Napoleón
La unificación
En efecto, el nuevo auge industrial de París, comenzado durante la Revolución,
prosiguió bajo el Imperio. La desaparición de la competencia inglesa favoreció la
industria algodonera; los descubrimientos científicos y las necesidades de la guerra
explican el progreso de la industria química y de las construcciones mecánicas; la
afluencia de extranjeros estimuló la industria de lujo (orfebrería, relojería y
ebanistería). Pero este desarrollo siguió siendo endeble a causa de la hostilidad de la
administración que temía una concentración excesivamente grande de obreros en la
capital. Por otra parte, los industriales parisinos tampoco deseaban esta
concentración. De diez mil obreros, Richard-Lenoir apenas empleaba un millar en
París. Respondía así a los deseos de una administración que temía una concentración
demasiado densa en la capital del Imperio. Evitar la escasez, el paro y las epidemias,
era la preocupación permanente de las autoridades.
Fue en el ámbito artístico e intelectual donde debía expresarse y se expresó la
superioridad de París. Después de haber disfrutado de los placeres de la capital,
Stendhal no siente más que desprecio por las provincias. Desprecio con frecuencia
injustificado: ¿acaso no tenían las provincias sus periódicos, sus academias y sus
teatros? Pero no podían rivalizar con los de la capital. De ahí esa fascinación que
ejercía París sobre el resto del Imperio.
La unificación
Prosperidad del norte y del este manufactureros, de las llanuras de trigales de Île-
de-France y del bocage normando, pero ruina de las regiones portuarias y
acentuación del retraso económico del Macizo Central: ¿era consistente esta Francia
de 42 millones de habitantes, en la que se hablaban al menos seis lenguas sin contar
los dialectos? El equilibrio alcanzado en 1807 ¿no parecía de los más frágiles?
Para mantener su unidad, Napoleón se inspiró en los principios romanos.
Concedió una importancia primordial a las vías de comunicación. En 1805, escribía:
«De todos los caminos o rutas, los que tienden a reunir Italia con Francia son los más
políticos». Y en 1811: «La calzada de Ámsterdam a Amberes acercará veinticuatro
horas esta primera ciudad de París y la de Hamburgo a Wesel acercará cuatro días
Hamburgo de París; esto garantiza y consolida la unión de estos países al Imperio».
El decreto del 16 de diciembre de 1811 estableció la clasificación de las catorce rutas
de primera clase que irradian de París hacia las zonas más apartadas del Imperio. Las
más importantes son la ruta n.º 2 de París a Ámsterdam por Bruselas y Amberes, la
ruta n.º 3 París-Hamburgo por Lieja y Bremen, la ruta n.º 4 hacia Maguncia y Prusia,
la ruta n.º 6 París-Roma por el Simplón y Milán, la ruta n.º 7 París-Turín por el Mont-
Cenis y la ruta n.º 11 París-Bayona.
No exageremos la calidad de las carreteras: Poumiès de la Siboutie tuvo que hacer frente a verdaderos baches para dirigirse de su Dordoña a París; por su parte, Maurice
de Tascher prefirió, a pesar de los peligros, el coche de agua, del que nos ofrece en su
Diario, a propósito de su viaje por el Saona, una pintoresca descripción. Los correos
se organizaron como un servicio de Estado, el 16 de diciembre de 1799, y se
encargaron a continuación a La Valette, que estableció para el Emperador un sistema
de estafetas cuyos méritos exaltó en sus Memorias. El Estado extendió su control
especialmente a los transportes públicos de viajeros y de mercancías mediante el
decreto del 20 de mayo de 1805. Únicamente el acarreo seguía siendo libre. En la
sociedad francesa, el dueño de postas adquirió el aspecto de un notable. Pero el viaje
seguía siendo una aventura. Se invertían ciento veinte horas, cuenta Poumiès de la
Siboutie, para ir de Burdeos a París en la diligencia. «Se partía por la mañana, a las
seis o a las siete, se paraba hacia el mediodía para almorzar y se dedicaba todo el
tiempo al viaje. Por la noche se cenaba y la gente se acostaba hasta el día siguiente».
Muchos solo se desplazaban a pie. Entonces se cubrían grandes distancias andando,
lo que explica la resistencia de los soldados de Napoleón.
Como Roma, Napoleón impuso a este Imperio una legislación común. El Código
Civil se introdujo en todos los países anexionados y en los reinos vasallos. Debía
nacer una nueva sociedad en la que el campesino se liberaría de los derechos
señoriales y en la que la burguesía obtendría una situación económica preponderante.
Napoleón veía en el Código Civil una máquina de guerra contra una feudalidad con la
que sabía contemporizar si las circunstancias se lo exigían. «Establece el Código
Civil en Nápoles —escribió a José en 1806—. Entonces, todo lo que no os sea afecto
se destruirá en pocos años y se consolidará lo que queráis conservar. Esa es la gran
ventaja del Código Civil». Pero, a excepción de los territorios anexionados, se cuida
de imponer en todas partes una aplicación íntegra. Es un reformador que sabe
proceder por etapas. Se ve con claridad a propósito de la lengua: naturalmente, la
administración es bilingüe y las funciones de responsabilidad las ejercen
preferentemente franceses, pero también entran en el Senado italianos, belgas y
holandeses; algunos prefectos, sobre todo de origen belga, se forman en los
departamentos franceses. La enseñanza en los países anexionados conservó su
originalidad, el francés no se volvió una segunda lengua obligatoria, no se hizo
ninguna tentativa para destruir el alma de las provincias conquistadas. Los cruces de
población que provocaba la conscripción constituían por otra parte un factor
importante de fusión entre pueblos de lengua diferente. En 1806, el subprefecto de
Montélimar anota que en
lo que antes era la Provenza, en el Languedoc y en la parte meridional de Dauphiné, el uso del idioma
dialectal está un poco menos generalizado: los movimientos de tropas, la circulación de viajeros y el
regreso de los militares a sus hogares debieron llevar a la aplicación de la lengua francesa a un cierto
número de individuos.
La unificación es, finalmente, también económica: los departamentos estaban cercados por el cordón proteccionista de las aduanas imperiales que impedían la