Napoleón

Jean Tulard · Capítulo 74 de 181

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Napoleón

La unificación

En efecto, el nuevo auge industrial de París, comenzado durante la Revolución,

prosiguió bajo el Imperio. La desaparición de la competencia inglesa favoreció la

industria algodonera; los descubrimientos científicos y las necesidades de la guerra

explican el progreso de la industria química y de las construcciones mecánicas; la

afluencia de extranjeros estimuló la industria de lujo (orfebrería, relojería y

ebanistería). Pero este desarrollo siguió siendo endeble a causa de la hostilidad de la

administración que temía una concentración excesivamente grande de obreros en la

capital. Por otra parte, los industriales parisinos tampoco deseaban esta

concentración. De diez mil obreros, Richard-Lenoir apenas empleaba un millar en

París. Respondía así a los deseos de una administración que temía una concentración

demasiado densa en la capital del Imperio. Evitar la escasez, el paro y las epidemias,

era la preocupación permanente de las autoridades.

Fue en el ámbito artístico e intelectual donde debía expresarse y se expresó la

superioridad de París. Después de haber disfrutado de los placeres de la capital,

Stendhal no siente más que desprecio por las provincias. Desprecio con frecuencia

injustificado: ¿acaso no tenían las provincias sus periódicos, sus academias y sus

teatros? Pero no podían rivalizar con los de la capital. De ahí esa fascinación que

ejercía París sobre el resto del Imperio.

 

La unificación

 

Prosperidad del norte y del este manufactureros, de las llanuras de trigales de Île-

de-France y del bocage normando, pero ruina de las regiones portuarias y

acentuación del retraso económico del Macizo Central: ¿era consistente esta Francia

de 42 millones de habitantes, en la que se hablaban al menos seis lenguas sin contar

los dialectos? El equilibrio alcanzado en 1807 ¿no parecía de los más frágiles?

Para mantener su unidad, Napoleón se inspiró en los principios romanos.

Concedió una importancia primordial a las vías de comunicación. En 1805, escribía:

«De todos los caminos o rutas, los que tienden a reunir Italia con Francia son los más

políticos». Y en 1811: «La calzada de Ámsterdam a Amberes acercará veinticuatro

horas esta primera ciudad de París y la de Hamburgo a Wesel acercará cuatro días

Hamburgo de París; esto garantiza y consolida la unión de estos países al Imperio».

El decreto del 16 de diciembre de 1811 estableció la clasificación de las catorce rutas

de primera clase que irradian de París hacia las zonas más apartadas del Imperio. Las

más importantes son la ruta n.º 2 de París a Ámsterdam por Bruselas y Amberes, la

ruta n.º 3 París-Hamburgo por Lieja y Bremen, la ruta n.º 4 hacia Maguncia y Prusia,

la ruta n.º 6 París-Roma por el Simplón y Milán, la ruta n.º 7 París-Turín por el Mont-

Cenis y la ruta n.º 11 París-Bayona.

No exageremos la calidad de las carreteras: Poumiès de la Siboutie tuvo que hacer frente a verdaderos baches para dirigirse de su Dordoña a París; por su parte, Maurice

de Tascher prefirió, a pesar de los peligros, el coche de agua, del que nos ofrece en su

Diario, a propósito de su viaje por el Saona, una pintoresca descripción. Los correos

se organizaron como un servicio de Estado, el 16 de diciembre de 1799, y se

encargaron a continuación a La Valette, que estableció para el Emperador un sistema

de estafetas cuyos méritos exaltó en sus Memorias. El Estado extendió su control

especialmente a los transportes públicos de viajeros y de mercancías mediante el

decreto del 20 de mayo de 1805. Únicamente el acarreo seguía siendo libre. En la

sociedad francesa, el dueño de postas adquirió el aspecto de un notable. Pero el viaje

seguía siendo una aventura. Se invertían ciento veinte horas, cuenta Poumiès de la

Siboutie, para ir de Burdeos a París en la diligencia. «Se partía por la mañana, a las

seis o a las siete, se paraba hacia el mediodía para almorzar y se dedicaba todo el

tiempo al viaje. Por la noche se cenaba y la gente se acostaba hasta el día siguiente».

Muchos solo se desplazaban a pie. Entonces se cubrían grandes distancias andando,

lo que explica la resistencia de los soldados de Napoleón.

Como Roma, Napoleón impuso a este Imperio una legislación común. El Código

Civil se introdujo en todos los países anexionados y en los reinos vasallos. Debía

nacer una nueva sociedad en la que el campesino se liberaría de los derechos

señoriales y en la que la burguesía obtendría una situación económica preponderante.

Napoleón veía en el Código Civil una máquina de guerra contra una feudalidad con la

que sabía contemporizar si las circunstancias se lo exigían. «Establece el Código

Civil en Nápoles —escribió a José en 1806—. Entonces, todo lo que no os sea afecto

se destruirá en pocos años y se consolidará lo que queráis conservar. Esa es la gran

ventaja del Código Civil». Pero, a excepción de los territorios anexionados, se cuida

de imponer en todas partes una aplicación íntegra. Es un reformador que sabe

proceder por etapas. Se ve con claridad a propósito de la lengua: naturalmente, la

administración es bilingüe y las funciones de responsabilidad las ejercen

preferentemente franceses, pero también entran en el Senado italianos, belgas y

holandeses; algunos prefectos, sobre todo de origen belga, se forman en los

departamentos franceses. La enseñanza en los países anexionados conservó su

originalidad, el francés no se volvió una segunda lengua obligatoria, no se hizo

ninguna tentativa para destruir el alma de las provincias conquistadas. Los cruces de

población que provocaba la conscripción constituían por otra parte un factor

importante de fusión entre pueblos de lengua diferente. En 1806, el subprefecto de

Montélimar anota que en

 

lo que antes era la Provenza, en el Languedoc y en la parte meridional de Dauphiné, el uso del idioma

dialectal está un poco menos generalizado: los movimientos de tropas, la circulación de viajeros y el

regreso de los militares a sus hogares debieron llevar a la aplicación de la lengua francesa a un cierto

número de individuos.

 

La unificación es, finalmente, también económica: los departamentos estaban cercados por el cordón proteccionista de las aduanas imperiales que impedían la