Novikov
And there's things I can't control
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
que desapareciera.
CAPÍTULO TRECE
Se puso de pie. Dmitriy no dejaba de observarla. Se regañó por estar mostrando cuanto le había afectado que ese cretino le contara de sus andanzas. Recogió todo lo que con tanta ilusión había preparado y se reprendió por ser tan estúpida.
¿Qué esperaba? ¿De verdad creía que él se fijaría en ella de otra forma que no incluyera una cama y ellos dos en ella?
¡Y por qué había prometido comportarse! ¿Qué entendía él que significaba esa palabra?
Dejó salir el aire y se apoyó en la encimera. Su cabeza giraba... Giraba... Y
giraba. Y entonces se enfadó. Se giró y volvió sobre sus pasos. Le encaró y le asestó un empujón que no llegó a tocarle. Dmitriy ya estaba esperando su explosión y había cogido sus manos con agilidad. La recostó sobre la mesa y presionó su cuerpo contra el de ella.
- ¡Sueltame!
- ¿Qué te ha molestado?
¿En serio? ¡Lo iba a destripar! ¿Cómo se le ocurría relatarle la manera tan asquerosa con la que escogía a las mujeres con las que se acostaba? ¡Por la santa Maria! Ese hombre no tenía escrúpulos, era un jodido arrogante y un maldito degenerado. Y ella no deseaba otra cosa que la desnudara. Que la besara. Que la poseyera. Que la hiciera suya. Sentenciado. ¡Estaba loca!
- ¿Por qué me lo cuentas? — Arremetió con otra pregunta.
- Porque no quiero que me sigas mirando con esa mirada esperanzada. No quiero
que me sigas viendo como una opción. Porque no quiero que sigas creyendo que te puedo amar. Porque soy un hijo de puta y no se te mete en la cabeza. Porque todas las mujeres saben a lo que atenerse, pero tú no. Tú te has creado unas fantasías y te has formado una visión errónea de mí.
- ¡Pues ya está claro! Ahora aparta tus manos, antes de que te deje tirado en el suelo con una patada en los huevos.
Dmitriy la soltó. Se sentó como si nada hubiera pasado y se puso a comer la tarta que tenía delante. Sus labios soltaron ruiditos, se veía que disfrutaba y que le parecía deliciosa. No dejaba de llevar una cucharada tras otra a su boca. Después de lo que acababa de pasar, ¿era normal que siguiera creyendo que era el hombre más sexi que existía y hubiera conocido?
Un runrún, hizo que saliera del estupor en el que se había metido. Siguió el sonido que pronto identificó que era el móvil de Dmitriy. Se lo llevó a la oreja y sin apartar la mirada de ella, contestó.
- ¿Ahora? — No escuchaba, pero fue consciente de la sonrisa de Dmitriy. - En media hora en la puerta. — Terminó la llamada y se puso de pie. - Tengo que irme.
¿Y para eso había cocinado ella? ¿Dónde iba? ¿Quién le había llamado? El calor empezó a centrarse en su cabeza, en su cara y poco después por todo su cuerpo.
Nunca había sentido un calor tan intenso y supo que no era nada bueno. La furia corría en todo su esplendor por sus venas; se había ido.
Deambuló por la casa sin rumbo. Se había asomado a la ventana para ver como andaba de suerte. Fatal, no le extrañaba, en pocas ocasiones había experimentado lo que era la suerte. No podía salir. Ese idiota que tenía orden de seguirla, estaba apostado a la puerta como si fuera un guerrero. Dmitriy había hecho buena elección con él. Le costaba pensar que alguna vez descansara.
Subió arriba y buscó una de las habitaciones del final. El pasillo era bastante largo y casi le parecía que no tenía fin. Se dejó caer en la cama. Seguía muy enfadada.
El pitido de su móvil la alertó y rezó porque fuera una de sus amigas y la
mantuviera un rato distraída. Vio el mensaje. ¡Mejor no haberlo visto! Lanzó el móvil y lo hizo pedazos contra el suelo. El mensaje seguía retumbando en su cabeza como una maldita broma:
Claudia: ¡Niñas le he llamado! Sí, no es normal. Todas sabemos que nunca repito con el mismo. Que le voy a hacer, está como un queso y es bueno en la cama.
¿Se puede pedir más? Os quiero.
La había cagado. Se llevó las manos a la cabeza. Su amiga estaba disfrutando de lo que ella quería, mientras se lamentaba porque no aceptaba ser un polvo.
- Mi situación mejora por momentos.
Se acostó dispuesta a que aquel día terminara y el siguiente fuera mejor.
Abrió los ojos y apagó el despertador. ¿Por qué Dmitriy tenía que ponerlo tan temprano? Su ceño se fue frunciendo poco a poco. Miro a su costado... Y ahí estaba. Tan pancho, durmiendo plácidamente, espatarrado y boca arriba. Por unos segundos su impulso fue pasar su mano por toda su piel que se vio espléndida a sus ojos.
- ¡Y una mierda! — Graznó a la vez que lo empujó de la cama.
- ¿Qué demonios ha pasado?
- Ups, te has caído. — Soltó con toda la chulería que la caracteriza y que no sabía donde estaba escondida.
- Cristina. — Advirtió.
- ¿Cristina qué?
- Te estás pasando. — Informó con una cara que le daban ganas de girársela y hacérsela nueva.
- ¡Tú, te has pasado! ¿Te he pedido que me trajeras a tu cuarto? ¿Te he dicho que quisiera dormir contigo?
Malhumorada por su exceso de confianza, se dispuso a salir de la cama. Tenía que arreglarse, ese día pensaba desayunar donde don perfección no estuviera.
Antes de que su mano llegara a tocar la puerta, Dmitriy la sostuvo por la cintura y la pegó a su cuerpo. Se removió en sus brazos queriendo librarse de su agarre.
De pronto, Dmitriy la jaló más contra él y pudo sentir la dureza contra su culo, a la vez que le susurró:
- ¿Quieres que te haga mía?
¡Claro que quería! Y lo odiaba. Detestaba la forma en que su cuerpo se rendía ante su toque. La forma tan facilona con la que la dominaba. Como nublaba su juicio. No se reconocía. Ella no necesitaba el sexo. ¿Y quién le explicaba eso a su cuerpo que se levantaba con un deseo potente que desgarraba sus tripas?
- No. — Se obligó a decir.
Estaba a punto de decir que sí y lanzarse a la aventura y acabar con todo.
- Podría hacerlo. Tumbarte en la cama. Abrirte de piernas e internarme en lo más profundo de ti. — Su voz ronca y varonil, hizo que las piernas se le aflojaran.
Giró levemente la cabeza. Lo suficiente para encontrar sus ojos. Recordó la noche anterior y su cabreo comenzó a resurgir con más fuerza. La mirada que le dedicó, era para haberlo hecho cenizas.
- Si quiero sexo, salvaje y bueno, tú serás el último con quien lo tenga.
Ver que acababa de darle un buen puñetazo a su egocentrismo, le subió la moral.
Aprovechó que todavía estaba recuperándose del bofetón que le habían dado sus palabras y apartó sus manos como si fueran las más repugnantes que la habían tocado. Salió con la cabeza altiva y para finalizar pegó un fuerte portazo, dejando a Dmitriy con su ego por los suelos.
Llegó al trabajo y suspiró aliviada. Había desayunado en casa de su amiga Melisa, habían charlado un rato y cuando vio que era la hora de irse, se despidió quedando de nuevo en verse esa tarde. El maldito guardián había seguido todos
sus pasos, era como su puñetera sombra. No la dejaba alejarse demasiado y se le adelantaba, si veía que iba a hacer movimiento para dejarlo atrás. El condenado era bueno, eso tenía que alabarle. Por eso cuando llegó por fin a su destino había sentido que todo su cuerpo se relajaba. No al completo. Allí tenía el otro problema y el más importante.
Revisó de nuevo la hora. No podía ser posible que aquello estuviera pasando.
Era inusual. Poco probable que una acción así viniera de Dmitriy Novikov de renombre don perfección. Habían pasado varias horas y Dmitriy no había aparecido. Por ella genial, él sabría lo que se hacía, era el jefe. Podía aparecer y desaparecer cuantas veces le diera la gana, pero no pudo dejar de sonreír por ese acto que había tenido de actitud de niño pequeño que se enfada y no quiere ver al amigo.
¡Era un vanidoso, que se creía el rey del mambo! Y puede que fuera normal que se lo tuviera creído. Apenas había podido estar media hora sin preguntarse donde estaba y eso que la mitad del tiempo había estado centrada en la campaña que la semana próxima se iba a lanzar.
Había estado mirando los carteles una y otra vez, después pasó a revisar el boceto con lo que sería el anuncio. No le gustaba. Personalmente pensaba que se estaban equivocando. Pero... ¿Qué sabía ella de esas cosas?
- ¡Hola!
- ¡Joder, Claudia! — Observó a su amiga todavía sobresaltada por el susto. -
¿Qué haces aquí? — Le siguió la curiosidad.
- Almuerzo de amigas. Últimamente estás siempre ocupada.
"No más que tú", estuvo a punto de soltar. Menos mal que reaccionó a tiempo, recordando que aquella chica, era su amiga. No podía ser borde con ella. No le había hecho nada. Luego se ponía a pensar y su dominio se tambaleaba con brutalidad. Se estaba tirando al tío que ella quería tirarse. Si eso no eran motivos para mirarla como la perra que sabía era, no encontraba cual sería el argumento idóneo para hacerlo.
- Claro. ¿Dónde vamos?
Se colgó el bolso y comenzó a caminar hacia el elevador. Mejor que ella fuera delante, porque si iba detrás, no aseguraba contener su nuevo instinto asesino.
- ¿Al Hog?
- No me apetece.
- Melisa nos está esperando.
- ¿Y para qué preguntas, si ya está decidido?
Subieron en el ascensor. Se le estaba haciendo eterno. Claudia no dejaba de mirarla, era un incordio. Agradeció que no abriera la boca de nuevo hasta que salieron a la calle. Su humor no era buen compañero en aquel instante. Temía decir algo de lo que luego se arrepentiría.
- Señorita Harris.
Saludó Travis saliendo de un coche plateado.
- ¿Qué?
- Su nuevo transporte. Solamente diga donde ir.
- ¿Te ha puesto chófer? ¡Si que debes gustarle!
Claro... ¡Por eso se acuesta contigo! Se mordió la lengua y le dio una dura mirada paralizante, que hasta el mismo Terminator, le habría costado imitar.
- Lo que me ha puesto son dos perros. Ese es Travis. — Señaló al primero. - Y
ese no se quien coño es.
- Luca. Señorita. — Se auto presentó el hombre con una sonrisa.
- ¿Me prestas tu celular?
Su crispación era visible.
- Por supuesto. ¿Qué le ha pasado al tuyo?
- Una caída.
Se hizo con el aparato y se separó un poco de ellos. La primera llamada no fue contestada. Le daba igual, insistiría hasta que ese cabrón le cogiera el móvil.
Tenía todo el tiempo del mundo. Su paciencia había sido agotada. Tras intentarlo varias veces seguidas, al fin, obtuvo respuesta.
- Preciosa, te dije que te llamaría esta noche. — La voz melosa que escuchó por poco hizo que vomitara a sus pies. - ¿Claudia?
- ¿En serio? Novikov. ¿Preciosa? No sabia que pudieras ser... ¿Dócil?
- Cristina. — "Esa mujer acabaría con él", pensó. - ¿Dónde éstas?
- ¿No te dan un informe tus perros? ¡Qué mal! Deberías bajarles el sueldo.
- ¡Basta Cristina! — Oh, el jefe se había mosqueado. - Me vas a decir donde éstas, voy a ir a por ti y vamos a acabar con esto.
- ¿Me vas a hacer el favor de romper el acuerdo?
A chula no le ganaba nadie y menos un mindundi que se creía un play boy.
- Ya te gustaría. Lo que voy a hacer es enseñarte a mantener la boca cerrada y puede que después te enseñe a controlar esos celos y cuando acabe contigo, te prometo que no podrás salir de la cama en dos días.
- Novikov... — Bajó el tono un poco, para subirlo al máximo segundos después.
- ¡A la mierda tú y tu control!
- Me estás enfadando y te aseguro que no quieres verme así.
¿Qué él se estaba enfadando? Ese hombre no la conocía. No sabía los humos que
ella se gastaba. Los únicos momentos que él había visto, eran en los que se encontraba vulnerable y sin fuerzas. Y mejor que no viera a la bruja piruja que llevaba dentro.
- Buenas tardes, Señor Novikov. — Sonrió y saboreó su victoria.
Le devolvió el cacharro a su amiga y disculpó por la tardanza. Montaron en el coche. Quince minutos más tarde estaban en el Hog. Melisa las recibió con su mejor sonrisa y besó sus mejillas. Se sentaron y hablaron como diez minutos sobre el cercano cumpleaños de su amiga Melisa. Al parecer ese año quería una fiesta por todo lo alto y para ello estaba intentando convencer a su padre para que ese día el restaurante estuviera cerrado al público.
Desvió la mirada, los dos hombres seguían apostados en la puerta. Su ceño se arrugó al observar como Travis mantenía una conversación por teléfono.
Apostaría su vida a que en esos momentos Dmitriy iba de camino hacia allí.
- Necesito vuestra ayuda.
- ¿Con qué?
Melisa la observó inquieta. Hizo un gesto de cabeza. Sus amigas siguieron el movimiento y sonrieron con maldad.
- Hecho. — Contestaron a la vez.
Se puso de pie y se dirigió al baño. Travis no tardó en empujar la puerta. Melisa fue rápida y se estrelló contra él. Perdieron el equilibrio y ella cayó encima.
Momento en que llevó su boca a la de él y lo besó. Entonces apareció Luca, el nuevo. Claudia sonrió como un buitre y se plantó delante del hombretón. Clavó sus ojos en los de él y levantó su jersey, dejando que viera él y todo el que quisiera sus dos peras perfectas que tenía por pechos.
Soltó una risotada y echó a correr hacia la puerta. Cuando aquellos dos quisieron seguirla, ya era tarde; se les había escapado. Paró un taxi y dio la dirección de a donde iba. El día siguiente era su día libre. Dmitriy se volvería histérico cuando descubriera el panorama. Rompió a reír, le habría encantado verlo y grabarlo en
vídeo.
Se registró en un hotel cerca del muelle. Para ello tuvo que valerse de los datos de su amiga, si hubiera dado los suyos, probablemente ya la habría encontrado.
Y eso es lo que menos quería. Se dio una ducha disfrutando de cada minuto de libertad. Poco después estaba en una tienda cercana adquiriendo un móvil nuevo.
No podía permitirse uno de última generación, así que se conformó con uno similar al que ya tenía.
Regresando al hotel, mientras grababa los números de sus amigas, se sintió observada. Miró hacia atrás y no halló nada fuera de lo normal. Se encogió de hombros y siguió su camino. Se internó en la pequeña habitación. Para tener el precio que tenía, más bien parecía una habitación de pensión que una de hotel.
Se dijo que el precio se debía a las vistas, porque era increíble pensar, que una cama pequeña y un cuarto de baño, ni aunque fueran de oro, valdrían lo que ella había pagado.
Pidió la cena y como solía pasar, por mucha hambre que tuviera, casi toda se quedó sin tocar. Encendió la televisión. Se animó cuando encontró un canal de música. Se puso de pie encima de la cama y empezó a mover el cuerpo. Era un hobbie que tenía, la vibración de la melodía corría por su venas. Amaba la música, la sentía en estado puro. Se dejaba llevar y su mente se colapsaba, nada existía desde el momento que comenzaba a sentir el ritmo en su cuerpo.
Se dejó caer de espaldas. Estaba exhausta. Había erradicado la ira y acabado con las energías. Picó un par de patatas fritas y viendo un programa de asesinatos, se fue dejando vencer por el sueño.
Un golpe seco hizo que abriera los ojos de golpe. ¿Qué hora era? Observó el reloj. ¡No eran ni las tres! El golpe volvió a asustarla. Era en su puerta. Se cubrió con las mantas y suplicó que no fuera un ladrón o peor un asesino. Tenía que dejar de ver esas series, se estaba volviendo paranoica. Lo más seguro sería un borracho que se había equivocado de cuarto.
Se levantó dispuesta a plantarle cara. Abrió sin siquiera mirar por la mirilla. Eso era lo primero que debía haber hecho, siempre lo decían en las películas.
- Hola, Cristina. — Pronunció su nombre de forma burlona.
Dio un paso inconsciente hacia atrás. Tenía que estar soñando.
- Eric. — Su voz la traicionó y mostró el pánico que la dominaba.
- Llevo mucho buscándote, nena.
- Por favor.
Se adentró en el cuarto y cerró la puerta. Se asustó todavía más cuando se acercó. Su cuerpo se estaba quedando sin aire. Pestañeo deseando que aquello fuera una pesadilla.
- Eric...
Sus palabras fueron cortadas con el primer bofetón que recibió.
- Estoy muy enfadado. — Posó los dedos en su barbilla y giró con suavidad su rostro. - Quien te ayudó.
Era una exigencia. Desvió la mirada al suelo.
- Nadie.
Agarró su pelo con brusquedad e hizo que lo mirara a los ojos.
- ¿Quieres hacerme creer que una mocosa de dieciocho años, consiguió un documento de identidad falso sin dinero? ¿Qué alquiló un coche también sin dinero? Y aun mejor. ¿Qué te has estado manteniendo del aire?
- Sí.
Otro bofetón le partió el labio.
- ¿Cómo has dado conmigo? — Preguntó, mientras se limpiaba la boca.
Eric la miró con esa mirada feroz que hacía que temblara. Dio una vuelta a su alrededor y se entretuvo en pasear la mirada por su cuerpo con lascivia.
- Eres más hermosa de lo que recordaba. — Mantuvo los labios pegados. - Dilo.
— Ordenó con ferocidad.
- Gracias.
- ¿Gracias qué?
Pasó la lengua por su cuello a la vez que volvía a apresar su cabello.
- Gracias, amor.
- Buena chica. — Besó su cabeza y aflojó la fuerza que ejercía en su cabello. -
Desnúdate.
Se sentó en el borde de la cama. Sus músculos se volvieron rígidos. ¡Era un hijo de puta! Sabía que no la tocaría. Únicamente quería hacerla sentir débil, recordarle de donde venía. Le desafió con la mirada, mostrándole que ya no la asustaba. Eso era una verdad a medias, pero dejar que lo viera, le proporcionaría más poder. Se quitó el jersey y se lo lanzó con asco. Después hizo lo mismo con los pantalones y se los tiró con más fuerza.
Eric soltó una risotada y la miró con aprobación. Movió el dedo haciendo círculos, indicándole que se diera la vuelta.
- ¿Qué es esto?
Deslizó lo suficiente su braguita, dejando ver su marca blanca en su cachete derecho.
- ¡Las secuelas de un puto sádico!
¿Quería que la matara? Porque si ese era su cometido, iba por muy buen camino.
Sus palabras fueron obsequiadas con un fuerte manotazo en el culo. Ahogó un grito en sus labios.
- ¿Qué es?
Su voz se volvía más dura y fuerte por momentos.
- Una rosa.
- ¿Y qué significa?
Que su padre era una manzana podrida en la tierra y que había que aplastarlo como a un gusano.
- Que soy de tu propiedad.
Sintió como su labios besaban aquella zona. ¡Si pudiera le sacaba los ojos! Si pudiera... Porque él no había ido solo. Siempre iba acompañado de su escoria a los que el llamaba; "sus fieles". Y si seguía con las viejas reglas... Dos de ellos debían estar en la puerta.
- ¿Y por qué te empeñás en ir contra tu destino?
Se giró y lo encaró.
- Tú no eres mi destino. ¡Sádico! Y ahora dime como me has encontrado.
- Llevó meses vigilandote. — Sonrió con suficiencia. - Me habría acercado antes si no estuvieras siempre acompañada por esos dos mocos que llamas amigas.
- ¿Lo sabe mi padre?
- Sí. Está deseando que le lleve a su hija de vuelta a casa. — Acarició sus labios.
- Yo te puedo proteger.
- Ja, ja, ja. — Eso le había causado gracia. - ¿De verdad? — No esperaba que le contestara, había sido sarcástica.
Eric apresó su cabeza con las dos manos.
- Claro. Únicamente debes prometer que no volverás a huir.
- Prefiero la muerte. Gracias.
La puerta sonó con insistencia. Retumbaba bajó los puños de alguien que golpeaba sin cesar.
- ¿Esperas a alguien?
- ¿No tienes a tus fieles fuera? — Comentó con sorna.
Eric se levantó y puso su mano a la espalda. No se sorprendió. Ahí siempre llevaba una pistola. Una grande y negra, su más fiel amiga, como él se refería a esa cosa quita almas.
- Te quiero callada. — Avisó con una mirada asesina.
Recogió su ropa mientras Eric se acercaba a la puerta. Todavía no se había puesto el jersey, cuando la puerta se abrió estruendosamente y le asestó un golpe fuerte a Eric, haciéndolo perder la estabilidad.
- ¿Dmitriy?
Lo estaba viendo y no podía creerlo.
Dmitriy se apresuró a lanzarse hacia Eric y le dio dos puñetazos en la boca del estómago. Eric que era un zorro, le dio una patada en la rodilla e hizo que Dmitriy cayera. Luego hizo un movimiento rápido. Ella lo había visto otras veces. El horror se mostró en su cara y se abalanzó sobre su espalda colgándose a su cuello. Impidió que él sacara su arma, pero se llevó un buen golpe en la espalda, cuando con agilidad la estampó con fuerza contra el suelo.
- Quieto.
Oyó la voz despiadada de Travis. Todo su cuerpo dejó de retorcerse en el suelo de dolor llevado por la curiosidad de escuchar a un hombre que había sido
asignado a su cuidado; hablando con una voz tan frívola que te acojonaba sin necesitar un arma en sus manos. Despacio alzó la cabeza y vio lo que ya esperaba; Travis apuntaba desde la puerta sin un gramo de inseguridad a Eric.
Asombrada se puso de pie. Soltó un gemido lastimoso que no pudo contener.
Observó perdida en los acontecimientos, como Luca cogía a Eric de un puñado y lo lanzaba por la puerta hacia afuera, haciendo que se estrellara contra la pared del pasillo. Después se acercó y sacó el arma que Eric siempre llevaba adherida a él como si fuera un tesoro. Travis en ningún momento dejó de apuntar.
- ¡Esto no ha terminado! ¡Te acabas de meter en problemas, tipo listo!
- ¡Sacarlo de mi vista! — Gritó furioso Dmitriy.
CAPÍTULO CATORCE
Antes de que Dmitriy cerrara la puerta, pudo ver varios hombres más que no conocía cargando en peso a dos fieles de Eric.
- Termina de arreglarte. — Dijo con una voz demasiado serena.
Se apresuró con la prenda que le quedaba por poner y que tuvo que recoger del suelo. Se adentró en el baño y se recogió el pelo en una cola alta. ¿Cómo podía tener tan mala suerte? Ahora tendría que contar parte de su historia. Es lo que menos podía hacer, después de lo que Dmitriy había hecho por ella.
- Vamos.
Dmitriy había entrado a buscarla. La cogió del brazo con muy poca amabilidad y la sacó de allí arrastras. Subieron a su coche y Paolo arrancó dándole una mirada de desaprobación. Media hora más tarde, Dmitriy volvía a tirar de ella hasta soltarla de imprevisto en medio del salón. Se tragó con orgullo el leve pinchazo de dolor que le atravesaba la espalda, debido al golpe sufrido recientemente.
- Travis. — Dijo acercándose a la puerta, sin dejar de vigilar los movimientos de Cristina por el rabillo del ojo. - Que Paolo vaya a por Mijaíl. No importa lo que tenga que hacer, lo quiero aquí. — Volvió a centrar su mirada en ella, podía notar su nerviosismo. - A partir de ahora, quiero dos hombres más con ella. Día y noche. Hacer turnos. — Ordenó.
- Sí, señor.
Metió las manos en los bolsillos y lentamente se acercó hasta donde estaba. No se había movido. Clavó sus ojos en ella de una manera desagradable. Estaba muy cabreado. Su sangre bullía. Tenía ganas de matarla y a la vez de comérsela a besos. Si no hubiera sido tan insistente con su amiga Melisa... Y si su amiga Claudia no hubiera presionado a la otra para que le dejara romper el pacto de silencio que tenían entre ellas. Quien sabe lo que habría pasado. Gracias a que fue rápido en llegar hasta ella y listo cuando vio dos especie de sicarios apostados en la puerta.
Dejó de pensar en ello, porque cada vez que veía la imagen con la que se había encontrado, le daban ganas de matarla. Nunca imaginó que esa pelirroja tenía más en común con él de lo que pensaba. Tenía que darle muchas explicaciones, aunque tampoco le suponía problemas que no se las diera; se valía solo para encontrar y averiguar lo que le interesaba.
- Siéntate. — No pudo controlar su voz. La furia hacía que sonara ruda.
Se resignó. Estaba en su derecho de estar enojado. Se había escapado de sus hombres y se había escondido. ¡Era su culpa! Se estaba comportando como un maldito carcelero, además de que se creía su dueño mientras él seguía manteniendo polvos con cada mujer que se abriera de piernas para él. ¿Qué quería? ¿Qué le tocara las palmas y luego lo recibiera con gusto?
Tomó asiento y mantuvo la vista fija en la chimenea. Únicamente la desvió unos segundos y fue para ver como Dmitriy se sentaba frente a ella. Esa imagen le recordó a cuando Mijaíl le dijo que tenía que convivir un mes con Dmitriy. Se habría reído. Era increíble que hubiera sido tan torpe para no darse cuenta que esa página no iba a traerle nada bueno.
- ¿Nada que decir?
Se encogió de hombros.
- ¿No? Tengo a tres hombres en un almacén a las afueras, atados y vigilados por varios de mis hombres... ¿Y ni siquiera me das una explicación?
Esa información hizo que le mirara y se encontrara con una mirada de reproche.
- Yo no te pedí que aparecieras como si fueras un puto gánster.
- ¡No, no lo hiciste y si no te hubiera encontrado a tiempo, quizás ahora estarías llorando por haber sido follada brutalmente!
Abrió los ojos al máximo. Dmitriy estaba perdiendo el control y por raro que fuera, no le tenía miedo.
- No me habría tocado. — Dijo antes de que su cerebro se diera cuenta.
- Entonces le conocías. — Le dio su mirada más fría.
El móvil de Dmitriy sonó interrumpiendo su contestación. Se levantó con elegancia. Se acercó a la puerta y cuando abrió, agarró a su hermano del cuello y a trompicones lo llevó hasta en medio de la sala.
- ¿En qué mierda me has metido?
Sabía perfectamente donde se estaba metiendo, no necesitaba un jodido resumen.
Solamente se encontraba demasiado cabreado, ver a ese tipo y haberle reconocido, le dejó bastante claro que si no quería una maldita guerra, debía pensar con astucia o alejarla de él.
- ¡Joder! Deja que te lo explique.
Mijaíl mantenía las manos en alto.
- ¡No quiero explicaciones! ¡Ni una! — Apartó una mano de su hermano y extrajo una hoja. - ¡Lo que quiero es que cojas este papel y te lo tragués.
Lo metió en su boca y después lo soltó; había escogido la segunda opción.
Observó callada manteniéndose al margen. La angustia presionó su pecho con mucha vehemencia. Sabía que Dmitriy no mataría a su hermano, pero a veces los nervios, hacían que uno actuara como no quería. Y por la cara de Dmitriy su control estaba desbordado. Mantenía la mandíbula apretada de una manera increíble, sus ojos los miraban con una frialdad que congelaba y su cuerpo dejaba visiblemente ver que quería carbonizarlos.
- Dmitriy... — Intentó de nuevo Mijaíl.
- No. Estoy harto. — Se alejó de nuevo y volvió segundos después tras coger algo de la encimera de la cocina. - ¿Cuánto es?
- Dmitriy, deja...
- Que cuanto es Mijaíl.
- Sabes que no cumplir con el acuerdo tiene una sanción de seis mil para cada uno... — Respondió abatido.
- ¿Tanto? — Se le escapó.
- Em, sí. Debiste leer la letra pequeña. Es como un seguro. En un caso normal, hay que valorar la solicitud, comprobar si los datos son correctos... Luego darla por buena y comenzar el proceso de búsqueda entre los hombres hasta dar con el correcto para esa mujer. A ella se le manda un mensaje y en uno o dos días el tipo se presenta en su casa.
- Eso es un robo. — Se quejó.
- ¿Puedes mantener la boca cerrada por un minuto?
Indignada por la forma en que Dmitriy le había hablado, no se atrevió a volver hablar. No se perdió nada. Dmitriy abrió una especie de libreta y se puso a escribir con ligereza, segundos después, se lo entregó a su hermano.
- Ni una más. — Advirtió. Se giró hacia ella y la atravesó con su mirada más fulminante. - Recoge tus cosas y sal de mi casa. — Se puso blanca, sabía lo que iba a decir a continuación. - Y estás despedida. Uno de mis empleados llevara tus pertenencias a tu casa.
Les dio la espalda y se encerró en el baño. Todavía estaba asimilando que se había quedado sin trabajo. Toda su vida iba cuesta abajo. Ni siquiera se había movido, seguía observando con insistencia aquella puerta que se había cerrado delante de ella. No había insistido en saber nada. Simplemente había preferido acabar con todo pagando su deuda. Eso la enfureció. ¡No quería deberle nada!
Una hora después estaba sentada en su incómodo sillón. Mijaíl la había llevado hasta su casa y allí seguía parado. La miraba como si esperara que se fuera a derrumbar. Y no se equivocó. Empezó a temblar cuando fue consciente de su realidad, luego intentó contener los suspiros y al final perdió la batalla; se echó a
llorar y pasó un buen rato así, mientras Mijaíl, su amigo en las buenas y malas, la abrazaba con fuerza.
- Será mejor que te vayas... No quiero que tu mujer me odie.
Le dio una pequeña sonrisa.
- No voy a dejarte sola.
- Estoy bien. — Aseguró.
- Lo sé. Pero de nuevo estás en problemas. — La miró con cariño. - Tal vez...
Puedo llevarte a otra ciudad.
- No tengo dinero. — Se lamentó. - Y ellos me volverían a encontrar.
- Yo puedo prestarte.
- Y estaría en deuda contigo toda la vida. De nuevo tendría que encontrar un piso, un trabajo, una nueva identidad... Sabes que la otra vez fue más fácil porque tú vivías aquí.
Le debía mucho. Cuando le conoció, fue una suerte que se cruzara en su camino.
Estaba en esa tienda probándose el maldito vestido, cuando salió corriendo y chocó con él. Lloraba. Lágrimas de sangre bañaban su hermoso rostro. Él levantó su cabeza con delicadeza y le dedicó la sonrisa más brillante que había visto. Luego hizo un comentario que la hizo reír y justo en ese momento aparecieron los perros de su padre. Le dieron un empujón a Mijaíl que los miró boquiabiertos por ver como a la fuerza se la llevaban de allí.
Dos días después se lo volvió a encontrar. Se veía tan guapo con sus vaqueros y su camiseta vieja. Él enseguida la reconoció y se acercó a ella. En aquella ocasión no apareció nadie, ella y unas amigas se habían escapado de la clase de baile, el único lugar donde nadie la controlaba y habían ido al centro comercial.
Se sentaron y él la invitó a un refresco. Así siguieron dos semanas después, encontrándose en aquel centro como si fueran una pareja de enamorados. Y en uno de esos días desesperada, le contó la opresión que sufría sin ahondar en los
detalles. No esperaba que él pudiera hacer nada, su sorpresa fue descomunal, cuando a la semana siguiente, él le reveló su plan; sería libre.
- Podemos intentarlo.
La sacó de su abstracción.
- Podríamos, pero sería una perdida de tiempo. Ellos nunca dejaran de buscarme.
- Cristina no estás pensando lo que creo estás pensando.
La miró con preocupación.
- No tengo salida. ¿Por cuánto tiempo más puedo huir?
- El que haga falta, ¡no me jodas!
- Es cansado... — Susurró. - Vivo mirando por encima de mi hombro, temiendo que un día de estos, lo hayan logrado y ya no me encuentre aquí, si no bajo su mano despiadada.
- Dmitriy tiene buenos hombres... Puedo hacer que te escuche...
- No. — Cortó sin discusión. - Él tiene su vida. Déjalo como está.
Se asomó a la ventana, llevaba tres días lloviendo. Caía con tanta fuerza que no se podía salir a la calle. Por lo menos ella no quería salir, porque sus amigas bien que lo habían hecho y estaban poniéndole el piso chorreando.
- ¡Coger toallas! — Regañó sin apartar la vista del coche.
Seguían allí. No sabía porque Dmitriy se molestaría en dejar a sus hombres a su cuidado. Llevaba viéndolos desde que Mijaíl se marchó de su piso. No se escondían. Era como si quisieran que ella fuera consciente de que seguían a cargo de su vigilancia. No le gustaba y menos después de que Dmitriy la hubiera echado, pero se sentía protegida y eso era mejor que no tener nada.
- ¿Café? — Preguntó a sus amigas que estaban terminando de secarse el pelo.
Se veían más bellas todavía. No entendía cómo era posible. Estaban mojadas desde los pies a la cabeza y aun así su maquillaje no se había movido de su lugar.
Era muy extraño, pero así era. Seguían viéndose perfectas y no ponía en duda que hasta habiendo tenido un accidente seguirían viéndose como las mujeres espectaculares que eran.
- ¿Por qué no está puesto ya? — Claudia y su impaciencia.
Sonrió en su dirección y le susurró un "que te jodan". Claudia se hizo la ofendida y tiró un cojín en su dirección que rápida esquivó, mostrándole el dedo corazón.
Cogió la cafetera, la preparó y dejó sobre el fuego que ya había encendido.
Mientras el café se hacía, de nuevo se asomó por la ventana.
- ¿Qué miras?
Claudia se acercó.
- Que sigo teniendo niñeras. Y ahora son cuatro.
- A él le gustas.
- Eso viniendo de ti expresamente, es poco convincente.
- ¿Por qué no me lo dijiste?
¡Y volvía a reprochar por quinta vez en dos días!
- Déjalo.
- No puedo.
¿Era tan difícil respetar su silencio? Claudia se enteró de todo cuando Dmitriy apareció en el Hog... Contuvo el aliento. Todavía le dolía. Había sido una serie de infructuosos sucesos que tuvieron que pasar para que la verdad explotara, su amiga lo mandara a la mierda y este a la misma vez la mandara a ella.
Volvió a mirar por la ventana. La tristeza la inundó. Sus ojos se empañaron y el labio le empezó a temblar. Le echaba de menos. Ese controlador, egocéntrico, se había apoderado de todos sus pensamientos. Podía oír su voz, sentir su olor, ver sus ojos... Y no le gustaba que fuera en su cabeza.
Quería tenerlo delante, quería tocarlo. Que hiciera que perdiera la cabeza, que la hiciera vibrar con un simple susurro. Le necesitaba y era demasiado tarde.
La cafetera pitó y sirvió los cafés. Era una autómata haciendo unos movimientos.
Su cabeza estaba muy lejos de allí.
- ¡Mierda, mierda y mierda!
Metió la mano corriendo debajo del agua; se había quemado.
- Déjame ver. — Se apresuró Claudia. - ¡Melisa trae crema!
- No es nada. — Se quejó.
- Tienes que parar Cristina. Estás hecha un asco. — Le echó la crema y se lo vendó. - Búscale.
- ¿Qué parte de no quiere verme, no has entendido?
- Oblígalo. — Sonrió con maldad, confundiendo a su amiga. - ¡Qué poco piensas! Él ha roto un acuerdo... Haz que firme otro.
- Pero eso me dejaría en sus manos...
- ¿Y qué? — Intervino Melisa. - ¿Le quieres?
Le gruñó. No iban a parar.
- Lo que quiero es ser sincera.
No hablaría más, eso era bastante para que se conformaran.
- Entonces deja el orgullo, dale el control que quiere y luego dile lo que tengas que decir.
Mientras tomaban el café, planearon el nuevo juego con el que aprovecharía y le contaría todo. ¡Si le dejaba, claro!
Rieron, imaginaron y bebieron. Y es que después del café, vino la botella de vino que tenía guardada. Brindaron por su amistad y por los futuros años que seguirían siendo amigas.
- ¡Qué dolor! — Se quejó Melisa.
- ¿Seguimos vivas?
Claudia se incorporó con una mano masajeando su sien. Se incorporó siguiéndolas y al poner sus ojos en ellas rompió a reír estruendosamente.
- ¿De qué te ríes? — Claudia preguntó perdida.
Como quería guardar ese momento de por vida, cogió el móvil de la mesa. Les echó una foto y luego la mostró.
- Esta va al Facebook. — Dijo riendo.
- No se te ocurra.
Claudia se abalanzó sobre ella.
- ¡Tarde! — Gritó muerta de risa.
Claudia no dejaba de darle manotazos que la hacían reír más fuerte. A ella se le unió Melisa, que no se creía todavía que la víbora que tenían por amiga, las hubiera pillado en su peor momento. Diez minutos más tarde sus dos amigas palidecían por momentos, observando el bombardeo de comentarios que estaban recibiendo.
- ¡La mitad no me volverá a llamar! — Dijo lastimosa Claudia.
- Y de mí se reirán para toda la vida.
- Lo superareis. — Sonrió con ternura.
- ¡Tendría que dejar de hablarte!
- No lo harás porque me quieres. — Le contestó a Claudia confiada.
- ¡Bicho!
- Dile algo más fuerte. Como culebra o pendeja.
Melisa no dejaba de mirar el teléfono. Tenía sus ojos en su imagen plasmada.
Estaba horrorizada de verse con todo el maquillaje corrido, los pelos revueltos y con baba en la boca de la mona que había dormido. Se mordió el carrillo. Tenía ganas de volver a reír. Esa imagen las tenía cagándose en todos los Santos. Eran tan repipis que no se iban a dormir nunca pintadas y al levantarse, lo primero que hacían era encerrarse en el baño. Luego salían perfectamente arregladas.
Aunque estaba al pendiente de ellas, dejó de escucharlas por un rato. La imagen de Dmitriy en su oficina cerca de la ventana, era muy difícil de dejar de observar. Además de que era más interesante que escuchar las quejas de sus amigas. Se obligó a apartar la vista de esos ojos grises que le devolvía la foto del móvil. Buscó como una arqueóloga en una excavación y pronto encontró lo que quería. ¡Qué sutileza! Le dio a entrevista privada y con aplomo rellenó las casillas.
- Lo he hecho.
- ¿Qué has hecho?
Las dos dejaron de mirar con insistencia el móvil para centrarse en ella.
- Voy a tener una entrevista con Novikov.
- ¡Qué! — Exclamaron a la vez.
- Cristina, ¿estás segura?
- Fue tu idea. — Recordó a su amiga.
- A Veces hablo mucho. — Murmuró Claudia. - Tú eres siempre la que piensa.
La que le da vueltas... Y vueltas a las cosas. ¿Para qué me escuchas ahora?
¿Sigues como una cuba?
- Porque por primera vez tienes razón. No puedo estar hundiéndome en mi miseria. He de hablar con él y explicarle lo que pasó el otro día.
- ¿Y a nosotras cuando nos lo dirás?
Melisa como siempre haciendo las preguntas que no quería contestar.
- Pronto. Lo prometo.
A las cuatro de nuevo se encontraba sola. Sus amigas hacía un rato que se habían ido. Melisa debía pasarse por el Hog a echarle una mano a su padre y Claudia tenía una cena con sus padres y ella no podía aparecer sin haber pasado tres horas; valorando que iba a ponerse, con que zapatos se iba a ver mejor y que maquillaje le iría bien.
Claudia era la única de ellas que por lo único que debía preocuparse, era de su apariencia. Sus padres eran dueños de una empresa de modelos y consentían a su hija con todo lo que quería. Le habían comprado recientemente un coche nuevo y eso que el del año anterior, aun estaba como recién sacado de fábrica. Su piso estaba completamente pagado. No necesitaba tener compañeros de pisos, ni las habitaciones alquiladas, sus padres se encargaban de todos los gastos e incluso así tenía a los gemelos metidos en su piso.
Pero Claudia era especial. Aunque lo tenía todo, no era una mujer hipócrita. No se creía mejor que nadie y le gustaba ayudar a los demás. Cuando se cansaba de su ropa, la repartía entre la gente que no tenía. Todos los domingos se pasaba por un comedor social y se prestaba de voluntaria. Y una vez al mes, compraba juguetes sin escatimar y se pasaba todo el día repartiendo juguetes a los niños que se encontraba en su camino.
En varias ocasiones la había acompañado y jamás había visto una sonrisa que pudiera durar tanto en el rostro de alguien. Claudia tenía tanta humanidad y era tan humilde que era raro que existiera alguna persona que no la quisiera.
Pensándolo, el defecto que tenía y evitaba que fuera la mujer ideal para cualquier hombre; era que no creía en el amor y los utilizaba como si fueran un consolador. Una vez conseguido su placer, les ponía la ropa en las manos y en calzoncillos los sacaba a la puerta.
¡Y aun así volvían a llamarla! ¿Quién lo entendía?
La voz de Emilio de aquí no hay quien viva, con su típico "te ha llegado un mensaje", captó su atención. Se incorporó quedando sentada en su sillón viejo y estiró la mano para cogerlo.
Entrevista privada: Su cita es a las 19:00, de esta tarde.
- ¡Jodeeer, qué eficacia!
Observó el reloj. ¡Y qué poco margen!
Saltó del sofá. Volvió a verificar que su tropa estaba fuera. ¿Cómo los iba a despistar? Si esos imbéciles llamaban a Dmitriy, su plan estaría jodido. Ellos le avisarían de que iba hacia su oficina y eso pondría a alerta a ese cabezón.
Veinte minutos más tarde seguía mirando su piso buscando una vía de escape. Se había bañado, puesto un vestido azul que tenía guardado y que no usaba porque sentía que con esa prenda se marcaba todo su cuerpo. Recogido el cabello sencillamente y maquillado lo justo.
- Si no hay otra manera.
Se encogió de hombros y abrió la ventana que daba a la calle contraria a la que estaban los hombres de Dmitriy. Se deslizó por ella y una vez fuera la dejó entornada. Con cuidado empezó a descender por la escalera de incendio. Una vez llegado a bajo, tuvo que empujar para que el tramo de escaleras que la llevaría al suelo se moviera.
Se sostuvo de las manos. Un bote y estaría en el suelo...
- Señorita Harris, ¿De nuevo a las andadas?
- ¡Maldita suerte!
Se quedó colgada de las escaleras. Soltó el aire con fuerza y lo volvió a coger.
- Bájame de aquí, por favor.
Paolo la sostuvo de las piernas. Aflojó su agarre en el hierro y dos minutos después, sus pies tocaban el suelo. Paolo sonreía con diversión.
¡Le iba a dar un guantazo! Como no quitara esa cara de listo, se la iba a borrar ella.
- ¿Va a algún lugar en particular?
- ¿Cuántos niñeros hay a mi cargo? — Dijo en un tono que excedía a la burla.
Paolo la ignoró y sacó un artilugio pequeño y negro. Lo miró alucinada. ¡Un walkie! El muy desgraciado iba a delatarla.
- Paolo. No lo hagas.
Intentó quitarle el aparato.
- Señorita, el señor Novikov además de enfadarse, me dejara como a usted.
- ¿Eing?
- En el paro, señorita.
- ¡Muy gracioso! — Soltó sarcástica. - Si te digo que voy a verle, ¿guardaras eso?
Recurrió a la verdad cuando vio que se llevaba el aparato a los labios.
- ¿Por qué haría eso? La ha despedido. Echado de su casa. No quiere verla, ni oír su nombre.
Visto de esa manera, se sentía como una gilipollas. Igualmente ya había tomado la decisión y quería aclarar las cosas. No importaba como. Haría lo que pudiera para que él la escuchara y la dejara de despreciar.
- Soy masoquista. — Murmuró. - Puedes llevarme si quieres. No estoy mintiendo.
Dudó. Era jugársela, esa chica le había metido en problemas con el jefe. Desde que la conoció se había llevado broncas sin parar y a punto había estado de perder su trabajo.
- Sin juegos. — Advirtió.
Sus ojos miel suplicando, eran una visión a la que difícilmente se le podía decir que no.
Le abrió la puerta, cerró detrás de ella y rodeó el coche. Se internó en el asiento y una vez cerradas las puerta, echó los seguros.
- ¿Acabas de encerrarme?
Estaba patidifusa.
- Lo siento, señorita. Usted no es mujer de confianza.
Si hubiera tenido algo a mano en aquel momento; le habría aporreado con el en la cabeza hasta dejarlo inconsciente y lo habría dejado tirado en la calle.
CAPÍTULO QUINCE
- Gracias. Y que sepas que conduces como las tortugas. — Le había molestado que la encerrara.
Con la mirada entrecerrada de Paolo puesta en su espalda, se internó en la empresa. Nadie la detuvo, nadie le preguntó qué había pasado para que la hubieran despedido, nadie se interesó por ella. Era lógico, nunca se había propuesto hacer amistades.
Conforme el ascensor subía, sus nervios crecían. Contaba con la reacción de Dmitriy y se había preparado para cualquier cosa. Puede que entrara y directamente le cerrara las puertas en las narices. Puede que simplemente llamara a seguridad para que la sacara de su edificio. Esa era la más probable. Le había prohibido la entrada a su empresa y allí estaba, dispuesta a tocarle de nuevo las pelotas.
Las puertas se abrieron. Empezó hiperventilar. La había sustituido. Una chica rubia ocupaba su puesto y no le gustó. Se controló con un par de respiraciones y ordenó a su pulso que volviera a la normalidad.
- Hola, tengo una reunión con el Señor Novikov.
Sonrió a pesar de que quería arrancarle los ojos a la pobre mujer.
- Un momento.
La chica hizo la misma acción que ella hacía hasta hace poco. Toco dos veces a la puerta y tras escuchar el rugido del amo, abrió. Poco segundos más tarde, la chica volvía tratando de formar una sonrisa que el señor había conseguido borrar con una de sus lindezas. Ocultó una sonrisa. Los primeros días, cuando ella comenzó a trabajar en ese lugar... Se había sentido como Amanda en Saw cuando se encontró con un metal terrorífico en el rostro. Así se sentía caminar hacia la oficina de Dmitriy Novikov. Y es que don perfección, se las gastaba con unos humos... Miraba con una apatía... Hablaba con una pasividad...
- Puede pasar.
Cogió aire con brutalidad y se infundió seguridad. Con pasos fuertes que repiqueteaban contra el suelo, se plantó en medio de la sala. Observó como Dmitriy estaba guardando unos papeles en el cajón. Todavía no la había visto, no había notado su presencia.
- Vaya sentándose, Señorita Miller.
- Prefiero que me llame Ariel. — Dijo sin moverse.
Siguió la voz y cuando se encontró con los ojos de la pelirroja, su cabeza sufrió un colapso.
¡Un día le mataría!
Sus ojos lo atravesaban, haciéndole consciente de que iba en plan de guerra. Le miraba y parecía una gata salvaje que se había escapado de un zoológico.
- ¿Qué quieres Cristina?
- Ariel. — Repitió. - Y quiero hablar.
- Hablar... — Dijo como si lo estuviera sopesando. - No tengo estás reuniones para hablar, si no para otro tipo de entretenimiento.
- Eso estaba claro. — Le contestó dándole una sonrisa y moviendo la mano con indiferencia. - Por eso vengo a proponerte un juego.
La forma sugerente con la que dijo esa frase, captó su atención. Echó su cuerpo hacia delante, apoyó sus codos en la mesa y se pasó el dedo por los labios.
¡Le gustaba la idea! Esa condenada pelirroja sabía como hacer que su interés estuviera puesto en ella. Había extrañado las discusiones y los acercamientos que él provocaba para hacerla explotar. Su vida sin ella, se volvía monótona y muy aburrida.
- Ahora empezamos a hablar el mismo idioma. ¿Cuál es tu propuesta?
- Es muy fácil. Tú me escuchas y yo luego te recompenso como tu quieras.
Eso molestó. Deseaba tenerla, se moría por recorrer su cuerpo hasta al cansancio, disfrutarla como quería desde que había puesto un pie en su piso.
Desde que ese acuerdo los había unido, no había existido día que no soñara con poseer su cuerpo. En cambio, ahora se le ofrecía y se enfadaba.