Ningún rostro en el espejo

Hugh McLeave · Capítulo 1 de 24

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Ningún rostro en el espejo

Uno

 

PARA ESTIRAR las piernas entre consulta y consulta, Maclean acompañó a su último paciente hasta la estación de la calle Baker. Así fue que condujo a Joe Alcott por entre los bares que se interponían en su camino; suavizó la tensión que le provocaba su promesa de no beber y se aseguró de que tomara el tren hacia su casa. Cuando volvió al consultorio de la calle Harley vio el patrullero estacionado frente a la puerta y comprendió que había algún problema. Escabullándose en la sala de espera de la planta baja le ordenó a la recepcionista que lo comunicara con su secretaria, Deirdre O’Connor.

—Contesta «sí» o «no». ¿Está la policía ahí? —susurró.

—Sí.

—Entonces ve al lado, llámame aquí abajo y dime a cuál de mis pacientes han traído y qué hizo.

Momentos después, Deirdre llamó por el conmutador.

—Nunca lo había visto y robó una máquina de afeitar y un cepillo de dientes de la sección Hombres de Selfridges —musitó tan bajo que él apenas la entendía.

—¿Dónde está ahora?

—Durmiendo en el diván.

—Está bien. Escúchame. Conecta el intercomunicador y cuando yo lo identifique pon su nombre y algún tratamiento en el libro de esta mañana. Y trata de no poner cara culpable. —Colgó sin darle tiempo a protestar. Luego llamó al gerente de la tienda, amigo suyo, que consintió en no presentar la denuncia si el paciente del doctor Maclean pagaba los artículos robados. Luego de dejar pasar diez minutos subió al consultorio, y se hizo el sorprendido cuando los dos hombres se presentaron como el inspector Savage y el sargento Watts.

—¿En qué puedo servirlos, caballeros? —preguntó.

—Usted es el doctor Alec Gregor Maclean, ¿no es así? —preguntó el inspector Savage. Ante el gesto de Maclean, sacó del bolsillo una tarjeta de visita con el nombre de Maclean y su domicilio profesional—. Esta es toda la identificación que tenía el hombre cuando lo agarramos. Pensamos que tenía que ver con usted, así que vinimos aquí antes de ir a la comisaría.

—Me alegra que lo hayan hecho —dijo Maclean—. Les doy tarjetas a todos mis pacientes, por si se pierden… mentalmente, me refiero.

—Este sabía lo que hacía —terció el sargento Watts.

—Vamos a verlo —dijo Maclean, abriendo las puertas dobles entre la sala de espera y el consultorio y dejando pasar a los dos policías. Aunque hacía años que no lo veía, reconoció a Ewan de inmediato. Estaba acostado en el diván, dormido. Maclean notó que movía los labios y se le contraían las manos—. Es mi paciente, el doctor Ewan Sutherland —manifestó, en voz alta para que Deirdre lo escuchara si no había olvidado conectar el intercomunicador.

—¿Y es paciente suyo? —balbuceó el inspector Savage, como si no lo creyera.

—Es más —dijo Maclean asintiendo—, lo atendí esta mañana —mintió —. Hace unas dos horas que le pedí que me hiciera una diligencia y me estaba preguntando por qué se demoraba tanto.

—¿Qué le pidió? —preguntó el Inspector.

—Nada importante… Pero me pareció que sería una prueba de su compostura mental. Necesitaba una maquinita de afeitar, un cepillo de dientes y pasta, así que le pedí que fuera a comprármelos a la farmacia de la esquina. —Sorprendió a los dos policías intercambiando miradas, y luego el inspector sacó del bolsillo una máquina de afeitar y un cepillo de dientes. Maclean observó los objetos—. Eso mismo, justo lo que necesitaba —dijo.

—Pero no los pagó —gruñó el inspector Savage dirigiéndole a Maclean una mirada escéptica.

—La dexanfetamina —reflexionó Maclean.

—¿Cómo dice, doctor? —preguntó el inspector.

—Perdón… dexanfetamina. Es un estimulante poderoso y se lo administré esta mañana. Algunos pacientes se relajan y se comunican mejor con esto. Quizá se me haya ido la mano o a él se le ocurrió empinar el codo. Un trago le pudo haber hecho olvidarse de lo que estaba haciendo o dónde estaba. —Movió la palanca del intercomunicador—. Deirdre, ¿cuántos miligramos de dexanfetamina le dimos esta mañana al doctor Sutherland?… ¡Ah!, veinte. Gracias. —Se volvió a los dos policías—. Si hizo algo indebido, creo que es mi culpa, caballeros. Diría que lo impulsó la droga.

—Con droga o sin droga, robó esos artículos —insistió el sargento Watts.

—Lo admito. Pero no era responsable —dijo Maclean sonriendo—. Su abogado defensor me llamaría y yo tendría que atestiguar que sufría de alucinaciones provocadas por drogas y que su historia clínica muestra antecedentes de amnesia transitoria.

El Inspector se pellizcó el mentón con el pulgar y el índice.

—Supongo que es la tienda la que tiene que decidir si hace la denuncia o no —murmuró irritado.

—En ese caso, caballeros, ¿por qué no consultan al gerente? Si quiere demandar al doctor Sutherland, lo mantendré aquí hasta que vengan a buscarlo. Es obvio que necesita atención médica.

—¿Puedo ver su libro? —preguntó el Inspector. Vio el nombre y la receta en el libro que Deirdre trajo y sostuvo entre las manos paralizadas—. ¿Doctor en qué es?

—Psiquiatra, como yo pero, a diferencia de mí, brillante —respondió Maclean.

Savage y Watts intercambiaron una mirada muy significativa, y sus expresiones resumían su desdén por los psiquiatras. Savage masculló que seguiría la sugerencia de Maclean.

—Si están de acuerdo en no presentar cargos, ¿se lo dejamos a usted? — preguntó, y Maclean asintió.

Apenas se fueron los policías, llamó a Deirdre.

—Cancela los turnos de la tarde —dijo—. ¿David Morgan sigue siendo enfermero en Beauchamp Manor?

—¡Beauchamp Manor!… ¿Trabaja ahí? —exclamó asombrada, señalando a Sutherland.

—Él lo fundó —dijo Maclean con una sonrisa.

—No me extraña que haya terminado así —dijo ella, indicando los labios y las manos crispados.

—Mavournin [1], debes saber que Beauchamp Manor es el experimento sobre salud mental más interesante de los últimos treinta años —replicó Maclean.

—Debe de serlo, si el hombre que lo dirige se dedica a robar en las tiendas —contestó Deirdre. Maclean le hizo una mueca burlona indicándole con un ademán que podía irse de la habitación. Deirdre era una irlandesa puritana con una respuesta para todo, pero le debía demasiado y la quería demasiado para enojarse, y nunca habría podido manejar su clientela ni su hogar sin ella. De no ser por su escudriñar una y otra vez la lista de pacientes para asegurarse de que había bastantes para que pudieran pagar las deudas del consultorio, se habría arruinado atendiendo a interesantes mendigos. Al llegar a la puerta, Deirdre se volvió—: ¿Qué les digo a los pacientes?

—Vis medicatrix naturae —respondió muy serio.

—¿Qué quiere decir?

—Si van a Regent’s Park y se comunican con un árbol, les va a hacer mucho mejor que pasarse una hora hablando bobadas en el diván.

—Supongo que a los cobradores también los mando al parque —dijo desdeñosa al salir.

Maclean permaneció varios minutos observando a Sutherland: el rostro tenía un aspecto ojeroso, color cera, cubierto por una barba rojiza de dos días; la ropa estaba arrugada y estirada como si hubiera dormido vestido varias noches. Maclean tomó la máquina de afeitar, jugueteando con ella. ¿Qué deseo inconsciente implicaba? ¿Huida, o un definitivo acto desesperado? Miró el cepillo de dientes, un símbolo mucho más saludable. ¿Por qué Ewan no compró los artículos, si tenía varias libras en el bolsillo? ¿Quería que la policía lo acusara, lo procesara y lo castigara por alguna otra culpa que no podía divulgar? Sin embargo, si lo que quería era huir o expiar su culpa en una celda, ¿por qué llevaba una tarjeta, lo cual implicaba que no quería ir más allá de su consultorio?

Sonó el teléfono y oyó la voz de David Morgan.

—Su jefe está aquí —dijo e iba a explicar las circunstancias cuando oyó el clic y el zumbido de una línea muerta. Adivinando lo sucedido, no volvió a llamar; esperó. Diez minutos después, Morgan se comunicó.

—Perdóneme, doctor Mac, pero no podía recibir la llamada en la sala de residentes —dijo—. Me decía que el doctor Sutherland está con usted.

—Sí… tuvo un desvanecimiento. ¿Sabe cuándo salió de ahí?

—Anoche, creo.

—¿No le dijo adónde iba?

—No.

—¿De dónde me habla ahora?

—Desde The Taverners, a unos doscientos metros de la residencia.

—Tómese otra cerveza y estaré con usted en veinte minutos —dijo Maclean. Cuando iba a colgar, preguntó—: Otra cosa. ¿Estaba tomando alguna droga el doctor Sutherland, quiero decir por prescripción médica, claro?

—¡Drogas! Usted lo conoce tan bien como yo. No pondría ni yodo en un dedo lastimado.

Sutherland seguía durmiendo. Maclean llenó una jeringa, le arremangó la manga de la chaqueta, encontró la vena y le inyectó veinte miligramos de barbiturato. Llamó a Deirdre y le pidió que le consiguiera un taxi. Al levantar el cuerpo relajado para llevarlo abajo, su fragilidad y liviandad lo sorprendieron. En un tiempo Ewan jugaba de delantero para el London Scottish y era capaz de atravesar una pared de ladrillo con una pelota de rugby. Al llegar al departamento en Bayswater donde Deirdre y él vivían llevó al psiquiatra a su propio dormitorio. Lo estaban desvistiendo y acostándolo cuando los dos lo oyeron murmurar y luego pronunciar una palabra con gran claridad varias veces: «Claire… Claire… Claire». Por un momento se quedó en silencio pero luego comenzó a hablar otra vez en frases cortadas: «¿Por qué te llevaron… en ese viaje… al pasado… muy lejos… muy lejos… más allá del límite… por qué te lo dije… por qué te lo dije… pobrecita Claire…?».

—¿Qué dice? —preguntó Deirdre.

—Le di una dosis fuerte de barbiturato y parece que le ha tocado algún nudo en el cerebro —susurró Maclean—. Deben de ser tonterías. —Pero conocía a Sutherland demasiado bien y no podía negar sus propias afirmaciones, no podía ignorar que su pérdida de la memoria, la tarjeta en el bolsillo y estas frases incoherentes tenían relación con algo importante. En el idioma de Sutherland, un viaje se refería a la experiencia psiquiátrica de regresar al punto inicial de la enfermedad de la mente de modo que los pacientes comenzaran de nuevo y se curaran a sí mismos. ¿Quién era Claire y cómo había ido más allá del límite de donde ningún paciente volvía? Maclean estaba intrigado. También quería saber por qué Sutherland había dejado a un lado su orgullo de escocés, aunque fuera subconscientemente, para acercarse a él en busca de ayuda.