Ningún rostro en el espejo

Hugh McLeave · Capítulo 8 de 24

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Ningún rostro en el espejo

Ocho

 

 

MORGAN GOLPEÓ con suavidad y entró. Por un momento, miró pensativo a Sutherland, arrollado en la cama como un niño, luego lo tocó en el hombro. Sutherland abrió los ojos y miró confuso al enfermero antes de murmurar buenos días.

—No pasó muy buena noche —dijo Morgan, señalando la ropa de cama desordenada.

—No, seguí discutiendo con Maclean.

Morgan sacó del bolsillo una jeringa desechable con una ampolla de un líquido claro. Con pericia absorbió el líquido en la jeringa, le descubrió la nalga a Sutherland y le inyectó la droga.

—Le estoy aplicando veinte miligramos —le dijo—. Me ordenó que redujera la dosis.

—Si pudiera continuar sin ella —gimió Sutherland.

—Bueno, pues no puede —dijo el enfermero. Señaló una caja de píldoras —. Y no se olvide de las pastillas.

—No se olvide de deshacerse de la ampolla y la jeringa.

—En todo caso, solo los residentes sabrían qué son —respondió Morgan —. Y no creo que dijeran nada.

—¿Y Maclean? ¿Se olvidó de él?

—Prometo que no va a ver nada —dijo Morgan guardándose en el bolsillo la ampolla y la jeringa—. ¿Sabe que alguien le rompió tres vidrios de la ventana y mandó a Holroyd a pedir un vidriero para que se los arreglara?

—¡Idiota! —gritó Sutherland—. Es obvio que él mismo los rompió para interrogar al hombre que venga a arreglarlos sobre la otra ventana.

Morgan negó con la cabeza.

—No, fui a mirar esta mañana cuando se fue a buscar el diario. Los vidrios están del lado de adentro junto con las piedras.

—Es un engaño —dijo Sutherland—. Ese Maclean es demasiado vivo. — Exhaló un quejido—. Ojalá no me hubiese acercado a él esa tarde.

—No pudo evitarlo —murmuró Morgan.

—¿Por qué se me ocurrió que él podía ayudarme?

—Con la policía nos evitó un problema.

—No habría sido necesario si usted hubiera hecho su trabajo como corresponde —dijo Sutherland—. Ahora lo tenemos merodeando por aquí y hay que tener mucho cuidado que no descubra lo de Claire y los otros.

—Está bien, manténgalo ocupado con otra cosa. Quiere aprender sobre la nueva psiquiatría, entonces dele dos o tres casos difíciles.

Sutherland se incorporó en la cama.

—¿Por qué? Puede hacerse cargo de la Linklater y… —Hizo una pausa; luego se dio una palmada en la pierna—. ¡Webb! ¿Quién mejor para mantenerlo muy ocupado, eh, Morgan?

—Es una idea genial —dijo el enfermero. Salió del cuarto y volvió a los diez minutos con una bandeja con café y pancitos que puso frente a su jefe.

—Vaya a arreglar la ventana que yo iré a asignarle su nueva tarea —dijo Sutherland.

Cuando el enfermero golpeó a la puerta y entró, Maclean se levantó de la mesita donde estaba leyendo informes. Se refregaba las manos.

—Hace mucho frío acá. ¿Cuándo viene el vidriero a arreglar los vidrios rotos?

—¡Vidriero! —exclamó Morgan—. Nos costaría una fortuna si lo mandáramos llamar cada vez que alguien rompe un vidrio. —Inclinándose, barrió los fragmentos de vidrios rotos con una escoba; agarró dos piedritas y las estudió—. Es una buena distancia desde la pared comentó, mirando a Maclean con dureza.

—Un chico con una honda, supongo —dijo Maclean sonriendo.

—Es la primera vez que rompen vidrios de este lado de la casa —dijo Morgan al tiempo que sacaba las astillas y las ponía a un lado. Volvió con una lata con masilla, un cuchillo de vidriero y varios vidrios. Colocó los vidrios y, aplicó la masilla con mano experta. Después de observarlo unos minutos, Maclean dijo, señalando los informes que había sobre la mesa:

—Estos comentarios sobre los pacientes que me dio son muy útiles —dijo —. Pero no hay nada sobre el personal.

—Estaría fuera de lugar que yo se lo diera, doctor Mac.

—¿Quiere encontrar al psicópata este o no?

Morgan se encogió de hombros.

¿Qué quiere saber?

—De Lockwood, por ejemplo. ¿Dónde trabajaba antes de caer aquí?

—Estudió en Sydney, su ciudad natal, luego estuvo una temporada en un manicomio estatal en Australia antes de venir a Gran Bretaña. Trabajó en Darenth Park y luego en dos clínicas privadas.

—Parece que tiene ideas muy peculiares sobre la psiquiatría.

—No solo sobre la psiquiatría.

—¿Qué sabemos de la doctora Meyerheim?

—No mucho más de lo que ella sabe de enfermos mentales —dijo Morgan sonriendo—. Tiene una beca de una asociación norteamericana, adonde volverá dentro de dos meses cuando se le acabe y escribirá una cantidad de tonterías sobre el doctor Sutherland y este lugar.

—¿Riedler?

—Vino desde Viena hace cinco años y hace dos que está con nosotros. Es brillante, diría yo. Parece que leyó los libros del doctor Sutherland y estudió su obra sobre reforma de manicomios y tratamientos de pacientes. Basándose sobre estas ideas, formó una unidad en Viena, rompió con todas las tradiciones y los tabúes y vio que funcionaba. Quería trabajar con el doctor Sutherland y al fin llegó aquí.

—¿Hace mucho que Mrs. Fitzaland es su paciente?

—Desde antes de llegar aquí. Él trabajaba en una clínica privada en Kent o Sussex donde ella era tratada. Creo que quiso venir con él.

—¿Recuerda el nombre de la clínica?

Morgan negó con la cabeza.

—No, pero era hacia East Grinstead, creo.

Sutherland puso fin al interrogatorio entrando y mirando las ventanas.

—Me enteré de los vidrios rotos. Espero que no hayas pasado mucho frío anoche, Alec —dijo amistoso. Le hizo una seña al enfermero para que saliera de la habitación y se volvió a Maclean—: estaba pensando si te gustaría ocuparte de dos o tres pacientes mientras estás con nosotros. Me gustaría saber tu opinión sobre ellos y eso evitaría que los residentes y los internos más inteligentes se dieran cuenta de la verdadera razón de tu estada aquí.

—Buena idea, Ewan. ¿Pensaste en alguien en particular?

—La doctora Meyerheim tiene dos pacientes que no dan señales de mejoría… Miss Linklater y el artista, Frank Webb. Ella te dará sus notas y comentarios sobre ellos.

—Espero que sus notas no sean muy voluminosas —murmuró Maclean —. Estoy bizco de leer estas que me dio Morgan. Miró a Sutherland. —Ahora tenía ganas de pasear un poco por el jardín. ¿Por qué no me acompañas?

Sutherland asintió y salieron juntos, charlando sobre sus experiencias en común en el East End y los pacientes que habían tratado juntos en los viejos tiempos. Al desembocar en el estanque Maclean vio a Mrs. Fitzaland parada en la orilla con un manojo de ramitas.

—Una personalidad interesante —comentó.

—¡Oh! —Sutherland la miró y luego escudriñó a Maclean—. ¿Por qué dices eso?

—Se le cumplió el deseo, ¿no?

—Continúa.

—Bueno, su problema comenzó hace unos cinco años, no mucho después de la muerte de los padres en un accidente. Yo diría que ella deseaba la muerte de alguno de los dos y ahora tiene que lavar la sangre de los muertos y su culpa en ese estanque, todos los días.

Sutherland lo miró con algo parecido a la admiración en los ojos.

—Eres extraordinario, Alec. Debe de ser intuición, como tú dices.

—Eso y un poco de razonamiento —dijo Maclean con una sonrisa—. Pero todos los escoceses tenemos algo de vecina chusma, Ewan. Tú tienes que haberte traído algo desde… ¿dónde era?… ¿Tobermory?

—¿Tobermory? —preguntó Sutherland.

—Sí… donde naciste. ¿O ya no lo recuerdas? —se burló Maclean.

—Claro que lo recuerdo. ¿Pero qué quieres decir… qué tiene que ver con lo que estábamos hablando? —Sutherland tenía el ceño fruncido. Como para cambiar de tema, señaló a Mrs. Fitzaland—. Nos llevó tiempo convencerla de que admitiera su culpa autoimpuesta. Confesó que, justo antes del accidente, ella y el padre tuvieron una violenta discusión.

—Sobre el esposo, Geoffrey Fitzaland.

—Su prometido en ese tiempo —lo corrigió Sutherland—. Dawlish pensaba que Fitzaland iba detrás de la fortuna… pero pensaba eso de todo el mundo, y lo echó de la casa. Ella se fue con él y el padre la hizo traer por la fuerza.

—Entonces ella le deseaba la muerte para dejar el camino libre para Geoffrey, ¿no?

—Exacto. Y hete aquí que el padre se hace matar para probar el poder que ella tiene sobre las cosas.

—Y para castigar su maldad, la madre, a quien ella ama, muere con él.

—Entonces, ahora ella no desea nada, ni bueno ni malo, porque tiene miedo y piensa que está poseída por algún demonio.

—Creo que yo podría liberarla.

Sutherland negó con la cabeza.

—No, es paciente de Riedler y está atravesando una etapa de transferencia positiva que es muy difícil para los dos.

—En ese caso, no dije nada —dijo Maclean. Según lo que había visto de Riedler la noche anterior, no le extrañaba que Patricia Fitzaland hubiera transferido sus afectos al atractivo psiquiatra austríaco—. Vino con él desde una clínica privada, ¿no es así?

—¿Quién te lo dijo?

—No me acuerdo —mintió Maclean—. Pero es interesante, ese vínculo entre los dos.

—Normal, diría yo.

—No me refería al vínculo profesional.

—¿Qué quieres decir?

—Tiene toneladas de dinero y está loca.

—¡Dinero! —se burló Sutherland—. ¿Tú y el grupito de la calle Harley no pueden pensar en otra cosa?

—No cuando influye en el tratamiento, Ewan. Esa mujer es una paciente recluida con millones en el Banco. En mi opinión, eso la hace vulnerable.

—¿En qué forma?

—Por ejemplo, ¿no se ha enamorado de Riedler? Podría no tener la más mínima importancia ya que la mayoría de los pacientes pasan por una relación de amor o de odio con sus analistas. Pero ¿y si Riedler decide aprovecharse de la situación?

—No es capaz de eso. Tiene las mejores referencias de gente como el profesor Kellermann de Viena y tiene fama en toda Europa.

—Muy bien. Pero alguien podría estar presionándolo, el esposo, quizás. Si algo le pasara a la señora Fitzaland. ¿Quién se beneficiaría? ¿Pensaste en eso?

—Nunca me pasó por la cabeza y no sé por qué se te ha ocurrido.

—Te diré por qué, Ewan —Maclean narró con brevedad su encuentro con Barraclough y lo que sabía de Claire Gascoyne y algunos otros pacientes de Beauchamp Manor.

Sutherland lo escuchaba, con el rostro transformado por la rabia.

—Tendrías que tener más cabeza y no creer lo que te dice un esquizofrénico —dijo cortante cuando Maclean terminó.

—Estás equivocado, Ewan. Tendrías que escuchar y sopesar todo lo que dicen porque, como tú mismo dices, a menudo ven la verdad con mucha mayor claridad que los que llamamos gente normal. Y solo ellos mantienen el secreto de su enfermedad. —Detuvo la marcha y tomó a Sutherland por el brazo—. No te olvides de esto: Barraclough fue asesinado porque se acercó demasiado a la verdad y a alguien que está aquí no le gustó. Había que ocultar algo.

Sutherland se zafó.

—Si fue asesinado o se suicidó sigue siendo una cuestión abierta.

—Creo que fue asesinado porque había descubierto algún secreto referente a la muerte de Claire Gascoyne.

—¿Qué había descubierto, Alec? —preguntó Sutherland con una extraña sonrisa. Maclean notó que le habían empezado a temblar el labio superior y el párpado derecho.

—Es solo una teoría, pero suponte lo siguiente —dijo Maclean, señalando a Mrs. Fitzaland al otro lado del estanque—: alguien anda detrás de sus millones y arregla que venga a Beauchamp Manor pues aquí todos hacen lo que quieren y nadie es responsable de sus actos. Todos los hospitales tienen su cuota de suicidios, de modo que el Fiscal Policial de Su Majestad o el Departamento de Investigación Criminal no se preocupan mucho por uno o dos más. Y aquí, en Beauchamp Manor, ya hay antecedentes… ¿cuántos?… cuatro en dos meses.

—Se habrían suicidado en cualquier otro lado.

—¿Claire Gascoyne también? Ella no estaba loca, ¿no? ¿O me equivoco?

Sutherland bajó la cabeza como un toro cuando le hunden las banderillas en el cuello. Un segundo después, la levantó y miró a Maclean con algo parecido al odio.

—Ella era diferente —murmuró.

—Mrs. Fitzaland también.

—Es una teoría absurda, Mac.

—Yo en tu lugar, la vigilaría, por las dudas.

Sutherland dio media vuelta y se alejó. Le habló a Maclean por encima del hombro.

—Tu problema, Mac, es que has estado tanto tiempo con tus neuróticos millonarios que ya tienes la mente retorcida.

Maclean observó la figura delgada, desgarbada, volver por el jardín hacia la casa. Qué curioso, parecía elegir el camino más largo, a través de los árboles, como si no quisiera volver a Beauchamp Manor.