Novikov

B. Crespo · Capítulo 1 de 5 · parte 4/4

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Novikov

Sinopsis

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Acabó de acortar la distancia que la separaba de ellos y se preguntó porque Mijaíl no le había advertido que tenían visita. Tampoco había oído sonar el timbre, aunque eso se lo achacó a que la casa era de dos plantas, tenía demasiadas habitaciones y ella estaba muy entretenida en la ducha quitándose el olor de macho alfa que media hora antes se había adherido a su piel en una sesión de lujuria a puertas cerradas.

- Nena, ella es Cristina, te he hablado mucho de ella, seguro que lo recuerdas.

- ¡Por fin te conozco! — Dijo levantándola de la silla y abrazándola con un cariño excesivo.

Casi no podía ocultar la alegría de estar estrechando a aquella mujer después de años escuchando sobre ella. Su marido no le guardaba secretos. La vida de aquella mujer hacía que su corazón se rebosara en amor y quería transmitirle que podía contar con ella, que no estaba sola y que por ella podía verla como una confidente. Le habría gustado decírselo, sentarse y hablar con ella durante horas, pero no cometería el error de ser una imprudente y hacer que por querer brindarle apoyo y cariño, saliera corriendo asustada.

Su marido se lo había advertido, sabía que tarde o temprano llegaría el caso de que ellas se conocieran y lo primero que le avisó, es que esa mujer no derrochaba en confianza, si no que se mantenía recelosa con la gente y pocos eran los amigos que ella había seleccionado. Incluso le dijo que se podrían contar con una mano. Y ahora estaba allí, no podía dejar pasar la ocasión, aunque sabía que más tarde su hombre la amonestaría por su pequeño exceso de euforia.

- Encantada. — Dijo educada.

Todavía trataba de procesar que una mujer castaña, de un metro setenta y oliendo

a rosas la estaba abrazando como si fueran amigas del alma.

- Penélope, déjale espacio para respirar. — Regañó en tono juguetón.

- Oh, sí, perdona, no quería incomodarte.

- No pasa nada.

Se sentó de nuevo en la silla ocultando lo bien que se sentía cerca de aquella chica que más o menos tendría su edad.

Mientras veía como se despedía de su esposo, no pudo apartar la mirada de ella.

Era una mujer hermosa, pero sencilla. Vestía con un vestido de lana en tono verde. Se había puesto unos zapatos del mismo tono y una especie de boina en la cabeza que la hacía verse radiante. Se fijó en su rostro cuando pasó por su lado alzando la mano en forma de despedida y su sonrisa fue lo que la dejó noqueada.

Era una sonrisa divina, abierta hasta límites inexplicables, con la que sus dientes se mostraban completamente y dos hoyuelos se le formaban. Sus ojos eran lo único que pensaba que no contrastaba con la belleza que había en esa mujer.

Eran negros. Igual de negros que un cuarto sin luz y aunque eran grandes y de pestañas largas, seguía creyendo que le fuera ido mejor un tono azulado, quizás verde viendo lo bien que le sentaba en el cuerpo. Las facciones tan finas de su rostro, casi le recordó a una muñeca de porcelana.

- Tu mujer. — Dijo porque no sabía qué otra cosa decir.

- Sí, lo es. — Dijo mostrando lo orgulloso que estaba de que lo fuera.

- Es muy bella y... Demasiado eufórica.

- Ja, ja, ja. Lo siento, eso viene también incluido en ella. — No podía contener las risas, sabía que su amiga no era propensa a las muestras de afecto. - Por cierto, no has respondido mi pregunta.

- Ni lo voy a hacer. — Afirmó contundente. - ¿Dónde iba con tanta prisa?

- Su abuela, sufre de Alzheimer y se acerca todos los días a casa de su madre

para estar con ella. Últimamente ha empeorado y están considerando buscar un lugar adecuado para ella.

- Lo siento.

- Así es la vida. — Cambió su forma de mirarla, ella estaba allí por algo y lo había pasado por alto. - ¿Por qué te estás escondiendo de Dmitriy?

- No me escondo. — Rebatió cruzando los brazos.

- Entonces no te importara que le invite a almorzar. — Pinchó con gracia.

- Si lo haces te mato con mis propias manos. — Y lo decía en serio.

Lo haría, se lanzaría hacia él y se cobraría su puñetera jugada. Aunque no estaba segura de llegar hasta el final. Tenía mucho descontrol cuando se trataba de hacerse daño a ella misma, pero con los demás dudaba de tener el mismo tiento.

No era una sádica, ni una loca desestabilizada y mucho menos una asesina sanguinaria.

- Cristina, tanto tú como yo, sabemos que si has venido por primera vez a mi casa es porque necesitas dejarlo salir. Así que venga, te escucho.

Se inclinó sobre sus rodillas, apoyó los codos en ellas y le sonrió con calidez.

- Vengo a pedirte que rompas ese acuerdo y me perdones la deuda. Sé que puedes hacerlo. — Le devolvió la sonrisa.

Se echó hacia atrás, pasó una pierna sobre la otra dejando el pie reposar en el muslo. La miró... Miro... Miro... Algo había sucedido. Que ella estuviera allí pidiéndole, más bien suplicando por su libertad, cuando solamente habían pasado unos escasos días, era muy raro. Lo presentía, no por su forma apacible al hablar, no por el breve temblor que observaba en sus labios, si no porque sabía que ella era una orgullosa que no accedía a que nadie le hiciera favores y por nada del mundo se permitía deber dinero a sus amigos y aún menos a extraños.

- No puedo hacer...

- ¡Cabezón, testarudo! — Gritó con furia.

- Cálmate.

¿Qué se calmara? ¿Le tomaba el pelo? Había dejado su orgullo escondido en el rincón más oscuro para pedir un favor, cosa que nunca hacía. Prefería salir de sus problemas como más bien podía, pero contando que él había sido quien le había creado el problema, creyó conveniente que él la sacara. Y encima habiéndolo pedido con educación, el imbécil que tenía por amigo, se estaba negando. ¡Qué se calme su madre! Ella la paciencia ya la había perdido.

- ¡Cristina!

No le dio tiempo a apartarse, de lleno le había dado en la cabeza con el primer portarretrato que había visto, lanzándolo en cuanto estuvo en sus manos.

- ¡Joder!

Mijaíl se llevó la mano a la frente. Abrió los ojos como platos. De la cabeza de Mijaíl corría un hilo de sangre. Se asustó, como el maldito infierno que se asustó. La sangre corría sin control y ella no podía moverse, todo su cuerpo se había petrificado. Ella no quería hacerle daño, había sido un impulso, estaba tan furiosa... Y ahora se veía con los ojos inyectados en lágrimas porque había lastimado a una de las pocas personas que quería.

- Trataba de decirte que una vez las dos partes han aceptado, se necesita el consentimiento de Dmitriy. Tu voluntad queda nula. — Recitó de memoria, buscando un papel para taponar la herida.

Le había parecido oír que le decía algo. Si lo hizo no se enteró de nada. Su cabeza giraba sin control, mientras las lágrimas se deslizaban y observaba inerte como Mijaíl se hacía con un pañuelo. "Estaba bien", se decía, pero el daño ya estaba hecho. Recorrió el lugar con la vista empañada y sus ojos se encontraron con los cristales afilados.

No sabía cuando se había movido, ni cuando agachado para hacerse con un pedazo. Lo último que recordaba su mente antes de estar corriendo escaleras

arriba, era a Mijaíl gritando un "no lo necesitas Cristina", mientras la perseguía obviando su propia herida. Se encerró en la primera puerta que la recibió en el pasillo, no había seguro, pero no le hizo falta adivinar que la otra puerta era un baño y si tendría. Se internó en el aseo y pasó el seguro. Mijaíl había sido rápido, pero no lo suficiente.

- Cristina, por favor, sal. — No hubo respuesta. Volvió a dar dos golpes. -

¿Preciosa? Sal aquí y hablamos.

Percibía las voces, pero las escuchaba amortiguadas, como si fueran lejanas y no pudiera prestar atención más allá de lo que sus manos sostenían. Quería evitarlo, quería poder contenerse, llevar una vida normal. Pero ni su vida era como la de otra persona, ni ella tenía fuerzas para luchar contra ella misma. Levantó el afilado cristal y se vio reflejada. Lo necesitaba, aquello callaría las voces, siempre funcionaba.

- Cristina... — Susurró.

Había tocado varias veces y ella no reaccionaba. No sabía que hacer, estaba de los nervios. No dejaba de imaginar escenas de lo que podría suceder. Su imaginación volaba libre haciendo que se sintiera impotente. El grito desgarrador de Cristina le destrozó los tímpanos y se sintió mucho más miserable de lo que ya se sentía por no haber intuido cual sería su reacción ante su ataque. Por no haberse adelantado y previsto que esa acción la desestabilizaría.

Estaba que echaba humo, Paolo le había llamado y confesado que otra vez la pelirroja se le había escapado. Eso le puso de un humor de perros y decidió que tendría que contratar a alguien cualificado que sí entendiera lo que significaba la palabra vigilar.

Habían pasado varias horas y no tenía noticias. La condenada había optado por faltar al trabajo y que él se volviera loco. Lo estaba logrando. No saber donde se había metido, lo tenía con un humor del demonio. Había prescindido de dos reuniones que tenía programadas desde hace semanas. No era algo que hiciera normalmente. Llevaba su agenda al dedillo, disfrutaba de todas esas reuniones ficticias, en las que únicamente y expresamente se centraba en el placer. Pero no ese día... Había cancelado dos y todo por una pelirroja desaparecida.

¡Era increíble! Él... El hombre que le importaba un pito otra persona que no fuera él, había cancelado lo que tanto disfrute producía a su vida. Lo había hecho y todavía no lo creía.

Miró el ordenador, no podía dejar de mirar la pulsera de brillantes que los chinos habían creado. Estaba teniendo bastante éxito y estaba claro que no por la pulsera, ni por las mujeres extasiadas por tener algo tan hermoso como lo era esa pulsera. No pudo evitar reír. No, una mujer nunca se acercaría a saber porque era tan espléndida; era redonda con brillantes en todo el alrededor, pero lo hermoso era la forma de luna llena que colgaba de ella y ahí estaba lo que todo hombre quería para controlar a su mujer y ahora él lo entendía.

Por supuesto quedaba descartado que todo el mundo pudiera hacerse con ella, sobre todo una mujer. Ni siquiera se estaba vendiendo descaradamente de cara al público. De eso se había encargado él. Él era el dueño de una empresa de publicidad, pero ni por asomo se dedicaba a ella, para eso tenía gente que lo hiciera. Él únicamente hacía puro teatro. Revisaba los balances y firmaba cuando su firma era requerida. Se aprovechaba de saber si un producto iba a ser fructífero o no y ahí empezaba su trabajo.

Se encargaba de hacerse con buena mercancía, con lo mejor que iba a salir al mercado y eso se lo proporcionaban los balances que hacía con cada producto que un cliente ponía en sus manos. Luego los modificaba un poco y llegaba a un acuerdo con la otra parte implicada. Después se movía por las redes como si fuera su propia casa. Había creado una página Web para las ventas, tenía un almacén para los productos y gente trabajando las veinticuatro horas en esa pequeña empresa de la que pocos sabían tenía; el dinero le sobraba y se cargaba bastante bien sin tener que preocuparse por falta de genero y encima siempre salía ganando, porque aunque fuera un objeto que ya estuviera a la venta, él podía jugar con ventaja y proporcionarlo a un coste más bajo.

- Que. — Espetó llevándose su teléfono personal a la oreja.

- Necesito... Que vengas.

- Mijaíl, ahora no tengo tiempo para tus mierdas. Además de que hace una hora

me enviaste un escaso mensaje en el que me informabas que no estarías en casa y que no habría comida casera hoy.

- Dmitriy no estoy para lidiar con tu maldita prepotencia. Tengo una herida en la frente y a Cristina encerrada con un puto cristal puntiagudo en el baño del dormitorio.

- ¿Qué coño? — Graznó fuera de sí. - ¿Qué hace en tu puto dormitorio?

- Mejor que vengas y lo veas por ti mismo, porque estoy seguro que ahora mismo por el chillido que ha dado, lo ha vuelto...

Colgó sin seguir escuchando y salió como un rinoceronte hacia la casa de su hermano. No estaba muy lejos de la suya, con que pisara bien el acelerador, se plantaría en diez minutos en su puerta. Esa pelirroja desequilibrada iba a conocerlo de una puñetera vez. No iba a consentir que siguiera dañándose y por su vida que dejaría de trastocar su mundo. Ya estaba haciendo demasiados estragos en él y se estaba comportando como un novio celoso que no puede tener el pensamiento bajo dominio porque unos ojos miel no dejaban de atormentarlo.

Como fuera tenía que hacerla suya y sacarla de su organismo. Tenía que hacerlo antes de que fuera demasiado tarde y esa mujer se colara por el hueco del muro reforzado que tenía en el corazón.

CAPÍTULO NUEVE

Dejó caer el artilugio. No podía creerlo. ¡Lo había logrado! Se miró de nuevo incrédula; no había sangre, no había herida y no había dolor. No sé lo explicaba, en el último segundo, cuando el afilado tacto tocaba su cadera, unos ojos grises se habían originado para ella en su cabeza y se tuvo que detener. No pudo llegar a atravesar su carne. Era como si esos ojos estuvieran allí, ordenándole que no lo hiciera y ella no dudo, bajó el artefacto y se observó en el espejo.

Había chillado, claro que lo había hecho, por frustración e impotencia, porque se había percatado que Dmitriy estaba empezando a tener un poder sobre ella que no quería darle. Se estaba metiendo en un buen lío.

¡Genial, salía de una catástrofe para meterme en otra igual de peligrosa! Sonrió a su propio reflejo. Recogió el cristal y lo puso sobre el lavamanos. Ahora que habían menguado las ganas por sentir dolor, se fijó detenidamente en lo que la rodeaba; un cuarto de baño, exquisitamente decorado, hasta las toallas y los albornoces iban a juego. La pila del lavamanos era blanca con manchas negras, supuso que el material era el mármol. Bastante ancho y haciendo forma redonda, colgando sobre su peso. No había mueble debajo y la verdad, le gustaba. Tal vez en un futuro, muy lejano, le pediría a Mijaíl que le pasara el número del diseñador. La ducha era parecida a la de Dmitriy, simplemente variaba el color.

Esta era con el interior de abajo en chocolate y era de algún material de los caros que no permitía que tuvieras un resbalón en la ducha. Grifo plateado y mampara de cristal.

Asomó la cabeza para verificar que esta no tuviera segunda puerta. No la había y en parte la decepcionó. No sabía porque, pero su pecho se había levantado contra ella y retumbaba con fuerza, como si presintiera que él iba a por ella.

- ¿Cristina? — Seguía intentando Mijaíl.

De repente se sintió como la peor amiga del mundo. Encima de abrirle la cabeza, se atrincheraba en uno de sus dormitorios y con un artilugio para hacerse daño.

¿Qué andaba mal en ella? ¿Por qué no podía ser normal?

Se acercó con precaución cuando los golpes volvieron a sonar. Quitó el pestillo y despacio abrió la puerta. Su cara se congeló y su cuerpo no tuvo tiempo para

asimilar lo que se le venía encima. Dimitriy agarró con velocidad sus dos manos y la hizo retroceder hasta estar los dos en el mismo espacio.

- Dmitriy, espera...

- ¡Mantén tus pies fuera! — Advirtió con toda la rabia que tenía.

Cerró la puerta de un puntapié y evitó escuchar las protestas de su hermano. La guió hasta el lavamanos y con la mano libre la aupo. No le supuso mucho esfuerzo, aquella pelirroja pesaba menos que un grano de arroz. Mirara por donde mirara a esa mujer, se daba cuenta de lo destrozada que estaba y tanto sus acciones, como su cuerpo lo decían a voces pidiendo auxilio.

- No deberías subirme aquí... Esto se puede caer... — Soltó recuperando el habla.

- Te subo donde me da la gana y con lo poco que pesas dudo que se mueva un ápice. — La dureza que había en su matiz de voz, la hizo estremecer. - ¿Dónde ha sido ahora? — Levantó su camiseta sin permiso, dejando al aire su tripa.

- Para, no lo he hecho.

La ignoró y siguió revisando cada parte de su estómago. Ya se había concienciado en cuanto lo vio que iba a tener que soportar esa revisión como si fuera una drogata que estaba escondiendo la papela. Sabía que no llevaba idea de parar, no hasta que se asegurara que no existiera una nueva raja en su cuerpo. La inclinó hacia él y tuvo que contener el gemido en su garganta; su cuello estaba a escasa distancia de sus labios y podía aspirar el olor maravilloso que desprendía su piel.

Dimitriy seguía con su escrutinio puesto en su espalda. Viendo que no había nada, pasó a verificar los brazos. Sus manos fuertes, con movimientos seguros y mecánicos de arriba hacia abajo, carente de parecerse a una caricia, le erizó los pelos de la nuca.

- ¡Para!

La estaba poniendo de los nervios con tanta inspección. Ni que fuera un general revisando a un militar novato.

- Te he dicho que no lo he hecho.

- ¿Por qué debería creerte?

Contó mentalmente para no darle una buena patada en las bolas y ponérselas moradas.

- Revisa el cristal. — Señaló un poco más atrás de ella.

Cuando lo hubo hecho, todo dentro de su cuerpo se relajó. No sabía si eran sus músculos, las venas que tenía comprimidas casi a punto de reventar o simplemente era todo su cuerpo dejando salir la tensión que había acumulado en varias horas por culpa de esa mujer.

El alivio había inundado su ojos. Aunque lo intentó, no había podido obviar su mirada. Era la primera vez que su perfección se vio trastocada y su pose de "yo no tengo corazón", cayó ante ella como las piedras por un barranco. Se mordió el labio consiguiendo esconder la sonrisa que amenazaba con abrirse camino en su boca. Le gustaba... Mucho... Que se preocupara por ella. Se veía lindo. Deseó poder ver esa faceta humilde todos los días.

- ¿Qué te parece chistoso?

- ¿Cómo lo haces?

- Años de práctica. — Sostuvo sus ojos en los de ella. - Tus ojos brillan, pocas veces lo hacen y por eso sé que cuando sucede es porque algo te ha hecho ocultar una preciosa sonrisa.

¿Le había dedicado un piropo? Con sorpresa abrió los ojos y la boca a la vez.

¡Quién lo diría! El mismísimo Novikov abriendo la boca para decir algo bonito.

- ¿Lo podrías repetir?

Sabía que era tentar su suerte, pero... ¡Por Dios que volviera a deleitar sus oídos!

- No. Lo que ha ocurrido solamente pasa una vez. La próxima vez presta más atención.

- ¿Ni siquiera eso puedes repetir dos veces?

- ¡Exacto!

- ¿Te estás riendo de mí?

- Por supuesto. — Besó su cabeza y luego la depositó en el suelo.

Como siguiera perdiendo la respiración, tendría que ir al hospital a que le hicieran pruebas. Era un problema que cada vez que ese hombre la obsequiaba con un gesto delicado, ella sufriera de insuficiencia respiratoria. Se iba a desmayar. Si hacía de nuevo algo como eso, no aseguraba poder seguir de pie.

Demasiada pérdida de oxígeno para un simple gesto cariñoso. Entonces su momento flotante se enturbió. La llamada, la voz de la mujer y sus palabras, golpearon con fuerza abriendo una brecha en su burbuja.

- ¿Qué sucede?

"Dmitriy, siempre tan buen observador". ¿Se le escapaba alguna vez algo? No lo creía, era demasiado desconfiado, demasiado controlador y demasiado precavido. Tendría que recordarse que él nunca dejaba espacio para sorpresas, su personalidad no se lo permitía, él debía tenerlo todo organizado y bajo su mando.

- Es que…

No sabía como abordar el tema, iba a quedar como una mujer que no sabe controlar sus celos. Y en cierta manera así era...

- Cogí una llamada para ti...

- ¡Oye, sigue viva o has acabado con ella!

Dimitriy se rió por lo bajo, tomó su mano y tiró de ella hacia afuera. Le siguió.

Podían seguir la conversación mientras comían.

Mijaíl estaba sentado en la cama en una posición casual, manteniendo la vista en la puerta del baño. No sé había preocupado en lo más mínimo. En su mirada de niño travieso se veía lo que pensaba; ella no podía estar en mejores manos que las de su hermano. Por mucho que quisiera protestar y refutar alegatos convincentes para pensar de manera diferente, sabía que se estaría engañando; se sentía segura junto a Dmitriy.

- ¿Por qué me miras así? — Se aventuró a preguntar sin haber cogido el sentido de sus palabras.

- Ja, ja, ja. Él piensa que hemos tenido uno rapidito.

- ¡En el baño! — Exclamó escandalizada.

Su cara se puso igual de roja que un tomate.

- ¿Qué tiene de malo el baño? — Inquirió Dmitriy.

- No sería el mejor lugar para mí... — Murmuró.

- Ya veremos.

Por la mirada que le prodigó le quedó bien claro que no se escaparía de una cita, donde entraban; ella, él y el baño. Su imagen voló y aunque no lo admitiría nunca, su sangre se calentó y empezó a sentir un sofoco tremendo. Disimuló como más bien pudo y trató de ocultar en su rostro cualquier gesto que la delatara, pero en el fondo sabía que Dmitriy se había dado cuenta de cómo la había afectado su amenaza sutil.

Los tres bajaron de nuevo al salón, se sentaron en el carísimo cheslong en color crema posicionado cerca de lo que era una pared de cristales que llegaban desde el suelo al techo y que se dividían por una puerta que daba a un jardín. Pasó la mano por el asiento sintiendo la suave textura de la microfibra. Era cómodo, el perfecto mueble para pasar la tarde tumbada sin que te doliera la espalda por pasar horas de más en él.

Tentada estuvo de deslizar los asientos y reclinar el respaldo para comprobar lo

que era sentir el lujo de poder permitirse quedarse dormida en el sofá. En el suyo eso era una acción a descartar, además de duro e incómodo, también era pequeño y luego había que decir que te dejabas el culo en esa cosa vieja como pasaras más de una hora allí sentada; gracias a la tabla que atravesaba el barato sofá debajo de los cojines para que no se hundiera todavía más de lo que estaba.

Se giró dos veces para contemplar lo que a lo lejos le parecía una piscina climatizada. Por el rabillo del ojo, se percató que aunque Dmitriy parecía pasivo e inmerso en una conversación donde el principal tema era la comida, su mirada se desviaba a menudo hacia ella. Supuso que se debía a como estaba contemplando aquella zona. Seguro y pensaba que nunca había disfrutado de tanto lujo en su vida y que por eso no podía dejar de mirar en aquella dirección.

Un razonamiento equivocado. Ella había disfrutado de lujos, su padre la había obsequiado con lo mejor, todo lo que su boca pedía se lo concedía y ella era feliz a pesar de los insultos de las niñas de la escuela, de los comentarios inapropiados de los niños, de las miradas despectivas y de los desplantes que la mantenían siempre alejada de los grupos y sin ninguna amiga con quien hablar.

No, no tenía nada que ver. Si ella estaba prestando demasiada atención, no era por otro motivo que por haber recordado el día que al salir de la escuela, su padre y Eric, la pillaron besándose con un chico. Era su primer beso. Tenía quince años y hacía un año que Fernando le gustaba. Si hubiera sabido lo que pasaría... Jamás habría dejado que él la besara; su padre no tuvo mejor forma de hacerle entender las cosas, que cogiendo al muchacho, atravesar una casa cercana, llegar al jardín y pasar más de media hora hundiendo la cabeza del muchacho, mientras Eric la retenía. No lo soltó hasta que juró que no lo volvería a hacer.

Fue una niña ilusa que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor, una niña que cuando cumplió los quince años se dedicaron a matar sus ilusiones. Y

esa fue la primera advertencia. Después fue dejar la escuela. No podía seguir estudiando, su padre se lo había dejado claro. Más tarde los guardaespaldas. A todos lados debía ir acompañada y pobre de ella si se le pasaba por la cabeza salir huyendo; su destino estaba sellado. Un destino que ella truncó con ayuda de Mijaíl.

- ¿No hay comida decente?

Casi se echó a reír al detectar la desilusión en la voz de Dmitriy.

- No. Si la quieres tendrás que hacerla tú.

- ¿Yo? Probablemente si la hago sufriremos una mortal intoxicación.

- ¿Cómo te mantienes? — Interrumpió. - No tienes mujer de servicio...

- La tengo. Una vez a la semana con un horario muy temprano y en sus tareas no entra la cocina. — Cristina puso los ojos en blanco. - Prefiero la comida de su mujer. — Señaló a su hermano divertido.

- Búscate tu propia mujer y que te alimente cada vez que quieras comer. — Dejó caer con gracia.

- ¿Por qué? La tuya lo hace bien. — Chinchó Dimitriy.

- ¡Mi mujer no es tu jodida sirvienta!

Lo atravesó Mijaíl con los ojos.

- ¿Crees que lo querría ser? Puedo pagarle muy bien.

- ¡Te estás ganando un puñetazo!

Ya no pudo más y se echó a reír. Las lágrimas se acumularon en sus ojos. Le costaba coger el aire con normalidad y empezaba a sentir como un leve dolor le pinchaba en la boca del estómago. Llegó a creer que si no paraba de reír a tiempo se mearía encima. Esos dos eran inaguantables, no podían estar sin picarse y Dmitriy que sabía su debilidad, no desaprovechaba ninguna ocasión para cizañear.

Cuando recuperó el aliento y controló las carcajadas, se encontró con dos miradas confusas puestas en ella. Sonrío inocentemente y se encogió de hombros.

Obnubilado con el rostro de la pelirroja, se quedó fijamente mirando un mechón

de su cabello que había caído por su rostro mientras se partía el culo de risa a costa de ellos. Quería levantar la mano y poner ese cabello en su lugar. Le estaba estorbando. No podía ver su rostro hermoso completamente.

Era lógico que no pudiera apartar la mirada de ella. Hasta ahora no la había visto reír de esa manera tan abierta y descuidada; se veía hermosa. Despreocupada.

Feliz.

Su risa, se sintió como la cosa más magnífica de la faz de la tierra. Todo había dejado de existir a su alrededor para centrarse en la pelirroja y sus risas descontroladas. Cada risa que salía de sus lindos labios, hacía que su corazón brincara como si estuviera escuchando la canción más bella del mundo.

- Yo puedo... Cocinar.

Dudó, no sabía si ellos estarían de acuerdo. A lo mejor a Mijaíl no le hiciera gracia que pululara por su cocina libremente.

- ¿Echaras veneno?

Lo había hecho por molestarla. Se había quedado demasiado tiempo mirándola.

Ella lo había notado. Por eso tenía que cortarle las alas al pajarito.

- ¡Oye, si no quieres puedes hacerlo tú! Ah, no, espera, que no sabes. — Recalcó cada palabra de la última frase con sarcasmo.

- Si no hay más remedio... — Se encogió de hombros.

Alucinaba. Le faltaba poco para darle un manotazo. La estaba ofendiendo con sus insinuaciones macabras y para colmo la estaba hartando con su poca disposición para mantener la situación en un rato armonioso. ¿No podía dejar su lado imbécil por un rato? Parecía que no, porque al levantarse y pasar junto a él detrás de Mijaíl, Dmitriy fue rápido y le dio una cachetada en el culo.

¡No lo había hecho! Cogió aire por la nariz y luego lo expulsó por la boca. Se giró indignada dedicándole una mirada furibunda.

- ¿Qué haces? — Preguntó con toda la calma que pudo.

Dmitriy se puso de pie y se creció en todo su cuerpo. Su brazos se vieron de pronto más marcados y casi parecía que terminaría rajando la camiseta. Su pecho sobresalía dejando claro los buenos pectorales que ocultaba bajo la prenda de vestir. Sus ojos tomaron decisión propia y no pudo hacer más que seguir el recorrido hacia más abajo y comprobar que todo estaba igual de duro.

Sacudió la cabeza y se avergonzó de lo que había hecho, pero no lo pudo evitar, ese hombre sacaba de ella a una mujer hambrienta que no conocía.

- Enseñarte lo poco que me ha gustado tu sarcasmo.

- ¡Pues te aguantas! A mí no me ha gustado tu insinuación y no cojo tu precioso tesoro y lo estrujo.

Eso le divirtió. Le encantaba como esa mujer le plantaba cara, como le daba pelea y él debía estar enfermo porque cada discusión con ella, hacía que tuviera ganas de llevarla a la primera cama que encontrara.

- Si es lo que deseas... Estoy dispuesto a dejar que lo hagas.

Su mirada, su voz ronca y su manera de hablar, la cautivaron. Sus mejillas quemaban. Ardían del mismo modo que ardía todo su cuerpo. ¿De dónde había sacado tanto descaro? "De su confianza excesiva", se respondió sin ayuda. No había otra excusa, estaba tan seguro de él mismo, que su arrogancia brillaba gloriosamente. Y ella como mujer inexperta se ponía colorada y se quedaba en blanco sin saber que soltar.

- Cuando un elefante cante. — Soltó para no darle el gusto de que viera cuanto deseaba hacerlo aunque se muriera de la vergüenza solamente con pensarlo.

Media hora después, seguía metida en la cocina. Por lo menos había conseguido dejar de oír la voz de Dmitriy en su cabeza y pudo mantenerse centrada en la sartén. Ninguno de los dos le había dicho que tuviera alguna preferencia para comer, así que, había improvisado un salteado de arroz que acompañaría con unos bistecs de ternera que había encontrado en la nevera. Estaba casi listo, un minuto más y tendrían la comida preparada.

Había sido una maravilla cocinar en esa espaciosa cocina. Estaba dispuesta en forma de ele y en medio había una mesa destinada para comer. Tenía lavaplatos, horno, microondas, vitrocerámica de inducción, nevera de dos puertas, taquillas para poner la comida y olvidar donde la habías puesto y cajones llenos de utensilios los cuales ella no sabía ni para qué servían.

Ella en su casa no podía cocinar con tanta comodidad, hasta los fuegos estaban extraviados y únicamente podía usar uno. La mayoría de las veces tenía que comer más tarde de la hora de comida o decantándose por pedir comida precocinada, cuando a ella le gustaba prepararse su propia comida.

- ¡Mijaíl! ¡Dmitriy! — Llamó a voces, mientras volcaba el arroz en un plato hondo.

- ¿Has quemado la cocina? — Dijo divertido Mijaíl tomando asiento en la mesa.

Lo ignoró sabiendo que si no lo hacía, terminarían liados en una batalla verbal, hasta que uno de los dos se cansara y eso era difícil entre ellos dos. Cogió el plato de la encimera para dejarlo en la mesa junto con la carne...

- ¿Dmitriy? — Titubeó.

Se había puesto en su camino y le cortaba el paso a conciencia. Le quitó el plato de las manos y se lo entregó a su hermano. La miró y no supo descifrar que era lo que había pasado para que Dmitriy hubiera endurecido sus gestos y la observara con severidad.

- ¿Por qué le llamas a él primero?

La carcajada se acumuló en su garganta y tuvo que contenerla haciendo todas sus fuerzas para poder mantenerse sería. Lo intentó, pero las risas de Mijaíl se filtraron por sus tímpanos y estalló a reír. Era tan absurdo. ¡Por favor, ni que le hubiera besado! La actitud de él era igual que si los hubiera pillado en una situación indecente.

- Porque a mí me quiere.

- ¡Mijaíl! — Reprendió viendo como la mirada de hielo se intensificaba, para

que él echara más leña. - ¿Lo siento? — No sabía qué otra cosa decir.

Dmitriy alzó la mano hasta su rostro y acarició su moflete. Se tensó y se olvidó de como respirar. Sí, debía ir al médico, aquello no era normal. La caricia cariñosa, se fue volviendo tentadora a medida que descendía por su rostro con delicadeza. Luego recorrió todo el largo de su cuello hasta llegar a su nuca. La sostuvo con firmeza. Sus ojos la observaban con fijación. Sin esperarlo, estiró con seguridad y pegó sus labios a los suyos.

La sorpresa se apoderó de ella. Abrió los ojos sin medida. Sintió como su cuerpo pasaba de estar igual de rígido que un tenedor a calentarse y ponerse como una moto ¡Y solo la estaba besando! Su lengua acarició sus labios incitándola para que abriera su boca...

¡Era la cosa más sexi que nunca había visto!

Maldito fuera por provocarla. El mamón sabía que no se podía resistir a él. Sus ojos se cerraron y su boca se abrió concediéndole el honor para que la explorara.

Sus manos se adhirieron a su cintura. Sus dedos comenzaron a dibujar círculos por encima de su camiseta. El calor se incrementó en su piel. La acercó más a su pecho y su respiración se agitó. El deseo crecía con la misma intensidad con la que él marcaba los movimientos que seguía con frenesí.

Estaba inmersa en cada deslizamiento provocador de su lengua. Debía haberse alejado, no haber sucumbido al peligro y en cambio, se veía disfrutando de un beso descontrolado y soltando pequeños gemidos por su boca.

Enloqueció con cada gemido que salió de sus labios y que llegaban a sus tímpanos. Nunca había oído un sonido tan maravilloso. Le nublaban el sentido y conseguían que olvidara que no estaban solos. Profundizó el beso. Necesitaba sentirla. Era como si estuvieran demasiado separados por el poco espacio que existía entre sus cuerpos y empezó a molestarlo todas las prendas que había entre ellos.

CAPÍTULO DIEZ

- Ejem, no quiero molestar, pero la comida se enfría. — Intercedió Mijaíl que hacía rato había dejado de mirar.

Le parecía divertido el comportamiento de su hermano. Estaba seguro que la había besado por celos, esa era su manera de marcar territorio. Desde que le había llamado, su personalidad posesiva había emergido y él no dudaba que en el momento menos esperado hiciera una de las suyas para dejar claro; que ella era suya. Le costaba asimilar lo mucho que había tardado en hacer algo como lo que había hecho. Cuando sintió la molestia de que ella hubiera pronunciado primero su nombre en vez del de él, el control de su hermano se había visto agotado.

Habría apostado que ya en el baño, luchaba contra las ganas de lanzarse a por ella y demostrarle que le pertenecía. Y luego en el salón, cuando ella se echó a reír, fue asombroso ver como Dmitriy se quedaba fijamente comiéndosela con los ojos. No le habría extrañado que saltara encima de ella, pero sorprendiéndolo, se había mantenido sentado con calma.

- ¡Te podías haber largado!

Se sentó malhumorado.

- Es mi casa, si quieres meterla sin público lo haces en la tuya. — Arqueó una ceja.

- Yo... Me tengo que ir...

No sabía donde meterse, estaba ruborizada y muy acalorada. Sentía un bochorno que no le dejaba pensar, sus neuronas habían sido engullidas por el hombre de hielo. Tenía que poner distancia, no podía debilitarse, dejar que él se abriera paso a su corazón. Aunque no estaba segura que lo estuviera haciendo a tiempo. Por lo menos debía intentarlo. Ese beso había hecho tambalear su cordura, la había dominado. Era una locura que con un simple beso hubiera derribado todas sus defensas. Pues lo había hecho, había arrasado y demostrado que cuando él quisiera la tendría.

- Siéntate y come. — Ordenó Dmitriy.

- De verdad tengo que irme, he quedado con unas amigas esta noche.

Dmitriy no se molestó en discutir, simplemente se levantó y utilizó la ventaja de ser hombre, grande y fuerte; pasó sus manos por su cintura y sin dejarle tiempo de reacción, caminó con ella hasta la mesa, se sentó y a ella la puso en sus piernas. Con un gesto de cabeza dirigido a su hermano, ordenó que le sirviera un plato. Mijaíl así lo hizo y se apresuró a centrar su atención en su comida.

- No tengo hambre. — Protestó.

- Abre. — Indecisa mantuvo los labios unidos. - No me gusta repetir. —

Advirtió, poniendo la mano libre en la cara interna de su muslo.

¡Peligro! Su mano estaba demasiado cerca de su zona prohibida... ¡Y encima se ponía a hacer círculos con sus dedos acercándose más! Luego dejó el tenedor y volvió apoderarse de sus labios. Fueron breves segundos. Volvió a coger el cubierto y lo puso frente a sus labios. ¿Cómo lo hacía? Un beso y un simple roce de su mano, casi la habían llevado a tener un orgasmo y él ni siquiera había mostrado indicios de que le hubiera afectado.

Abrió sus labios muy despacio y dejó que él introdujera la comida en su boca.

No se arriesgaría a tentarlo, ya bastante la había alterado.

- Primera norma, yo soy tu prioridad. — Le dio otra pequeña dosis de comida. -

Segunda norma, nada de hombres a tu alrededor si yo no estoy cerca. — Iba a protestar pero rápido le dio más comida. - Tercera norma, dejas de huir. Quieres salir, Paolo te llevará donde quieras y contigo irá Travis.

- ¿Quién es Travis? — Dijo antes de que la carne llegara a tocar su lengua.

- Es el mejor de mis guardias y al que te va a ser imposible dar esquinazo y si por arte de brujería lo consigues... Llevarás en tu conciencia su despido.

- ¿Y crees qué me importa?

Dmitriy sonrió a la vez que daba un golpecito con el dedo en su nariz. Frunció el

ceño. Ese hombre a cada minuto la confundía más.

- Te importará. No quieres ser la responsable de que sus dos hijos no tengan un sueldo para comer, ¿verdad?

Tragó con fuerza. La había cogido bien cogida, ella no sería capaz de llevar ese peso sobre sus hombros. ¡Cabrón! En ese momento, quería hacerle tragar el metal y borrarle esa jodida sonrisa arrogante.

- No te quiero sola y no hay discusión. No hasta que pueda confiar que no volverás a lesionarte.

- No puedes a hacer eso. — Su voz denotaba lo enfadada que empezaba a estar.

- Puedo y lo estoy haciendo.

- ¿Y a tu novia no le molestará?

Lo había dicho cabreada, sabía que no era un tema para tocar delante de Mijaíl, pero... ¡A la mierda! Si a él no le importaba estar imponiendo su voluntad frente a su hermano, a ella mucho menos.

En ningún momento apartó los ojos de él. Su mirada había cambiado. Los rasgos suavizados y chulescos se habían evaporado. La observaba con fiereza, carente del brillo divertido que hasta hacía unos minutos estaba mostrando. Su cuerpo estaba rígido, respiraba con mucha fuerza y las venas de su cuello palpitaban visiblemente.

Habría jurado que todo eran alucinaciones suyas, si Dmitriy no la hubiera dejado en una de las sillas que tenía a su costado con una mirada helada que hacía que quisiera salir corriendo de su lado.

- ¿De dónde coño has sacado esa mierda?

- Dmitriy. — Advirtió Mijaíl poniéndose en medio de los dos.

- De tu novia. La tal Susan...

- ¡No digas su nombre!

Se asustó de tal manera ante su grito que dio un brinco de la silla y se resguardó en la espalda de Mijaíl. Podía jurar que Dmitriy se había enfadado más todavía.

Parecía que estaba fuera de sí, como si no tuviera posesión de las acciones de su propio cuerpo.

- Dmitriy, tranquilo. Ella no ha querido hacerte daño.

¿Daño? Eso estaba muy lejos de su propósito, ella solamente quería saber si eso y todo lo que dijo era verdad. No podía dejar de pensar en ello y se sentía fatal.

No quería desear a un hombre que era capaz de engañar a su pareja y se sentía miserable sabiendo que podía ser la otra. No podría vivir con la culpa, dudaba hasta que pudiera mirarse al espejo sin ver lo bajo que había caído.

- Escucha bien lo que te voy a decir y quiero que lo tengas claro. — Conectó sus ojos con los suyos por encima de Mijaíl. - No tengo novia y mucho menos la quiero.

- Vale ya Dmitriy. — Amonestó Mijaíl.

- Disfruto del sexo con quien me sale de las pelotas. Deja de creer que puedo albergar sentimientos por ti porque eso no va a pasar. Tengo un acuerdo contigo y te quiero en mi cama, pero luego te quiero fuera de mi vida. — Siguió su discurso sin hacer caso a su hermano.

Se giró dándoles la espalda y se marchó sin volver a mirar atrás. Mijaíl se dio la vuelta con rapidez y la estrechó entre sus brazos. Temblaba, cada parte de su cuerpo sufría de unos espasmos incontrolables.

- No le hagas caso. Cuando se enfada es un hijo de puta cruel.

Por mucho que Mijaíl había tratado de calmarla, no lo logró. Se marchó de su casa fingiendo estar bien y se había dedicado a dar vueltas por la ciudad. Habría ido a su casa, pero tenía sus llaves en la de Dmitriy y no quería arriesgarse a otra confrontación con él. Por ese motivo había desistido de acercarse y aunque se estaba empezando a retractar, ya era demasiado tarde. Casi era la hora a la que

había quedado con sus amigas.

Tocó a su piso que estaba en el primero y colocó en su rostro la misma sonrisa de siempre. Su amiga la abrazó y la cogió de la mano para que entrara. Levantó la mano y saludó a los compañeros de su amiga. Compartir piso era muy común, Claudia se llevaba de maravilla con los gemelos. Conociéndola como la conocía y sabiendo que le gustaba más un hombre que un dulce, a menudo se preguntaba cómo era posible que con esos dos nunca hubiera tenido nada. En varias ocasiones le había preguntado y su respuesta era muy lógica; "sexo con compañeros de piso solamente tiene un nombre, problemas, y esos dos son muy buenos cocinando, limpiando y dándome el mes a tiempo, como ves, si me acuesto con uno y se enamora de mí, se me jode el chollo".

- ¿Cómo has entrado al portal?

- La puerta estaba abierta.

- Esa vieja siempre igual. El día menos pensado se nos meten a dormir un par de indigentes por culpa de esa mujer.

- Necesito que me prestes ropa, hoy he salido tarde. — Cambió de tema.

No quería escuchar a su amiga despotricar contra su pobre vecina. Ya bastante tenía la mujer, con verse sola en la vida y sin nadie que se preocupara por ella, como para encima aguantar que sus vecinos la tomaran con ella. No contribuiría a ello, prefería cambiar de conversación y distraer a su amiga para que su boca dejara de ofender a la pobre mujer mayor. Aunque debía apuntar que el tono de su amiga era desenfadado y eso significaba que lo que decía, no lo sentía.

- ¡Claro! Tengo cosas que te van a quedar de muerte.

La arrastró hacia su cuarto y empezó a sacar vestidos ajustados de toda clase. La exasperaba, estaba a punto de ponerse a chillar mientras tiraba todos esos monos vestidos por la ventana. Le habría fascinado ver como su amiga se tiraba de los pelos por su acción y gritaba contra ella sin poder contener su furia. Pensándolo sonrió, sería divertido, pero no lo haría. Claudia estaba siendo amable y nada excusaba que ella fuera una bruja malparida por mucho que los vestidos no le

agradaran.

- No voy a ponerme eso. — Dijo muy despacio.

- ¿Por qué no?

- ¿Por qué no soy una puta?

- No exagerés. Esto no podría llevarlo una "fulana" como tu misma dices. Tiene demasiada tela.

¿Dónde? Ella no la veía. Tenía un escote demasiado abierto, además de que era demasiado ajustado y para más inri, se ataba al cuello y dejaba toda la espalda al aire y la falda... ¡Cielos! Era tan corta que dudaba siquiera que pudiera ocultar algo estando sentada.

- No.

- Sí. Es negro, tu color favorito.

- ¿Cuando he dicho yo...?

- Siempre usas ese horrendo color. Siempre que te veo con él pienso que estás de luto. Póntelo. — Exigió. - Luego te haré un recogido sencillo con unos mechones cayéndote por la cara y te maquillaré.

Como buena amiga se rindió pronto y se colocó el maldito vestido. Se miró al espejo. No le gustaba, lo odiaba. Ella no servía para ir mostrando sus atributos, le gustaba ir elegante y arreglada, pero manteniendo cierto recato. No le hacía ilusión, ni el corazón le hacía fiestas cuando sentía las miradas de los hombres al pasar. Ella era una mujer, tenía sus ideales, tenía principios, se valoraba y le gustaba que los hombres fueran caballeros y no unos cretinos que te piropeaban al pasar y si venía otra detrás hacían las misma acción.

Se encontró con la mirada de Claudia puesta en ella. Su cara reflejaba lo orgullosa que estaba de verla vestida así. Sus ojos verdes brillaban en exageración y ella sabía que era porque rebosaba en dicha. Llevaba un vestido

rojo que marcaba más de lo necesario, reconoció que le quedaba asombrosamente perfecto. Su cabello castaño con mechas rubias, estaba recogido en un moño con una cinta alrededor. Se había maquillado resaltando el color de sus ojos, haciendo que su boca se viera más provocativa y sus pestañas cinceladas para verse más largas, la hicieran más sexi de lo que ya era.

- Hora de dejarte como una muñeca... — Comentó mostrándole el maletín de pintura.

- No.

¿Para qué se esforzaba en decir no? Siempre acababa dejando que hiciera lo que quisiera. Era agotador seguir resistiendo contra una cosa a la que ya tenía que estar acostumbrada. Desganada se acomodó en la silla que Claudia le dijo.

Durante un buen rato dejó que ella obrara su magia y la transformara en una barbie falsificada. Así se sentía cada vez que la arreglaba de una manera con la que no sé sentía nada cómoda.

- ¡Lista!

Claudia dio varias palmadas por la euforia. Tenía que alabar su mérito, estaba radiante, pero seguía sin gustarle. No se reconocía y mucho menos se identificaba con la mujer que le devolvía el reflejo en el espejo.

- Parezco una furcia buscando guerra. — Masculló.

- ¡Deja de ser negativa! — Regañó Claudia. - Mueve ese culo, que Melisa nos espera.

Bajaron las escaleras y al llegar al portal no pudo evitar darse otro vistazo en el cristal oscuro. Claudia tuvo que cogerla y tirar de ella hacia la calle. Cogieron un taxi y se dirigieron a Princezno. Era una verdadera suerte que siendo viernes por la noche encontraran un taxi. Por norma general, ella siempre llevaba su auto y lo utilizaba de excusa para no beber, pero Dmitriy tenía sus llaves y no se las había devuelto. Su postura fue clara; "Paolo es tu chófer".

Cuando llegaron, Melisa ya estaba en la puerta esperando. Su vestido verde agua

destacaba. Se veía preciosa. Llevaba su melena rubia suelta y se había alisado sus rizos rebeldes, sus ojos marrones se veían llamativos y sus labios con ese tono rosado invitaban a besarla por un buen rato sin freno. Sus mofletes estaban bastante sonrosados y creyó que se debía al frío. Aun así lo ocultaba bastante bien y sonreía.

Hicieron la cola como otras veces anteriores. El frío era insoportable. Hacía rato que había empezado a sentir la piel más helada que un iceberg. Estaba deseando entrar. Pronto la lluvia haría de las suyas y sorprendería a todo aquel que no estuviera a resguardo. No hacía falta ver el tiempo en la televisión para saber si iba a llover. Se percibía en el aire. Se olía y se podía sentir la humedad traspasando tu cuerpo hasta calar y dejarte destemplada.

La verdad, ni le parecía que fuera la mejor idea en aquella ocasión, ni deseaba tener que irse a casa con una tormenta de por medio; no tenía su coche a mano para refugiarse y no le gustaban las tormentas. Por lo menos, si venían cargadas de relámpagos y truenos.

- ¿Otra vez por aquí?

Las tres sonrieron al hombre corpulento de seguridad que les sonreía con calidez. Cuando lo conocieron, pensaron que debía ser un hombre terrorífico, se le veía tan serio que costaba imaginar que era un hombre y no un tiburón. Con el tiempo se dieron cuenta que ese era su trabajo, que si no mantenía su pose de tigre en la puerta, más de un problema se produciría. El estaba ahí para evitar peleas, para controlar la multitud de gente que quería pasar. Si John y su compañero no lo hacían, aquello sería el caos.

- ¿Sabes de otro lugar mejor que este para mover el cuerpo? — Insinuó Claudia que nunca podía tener la boca cerrada.

- Pasad antes de que os prohíba la entrada.

- ¿Hoy no hay que mostrar carnet?

- Los vuestros me los sé de memoria. — Se mofó, John, dándole una mirada de suficiencia.

Se internaron en el enorme espacio. Como siempre se dividieron. Mientras Claudia iba a la barra por bebida, Melisa se fue hacia el lado derecho y ella al izquierdo; allí dentro era difícil conseguir mesa. Había que estar al acecho y en cuanto se divisara una libre, lanzarse a ella como lagarta y gruñir a quien intentara hacerse con ella. Muchos por eso no tenían que preocuparse. Había una escalera en cada lado uniéndose arriba en una sola por encima de la barra que había abajo y eso era porque arriba estaba la zona vip. Te servían en la mesa, nadie podía quitarte el sitio si te levantabas y disfrutabas de una mejor pista que la de abajo para poder bailar. Claro que también había que pagar un buen dinero para disfrutar de esa zona privilegiada.

Cristina: Mesa encontrada cerca de la barra, zona izquierda.

Ese era su protocolo. Una vez conseguida la mesa avisar con un mensaje a las amigas para que se dirigieran hacia allí. Tomó asiento. ¡Qué gustazo! Era una pasada; el cuero, la comodidad, las luces, la pista... Aquello estaba dispuesto como pequeñas zonas con sus mesas, sus asientos y sus separadores para disfrutar de un poco de intimidad. De frente estaba la pista de baile con sus tarimas e incluso bailarines animando el lugar. La música sonaba sin parar y se regía según a los vips. Otra ventaja de ser millonetis; ellos decidían la melodía siguiente a escuchar. No sabía exactamente como funcionaba, ella nunca había tenido el privilegio de estar arriba, pero por lo que le habían comentado...

Bastaba con que se lo pidieran al DJ.

Prestó atención a la música que estaba por terminar. All Night, era una canción que ella solía escuchar a todo volumen mientras limpiaba su pequeño piso: I'm never gonna find my way

If I don't run to that goal

The past is the past, today is today