Night School. Rebelión

C. J. Daugherty · Capítulo 37 de 38

Páginas del PDF

Night School. Rebelión

Treinta y siete

 

 

—Venga —dijo Allie—. Nos tenemos que ir.

Intentó levantarse, pero Carter volvió a tirar de ella y Allie aterrizó sobre su pecho. Él sonrió perezosamente.

—Hola… —Sus labios juguetearon con la boca de Allie, le mordisqueó suavemente el labio inferior hasta que ella volvió a ofrecerle la boca, separando los labios ligeramente para que Carter pueda rozarle delicadamente los dientes con la lengua.

El chico la estrechó más fuerte. En un ágil movimiento, la cambió de posición; ahora Allie se encontraba tumbada sobre la espalda y miraba el techo adornado del salón de baile.

El gran salón siempre estaba vacío; nadie iba por allí excepto el personal de limpieza que una vez a la semana lo barría y le sacaba el polvo. Habían encontrado un escondite perfecto, detrás de varias pilas de sillas y mesas.

—Ahora ya no te me escapas… —Él susurraba las palabras contra la mejilla de Allie, su aliento era cálido y suave como la caricia de una pluma—. Pero si quieres, paro. —Sus labios trazaron una línea a lo largo del cuello de ella.

Cada sílaba era como un golpe de calor que se propagaba por sus venas.

—Solo tienes que decirme… —Ahora Carter le susurraba al oído. Las cosquillas la estaban volviendo loca de gusto— que pare.

Carter deslizó los labios por el cuello de Allie y dibujó una ardiente línea hasta su hombro. Ella gimió y arqueó la espalda.

—¿No te ibas? —Él alejó los labios de su piel y la interrogó con la mirada. El deseo que ella vio en sus ojos la hizo estremecerse.

Como única respuesta, Allie lo agarró por la nuca, atrajo bruscamente su boca hacia ella y le separó los labios con la lengua.

Un gruñido sordo subió desde la garganta de Carter y presionó su cuerpo contra el de ella. Los pectorales de Carter eran duros como la roca. Allie deslizó la mano por la camisa de él y pasó los dedos entre los botones para notar la calidez de su piel.

—Que esperen —jadeó Allie.

Carter se apoyó sobre las manos y se tendió de lado, cargando su peso en un codo. Posó una mano sobre el cálido muslo de Allie. Cada uno de sus gestos la hacía estremecerse. Ahora él trazaba lentamente círculos con los dedos en su piel; Allie tenía la carne de gallina, como si fuera un libro en Braille.

Hacía dos semanas que había recuperado a Carter y todavía le parecía un milagro encontrarlo en la mesa del desayuno cada mañana. O que apareciera por la ventana de su dormitorio después del toque de queda y le sonriera desde el alféizar con aquellos ojos, negros como la noche.

No quería volver a separarse de él nunca más.

Cuando llegaron a la biblioteca minutos más tarde, la cara que puso Rachel le reveló que sabía perfectamente de dónde venían.

—Llegas tarde —se quejó.

Sin embargo, su sonrisa desmentía el reproche de sus palabras.

—Perdimos la noción del tiempo —se justificó Carter, que rodeaba despreocupadamente los hombros de Allie con el brazo.

—Para variar —añadió Allie en tono arrepentido.

Rachel no estaba sola. Katie y Lucas estaban sentados frente a ella, y el resplandor de la lámpara que había sobre las mesa iluminaba sus caras. Zoe estaba en el otro extremo de la mesa y escribía sin parar en un cuaderno largas y complicadas ecuaciones, sin prestarles la más mínima atención.

En un rincón lejano, Allie vio sentado a su hermano, absorto en su lectura. Se estaba acostumbrando a verlo por allí. Aunque normalmente estaba solo, de vez en cuando Christopher intervenía en sus conversaciones.

De hecho, a la única persona que echaban de menos era Sylvain.

Tal y como les había avisado, se había marchado a Francia pocos días después del encuentro con Nathaniel. Se había ido sin despedirse. Una mañana se levantaron y ya no estaba.

No sabían si volvería. La recuperación de su padre era lenta y, según le había contado Isabelle a Allie, se estaba planteando probar a ir a un colegio de París durante una temporada.

Igual que Orión en Gran Bretaña, Deméter era dueño de varios internados en Francia y Suiza. En su día, Sylvain había elegido Cimmeria porque le gustaba.

Tras la pelea entre Seis y Sylvain, el chico había evitado a Allie. Cuando finalmente Allie consiguió abordarlo, él no dejó que le diera las gracias.

—Lo habría hecho por cualquiera —le dijo. Después se marchó con una disculpa. Unos días más tarde, abandonó el colegio.

Allie no se lo había comentado a nadie, pero se sentía culpable por la decisión de Sylvain. Fuera cual fuera el motivo oficial de su marcha, y aunque era cierto que su padre estaba gravemente herido, ella sabía que, en el fondo, si Sylvain no se quedaba era porque no soportaba verla con Carter.

Aun así, cuando se enteró de que Sylvain se había marchado, no se lo podía creer. Corrió hasta su cuarto para comprobarlo con sus propios ojos y lo halló limpio y vacío, con la cama hecha. En aquel momento se dijo que seguramente Sylvain volvería. Sin embargo, en cuanto reparó en el espacio desnudo que había en la pared, allí donde antes había una romántica pintura de un ángel, comprendió que Sylvain se había ido para no volver.

De eso hacía ya diez días y todavía no se había hecho a la idea de que tal vez no volverían a verse.

Muchas veces le daba la sensación de que lo veía en el pasillo. O de que oía sus pasos seguros a su espalda.

Pero nunca era Sylvain.

Durante la ausencia del chico, el colegio había recuperado una normalidad relativa. En clase eran pocos, pero por lo menos había clase. Lo malo es que los profesores eran muy exigentes y les ponían montones de deberes.

Los entrenamientos de la Night School habían seguido adelante, pero ya no eran obligatorios. Eran reducidos y selectos; estaban reservados para los alumnos avanzados. Y ya no tenían que practicar con armas.

A Rachel le habían dado permiso para dejar los entrenamientos. Dedicaba todo su tiempo a estudiar y a trabajar con Dom, que le estaba enseñando todo lo que sabía sobre programación. Shak, por su parte, había dejado la empresa de Raj y ahora trabajaba a jornada completa como ayudante de Dom.

Nueve se había revelado como una gran sorpresa. La empresa de Raj lo había contratado y se había convertido en un guardia más. Raj decía que tenía mucho potencial. A veces Allie se lo encontraba por los terrenos del colegio.

—Hola, señorita Problemas —le decía él cada vez que se cruzaban.

Era el final de la tarde y la biblioteca estaba más ajetreada de lo que había estado en mucho tiempo. Varias de las mesas de estudio estaban ocupadas. Los alumnos se paseaban por las gruesas alfombras persas y entre el laberinto de altas estanterías y escaleras corredizas.

—¿Cómo voy a convertir a Allie en un genio de la ciencia si no se presenta a las clases particulares? —los regañó Rachel.

—Allie nunca será un genio de la ciencia —sentenció Zoe sin levantar la vista.

—No seas pesimista. —Allie sacó una libreta de la cartera y la dejó en la mesa—. Puedo aprender.

El nuevo profe de Ciencias tenía fama de duro. Sus clases eran superchungas y a Allie le costaba un montón hacer los ejercicios que mandaba.

—A veces echo de menos a Jerry —suspiró apoyándose en el codo.

Zoe paró de escribir en seco y fulminó a Allie con la mirada.

—Me refiero al Jerry bueno —añadió Allie apresuradamente—. No al pirado que espiaba para Nathaniel, sino al que nos pensábamos que era en plan «hola, soy Jerry, aquí tienes un sobresaliente».

—El falso Jerry era mucho mejor que el verdadero —dijo Katie apoyada en el hombro de Lucas.

Rachel hojeó el libro de biología. Se detuvo al llegar al capítulo sobre desarrollo celular y giró el libro para que Allie lo viera bien.

Al ver aquellas incomprensibles ilustraciones, Allie arrugó la nariz.

—¿Por qué tengo que aprenderme esto? Lo odio.

—Porque los colegios no están hechos para aprender —explicó Lucas pacientemente—, sino para torturarnos hasta el día que cumplamos dieciocho y nos manden al mundo real a sufrir vestidos de pingüinos.

Allie cogió el boli.

—En ese caso, ya lo entiendo todo…

Rachel esperó a que todos volvieran a concentrarse en los deberes y se dirigió a Allie en voz baja:

—¿Todavía no hay noticias de Nathaniel?

Allie negó con la cabeza.

—No, nada. Julian dice que de momento está cumpliendo el trato. Me muero de ganas de que llegue la semana que viene y celebremos la primera reunión de Aurora. Tú también vendrás, ¿verdad?

Rachel asintió ruborizada.

—No sabes lo emocionada que estoy.

Todavía estaban por decidir la estructura y las normas de la nueva organización. Pero una de las primeras medidas que Julian había instaurado era permitir que los miembros de la Night School asistieran a las reuniones anuales de la junta directiva y participaran en la toma de decisiones.

—Yo igual —reconoció Allie.

Al otro lado de la biblioteca, la puerta se abrió de golpe y Nicole corrió hacia ellos, con la melena larga y oscura flotando tras ella.

—¡Chicos, tenéis que ver esto! —Le faltaba el aire.

Allie sintió un calambre en la barriga. Zoe se puso en pie de inmediato.

Una arruga de preocupación surcó el entrecejo de Rachel, que corrió hacia su novia.

—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo malo?

Al darse cuenta de que los había asustado, Nicole los tranquilizó con una sonrisa y cogió a Rachel de la mano.

—Son buenas noticias, pero tenéis que venir a verlo con vuestros propios ojos. —Hizo un gesto para que la siguieran—. Venid.

Todos intercambiaron miradas de extrañeza mientras se ponían en pie lentamente, y siguieron a Nicole en una fila desordenada por el pasillo.

—Espero que esto valga la pena —farfulló Katie—. Estaba leyendo un artículo superinteresante sobre los vestidos de alta costura de la gala de los Oscars.

Nicole alcanzó el final del amplio pasillo y al llegar al vestíbulo se detuvo. Los demás la imitaron.

El vestíbulo estaba abarrotado de jóvenes, algunos con uniformes de Cimmeria y otros con ropa de calle. También había padres, profes y guardias. Había montones de maletas apiladas de cualquier manera.

El eco de las voces entusiasmadas retumbaba en los suelos de piedra y las viejas paredes.

—¿Pero qué diablos…? —dijo Lucas.

—¿Quiénes son estos? —farfulló Zoe arrugando el ceño.

La puerta delantera estaba abierta, y a través de ella Allie atisbó una larga fila de coches que avanzaba por la avenida de entrada.

Isabelle y Zelazny estaban junto a la puerta. El sol se colaba por los vitrales que había sobre sus cabezas e inundaba la habitación de reflejos dorados y azules. La multitud se agitaba entusiasmada alrededor. Todos charlaban y reían. Isabelle les sonreía.

Cuando Isabelle reparó en que Allie y los demás estaban allí, corrió hacia ellos.

—¿Os lo podéis creer? —preguntó la directora con los ojos brillantes.

—Es maravilloso —dijo Nicole con una amplia sonrisa.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Rachel.

—Han vuelto. —Isabelle mostró la sala a rebosar de gente con un vago ademán—. Los alumnos que abandonaron Cimmeria después del ultimátum de Nathaniel han decidido volver a estudiar aquí. Y no son los únicos. — Señaló a un grupo de chavales con aire tímido que se hallaba algo apartado, junto a un tapiz que representaba unos caballeros con armadura.

—Son estudiantes de intercambio de Polonia —explicó Isabelle—. Sus padres me llamaron esta semana para preguntar si podían estudiar en Cimmeria. Han oído hablar del Grupo Aurora y quieren formar parte de él. Por lo visto, allí también están creando un grupo nuevo. —Tomó aire—. Y esto es solo el principio. Me acaban de llamar de Estados Unidos; hay unos alumnos que quieren inscribirse para el trimestre de otoño. Y no paro de recibir e-mails y llamadas desde Canadá, Australia, Alemania, Bélgica… — Rio alegremente—. Como sigamos así tendremos que ampliar el colegio.

Isabelle tenía las mejillas sonrosadas de la emoción; Allie no recordaba haberla visto nunca tan feliz.

El ánimo era contagioso. Por primera vez en varios meses, el colegio volvía a estar vivo. Los alumnos que habían regresado empezaron a desfilar por el pasillo, seguidos de cerca por sus padres, que arrastraban maletas y charlaban entre sí. Al final del pasillo, Allie vio cómo el personal de servicio corría de acá para allá; seguro que iban como locos preparando las habitaciones y la comida para aquella inesperada afluencia.

Era como si corriera sangre fresca por las venas del colegio.

Con esa cantidad de alumnos, ya empezaba a imaginarse las aulas llenas y el comedor abarrotado: la Academia Cimmeria tal como siempre tendría que haber sido.

Tenía la sensación de que el corazón le iba a explotar. Sintió ganas de abrazarlos a todos.

Como si le hubiese leído los pensamientos, Carter le rodeó la cintura con los brazos y apoyó ligeramente la barbilla sobre su hombro.

—Es alucinante —murmuró el chico.

Cuando regresaron todos juntos a la biblioteca minutos después, Allie miró a Carter y le hizo la pregunta que tanto había temido formular desde que había empezado todo aquel lío.

—Sé sincero, ¿crees que lo conseguiremos? ¿Mejoraremos las cosas?

Él no dudó ni un segundo.

—Creo que vamos a cambiar el mundo.

Aquella forma de decirlo, con absoluta convicción, hizo que a Allie le diera un vuelco el corazón. Tanta emoción era abrumadora. Carter tenía razón, tenía que tenerla.

Podían conseguirlo. Tampoco era imposible. Al fin y al cabo, otros habían logrado cambiar el mundo antes que ellos.

¿Por qué no nosotros?

Lo que estaba claro es que no podría cambiar el mundo si antes no aprobaba Biología.

—Tengo que volver a la cámara de tortura —dijo Allie en tono lúgubre—. Rachel me espera con el látigo.

Carter chasqueó los labios.

—Suerte —dijo Carter—. Yo voy a ir a hablar con Raj para ver cómo afectará esto a la Night School. Luego me paso a buscarte. Me imagino que estarás en la biblio, ¿no?

—Hasta el fin de mis días —dijo Allie.

Él rozó sus labios suavemente con los de ella y echó a andar

—Hasta luego.

Durante unos segundos, Allie se quedó allí parada, a los pies de la gran escalinata, contemplando los característicos andares de Carter.

No había nadie que caminara así. Como si acudiera a una cita importante, pero a su propio ritmo. A su manera.

—Ve por la sombra, Carter West —le dijo ella suavemente.

A Allie casi le pareció oír la sonrisa en los labios de Carter cuando su respuesta llegó flotando por el pasillo iluminado por el sol, pasando ante las paredes revestidas de roble y bajo las arañas de cristal, solo para sus oídos.

—Siempre.