Ningún rostro en el espejo
Nueve
DEIRDRE ENTRO en el bar aferrada a un montón de papeles como una novicia vendiendo ejemplares del Catholic Herald. Maclean le pidió una tónica, que ella olió desconfiada antes de beber, dando a entender que él podría haberle agregado gin. Empezó por retarlo por haber desertado y por obligarla a mentirles a los pacientes para que volvieran cuando retomara la práctica.
—Cómo me gustaría poder decirles la verdad —dijo—. Que estás más loco que ese montón de hippies y vagos con los que pierdes el tiempo.
—¿Y qué mentiras les dices, [3] macushla?
—Qué tienes encefalitis letárgica.
—Espero que un ataque leve —dijo Maclean sonriendo—. Eres una sinvergüenza, Deirdre.
—Más que sinvergüenza, loca por hacerte caso.
—¿Conseguiste algo sobre Claire Gascoyne con la gente de la escuela de enfermería?
Le pasó un papel por debajo de la mesa.
—Tuvo varios trabajos después del Maudsley, pero casi todos fueron en Londres o cerca.
—Ajá —dijo Maclean, estudiando la lista—. Quizás esté equivocado, quizás haya tenido un accidente con el gas o se haya suicidado. ¿Y qué hay de Riedler?
Otro pedazo de papel atravesó el espacio entre las rodillas de los dos. Al leerlo, levantó las cejas. Sus distinciones en la guía médica de Austria cubrían media página en hoja tamaño oficio y constituían un impresionante curriculum vitae. Había pasado por los mejores sanatorios de Europa central.
—Averigüé en el Ministerio de Salud que pasó varios meses en el Kenrood Nursing Home, cerca de East Grinstead.
—¡Ah! Eso encaja —dijo Maclean—. Ahí trataba a Mrs. Fitzaland. —Se inclinó sobre la mesa—. ¿No hay indicios de que la chica, Gascoyne, haya trabajado allí?
Deirdre negó con la cabeza.
—Al menos no hay información oficial, pero pudo haber hecho una suplencia.
—Tendremos que averiguarlo —dijo Maclean, tomando de un trago su soda y poniéndose de pie—. Creo que tendríamos que ir a echar un vistazo en esta clínica.
Tuvo que encogerse para entrar en el asiento delantero del Fiat 500 de Deirdre, que era varios talles demasiado pequeño para su humanidad. Mientras ella se escurría entre el tránsito, él movió el espejo retrovisor y no dejó de observarlo. Cuando Deirdre cruzó una luz en amarillo, él le pidió que aminorara la marcha.
—Hay que darle tiempo para que nos alcance —dijo sonriente.
—¿A quién?
—A Morgan… ¿quién si no? —respondió—. ¿No lo viste en el mostrador del bar?
—No… ¿Y por qué nos sigue?
—Si lo supiera sabría por qué su jefe actúa de esa manera tan extraña, por qué Gascoyne dejó el gas abierto y por qué Barraclough se cayó de una ventana.
—¿Y si tratamos de perderlo de vista?
—¿En un auto como este y contigo al volante? —rio Maclean—. En realidad, me paso casi todo el tiempo dejando claves para el amigo Morgan.
—¿Por qué?
—Porque solo cuando él, Sutherland y el villano de Beauchamp Manor sepan que me estoy acercando a algo mostrarán el juego.
—Si estás en lo cierto con Gascoyne y Barraclough, es un juego peligroso —dijo ella en voz baja.
—No, no pueden usarme como blanco a menos que sí llegue a estropearles los planes.
—¿Te refieres a los planes para matar a la señora Fitzaland?
—O para obligarla a que se mate —dijo Maclean.
Les llevó dos horas y media llegar a East Grinstead y media hora más para encontrar el lugar. Morgan desapareció en una curva para esperarlos. Kenrood Nursing Home estaba detrás de un alto muro y portones cerrados. Un portero controló los documentos y llamó al director médico antes de dejarlos pasar. Avanzaron por una avenida de rododendros antes de ver la casa, una mansión victoriana de tres pisos rodeada de varias casas en un radio de unos cientos cincuenta metros. En la puerta principal los recibió otro portero que los llevó hasta la oficina del director. Un hombre maduro se levantó de su silla giratoria detrás de un escritorio Chippendale y se acercó a saludar a Maclean con la mano extendida.
—Clive Sudbrook —dijo.
—Perdone que hayamos venido así —dijo Maclean.
—De ninguna manera. Es un honor recibir la visita del doctor Gregor Maclean —dijo sonriendo—. Espero que lo que lo trae aquí no sea un paciente difícil, porque nosotros a los pacientes difíciles se los mandamos a profesionales como usted. —Les señaló dos sillones, apretó un botón y pidió café. El doctor Sudbrook la pasaba bien, pensó Maclean. Podría haberse mudado a una galería de arte o un museo de antigüedades sin sentirse fuera de lugar, tantos eran los cuadros y los muebles finos. La ventana de este primer piso daba a unos jardines ornamentales y un lago, panorama que solo empañaba el alambrado alrededor del agua y varias enfermeras de blanco que acompañaban pacientes.
—Vine a preguntarle si recuerda a una paciente llamada Patricia Fitzaland que pasó un tiempo aquí —dijo Maclean.
—Muy bien. Un caso extraño. Mezcla de síntomas hebefrénicos y catatónicos. Sufría de alucinaciones y ocasionales ataques de agresión.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
—Algo más de dos años y medio. Estaba en Pinewood… ahí —señaló una casa ubicada en una cuesta arbolada del otro lado del estanque. Una enfermera de uniforme blanco los interrumpió con una bandeja con café y galletitas. Cuando se hubo ido, Sudbrook se dirigió a Maclean.
—¿Es paciente suya ahora?
—En cierta forma. Estoy pasando una temporada con Ewan Sutherland en Beauchamp Manor y ella está allí.
—¡Ah! —dijo Sudbrook frunciendo la nariz—. No sabía que daba algún crédito a las teorías de Sutherland sobre el tratamiento espontáneo de las enfermedades mentales o su noción de que la locura es una forma de iluminación divina.
—No del todo —dijo Maclean—. En realidad, es mi sentido escéptico que me hace preguntarme qué le llevó a transferir a Mrs. Fitzaland al cuidado del doctor Sutherland.
—No tuvimos nada que ver en eso —dijo Sudbrook—. Era paciente del doctor Riedler y él fue a estudiar el proyecto del doctor Sutherland, y se la llevó con él.
—¿Estuvo de acuerdo el esposo?
Sudbrook asintió.
—Es más, sugirió el cambio porque creía que Riedler le había hecho muy bien a su esposa.
—¿Cuánto tiempo estuvo Riedler aquí?
—Tres años —Sudbrook giró en la silla y se estiró para alcanzar dos gruesos volúmenes de la biblioteca. Se los entregó a Maclean, que leyó los títulos: Die Klinische Psychopathologie der Schizophrenie y Zur Verhaltenspsychologie bei Menschen, los dos por el doctor Franz Riedler y con una dedicatoria del autor a Sudbrook—. Un psiquiatra absolutamente brillante —decía Sudbrook—. Al principio no estuvimos de acuerdo con sus ideas, en especial cuando provocaron una rebelión en Pinewood Villa, la casa que él dirigía.
—¿Una rebelión?
—Cuando abrió las puertas, les dio llave a los pacientes y les dijo que tendrían que ocuparse de sus habitaciones, no les gustó mucho la idea.
—Lo entiendo —dijo Maclean—. Los pacientes se acostumbran a la seguridad y la rutina de las instituciones y, si son ricos, al servicio del establecimiento.
—Usaban las llaves para dejar afuera al personal —dijo Sudbrook con una sonrisita—. El primer lock-out en la historia de los hospitales mentales, tengo entendido.
—Debe de haber sido un buen lío.
—Lo fue. Las enfermeras también se rebelaron. Creyeron que su trabajo se veía amenazado y se negaban a dejar los uniformes y comer con los pacientes. El doctor Riedler echó a dos y entonces comenzaron a respetar las reglas.
—Parece que logró lo que quería.
—Brillante y despiadado —dijo Sudbrook—. Pero a todos nos dio pena cuando el doctor Sutherland le escribió para invitarlo a trabajar en Beauchamp Manor.
—¿Sutherland le pidió que fuera? —dijo Maclean, mirando a Deirdre.
—Quería ver cómo funcionarían sus teorías llevadas al límite y solo podía hacerlo allí.
Maclean pensó por un segundo.
—¿Puede decirme algo sobre Mrs. Fitzaland? Tengo entendido que fue recluida por la Ley de Salud Mental. ¿Quién firmó la orden?
Sudbrook buscó el expediente y lo hojeó buscando la información.
—Vivía cerca de Rye y la firmó el médico de la familia.
—Pero ¿quién era el psiquiatra?
—Uno de sus colegas de la calle Harley, el doctor Sydner Mangarn.
—¿Y este fue su primer ataque como enferma mental? —Sudbrook asintió y Maclean hizo una pausa antes de hacer la siguiente pregunta—. ¿Alguna vez intentó suicidarse?
Sudbrook consultó el expediente, levantó los ojos y observó a Maclean antes de hablar.
—Antes de responder a su pregunta, me gustaría saber adónde quiere llegar, doctor Maclean.
—Estoy tratando de averiguar cuál es el riesgo que corre en un hospital donde no tiene la misma supervisión que tenía aquí.
—Bastante grande —dijo el director médico—. Lo intentó dos veces. La primera vez se cortó las venas y la segunda se trepó al techo de la casa y amenazó con tirarse.
—Me gustaría ver la casa —dijo Maclean. Sudbrook hizo una inclinación de cabeza y los acompañó, a través de la puerta de atrás y los jardines, hasta una plantación de pinos donde se hallaba la casa. Era de dos pisos, con ocho habitaciones para los pacientes y cuatro para las enfermeras, todas agrupadas alrededor de un gran salón común, cocina y comedor a nivel del jardín. Algunos cuadros adornaban las paredes y Maclean los observó. Eran casi todos paisajes, trazados con espátula en colores lacónicos y líneas crudas. Sin embargo, la perspectiva profunda y los tonos complementarios les daban vitalidad. Le llamó la atención un bosquejo sobre un grupo de psicodrama. Aunque el artista se había limitado a sugerir las figuras y los rostros de los sujetos, apenas vislumbrados en segundo plano, había insuflado tanta fuerza y sutileza en el color que Maclean silbó de admiración—. Es impresionante — comentó.
—Hay otros dos en mi cuarto —dijo Sudbrook—. Los hizo un enfermero.
—¿Ah, sí? Pensé en un paciente —murmuró Maclean—. Tiene la franqueza y la honestidad de expresión de un enfermo mental. —Señaló el grupo de psicodrama—. Este tipo de arte a menudo nos dice más sobre la mente que años de análisis.
Mientras recorría el lugar Maclean trató de imaginarse a Patricia Fitzaland tres años allí como paciente. Todas las habitaciones eran iguales, pequeñas celditas de lujo amobladas con una mesa, sillas, un ropero y cama de madera, todo pintado en tonos pastel: azules, verdes, naranjas y amarillos. Todo brillaba de limpieza y Maclean lo comparó con el caos y la mugre de Beauchamp Manor. Se encontraron con dos médicos, con los uniformes blancos al viento y los estetoscopios al cuello como la Orden al Mérito. Las enfermeras también usaban uniforme y gorra blancos. Riedler podría no haber estado nunca aquí ni haber tenido éxito en disolver el sistema de castas de este lugar, pues poco quedaba de su experimento. Maclean reflexionó con tristeza que todos los hospitales necesitaban la jerarquía de médicos, enfermeras, enfermeros, cocineros y limpiadores. La mayoría de los hospitales funcionarían mejor sin molestarse en tener pacientes. Es más, conocía a tantos médicos y enfermeras que sentían que los pacientes no hacían más que arruinar sus espléndidas rutinas y los planes perfectos. De cualquier modo, en Pinewood Villa todo había vuelto a su lugar, incluyendo los horarios para despertarse, apagar las luces, comidas y recreación. Hasta los pacientes que deambulaban por los corredores o se sentaban en la sala común asumían expresiones vacías o agitadas; habían vuelto a lo que probablemente querían ser: esquizofrénicos.
Maclean le agradeció a Sudbrook su ayuda. Mientras volvían al auto, se volvió y dijo:
—A propósito, ¿tenían aquí una enfermera llamada Claire Gascoyne? En los dos últimos años.
—¿Gascoyne? ¿Gascoyne? —Sudbrook repitió el nombre más veces en voz baja y terminó sacudiendo la cabeza—. Recuerdo a todas las enfermeras de los últimos diez años, pero no hubo ninguna de ese nombre.
Cuando pasaban el portón, Deirdre se volvió.
—¿Qué te pareció? —preguntó.
—Mi hermosa teoría hecha añicos —se quejó Maclean—. Hubiera jurado que Claire Gascoyne conoció a Riedler aquí y por eso es que murió poco después de llegar a Beauchamp Manor.
—Todos hablan muy bien de Riedler.
—Hay algo más importante: él no pidió venir a Beauchamp Manor. Sutherland lo invitó.
—¿En qué situación queda Sutherland, entonces?
—No quiero pensarlo —dijo Maclean, mirando por el espejo. El viejo Morris de Morgan había retomado su lugar detrás de ellos. Hubiera dado muchas cosas por saber por qué Sutherland le había ordenado a su discípulo que los vigilara y qué pasaba por la mente de Morgan. Pero lo más probable es que tuviera que averiguarlo por las malas.