Night School. Rebelión

C. J. Daugherty · Capítulo 29 de 38

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Night School. Rebelión

Veintinueve

 

 

—Espere —Allie alzó las manos; notaba cómo el pánico crecía en su interior —. No es como usted lo pinta. Teníamos que saber a quién nos acercábamos. Usted podía ser un asesino o… algo así.

—Según parece, pequeña, aquí la asesina eres tú —gruñó Moran—. Y si has visto mi historial, sabrás que yo también me he cargado a unas cuantas personas.

Moran tenía en tensión todos los músculos del cuerpo. Allie no paraba de mirarle las manos, que apoyaba, planas, sobre la mesa. Parecían fuertes y peligrosas.

Por el rabillo del ojo, vio que Raj había dejado el periódico a un lado y los observaba atentamente. Hasta aquel instante, Allie casi había olvidado que Raj y los demás estaban allí.

Exhaló.

—Eso era la guerra —dijo Allie en voz baja—. No es asesinato.

No especificó a quién de los dos se refería.

Nueve se mostró indiferente.

—Llámalo como quieras, chata. Matar es matar.

—Entonces los dos somos unos asesinos —dijo Allie.

Curiosamente le resultó muy liberador decirlo. Era extraño que fuera tan fácil confesarle su crimen a la única persona que podía entenderla: alguien que había hecho lo mismo que ella.

—Lo que digo es que… No piense que soy tan mala como Nathaniel, por favor —dijo ella—. No lo soy. Quiero hacer algo de provecho con mi vida. Quiero ayudar a la gente. No quiero pasarme la vida ganando dinero. Quiero trabajar para hacer el bien. Ser útil. Cambiar las cosas.

Ahora ya estaba totalmente fuera de guión. Era precisamente lo que Raj le había advertido que no debía hacer. Sin embargo, el instinto le decía que Moran adivinaría enseguida que sus frases eran ensayadas. Parecía poseer un sexto sentido para la honestidad.

Si quería honestidad, ella se la daría.

—Lo quiero en mi bando —prosiguió Allie—. Pero si usted no quiere pasarse a mi bando, si prefiere seguir trabajando a las órdenes de Nathaniel, adelante. Usted no me debe nada. Pero no lo entiendo, porque sé que usted también lo desprecia.

Nueve la estudió durante un largo minuto, como si no supiera qué pensar de ella.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Él volvió a coger el tenedor. Allie exhaló profundamente, aliviada. Esperaba que no le clavara el cubierto.

—No se rebote conmigo, ¿vale? Pero lo he escuchado hablar de él durante horas —respondió—. Creo que lo odia tanto como yo.

Nueve masticó con aire pensativo, y tragó antes de contestar.

—Está como una regadera, no te lo voy a negar.

Allie chasqueó los labios.

—Es una forma suave de decirlo.

Moran devolvió la atención al plato de comida y durante varios minutos no pronunció ni una palabra. Allie sospechó que era una táctica para descolocarla y no lo interrumpió.

Comía con una meticulosidad mecánica. Rápidamente, pero sin ser sucio. Simplemente con eficiencia. Como un soldado.

Cuando Moran terminó, apartó el plato y cogió la taza de té.

—No sabía por dónde iba salir ese tipo la otra noche —dijo—. Quería que firmaras unos papeles o algo por el estilo. Pensé que si te ponía las manos encima, te mataría. —Tomó un trago de té—. Y no me apetecía tener que limpiar la sangre después.

—Nathaniel quería que le cediera todos mis derechos —explicó Allie—. La herencia de mi familia. De mi abuela. Todo lo que ella me legó. Nathaniel lo quiere para sí. No es que yo lo quiera, pero me niego a dárselo a él.

Craso error.

—¡La fortuna familiar! —le escupió él—. Los ricos os sacáis los ojos por saber cuántos millones os van a caer. Vivís alejados de todo en vuestras grandes mansiones. No tenéis ni idea de lo que es el mundo real. Mírate. — Señaló a Allie con un dedo—, apenas eres una cría y ya estás peleando por dinero. Utilizando a la gente trabajadora como si fuéramos mercancía.

Allie se encogió de miedo. Empezaba a pensar que su plan no iba a funcionar. La rabia de aquel hombre parecía estar siempre a flor de piel. Tenía que ingeniárselas para que confiara en ella.

—El dinero no me importa —insistió Allie—. Nunca he sido rica. ¿No se da cuenta? La cuestión no es el dinero. Es el poder.

Moran entornó los párpados.

—Explícate.

—Existe un grupo de personas que lo controlan todo: el Gobierno, los tribunales… No directamente, claro, si quisiera encontrarlos no lo lograría. Pero están ahí, en la sombra. Mi abuela fue una de ellos, hasta que la mataron. Nathaniel también forma parte de ese grupo ahora. Y desea el poder que mi abuela tenía. Si lo consigue… —Negó con la cabeza—. No sé qué podría pasar. Ya sabe lo loco que está. Yo lo he sufrido. Yo solo… —exhaló lentamente—. Quiero impedírselo. Y luego quiero marcharme. Quiero… — cogió el vaso de agua—. Quiero vivir un poquito más.

Nueve no habló de inmediato. Pasaron algunos segundos. El restaurante se había quedado en silencio. El grandullón había desaparecido, probablemente estaba en la cocina. Parecía que todo el local contenía la respiración.

Una compleja gama de emociones cruzó el semblante de Moran. Resignación. Preocupación.

Finalmente suspiró.

—¿Qué quieres qué haga? Dímelo y luego te diré qué he decidido.

Era lo que Allie había esperado. Se inclinó hacia adelante con ansia.

—Nathaniel tiene secuestrado a un amigo mío. Se llama Carter West. Lo tiene encerrado en algún rincón de esa casa.

La falta de sorpresa en la expresión de Moran le reveló que él ya estaba al corriente de todo.

—Necesito que lo libere —dijo ella—. Y que lo saque del edificio. Esta misma noche.

—Ah —dijo él—. ¿Eso es todo? Pensaba que sería algo más complicado —dijo en tono sarcástico—. Madre mía, ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo, chata? —Se pasó una mano por el pelo—. Aunque quisiera hacerlo, no sé si podría. Nathaniel le ha puesto guardias para que lo vigilen día y noche.

—Usted es uno de ellos —razonó Allie—. Y conoce a los demás. ¿Cuántos vigilantes hay por la noche?

Nueve levantó dos dedos.

—¿No podría meterse en el turno de esta noche?

—Puede —dijo él—. Quizás. No sé.

Estoy a punto de convencerlo, lo noto. Moran se resistía, la empresa era peligrosa. Pero accedería. Siempre y cuando ella no metiera la pata.

—Usted sabe que lo que hace Nathaniel está mal —dijo Allie—. Se lo noto. Y creo que es usted una buena persona. No quiere seguir trabajando para él. Creo que está atrapado. —Se inclinó hacia él—. Lo ayudaremos. Saque a Carter de ahí a la una de la madrugada. Llévelo a la puerta lateral, la que conduce a los establos. Allí habrá gente esperándolos. Los sacaran de allí y los pondrán a salvo. Por ello le pagaremos un millón de libras. En efectivo.

Moran se había quedado boquiabierto.

—Esa es mi oferta, señor Moran —dijo ella en voz baja—. Una oferta que podría cambiarle la vida.

Si Allie le hubiese dado una bofetada, él se habría sorprendido menos. Tenía la frente perlada de sudor.

Aún tardó unos segundos en contestar.

—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?

Era una pregunta trampa. Pero Allie no pestañeó.

—Me da la impresión de que usted cala a las personas a la primera, señor Moran. ¿Usted qué cree? ¿Puede fiarse de mí?

Se miraron de hito en hito durante un buen rato. Después él arrastró la silla y se puso de pie. Allie fue incapaz de descifrar su expresión.

—A la una —dijo Moran—. Sacaré al chaval. No puedo prometerte más.

 

Eran pasadas las siete cuando regresaron a Cimmeria.

Raj acompañó a Allie y Zelazny en el coche de vuelta para discutir los preparativos. Para cuando llegaron a la verja de colegio, ya habían trazado un plan.

No tenían más remedio que trabajar rápido. Quedaban menos de cuatro horas.

Cuando el todoterreno se detuvo ante la puerta principal, se apearon de un brinco y subieron las escaleras frontales a la carrera. Isabelle los estaba esperando en el vestíbulo; durante el trayecto, Raj la había puesto al día por teléfono.

Subieron las escaleras hasta el despacho de Dom sin dejar de discutir el plan.

Hasta entonces Allie no los había visto trabajar de ese modo, con tanta urgencia. Como si sus vidas dependieran de ello, y no solamente la de Carter.

Cuando llegaron al ático, Dom ya había desplegado los mapas en una pared.

—¿Hay noticias? —preguntó Raj al tiempo que entraban en tromba en la sala.

—Nueve ha vuelto al trabajo —dijo Dom. Miró a Allie—. Actúa con normalidad.

—¿Se sabe algo de Carter? —preguntó Allie.

La informática negó con la cabeza.

—Nada.

En parte era una buena noticia. Si Nathaniel sospechaba de su plan, o si se olía la más mínima amenaza, se llevaría a Carter a otro sitio o le pondría más vigilancia.

—¿Cuál es el plan, Raj? —preguntó Isabelle.

Se situaron alrededor de los mapas, en los que habían medido y trazado meticulosamente los límites de la finca de Nathaniel.

—Nos iremos de aquí a medianoche —dijo Raj—. Una vez lleguemos a St John’s Fields, tendremos treinta minutos para desplegarnos. Mis equipos estarán aquí, aquí, aquí y aquí. —Raj apuntó a cuatro puntos distintos dentro de un amplio espacio que rodeaba la casa—. En esta carretera habrá diez vehículos esperándonos. —Señaló una fina línea blanca que pasaba enfrente de la finca.

Allie visualizó la estrecha carretera rural que había visto en incontables ocasiones por la imagen del satélite.

—Isabelle y Allie esperaran aquí. —Raj señaló un punto a quinientos metros de la casa—. Se encargarán de coordinar las comunicaciones y de darnos apoyo si lo necesitamos.

El corazón de Allie dio un salto de excitación. Lo habían decidido en el camino de regreso. Como estaba herida y no podía correr bien, no podía estar sobre el terreno, pero habían acordado que estaría cerca.

Por esta vez tendría que conformarse.

—Asumiendo que Moran cumpla con su palabra —continuó Raj—, cuando Carter esté fuera, nos separaremos e iremos a pie en varios grupos hasta los vehículos. Si salta la alarma, cada equipo actuará como distracción para el resto. —Alzó la vista—. Necesitamos mantener al enemigo dividido y confuso.

Se había corrido la noticia de que habían regresado, y todos los instructores, así como los alumnos avanzados de la Night School y algunos de los guardias de Raj, se habían acercado al centro de operaciones.

Raj todavía llevaba los vaqueros y el jersey gris informal del Chequers; se lo veía como pez en el agua. Seguro, concentrado y tranquilo. Isabelle estaba junto a él, tensa y con la frente surcada por la preocupación.

—¿A cuántos guardias te llevarás?

—A treinta. —Raj habló con decisión—. Si nos vemos obligados a entrar, lo haremos en masa.

—De acuerdo. —La directora asintió brevemente—. El resto se quedará aquí, protegiendo el colegio.

El plan era sólido. Lo habían organizado todo concienzudamente, por lo menos por su parte.

Pero Allie estaba cada vez más preocupada del éxito que tendría Nueve en llevar a cabo su parte. Estaría solo contra todos los guardias de Nathaniel.

Si Nueve fallaba, Carter estaba muerto.

Raj abrió el turno de preguntas.

—Este plan depende en gran medida de la cooperación de uno de los guardias de Nathaniel. —La afilada voz de Zelazny cortó los murmullos de la sala—. ¿Cuál es el plan si Moran nos traiciona? ¿Qué pasa si el que sale por la puerta no es Carter sino un grupo de matones?

Zelazny había repetido aquella pregunta varias veces en el coche de vuelta al colegio, y Raj estaba preparado para responderla.

—Nos enfrentaremos a ellos. —Adoptó un tono tranquilo—. Yo y otros diez guardias estaremos en la finca. Los otros veinte se esconderán al otro lado de la cerca. Si pedimos ayuda acudirán a nosotros rápidamente. —Miró a Isabelle—. Calculo que en menos de veinte segundos todo el mundo podría estar allí. Llevo días vigilando esa finca. Nunca hay más de quince personas de seguridad. Nuestra superioridad numérica es de dos a uno.

Isabelle miró al profesor de Historia.

—¿Aclara eso tu duda, August?

—Tendré que conformarme —contestó el profesor poco convencido. Allie sabía que estaba preocupado y no lo culpaba.

Aun así, Isabelle pasó al siguiente tema.

—¿Cuál es la situación actual allí, Raj? ¿Dom?

—Tenemos a diez guardias apostados en los alrededores de la finca; llevan allí todo el día —explicó Raj—. Según sus informes, la actividad es normal. No creen que Nathaniel esté en la casa. Lo vieron salir de allí a las dieciséis cero cero. No ha regresado. La casa está tranquila.

Dom añadió:

—En las escuchas, nada a destacar; nada indica que Moran los haya puesto sobre aviso de nuestras intenciones.

Isabelle miró a Raj.

—¿Hay algo más que podamos hacer?

El jefe de seguridad negó con la cabeza.

—Ahora mismo están repostando y preparando los vehículos. Salimos a medianoche.

En la sala reinó el silencio. Todos los presentes sabían lo importante que era aquel momento. Lo que había en juego.

Isabelle se volvió a mirar a la multitud que ahora llenaba el aula reconvertida y se agolpaba en el pasillo. Parecía que todos los miembros del colegio habían ido a ver qué pasaba.

—Esta operación es crucial. —La voz de la directora sonaba enérgica, aunque tenía un dejo pesimista—. Nuestro futuro depende de lo que suceda esta noche. En cuanto recuperemos a Carter, podremos empezar a pensar cuál será nuestro siguiente paso como colegio. Como familia. Porque somos una familia, la familia de la Academia Cimmeria. Y este es nuestro hogar. —Por un breve segundo, las miradas de Isabelle y Allie se encontraron. Ambas sabían lo efímero que podía ser aquel hogar—. Todos sabemos que es hora de acabar con esta guerra de una vez por todas. Pero eso no sucederá hasta que nuestra gente esté a salvo.

Isabelle se volvió hacia Raj.

—Traed a Carter a casa. Contamos con vosotros.