Night School. Rebelión

C. J. Daugherty · Capítulo 4 de 38

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Night School. Rebelión

Cuatro

 

 

Allie pasó el resto del día inmersa en una bruma de agotamiento.

A la hora de la comida, se encaminó al comedor para demostrarles a los demás lo bien que se encontraba.

Se encontraba perfectamente.

Pero en cuanto entró en la sala, Katie Gilmore corrió hacia ella y la envolvió en un nada habitual abrazo.

—Gracias a Dios que estás bien.

Después de odiarse durante años, era superraro que fueran amigas. No era raro en plan malo. Solamente… raro de raro. Aun así, Allie le devolvió el abrazo, se aferró a la espalda de Katie y enterró la cabeza en su larga melena roja. Olía a perfume caro.

—Fue horrible —se oyó susurrar Allie. Y deseó no haber dicho nada.

¿Cómo iban a creerse que estaba bien si seguía diciendo que no lo estaba?

Pero parecía que Katie la entendía. Su hermoso rostro se ensombreció, despojado de toda su arrogancia.

—Siento mucho lo de Lucinda. Yo la admiraba muchísimo. —Katie habló en voz baja; las palabras eran solo para Allie—. Era una persona fabulosa.

La mención a su abuela le encogió el corazón.

Al contrario que Allie, Katie había crecido con Lucinda Meldrum. Lucinda había dirigido Orión desde siempre y había sido una parte tangible de la vida de Katie desde el principio.

Qué maravilloso habría sido crecer con Lucinda siempre cerca.

—Era una mujer increíble —coincidió Allie, hablando con suavidad—, ¿verdad?

Las dos intercambiaron una mirada de comprensión. Luego Katie ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.

—Deberías comer algo. Tienes una pinta horrorosa.

Y se fueron, cada una por su lado.

Naturalmente, habían suspendido las clases. También la Night School. Estar sin hacer nada sabía a fracaso. Si Allie no hubiese estado tan sumamente cansada, habría vuelto corriendo a ver a Raj y le habría gritado cuatro cosas. Le habría exigido que se pusieran manos a la obra. Tenían que encontrar a Carter. Tenían que arreglar todo aquel embrollo.

Pero no lo hizo. ¿De qué iba a servir? La pura verdad era que habían perdido. Los habían derrotado. Habían fracasado.

Además, los profes estaban encerrados en algún sitio, celebrando reuniones secretas. No había visto a ninguno desde su llegada al colegio. ¿A quién iba a gritarle?

Después de comer, los alumnos fueron sucumbiendo uno a uno a la falta de sueño y se marcharon a sus habitaciones. Pero Allie se negaba a hacerlo.

La última vez que había dormido lo había hecho en brazos de Carter, en el refugio de Londres. Ahora el recuerdo de esos momentos la atormentaba.

No quería estar en su habitación. No quería estar sola.

No quería estar a salvo sabiendo que Carter no lo estaba.

Al final de la tarde, sin embargo, el agotamiento había hecho mella en ella. Hacía dos días que no dormía en condiciones.

Para mantenerse despierta, deambuló por el solitario laberinto de pasillos del colegio.

—Alguien con quien hablar —decía para sus adentros mientras torcía hacia la sala común. Pero estaba desierta, salvo por el personal de limpieza, que apilaba en bandejas las tazas y platos sucios. El delicado tintineo de la porcelana resonó en el silencio.

Caminó por el vestíbulo hasta la zona de aulas, donde las estatuas de mármol montaban guardia. Luego giró sobre sus talones y desanduvo el camino, acariciando con los dedos los relieves del revestimiento de madera labrada de las paredes.

En un momento dado, se encontró a sí misma ante la puerta de la biblioteca. No sabía muy bien cómo había llegado hasta allí.

La puerta se abrió con un sonido amortiguado, como una inspiración.

Aquella sala le resultaba tan familiar como su propio dormitorio. Con sus las largas filas de altas estanterías y sus escaleras inclinadas. La luz tenue y débil. Era una especie de refugio.

Caminó lentamente por el espacio hueco y vacío de techos altos. No había rastro de Eloise, la bibliotecaria. Ni de los alumnos o los guardias. En su sitio de siempre, grandes lámparas metálicas pendían de las cadenas ancladas al techo. No había nadie en las mesas, pero las lámparas de pantallas verdes estaban encendidas.

Allie se sorprendió caminando lentamente por la sala. Estaba tan cansada que no notaba el suelo bajo sus pies. Como si levitara por la sección de literatura de ficción. Las gruesas alfombras persas amortiguaban sus pasos, lo que acentuaba aún más su sensación de irrealidad.

A lo mejor estaba dormida y lo estaba soñando todo.

Se internó en la sección de historia contemporánea. Con la yema de los dedos acarició suavemente los lomos dorados de los viejos libros, en busca de un título en particular. Cuando encontró el que buscaba, lo sacó del estante y lo apretó contra el pecho.

Se trataba de un pesado libro con cubiertas de cuero cuyo título rezaba: A la conquista del mundo.

Allie cerró los ojos.

Un mes antes, había estado allí mismo con Carter, hablando sobre un trabajo de Historia.

—Este tiene buena pinta —le había dicho él tendiéndole el libro.

En clase de Ciencias había aprendido que los objetos intercambian electrones constantemente. Si te sientas el tiempo suficiente en una silla, llega un momento en que la silla tiene todos tus electrones, y tú los de la silla.

Se lo había enseñado Jerry Cole.

Colocó las manos donde habían estado las de Carter e intentó sentirlo a él en el libro. Sin embargo, aparte de la firme cubierta del libro, no notó nada bajo las yemas de los dedos.

Profirió un sollozo ahogado.

¿Dónde estaba Carter? No había logrado mantenerlo a salvo.

No había logrado protegerlo.

Debía hacer algo. Pero lo perdí.

Sin soltar el libro, se dejó caer lentamente hacia el suelo y bajó la cabeza hasta las rodillas.

Carter, por favor, vive.

 

—¿Allie Sheridan? —Era una voz ronca, desconocida y sobria.

Allie abrió los ojos. El mundo estaba tumbado. Su mejilla reposaba sobre la áspera y vetusta alfombra persa.

Se sentó y miró a su alrededor, adormilada.

La biblioteca.

Solo recordaba vagamente cómo había llegado allí. Seguramente se había quedado dormida. Aún acunaba el libro entre los brazos.

Al final de la hilera de libros, vio a uno de los guardias de Raj con una expresión inescrutable.

—Isabelle le Fanult quiere verla en su despacho.

—Conque sí, ¿eh? —Ya bien despierta, Allie se frotó los soñolientos ojos con el dorso de la mano—. Pues quizás a mí no me interese hablar con ella ahora mismo.

El guardia abrió la boca y luego volvió a cerrarla. Era evidente que no se esperaba esa respuesta.

—Ha dicho que… ¿es importante? —dijo el hombre en tono de duda.

Siempre es importante, le habría gustado espetarle.

Pero no lo hizo. No era justo pagarlo con él; no era culpa suya. Ni siquiera sabía cómo se llamaba aquel hombre.

Allie suspiró y movió la mano para indicarle al guardia que podía marcharse.

—Está bien. Iré a verla.

Incapaz de ocultar su alivio, el guardia asintió con un breve movimiento de la cabeza y se marchó apresuradamente, antes de que ella pudiera cambiar de idea.

Allie se puso en pie. Le dolía todo el cuerpo por la pelea de la otra noche y por haber dormido en el suelo.

Se dirigió hacia el vestíbulo, toda agarrotada. A través de las ventanas todo estaba oscuro. La noche había caído mientras ella dormía. La cabezadita debía de haber durado varias horas.

A llegar al pie de la gran escalinata, giró hacia la puerta del despacho de Isabelle, disimulada tras un elaborado revestimiento de madera labrada. Se detuvo y respiró hondo. Cuando calmó los nervios, llamó.

—Adelante.

La puerta se abrió con solo empujarla levemente. La directora estaba sentada a su escritorio frente a un ordenador portátil.

Isabelle la miró brevemente.

—Toma asiento, por favor.

Su rostro no dejaba traslucir nada.

Un antiguo escritorio de caoba presidía el pequeño despacho. Frente a él había dos grandes butacas de cuero. Allie eligió la que le quedaba más cerca y se sentó en el borde.

Isabelle tecleaba con dedos ágiles y seguros, con los ojos fijos en la pantalla. Había cambiado el equipo de la Night School por unos pantalones de sastre y una blusa de seda blanca. Sobre los hombros llevaba un cárdigan. No se la veía tan pálida como antes. En realidad, a primera vista parecía casi… normal.

Los minutos pasaron y la directora no dejó de teclear, por lo que Allie supo que le estaba mandando un mensaje. Isabelle quería recordarle quién mandaba allí.

Durante la espera, Allie miró a su alrededor. Todo estaba como siempre: en la pared, bajo un gran tapiz con una romántica representación de un caballero con una doncella y un corcel blanco, había una hilera de armarios bajos.

Por fin, Isabelle terminó lo que estaba haciendo. Cerró el portátil con un decidido clic y se reclinó en su asiento, mirando a Allie fijamente con sus fieros ojos de leona.

—Raj y Dom están trabajando sin parar para descubrir adónde se ha llevado Nathaniel a Carter —dijo sin más preámbulos—. Quiero que seas la primera en saber que creemos que está vivo.

Había algo en la soberana simplicidad de aquella última frase que desarmó a Allie. Presionó las yemas de los dedos contra los párpados.

Está vivo. Está vivo…

Isabelle esperó un momento antes de proseguir.

—Créeme cuando te digo esto: vamos a traerlo de vuelta. Y Nathaniel pagará por lo que pasó anoche. Superaremos esto. Y volveremos a empezar.

El tono de la directora era frío como el hielo, y Allie, para su propia sorpresa, la creyó.

Puede que los hubieran derrotado en Londres, pero una cosa estaba clara: Isabelle no pensaba rendirse. De eso nada.

La lucha no había terminado.

Allie dejó caer las manos en el regazo y levantó la vista.

—¿Dónde está?

—Todavía no lo sabemos, pero estamos escuchando las conversaciones de Nathaniel y tenemos motivos para pensar que Carter y los dos guardias están retenidos en algún lugar a las afueras de Londres. Sospecho que Nathaniel quiere utilizarlos como moneda de cambio.

Isabelle sonaba furiosa. Pero Allie estaba extática. Si Carter estaba vivo, podía enfrentarse a todo lo demás.

Su explosión de optimismo llegó de la mano de un sentimiento de culpa instantáneo por cómo había tratado a Isabelle aquella mañana. La retahíla de crueldades que le había soltado la asaltó como una avalancha.

El enemigo era Nathaniel. No ella.

—Oye… —vaciló—. En cuanto a lo de esta mañana…

Isabelle alzó de repente la mano y detuvo a Allie.

—No sigas, por favor —dijo—. No ha sido culpa tuya. No lo he gestionado bien.

Pero Allie no estaba dispuesta a aceptarlo.

—Me he equivocado —dijo Allie—. Fue una noche horrible y sucedieron cosas espantosas, pero sé de sobra que… —Hizo una pausa antes de terminar —. Sé que tú también lo quieres.

Unas gotas de color tiñeron las mejillas de Isabelle; única señal de la oleada de emociones que, sospechaba Allie, estaba reprimiendo.

—Sí, claro que lo quiero —dijo la directora—. Muchísimo. Y con tu ayuda lo traeremos de vuelta. ¿Lucharás conmigo, Allie? ¿Por Carter?

Allie no lo dudó.

—Sí.

Isabelle se puso en pie, rodeó el escritorio y se sentó junto a ella en la otra butaca. De cerca, Allie pudo ver la tensión en su cara. Tenía los ojos enrojecidos y cercados de sombras. Aunque también una expresión determinada.

—Allie, puede que algunas veces no haya sabido darme cuenta de que esta lucha es tan tuya como mía. Di por supuesto que eras demasiado joven para involucrarte en algo así… En luchar contra Nathaniel —dijo—. No volveré a cometer ese error. Tú estás en el centro de esto. Tienes derecho a decidir qué ocurre con tu propia vida. Y tienes derecho a saber cuáles son mis planes.

Isabelle respiró hondo.

—Voy a abandonar la Organización. Y Cimmeria. Y me gustaría que me acompañaras.

La noticia sentó a Allie como un puñetazo en el estómago. Sintió que le faltaba el aire. Se sintió traicionada.

Abandonada.

Las lágrimas amenazaban con brotar. Durante un segundo fue como si la boca no le funcionara.

—¿Te… te vas?

—Tenemos que hacerlo, Allie —dijo Isabelle suavemente—. Tú y yo. Raj… Todo el mundo. No importa lo que esté por llegar, debemos abandonar la Academia Cimmeria. No podemos esperar a que Nathaniel nos eche de ella. Podemos marcharnos de aquí por nuestra cuenta. Y eso es lo que pienso hacer.

A Allie se le cayó el mundo a los pies.

¿Tengo que perderlo todo?

Quería salir corriendo de aquella habitación y no regresar jamás. Quería acurrucarse en un rincón a oscuras y lamerse las heridas.

Pero se obligó a quedarse donde estaba.

—No lo entiendo —dijo con la voz turbada por las ganas de llorar—. ¿Adónde irás?

Isabelle no respondió de inmediato. Acarició la mesa de caoba pulida con cara pensativa.

—¿Te he contado alguna vez que heredé este escritorio de mi padre?

Allie negó con la cabeza, confusa con el giro que había dado la conversación. Sabía que Isabelle y Nathaniel tenían el mismo padre, pero madres distintas. Sabía que habían crecido juntos y que su padre se lo había dejado todo a Isabelle, aun cuando Nathaniel era el primogénito.

Pero conocía muy poco sobre la vida familiar de Isabelle.

—Lo dejó en su testamento. —La voz de Isabelle era suave—. Estuvo en su despacho toda la vida. Antes había pertenecido a su padre. Y mi padre me lo dejó a mí.

Presionó ambas manos contra el escritorio. En sus ojos destelló una ira reprimida.

—No quiero que mi hermanastro se acerque a este escritorio. No soporto la idea de que se quede con mi colegio. —Alzó las manos—. Pero la pura verdad es que ha ganado, así de simple. Y tenemos que empezar a pensar de qué manera queremos perder.

Allie alzó la voz, estaba demasiado horrorizada y enfadada para ser diplomática.

—No, Isabelle. Ni se te ocurra decir eso. Esto no se ha acabado. Todavía no. No podemos rendirnos. No pienso permitírtelo. No después de lo que nos ha hecho Nathaniel. No después de lo de Jo. No después de lo de Carter.

Poner en la misma frase aquellos dos nombres, aquellos dos destinos, le resultó muy duro. Pero estaban sincerándose. E Isabelle sabía cómo se sentía Allie.

—Oh, querida, ¿por qué me tienes tan poca fe? —La directora se echó hacia atrás en la butaca y la observó con una melancólica media sonrisa en el rostro—. Si hay algo que Lucinda y yo no hemos conseguido enseñarte es cómo se puede ganar perdiendo. Creo que ahora no te quedará más remedio que aprender esta dolorosa lección.

—No tengo ni idea de sobre qué estás hablando —le espetó Allie. No estaba para juegos de palabras. Tenía que conseguir que Isabelle no se rindiera.

—Entonces permíteme que te lo explique. —La directora le sostuvo la mirada—. Primero, cuando abandonemos el colegio, perderemos. Lo asumo. Lo que no has entendido es que no voy a rendirme. Voy a empezar de nuevo.

Allie frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Cerraremos la Academia Cimmeria —explicó la directora—. Y volveremos a abrirla, con los mismos profesores y alumnos, en otro lugar. Lejos de aquí.

Allie se había quedado de piedra.

—¿Qué? ¿Quieres cambiar el colegio de sitio?

—Efectivamente. Sí.

—Pero… ¿Cómo? ¿Adónde iríamos?

—Contamos con un gran apoyo en el extranjero, y hay muchas ubicaciones posibles. En los Alpes suizos hay un precioso colegio antiguo. Es un lugar muy bonito, en las montañas. Era un internado victoriano. —Isabelle desvió la mirada hacia el escritorio de su padre—. Puedo imaginarnos allí.

Allie quiso protestar pero, pensándolo bien, la idea era bastante buena. Sería una salida fácil. Un final a los enfrentamientos. Y un nuevo comienzo. Aunque el plan tenía algunos fallos.

—¿Y Nathaniel no nos seguiría?

La directora se encogió de hombros.

—Puede que sí. Y puede que no. Verás, si abandonamos Orión y Cimmeria voluntariamente, no tendrá motivos para perseguirnos.

—Entonces habrá ganado —dijo Allie secamente.

—Eso es lo que queremos que piense. —Isabelle le dirigió una mirada cargada de significado—. En cuanto estemos fuera de su alcance, encontraremos el modo de debilitarlo. Destruiremos todo aquello que construya. Lo derrotaremos.

Allie dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba aguantando. De repente, se había quedado atontada.

—Entonces seguiremos con la misma guerra.

Isabelle negó enfáticamente con la cabeza.

—No, Allie —dijo—. Comenzará una nueva lucha. Por el bien de todos. Y con nosotras al volante. —Se echó hacia adelante—. Eso es lo que quiero decir con perder de forma inteligente. Un día volveremos, y ganaremos.

Allie odiaba lo plausible que sonaba aquello. En aquellos momentos no soportaba la idea de que la guerra con Nathaniel continuara, incluso después de haber perdido Cimmeria. Lucinda acababa de morir, y Carter…

Allie se enderezó.

—¿Qué pasa con Carter? No estarás pensando en abandonarlo a él también, ¿verdad? Porque yo no pienso irme a ninguna parte sin él.

Isabelle alzó las manos en gesto apaciguador.

—No —contestó—. Nadie va irse a ninguna parte sin Carter. Primero vamos a recuperarlo, y luego nos marcharemos. Esa es mi prioridad ahora. Créeme. Nunca haría nada que pudiera perjudicar a Carter.

Era un buen plan. O mejor dicho, era el plan menos malo.

En cualquier caso, Allie estaba disgustada. Se le puede llamar de otra manera, pero perder es perder.

Por otra parte, largarse, empezar de nuevo… La idea resultaba muy tentadora. Sería genial olvidarse de Nathaniel, al menos durante un tiempo. Escapar de allí. Sentirse segura.

Era casi inconcebible. Y lo deseaba tanto como Isabelle.

Sin embargo, no podía ni imaginar cómo iban a explicárselo a los demás alumnos. Se los veía derrotados. Muy cansados. Si les contaba que el gran plan de Isabelle era perder, aunque fuera muy, muy bien…

Se rendirían. Del mismo modo que ella tenía ganas de rendirse ahora.

Tendrían que ingeniárselas para que los demás creyeran que perder era, en realidad, una victoria.

No llegaba ningún ruido del pasillo. El colegio estaba silencioso como una tumba, por lo que su voz sonó exageradamente alta cuando retomó la palabra.

—Tenemos que poner en marcha la Night School.

Isabelle alzó la cabeza de repente.

—¿Cómo dices?

Mientras lo decía, Allie supo que aquella era la solución.

—Habéis suspendido los entrenamientos y las clases —dijo, con creciente urgencia en la voz—. Reanudadlos. Ponednos manos a la obra a todos. De inmediato.

La directora estaba atónita.

—Allie, después de lo que le ha sucedido a Lucinda, creo que todos necesitamos unos días para llorar su muerte.

Pero cuanto más lo pensaba, más segura estaba Allie de que aquello era lo correcto. Estar de brazos cruzados solo les hacía sentirse desesperados.

—¿No te das cuenta? No necesitamos tiempo para llorar. Lo que necesitamos es volver al trabajo. Cuando trabajamos, cuando nos entrenamos para la Night School, nos sentimos poderosos. Mejor dicho, lo somos. — Inspiró—. Además, si queremos recuperar a Carter, no hay tiempo que perder. Tenemos que empezar ya.

Por lo visto, Isabelle tenía sus dudas.

—Pero los profesores están agotados, y la moral del alumnado está por los suelos…

Allie no titubeó.

—Pues deja que los profesores descansen esta noche. Y mañana, que vuelvan a clase. Los alumnos están deprimidos porque creen que hemos perdido. Peor aún —dijo Allie—: Creen que nos hemos rendido. Debemos hacerles entender que la lucha continúa. Que aún hay esperanza. Porque la hay.