Nadie debería morir…
Segunda Parte
CAPÍTULO PRIMERO
—Empieza a gustarme Farmington —afirmó Ann después de llevar en la ciudad veinticuatro horas—. ¿Tienes algo de dinero?
—No —dijo Ran.
—¿Cómo vamos a vivir, entonces?
—De crédito, hasta que el dinero empiece a entrar en casa. Yo no he tenido ahorrados cien dólares en mí vida.
—Yo tengo algo. Me lo dio la tía Gallaudet como regalo de boda.
—Guárdalo —dijo Ran—. Puedes necesitarlo.
—No quiero —contestó ella—. Lo que das a entender no ocurrirá en mucho tiempo. Voy a emplearlo para alquilar un departamento; pequeño, naturalmente. Quiero tener una casa; no me sentiría una casada respetable si no la tuviese. Vamos a la caza de nuestra cueva.
—Gracias por tan halagadora sugestión, pero este hombre de las cavernas tiene que ir al hospital, a presentarse.
Allí vio en seguida al doctor Knott, que estaba esperándole. El superintendente era un hombre delgaducho y amable, que sufría continuamente a causa de problemas que no podía resolver, lo que le daba cierto aire festivo. Hizo a Ran un recibimiento plenamente amistoso.
—Le agradecería que me diese ciertos informes, doctor Knott, ¿debe uno estar en guardia contra los clanes?
—¡Ah, los clanes! —dijo el superintendente en tono desdeñoso, como si la palabra le hubiese sonado mal o por lo menos tratase de aparentarlo así—. Algunos miembros del Consejo trabajan juntos, si es a eso a lo que usted se refiere.
—¿Por ejemplo? —preguntó Ran.
—El doctor Metzger, nuestro cirujano jefe, es el yerno del señor Miller, alcalde de la ciudad, y está estrechamente ligado a la fracción Bayner, que dirige el partido demócrata y la máquina política local.
—Excelente situación para él —comentó Ran.
El doctor Knott lanzó una rápida y nerviosa mirada hacia la puerta, que estaba entreabierta.
—El doctor Miller, un clínico, figura al frente de nuestra sección médica — prosiguió—. Él y el doctor Metzger cooperan entre sí, juntamente con el doctor Sarnov, jefe del departamento de obstetricia. ¿Piensa usted abrir consulta particular?
—Sí; durante la tarde. Probablemente veré cómo mis pantalones se desgastan sobre el asiento de tanto esperar clientes, pero un médico debe comenzar a ejercer libremente su profesión alguna vez.
—Claro, claro; desde luego. —El doctor Knott hizo una pausa y continuó con cierto recelo—: Tal vez no debiera decirle esto, pero usted pertenece a una clase profesional de tipo superior a la que generalmente suelen pertenecer los hombres que se encargan de tareas como esta, y tengo la esperanza de que se quedará con nosotros. Si yo estuviese en su lugar, iría con mucha cautela al principio.
—¿En lo que se refiere a unirme a alguien, quiere usted decir?
—Sí; el doctor Metzger y su grupo tienen enorme influencia. Sería una estupidez tratar de oponerse a ellos. Y, sin embargo… El doctor Knott se detuvo en sus comentarios.
—Sería mejor que se apartase de ellos profesionalmente —terminó su interlocutor con una sonrisa.
—Bueno, hay…
—¿Cree usted que no debo asociarme con nadie?
—No debe hacerlo. La mayoría de nuestros médicos jóvenes así lo hacen, pero… Una palabra que proceda de un hombre importante como el doctor Metzger tiene mucha más fuerza que la de un muchacho que está empezando.
—De modo que los ambiciosos seguirán su juego.
—No siempre. El doctor Mark Riley, a quien conocerá usted, es uno de los independientes. Pero la mayoría de ellos piensan que les conviene conducirse con cierta prudencia.
—¿Y no existe ninguna sociedad médica en una ciudad de esta población? — preguntó Ran con extrañeza.
—Sí, hay una, constituida por los médicos del Hospital de San Francisco, que dirige el doctor Matthews, jefe del Consejo del hospital, a quien también conocerá usted probablemente dentro de poco. En fin, doctor Warren, estoy encantado de que se halle usted entre nosotros. Su antecesor no nos complacía. Naturalmente, se entiende que cuanto le he dicho es estrictamente confidencial.
—Descuide usted. Yo sé guardar silencio —le dijo Ran—. Y muchas gracias por sus informes.
Llegó un recado del doctor Metzger, anunciando que tendría sumo placer en saludar al nuevo compañero, y Ran fue conducido a su despacho, donde un hombre alto, con una voluminosa panza y maneras que denotaban gran energía, se hallaba atareado dirigiendo a un interno que estaba introduciendo una aguja en el pecho de un enfermo, mientras vigilaba y aconsejaba a otro, dedicado a reducir una fractura de muñeca por el sistema Colles. El cirujano jefe levantó la vista y Ran se encontró frente a una faz gruesa y bonachona, de la cual sobresalía la punta dominante de la nariz como nota de arrogancia y propia estimación de la personalidad. El hombre importante le preguntó con afabilidad, a modo de introducción:
—Usted procede de Lakeview, ¿no es así, doctor Warren?
—Así es. Terminé mi período de residente el mes pasado.
—Conozco a Powers. Estuvimos juntos en la Facultad hace muchos años.
—He oído al doctor Powers hablar de usted —dijo Ran—. Cuando le comuniqué que venía aquí, me respondió que creía que usted estaba trabajando en esta ciudad.
A Metzger le satisfizo visiblemente el que se acordara de él una eminencia tan generalmente reconocida como Powers. Ran se había callado parte de las palabras del mismo, que fueron textualmente: «Anda por ahí un tipo llamado Metzger, que estudiaba en la Facultad dos años después del mío y solo conseguía irse defendiendo».
—Después de comer tengo que verificar una extracción de vesícula biliar —le decía Metzger—. Me gustaría que fuera a verme al quirófano. Tal vez pudiera darme algunas sugestiones; aquí nos gusta recibir ideas nuevas.
La solapada sonrisa que acompañó estas modestas palabras confirmó a Ran en lo que él había supuesto, que Metzger no era de la clase de hombres a quienes se les podía hacer una observación cualquiera.
—Gracias —dijo Ran—. Trataré de terminar a tiempo el trabajo de la clínica.
Ran había conocido épocas atareadas en la clínica externa del hospital de Baltimore, pero nunca había visto nada parecido al dispensario del hospital de Farmington. De diez a dos, el lugar estaba lleno de gente; sucedía esto especialmente en aquella estación del año, debido a que no funcionaban las fábricas textiles y un gran número de personas se quedaban temporalmente sin trabajo. Aquella gente era ruidosa y manifestaba sus protestas contra el servicio, tardío y poco eficiente. Ran tuvo que dedicarse a clasificar todos aquellos casos con ayuda de dos internos; desembarazarse de los que podían ser considerados como tareas de cirugía menor y de aquellos a los que había que recetar algo que contribuyese a su mejoría, hasta que la naturaleza lograse su curación. Los casos de incumbencia puramente médica o que requerían tratamientos especiales tenían que ser diagnosticados lo más rápidamente que fuera posible, con una pobre historia clínica y un examen superficial, y enviados a las clínicas, que funcionaban por la tarde, donde los especialistas, que estaban dedicados a varias sesiones por semana a los dispensarios gratuitos, se hacían cargo de ellos.
Hacia la una y media había logrado establecer cierto orden dentro del caos que era el dispensario. Todos los nuevos enfermos habían sido enviados a sus casas con la medicina correspondiente o se les había indicado que se presentaran por la tarde a la consulta de los especialistas. Los tubos de sangre aparecían dispuestos formando varias hileras sobre la mesa del pequeño laboratorio de la clínica, para ser enviados luego al laboratorio principal del hospital.
Ran había almorzado en el comedor del hospital, en el que solamente estaban él y los dos internos que le habían ayudado. La comida era siempre igual en los hospitales, fuera cual fuese el sitio donde se tomara. Después de almorzar volvió al despacho del doctor Knott, que, inclinado sobre la mesa, se hallaba escribiendo un informe y levantó la cabeza al golpear Ran la puerta con los nudillos.
—Entre, doctor Warren —le dijo sonriendo—. ¿Le ha ido bien en su dispensario?
—Algo hemos hecho. ¿Hay siempre tanto trabajo aquí?
La cara de Knott volvió a ensombrecerse.
—Siempre tenemos más pacientes de los que podemos atender. En invierno, cuando funcionan las fábricas, parte de estas gentes hacen frente con sus propios recursos a la asistencia médica, pero ahora hemos de atenderlos nosotros en calidad de pobres, pues, de lo contrario, carecerían de toda asistencia.
—¿Qué hay acerca de las hospitalizaciones? He advertido que no pueden atenderse todos los casos que realmente lo necesitan.
La mirada del superintendente adquirió una expresión desalentadora.
—Tenemos una lista de varios cientos de casos que están esperando turno. Desde luego, no se trata de intervenciones urgentes. Hacemos lo que está a nuestro alcance para que ingresen lo antes posible, pero esto nos crea desde luego un serio problema.
—¿Y qué ocurre con los enfermos de la clase media? —preguntó Ran—. El hospital no se encarga de enfermos que estén en condiciones de poder sufragar su asistencia, ¿verdad?
—No —dijo el doctor Knott—. Vigilamos todos los casos lo más estrechamente que podemos. El Servicio social se dedica a investigar caso por caso. Si disponen de medios para pagar los enviamos al médico de la familia para su tratamiento. Pero el número de personas que no pueden abonar los honorarios del médico es mayor cada año.
—Eso ocurre en todas partes, según parece —dijo Ran—. Cuando dejé Baltimore, las clínicas gratuitas estaban abarrotadas y colocaban a los enfermos en los pasillos.
—Es el problema más terrible que tiene la medicina. Aquí, en Farmington, disponemos de más cantidad destinada a atenciones de beneficencia que en muchas ciudades del Sur, pero no podemos atender ni siquiera a la mitad de los casos que necesitan tratamiento. En fin, creo que lo mejor que podría usted hacer es ir al quirófano, para esa extracción de vesícula que ha de realizar el doctor Metzger.
Cuando Ran entró en la galería de la sala de operaciones, ya tenía el cirujano a la vista el órgano enfermo.
—Encantado de que haya podido usted venir, doctor Warren —le dijo—. Se trata de un caso particularmente interesante. Parece ser que hay cálculos en el colédoco.
Metzger daba la impresión de ser un modelo de cirujanos, rodeado por sus asistentes, con la enfermera atenta a sus necesidades y el enfermero alerta, toalla en mano, dispuesto a limpiarle la primera gota de sudor.
«Parece una operación de cine», pensó Ran en el momento en que el cirujano tendía la mano y ordenaba:
—Tijeras, por favor.
Las tijeras hicieron plop en la mano enguantada. Las introdujo en la incisión y cortó una adherencia que impedía que la vesícula biliar saliera a la superficie. Procedió luego a la extracción total del órgano enfermo. Los movimientos de Metzger eran seguros, y Ran pudo darse cuenta de que se trataba de un cirujano que se hallaba por encima del nivel medio. Sin embargo, la mirada experta de Ran advirtió cierta rudeza; trato poco delicado de los tejidos. Comparando su técnica con la manera suave y perfecta del doctor Powers, le parecía a Ran apreciar la misma diferencia que pueda haber entre la habilidad de un ebanista y los fuertes tajos de un carpintero rural.
Una enfermera entró de puntillas en el quirófano.
—¿Es usted el doctor Warren? —le dijo con un susurro.
Ran afirmó con la cabeza.
—Le llaman al teléfono.
Ran salió y se dirigió a la sala de los médicos, que estaba situada exactamente debajo del lavabo.
—¿Qué es eso, querido? —la voz de Ann sonaba en sus oídos—, ¿piensas pasar ahí todo el día?
—Estaba viendo cómo el doctor Metzger llevaba a cabo una extracción de vesícula biliar.
Se produjo una pausa; luego oyó el pequeño chist que le era familiar:
—Buen comienzo, ¿verdad? Cepillando al jefe ya el primer día, en plena tarea.
—¡Eh, eh!, un poco más de respeto. Está usted hablando con el doctor Randolph Warren, del hosp…
—¿Sí? Pues bien, doctor Warren, yo soy aquella enfermera de cabello rojizo a la que atrapó usted a traición en los días de su ardorosa juventud. —Y cambiando de tono, añadió—: Creo que ya tenemos piso.
—¿Dónde?
—Tan solo a seis manzanas del hospital; viejo, pero limpio.
—Perfectamente. Ven a buscarme dentro de unos veinte minutos.
—Bueno; vuelve al quirófano y dale un poco más de coba al jefe. Durante algún tiempo necesitaremos todo lo que puedas sacar de ahí.
Cuando Ran volvió, Metzger había separado ya la vesícula y estaba extrayendo una piedra del colédoco. Le miró con expresión de desaprobación. El gran cirujano no estaba acostumbrado a que los jóvenes doctores se ausentasen mientras él llevaba a cabo un trabajo importante e instructivo. Pero, una vez cerrada la incisión, Ran pronunció unas palabras de elogio y admiración hacia su técnica, las cuales cayeron muy bien.
El recién llegado estaba aprendiendo una lección de tacto sugerida por el doctor Knott.
Afuera encontró a Ann impaciente, esperando en el coche para ir al 2043 de la Avenida Amaranth. Era una casa antigua que se erguía sobre una pequeña altura, desde la cual se gozaba de cualquier airecillo que corriese por los alrededores. Había departamentos para alquilar. El segundo piso oeste estaba pobre, pero aparatosamente amueblado con modelos de la última época victoriana; una cama de matrimonio en la única alcoba, unos muebles algo anticuados en el cuarto de estar, un baño respetable y una diminuta cocina.
—No está mal —dijo Ran—. ¿Podemos tomarlo?
—Por treinta dólares que vale al mes no podemos permitirnos el lujo de rechazarlo —respondió ella—. Además, somos ricos. O lo seremos cuando empieces a cobrar tus doscientos dólares mensuales. ¡Querido, tengo tanta necesidad de vivir contigo en cualquier parte!
Se puso a perseguir una errante mota de polvo, la alcanzó y la hizo desaparecer con el extremo del trapo.
—¿Sabes lo que podemos hacer con la alcoba? —prosiguió diciendo mientras medía la anchura de la habitación con mirada experta de ama de casa.
—No; pero me parecerá bien lo que digas.
—Podríamos colocar una cortina en medio y poner la otra cama ahí.
—Muy bien, perfectamente —contestó Ran precipitadamente—. Muy bien…; pero ¿qué significa eso de la otra cama? Nosotros solamente tenemos una.
—Es para el caso de que quisieras tener una habitación para ti solo —dijo Ann humildemente.
—¿Cómo iba a ocurrírseme semejante cosa?
—Se trata solo de una idea.
—De una idea tonta y absurda. No existe ningún sentido ni moral alguna en esa clase de idea. No recuerdo haber tropezado nunca con una idea que me gustase menos.
—Bien, yo tampoco soy partidaria de eso —dijo Ann—. Voy a convertirme en una persona de espíritu amplio; pero, de todas maneras, necesitamos tener otra cama en casa por si viene un amigo; Tim Brennan, por ejemplo.
—Hay algo más. En el hospital estaba esperándome carta suya. Vendrá uno de estos días.
—Me alegraré de verle. Tim es un gran chico. ¿Qué te parece este departamento?
—Aceptado —declaró Ran.
Ann alargó su delicada figura, estirándose con la delicia sensual de una gata.
—Farmington —dijo— va camino de engrandecerse. Todas las cosas están en camino de hacerse grandes. El estar casada es algo grande y a mí me gusta mucho. Tener un hogar propio es grande. La vida es grande. Una grande y alegre canción. Con trinos y gorjeos.
—¿Quién dijo eso? —preguntó Ran, dejándose caer en el único sillón que había en su nueva vivienda—, ¿Elbert Hubbard?
—No; Tennyson. O acaso Charles Kingsley. Sí, creo que fue él.
—O alguien por el estilo —dijo el marido—. Desde luego eres una rápida y eficiente buscadora de pisos, Ann. Tengo treinta y siete dólares; ¿cuánto tiempo crees que podremos comer con siete dólares si pago los treinta del piso?
—Ya está pagado —dijo Ann con aire complaciente—. Era como una especie de apuesta a que a ti iba a gustarte la casa. Y si me tiras por tierra esto, tendrás que buscar un departamento con tres camas. Ahora vamos a ver si encontramos un sitio donde abrir tu consulta. Tengo ya contratada una enfermera para ti.
—¿Qué has contratado una enfermera? Me gusta tu decisión.
—La enfermera también te gustará, creo. Tiene bastante disposición y no mala presencia. Es muy limpia e inteligente. Responde por el nombre de Ann.
—Contratada —dijo Ran.