Ningún rostro en el espejo
Cinco
SIN EMBARGO casi se había olvidado del incidente cuando, quince días después, mientras atendía en el consultorio, sonó el teléfono. Lo contestó.
—Maclean, qué hijo de puta… les dijo, no lo quemó, se lo mostró a ellos, ¿no?… y ahora él lo sabe, lo sabe, lo sabe… me traicionó. —Tan aterrorizada sonaba la voz y tan farfulladas las frases que no reconoció a Barraclough en un primer momento. No perdió tiempo en negar las acusaciones ni en discutir.
—¿De dónde me hablas? —preguntó. Más calmado, Barraclough respondió que estaba usando el teléfono de los residentes en la mansión.
—Ya lo saben todo y me persiguen —dijo en un susurro ahogado.
—Deja el teléfono, baja las escaleras normalmente y sal de ahí —le ordenó Maclean—. Hay un barcito en la esquina de Lancaster Road. Nos encontraremos allí en veinte minutos.
—Es demasiado tarde… demasiado tarde… no me va a dejar salir.
—¿Quién?
—El tipo del que le hablé… el psicó… —Maclean oyó un clic y la línea enmudeció. Llamó a Deirdre, señaló el teléfono y le dijo que lo dejara descolgado por una hora al menos. En la calle tomó un taxi y se dirigió hacia Beauchamp Manor. Dejando la línea bloqueada demoraría una posible llamada a la policía si en realidad le había sucedido algo a Barraclough. Cuando el taxi dobló en Chatman Drive se dio cuenta de que había llegado demasiado tarde: un grupo de gente se había reunido junto al portón de la mansión y tuvo que abrirse paso y convencer a la enfermera de guardia que lo dejara entrar.
Morgan, otro hombre y una mujer estaban junto al cuerpo de Barraclough que yacía cubierto con una sábana, en el sendero de grava que rodeaba la casa. Morgan presentó a Maclean al doctor Lockwood y la doctora Meyerheim.
—No pudimos detenerlo —murmuró—. Se tiró de esa torre. —Morgan señaló la ventanita en la estructura puntiaguda en la esquina del edificio. Maclean se inclinó y retiró la sábana. El cráneo de Barraclough se había destrozado con el impacto. Automáticamente, le limpió la cara. ¡Pobre Barraclough, tenía el loco deseo de volar y lo había hecho por primera y última vez!
—¿Dónde está el doctor Sutherland? —le preguntó al enfermero.
—Salió hace unas dos horas con el doctor Riedler a visitar a la familia de un paciente en Brentford. Estará de vuelta en cualquier momento.
—¿Llamaron a la policía?
—El teléfono está bloqueado, así que mandé a Partridge, una de las enfermeras, a llamar de la cabina.
—¿Vio alguien a Barraclough antes de que saltara?
—Yo. Estaba en el segundo piso cuando subió corriendo y gritando con toda la voz como si lo persiguiera una jauría de perros. No es inusual, porque casi todos los pacientes le tienen miedo a algo. Pero cuando subió las escaleras hacia el altillo en cuatro patas me puse nervioso y salí detrás de él. Cuando llegué ya estaba en la torre y había abierto la ventana de la buhardilla. Lo agarré de la chaqueta pero se zafó y saltó.
—¿Gritó al saltar?
Morgan hizo una pausa, pensó un momento.
—Ahora que me doy cuenta, ni un gemido.
Un ruido de vidrios rotos en una de las ventanas de la planta baja los interrumpió. Varios muchachos se habían trepado a la pared y arrojaban una lluvia de piedras contra el edificio. En el portón, la multitud había crecido y se empezó a oír un canto: «¡Afuera con los locos! ¡Afuera con los locos!».
Maclean se volvió a Morgan.
—Consiga una camilla y lleve el cuerpo adentro —ordenó.
—Pero la policía…
—Les diremos la verdad, que si lo hubiéramos dejado donde cayó habríamos provocado un tumulto.
Cuando llegó la camilla, ayudó a Morgan a llevar al cuerpo a la capilla y ponerlo sobre la mesa del altar. Entonces salió a marcar el lugar sobre el sendero. Al volver, vio a la doctora Meyerheim arrodillada en la capilla, orando. ¿Cuál había sido el comentario de Barraclough sobre sus anteojos falsos? Sintió que encajaba a la perfección también con la escena que estaba montando.
La remera y los jeans desteñidos tenían demasiado buen corte, el cabello rubio estaba demasiado prolijo en el rodete que se había hecho en la nuca: nada hacía juego con la atmósfera de avanzada de Beauchamp Manor.
Sus labios dejaron de moverse y ella se puso de pie, fijando en Maclean los ojos avellana.
—Alfred era uno de mis mejores amigos —murmuró.
—Ya no lo es.
—Pobre muchacho —suspiró—. Ya había tratado de matarse antes, ¿sabe?
—Lo sé, y usted también. ¿No le hablaron de suicidios fallidos en el lugar donde estudió?
Sus grandes ojos se abrieron aún más y frunció el labio superior.
—Por supuesto que sí —dijo—. Soy una Phi Beta Kappa de la Universidad de Columbia, me ejercité con el doctor Hyman e hice análisis con él.
—¿Y él no le dijo que un muchacho que trata de tirarse de un edificio de cinco pisos cuando su padre está ahí para evitarlo en realidad clama por afecto y ayuda, pero que puede hacerlo una y otra vez?
—Hicimos todo lo posible por ayudar a Alfred.
—Menos agarrarlo antes de caer —gruñó Maclean, y salió.
En la puerta de la capilla se encontró con Morgan que venía a decirle que el doctor Sutherland había vuelto y quería verlo. Subió hasta la habitación que Sutherland usaba como dormitorio y escritorio.
—¿Qué haces aquí, Alec? —le preguntó sin decir agua va.
—Conocí a Barraclough hace quince días cuando tuviste tu desmayo y vine a charlar con Morgan. Me llamó por teléfono antes de saltar, así que vine en respuesta a su llamada.
Sutherland ignoró el comentario sobre Barraclough.
—Dices que viniste a charlar con Morgan.
—A averiguar qué te había pasado a ti.
—Quieres decir a averiguar qué estaba pasando en el grupo, ¿no?
—Escucha, Ewan, paso la mayor parte del tiempo oyendo las ambigüedades de mis pacientes. Vine a ayudarte y me topé con ese muchacho que ahora está muerto en la capilla. Estaba aterrorizado por algo o alguien en esta casa.
—Todas las personalidades esquizoides están aterrorizadas hasta que aprenden aquí con nuestra ayuda cómo vivir consigo mismas.
—Barraclough está muerto y no era más esquizofrénico que tú o yo.
—Qué tú, puede ser —dijo Sutherland burlón—. Di la verdad, Maclean, viniste a espiarnos.
—Los hechos hablan por mí, Ewan. No me interesaba mucho Beauchamp Manor hasta que viniste a pedir ayuda hace dos semanas. ¿Recuerdas?
—No necesito ni tu ayuda ni la de nadie —dijo Sutherland, en voz muy baja. Había tomado un cortapapeles del escritorio y pasaba el pulgar y el índice por el filo. De pronto hizo presión sobre la punta filosa hasta que brotó la sangre—. Morgan —gritó abruptamente. Cuando el enfermero apareció en la puerta, bramó—: Acompañe al doctor Alec Gregor Maclean hasta la puerta o échalo. De inmediato.
Maclean miró el cuerpo fornido de Morgan y su rostro inmóvil; cuando el enfermero dio un paso adelante, él levantó la mano.
—Morgan tampoco servirá, ¿no?
—Me oyó, Morgan —tronó Sutherland con voz aguda.
—Claro que te oyó. Pero Morgan, sabe que si salgo de aquí varias cosas se van conmigo, tú, Ewan, y todos tus doctores, enfermeras y pacientes. Y ese sería el fin de tu experimento, lo cual me parecería una lástima.
—Darías un ojo de la cara por ver eso.
Como respuesta, Maclean caminó hasta la ventana y señaló a la multitud de afuera.
—Ahí está la gente por la que deberías preocuparte —dijo—. Están gritando para echarte de este lugar y cuando llegue la policía y mire bien a Barraclough puede ser que le den la razón a ellos.
—¿Qué dice este hombre, Morgan? —dijo Sutherland.
—No sé —respondió el enfermero.
—Creo que sí, si no, no habría tratado de hacerme tragar ese cuentito del suicidio —interpuso Maclean—. Barraclough estaba hablando conmigo, muerto de miedo, cuando alguien de aquí cortó la llamada. Cuando llegué y vi el cuerpo, me di cuenta de que nunca podría haber saltado de la ventana de la torre. Alguien lo persiguió hasta allí, lo desmayó y lo arrojó.
—Estás loco —masculló Sutherland.
—Ve a mirarlo. Tiene el cráneo aplastado y ni un rasguño en las manos.
Sutherland dejó de jugar con el cortapapeles y miró a Maclean con dureza.
—Continúa —dijo.
—Se supone que Barraclough era un esquizofrénico con antecedentes de intentos de suicidio. Pero incluso si hubiera estado loco, y no lo estaba, ¿no te parece que tendría que haber tenido el último reflejo de su instinto de conservación y llevarse las manos a la cabeza y la cara para protegerlas?
—¿Y si perdió el conocimiento cuando llegó a la ventana y miró hacia abajo?
—Habría pegado en el techo y resbalado por el frente de la casa. Nadie dijo eso. Tampoco cayó donde habría caído si se hubiera tirado. En caso de que hubiera saltado, como dice Morgan, habría caído en el césped y no en el sendero. No, lo desmayaron y lo empujaron.
—Es solo una teoría, Maclean.
—Pregúntale a Morgan dónde encontró la chaqueta del muchacho.
La mirada de Morgan fue de un hombre al otro y dudó.
—Estaba en la habitación de residentes —murmuró.
—Donde Barraclough hablaba por teléfono cuando alguien cortó la llamada y luego lo atacó. Entonces, se zafa de la chaqueta y sale disparando hacia la torre donde fue alcanzado y asesinado. —Se volvió hacia Morgan—. Cuando le puso la chaqueta ¿no se dio cuenta de que la sangre de la chaqueta y la de la camisa no coincidirían? ¿A quién quiso encubrir?
—No lo sé —susurró Morgan—. No quería problemas con la policía.
—Su versión no habría engañado a un policía, menos aún al Departamento de Investigación Criminal o a Jake Gould, el cirujano policial.
—Está a sueldo de los laboratorios —bramó Sutherland.
—Razón de más para que observara el cadáver con cuidado.
—¿Pero quién podría tener motivos para asesinar a Barraclough?
—¿Tienen algún motivo los esquizofrénicos? —replicó Maclean—. ¿O los psicópatas?
—Ya te dije que no hay ningún psicópata en esta comunidad.
—¿Cuándo me lo dijiste, Ewan?
—No importa —gritó Sutherland—. Cada uno de estos pacientes fue seleccionado por mí personalmente.
Todos quedaron en silencio al oír la sirena de la policía acercándose desde Notting Hill.
—Si sospechan algo y comienzan a investigar a tus pacientes, te vas a llevar una sorpresa con tu psicópata —dijo Maclean.
—Pero eso terminaría con Beauchamp Manor —gimió Sutherland—. Sería el fin del experimento. —Tomando el cortapapeles, lo clavó en el escritorio—. No se los permitiré… es demasiado vital para mí completar mi investigación.
Morgan dio un paso adelante, sacó el cortapapeles y se quedó con él en la mano.
—Doctor, ¿no le parece que sería mejor escuchar al doctor Maclean?
Sutherland levantó la cabeza y miró suplicante a Maclean.
—Sí. ¿Qué hacemos, Alec? —susurró, volviendo a usar el primer nombre de Maclean.
Maclean se dirigió a Morgan.
—Vaya y sáquele la chaqueta al muchacho. Póngasela sobre la cara. La dejó caer cuando le vino el ataque y empezó a correr. Dígale a esa doctora, Meyerheim, que nos dé copias de sus informes enfatizando sus anteriores intentos de suicidio. Ponga la llave de la puerta de la torre en el bolsillo del muchacho para probar que había un plan y así evitar que la policía pregunte por qué diablos no estaba cerrada con llave. Si tienen más preguntas, mándelos aquí.
Cuando Morgan hubo salido, Sutherland se puso de pie, dio vuelta al escritorio y tendió la mano.
—Alec, no sé cómo agradecerte o disculparme por mi comportamiento de ahora y hace dos semanas.
—No es nada, Ewan. Estás mal, es todo.
Sutherland agarró a Maclean por los hombros.
—Si pudiera tener aunque más no fuera seis meses más aquí… para terminar lo que empecé. Es todo lo que quiero.
—Si te deja.
—¿Quién?
—El que mató a Barraclough. Tú sabes cómo son los psicópatas. Si atacan una vez y se salen con la suya, lo harán una y otra vez. Y la próxima quizás no puedas ocultar la verdad.
—Suponiendo que haya un psicópata, ¿qué podemos hacer?
—¿Puedo sugerir algo? —Sutherland asintió con la cabeza y Maclean continuó—. Tienes un cuarto libre aquí, el de Barraclough. Déjame ocuparlo por una o dos semanas, y quizás pueda descubrir al asesino y manejarlo. Puedes decir que estoy de visita, interesado en el experimento.
—Pero no puedo permitir que abandones a tus pacientes por mí.
—Mis pacientes invariablemente parecen sentirse mejor cuando estoy de vacaciones. De todas maneras, es una deuda que tengo con Barraclough por haber dudado de su palabra. ¿Qué dices?
—Está bien. Le diré a Morgan que te prepare el cuarto y les comunique la noticia a los residentes y los pacientes.
Maclean se quedó en la habitación mientras la policía tomó declaraciones de Morgan, Meyerheim y Sutherland. Les dio una versión cuidadosamente corregida de su encuentro con Barraclough y la confusa llamada telefónica justo antes de la muerte del muchacho. A juzgar por la forma en que intercambiaban miradas y se encogían de hombros no cabían dudas de que consideraban el caso como otro esquizofrénico menos y una formalidad para el cirujano policial, el patólogo y el fiscal policial. Cuando la ambulancia de la policía se fue con el cadáver de Barraclough hacia la morgue de Hammersmith, Maclean observó la habitación que le habían dado y luego salió a telefonear a Deirdre.
Deirdre en seguida lo amenazó con volver con sus parientes en Irlanda, pero lo había hecho muchas veces antes hasta que él le recordó con toda delicadeza que sus parientes eran un tío borracho que tenía un bar ilícito y vendía whisky ilícito a porqueros en los pantanos de Connemara, y una tía convertida en fanática religiosa que cantaba himnos toda la semana acompañada por un armonio. Siguió protestando que no les alcanzaba la plata para cambiar los Country Life y Punch en la sala de espera y que los pacientes se iban en manadas. Cuando la apaciguó y la convenció de que le trajera una muda de ropa y sus artículos de tocador, ella le echó un vistazo a la celda que ocupaba y opinó que él estaba tan loco como los otros internos. Maclean casi estuvo de acuerdo con ella. Solo en el cuarto, se preguntó cómo se las había arreglado para aceptar esta extraña tarea. Sin embargo, un curioso impulso lo había motivado, quizá la sospecha que no se había atrevido a mencionar a Sutherland: que de alguna manera el suicidio de Claire Gascoyne y el asesinato de Alfred Barraclough estaban relacionados.