Novikov
Sinopsis
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Cristina llevaba trabajando dos años en la empresa del hermano de su amigo Mijaíl. Su vida era como la de cualquier otra mujer de veintiún años...
Tenía un empleo estable; aunque aborreciera al engreído de ojos grises que tenía por jefe. Ni más, ni menos que el propio dueño.
Tenía dos amigas a cual de ellas más descerebrada; aunque no las cambiaría por nada del mundo.
Tenía un confidente, único y leal; para ella Mijaíl era especial y lo amaba como si fuera su hermano.
Tenía un piso; pequeño, pero al fin y al cabo era lo que podía pagar.
Tenía lo básico. Gente que la quería, que la hacía reír y que si lloraba, también lo hacían con ella. Siempre se dijo que lo importante en la vida era rodearse de buena gente y saber escoger a los buenos amigos. En cambio, ella no estaba conforme, sentía que le faltaba el amor...
Deseaba tanto enamorarse, que encontrar un hombre que la quisiera, se había convertido en su prioridad. Por eso cuando su amiga Claudia le pasó un enlace de una página de Internet, no le vio nada raro, por el contrario, a pesar de tener muchas dudas; creyó que esa era su oportunidad de que el amor llamara a su puerta.
Tal vez, no debió a hacerlo...
Tal vez, habría sido mejor dejar sus manos quietas...
Tal vez, en ocasiones, estar sola es la mejor opción...
CAPÍTULO UNO
Miró el ordenador con muchas dudas. Los nervios se movían libres en su estómago. No estaba segura de rellenar el cuestionario, algo dentro de ella se alteraba cada vez que iba a teclear para empezar. Desvío la mirada de la pantalla y observó como caía la lluvia. ¿Era malo que quisiera un hombre en su vida?
Tenía un trabajo estable, buenas amigas y era joven para preocuparse por una banalidad, como lo era pensar en tener un novio con el que formar una familia y aun así la tristeza dirigía su vida.
Mientras veía como el agua chocaba contra el cristal, trató de entender porque todos los hombres que se ponían en su camino, se fijaban en sus amigas y pasaban de ella como si fuera una albóndiga de carne pasada que echaba tufo.
Diez minutos más tarde devolvió su atención a la pantalla. Empezó a leer el cuestionario y a medida que avanzó sus inquietudes aumentaron a la misma velocidad con la que pasaban los segundos. Se llevó las manos a la cabeza. Por unos breves minutos meditó, si merecía la pena hacer caso a su amiga Claudia.
Esa tarde le había insistido mucho para que entrara en esa página de citas.
Mucha gente recurría a esos métodos para encontrar a su alma gemela, pero ella era joven. No estaba desesperada, todavía le quedaban muchos años en los que poder encontrar el amor. Igualmente siguió observando una cláusula con la que no estaba muy conforme. ¡Un mes! ¿Cómo iba a convivir con un extraño por un mes? No objetaba nada a salir en plan cita, pero vivir con un hombre, al cual no conocía ni sabía nada sobre su vida, la hizo debatirse por un largo rato consigo misma.
Siguió leyendo y decidió que era hora de buscar el amor. Que a veces había que darle un empujón a las situaciones para lograr lo que se quería.
Se levantó antes de empezar. ¡Café! Necesitaba café para hacer frente a esa hoja que le mostraba el ordenador y se burlaba de ella, como si supiera que aunque lo rellenara, no tendría el valor para mandarlo. ¡Vaya si lo iba a hacer! Le dio un trago a su taza y se puso a ello.
«Le rogamos conteste estas preguntas para poder evaluar qué clase de hombre necesita y con el cual le aseguramos tendrá el cien por cien de compatibilidad con usted».
Se rió y pensó que esa empresa debía de ser una broma.
- Por favor, si en veintiún años no ha llamado el amor a mi puerta y van a decirme unos desconocidos que, ellos tienen a mi media naranja sin siquiera conocerme. — Dijo, mofándose.
« ¿Podría decirnos como se considera?»
- Cómo me considero... ¿En qué aspecto? Porque si hablamos de mi forma de ser... soy muy corriente. Podría decir alegre, cariñosa, simpática... Vale sí, tengo mi carácter, pero lo tengo bien guardado y controlado. Problemas como todos.
Pero si hablamos con respecto a como soy con un hombre... ¡Nula! Porque a mi edad todavía no he experimentado esa sensación a la que llaman amor. Mejor pongo lo primero, porque si pongo lo segundo, todos saldrán espantados. —
Reflexionó, mientras escribía.
«Describa exactamente cómo es físicamente y adjunte una foto».
- ¿Y para qué contestar, si me pedís una foto? ¡Menuda birria de Web! — Se dijo pero siguió escribiendo. - Pues... Soy pelirroja, rondaré el uno sesenta y cinco...
De ojos miel y... ¿Tengo que poner también lo que peso? — Le salió en un grito.
- ¿Y ahora que pongo? Si evito subirme a un peso tanto como esquivar la comida. — Se recitó como un recordatorio a aquellos años en los que tuvo que aprender a controlar su apetito.
Cerró los ojos un segundo para desechar esos años en los que tanto había sufrido a manos de una de las personas que debía haberla protegido. Volvió abrir los párpados y se centró de nuevo en su tarea; dejó el peso sin poner.
«¿Cuales son sus preferencias en el dormitorio?
- ¿¿Qué?? — Se quedó mirando la pantalla con los ojos abiertos. - No tengo. —
Se dijo, mientras lo anotó.
Para ella ésa era la contestación más fácil, porque por su mente se le había pasado poner... "cuando lo averigüe te lo diré".
«Acepta dejar que él lleve las riendas».
- ¿Pero que clase de agencia es ésta? Bueno... ¡Y no es una pregunta! — Soltó incrédula.
Luego escribió "acepto", pensando que en su caso era mejor ser guiada que dirigir.
Las siguientes preguntas del cuestionario, las escribió así como ella creía que le podía gustar según las cosas que ponía el formulario y habiéndose hecho una idea informándose por Internet. Cuando llegó a su prototipo de hombre, se centró en lo típico.... Como amable, atento, divertido, cuidadoso, trabajador…
Pero se le olvidó lo más importante; que supiera amar.
Se le hizo extraño observar el papel con todas las preguntas contestadas. No dejó de decirse que para ser una página de citas, habían olvidado todas las preguntas normales y de rigor para que dos personas se conocieran; únicamente se interesaban por el físico y los gustos con respecto a la intimidad.
Volvió a dudar antes de por fin, apretar el icono que ponía "enviar" con el ratón del ordenador y eso se debió a que no sabía que encima tenía que pagar un dineral para encontrar el amor. Después se alejó del aparato que, la había tenido tres horas sentada frente a la pantalla y se acostó.
- ¡Joder! — Murmuró por lo bajo al salir del elevador.
Había sido una suerte poder mantener el equilibrio a la velocidad que iba; su zapato se había torcido en el momento que ponía el pie fuera del ascensor. ¡Solo le faltaba eso! Suspiró de alivio, recobró la compostura y se dirigió hacia el recibidor.
Llegaba media hora tarde, su jefe se la iba a comer. Con lo exigente que era ese hombre, era muy difícil, por no decir imposible, escaparse del rapapolvo que le
iba a caer. ¡Qué bien empezaba el día!
Se sentó y encendió el ordenador. Mientras se iba encendiendo, dejó sus cosas debajo del mostrador. No creía que su jefe se hubiera dado cuenta de su pequeño retraso. Sabía que muy temprano él tenía una reunión. Contaba con eso a su favor y rezaba porque no se hubiera cancelado en el último momento. Con la suerte que ella tenía, todo podía pasar y si la había pillado, a saber que le iba a decir. Estaba claro que no podía decirle que la noche anterior recibió un mensaje de la agencia que había contactado dos semanas atrás y que tenía que estar a las ocho y media esperando porque un muchacho debía aparecer con un paquete para ella.
Dejó de darle vueltas a algo que no tenía remedio. De momento parecía que podía relajarse. Verificó que el ordenador estaba encendido y se cruzó de piernas. La debilidad hizo que girara un segundo la mirada hacia su bolso; dentro estaba el paquete... Un sobre marrón de la misma estatura que un folio. No era difícil adivinar que se trataba de algún convenio que tenía que firmar y eso que todavía no había tenido tiempo para abrirlo. Tampoco lo había tenido para dejarlo en su casa. Se había pasado desde las ocho y cuarto de la mañana parada en un costado del portal esperando el susodicho paquete. Y cuando lo tuvo entre sus manos, salió a la carrera para poder llegar cuanto antes a la empresa y que su jefe no la despidiera.
No es como que tuviera motivos para llegar a ese fin. Llevaba dos años trabajando para él. Procuraba tenerlo todo a su gusto y siempre llegar antes de su horario y salía de las últimas personas en la oficina. Incluso siendo la mejor de las secretarías, sabía que no se salvaría de la ira del señor Novikov como la hubiera descubierto.
- ¿Cristina?
¡Mierda y mierda!
Levantó la cabeza a la vez que tragaba con dificultad. Se puso de pie y ocultó lo mejor que pudo sus nervios. Dmitriy Novikov estaba parado de brazos cruzados, con una mirada de reproche, esperando que contestara la pregunta que implicaba su nombre.
- Lo siento. — Le salió en un hilo de voz.
Llevaba dos años junto a él, cumpliendo todas sus ordenes y ni el haberse acostumbrado a su actitud, ni el tiempo, habían logrado que dejara de sentirse atemorizada a su alrededor. Ella creía que todo el mundo tenía un corazón, pero con el señor Novikov, estaba a punto de rendirse; o no lo tenía o lo tenía y era puro hielo.
Arqueó una ceja impacientado. Esa jodida mañana su café solo y sin azúcar no estaba en el lugar de todos los días; su mesa. Cristina sabía que su café diario no podía faltar, se ponía de muy mal humor. No en sí por el café, más bien por la falta de haber ordenado una cosa y que sus empleados se lo saltaran a la torera.
Tenía curiosidad por averiguar cual había sido el motivo. En el tiempo que ella llevaba trabajando para él, nunca hasta hoy había cometido una falta.
"Bueno, por hoy pase", pensó. Bajó los brazos a sus costados y se acercó hasta el mostrador. Aunque había decidido dejarlo pasar, esperó su respuesta. Tenía la advertencia en la punta de la lengua y quería escuchar su excusa, antes de dejarla caer. Podía darle las gracias. La próxima vez... La pondría de patitas en la calle.
No había creado un imperio a sus veintinueve años, a causa de ser comprensivo y piadoso. Cuando su padre decidió retirarse, él fue el único que quiso meterse a dirigir aquella empresa. Todo lo que tenía lo había logrado a base de ser implacable, severo y firme. Algo que no iba a dejar de ser. Lo que decía se cumplía y si ordenaba lo quería hecho con la mayor brevedad posible.
- ¿Se puede saber por qué lo primero de mi lista diaria no ha sido cumplido? —
Dijo con dureza mirándola a los ojos.
Apartó la mirada nerviosa, sus ojos grisáceos no dejaban los suyos. Debería estar acostumbrada, él siempre que hablaba procuraba mantener contacto visual con su interlocutor; fuera hombre o mujer. Ella personalmente, no aguantaba esos ojos profundos y fríos sobre los suyos. Sentía que quería ver su alma, averiguar lo que había en su interior y eso la intimidaba. Por eso contestó sin poder mantener contacto visual con él...
- Yo... Lo siento... No volverá a pasar.
A punto estuvo de perder la paciencia. Esa pelirroja, como solía llamarla despectivamente en las conversaciones que mantenía con su hermano, sacaba lo peor de él.
No toleraba que estuviera hablando con ella y no fuera capaz de mirarle a la cara. Le molestó. Si antes ya estaba enfadado, ahora se estaba cabreando. Su actitud de niña miedosa que no es capaz de mostrar el respeto correspondiente cuando se dirigía a él, le daban ganas de cogerla por la barbilla y tenerla mirándole durante horas, para que de una vez aprendiera que no le gustaba que le hablara mientras adoraba el suelo.
- Eso espero. Porque si vuelve a suceder, puede pisar mi edificio únicamente para recoger sus pertenencias. ¿Lo ha entendido? — Se quedó muda. - Señorita Harris, ya debería saber que, si hago una pregunta quiero que sea contestada. —
Insistió descontento con ella.
- Lo he entendido. — Se arrancó las palabras de la garganta para evitar ser despedida en el acto.
- Quiero los balances y encuestas que esperan los chinos en diez minutos en mi mesa. — Dijo dándose la vuelta sin esperar su contestación.
Vio como se dirigía a su oficina y se quedó pasmada viendo la soltura con la que caminaba hacia ella. Segundos después, lo perdió de vista y dejó de contener el aire. Se apresuró a salir de su habitual zona y casi corrió al piso de abajo. Unos minutos más tarde, tocaba a la puerta de David.
- Pase.
- Siento no haber avisado, pero ya conoces a Don perfección. — Le dijo bromeando.
David era el gerente de marketing de la empresa Novikov y tenía el mejor grupo de personas para llevar a cabo su trabajo. Se había encargado de buscar a los mejores y así debía de ser, si en el último año la empresa había crecido y aumentado el número de beneficio. Ella de cuentas sabía bien poco, la verdad,
los números y ella no se llevaban bien. Ella era buena para atender llamadas, programar agendas, atender recados, cumplir ordenes, pero para lo demás su cabeza no daba. Ella para ser publicista no servía y si se presentó a aquella entrevista hace dos años, fue por el hermano del jefe y estaba segura de que lo consiguió por enchufe y por el mismo motivo lo seguía conservando.
- ¿Qué quiere ahora?
David se echó hacia atrás en su silla.
- La propuesta de los chinos.
Resopló con fuerza. Ese impaciente, el día menos pensado iba a lograr que subiera y le diera un puñetazo. No lo había hecho todavía y no porque no quisiera, al contrario, deseaba desde hace tiempo hacerle bajar el temperamento gruñón. Cada día estaba peor. Lo conocía y sabía que lo que necesitaba, no era otra cosa que un buen polvo que lo dejara sin energías.
Abrió el segundo cajón de su mesa de roble y extrajo el balance de la prueba que habían llevado a término. No había tenido mucho tiempo, pero para las pocas semanas que había durado la prueba, parecía que ese pequeño artilugio que se adhería a la muñeca, estaba causando revuelo y los hombres en las redes, no dejaban de preguntar; cuando lo podrían obtener.
David sonrió mientras dejaba en la mesa la carpeta que, enseguida cogió.
- Aprovecha, hoy estará contento. Esos chinos son unos cracks.
Le guiñó el ojo, antes de que se girara para dirigirse a la puerta.
No se demoró e hizo el camino de vuelta. No se le ocurrió en ningún momento fisgonear la carpeta, poco le importaba los artilugios raros que creaban.
Solamente quería hacer bien su trabajo y conservarlo. Por eso lo llevó pegado al pecho hasta que llegó arriba, tocó a la puerta de su jefe y esperó hasta que obtuvo un "adelante" en un gruñido. Esperaba que David tuviera razón y esa carpeta con el nuevo producto, hiciera que a su jefe se le suavizara el carácter.
Dmitriy cogió la carpeta con prisas y revisó las estadísticas. Una sonrisa se fue
abriendo paso en sus labios...
- Sí, mis queridos amigos van a estar encantados con nosotros. — Alzó la vista y la vio, se había olvidado de la pelirroja. - ¿Eres un trofeo?
- ¿Qué? — Habló contrariada.
Estaba esperando que le diera permiso para irse. Otras veces se había marchado sin su permiso y él había deleitado a sus oídos con una voz y un "¿te he dicho que puedes irte?
- Que si no lo eres, cojas y me traigas el puñetero café que aún estoy esperando, porque no tengo ganas de estar observando cuan incompetente eres.
Cerró los labios con fuerza, le costó un mundo, pero lo logró. En ese momento temía que su lengua se soltara y le dijera a ese imbécil "que lo aguantara su madre" y "metiera el trabajo por donde le cogiera".
Se mordió con fuerza el carrillo y recordó que ese hombre que seguía mirándola era su jefe. No podía permitirse perder el trabajo. Por muchas ganas que tuviera por matarlo. Salió sin siquiera darle una mirada, ese capullo la había puesto de mal humor.
Se sentó frente al ordenador y pagó su furia con el aparato tecnológico. Con movimientos rápidos y algo bruscos, empezó a mirar la agenda del idiota; tenía dos reuniones y una de ellas poca gracia le iba a hacer. Poco más tarde volvió a la oficina con el café, lo dejó frente a su jefe en la mesa de diseño y sin abrir la boca regresó a su puesto.
- Buenos días le atiende la secretaria del señor Novikov, ¿en qué puedo ayudarle?
- Soy Susana, ¿me podría comunicar con él?
- Déjeme que compruebe si está. — Contestó pensando, "sí, claro, lo hago y me quedo sin trabajo".
Hizo el paripé, dejó el auricular a un lado y por varios minutos se miró las uñas.
Ese era su verdadero cometido. No estaba bien, lo sabía, pero su trabajo consistía en no dejar que ninguna mujer se contactara con él, a no ser claro que él la hubiera avisado de la llamada que expresamente quería recibir. Al principio, sintió mucha lástima por todas esas mujeres que se pasaban todo el día llamando.
Eran tantas que no daba a basto para contarlas, al final dejó de intentarlo y se ciñó en su cometido. Era eso o que se buscara a otra que pudiera hacer una cosa tan sencilla cómo darle largas a las mujeres desesperadas que llamaban.
- Lo siento, pruebe más tarde, ahora se encuentra en una reunión. — Y cortó la llamada.
Miserable. Así se sentía cada vez que terminaba una llamada. ¿Cómo podía ese hombre tratarlas de esa manera? ¿No tenía consciencia? Era increíble que se acostara con ellas y luego pusiera a gente a cargo para deshacerse de esas pobres mujeres.
Se posicionó de nuevo frente al ordenador y anotó la programación del día siguiente. Casi siempre era igual, por mucho que el memo ese dijera que trabajaba, se pasaba la mañana encerrado en su oficina, recibía a dos o tres personas por la mañana y el tiempo restante, se lo pasaba divirtiéndose a su costa; la tenía de recadera para entretenerse.
Desvió la mirada y se topó con el bolso. Debatió por unos largos minutos con su propia cabeza y terminó tirando de él hasta ponerlo en su regazo. Sacó el sobre con prisa. Levantó la cabeza para asegurarse que no la iba a pillar con las manos en la masa y lo abrió. No tenía que preocuparse de nadie más, en esa planta, ellos dos siempre estaban solos.
No se sorprendió al ver un montón de folios juntos y ordenados. Apartó el bolso y en su lugar dejó reposar lo que parecía un contrato. Los revisó por encima; nada del otro mundo, simplemente era un contrato como que se comprometía a cumplir todo el mes sin derecho a poder romper el trato hasta pasado ese tiempo.
¡Genial! ¿Y ahora qué? Tal vez... Debía retractarse. De nuevo los nervios la atacaban. ¿Tan difícil era? Solamente tenía que coger y hacer un rayajo. Todo el mundo hacía alguna locura en su vida, nadie la culparía, ni señalaría si no salían las cosas bien. ¿Entonces por qué sentía que no debía hacerlo?
Cerró los ojos y los volvió a abrir. "Era ahora o nunca". Se infundió valor, cogió el primer bolígrafo que tenía a mano y firmó. Después se levantó de su mesa y decidió aprovechar que tenía que ir por la comida de su jefe gruñón, para acercarse a la dirección que adjuntaba el sobre y allí se lo entregó a la mujer que había en el mostrador. No pudo abrir la boca. Se sintió avergonzada y simplemente se lo dio.
- Ya está hecho. — Le confesó a su amiga regresando a la oficina.
Había creído conveniente hacerla conocedora, ya que ella había sido la que le dio el coñazo para que por una vez hiciera algo sin medir las consecuencias.
- ¡Jamás creí que lo harías! — Dijo eufórica Claudia.
- Lo he hecho... Y ahora me arrepiento. — Informó. - Como me manden un loco...
- No seas tonta. Verás como te diviertes.
- No estoy muy convencida... — Bajó la voz. - Tengo que dejarte. — Colgó apresurada.
Se acercó a pasos pausados hasta el hombre que esperaba en los sillones. Posó la mano en su espalda y este al sentirla se puso en pie y la abrazó. Correspondió su gesto y al alejarse le dedicó la sonrisa más hermosa que tenía.
Le apreciaba. Mijaíl Novikov no se parecía en nada a su hermano. Puede que en apariencia si fueran similares; tenían los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma complexión física, pero todo lo rudo y antipático que tenía Dmitriy, lo tenía de cariñoso y delicado Mijaíl. Otra diferencia enorme que existía entre ellos... Mijaíl era tan rubio que su cabello se asemejaba al oro. Dmitriy era moreno, un pelo tan negro como la misma noche. A Veces pensaba que esos detalles iban acorde con su personalidad.
Le tenía un enorme cariño. Siempre se reía con él, disfrutaba de su compañía.
Era un buen amigo. Cuando lo conoció tres años atrás, él recién empezaba a salir con la que era en día su esposa. No la conocía, pero sabía que, Mijaíl estaba
perdidamente enamorado de ella. Muchas veces se decía que, si él no hubiera estado saliendo con aquella chica, ellos hubieran sido la pareja perfecta.
Él sabía más de su vida dejada atrás que sus propias amigas. Todavía recordaba su cara cuando le contó sus problemas. Como se indignó, cuando se enteró de lo mal que lo estaba pasando, gracias a su amado padre que se había estado encargando de matar sus sueños y obligando a seguir sus ordenes, preparándola para una vida que no estaba dispuesta aceptar. Y eso que no hacía ni un mes que se conocían.
- Has llegado pronto. — Dijo desechando los recuerdos.
- Hemos quedado para comer.
- Lo sé.
- Quiso cancelarlo.
- También, lo sé. — Le dedicó una sonrisa pequeña. - ¿Con qué le has sobornado esta vez?
- Ja, ja, ja. Es un secreto. — Le dijo haciendo un gesto de silencio con el dedo.
Sonrió. Estaba segura que venía a darle por saco a su hermano. Siempre que aparecía, el carácter de Dmitriy empeoraba. Él le regaló una sonrisa abierta, no había un solo diente que no se viera. Depositó un beso en su mejilla, le arrebató la bolsa de comida tailandesa y se alejó de ella.
No se molestó en tocar a la puerta, ni siquiera esperó que Cristina le anunciara.
Si a su hermano le molestaba, le importaba bien poco, estaba seguro que lo que tenía por decir, le quitaría esa cara agria... O no.
- ¿De qué ánimos te encuentras?
- Vete a la mierda. — Espetó, viendo como tomaba asiento.
- Ya la tengo. Me han llamado hace diez minutos. Luego te traeré el convenio. —
Sonrío con picardía, extrayendo la comida de las bolsas.
- ¿Qué tienes?
No le gustaban las sorpresas y se lo hizo notar con su voz áspera. Su hermano sonrió más ampliamente y sacó un pequeño sobre que tenía guardado en el bolsillo. Estiró la mano y se hizo con él. Lo abrió con cuidado y una foto cayó en sus manos al volcarlo. Sus ojos se desencajaron. El desgraciado se la había vuelto a jugar.
CAPÍTULO DOS
- ¡Cabrón, hijo de puta!
Pegó un salto de la silla. Su corazón se disparó y temió sufrir un infarto. ¿Qué ocurría? El grito que acababa de oír, no podía ser el de un hombre. Que va, eso tenía que ser un oso o el mismo pies grandes más cabreado que nunca. Con precaución se asomó por la puerta y pudo ver muy confundida, como Mijaíl se carcajeaba de su hermano.
- ¡No tiene gracia!
- Porque no estás siendo objetivo. — Aclaró recobrando la compostura.
- Me estás puteando.
- Te estoy haciendo un favor...
- Y una mierda. — Cortó duramente. - Busca a otro.
- ¿Temes no estar a la altura?
Observó como Dmitriy lo atravesó con los ojos. Ella se habría hecho chiquitita, si fuera la recibidora de esa mirada helada. En cambio, pudo ver como Mijaíl lo miraba desafiante. Nunca había sido una entrometida, pero no podía dejar de mirarlos. Luego se dijo que, no era su culpa que dejaran la puerta abierta.
- Lárgate antes de que olvide que eres mi hermano...
- ¿Tu respuesta?
- La sabes. Te arrepentirás, te lo aseguro. — Sentenció, sentándose de nuevo en su escritorio.
Esperó hasta que el reloj marcó las dos y media, ni uno más, ni uno menos.
Recogió su bolso, apagó el ordenador y se apresuró a salir de allí. Los dos hermanos seguían en la oficina, no los entendía, en un momento estaban bien y al otro parecía que iban a matarse. Desde que los conocía, su actitud había sido la misma. Dmitriy nunca estaba dispuesto a recibirlo, pero Mijaíl siempre se salía con la suya y su hermano le atendía. En el fondo, ella sabía que, Dmitriy quería a su hermano y por eso siempre cedía.
Era muy observadora. Dmitriy adoraba a su hermano, eso lo podía afirmar. En alguna ocasión había percibido como sus labios ocultaban una sonrisa. Eran excepciones contadas, pero había visto como le divertía su actitud desenfrenada, despreocupada e incluso se arriesgaría a decir que envidiaba poder ser igual de irresponsable que él.
Era extraño. Ese hombre vivía enterrado en fajos de billetes y nunca le había visto tomar unas vacaciones, irse de viaje o quedarse en casa simplemente porque le apetecía. Muy raro... Raro... Raro...
- ¡Cristina!
La detuvo la voz de Dmitriy, cuando abría la puerta del coche.
- ¿Sí? — Se giró para ver su rostro.
Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo alto que era. Su cabeza como
mucho le llegaría a la barbilla y eso contando con que llevara zapatos. De otra forma lo más seguro es que se sintiera una enana a su lado.
Él simplemente la observaba. Que la mirara como si fuera alguna cosa que tenía que descifrar, la empezó a poner incómoda. Debía haberse percatado de su ausencia por las cámaras. Todo el edificio estaba lleno de ellas y estaba segura que cada una de ellas las controlaba con esa pantalla gigante que tenía colgada en la pared; según él, para las conferencias vía Internet, según ella... "una mierda pinchada en un palo".
Nadie mejor que ella sabía lo que era que alguien quisiera tenerlo todo bajo control. Por eso no la engañaba, podía ponerse las máscaras que le diera la gana, poner mil excusas creíbles y aun de esa manera, ella seguiría viendo un hombre que tiene que tener hasta el control de una hormiga caminando a su alrededor.
- ¿Novikov? Tengo prisa... He quedado con una amiga. — Mintió.
Sonrió y sin dar explicaciones le quitó las llaves de las manos, tampoco es que ella pusiera mucha resistencia; estaba muy entretenida intentando entender qué hacía, además de ignorar la corriente que sintió cuando sus dedos rozaron la piel de su palma. Descolocada por su actitud observó como cerraba la puerta del coche y se guardaba las llaves en el bolsillo del pantalón. Luego tomó su mano con firmeza y la llevó hasta donde su chófer esperaba. Se quedó petrificada ante la puerta abierta del coche negro realmente lujoso. No podía moverse.
¡La estaba secuestrando!
Cuando reaccionó y fue a salir corriendo, Dmitriy ya la había cogido por la cintura y adentrado en el auto. No entendía nada, estaba sentada en un coche que no era el suyo, con su jefe y a saber donde la llevaba.
- ¿Qué hace?
- Ir a casa.
¡A casa! ¿Y ella que había perdido en su casa? Se contuvo como pudo, respiró con tranquilidad y volvió a fijar su mirada en esos ojos grises que no dejaban de
verla con diversión. ¿Perdería su trabajo si dejaba al jefe lisiado?
- Señor... Si he hecho algo que no...
- Todo está bien, Cristina.
- No, no lo está. ¡Me ha secuestrado! — Perdió los papeles y alzó la voz.
- No la he secuestrado. — Zanjó la conversación. - Y no vuelva a gritar. — La amonestó.
En quince minutos llegaron a Webster Avenue Lincoln Park. El coche se detuvo.
Sus nervios eran un incordio. Le presionaban la boca del estómago y hacían que su cuerpo temblara descontrolado. Quería evitarlo, pero su jefe no le había quitado el ojo de encima en todo el trayecto. No sabía lo que estaba pensando y eso la molestaba.
Se colocó las mangas sin dejar de mirarla. No podía dejar de observar como el pecho de la pelirroja subía y bajaba profundamente por la acción que había tenido. Quizás, debía haberle explicado porque estaba en su coche. Tal vez haberla llevado a tomar un café antes de arrastrarla a su casa. Movió la cabeza y deshecho ese pensamiento absurdo. Ese gesto lo único que lograría es que la pelirroja le viera como no quería que nadie le viera; humano.
Él era de todo menos eso. La prueba estaba en que no le importaba lo que le sucediera a los demás, su corazón no le permitía que afianzara lazos con nadie que no fuera de su propia familia. Era orgulloso y no conocía lo que era la compasión. Subió su mirada y se encontró con sus ojos llenos de angustia. Sopló el aire de sus pulmones hacia afuera con fastidio. Le temía. Esa menuda mujer pelirroja, parecía que en cualquier minuto se iba a desmayar ante sus narices.
Con un movimiento ágil abrió la puerta. Colocó su chaqueta perfectamente.
Luego estiró el brazo y aguardó a que su secretaria tomara su mano. No la tomó, se hizo más pequeña en el asiento y clavó sus uñas en el cuero negro.
¡No podía creerlo! ¿Qué pensaba que para meter a una mujer en la cama, tenía que retenerla a la fuerza? Su paciencia menguó. Entrecerró los ojos en su dirección. Se internó de nuevo en el auto con un único pensamiento; "vas a salir
aunque para ello tenga que cargarte como a un puto saco de patatas".
- ¡Socorro! — Chilló, agarrándose a la puerta del coche.
El chofer de Dmitriy no pudo más y aun cuando se había tapado la boca, la risa retumbó sin control.
- ¡Callaros los dos ahora! — Graznó, perdiendo el poco control que le quedaba.
Terminó de despegar los dedos de la pelirroja y la dejó en sus propios pies a su lado. Vio su pensamiento. Antes de que ella lo ejecutara, con un movimiento lento de cabeza puso sus ojos en los de ella y la dejó clavada en el sitio sin tocarla. Su mirada lo decía todo; si te mueves, hablas o gritas, te amordazo y haber quien me lo impide.
- Paolo, avísame cuando llegue Mijaíl. No tardará mucho.
- Sí, señor.
- Y tú... Mueve esas piernas y sígueme sin rechistar.
- Me quiero ir.
Ignoró la orden que le había dado y se cruzó de brazos haciendo que su pecho se incrementara.
- Ese también es mi deseo, pero desear es una cosa que no va unida con poder.
Vamos.
Se resignó y siguió los pasos de Dmitriy. Lo hacía porque sabía que él no la dejaría irse y en parte porque la curiosidad de entender porque actuaba de esa manera, la tenía en vilo. El día había transcurrido como de costumbre. El único inconveniente que había tenido fue el que ella misma ocasionó al llegar tarde, pero por lo demás nada había sucedido para provocar la actitud que su jefe estaba tomando.
Tan distraída iba con los ojos puestos en el suelo que, no se percató de cuando
Dmiriy se había detenido y colisionó contra su espalda.
- ¡Mierda, para que tienes dos ojos!
La sostuvo por la cintura escasos segundos antes de que aterrizara de espaldas al suelo.
Una vez la estabilizó, no la soltó hasta haberla sentado en el sofá. De esa manera se aseguraba de que se estuviera quieta y con suerte que se tranquilizara, dejara de temblar y recobrara la compostura de mujer hecha y derecha que desde hace rato la había visto perder para dejar paso al comportamiento de una niña aterrorizada a la que su padre está golpeando sin parar. Se estremeció. Ese pensamiento no le gustaba nada.
Se alejó de ella. Necesitaba distraerse y sabía lo que en esos momentos quería.
Se acercó a la cocina sin perder de vista a la pelirroja en ningún momento. No se fiaba de ella, era capaz de en cuanto se diera la vuelta salir corriendo, tampoco es que fuera a lograr salir; tenía a Paolo fuera y primero tendría que lograr quitar el seguro a la puerta. Se rió, sería muy bueno ver la cara que pondría, al darse cuenta que la tenía encerrada. Si antes pensaba que la había secuestrado, no quería saber lo que pasaría en ese momento por su cabeza. "Seguro y piensa que voy a matarla", se mofó.
Echó el whisky en el vaso con hielo que había dejado encima de la encimera y le dio un trago largo sin apartar los ojos de la pelirroja. Volvió junto a ella y tomó asiento en el sillón blanco. Esperó unos segundos a que ella se dignara a mirarle a la cara, pero estaba demasiado sorprendida para prestar atención a su persona y darse cuenta que estaba a su costado.
Su boca se acababa de abrir al máximo, no podía apartar la mirada del lugar.
Había visto poco, pero el salón y la cocina fueron suficiente para dejarla maravillada. Miró fijamente la chimenea. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento que la casa era nueva. Debía llevar poco tiempo construída y no podía evitar desear tener una exactamente igual en un futuro. Los muebles eran de la mejor calidad, hasta una tonta se habría percatado de ello simplemente dando un repaso al mobiliario. Ella lo había descubierto en cuanto Dmitriy la había guiado sin preguntar si quería sentarse y su culo tocó el sofá. La luz de fuera entraba abundantemente haciendo la estancia muy luminosa y el suelo era
una exquisitez, la encandiló el tono marrón claro.
Giró la cabeza y ya no pudo contenerse. Sin permiso se puso de pie y se dirigió a la cocina que conectaba con el salón. Sabía que Dmitriy no dejaba de seguir sus movimientos. Se detuvo junto a la piedra de en medio de la cocina y pasó la mano por ella. De repente todo el miedo que sentía, se evaporó, sustituido por la curiosidad de recorrer cada rincón de aquella hermosa vivienda. Como había previsto, los electrodomésticos no podían ser corrientes, toda cocina buena, merecía los mejores complementos. Regresó al salón y una puerta llamó su interés. No dudó y la abrió. Le importó muy poco si aquel loco se enfadaba. Si él tenía derecho para secuestrarla, ella podía hacer lo que quisiera en su casa. Y así lo hizo, se internó en lo que era un cuarto de baño.
¡Dios bendito! Se acababa de enamorar del cuarto de baño. Lo primero que escaneó minuciosamente, fue el enorme cristal que le devolvía el reflejo. Luego movió su vista hacia abajo y miró de punta a punta el mueble del lavamanos.
Bueno, dos, porque ese espacio era como entrar a un aseo en un restaurante, con la diferencia que este, disponía de una ducha enorme que estaba segura llevaba hidromasaje incorporado.
Dio un paso atrás, tanto lujo la estaba aturdiendo. No era una mojigata, era de esperar que un hombre poderoso, como lo era Dmitriy, tuviera lo mejor, pero ella hacía mucho que dejó de sentirse bien rodeada de tanto dinero y lo que tenía delante, aunque le gustaba, era como recibir una patada en la boca del estómago.
Le recordó todo lo que ella había dejado tiempo atrás.
- ¿Quieres seguir el recorrido? No te cortes... Estás en tu casa. — Dijo burlón.
- Gracias. Ya he visto suficiente. — Ocultó lo incómoda que la ponía su cercanía.
Dmitriy se apartó, pasó por su lado y al pasar su cuerpo rozó el de él. Por inercia se quedó muy quieta. Sintió como una mano se posaba en su barbilla y alzaba su rostro. Mordió su labio intentando que esos ojos no se apoderaran de sus sentidos. La forma en la que la miraba, le hacía desear averiguar que más sabía hacer, además de ser un fenómeno consiguiendo que una mujer olvidara con que clase de hombre estaba tratando.
- Deberías dejar de mirarme así. — Advirtió.
- ¿Así? ¿Cómo?
- Como una mujer que desea ser poseída.
- ¡Qué dice! — Se echó a reír. - ¿De verdad cree que usted me podría interesar?
— Volvió a soltar una risotada. - Novikov, no sea tan arrogante. Que me intimide es una cosa y que me interese un hombre como usted es... Imposible, increíble...
- Tenga cuidado señorita Harris. No es la primera que dice no cuando lo que quiere es decir sí.
- Claro, claro. Enamorarse de usted es el sueño de toda mujer. — Soltó despectivamente.
Se dirigió al sofá y se sentó.
- ¿Y quién le ha dicho a usted que yo hablo de amor? — Arqueó una ceja en su dirección.
No dispuesta a seguir con esa conversación sin sentido, cerró los labios con fuerza y le ignoró. El silencio se hizo eterno. Seguía esperando una explicación y él no estaba muy colaborador para dársela. De repente la música de un móvil retumbó. Dmitriy introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta, lo extrajo y poniéndolo a unos metros de sus ojos, comprobó quien era.
No había podido evitar seguir cada movimiento que hacía y sus ojos no habían tenido otro lugar en el que fijarse que en el hoyuelo que se le había formado cerca del labio cuando estaba cortando la llamada que ni siquiera se dignó a contestar y que le había llevado a esconder una sonrisa que estaba floreciendo en sus labios. En dos años, en ninguna ocasión ella pudo ser testigo de ver una sonrisa en el hombre que tenía sentado al lado y por eso ese pequeño gesto inconsciente, la dejó con las ganas de saber como sería ver en sus labios una sonrisa.
- ¿Qué? — Siseó Dmitriy consternado por la manera tan descarada con la que la
pelirroja le observaba.
Se levantó como si el sofá de cuero blanco le hubiera asestado un corrientazo sin esperar la respuesta de su secretaria. Quería tenerla lejos. Esa mujer minaba su paciencia con su torpeza, nerviosismo y tartamudeo. Metió la llave en la ranura y se apuró en abrir; su hermano con esa sonrisa picara pintada en el rostro, esperaba apoyado en el cristal que mostraba la biblioteca.
"Una pena que la pelirroja no quisiera seguir investigando el lugar", pensó mientras tiraba de su hermano hasta el salón; si se hubiera entretenido un poco más en el baño... Habría hallado que la ducha quedaba en medio del cuarto y el lugar tenía dos salidas. Estaba seguro que se hubiera caído de culo, viendo el dormitorio blanco, con el techo cristalizado para ver desde la cama las estrellas y la biblioteca a la que se accedía por ese mismo cuarto con otra puerta a la derecha; ese era su rincón favorito.
- ¡Mijaíl!
Se echó a sus brazos desesperada.
- Cristina, calma que me ahogas. — Le dijo jugando.
- ¡Este loco me ha secuestrado! Por favor, ayúdame.
- Ja, ja, ja.
Giró la cabeza sin poder creer que el corazón de hielo estuviera riendo a carcajadas limpias.
- No me tendrás tanto miedo... Si tienes un teléfono y no lo has utilizado.
- ¡Por qué lo he olvidado! — Le encaró.
- ¿Y de verdad crees que él es tu salvador? — Le señaló a su hermano. - Para que lo sepas, estás en un enorme error. — Hizo un círculo en el aire conforme decía las palabras. - Es tu verdugo. — Sonrió.
Por primera vez se quedó descolocada sin poder dejar de mirar esa media sonrisa. Sabía que no era de corazón y que tampoco iba dedicada a ella, pero poco le importó, porque aunque era una sonrisa guasona para burlarse de ella; le pareció la más hermosa del mundo y pensó qué, cuando sonreía su belleza se acentuaba.
- Siéntate. — Pidió Mijaíl con una voz tan suave que habría sido capaz de encandilar hasta la serpiente más rabiosa.
No dijo nada y tomó asiento. Se llevó la mano a la cabeza y se peinó el cabello con los dedos. Necesitaba serenarse, la cabeza le daba tantas vueltas que empezaba a sentir un leve dolor. Hizo un par de respiraciones mientras cerraba los ojos. Poco a poco los nervios fueron abandonando su cuerpo.
Mijaíl estaba allí, él no dejaría que le pasara nada. Ya en una ocasión tiempo atrás la defendió. Fue al principio de llegar allí. Había pasado tanto tiempo que casi no lo recordaba, pero podía confiar en él. Con él estaba segura, no importaba que el troglodita que la miraba con frialdad fuera su hermano. Si se diera el caso, aunque fueran sangre, la seguiría protegiendo.
Un poco más tranquila, regresó sus ojos a los dos hombres que discutían animadamente frente a ella. Se encogió de hombros. No se enteraba de nada. Por lo menos, podía agradecer que el dolor de cabeza se había pasado.
- No puedo creerlo, Dmitriy. Pensé que se lo dirías, no que la raptarías. —
Recriminó.
- Es mía y hago las cosas a mi manera.
Eso llamó mucho su atención. Siguió mirando de uno a otro sin abrir la boca.
Pensaba que se habían olvidado que seguía allí sentada. Discutían entre ellos y se estaba cansando. Ninguno parecía tener prisa por explicarle lo que estaba ocurriendo.
- Sabes que no...
- ¿No? — Levantó una ceja desafiante. - Pues ya sabes lo que tienes que hacer y
aquí no ha pasado nada.
- ¡Eres un jodido testarudo!
- Y tú un romántico empalagoso que no deja de meterme mujeres por los ojos.
¿Cuántas van?
- Las suficientes para rendirme... — Susurró.
- ¡Bravo! Cristina te puedes ir.
Le dedicó un guiño que la confundió más de lo que estaba.
- ¡Una mierda! — Vociferó, Mijaíl. - Ella es la última. — Se plantó en sus trece, clavando en sus ojos la misma mirada de desafío.
- Es pelirroja. — Soltó despectivo.
- Sigo aquí, capullo. — Insultó, cansada de su comportamiento, dejándolo sorprendido.
- La última. — La ignoraron.
- Vale. — Concedió. - Ni una más. — Alzó el dedo en advertencia. - Y por supuesto... Se lo dices tú.
Se sentó en la silla y observó divertido a su hermano. Estaba deseando ver como terminaba aquella situación. Con las cartas a su favor, tal vez la pelirroja, le cortara las pelotas y se las hiciera tragar.
Mijaíl se pintó una sonrisa en el rostro y se posicionó frente a ella, tomando asiento en la pequeña mesa de cristal. Luego introdujo su mano en el bolsillo interior de su traje carísimo y extrajo un papel bajo la atenta mirada de Cristina.
- Hay un pequeño problema.
- Se acabó. Ahora mismo llamo a la policía. — Escuchó la risa amortiguada de
Dmitriy.
Mijaíl sostuvo sus manos con velocidad y evitó que pudiera hacerse con su móvil. Le dio una sonrisa de disculpa y luego acarició su mejilla.
- Cristina, ¿contactaste con una página llamada, "te quiero para mí"?
Sus ojos se abrieron sin medida y la palidez se apoderó del color rosado de su cara. Bajó la cabeza debido a la vergüenza que sentía. Cogió aire lentamente y cuando sintió que podía hacerle frente a la situación, asintió despacio.
- Esta misma mañana firmaste el contrato de confidencialidad. Sabes que no puedes anularlo y que su fecha es un mes obligatorio.
- Yo... — Trató de explicarse. - Yo solamente... Quería conocer a alguien... —
Tragó con dificultad.
Empezaba a entender por donde iba la cosa, pero eso no hacía que el trago fuera menos amargo. Dmitriy rió abiertamente. Su risa estridente, le erizó el vello del cuerpo. Le miró de reojo. No entendía que era tan divertido, a ella toda esa situación, le parecía una broma de mal gusto. Percibió los dedos de Mijaíl posarse en su barbilla. Sus ojos se encontraron. No quería escucharle, quería irse a su casa y olvidar que había rellenado y enviado esa maldita hoja.
- ¿Por qué escogiste esa página Web en concreto?
- Claudia. Ella me mandó el enlace y no vi nada de malo en probar.
- ¿Sabías... Que es una página de sexo donde las mujeres dejan su voluntad a manos de un desconocido?
Mijaíl se puso colorado.
¿Qué era qué? Seguro no había escuchado bien. No era posible. ¡Condenada Claudia!
- No, no...
- Firmaste y pagaste para ser propiedad de un hombre por un mes.
- ¡No jodas, Mijaíl!
Su piel se volvió más blanca que el color de las paredes.
- Sí, bonita, has pagado para que te tome cuando quiera, como quiera y donde se me antoje. — Esclareció, por si aun no entendía de qué iba todo.
- Lo siento. Pero si lo incumples, tienes que pagar mucho más de lo que has pagado.
- ¿Mijaíl? ¿No se puede a hacer nada?
Negó con la cabeza perceptiblemente. Ella sabía que le estaba mintiendo, que si él quisiera podría romper el acuerdo, pero no lo iba hacer. Sus ojos culpables se lo gritaban. Él había tomado una decisión y acarrearía con las consecuencias que tuvieran. Su mirada se entristeció.
Por unos leves segundos las dudas le atacaron. Observó de nuevo a su amiga y suspiró. Era un cabrón.
Cuando vio su solicitud, supo que ese era el momento que había estado esperando. En muchas reuniones había tratado que Dmitriy se acercara a ella, pero el cabrón cortaba la conversación en el acto y sabía que no era porque la pelirroja le fuera indiferente, si no porque él pensaba que no podía amar. Gracias a la suerte, la situación había cambiado y tenía la oportunidad de juntarlos. No la iba a dejar pasar, a pesar de estar viendo como su amiga se desanimaba ante sus ojos.
Ella no podía romper el contrato. Era su amiga y nadie mejor que él, sabía que no disponía de la cantidad que le estaba pidiendo para anular el acuerdo y por su orgullo tampoco iría a rebajarse a su padre. Si lo hacía, tendría que pagar las consecuencias y volver de nuevo a acatar ordenes y ser una persona que hace mucho dejó de ser; gracias a él.
CAPÍTULO TRES
Se levantó despacio. Sus ojos se habían convertido en dos agujeros llenos de fuego. La tristeza había sido tragada por la rabia. Una rabia contra su amigo, el traidor, el maldito que la estaba dejando a manos de su hermano. Intentó calmarse, controlar las ganas que tenía de matar a su amigo. Para la marranada que le estaba haciendo, fue muy considerada. Había optado por darle un rodillazo en las pelotas, pero su amigo que la conocía fue rápido y salió a una velocidad extraordinaria por la puerta sin tropezar ni una vez, mientras Dmitriy se reía agarrando su estómago. Una acción que duró hasta que se plantó delante de él y lo miró con desprecio.
- ¿Usted tampoco puede hacer nada?.
Era absurdo intentarlo y aun así probó.
- Sí, claro. — Sonrió esperanzada. - Darte alojamiento y dejar que pase el mes.
Le dedicó una mirada despectiva haciéndola consciente que no le interesaba lo más mínimo ayudarla. Se incorporó de la silla y la dejó en el salón. ¡Tenía que ser una broma! ¿Por qué tuvo que rellenar ese papel? Y ella que iba a saber que su amiga iba a tenderle semejante trampa y aun mejor, como iba a imaginar que Mijaíl era quien dirigía esa Web y en vez de protegerla como el cazador a Caperucita, se la iba a servir en bandeja de plata como Herodes le entregó la cabeza de Juan a Salomé.
Había pasado media hora y seguía en medio de la sala sin saber que hacer. Le estaba costando asumir que tenía que compartir un mes entero, con sus veinticuatro horas y siete días a la semana con su jefe. Aquello iba a ser una catástrofe. Si ya le costaba tener el pico cerrado en la oficina, no podía imaginar como haría para a hacer lo mismo conviviendo juntos. O una de dos, aprendía a controlar su lengua o cuando finalizara el mes; se quedaba sin trabajo.
- ¡Maldito Mijaíl! — Exclamó sin poder estarse callada.
- Tú por lo menos no tienes que aguantarlo de por vida.
Se sobresaltó al oír la voz de Dmitriy detrás de ella. Se giró lentamente y tuvo
que morderse el labio para callar el jadeo de sorpresa que le había provocado verle vestido con un chándal Adidas completamente azul. Se le veía tan corriente, tan normal que, perdió varios puntos ante sus ojos en su pose de hombre duro, frío y malnacido. Vestido así, lo único que le provocaba, era que quisiera ser abrazada por esos brazos tonificados y sentir como el vello facial de dos días, acariciaba su mentón mientras la besaba.
- Me voy, volveré más tarde.
No era tonto y sabía cuando una mujer lo miraba con deseo. La pelirroja se había quedado pasmada, sin poder cerrar la boca y fijamente mirando la suya. Eso lo había hecho sonreír. ¡Otra ilusa que se dejaba engañar!
Todas querían ver en él algo que no había; sentimientos. ¿Amor? Para él eso no existía. Era un sentimiento inventado que utilizaban para revolcarse sin censuras.
A él le gustaban las relaciones, claro que sí, no había nada más satisfactorio que ver como una mujer se deshacía en sus manos, como suplicaban por más, como los gemidos se filtraban por sus oídos e inflaban su ego. Pero... Quería las relaciones abiertas, sin censuras y sin ataduras. La mujer que estuviera cerca y creyera en cuentos con príncipe y final feliz, sobraba en su vida. Ya se encargaba él de echarlas y mantenerlas lo más lejos posible.
Eran las cuatro cuando se cansó de recorrer la vivienda que por un mes sería su hogar. No pudo seguir, aquel lugar no tenía fin. Había encontrado una sauna, un gimnasio, una bodega por la que se descendía por una puerta que había casi escondida en la cocina y cuatro dormitorios todos con chimenea. Ninguno le gustó. Aunque parecían habitaciones cálidas, eran excesivamente lujosas y no se sentía bien. ¿Tan difícil era encontrar un dormitorio normal? También encontró el vestidor y poco le faltó para coger todo el mogollón de ropa que había tan ordenada y tirarla al suelo para ver si Don perfección planchaba.
Se dejó de estupideces porque era el primer día y no quería empezar una guerra antes de tiempo. Quería llevar la convivencia con serenidad y tratarse con el mayor respeto que pudieran. Eso era fácil, ¿no? No porque su jefe fuera un capullo en la oficina, tenía porque ser igual en casa. Quizás, aquí, él se relajaba y apartaba el estrés del trabajo. A lo mejor, incluso se podía conversar con él. ¡Lo llevaba claro! Se rió de ella misma.
Salió por la puerta de la calle y el tal Paolo se interpuso en su camino. ¿Le había dejado escolta? ¡Eso sí qué no! Fulminó al pobre hombre con la mirada y le señaló la verja de hierro que daba acceso al jardín. El hombre asintió y dejó que se internara en la zona. Sentía su mirada precavida, siguiendo sus movimientos.
Cogió su celular y lo sostuvo en sus manos un poco indecisa. Temía estar siendo una exagerada o estar haciendo un enorme drama por algo insignificante, pero le había sentado como tragarse un clavo, darse cuenta que tenía vigilancia. Por un momento, Dmitriy le recordó a su padre y en escasos minutos le odió. ¿Minutos?