Napoleón

Jean Tulard · Capítulo 24 de 181

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Napoleón

Segunda Parte: LA REVOLUCIÓN SALVADA

Segunda Parte

 

LA REVOLUCIÓN SALVADA

Capítulo 6

 

El pasivo

Tradicionalmente, la historia del Consulado comienza con el panorama de Francia

bajo el Directorio: un país devastado por la guerra, recorrido en el oeste y el sur por

bandas de malhechores que saquean las arcas públicas y desvalijan a los viajeros; una

industria arruinada y un comercio paralizado; finanzas en peligro; un ejército del que

los soldados, faltos de dinero y de víveres, desertaban a miles; hospitales donde se

moría de hambre; una nación desmoralizada e indiferente a las nuevas fronteras,

únicamente preocupada por aprovechar los placeres que le ofrecía la capital. Así era

la Francia de 1799. Entonces apareció un joven general que enderezó la situación

militar, depuró los medios políticos, reanimó la economía y fundó nuevas

instituciones. A la anarquía social sucedió el orden; a las derrotas, la victoria. ¿Acaso

no resulta este contraste demasiado simple para ser cierto? ¿Fue total la ruptura entre

el Directorio y el Consulado?

 

La gran inspección del año IX

 

Desde Thiers, conocemos la fuente de la que han bebido todos los historiadores

de la Francia del Directorio. Los informes dirigidos por los consejeros de Estado al

gobierno consular, como consecuencia de las inspecciones ordenadas por él, a

comienzos del año IX, proporcionaron efectivamente de la situación, apenas algunos

meses después del 18 de brumario, un panorama especialmente sombrío. Como no

estaban destinados a la publicidad y fueron firmados por hombres valiosos,

Champagny, Thibaudeau, Fourcroy o Lacuée, estos informes parecían presentar

alguna garantía de verdad.

Lo que choca, en primer lugar, a los consejeros de Estado desplazados es el

deficiente mantenimiento de las vías de comunicación. Fourcroy observa, en el curso

de su misión en la 16.ª división militar, que «todas las rutas del departamento de

Nord, excepto la de Lille a Dunkerque, la menos frecuentada por los carreteros, están

en pésimo estado. Existen —añade— verdaderas fronteras; muchos adoquinados

están arrancados; en general, todas las rutas se parecen a campos labrados». En el

Paso de Calais, los accidentes del terreno destrozan constantemente los vehículos

ligeros. La situación apenas es mejor en el sur, donde Français de Nantes observa que

dos terceras partes de las rutas son impracticables o manifiestamente malas.

El bandidaje aumenta más la inseguridad. Muy extendido en el oeste, remite de

un modo sensible desde hace poco en el sur. Pero Fourcroy informa que, algunos

meses antes, no se podía atravesar el Ventoux sin temor. «Quienes viajaban por esas

comarcas se veían obligados a adquirir los visados del jefe de los bandidos y a pagar

el rescate del pillaje. Había carteles que advertían a los cocheros que, si no llevaban

consigo al menos cuatro luises, serían fusilados, y varios lo fueron». La calma,

observa el consejero de Estado Najac, todavía no se ha instalado en el Ródano, donde

causan el terror los Compañeros de Jehu. En París, se organizaron bandas que defraudaban los impuestos de consumo que había restablecido el Directorio. «Se

hacen pasar —escribía Lacuée— por pretendidos negociantes o comisionistas, e

incluso por las sociedades que los pagan».

En las fronteras, el país da muestras de la invasión. En Valenciennes, una casa de

cada tres está en ruinas; a lo largo del Rin, los bosques dejan ver las huellas de

numerosas devastaciones; en Provenza, decenas de pueblos fueron aniquilados. Los

estragos de la guerra civil llegan incluso más lejos: matanzas, incendios y saqueos

convirtieron en algunos lugares de la Vendée en un desierto.

Pero los reproches que los consejeros de Estado dirigen al régimen precedente

apuntan, sobre todo, a la anarquía administrativa. La aplicación de las leyes variaba

de un departamento a otro. Barbé-Marbois, encargado de inspeccionar la 13.ª división

militar, escribe que «los mismos objetos se regían por principios contrarios», y

atribuye su responsabilidad a la falta de coherencia de las órdenes ministeriales. Pero

en lo que se interesan especialmente los enviados del gobierno es en las finanzas. El

desorden más completo parece haber reinado en los libros de los recaudadores, a

quienes Fourcroy acusa de ser en su mayoría culpables de exacciones. El propio

ejército no se había privado de echar mano a las arcas del Estado, y Barbé-Marbois

refiere esta sentencia de un oficial: «La riqueza pertenece a los valientes; tomemos,

nuestras cuentas están en la boca de los cañones».

El Directorio se topó igualmente con el problema religioso nacido de la

constitución civil del clero.

 

Si el conocimiento del corazón humano, escribe Fourcroy, no supiera que la gran masa de los hombres

tiene necesidad de religión, de culto y de sacerdotes, la frecuentación de los habitantes de las zonas rurales

y, sobre todo, las que están más alejadas de París, la visita de los departamentos que he recorrido, por sí

sola me lo habría perfectamente confirmado.

 

El fracaso de los cultos decadario y teofilantrópico, subrayado por los informes,

es en definitiva el del Directorio que pretendió imponerlos.

El fracaso espiritual se corresponde con el fracaso material. Najac observa la

ruina de la sedería lionesa: cuatro mil trescientos treinta y cinco oficios menos que en

1788. Las respuestas del prefecto del Sena, Frochot, al cuestionario de Lacuée son

pesimistas:

 

El estado de las manufacturas parisinas se ha deteriorado mucho durante la Revolución. Por una parte,

la guerra, el estancamiento del comercio, las dificultades de las recuperaciones y las quiebras forzaron a

los empresarios a restringir sus especulaciones; por otra, los pagos que recibieron en asignados se

engulleron todos sus anticipos, destruyeron sus recursos y la mayoría de ellos se vieron obligados a pedir

prestados capitales a fortísimos intereses que los minaron día a día absorbiendo la mayor parte de sus

beneficios.

 

En el norte, los canales se encontraban en mal estado, y los pantanos ganaban sin

cesar terreno en torno a Rochefort, hasta el punto de volver su puerto impracticable.

La degradación de las obras de interés público era notoria. Refiriéndose al comercio de Marsella, Français de Nantes escribe: «El estado de las importaciones y de las