Nadie debería morir…
Tercera Parte
CAPÍTULO PRIMERO
Ran se inclinó sobre el helado parabrisas de su coche, en cuya lámina de vidrio se producía una refracción luminosa que convertía los signos de la circulación en extrañas y alucinantes figuras, semejantes a las imágenes mentales de un esquizofrénico. Ann tiritaba acurrucada en un rincón.
Miraba las cadenas de montañas que se alzaban a ambos lados del helado camino por el que se deslizaba el coche. En la primavera, aquellas montañas debían de tener una gran belleza, matizadas por las tonalidades verdes de la hierba y de los árboles, los brillantes colores de los rododendros y las blancas siluetas de los arraclanes alzándose en el aire. Ahora resultaban descoloridas y repelentes, con sus desnudas peñas grises, que sobresalían formando despeñaderos y la nieve blanqueando los picachos. Aquí y allá descarnadas construcciones de madera surgían del interior de la montaña, apiladas en una serie de tinglados desiertos. Aquello evocaba una historia de minas de carbón abandonadas, en las que tiempo atrás debió de lucir la lámpara de los mineros, pero en las que ya no había nadie; solo techos que amenazaban derrumbarse, debilitados por las continuas filtraciones de agua.
Ran habló por primera vez durante un largo rato.
—¿Frío?
—No mucho —dijo Ann alegremente—. Gracias al cielo y a mi buen abrigo.
—Me gustaría estar en mejores relaciones con el cielo —dijo Ran con acritud—. Me destina un porvenir de andar recetando aspirinas y prescribiendo píldoras durante el resto de mi vida.
Ella se inclinó hacia su marido y apoyó la cara contra el áspero tejido del abrigo de Ran, quien tomó su mano con la suya helada y se la oprimió con fuerza.
—Lo siento —dijo tras un momento.
La ciudad apareció frente a ellos antes de que se dieran cuenta. Estaba compuesta por unas cuantas calles que se cruzaban en cuadro, con el usual complemento de droguerías, farmacias, iglesias y un oscuro edificio de ladrillo rojo: el Ayuntamiento. Idéntica a todas las ciudades por las que había pasado aquella tarde. Su único detalle característico lo constituía el ajado rótulo que se encontraba a la entrada.
ADSON
(INCORPORATED)
Pop. 3500
—¿El doctor Wade?
El empleado del hotel alzó la cabeza detrás del sucio mostrador, para decir:
—¡Ah! El jefe del nuevo distrito médico. Podrá encontrarle en el Ayuntamiento.
«Aquello era lógico», pensaba Ran tristemente, mientras volvía al coche. La Medicina había descendido de las aulas de la sabiduría para alojarse en las oficinas. No tuvo ninguna dificultad para encontrar el despacho: sobre el cristal de la puerta resaltaban unas letras cuya pintura estaba todavía fresca:
DEPARTAMENTO FEDERAL
DE SANIDAD
Dr. C. W. WADE
JEFE DEL DISTRITO MEDICO
El hombre que estaba sentado detrás de la mesa era enorme. Cuando se levantó, su vientre se desparramó sobre la mesa, en la que parecía apoyarse lleno de gratitud, como si no pudiese soportar su propio peso. Cuando sonreía, sus ojos quedaban ocultos, hundidos en las redondas y rojas mejillas, para aparecer de pronto y brillar, cuando abría los párpados.
—¿El doctor Wade? —preguntó Ran.
El otro afirmó con la cabeza, y dijo:
—Soy yo.
—Yo soy el doctor Warren. Mi mujer.
—Encantado de conocerle, doctor Warren. —Wade hablaba con cierto énfasis—. Y también a usted, señora Warren.
Estrechó las manos de ambos, con la amenaza de sumergirles dentro de su extraordinario volumen.
—Los estaba esperando.
—Estuve tratando de conseguir que cambiasen mi calificación —explicó Ran—. En realidad soy cirujano.
—Apostaría —dijo Wade, acompañando sus palabras de un chasquido— a que todo el mundo es hoy en día cirujano. Ninguno de ustedes los jóvenes se lanza a la medicina general. Gran vida la medicina general. Yo la he ejercido durante veinte años en las minas de carbón.
—¿Mi puesto estará aquí, en la ciudad? —preguntó Ran.
—No. —El hombre gordo sonrió—. Tengo una excelente plaza para usted en Stoneville, a unos nueve kilómetros de aquí. Se encuentra ya allí un hombre capaz, el doctor Porter. Le gustará el doctor Porter. Ustedes dos se avendrán bien.
—El hospital está aquí, ¿verdad?
Wade asintió y dijo:
—Un pequeño pero bonito hospital. Usted querrá conocer al cirujano, puesto que se interesa por la cirugía. El doctor Branch es un petardo. Muy buen cirujano; procede del Ejército.
—¿Podré seguir mis casos que tengan que ser hospitalizados? —preguntó Ran.
—Claro, claro; contamos con un excelente grupo de médicos en el hospital, los cuales colaborarán con usted dentro de sus secciones respectivas.
—El doctor Wade miró el reloj. —¡Caramba, son ya las cinco!— dijo con alegría. —Ha terminado el trabajo del día. Esto es lo bueno que tiene el trabajar para el Gobierno; se tiene un horario fijo.
«Esto será para ti —pensó Ran—, pero no para nosotros, que tendremos que andar de cabeza día y noche por un pequeño dolor de estómago».
—Bueno, creo que podrían salir para Stoneville esta misma noche —le dijo Wade —. El dispensario está al lado de la droguería. Encontrará allí a Porter por la mañana, quien le pondrá al corriente de todo.
—¿Qué te parece tu nuevo jefe? —preguntó Ann, sonriendo mientras bajaban la escalera del Ayuntamiento.
—Protesto contra su extraordinaria barriga —respondió Ran con una mueca—. No sabría cómo operar allí dentro.
Se hizo de noche antes de que llegaran a Stoneville. Apenas entraron en la ciudad les llamó la atención un sucio letrero pegado en un poste, que se alzaba en el pequeño prado situado delante de una casa, y en el que podía leerse la palabra «TURISTAS». Ran llamó a la puerta.
Una pequeña mujer, con el pelo gris, salió a abrirles la puerta y les sonrió, vacilante, envuelta en una luz opaca.
—¿Puede proporcionarnos habitación para esta noche? —preguntó Ran.
—¡Ah! ¿Son ustedes turistas? No pasan muchos por este camino, pero yo tengo siempre una habitación preparada para ellos. Entren.
La habitación era confortable y amueblada al gusto antiguo, la cual resultaba agradable para sus cansados cuerpos. La dueña de la casa se llamaba señora Field y era viuda de un superintendente de minas que había muerto en el interior de una galería. El joven matrimonio se encontró mucho mejor después de tomar una comida caliente mientras la señora Field rondaba en torno a ellos como una madre solícita. Resultaba evidente que se sentía muy satisfecha de tener a alguien con quien hablar.
—¿De modo que es usted el nuevo médico del Gobierno? —dijo cuando Ran retiró su plato—. ¡Caramba, cómo cambian las cosas!
—¿Qué piensa la gente de por aquí de que el Gobierno pague sus cuentas del médico? —preguntó Ann.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Field—. Que yo recuerde, aquí no ha pagado nunca nadie a su médico; eran las compañías quienes se encargaban de ello. Había algunos a quienes no les gustaba eso. Creían que no obtenían todo lo que tenían derecho a exigir del médico cuando este los visitaba. La mayoría de las veces, aquellos doctores les daban la botella de la medicina. Ahora se preguntaban si los médicos del Gobierno no serán iguales o peor que los de las compañías. Dicen que si entonces no estaban bien atendidos, menos lo estarán ahora, cuando es alguien completamente ajeno quien lo proporciona.
Todo aquello resultaba lógico, pensaba Ran mientras estiraba sus músculos en su agradable alcoba, donde una pequeña estufa chisporroteaba sobre sus soportes de hierro, ávida de caldear la habitación.
—¡Uf! —exclamó al meterse en la cama y hundirse en el profundo colchón de plumas—. Hace mucho tiempo que no disfrutaba de uno de estos.
—Resulta muy apropiado para una noche tan fría cómo esta —comentó Ann mientras apagaba la luz.
Estaba contenta de haberse alojado en la casa de un pajarillo como era la señora Field. Tal vez pudiera quedarse allí durante algún tiempo. Probablemente a la señora Field le gustaría tenerlos como huéspedes fijos. Quizá la evidente comodidad de las hondas sillas de la sala de estar y la pequeña estufa que brillaba alegremente, pudieran reconciliar a Ran con este mundo y su suerte en él.
Hacía un tiempo despejado, pero muy frío, cuando a la mañana siguiente marchaba Ran camino del dispensario: Stoneville no era una comunidad populosa; había una droguería y dos puestos de gasolina. El resto se componía de una serie de pequeñas casas esparcidas a lo largo de la carretera y a través de la falda de la montaña, cuyos ángulos, alzándose en declive, mostraban rampas de minas a cada tantos cientos de metros, definiendo los límites materiales de la ciudad. El dispensario había sido en otro tiempo un almacén de especias. En la fachada, un rótulo se distinguía coa claridad:
DISPENSARIO DE STONEVILLE
DISTRITO MEDICO N.° 10
Ran abrió la puerta y entró. Una enfermera vestida de uniforme estaba sentada junto a una pequeña mesa, leyendo una revista religiosa. Le miró lánguidamente.
—El doctor no vendrá hasta las nueve; tome asiento. —Tras de decir lo cual volvió a su lectura.
Aquello no le sorprendió. Era lo que esperaba.
—Soy el doctor Warren —dijo.
La enfermera dio signos de volver a la vida.
—El doctor Porter se alegrará de verle —repuso, y se cambió el chicle de lado—. Estaba molesto ayer porque usted no había llegado aún.
—¿Quisiera usted indicarme dónde está mi despacho? —le preguntó Ran con toda cortesía. Ella señaló el final del pasillo.
—Segunda puerta a la derecha —dijo.
Ran atravesó el corredor, que dividía en dos partes iguales al edificio. Se habían realizado dos particiones simétricas formando series de habitaciones cuadradas a ambos lados. Sobre el cristal de una de las puertas se leía: «Doctor WARREN»; sobre el de la otra: «Doctor PORTER».
Ran giró una visita de inspección. Su despacho estaba amueblado escasamente, con una mesa, una silla de respaldo recto para los enfermos y otro algo más cómodo para él. Detrás había una pequeña habitación con una mesa de exploración; evidentemente, la más barata que habían podido encontrar. Se dirigió hacia la parte trasera del edifico, donde se había instalado la sala de urgencia y tratamiento; la mesa que había en ella tenía mejor aspecto. Su despacho y el del doctor Porter comunicaban con esta habitación, en la que había unos cuantos instrumentos quirúrgicos y jeringas colocados en una estantería situada en un rincón. El esterilizador y el pequeño autoclave tenían el aspecto de no haber sido usados recientemente. En la habitación, algo mayor que las demás, se había construido una pequeña habitación de planta cuadrada, con el propósito de que sirviera de laboratorio, o al menos así lo parecía, ya que había allí unas cuantas botellas con orines y un microscopio sobre la mesa. En aquel lugar imperaba ese olor típico de los laboratorios cuando no se verifica una limpieza diaria. De vuelta a su despacho, Ran comenzó a llenar su pipa con aire pensativo. Aquel equipo estaba lejos de ser suficiente para el tipo de clínica atareada que él había supuesto.
Un hombre alto, de aspecto cadavérico, con un rostro de color de pergamino y pómulos muy salientes, que amenazaban romper la tirante piel que los cubría, entró sin llamar. Había en su faz una expresión desilusionada, como si se la hubiesen hecho en un molde y desde entonces no hubiera cambiado. Durante todo el tiempo en que Ran y él trabajaron juntos, fueron pocas las veces en que le vio salir de aquel aire de misantropía.
—Usted es el doctor Warren, ¿no? —preguntó amablemente.
—Sí, y usted el doctor Porter, supongo.
—Hace tiempo que le estaba esperando.
—Lo siento —dijo Ran. Su inmediato impulso fue el de reaccionar contra la agresividad de Porter, pero se contuvo. No conducía a nada el empezar riñendo. Eso le hubiera creado una situación difícil—. Me ha entretenido cierta cuestión de credenciales —agregó.
—Algunos de esos condenados papeles con cubiertas rojas —gruñó Porter—. Yo creía que la práctica del oficio era ya una esclavitud en la época de las compañías mineras, con la multitud de documentos que había que llenar, pero aquello no era nada en comparación con todos esos espacios en blanco que tienen ahora los impresos. ¿Sabe usted que no puede recetar una tableta de aspirina sin llenar uno de esos condenados formularios 52b? Y cuando haya terminado de tratar a un paciente, tiene que hacer un sumario final de tres páginas, que es preciso establecer por triplicado. ¡Por triplicado! ¿Se da usted cuenta?
Ran le siguió a su oficina y se sentó en la silla destinada a los enfermos. El servicio médico gubernamental daba a entender demasiado claramente a los enfermos que su permanencia allí debía ser corta. Aquella silla —pensó— debía obrar maravillas al respecto.
—¿Cuáles son exactamente nuestras obligaciones? —preguntó Ran.
—Es bien fácil de saber —contestó Porter—. Dentro de este sistema, el que se dedica a la medicina general hace todo el trabajo y no obtiene ninguna gloria.
—¿Qué se hace con los casos graves?
—Se los hospitaliza; por lo menos en teoría. El inconveniente es que el hospital de Adson está lleno, o por lo menos eso dicen, aunque yo tengo noticias de que a ciertas gentes les cuesta muy poco trabajo entrar.
—¿Horas? —preguntó el recién llegado.
Porter lanzó un anillo de humo hacia el techo, pareciendo que seguía su curso con atención. Era la primera vez que Ran le veía interesarse por algo.
—Eso podemos arreglarlo entre nosotros.
—¿Tiene inconveniente en que alternemos para las llamadas nocturnas?
—Me parece una buena idea —afirmó Porter—. Yo tengo que ir esta noche a Adson. ¿Qué le parece encargarse hoy?
—Conforme.
La cabeza de la enfermera apareció detrás de la puerta.
Porter se puso en pie de mala gana.
—Es cosa de empezar el trabajo —dijo—. Los haremos pasar conforme vayan viniendo. Usted uno y yo otro. Recete cualquier clase de medicina que necesiten. El droguero hablará luego con usted.
A Ran le preocupó, durante un momento, lo que su compañero había querido decir con aquello, pero Porter estaba ya fuera de su despacho. Se sentó a la mesa, y la enfermera introdujo al primer paciente. Le hizo una historia completa y lo examinó, Invirtió una hora, pero se sintió satisfecho cuando el enfermo salió del despacho. No tuvo necesidad de recetarle nada, sino simplemente de fijarle un régimen alimenticio y otro para el estreñimiento.
Había cinco enfermos más, sentados en los bancos de la sala de espera.
El despacho del doctor Porter estaba abierto y dentro no se veía a nadie.
La enfermera dejó de masticar chicle antes de empezar a hablar.
—El doctor Porter ha despachado ya sus enfermos y ha salido para atender a una llamada.
—Dígame, por favor, ¿cómo se llama usted?
La rolliza cara de la enfermera se abrió en una sonrisa y movió sus brillantes trenzas rubias con coquetería.
—Soy la señorita Payne y si puedo ayudarle en algo para su instalación…
—Se lo agradezco mucho —respondió Ran con amabilidad—. Mi mujer la llamará probablemente para que la ayude a encontrar una casa o un piso.
Ran volvió de nuevo a su despacho, no advirtiendo lo rápidamente que se heló la sonrisa de la señorita Payne al oír lo de «mi mujer».
El dispensario estaba lleno de gente aquella mañana. Ran vio enfermo tras enfermo; algunos de ellos se encontraban realmente mal, pero otros habían ido solo porque sabían que podían obtener el consejo de un médico sin que les costase nada. Trató de resolver lo mejor que pudo los casos de los enfermos verdaderos, ninguno de los cuales era, en realidad, muy importante.
Ran pudo comprender lo que Porter había querido decir con su misteriosa alusión
al droguero cuando a media tarde fue a la droguería para tomar algo[5]. El dependiente del bar le miró inquisitivo.
—Usted es el nuevo doctor, ¿verdad?
Ran afirmó con la cabeza.
El dependiente le devolvió su moneda.
—Gratis —dijo—. Sus bebidas son de cuenta de la casa.
Ran se quedó un poco perplejo, pero un hombre calvo de cara redonda y gafas apoyadas sobre la punta de la nariz avanzó hacia él con aire obsequioso.
—Soy el doctor Dally, doctor —dijo—. En realidad, soy farmacéutico, pero la gente se empeña en llamarme doctor Dally, y yo no tengo nada que objetar.
Y Ran se encontró conducido, casi contra su voluntad, a una habitación que estaba situada al otro lado del mostrador, detrás de una reja en la que había un rótulo que indicaba «Recetas». Le extrañaba que Dally pudiera encontrar algo con que despachar una receta. Las botellas andaban esparcidas por uno y otro lado, la mayoría de ellas con rótulos llenos de manchas. El fregadero estaba sucio, medio lleno de botellas vacías y de probetas sin lavar. Dally le ofreció una silla a Ran, y él se sentó sobre un taburete.
—Quería ir a visitarle, doctor —dijo—. ¿Le ha dicho el doctor Porter cómo nos arreglamos aquí?
—Nada, excepto que nosotros formulamos las recetas y los enfermos vienen aquí para que se las despachen. Supongo que a usted le pagará el Gobierno, ¿no?
Dally afirmó con un movimiento de cabeza.
—Muy mal pagado, la verdad; muy mal pagado. —Movió de nuevo la cabeza y emitió un chasquido, todo lo cual parecía una manifestación de simpatía compasiva hacia sí mismo por tener que tolerar a un Gobierno que le trataba tan duramente—. No se gana nada con las recetas del Gobierno; nada en absoluto.
Ran no creyó oportuno hacer ningún comentario y sí esperar a que conducía el preámbulo.
—Usted y yo podremos entendernos y arreglar las cosas satisfactoriamente para ambos —añadió en tono de complicidad.
Ran se inclinó hacia delante.
—Satisfactoriamente, ¿en qué sentido? ¿Echándole un remiendo al asunto?
Dally dejó ver una sonrisa de aprobación.
—Eso es lo que hago. Voy a explicárselo claramente. —Se le aproximó con aire confidencial—. El Gobierno me paga un tanto por cada una de las drogas que yo empleo al despachar las recetas, solo que sucede que unas drogas son más caras que otras. ¿Sigue usted la marcha de mi pensamiento?
Ran empezaba a ver claro.
—Usted quiere que yo recete las drogas más caras y poner luego un sucedáneo barato, ¿no es así?
—¡Chist! —Dally miró alarmado a la ventana enrejada—. No hable tan alto.
—¿Y en qué me beneficio yo? —preguntó Ran. Dally sonrió entre dientes.
—Podemos entendernos. ¿Qué le parece la mitad de los beneficios? ¿Está bien? Ran se puso en pie.
—Cuando yo receto una cosa —dijo con toda claridad— prescribo exactamente lo que quiero que tome el paciente, sin tener en cuenta el precio, y usted me hará el favor de despachar en cada caso lo que diga la receta, si no quiere que le venga encima una investigación. ¿Comprendido? —Arrojó una moneda de níquel sobre la mesa, y agregó—: Aquí tiene el precio de mi consumición.
Por la tarde, Ran tuvo que ir a visitar a un niño que estaba enfermo de bronquitis, y eran ya más de las seis cuando entró en la caldeada habitación, situada en la parte anterior de la casa de la señora Field; se quitó el abrigo y se dejó caer en una silla, delante de la pequeña y alegre estufa.
—¿Es usted, doctor? —La señora Field hablaba desde la cocina y poco después en la puerta del comedor, para decir—: La comida estará lista dentro de un minuto.
—¿No es encantadora? —dijo Ann cuando la señora Field volvió a la cocina. Se sentó en un brazo de la butaca de Ran y comenzó a jugar perezosamente con sus alborotados cabellos—. ¿Sabes lo que he estado pensando?
Ran le cogió los dedos y comenzó a darle vueltas a su anillo de boda.
—No, hasta que me lo digas.
—Creo que lo mejor sería que nos quedásemos aquí, pues parece ser que no hay nada parecido a un departamento para alquilar, en esta ciudad donde tanto predominan los hombres.
—Se ve que no tienen mucha necesidad de ellos —observó Ran.
—La he estado sondeando y nos tendría por menos dinero de lo que nos costaría conseguir un piso amueblado. Y no estaremos aquí más de seis meses, por lo que no tenemos necesidad alguna de establecernos con carácter definitivo.
—De acuerdo —dijo él—. El colchón de plumas de la cama me parece excelente para estas noches frías.
Ann se echó a reír.
—Espera el mes de junio —le replicó—. No te parecerá tan bueno entonces.
—No creo que tenga que esperar hasta junio.
Le estaba contando su encuentro con el doctor Porter y su entrevista con el droguero, cuando la señora Field les avisó para la cena.
Alrededor de las diez, alguien golpeó con fuerza el llamador de la puerta de entrada.
—Preguntan por usted, doctor Warren —dijo la señora Field, subiendo la escalera.
—Ahora voy —respondió Ran. Luego gruñó, mientras se ponía el abrigo—: El trabajo nocturno empieza.
Un hombre con expresión anhelante le esperaba fuera, con el cuerpo mal protegido contra el frío por una andrajosa chaqueta de piel de oveja.
—¿Es usted el médico del Gobierno? —le preguntó.
—Sí —le respondió Ran—. Soy el doctor Warren.
—He llevado a mi hijo a su dispensario.
—¿Qué le ocurre?
—Ha sentido mal en el estómago esta noche, doctor. Le duele mucho y ha empezado a vomitar; es algo horrible.
—Voy con usted.
El vigilante nocturno del dispensario se había hecho ya cargo del niño y lo había tendido sobre la mesa de exploración. La cara contraída, los ojos febriles y la pierna encogida para aliviar la tensión, sugerían el diagnóstico. La historia de un dolor repentino, vómitos y su actual temperatura alrededor de 39° eran rasgos típicos. La sensibilidad y la rigidez, localizadas en el punto de McBurney, completaban el cuadro.
—Se trata de una apendicitis aguda —dijo Ran al afligido padre—. La perforación no se ha producido todavía, pero debe ser conducido al hospital lo antes posible. —Sacó un pliego de la mesa y lo llenó con el nombre del niño, su diagnóstico y la hora en que lo hacía. Después de firmarlo, se lo entregó al padre—. ¿Tiene usted aquí su coche? —le preguntó.
El hombre hizo un signo afirmativo con la cabeza.
—Llévelo en seguida a Adson; allí cuidarán de él.
—Han venido a avisarme con el tiempo justo —le dijo a Ann, al explicarle el caso—. Dos horas más tarde y el apéndice se hubiera perforado. Tan seguro es como yo estoy aquí sentado.
«También se podía hacer algo bueno dentro del ejercicio de la medicina general», se dijo a sí mismo, tratando de consolarse, antes de meterse en la cama.
—Iré a Adson antes de la consulta, para ver cómo ha quedado el niño de la apendicitis —dijo Ran durante el desayuno de la mañana siguiente.
—Te acompaño —dijo Ann—. Me gustaría tomar un poco el aire.
Aquella mañana hacía menos frío. Ran encontró al niño en la cama, en una gran sala situada en el ala del hospital. Nadie se le ofreció para llamar a alguno de los médicos, y él no lo solicitó tampoco. La cara del niño continuaba contraída y la fiebre brillaba en sus ojos. Sonrió agradecido cuando Ran le tomó el pulso. Este iba bastante de prisa.
—¿Te encuentras mejor después de la operación? —le preguntó Ran.
—No me han operado todavía —contestó el niño.
—¿Cómo es eso?
—El doctor dijo que lo haría esta mañana.
Sin querer creerlo todavía, Ran levantó las sábanas. No había ningún vendaje, ninguna incisión en el abdomen que, a la sazón, estaba mucho más sensible y completamente rígido. Aquellos síntomas no existían cuando examinó al niño la noche anterior. Entonces la infección estaba localizada en el apéndice, mientras que después se había extendido al resto del vientre. Esto quería decir que, en algún momento, durante la noche, el apéndice se había perforado dispersándose probablemente por todo el peritoneo el pus y el contenido intestinal.
—¿Qué sucedió cuando te trajeron anoche?
—Me examinó un hombre vestido de blanco. Luego se acercó al teléfono y oí que llamaba al doctor Branch, para decirle que yo tenía una apendicitis aguda. Luego pude oír que el hombre vestido de blanco decía que le parecía que podía pasar la noche, si el otro lo creía así. Me pinchó en el brazo con una aguja y se me fue el dolor.
Ran vio a un interno vestido de blanco, junto a un hombre maduro que llevaba una larga casaca blanca y profesional, avanzando a través de la sala.
—Esté es el niño por el cual le llamé anoche, doctor Branch —dijo el interno al llegar a los pies de la cama. Ni el uno ni el otro prestaron atención a Ran. Sin duda creyeron que se trataba de un pariente.
—Soy el doctor Warren, de Stoneville —dijo Ran—. Fui yo quien les mandó este niño anoche.
Branch le tendió la mano con un gesto magnánimo.
—Encantado de conocerle, doctor. Yo soy el doctor Branch, cirujano de este hospital.
Era un hermoso ejemplar masculino, de cuarenta y cinco años o tal vez más, de barba muy cerrada y porte militar. Terminó de estudiar el pliego y se acercó al enfermo, colocando una mano sobre su abdomen. Fue uno de los más rápidos exámenes que Ran había visto hacer en su vida.
—Bonito caso de peritonitis nos envió usted, doctor —dijo a Ran, como haciéndole un cumplido—. Excelente diagnóstico. —Luego se volvió hacia el interno —: Preferiría intervenir cuanto antes.
Si Ran no hubiese estado furioso, hubiera sonreído ante la ironía de la situación. Un cirujano experto como él era felicitado por el doctor Branch por hacer un diagnóstico que hubiera resultado fácil para un estudiante de segundo año de medicina.
—Temo que esté usted equivocado, doctor —dijo en voz baja—. Yo no diagnostiqué peritonitis. Vi a este niño la noche pasada, y dándome cuenta de que padecía una apendicitis aguda en la que todavía no se había producido la perforación, lo envié al hospital para que lo operasen. La peritonitis ha debido de presentarse durante la noche. El que ayer se hiciera cargo de él puede confirmar lo que digo.
Branch se detuvo y se volvió hacia atrás, a mitad del camino entre la cama en que estaba el niño y la siguiente.
—No me gusta su actitud, doctor —dijo.
—Ni a mí la manera cómo entiende usted su deber de cirujano —replicó Ran con la suficiente claridad para que el interno y la enfermera lo oyesen. Tras de lo cual dio media vuelta y abandonó la sala.
Dándose cuenta de que su marido se encontraba agitado cuando se reunió con ella, Ann permaneció callada. Era preferible no preguntarle nada. Lo que fuese, ya saldría a su tiempo.
Y así fue; poco después, Ran exclamaba:
—¡Vaya infierno de hospital!
—¿Qué es lo que va mal?
—El cuadro directivo. Te acuerdas de la apendicitis que les mandé anoche, ¿verdad?
—Sí.
—No lo han operado todavía, y se ha presentado una peritonitis general.
—¡Oh! Pero no morirá, ¿verdad?
—No apostaría uno contra diez.
—Pero ¿qué clase de persona es ese doctor Branch? —exclamó Ann, indignada.
—Un… Aunque no lo creerías si lo vieses.
—No. Parece muy agradable.
—¿Dónde le has visto?
—Se me presentó él mismo, fuera. Debe de haber tenido una buena clientela antes de venir a parar aquí. Mira su coche. Seguramente no cuesta un centavo menos de quinientos dólares.
—Este coche no es suyo; es el del doctor Wade.
—No me gusta el doctor Wade —dijo ella con voz baja, y agregó—: Ran, ¿no te diste cuenta de nada especial?
—Extraña pregunta. Solo que está muy gordo y que no parece muy limpio. ¿Es eso?
—No. Me refiero a sus ojos, a la expresión de su mirada.
—Debe de ser queratitis o algo más sucio. Supongo, supongo —añadió Ran en son de guasa— que podía haberse desembarazado de ella en nuestro honor.
—No estoy bromeando —le replicó Ann—. Hay algo en él que no me gusta.
—Dime todo lo que piensas.
Ran hablaba en serio. Sabía que ella poseía una extraña hipersensibilidad, la cual se manifestaba a veces en unos sorprendentes juicios acerca de las personas.
—Tendría que verle otra vez, y eso no sería nada grato.
Cuando llegaron frente a la casa de la señora Field, Ran estalló:
—Porter aquí; Branch y Wade convertidos en mis jefes. La cosa está bien. ¡Que Dios maldiga sus almas mezquinas!
—Está bien, querido —aprobó su mujer—. Tómate la presión arterial.
—De buena gana dejaría esto y los mandaría a todos al infierno.
—Trata de aguantar seis meses —le aconsejó Ann—. Tienes la seguridad de pasar con éxito el segundo examen.
«Seis meses de aquella vida —pensaba Ran— serían capaces de acabar con él».