Napoleón

Jean Tulard · Capítulo 88 de 181

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Napoleón

La literatura popular

nacionales.

 

La literatura popular

 

No podríamos olvidar la literatura popular. La canción muy pronto se revelará

sediciosa (El conscripto del Languedoc, El rey de Yvetot, de Béranger en 1813); en

cambio, el vodevil, con Desaugiers, no dejará de ser anodino en su pintura de la

sociedad.

Si se puede encontrar algún atractivo a la poesía ligera de Piis y el Almanaque de

las Musas, fuerza es reconocer que las novelas de Mme. Cottin o de Mme. de Genlis

son ilegibles.

Dos géneros causaron furor. En primer lugar, la novela negra inspirada en las

obras «góticas» de Walpole, Anne Radcliffe o Lewis. Ducray-Duminil (Víctor o el

hijo del bosque, 1796, Celina o la hija del misterio, 1798, Lolotte y Fanfán, 1807) y

Pigault-Lebrun (Monsieur Botte, 1802, El hombre de los proyectos, 1807) tuvieron

tiradas fabulosas. Subterráneos y castillos encantados, hombres enmascarados y

jóvenes seducidas, maldición paterna y reconocimiento filial no solo hacían las

delicias de los cocheros y de las porteras, si es que sabían leer, sino también las de

una clientela burguesa.

Loaisel-Tréogate se encargó de llevar a escena esos temas: Caigniez, «el Racine

de la comedia ligera», y sobre todo Pixérécourt, quien se comparaba sin falsa

modestia con Sófocles. El melodrama, como su nombre indica, es un drama mezclado

con cantos y danzas. Boieldieu y Kreutzer no lo desdeñaron. Sin embargo, fue objeto

de encendidas polémicas entre La Harpe, defensor de un teatro reservado a una elite,

y Mercier, que exclamaba: «¿Por qué cerráis vuestro teatro al pueblo, nación

orgullosa o avara? El pobre tiene más necesidad que nadie de llorar y enternecerse.

¿Cuál será el autor que piense en este buen pueblo, que le dé un alimento sano y

agradable, que presida sus honestos placeres y le enseñe a disfrutarlos?». La gente

acudía en masa al melodrama. La mujer con dos maridos, de Pixérécourt, se

representó 451 veces en París y más de mil en provincias.

El Primer Imperio fue una época en que la lectura hizo enormes progresos. El

propio Napoleón dio ejemplo, y su bibliotecario Barbier le tenía al tanto de las

novedades. «El número de gabinetes de abono aumenta cada día, señala el Boletín de

la Imprenta y la Librería de París, el 21 de octubre de 1809; se añaden los

peluqueros». ¿Qué es lo que se lee? Ducray-Duminil y Pigault-Lebrun, y

traducciones de Radcliffe y de Walpole. La literatura «académica», con excepción de

Chateaubriand, estaba ausente de los catálogos de los gabinetes. En cambio se aprecia

un gusto marcado por las sociedades cultas: Mangourit fundó la Sociedad de

Anticuarios de Francia en 1813, y Malte-Brun devolvió el honor a la geografía.