Night School. Rebelión
Quince
La puerta metálica comenzó a abrirse con un chirrido.
Allie miró fijamente a la directora, incrédula. Era de locos abrir la puerta en aquel momento.
Ese tipo de imprudencia era totalmente atípica en una persona tan cauta y obsesionada con las normas como Isabelle.
La directora estaba de pie en medio del camino de entrada, a escasos centímetros de la verja que se movía.
Casi parecía, pensó Allie, que deseaba que Nathaniel regresara.
Eso era más aterrador que cualquiera de los sucesos de la noche. En los últimos meses, Nathaniel había puesto a prueba los nervios de los profesores de Cimmeria.
Quizás en esta ocasión hubiera llegado demasiado lejos. Quizás Isabelle hubiera acabado por perder la cabeza.
—Isabelle… —empezó a decir Allie con vacilación.
Antes de que pudiera terminar la frase, Isabelle sacó nuevamente el teléfono.
—Ahora, Raj.
Del bosque que había a sus espaldas surgieron, como por arte de magia, varios guardias de seguridad vestidos de negro. Eran unos cincuenta y se movían con mucho sigilo.
En mitad de la noche, no eran más que un borrón oscuro en movimiento.
Allie ya se había imaginado que no andaban muy lejos, pues los guardias jamás las habrían dejado solas allí fuera, pero hasta aquel momento no había visto ni rastro de su presencia.
Pasaron junto a ellas y se precipitaron por las puertas abiertas con silenciosa rapidez.
Raj iba a la cabeza, decidido y con cara de concentración. Ni siquiera las miró cuando pasó por su lado.
Los guardias se fueron a toda velocidad hacia los dos rehenes. Al alcanzarlos, se dividieron con silenciosa precisión. La mayoría se fue a inspeccionar los alrededores. Los demás, tras cachearlos, pusieron a salvo a los hombres con los ojos vendados dentro del recinto del colegio.
Todo terminó tan rápido como había empezado. Los guardias, esta vez olvidándose del sigilo, corrieron hacia la verja. Zelazny corría y daba órdenes al mismo tiempo. Las puertas dieron una sacudida y comenzaron a cerrarse.
En cuanto entraron, los guardias formaron una hilera larga y negra frente a la puerta que se cerraba lentamente. Permanecieron allí parados, con aplomo, pero listos para atacar en cualquier momento.
Raj fue el último en entrar; se deslizó entra las rejas como una sombra, justo antes de que la verja se cerrara con un chasquido.
Zelazny fue directo hacia Isabelle. Sus ojos azul pálido la miraban con desaprobación.
—Te has arriesgado demasiado —dijo en voz baja.
Isabelle tenía los ojos puestos en los dos guardias maniatados. Alguien sacó una navaja y cortó las bridas que les sujetaban las muñecas.
—Ha llegado la hora —dijo ella segundos más tarde— de que nos arriesguemos.
Se alejó para ir a hablar con Raj. Zelazny echaba chispas por los ojos, pero no fue tras ella.
Allie observó con creciente impotencia y tristeza cómo los guardias se ocupaban de los rehenes.
Carter no está. Ha sido un engaño.
No sabía qué hacer.
Todo parecía inútil. Hicieran lo que hicieran, Nathaniel los leía como a un libro abierto. No lograban doblegarlo. Jugaba con ellos.
Ellos eran el ratón y Nathaniel, el gato.
¿Cómo iba a cambiar eso? Sobre todo ahora que Lucinda no estaba. Nathaniel jugaría con ellos hasta aburrirse y en cuanto estuviera preparado se quedaría con todo. Game over.
—No se preocupe.
Allie alzó los ojos y, para su sorpresa, se encontró con que Zelazny la miraba con compasión.
—Nathaniel pagará por esto —dijo él.
De no estar aturdida por la rapidez con que se habían sucedido los acontecimientos, la habría sorprendido que él reparase en su dolor. O que mostrara su preocupación por ella. Pero eso no se le ocurrió hasta más tarde. En aquel momento solo asintió en señal de agradecimiento.
—Todo el mundo adentro. —La voz de Raj atravesó la noche.
Zelazny giró sobre sus talones; su momentánea amabilidad había desaparecido.
—Vámonos —bramó—. ¡Todo el mundo en marcha! ¡Ahora!
Tras un último y anhelante vistazo hacia la desierta oscuridad, Allie echó a andar.
En cuanto llegaron al edificio principal del colegio, Isabelle se llevó consigo a los dos rehenes liberados para que le proporcionaran información.
—August, Eloise: conmigo. —Lo dijo de un modo tan seco que Allie pensó que era mejor no preguntar si podía acompañarlos.
Con un portazo, el pequeño grupo desapareció en el despacho oculto en el hueco de la escalera.
Se hizo el silencio.
Allie esperó un rato junto a la puerta de Isabelle; a lo mejor había novedades. Los guardias que habían estado prisioneros sabrían algo de Carter. A lo mejor podrían ponerlos sobre la pista de su paradero.
Pero la puerta de madera tallada seguía cerrada a cal y canto.
Se apoyó en la pared e intentó relajarse, pero su pie izquierdo golpeteaba nerviosamente el suelo de madera pulida. No conseguía estarse quieta.
—Allie.
Sylvain se le había acercado por detrás sin hacer el menor ruido. No lo había oído llegar.
Ahora no tenía escapatoria.
—Tenemos que hablar —dijo él.
Aún llevaba puesto el equipo negro de la Night School, y su expresión no presagiaba nada bueno.
A Allie se le hizo un nudo en el estómago. Se esforzó en mostrarse relajada, pero la tensión se le notaba en la voz.
—Claro, ¿qué pasa?
—Aquí no. —Sylvain señaló la escalinata que había a sus espaldas—. Arriba.
Sylvain subió las escaleras con los andares ágiles de un gato, y ella lo siguió tan lentamente como pudo, agarrándose del pasamano.
Tenía un mal presentimiento.
Una vez en el descansillo, Sylvain se detuvo ante los altísimos ventanales. Posó una mano en el pedestal de una estatua de mármol y lo golpeteó brevemente con los dedos; él también estaba nervioso.
Allie quería que hablara él primero. Pero Sylvain seguía allí parado, sin más.
—Lamento haberte gritado antes —dijo ella. Alguien tenía romper el hielo—. Me he pasado.
—No es eso —dijo él.
Sylvain evitaba su mirada.
—Ah. —Allie tenía el corazón en un puño—. ¿Entonces qué ocurre?
Se miraron de hito en hito unos segundos, y luego Sylvain desvió la mirada.
—¿De verdad no lo sabes?
—No —dijo ella, pero la voz le salió en un susurro poco convincente.
La expresión de Sylvain le hizo comprender que no engañaba a nadie.
—Algo ocurrió mientras yo estaba fuera. Lo noto. Sé que están pasando muchas cosas pero… Todo es distinto ahora. Entre nosotros dos.
Allie sintió tanto pánico que empezó a sudar. El corazón le latía sin ton ni son.
Lo sabe, pensó con horrible certeza. ¿Cómo se ha enterado? Y luego: Katie.
Después de todo, parecía que la pelirroja la había traicionado. Tendría que habérselo imaginado. La arpía de Katie y su juego sucio, siempre intentando quedar por encima.
Bueno. Era demasiado tarde para arreglarlo. Tenía que pensar en algo, y rápido.
—No sé a qué te refieres —mintió.
Sylvain sonrió con tristeza.
—Sí, sí que lo sabes.
En aquel instante, Allie odió a Katie con todas sus fuerzas. Más que a Nathaniel.
No podía seguir disimulando más tiempo.
—¿Qué te ha contado Katie? —preguntó acaloradamente—. No deberías creerte todo lo que dice.
—¿Katie? —Sylvain frunció el ceño—. No he hablado con ella en todo el día. —Entonces miró fijamente a Allie. De repente sus ojos lo comprendieron todo—. ¿Qué debería decirme?
Allie se había quedado helada. Ahora sí que la había cagado.
Ni siquiera se le ocurrían más mentiras.
Al ver que no contestaba, Sylvain hizo un gesto vago con la mano.
—Déjalo. Me imagino lo que es. O sea que yo tenía razón desde el principio.
Aquello era horrible. Era lo más horrible del mundo.
Por culpa de sus dudas había creado un lío muy gordo. Y cuando por fin había tomado una decisión, solo lo había estropeado todo aún más.
Allie dio un paso hacia Sylvain, pero no tuvo el valor de acercarse más. De repente, el chico parecía inaccesible.
—Sylvain, por favor —dijo ella.
Él asintió como si Allie acabara de confirmar todas sus sospechas.
—Antes de irme ya sabía que las cosas entre nosotros no estaban bien. Supongo que tenía la esperanza de que, al final… —Su voz se apagó. Apretó las manos y luego las aflojó—. Pero estaba equivocado. —Alzó sus penetrantes ojos azules y encontró los de ella—. ¿No es así? Quieres romper conmigo, ¿verdad?
¿Qué se responde a eso?
Es una pregunta trampa. La respuesta va implícita.
Allie sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Aquello no podía estar pasando. Tenía pensado ocuparse de eso más tarde. Una vez que todo estuviese resuelto. Cuando Carter hubiese regresado y…
Y ella estuviese lista.
¿Pero cuándo sería? Nunca estaría preparada para romperle el corazón a Sylvain.
Un insoportable silencio reinaba en el colegio. Como si el edificio entero estuviese pendiente de su separación.
La pregunta de Sylvain seguía en el aire. Sin respuesta.
Quieres romper conmigo, ¿verdad?
—Sí —susurró Allie.
Sylvain soltó un rápido bufido, como si ella lo hubiese abofeteado.
—La verdad —dijo él—. ¡Por fin! —Él le mantuvo la mirada. Sus ojos resultaban de una calma desconcertante—. ¿Es por Carter? ¿Pasó algo entre vosotros?
—Sí —repitió Allie apenada.
Aunque trataba de disimularlo, el cuerpo de Sylvain delataba el dolor que sentía.
—Siempre lo he sabido —dijo él—. Pero aun así…
No terminó la frase. No hacía falta. Allie sabía lo que iba a decir.
Aun así… duele.
Las lágrimas de Allie amenazaban con brotar.
—¿Sabes? —dijo ella—. Hace mucho tiempo, me dijiste que tenía que averiguar quién era yo y que entonces sabría qué quería. Pues lo he averiguado. El tema es que quería estar enamorada de ti. —Su voz era cada vez menos firme—. Pero sencillamente… no lo estaba.
Él se miraba las manos mientras ella hablaba. Cuando alzó los ojos, el dolor que había en su cara quebró el corazón de Allie como un pedazo de cristal.
—Estás enamorada de Carter —dijo él llanamente.
Allie no podía soportarlo más. No podía seguir haciéndole daño durante más tiempo.
—Lo sien… —susurró.
—No lo sientas. —Él levantó una mano como para detener las palabras—. No quiero…
Una lágrima bajó por la mejilla de Sylvain. Él se la secó, con una mirada de total incredulidad.
Sin más palabras, se dio la vuelta hacia el pasillo y caminó a paso rápido y decidido hasta que desapareció en la oscuridad.
Y se alejó de su vida.
Allie casi había llegado a su habitación.
Estaba subiendo las escaleras que conducían a la zona de los dormitorios con lágrimas corriéndole por el rostro, cuando oyó voces en el piso de abajo. Se dio media vuelta y se apresuró a bajar hasta el descansillo.
Se asomó por el pasamano para descifrar las palabras.
De repente, Zoe salió como un rayo del despacho de Isabelle y corrió en dirección adonde ella estaba, con la coleta rebotando a cada paso. A medio camino, reparó en Allie.
—Date prisa, Isabelle dice que vayas. —Entrecerró los ojos—. ¿Qué te pasa en la cara?
—Nada —Allie se restregó las mejillas con la manga—. Es que… Nada. —Carraspeó—. ¿Qué ocurre?
—No sé —Zoe hizo ademán de que se apresurara. Allie la siguió escaleras abajo, sin esperar más explicaciones.
—Solo ha salido del despacho de mal humor y te ha llamado. Y como no estabas se ha puesto a gritar. —Se interrumpió—. Isabelle nunca grita.
Bajaron juntas la escalera de caracol a toda prisa y no dejaron de correr hasta llegar a la puerta de la sala común. Zoe entró en primer lugar.
—¿Dónde está Isabelle? —dijo mirando en derredor—. Traigo a Allie.
Rachel y Nicole esperaban junto a la puerta.
—En su despacho. Ha dicho que vayamos todos. —Los ojos de Rachel escudriñaron la cara de Allie sin perder detalle. Arqueó las cejas. Allie se volvió rápidamente.
Encontraron a Zelazny de pie dentro del despacho de Isabelle.
—Pasen —gruñó—. Rápido.
Los guardias que Nathaniel había devuelto aquella noche estaban sentados en las butacas que había frente al escritorio, se los veía nerviosos.
Isabelle y Eloise estaban de pie al otro lado del escritorio y miraban algo en la pantalla de un ordenador portátil.
Isabelle estaba pálida y sus labios eran poco más que una línea.
Zelazny cerró la puerta tras las cuatro amigas.
—Gracias por venir. —Isabelle levantó la vista de la pantalla—. Me temo que hay algo que tenéis que ver.
Allie sintió una presión en el pecho. No podía respirar. Entre todos la estaban asustando.
No puede estar muerto. Por favor, Dios mío, que no esté muerto.
No podía ni hablar. Sus labios parecían estar paralizados.
—¿Qué sucede? —preguntó Rachel frunciendo el entrecejo.
La directora hizo un gesto con la cabeza a los guardias.
—Contadles lo que nos habéis dicho.
Allie se volvió a mirarlos. Fuera eran solo un par de sombras. Ahora podía observarlos con claridad. Tenían el cabello cortado a cepillo. El de la derecha era pecoso y rubio. El de la izquierda tenía la piel y el pelo oscuros. Ambos eran de complexión atlética, pero el último parecía mayor, más o menos de la edad de Raj.
—Nos dijo que os diéramos una dirección web —dijo, vacilante, el guardia de más edad—. Dijo que deberíais ver lo que habéis causado. Dijo que… si no le entregáis el colegio, el chico morirá. Y dijo: «Se acaba el tiempo».
En los oídos de Allie sonó un ruido vago y extraño. Veía que los demás hablaban, pero sus voces sonaban distantes, ahogadas.
La directora alzó una mano y la habitación quedó en silencio.
Entonces giró el portátil para que pudieran ver la pantalla.
Allie vio un cuerpo sentado en una silla, encadenado. Una oscura mata de pelo le tapaba la cara. Al principio, por la postura, fue incapaz de reconocer sus facciones. Pero aun así lo reconoció. Identificaba los hombros. La curva de la espalda.
Entonces el prisionero cambió de postura y miró hacia arriba.
Era Carter.