Napoleón
Introducción: LA ELECCIÓN
Jean Tulard
Napoleón
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bigbang951 27.04.15
Título original: Napoléon ou Le Mythe du Sauveur Jean Tulard, 1996
Traducción: Jordi Terré
Editor digital: bigbang951
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Introducción
LA ELECCIÓN
Lo que profetiza Mozart, unos años antes de su muerte, cuando, al final de La Flauta
Mágica, las tropas de Sarastro derrotan a las legiones de la Reina de la Noche en el
templo del Sol, es la victoria de la «Ilustración» sobre el oscurantismo. Nos
encontramos en 1791, la Revolución francesa acaba de estallar, pero el éxito de la
«Ilustración» sigue siendo incierto.
Diez años más tarde, cuando por fin se estrena la obra de Mozart en París, el
triunfo de las nuevas ideas parece más consolidado; pero, de entre el público que
aplaudió La Flauta transformada en los Misterios de Isis, con libreto de Morel y
arreglos de Lachnith, ¿cuántos espectadores reconocieron en Sarastro el rostro del
general Bonaparte convertido en el Primer Cónsul de la República y el último
baluarte de las conquistas revolucionarias?.
Conjunción inesperada de un individuo y de un cambio político. Por un lado, un
oficial soñador y distraído al servicio de una monarquía a la que sirve como
mercenario, una mentalidad de exiliado, una tendencia suicida, un hastío paseado de
cuartel en cuartel. Por otro, la Revolución, o quizá las Revoluciones, si se tienen en
cuenta la diversidad de los objetivos perseguidos. Como observó Chateaubriand, son
los nobles quienes asestaron los primeros golpes al viejo edificio monárquico.
Aprovechando la crisis financiera de la realeza, intentaron poner en tela de juicio los
principios del absolutismo. Ese era el objetivo asignado, más o menos abiertamente,
a la reunión de los Estados Generales. El desagravio de la Fronda, el final de las
humillaciones políticas y el retorno a las leyes fundamentales que invocaba ya el
cardenal de Retz en sus Memorias y luego Fénelon en sus últimas obras, era eso lo
que deseaba en el fondo de sí misma la nobleza liberal detrás de las grandes
palabras inspiradas por los filósofos leídos demasiado apresuradamente, la guerra
de Independencia de Estados Unidos, en la que habían participado generosamente
un La Fayette y un Noailles, o los panfletos de un marginal como el conde de
Antraigues. El Catorce de Julio y el Gran Miedo barrieron las ilusiones. Una vez
abierta imprudentemente la caja de Pandora, la antigua nobleza se vio engullida, se
suprimieron los títulos, se abolieron los derechos feudales y se confiscaron las
propiedades.
Y es que otra sublevación había tomado el relevo. A la Fronda le sucedió la
Jacquerie. Estos movimientos desordenados de campesinos, antaño abocados al
aplastamiento, abarcaron de nuevo gran parte de Francia y adoptaron un carácter
original. De la revuelta anárquica se pasó a la revolución. Se produjo una toma de
conciencia. Los cahiers de doléances [«cuadernos de quejas y reclamaciones»]
formularon objetivos precisos: el final del régimen feudal y la apropiación del suelo.
La revisión de los títulos de propiedad, emprendida por una nobleza cada vez más
endeudada, desempeñó un papel catalizador. En cambio, no existieron consignas
políticas. Uno se subleva contra el señor, no contra el rey, a pesar del gravamen de
los impuestos y la dureza de las faenas. Fue una revolución pronto apaciguada: los
decretos que abolieron el feudalismo en la noche del 4 de agosto, la venta de los bienes de la Iglesia, el alza de los precios que devaluaban los arrendamientos y la
subida ―más lenta, es cierto― del salario de los jornaleros en numerosas regiones,
transformaron al campesinado francés, o al menos a una parte, en una masa
conservadora, interesada en las conquistas revolucionarias, desde luego, pero que
nutrirá pronto los batallones encargados de aplastar las insurrecciones proletarias
del siglo XIX.
El rey habría podido utilizar al campesinado contra sus nobles rebeldes, pero
habría tenido que ocupar el trono un Luis XI o un Luis XIV. Luis XVI carecía de
autoridad sin la excusa del escéptico o del juerguista. Otros se beneficiaron de la
confusión de las zonas rurales: los burgueses o, al menos, una vez más, un sector de
la burguesía. Los rentistas, los propietarios de cargos, el gran negocio portuario y el
comercio de lujo padecieron terriblemente. La banca se aterró, y limitó sus
operaciones. Los más audaces suelen ser los más modestos, en los confines de la
pequeña burguesía. ¿Cómo no recordar al señor Grandet?
Cuando la República francesa puso en venta, en el distrito de Saumur, los bienes
del clero, el tonelero, que por entonces tenía cuarenta años, acababa de casarse con
la hija de un rico comerciante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna líquida, y
de la dote de su mujer, unos dos mil luises de oro, se fue a la capital del distrito y allí
obtuvo, gracias a los doscientos luises dobles que su suegro ofreció al feroz
republicano que se encargaba de la venta de los territorios nacionales, por un
pedazo de pan, legalmente, si no legítimamente, los viñedos más hermosos de la
comarca, una antigua abadía y unas cuantas alquerías. Políticamente, protegió a los
antiguos nobles e impidió con todo su poder la venta de los bienes de los emigrados;
comercialmente, abasteció a los ejércitos republicanos con uno o dos mil toneles de
vino blanco e hizo que le pagaran con unos soberbios prados que pertenecían a un
convento de monjas y que se habían reservado para un último lote. En tiempos del
Consulado, el gentilhombre Grandet se convirtió en alcalde, administró con
prudencia y vendimió aún mejor; en la época del Imperio, se le llamó señor Grandet.
Los Grandet eran numerosos en provincias, pero fue en París donde la
especulación con los suministros a los ejércitos y la devaluación del papel moneda
adquirieron mayor amplitud. Desaparecen los nobles y comienza el reino de los
notables. Se creó una nueva burguesía, la que supo comprar los bienes nacionales en
un período de inflación o acaparar las encomiendas del Estado, la que se infiltró en
la administración o que conocía el derecho, la que pudo, en definitiva, liberada de la
sujeción de las corporaciones y a resguardo del proteccionismo instituido por el
Directorio, desarrollar talleres y manufacturas.
¿Qué quería la burguesía en 1789? Sieyès expuso sus ideas en el célebre folleto
¿Qué es el Tercer Estado? Más conciso, Napoleón resumió sus aspiraciones en una
frase quizá apócrifa: «la vanidad; la libertad —añadió—, solo ha sido un pretexto».
La reacción feudal, al cerrar o amenazar con cerrar las filas de la nobleza a una
burguesía en plena ascensión en una Francia en plena expansión, empujó a los burgueses hacia la oposición a las instituciones sociales. Los primeros rebeldes no