Ningún rostro en el espejo

Hugh McLeave · Capítulo 2 de 24

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Ningún rostro en el espejo

Dos

 

MIENTRAS EL taxi se abría paso entre el tránsito de Notting Hill y luego atravesaba las calles secundarias que llevaban a White City, caviló sobre Ewan Sutherland. No les había mentido a los policías al hablarles de lo brillante que era su amigo. Como alumno de Maclean en Edimburgo y más tarde formando parte del personal a su cargo en el departamento de psiquiatría en el East End Hospital, Sutherland comenzó temprano a cuestionarse cada principio del tratamiento mental moderno. De este riguroso cuestionamiento nació su revaluación del enfoque psiquiátrico de la esquizofrenia, la enfermedad que llenaba la mayoría de los hospitales psiquiátricos del país con los así llamados pacientes con mentes disociadas. Sutherland no tuvo reparos en afirmar que tal enfermedad solo existía como un rótulo que le colgaban los médicos a cierta categoría de pacientes. Maclean recordó cómo sus colegas primero se burlaron y luego denostaron el concepto de Sutherland de que los esquizofrénicos eran raros porque reaccionaban a la anormalidad en el pequeño círculo de sus familias o en el círculo mayor constituido por la demencia de la sociedad moderna. Sutherland sostenía que sus mentes se habían dividido entre lo que sus familias y la sociedad querían que hicieran y lo que sus yo internos deseaban; por fin, renunciaban a la lucha y se retiraban a su propio mundo para comportarse a su modo, ese modo que los de afuera llamaban locura. Maclean no pudo estar de acuerdo con su protegido cuando este declaró que los esquizofrénicos eran los poetas y profetas de su generación, asfixiados en su juventud por represiones y tabúes sociales. Pero Sutherland ignoró todas las dudas y compiló una brillante serie de historias clínicas familiares que lograron convencer a sus colegas menos fanáticos de que quizá los esquizofrénicos no actuaran con una anormalidad mayor que sus familias o la sociedad que los habían rechazado. Argumentó que encerrar a estas personas aumentaba la tortura que ya se les había infligido e imposibilitaba tratarlos como se debía. Abogaba por un centro comunitario, sin semejanza alguna con los hospitales, donde los esquizofrénicos pudieran reafirmar lo que quedaba de sus personalidades, donde pudieran comportarse como desearan sin tener que someterse a terapia de drogas, insulina o electroshock. Con el apoyo de Maclean y otros pudo por fin encontrar un edificio, Beauchamp Manor, y fondos provenientes del Servicio Nacional de Salud y de una institución de beneficencia que pagaban el alquiler y los gastos de mantenimiento.

El taxi lo dejó en The Taverners, un bar de tercera categoría en la esquina de una calle lateral cerca de Wormwood Scrubs. En un rincón del bar estaba sentado Morgan fumando un cigarrillo y bebiendo cerveza. Era corpulento, rubio y de cara cuadrada. Había trabajado como enfermero de psiquiatría bajo las órdenes de Maclean hasta que Sutherland comenzó su experimento hacía poco más de tres años. Morgan jugaba en el London Welsh y él y Ewan se conocieron en un cabezazo en pleno partido de rugby. En ese entonces se inició una amistad que culminó con el endiosamiento de Sutherland por parte de Morgan. Maclean pidió dos cervezas y notó que el enfermero levantaba las cejas al verlo beber un sorbo de la suya.

—No hay problema —dijo—. De vez en cuando tomo algo para convencerme de que estoy curado… aunque trato de que mi secretaria no esté cerca.

Morgan sonrió. Sabía, como todo el mundo en el círculo de la psiquiatría, que Maclean era un alcohólico reformado, pero de los que pueden bromear sobre el tema e incluso, al parecer, podía empinar el codo de vez en cuando. También sabía que Deirdre O’Connor lo había cuidado durante todo el tratamiento.

—¿Dónde está el doctor Sutherland?

—Al cuidado de Deirdre y hasta el momento con sedantes —dijo Maclean, apretándose los ojos con los dedos—. Me pareció conveniente darle tiempo para que descansara de la pesadilla por la que atraviesa.

Morgan se encogió de hombros, sacudió la cabeza y señaló hacia atrás en dirección a Beauchamp Manor.

—Esa es su pesadilla —gruñó—. A veces tengo ganas de tomármelas antes de perder un tornillo.

—¿Es para tanto?

—Imagínese vivir en un manicomio dirigido por los locos.

—No puede ser mucho peor que los manicomios donde se supone que son los médicos los que dirigen.

—Créame —dijo Morgan, luego reflexionó un momento—. O mejor no me crea. Venga y véalo usted mismo. —Terminó la cerveza de un trago, se puso de pie y salió con Maclean hasta la calle. En el camino atravesaron doscientos metros de sucias casas alineadas hasta un semicírculo de casas pobres llamado Chatham Drive. En el centro se erigía Beauchamp Manor. Maclean estuvo en este lugar solo una vez antes, al comienzo del experimento. Sutherland podía resultar muy quisquilloso en lo concerniente a su trabajo, incluso con un amigo y exjefe, por lo tanto, Maclean no había querido inmiscuirse.

La connotación de mansión feudal se quedaba en el nombre: el edificio era una extraña mezcla de estilo sajón y gótico Victoriano. De las alas laterales y las esquinas surgían afiladas torres y las ventanas ojivales con cornisas dejaban ver que el filantrópico Mr. Beauchamp había derrochado en la arquitectura buena parte de la fortuna ganada en las minas de cobre de Rhodesia y Sudáfrica. Ahora, estaba muy abandonada y las casas pegadas una al lado de la otra la habían rodeado poco a poco hasta que solo quedaron dos acres de jardín cerrado donde antes estuvo el sendero de tilos. A casi todas las ventanas de la planta baja les faltaba algún vidrio.

—La gente de la zona —refunfuñó Morgan—. No les gusta vivir al lado de un manicomio donde los pacientes tienen piedra libre para recorrer las calles y entonces se la agarran con las ventanas. —Se volvió hacia Maclean y sonrió—. ¿Qué culpa tienen? Piensan que todos estamos tocados, incluso las enfermeras y nosotros.

—¿Así que no creen que los psiquiatras sean normales?

Morgan volvió a sonreír. Al entrar al edificio, Maclean no pudo evitar estremecerse y pensó si cabía atribuírselo a la fresca tardecita de abril, al interior austero y sombrío o al olor a cordero quemado y sopa de repollo que apestaba el lugar. En el comedor un muchacho y una chica tendían dos largas mesas.

—Pacientes —murmuró Morgan—. Tienen que aprender a ocuparse de sí mismos y hacer un poquito de todo. —Un crash puntualizó la afirmación pues en ese momento un plato se hizo añicos sobre el piso de baldosa. Luego la muchacha tiró otros dos, de yapa.

—Los gastos por cosas rotas deben de ser muy importantes.

—Ni comparación con antes, cuando recién empezamos. Destrozaban todo: rompían la vajilla, rasgaban el tapizado de las sillas y cortaban los colchones, estropeaban los muebles… Yo me preguntaba cuándo dejarían de actuar como…

—¿… casos mentales? —interpuso Maclean.

Morgan rio.

—De todas formas, los dejamos que se la agarraran con la casa y con ellos mismos por unos quince días. Entonces el doctor Sutherland les dijo que o vivían en la misma mierda que hacían o limpiaban y se organizaban. Si no lo hacían, cerraría la residencia y los devolvería a sus casas o a un manicomio del estado. Entendieron, se pusieron a trabajar y comenzaron a interesarse en la residencia. Los recién venidos tienen unos días para hacerse los locos y después los otros pacientes les dicen cómo son las cosas. A los que no aprenden nada los echamos.

—¿Y no han tenido problemas?

Morgan dudó unos segundos.

—No mucho —dijo—. Lo de siempre con los esquizofrénicos. Un día hacen un escándalo tremendo y se salen de las casillas y de repente se encierran en sí mismos y se aíslan del mundo.

Maclean señaló otra vez las ventanas rotas.

—¿Y qué les molesta a los vecinos? ¿El ruido?

—Les gustaría que cerráramos el portón, le pusiéramos barrotes a las puertas y ventanas y encerráramos a todo el mundo aquí dentro. Pero el doctor Sutherland se niega a poner candados, mucho menos barrotes. —Hizo una seña con la cabeza hacia el muchacho que ponía las mesas—. Él, por ejemplo, se escapa a la hora de cierre de los bares, hace una recorrida y se toma lo que queda en los vasos. No sé cómo hace pero siempre se entera de los entierros en el cementerio de Kensal Oreen y se une a los deudos para orar en voz más alta que ellos. Desde acá se oyen los «Amén». Es difícil convencer a la gente de que es inofensivo.

En el salón de juegos dos hombres jugaban a las cartas anotando con fósforos, observados por media docena de hombres y mujeres jóvenes. En otra mesa, dos hombres se inclinaban sobre un tablero de ajedrez sobre el cual solo jugaban las piezas blancas.

—Jugando así, las negras no pueden perder nunca —dijo Maclean sonriendo.

—No, y aunque le parezca mentira, el que juega con las negras puede hacer todos los movimientos sin las piezas. Es un viejo profesor de matemáticas.

Morgan explicó la disposición del edificio. En la planta baja tenían la cocina y el gran comedor que también hacía las veces de salón de reuniones de la comunidad. Junto a estos estaban el salón de juegos, el escritorio y una capillita. Arriba, había dos pisos de seis cuartos y dos baños cada uno para los pacientes. El doctor Sutherland dormía en el segundo piso. En el altillo había cuatro cuartos grandes y un baño para los residentes y las enfermeras. Morgan vivía y dormía en un cuartito junto a la capilla.

Luego del salón de juegos pasaron por la capilla donde dos hombres y dos mujeres estaban sentados, con las piernas cruzadas, en posiciones rígidas, y con los ojos fijos en algún punto invisible frente a sus narices. Morgan pasó en puntas de pie junto a ellos y condujo a Maclean arriba donde la mayoría de las puertas de las habitaciones estaban abiertas. En una había dos hombres jóvenes acostados en la cama, abrazados, dormidos.

—Uno vino como paciente y el otro es su pareja —explicó Morgan encogiéndose de hombros—. Amenazó con matarse si no admitíamos a su amigo.

—¿El doctor Sutherland sigue creyendo que pueden curarse solos, entonces?

—Él lo explica diciendo que es hacer el viaje para atrás y luego otra vez para adelante —dijo Morgan. Se dirigían a una habitación en el extremo del piso, directamente arriba de la cocina. A medida que se acercaban, oyeron un gorjeo.

—Ese es Burton —explicó el enfermero, señalando la cama. Había un hombre barbudo de unos treinta años, chupando una mamadera. Al lado tenía un sonajero y varios juguetes. El cuarto todo estaba pintado de negro, incluyendo los pocos muebles y la escupidera debajo de la cama. Maclean arrugó la nariz por el olor a excrementos, que cubrían las paredes y el piso. Se le revolvió el estómago.

—Es nuestro residente más antiguo —susurró Morgan—. Vino hace veintiocho meses. Alguien lo encontró en la calle, desnudo y hablando incoherencias. No soportaba la luz, entonces pintó las paredes, el piso y el techo de negro. Es una larga historia, pero en resumidas cuentas la familia lo presionó tanto que lo enloqueció y él respondió con esta regresión. El doctor Sutherland dice que es su modo de volver al vientre materno, de cancelar el pasado y empezar de nuevo.

Mirando a Burton, Maclean se preguntó si le iría mejor en este segundo intento.

—Supongo que es un punto de vista válido —le comentó a Morgan. Conocía la teoría de Sutherland. El doctor decía que la gente rechazada por la sociedad tenía que encontrar la salvación en sí misma. De ahí la atmósfera de libertad que reinaba en Beauchamp Manor, las sesiones de meditación, la indulgencia ante la homosexualidad y la actitud permisiva con pacientes como Burton.

—Pero funciona —dijo Morgan, como adivinando sus pensamientos—. Tuvimos otro paciente como Burton, una mujer que estuvo acostada como un bebé durante cinco meses pero logró dejar atrás su pasado y comenzar de nuevo. Ahora está tan cuerda como usted o yo.

—No seamos vanidosos —dijo Maclean con una sonrisa.

—Yo tengo mi propia teoría —susurró Morgan como si fuera una confidencia—. Cuando los pacientes llegan aquí y ven los locos que son los otros cuando se los deja hacer lo que quieren, es como ver una caricatura de sí mismos en el espejo de un parque de diversiones.

—Y se impresionan tanto que tratan de acomodar sus vidas y así es que recuperan la cordura, ¿no?

—Algo así —dijo Morgan. Subieron al tercer piso, idéntico al segundo. Pero aquí había una puerta cerrada y Maclean se volvió para mirar con curiosidad a Morgan cuando fue a abrirla y no pudo.

—¿No me había dicho que no había puertas cerradas?

—Es para que no pongamos a nadie ahí por el momento —murmuró Morgan.

—Supongo que ni viruela ni sarna.

Pero Morgan no sonrió.

—No… alguien se suicidó con gas en esa habitación hace quince días.

—Y bueno, es un riesgo permanente con los esquizofrénicos.

—Esta mujer no era esquizofrénica.

—¡Uh! ¿Una de las enfermeras?

Morgan hurgó en el bolsillo, sacó tabaco y papel, armó un cigarrillo y lo encendió. Se llenó los pulmones varias veces con el humo como si considerara qué responder.

—Una linda muchacha. No tenía mucho que ver con este lugar. Supongo que la residencia la deprimió.

—Siempre sostuve que la esquizofrenia era contagiosa.

Morgan le dirigió una mirada dura.

—No haga chistes, doctor Mac —le dijo.

—No es un chiste. La infección no tiene que venir en paquetes de bacterias o virus que podamos ver en el microscopio —respondió—. ¿Tiene la llave? —Morgan abrió la puerta y entraron. Una cama, un colchón, una mesa, dos sillas y una alfombra. Nada que pudiera darle algún indicio sobre la muchacha que se había suicidado aquí. Fue hacia la ventana para abrirla y llenarse los pulmones de aire fresco y hacer salir la atmósfera fétida de la habitación. Al abrirla observó masilla blanca alrededor de uno de los vidrios, que resaltaba contra la pintura negra, color chocolate. Una ventana rota reparada hacía poco. Notó que el hogar a gas no tenía medidor con ranura para poner las monedas: estaría entonces conectado a la instalación general de la casa.

—Debe de haber sido muy impresionante para el que la encontró — musitó.

—Fui yo —dijo Morgan—. Tuve que romper la puerta.

—Espero que no fuera una de las enfermeras que trabajaron con nosotros en el East End Hospital —dijo Maclean como al pasar; no quería despertar las sospechas de Morgan.

—No, no creo que la conociera. Vino del Maudsley donde hizo su entrenamiento psiquiátrico hace unos meses.

—¿Cómo se llamaba?

—Gascoyne.

Maclean no insistió con el tema. Al salir de la habitación, vio a un muchacho de unos veinte años parado en el corredor, mirándolos a los dos, mejor dicho, más allá de ellos. Por un momento Maclean creyó que los abordaría; sacudió la cabeza y los brazos y pareció a punto de hablar. Maclean reconoció en él al muchacho que había puesto la mesa en el comedor. Luego Morgan lo tomó de la mano con suavidad y lo llevó a un cuarto dos puertas más allá. Al continuar su recorrida, se enfrentaron a otra puerta cerrada. Esta se abrió sin llave y al empujarla el crescendo del Bolero de Ravel los aturdió. Salía de un tocadiscos que estaba sobre el piso y hubiera sonado más fuerte de no ser por la puerta y las ventanas acolchadas. En un sillón había una muchacha sentada, con la cara cubierta por cabello largo y descuidado, desnuda. Ni se movió al verlos, pero encendió un cigarrillo con la colilla del que estaba fumando y luego la agregó a un cenicero repleto que tenía al lado.

—Quizás si bajara un poco podría oírse a sí misma —comentó Maclean al cerrar la puerta.

—Lo pone todo el día y toda la noche y siempre el mismo disco —dijo Morgan—. No creo que lo oiga, pero pensamos que trata de sentir la vibración del sonido para convencerse de que existe.

—Puede ser que tenga razón —asintió Maclean. Los esquizofrénicos a menudo tenían que asegurarse de que tenían rostro, cuerpo, un ser que existía en el mundo real, fuera de sus mentes confusas llenas de imágenes mentales distorsionadas. Siguió a Morgan abajo hasta el hall donde se detuvieron un momento fuera del salón de juegos—. A propósito, hay tres psiquiatras residentes aquí. ¿Dónde están?

—A uno no le dan premios por ver las diferencias entre los médicos y los pacientes —dijo Morgan sonriendo. Señaló al hombre de barba que jugaba con las piezas blancas—. Ese es el doctor Riedler, de Viena —hizo una indicación con la cabeza hacia la capilla—. ¿Recuerda al más andrajoso de los cuatro que estaban ahí adentro meditando? Bueno, es el doctor Stanley Lockwood, que está con nosotros desde que nos iniciamos hace tres años. El otro, la doctora Hilda Meyerheim, es una doctora norteamericana. Debe de estar arriba, durmiendo, porque estuvo de guardia anoche y hubo mucho movimiento.

Caminaron por el sendero hasta el portón donde Maclean estrechó la mano del enfermero y le agradeció.

—Mañana traeré a su jefe —dijo.

—A propósito, doctor Mac, no le diga que le mostré todo. Es muy particular con las visitas de otros psiquiatras.

—Ni una palabra —dijo Maclean. Al volverse para irse, se detuvo—. Esa Miss Gascoyne. ¿Cómo me dijo que era el nombre?

—No se lo dije, pero se llamaba Margaret…

—¿Y ese era el nombre que usaba aquí?

Morgan pareció dudar por un momento.

—Algunos de sus amigos íntimos la llamaban Claire —dijo al fin.

—Claire —repitió Maclean. En su mente oyó el nombre pronunciado una y otra vez por Sutherland durante su sueño inducido.