Nunca Digas Te Amo
Capítulo 9
¿Has vivido ese momento en que algo hace clic y lo ves todo claro? ¿Sí? Qué bien, porque yo jamás veo nada claro.
Enero al fin llegaba a su final y parecía que el año tendría más meses después de todo. Lo malo es que después de enero viene el peor mes del año: el mes del amor.
—Si veo otra caja de chocolates, voy a vomitar —comentó Rina mientras ella y Lily caminaban por las iluminadas calles de la ciudad. Todos los escaparates estaban repletos de corazones, osos de peluche, cajas de chocolates de todas las formas posibles, predominando las de forma de corazón, claro está.
—No seas tan amargada, la gente ama San Valentín.
—Las tiendas más que nadie y los moteles, por supuesto.
Lily puso los ojos en blanco. Entraron a la cafetería menos decorada de la calle y pidieron su Cappuccino doble con extra crema.
Mientras se sentaban, el móvil de Rina sonó. Una enorme sonrisa le iluminó la cara y Lily pensó que, si esa no era la sonrisa de una persona enamorada, ella quizá era una extraterrestre con dos cabezas.
—¡Hola!... ¿Mañana? Creo que no, ¿por?... ¿Tiene sangre, explosiones y vísceras por todas partes?... Muy gracioso. Ok, cuenta conmigo… ¡Si! ¡Si!
Me cuido, me cuido, no seas paranoico… Chiao.
—Déjame adivinar, ¿vas al cine con Jackson?
—¿Eres psíquica o algo así?
—Rina, ¿puedo decirte algo y no saldrás de aquí como una loca?
—Depende, si mencionas la palabra con “A”, no prometo nada.
Su amiga podía ser tan infantil. A veces. Casi siempre.
—A veces, no es necesario estar seguros de nada, solo hay que arriesgarse.
—¿Estás ebria? No entendí nada. Pareces el personaje de las películas que siempre habla con metáforas absurdas.
Su amiga la ignoró y prosiguió con lo que tenía que decir.
—No importa si las cosas no resultan bien, al final de su vida, las personas se arrepienten más de las cosas que no hicieron que de las sí, aunque salieran mal.
—Será mejor ir a casa antes de que te dé una embolia.
Sabía que lo había entendido y que al notar a dónde quería llegar decidió hacer lo de siempre: huir.
—Piensa cómo tus decisiones afectan a la otra parte.
—¡Eso hago! —casi gritó al tiempo que golpeaba la mesa—. Eso hago —
repitió con la voz rota en medio de un sollozo.
Rina llegó a la entrada del cine cinco minutos antes de la hora acordada.
Era una impuntual de primera, ni siquiera sabía cómo había conseguido llegar a tiempo esa vez. Jackson le ofreció pasar por ella, pero eso se parecía mucho a una cita, así que se rehusó.
—Hola —saludó su amigo llegando hasta ella.
No pudo evitar pensar en lo atractivo que se veía con su camisa casual negra, le sentaba bien el negro. Los jeans no eran tan ajustados como la moda lo exigía, aunque le ofrecían un buen panorama cuando caminaba delante de ella.
Se dio un par de palmadas en las mejillas acaloradas. Pensar esas cosas no ayudaba en nada a mantener su relación con una sana distancia.
Se pararon en la fila para comprar los boletos. Cada quien pagaría sus gastos, como debía ser.
—La abuela te manda saludos.
—Debo ir a verla.
—Sí, dijo que hace tiempo no te ve.
—Tal vez pueda… —Se detuvo de golpe al recordar el último fin de semana que había pasado en esa casa. Si habían prometido olvidarlo todo, podía ir tranquilamente—. Ir este fin de semana.
—Claro —respondió él, casi como si no le importara.
Les tocaron buenos lugares y Rina se permitió olvidarlo todo por unos minutos. Le gustaban mucho las películas y las series. Eran su pasatiempo favorito porque podía dejar de pensar y meterse en los inverosímiles problemas de los personajes ficticios y olvidar los propios. Sin embargo, aunque había elegido la película más violenta y por lo tanto menos romántica de la cartelera, hubo una escena que la impactó.
Tengo que dejarte, porque te amo, decía el protagonista a una exageradamente llorosa chica. Era una pésima actuación. No quiero lastimarte. Luego de un par de escenas de persecuciones, la chica murió en medio de un tiroteo. Hubiera sido mejor ser feliz un poco de tiempo, que no haberte tenido nunca, sollozó de forma patética el tipo hasta el tope de anabólicos. No querías lastimarme, pero me lastimaste con tu adiós.
Alguien en la fila de atrás sollozó. ¿En serio? Era una actuación tan mala que daba risa. Para su pesar, Rina también tenía un nudo en la garganta.
—Seguro ahora va a ir a matar a todos para vengarla.
—¿Y eso qué? —protestó la chica.
—¿Cómo que qué?
—¡Eso! ¿Y qué que vaya a vengarla? Ella solo quería ser feliz a su lado y él se lo negó, ahora se hace el héroe porque va a vengar una muerte de la que él tuvo la culpa.
“Shhht”. Se oyeron las protestas desde todas direcciones.
—¿Estás analizando la película de un tipo que dispara con dos metralletas al mismo tiempo?
—Tienes razón, olvídalo.
“…las personas se arrepienten más de las cosas que no hicieron que de las sí, aunque salieran mal”.
No podía estarse planteando echar por la borda las convicciones de toda su vida. El amor es un asco. El amor solo trae dolor y desgracias. El amor es una mentira comercial. El amor… ¿Qué es el amor? ¿Cuánto dura?
¿Puede hacerte realmente feliz?
Sintió vértigo de tanto hacerse preguntas sin sentido. No era capaz de entenderlo.
“A veces, no es necesario estar seguros de nada, solo hay que arriesgarse”.
De pronto el lugar se sintió demasiado pequeño. El aire acondicionado helaba el ambiente, pero ella comenzó a sudar. Necesitaba aire.
—¿A dónde vas?
—…aire… —alcanzó a murmurar.
Afuera solo había pasillos que llevaban a otras salas. Pensó en los baños… Otro espacio pequeño y cerrado. Necesitaba aire de verdad, ver el cielo, las estrellas, árboles… Necesitaba su niñez, la felicidad que tuvo entonces, la claridad de pensamiento que le inspiraban los abuelos…
Caminó hacia un parque cercano, lo más parecido a la casa de campo que había cerca y se sentó en una banca frente al estanque. La luz de la luna reflejada en el agua le trajo algo de paz a su agitado corazón.
¿Y si lo intentaba? ¿Y si le daba una oportunidad a la palabra con “A”?
“¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Hazlo!” gritó su corazón saltando como loco mientras agitaba grandes pompones de colores y bailaba twerk sobre una mesa.
“Te vas a arrepentir” dijo su cerebro, acomodándose las gafas y mostrando un gran pergamino con el listado de todas las razones de porqué era una mala idea.
Un vaso grande de café apareció frente a ella.
— Cappuccino doble con extra crema. —Ella lo tomó con manos temblorosas y él se sentó a su lado—. Aunque, no sé si el exceso de azúcar sea bueno cuando tienes un debate interno del tamaño del Himalaya.
—¡Es una locura! —dijo casi histérica.
—Es una de sus definiciones, sí —respondió con calma. El reflejo de la luna seguía bailando sobre el agua, ajeno a sus debates emocionales.
—Muchas cosas podrían salir mal.
—Sí, según las estadísticas, hay más probabilidades de que salga mal a que salga bien.
—Podrías salir herido.
—Ambos, pero Rin, ¿cómo estamos ahora?
“Piensa cómo tus decisiones afectan a la otra parte”.
Se puso de pie, sobreponiéndose al mareo por tantas emociones. Fue hasta la orilla del estanque y respiró hondo. Él llegó hasta ella.
—No lo sé…
No pudo seguir porque la estrechó por la cintura y tomó sus labios. Se dejó llevar y permitió que todo el miedo se disipara en medio de las sensaciones que le provocaban esas manos subiendo y bajando por su espalda al tiempo que el beso de profundizaba.
Fue igual que aquella vez frente a la fuente. Tan intenso y apasionado y a la vez tierno y sincero.
—Vamos a intentarlo —susurró al separarse apenas lo necesario para hablar.
—Tengo miedo —respondió en el mismo tono.
—Yo también —dijo a su vez.
—¿Y aun así quieres hacerlo?
—Con todo mi corazón —suspiró tomando sus labios nuevamente.
Entraron al departamento de él a trompicones, comiéndose a besos, dejando las prendas en el recorrido hacia la recámara, buscándose con un
ansia que iba más allá de todos los miedos, que traspasaba cualquier duda y que había superado cada obstáculo hasta alcanzar una apasionada victoria.
Cuando cayeron sobre el mullido colchón, él se detuvo un instante para mirarla a los ojos.
—¿Qué? —preguntó ella, jadeante y sintiendo el deseo pulsar en cada célula de su cuerpo.
—Es que… Quiero verte… —susurró recorriendo con el dorso de la mano el contorno de su rostro—. Quiero grabarme este momento a fuego en la memoria.
Bajó el rostro hacia ella despacio, rozando sus labios, respirando su aliento, absorbiendo su calor. Sintió su lengua ávida que exigía más, así que comenzó a empujar un poco su cuerpo para hacerle saber cuánto la deseaba.
Cuando ella lo percibió soltó un débil gemido ahogado por sus bocas unidas que no daban señales de querer separarse.
El ansia la ahogaba, su corazón debía tener una gran fiesta porque golpeaba el pecho enloquecido, el cerebro no sabía a dónde había ido a parar porque justo en ese instante todo era sensaciones arrolladoras.
—Rina… Déjame hacerte el amor.
—No sé cómo…
—Déjamelo a mí.
Marcó un lento y agónico camino de besos bajando desde el cuello, pero al acercarse a su cálido y suave pecho, se desvió haciendo que ella se arqueara en busca de la caricia.
—Mmm… ¿ansiosa?
—Te voy a matar.
—Ah, ¿sí? —rio antes de succionar un poco la piel del vientre y disfrutando del gemido que ella dejó escapar—. Ya lo veremos.
Detuvo el avance de su boca justo sobre el monte de venus.
—¿Tú que dices? ¿Hacia arriba o abajo? —Su lengua comenzó a trazar círculos.
—¡Ah!
—¿Entonces?
Ella se incorporó a medias para empujarlo y girar, quedando encima de él.
—Siempre arriba. —Sonrió triunfal.
—Por supuesto. —La atrapó por la cintura y se volvieron a fundir en un largo beso para luego darle lo que había pedido, tomando entre sus labios su pecho y acariciando con la lengua el pezón endurecido mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, disfrutando de la caricia.
Era enloquecedor verla tan entregada al momento, casi como si fuera otra persona, una que se dejaba quemar por la pasión, exigiendo y dando al mismo tiempo. Escuchó embelesado sus jadeos y gemidos y se dejó llevar por aquel fuego abrasador.
—Por favor… —rogó en un jadeo.
—¿Por favor qué?
—Te necesito… quiero sentirte dentro de mí…
—Soy todo tuyo.
Fue como dinamita pura.
Ella se elevó un poco y buscó la posición correcta para luego bajar lentamente, primero se tensó para luego darle rienda suelta a su deseo.
Marcó el ritmo con un balanceo cadencioso y armónico que rápidamente fue aumentando en intensidad, hasta que él volvió a hacerlos cambiar de posición para hacer que ambos fueran escalando, poco a poco, hasta alcanzar el clímax y liberar aquella avalancha con un gemido unísono desde el fondo de sus almas que se habían anhelado con locura desde hacía mucho tiempo.
—¡Eres una diosa! —susurró en su oído, ronco, jadeante y exhausto.
—Y como tal, exigiré de tu adoración perpetua —ronroneó disfrutando tanto de las caricias y volviendo a encender la pasión incontables veces hasta que, sin darse cuenta en qué momento, se quedó dormida en sus brazos.
OceanofPDF.com