Nadie debería morir…

Frank G. Slaughter · Capítulo 38 de 44

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Nadie debería morir…

Capítulo IX

Ridgeville fue una liberación y una delicia para los Warren. Situada más al este de Adson, la pequeña ciudad estaba enclavada en una comarca quebrada, menos montañosa que las salvajes regiones a que ellos estaban acostumbrados. Era tranquila y apacible, lo mismo que el ambiente del grupo médico allí establecido, a gran distancia de los alborotos y disensiones que solían producirse en el puesto habitual de Ran. Barton había logrado reunir en torno a él un grupo compuesto por buenos profesionales, del que formaban parte Rollins, el clínico; Gilbreath, el ginecólogo; Sanders, otorrinolaringólogo; Penton, radiólogo, el cual estaba encargado también del laboratorio, y el propio Barton, que era el cirujano.

Al hacerse cargo del puesto de Barton, Ran se encontró con que le daba bastante trabajo. Aquel hombre era con toda evidencia una dínamo de energía. Las listas de operaciones señaladas para cada mañana obligaban a Ran a estar trabajando hasta mediado el día.

Estaba preocupado par Ann. Todas las semanas, desde que supo que estaba embarazada, le hacía análisis de orina y le tomaba la presión arterial. Eran normales, pero Ran se alegraba mucho de que pudiera ser examinada por un hombre competente como Gilbreath. El ginecólogo le hizo un reconocimiento completo y llamó a Ran a su despacho.

—¿Ha encontrado usted algo? —preguntó con ansiedad.

Gilbreath sonrió confiado.

—El tamaño de la pelvis es algo inferior al normal, y el del feto es aproximadamente el corriente, pero no creo que tenga dificultades para dar a luz.

—Ninguna mujer de mi familia tuvo nunca dificultades —dijo Ann.

—¿Qué piensa usted de ese poco de albúmina?

—Debe vigilarse.

—¿Significa eso que tendré toxemia o algo parecido? —preguntó Ann.

—No —respondió Gilbreath—. Hay pacientes a quienes les sucede eso habitualmente. De todas maneras, doctor Warren, si se desarrollase un edema, o apareciera más albúmina, comuníquemelo inmediatamente.

—Así lo haré —prometió Ran—. Tengo pensado traerla aquí dos semanas antes de que salga de cuenta, porque deseo que sea usted el que se encargue de ella.

—Será para mí una satisfacción.

Ran estaba mucho más tranquilo pensando que una persona competente como Gilbreath se encargaría del caso.

—No permitiría que Fossiter, el del hospital de Adson, te tocase con la punta de los dedos —dijo a Ann al subir al coche.

—Estás armando demasiado jaleo con mi embarazo —le repuso ella sonriente—. Las mujeres felices dan a luz con facilidad. ¿No se dice nada acerca de eso en tus tontos libros de Medicina? Pues debería decirse.

No cabía duda alguna de que era más feliz de lo que había sido en la vida. Estaba contenta con su matrimonio, y con lo que este había traído como consecuencia. Se conmovía al sentir los movimientos del pequeño cuerpo que se desarrollaba en su interior, y sentía una especie de dolor exquisito cuando los pequeños músculos se contraían por el puro goce de vivir y los brazos y piernas se agitaban en inútiles movimientos. La inundaba un grave contento al darse cuenta de que una parte de Ran se había unido a su propio cuerpo para dar creación a un nuevo ser.

El bendito intermedio de Ridgeville se prolongó de modo inesperado. Durante su viaje de regreso, el doctor Barton cogió un resfriado que, al llegar a su punto de destino, se había transformado en una típica aunque ligera gripe. El doctor Rollins le ordenó que permaneciera en cama, hasta que la fiebre desapareciera por completo.

Barton se dirigió a Ran, que había entrado en su habitación y se hallaba a los pies de su cama.

—¿Qué le parece esto, Warren? ¿Puede quedarse otra quincena?

—Por mi parte, con gusto me quedaría todo el año —replicó Ran—. No tengo el menor deseo de volver al distrito décimo, y me parece que ellos tampoco deben anhelar mi regreso.

—Entonces, de acuerdo —dijo Rollins.

—Son varios los que me han dicho que ha desarrollado usted una buena labor — observó Barton, después que Rollins hubo salido de la estancia.

—He puesto todo mi entusiasmo porque la cosa me gusta —contestó Ran—. Al principio me encontraba un poco desentrenado, pero pronto cogí el ritmo de las cosas. Este mes me he dedicado a la cirugía; ha sido para mí como un agradable ensueño. Solo espero que se me destine a un grupo tan bueno como este —prosiguió— aunque temo que haya pocos así y estén muy lejos unos de otros.

—Desde luego no tengo muy buenas impresiones de la mayoría de los que he visto —admitió Barton—; pero las cosas lo mismo pueden empeorar que mejorar. He oído decir que el informe de McDonough va a ser dado pronto a la publicidad. Si consigue dar cuerpo a lo que se me ha insinuado, bien pudiera ser que tuviésemos pronto un nuevo secretario de Sanidad, a consecuencia del alboroto que levantará el informe.

—¿Hay alguna posibilidad de que sea el propio McDonough?

—Creo que hay muchas probabilidades. Si el puesto ha de ser para un profano, no podría encontrarse nadie mejor que él. Está muy interesado en sus puntos de vista. Usted podría obtener un buen puesto si él entrara en el Gabinete.

—Todo lo que yo pido es una posibilidad para practicar la cirugía en mi propia clínica —dijo Ran.

El doctor Barton se restableció, y los Warren volvieron a Stoneville todo lo resignados que podían. El distrito, bajo la supuesta dirección de Wade, se deslizaba cada vez más rápidamente hacia el averno de la desorganización. El porcentaje de mortalidad en el hospital de Adson alcanzó tal nivel que, incluso dentro de la tolerancia existente en la fácil política de compadrazgo que imperaba en el departamento de Sanidad, suscitó débiles protestas. El joven Sneed, que era concienzudo, aunque inexperto, se había visto en la necesidad de dimitir a su pesar, y su plaza fue ocupada por un pariente del autoritario Regan. Roberts había solicitado su traslado, cuya aprobación esperaba anhelante, formulando la teoría de que nada podía ser peor que las condiciones en que se veía obligado a trabajar.

En raras ocasiones atendía Wade a sus deberes oficiales. Ahora que Ran conocía su vicio le resultaba fácil apreciar cómo la morfina estaba debilitando su resistencia. Al mirarle, en sus infrecuentes encuentros, Ran se maravillaba de que su aspecto no le hubiese llamado la atención, advirtiendo lo que Ann, con mayor perspicacia, había sugerido. Era algo que podía leerse en su cara abotagada, en el brillo de sus ojos, en su pesado modo de andar, en la facilidad con que se excitaba y se dejaba arrastrar por los demás, contra los débiles dictados de su conciencia.

Wade se reunía mucho con Marcos Regan, el cacique comarcal, el cual se había hecho construir una casa de piedra en la falda de la montaña, donde se divertía llevando una vida pródiga de soltero rico, y a cuya residencia acudían visitantes de dudoso aspecto en elegantes automóviles. La prosperidad de Wade pareció aumentar. Desde la pelea en el hospital, en la que Tim Brennan le había roto la manga de la camisa, haciéndole mostrar su brazo con las señales de las inyecciones, trataba de evitar a Ran todo lo posible. Las pocas veces que se encontraban se mostraba correcto casi hasta el extremo de la obsequiosidad, pero toda su ampulosidad exterior, su brillo y su antiguo aire de camaradería, habían desaparecido.

Llegó diciembre con su nieve y su intenso frío y el estado de Ann comenzó a preocupar cada vez más a su marido. La huella de la albúmina continuaba en la orina. Periódicamente, sus tobillos se hinchaban y padecía fuertes e intensos dolores de cabeza. Estos síntomas desaparecían mientras Ann permanecía en cama, sometida a una dieta de leche, pero en cuanto se levantaba y hacía vida normal reaparecían. Unos cuantos días antes de Navidad tuvo un ataque algo más fuerte que los anteriores, y Ran optó por meterla en una ambulancia y mandarla a Ridgeville. Unos cuantos días de descanso en el lecho la mejoraron bastante. Como Ran no podía permanecer vigilándola para retenerla constantemente en cama, y como ella en cuanto empezaba a encontrarse mejor, se levantaba, los síntomas reaparecían de continuo. No podía decirse que su conducta fuese rebelde, sino debido más bien al natural optimismo de una persona normalmente sana, que se encuentra ligeramente indispuesta y no quiere rendirse a la evidencia de que pudiera sucederle algo realmente serio.

Durante la primera semana de enero hizo un tiempo más benigno; un buen día, Ran la metió en su coche y la llevó de nuevo a Ridgeville. Gilbreath la examinó cuidadosamente y le hizo varios análisis.

—Debo de ser algo así como un ave preciosa —dijo Ann con una sonrisa—, y me sorprende que no me metan ustedes dentro de una jaula. Con todos estos reconocimientos estoy a punto de creer que me encuentro enferma de verdad o algo parecido.

Gilbreath negó con el gesto.

—No es eso. Por lo que se refiere al niño todo es perfecto. Le faltan unas seis semanas para salir de cuentas, ¿no?

Ann hizo un signo afirmativo.

—Según mis cálculos, hacia el quince de febrero.

—Por lo que respecta a la toxemia que viene usted padeciendo. —Gilbreath tenía un aire pensativo—, me guardaría bien de decir que me gusta. En la actualidad su presión está por encima de lo normal.

Ann frunció la nariz.

—Siga, siga. Soy un caballo de pura raza. ¿Cuáles son los otros puntos malos?

Gilbreath se echó a reír.

—No le falta nervio, precisamente. Pero si nos encontrásemos un poco más cerca del término sería partidario de provocar el parto. La toxemia que usted tiene puede ser que no aumente y quede reducida a nada, pero también podría llegar a convertirse en algo grave.

—Piensa usted en la eclampsia, ¿verdad? —preguntó Ran.

—¿Por qué iba a tener eclampsia? —protestó Ann con indignación—. No he tenido nunca espasmos, ni siquiera cuando he visto que otra persona los tenía.

—Sin embargo, debemos considerar…

—Si ustedes provocasen el parto ahora —interrumpió ella—, ¿qué probabilidades abría de salvar la vida de niño?

—Temo que no muchas —admitió el ginecólogo.

—Entonces no hagamos nada; no quiero ni siquiera oír hablar de ello. Perdimos ya un nene; no quiero perder otro.

—Pero, Ann querida, se trata de hacer lo mejor para ti —dijo su marido anhelante.

—Pues yo quiero hacer lo que sea mejor para el niño —replicó Ann, adelantando con obstinación el labio inferior.

—Podemos tener otros niños, pero solo hay una Ann —hizo observar Ran, mas solo consiguió que ella le mirara con desagrado.

—No creo que haya mucho peligro en esperar unas cuantas semanas más —opinó Gilbreath—, pero debe usted reposar mucho, señora Warren. A mediados de febrero soy del parecer que se provoque el parto, se presenten o no los síntomas.

El reposo sentó bien a Ann, pese a lo nerviosa que le ponía el régimen a que tenía que someterse. Ran comunicó a Gilbreath que las cosas marchaban bastante bien, aunque el horizonte no estaba despejado por completo. Ann no se quejaba nunca. Pero Ran, a la sazón más marido que médico, se mostraba ansioso y, aunque discretamente, vigilante. A veces, cuando la imaginación de Ann se perdía en meditaciones o ensueños, él descubría en su faz una expresión que le asustaba, pues le revelaba los oscuros y secretos temores que embargaban a su mujer. Sin embargo, cuando volvía al papel de observador médico impersonal, no encontraba nada que le pareciese sospechoso.

—¿Qué te parece si nos fuésemos a Ridgeville dentro de dos días? —le preguntó su marido en una fría mañana de febrero.

—Bueno —contestó ella—, pero dudo de que sea ya el momento.

—Yo me sentiría más tranquilo.

Ello tuvo entonces uno de sus antiguos rasgos de descaro.

—¿Quién va a tener el niño, tú o yo?

—Bueno; ¿tomo reserva de asientos en el tren para el lunes?

—Está bien.

Poco después de cenar, Ran tuvo que salir hacia las montañas para atender un caso grave de obstetricia, y no regresó a su casa hasta pasadas las doce del día siguiente. Se mostraba cansado. La señora Field salió a recibirlo. Al ver su cara sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué pasa? ¿Ann…?

—Me alegro que esté de vuelta. Ella dice que se encuentra bien, pero no me gusta su aspecto.

Ran subió los escalones de tres en tres. Ann estaba tendida en el lecho, apoyada en almohadas. Tenía, una revista a su lado.

—¿Te encuentras mal, querida?

—Tengo un fuerte dolor de cabeza que me dura todo el día. Cuando quiero leer, las letras se me convierten en borrones.

Ran cogió de su maletín el instrumento para medir la presión arterial, y lo colocó en el brazo de Ann, por encima del codo. Ella hizo instantáneamente un gesto de dolor, aunque él no le había hecho daño alguno.

—¿Qué tienes? —preguntó Ran con ansiedad.

—En la boca del estómago; desde hace tres horas. ¿Habré cogido una indigestión?

—No comió usted mucho ayer, la verdad —comentó la señora Field.

Oprimió con su mano derecha la perilla del aparato y aplicó el estetoscopio en el brazo, precisamente frente al codo. El día anterior la presión había sido de ciento treinta. Continuó apretando y aflojando la perilla de goma, hasta que la columna de mercurio alcanzó esa cifra. Sentía los latidos como si fueran tiros de pistola. Seguía manipulando la perilla de goma; uno-cuarenta; uno-cincuenta; uno-sesenta. Aquello no iba bien. Los latidos desaparecieron al llegar a los ciento ochenta. Uno-ochenta por uno-veinte. Estaba peor de lo que él había supuesto.

La dificultad en la visión de que ella se había quejado, ¿sería el comienzo de un edema de retina, de una hinchazón de la sensible membrana interior del ojo, de la zona que hace posible la visión? Los desprendimientos de retina se producen a veces en las toxemias que acompañan el embarazo. No quería pensar en la presión arterial, síntoma indudable de la acumulación de veneno en la corriente sanguínea. Le examinó las pupilas, que aparecían un poco dilatadas, aunque aquello podía deberse a la oscuridad que reinaba en la habitación. Levantó el embozo y palpó con cuidado el contorno del feto. El parto no había comenzado aún; no sentía las contracciones del útero bajo sus manos, ni Ann tenía dolores. Aplicó el estetoscopio a la línea curva de la espalda del niño. El corazón de este iba bien; sus latidos eran fuertes y regulares. Se comprobaba fácilmente.

—Creo que dio la vuelta la noche pasada —dijo Ann—. Ahora está de espaldas, ¿verdad?

Ran afirmó con el gesto.

—Esto no significa que no pueda dar la vuelta de nuevo. Acaso vaya a ser titiritero.

La señora Field ayudó a Ann a vestirse, mientras Ran telefoneaba pidiendo la ambulancia. Había oscurecido cuando se pusieron en camino. La dueña de la casa se despidió de ellos con lágrimas en los ojos.

Ann apretó la mano de Ran cuando este ocupó en la pequeña ambulancia el sitio que había junto a ella. Él le acarició la mano, dándole golpecitos con la suya, que estaba helada.

—¿Te duele el vientre? —le preguntó.

—No —le dijo al oído.

—Estate todo lo quieta que puedas, verás como todo marcha bien.

¡Y cómo hubiera deseado él creer lo que decía!

—Me encuentro mal, querido.

Él la rodeó con su brazo.

—¿Qué es lo que te molesta?

—El pecho; siento opresión al respirar.

Comenzó con una súbita mirada de aprensión; luego sus pupilas se pusieron vidriosas, como si ella estuviese mirando, tanteando a oscuras, un espacio lejano. Después los ojos comenzaron a moverse de un lado a otro, hasta que solo mostraron el blanco. Su rostro se contorsionó, se agarraba a él con fuerza desesperada.

Ran sacó del maletín un compresor de la lengua, separó las mandíbula de Ann y deslizó la hoja entre los dientes, para evitar que se mordiera la lengua en el espasmo.

Un ataque de eclampsia es algo terrible para el que lo presencia. Incluso los médicos, acostumbrados a tratar con enfermos de todas clases, los temen. Para Ran era como si le arrancasen el corazón de raíz, al verse allí, con Ann acunada en los brazos, mientras sus mandíbulas se contraían y sus dientes mordían la lámina de madera, y los músculos de la cara se ponían como si fuesen cuerdas tensas y tirantes. Respiraba por medio de boqueadas que eran como estertores, produciendo desagradables sonidos cada vez que la lengua era impulsada hacia atrás y amenazaba obstruir el conducto respiratorio.

Ran dio gracias a Dios de que ella estuviese inconsciente, de que no pasara por la agonía de sentir la tirantez de sus músculos, entregados al espasmo, contra su voluntad. Después de cada convulsión. —¡Dios quisiera que no hubiese más!— caía en unos minutos de coma, en un breve periodo de inconsciencia. Podía apreciar cómo aumentaba la rigidez de su cuerpo, sintiendo cómo se sacudía entre sus brazos, cuando el espasmo le hacía estremecerse totalmente. El cuello de Ann se curvaba hacia atrás y su fuerza se hacía de pronto superior a la de Ran, quien, durante unos segundos, tenía que hacer tremendos esfuerzos para mantener el cuerpo torturado de su mujer entre sus brazos e impedir que se hiciera daño a sí misma.

El ataque desapareció casi tan rápidamente como había aparecido. Ann respiraba ya dulcemente en su regazo. Sus mandíbulas se relajaron y la lámina de madera que Ran había puesto entre sus dientes había caído al suelo. Abrió los ojos y miró tratando de captar su expresión; luego sonrió contenta.

—Me ha alegrado mucho tu vuelta, Ran. Temía que me sucediese algo terrible mientras tú no estuvieras.

No se acordaba del ataque, se había olvidado de aquellos terribles momentos en los que parecía que su cuerpo no podría resistir por más tiempo la dureza de los músculos contraídos como si fueran tiras de hierro.

—¿Dónde estamos? —murmuró suavemente.

—Te llevo al hospital; es hora ya de que tengas tu niño.

—Nuestro niño —corrigió ella.

Sus párpados se cerraron sobre sus dilatadas pupilas. Las fuerzas de su cuerpo joven estaban exhaustas por la pérdida de energía producida por el espasmo. Ahora dormiría, mientras su cuerpo descansaba; acaso hasta que otra convulsión se adueñase de ella.

No debía permitir que tuviera otro ataque. En el hospital, con sedantes apropiados, aquello podría ser dominado, pero el tratamiento debía comenzar en seguida. Esto significaba Adson, no Ridgeville. Debía llevarla allí, llamar a Gilbreath y evitar que le dieran nuevos ataques hasta que el parto comenzara y naciese el niño.

Golpeó el cristal que le separaba del chófer.

—Dé la vuelta —dijo—. Mi mujer ha empeorado. Llévenos al hospital tan de prisa como pueda.