inclinaba a creerlo así. Tenía esperanzas de que Ann se sintiese igualmente impresionada cuando llegara la noche del sábado.
El aviso de presentarse en el despacho de Powers lo recibió el jueves. Le bastó una mirada a la cara del gran hombre y darse cuenta del brillo de sus ojos bajo sus espesas cejas, para sentirse bastante aliviado de sus aprensiones.
—Siéntese, Warren. Encienda su pipa si quiere. —Powers prendió fuego a su cigarrillo y dio una chupada, permaneciendo atento a las volutas de humo—. ¿Qué le ha hecho usted a Prather? —preguntó a boca de jarro.
—¿A Prather? —preguntó Ran extrañado—. Nada.
—Pues alguien debe de haberlo hecho —refunfuñó el viejo doctor. Se encerró en su concha igual que un caracol. Dio una nueva chupada—. ¿Conoce usted a Robert Mayfield?
—Me presentaron a él en una ocasión.
—Vino a verme para interesarse por usted. Su asunto puede considerarse satisfactoriamente resuelto.
—Tengo la convicción de que se lo debo a usted, señor —dijo Ran con gratitud.
—A mí no, pero desde luego se lo debe usted a alguien que ha obligado a callar a Prather. En torno a la cuestión hay cierta atmósfera de chantaje —dijo con una mueca — Prather es algo mujeriego; se lo digo por si lo ignoraba. Y alguien puede conocer algún secreto suyo. —El doctor Powers se echó reír con fuerza—. Si usted no sabe de qué se trata, yo no puedo decírselo.
—Pues, en realidad, no sé… ¿Dice usted que Prather retiró su cargo contra mí?
—Lo olvidó, se desentendió de él, lo que viene a ser lo mismo. Se han celebrado ya dos reuniones y no ha dicho ni una palabra, ni en la una ni en la otra. Esta es la causa de que yo le haya preguntado qué fuerza tenía usted sobre él. Esto es todo. — Se tendió hacia atrás en el sillón y pareció que se ponía a estudiar el techo. Cuando comenzó a hablar, lo hizo en el tono de una confesión.
—Cuando yo era residente, había también un ayudante que no me hacía gracia. Una noche entró un enfermo que a mí me pareció tenía una perforación, aunque el ayudante dijo que no. Yo era muy testarudo en aquellos tiempos y le operé. —Dirigió su mirada hacia Ran y sonrió—. Pero yo tuve más suerte que usted; el hombre tenía, en efecto, una perforación.
Ran se sonrojó. Gesticulaba. Parecía un colegial al que el maestro le hubiese encontrado una rana en el bolsillo.
—La cirugía es algo interesante —continuó diciendo Powers, atento al humo de su cigarrillo, que ascendía en espirales—. Precisamente cuando creemos que sabemos lo bastante, se nos presenta algo en lo que no habíamos pensado y damos un batacazo. Hay dos cosas que un cirujano joven debe aprender: la primera, la de hacer todo lo que sepa y pueda, y aceptar la mala suerte cuando se presenta; la segunda, la de que hace falta mucha más inteligencia y valor para no operar que para hacerlo, cuando no se está completamente seguro por las indicaciones que se tienen.
—Me parece que estoy aprendiendo —dijo Ran con aire esperanzado.
—Naturalmente, que está usted aprendiendo; yo no le hubiera encargado todos los casos que he puesto en sus manos si no estuviese convencido de que pisa usted terreno firme. Al menos admite usted sus errores, y esta es la nota característica de un verdadero cirujano; esta, y la de ser capaz de aprovecharse de la experiencia.
—Pero ¿qué puede obtener uno —dijo Ran— si no se puede ayudar a personas como Abie Bloomburg? ¿Por qué tenía que convertirse en un inválido a causa de que su familia no podía pagar el tratamiento? Somos la nación más rica del mundo y las gentes tienen que quedar lisiadas o morir porque no tenemos dinero para pagar a los médicos y atender los hospitales.
—No creo que pueda hacer gran cosa para resolver el asunto —dijo Powers en tono bajo—. Tal vez esto cambie con el tiempo. Algunos hombres de buena voluntad formulan críticas porque las clases humildes y la clase media dependen de la caridad privada para el cuidado médico. El Gobierno gasta millones durante el año en la policía de protección. Sí usted deja su coche en una zona de estacionamiento diez minutos más del tiempo autorizado, se encontrará con el aviso de multa antes de que pueda darse cuenta. ¿Cuál es el motivo de que se gaste tanto dinero en cosas como esta, y ni un centavo en beneficio de la gente que no puede comprarse una tableta de aspirina cuando está enferma? Hay un número más que suficiente de médicos en este país que podrían asistir a todo el mundo. ¿Por qué el Gobierno no paga a los indispensables para la asistencia gratuita de la gente que lo necesita?
—No lo sé, señor. No conozco la resolución de este problema.
—Bien, unos cuantos de nosotros pensamos hoy de esta manera, pero no lograremos llegar a parte alguna. La medicina organizada tiene miedo de las interferencias gubernamentales. Cada vez que se levanta un profesor de una facultad y pregunta por qué razón no carga el Gobierno con parte de los gastos de la asistencia médica general, la Asociación Médica Americana le acusa de ser un idealista carente de valor práctico. Dicen que eso destrozaría el individualismo y la libertad de la profesión y rompería el curso normal de las relaciones entre médico y paciente.
—Lo sé —dijo Ran—. Me da la impresión de que la Asociación Médica Americana está demasiado ocupada en gritar: ¡al lobo!, cada vez que alguien emplea las palabras Gobierno y medicina en una misma frase, y que por eso carece realmente de tiempo para ocuparse en resolver, desde su punto de vista, el problema. —Se levantó y se guardó la pipa en el bolsillo—. Me parece —agregó— que estoy hablando a tontas y a locas. Los jóvenes no pueden permitirse hoy el tener demasiadas opiniones.
—No creo yo lo mismo. Cada año aprendo algo de ustedes los jóvenes. Un médico se apega demasiado a su rutina conforme va envejeciendo. Y necesita la competencia y los pensamientos lozanos de la juventud para mantenerse firme sobre sus pies.
—En tal caso, tal vez sirvamos para algo en este mundo lleno de contradicciones.
—Trate de conservar su idealismo y su entusiasmo durante todo el tiempo que pueda —añadió el doctor Powers—. Yo he sentido deseos de renunciar a todo eso más de una vez, y usted experimentará lo mismo cuando deje esta casa y se enfrente con los problemas que plantea el libre ejercicio de la profesión. En el exterior, las cosas se producen de modo algo distinto a como se dan aquí, en las grandes instituciones, con todos los adelantos modernos para la verificación del diagnóstico y el tratamiento. Resulta fácil para nosotros el convertirnos desde esta posición en críticos y ser intolerantes en los errores que cometen los compañeros. Pero debiéramos siempre tener presente que acaso no lo hiciéramos tan bien como ellos si tuviésemos que trabajar en las mismas condiciones. Esta es la razón de que nosotros, los viejos, no nos lancemos tan precipitadamente a propugnar por un nuevo estado de cosas en la Medicina. Vemos las faltas y las fallas del actual sistema, pero la experiencia nos ha enseñado que las cosas no pueden cambiar de la noche a la mañana.
—Comprendo que no —dijo Ran.
—Hablando de otra cosa —preguntó el doctor Powers—, ¿tiene usted algunos planes para el futuro?
—Supongo que tendré que irme a una pequeña ciudad para comenzar allí, como lo hacen todos —dijo Ran—. El ejercicio de la profesión no será seguramente un lecho de rosas, pero yo podré con él.
—Me gustaría que existiese alguna manera de poder conservar a usted a mi lado, acaso como instructor del departamento —había verdadera pena en la voz del doctor Powers—, aunque desgraciadamente ya no necesitamos muchos instructores. El decano me ha dicho que las solicitudes de ingreso en la Facultad han disminuido en un treinta por ciento.
—Bueno, en cierto modo esto es un consuelo —comentó Ran mientras se dirigía hacia la puerta—. No habrá tanta competencia cuando no se gradúe tanta gente.
¡Cómo le hubiera gustado quedarse allí como instructor! Pero había llegado la hora de salir de aquella casa y dejar a Ward su puesto. Charles se lo había ganado. ¿Adónde iría? Lejos de Baltimore, tal vez. Y lejos de Ann, la sola idea de lo cual le conturbaba profundamente. Por lo menos, tardaría aún algún tiempo en irse. Lo mejor sería llamar a Ann y darle la buena noticia de que su asunto había quedado resuelto.
—¡Cuánto me alegra! —dijo ella.
—El sábado póngase usted sus mejores galas; vamos a celebrarlo.
—¿En plan grande? ¿Podrá usted soportarlo?
—¡Qué sé yo! Pero de todas formas lo haremos.
Algo había en el tono de su voz que dejó pensativa a Ann al colgar esta el teléfono. Cuando tuvieron su última conversación, él parecía lleno de recelos, falto de aquella serena confianza en sí mismo tan característico de su actitud profesional. Cuando la llamó el sábado por la tarde, su impresión de que se había producido un cambio pronto se vio ratificada. Ella le estaba esperando en los escalones de la entrada y avanzó derecha hacia el coche.
—Está usted muy elegante —le dijo él.
—Esa fue la receta, ¿no? ¿Adónde vamos?
—Al «Belvedere».
—Es una tontería hacer tal cosa. Resulta carísimo.
—Pues allí iremos, Ann.
—¿Sí?
—La primera vez que salimos juntos puso usted una condición. ¿La recuerda?
—No estoy muy segura.
—Dijo que nada de novelas de amor.
—Sí, eso dije. Pero ¿no le parece que podría poner el coche en marcha ya?
—Espere un minuto. Antes de hacerlo, me toca a mí poner condiciones ahora.
—¿A usted?
—Una sola; las novelas de amor van a ser dejadas de lado para siempre, pero eso no reza conmigo, ¿entendido?
—Sí, pero…
—Esta es mi condición. ¿Qué piensa de ella?
—Puede que esté bien para usted; pero ¿y yo? ¿Adónde iremos a parar?
—Eso no se sabe nunca.
—¿Salimos? Parece que ese cacharro no se decide a arrancar.
—Ahora que está todo aclarado, sí.
—Y si yo no hubiese aceptado, ¿qué hubiera hecho usted? —preguntó ella con curiosidad.
—Decirle que bajase y se fuese a dar un paseo —replicó él con una mueca de burla.
—Está bien. Pero yo pienso estar alerta; por los dos. En el camino, Ann le preguntó:
—¿Qué le ha hecho usted a Larry Wilson?
—Nada.
—Algo ha debido de ser. Está muy disgustado; dice que le ha echado usted en cara todos sus defectos.
—No tiene motivo para estar enfadado. —Y Ran la puso en antecedentes del mensaje de Powers a Larry.
—Creo que tiene usted razón, pero Larry no se lo perdonará nunca.
—No diga eso; Larry no es rencoroso.
—Larry es encantador; pero cuando alguien hiere su vanidad, no lo olvida.
—Ann, ¿está usted interesada por Larry?
—Le dije ya que mi lema es: «Nada de novelas de amor». Y eso no solo se aplicaba a usted, sino también a Larry y a cualquier otro que pudiese venir. Lo único que quiero es ser enfermera.
Frente a ellos se produjo un embotellamiento en la circulación debido a que un camión y una limousine se disputaban el derecho de pasar primero. El coche de Ran se detuvo con un gruñido de su viejo motor. Él desabrochó su abrigo y lo entreabrió. De los labios de Ann brotó una exclamación.
—¿Qué le pasa? —preguntó él.
—Va usted de smoking.
—¿Qué hay de malo en ello?
—Nada; pero creí a que no lo tenía.
—Y no lo he tenido hasta ayer. Este es su viaje de novios.
—Me siento emocionada. Pero ¿cómo se le ha ocurrido? Ran se volvió hacia ella:
—¿Recuerda usted que en una ocasión, cuando yo no lo tenía, el resultado fue…?
—Dejemos que aquello duerma el sueño de los justos —dijo rápidamente ella.
—No. Usted tiene razón y yo me conduje como un estúpido. Estos trapos representan mis excusas. Me alegra que te gusten.
—¡Oh, Ran, qué chiquillo eres! —comenzó a decir ella riendo, pero la alegría se cortó bruscamente y se encontró con la nariz aplastada contra el hombro de aquel traje que constituía la excusa.
—Es la segunda vez que te beso —dijo al cabo de un instante.
—Bueno, pero no lo repitas. Aquí no está bien; se trata de un cruce público.
La cena resultó perfecta. El cine que siguió hubiese sido una lata si los dedos de Ann no hubieran estado entrelazados con los de Ran y su flexible y firme cuerpo un poco más cerca de lo que la formación de los asientos requería. Volvieron al Hospital por una ruta circular, y Ran detuvo el coche en un sitio poco alumbrado, junto a un camino secundario.
—Ahora —dijo él con aire resuelto— vamos a ver cuál de las dos teorías, si la tuya o la mía, es lo que prevalece en esta cuestión de las inevitables novelas de amor.
Ella se dejó caer en sus brazos, como si siempre hubiese pertenecido a ellos, y se quedó allí como si nunca fuera a dejarlos. Levantando la cabeza, dijo Ran en tono severo:
—Y ahora, ¿cómo vas a seguir pretendiendo que no me quieres?
—No pretendo semejante cosa.
—¿Qué es, pues, lo que pretendes?
—No quererte, pero no puedo evitarlo.
—Nada de novelerías; eso está prohibido —dijo Ran en son de burla, besándola de nuevo—. ¿Cambia esto tu punto de vista acerca del matrimonio?
—No —le respondió ella como lamentándose—. Eso es lo peor, que no lo cambia. No quiero casarme, ni quisiera contigo, querido. Y… también estoy decidida a no tomar otros caminos.
—¿Quién te ha insinuado nada de eso? —replicó él.
Ann se irguió en su asiento y comenzó a arreglarse el pelo.
—Además, me siento aturdida y tú tienes la culpa —declaró con una especie de resentimiento amoroso—. Y me duele la cabeza, quiero irme a casa y te quiero, y esto embarulla las cosas.
—Ya hablaremos acerca de lo último —dijo Ran con seriedad—. Por ahora lo más importante es saber cuándo volveremos a vernos.
—Mañana —respondió Ann sin vacilar.
Durante aquella temporada estaban juntos siempre que podían. Ran se sentía feliz, pero su serena creencia de su futuro en común seguía asustando a Ann. Estas son las cosas, sospechaba ella, que humillan a las mujeres. La vida matrimonial no era bella. Mientras pudiera ver a Ran todos los minutos, la vida le parecía satisfactoria. No trataba de engañarse a sí misma diciéndose que aquello lo era todo, pero sí estaba convencida de que era lo suficiente para que la vida fuera digna de vivirse. Con el fácil optimismo de la juventud, no veía ninguna razón para que aquel statu quo no prosiguiese indefinidamente. Todo el mundo sabía que el viejo Powers sentía gran debilidad por Ran y que quería mantenerlo, al menos por un año más, en alguno de los cargos del Hospital. Cuando ella le hablaba de esto, él le dirigía una mirada singular, pero no hacía el menor comentario.
Ann hizo un viaje de dos semanas con la señora Gallaudet, durante las cuales sintió una constante inquietud y gran nostalgia de Lakeview. ¿O sería acaso por otra cosa? Sin embargo, seguía inalterablemente decidida a no permitir que nada se interfiriese en el camino que había escogido libremente. A su regreso, Ran la llevó a cenar, aunque no al «Belvedere», que ella había desterrado de su programa, para siempre, por excesivamente caro.
—¿Has oído hablar alguna vez de la bulliciosa y atropellada ciudad meridional de Farmington? —le preguntó él súbitamente.
—No mucho.
—Se trata de una ciudad de doscientos mil habitantes, en la que hay un puesto vacante de cirujano, como supervisor, en el dispensario externo del más importante hospital. Es una buena ocasión; deja libres las tardes para el ejercicio de la profesión. Tim Brennan está ejerciendo a unos setenta kilómetros de allí y es el que me ha puesto en antecedentes del asunto.
Ann preguntó:
—¿Está muy lejos de aquí?
—A unos mil kilómetros.
—¡Oh! —exclamó Ann.
—Mira —le dijo Ran alargándole una carta.
Querido doctor Warren:
He presentado su instancia para ocupar el puesto de supervisor
clínico en el dispensario externo al Consejo Ejecutivo del Hospital. Encontramos que sus antecedentes son plenamente satisfactorios y he sido encargado por el Consejo para ofrecerle dicha plaza, a partir del primero de julio. El sueldo es de doscientos dólares al mes, y no debe usted contar con poder residir en el hospital.
Haga el favor de hacerme conocer su decisión inmediatamente.
Sinceramente suyo,
Robert J. Knott
—¿Qué has contestado? —le preguntó ella hablando con marcada indiferencia.
—Que sí.
—¿Qué decías?
—Que he aceptado.
—Mil kilómetros… —dijo Ann—. Pero, naturalmente, tienes razón.
—No podía desperdiciar esta oportunidad, Ann, ¿me esperarás?
—No.
—Mírame, ¿no esperarás?
—No. No quiero que te vayas.
Los ojos de Ran reflejaban disgusto y dureza al decir:
—Tengo que ir.
—¿Cuándo?
—La semana próxima.
—Llévame contigo —le pidió con voz suave y desesperada.
Se casaron en Frederick, tres días antes de la fecha en que debía comenzar el nuevo trabajo de Ran. Charles Ward fue el testigo, en lugar de Larry Wilson, que tenía otro compromiso. En realidad, Ann no quiso que fuese él de ninguna manera.